© Primitivo Martínez Fernández

ISBN 1-934630-69-1

Primera edición 2008

e-mail: tivo@prtc.net

Impreso en Colombia por Panamericana Formas e Impresos S.A. 

Portada: ampliarla

Santo Domingo de Guzmán presidiendo un auto de fe, de Pedro Berruguete (c. 1490).Los frailes dominicos, debido a su excesivo celo en la defensa de la ortodoxia, fueron llamados Domini canes, los perros del Señor.

 

(English version Click here)

 

EDITORIAL LUMEN, S.A. DE C.V. - ATENAS 42 PB COL JUÁREZ CP 06600 MÉXICO, D.F.

Colección: Biblioteca de historia
ISBN: 978-607-7759-07-2
Año de publicación: 2009
Páginas: 384
Formato: 15 x 24

 

Auto de Fe de la Inquisición, Goya. ampliarla

Dedicatoria: In memoriam de todas las Víctimas de la Inquisición

 

 

 

Reconocimiento: A mi buen amigo y compañero de estudios, Miguel del Valle Campelo, por su valiosa colaboración.

 

PRESENTACIÓN DEL LIBRO EN LA UNIVERSIDAD DE PUERTO RICO HUMACAO (15 Abril 2009)

Invitación

 

 

Presentación a cargo del Dr. Antonio Mansilla Triviño

 

 

 


ÍNDICE

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PRÓLOGO

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

LA INQUISICIÓN Y LA LIBERTAD

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

DISCUSIÓN SOBRE LOS FUNDAMENTOS DE LA INQUISICIÓN

Zoroastro

El Maniqueísmo

La Alianza

La Confesión de Pedro. Fuentes de los Evangelios

Discutible Posición de Paulo de Tarso. El Estigma del Pecado, Instrumento de Domesticación

Fundamentos Filosficos: Hilemorfismo

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

FUSIÓN DE LO TEMPORAL Y LO ESPIRITUAL

Los Cristianos antes de Constantino. Las Persecuciones

La Constantinización de la Iglesia

La Donación de Constantino. Nacen los Estados Pontificios

Teoría de las dos Espadas

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

PRECEDENTES Y NACIMIENTO DE LA INQUISICIÓN

Los Cátaros

Orden de Exterminio

La Inquisición teje su Red

Los Precursores de la Reforma Protestante.

Las Condenas

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

CALDO DE CULTIVO DE LA INQUISICIÓN

La Mentalidad Cristiana en el Medioevo

    El Estigma de Bruja: Infravaloración de la Mujer

    El Martillo de las Brujas (Malleus Maleficarum): Fondo Misógino

La Caza de las Brujas, Orgía de Destrucción

Las Brujas vuelan al Sabbat

El Ministerio del Diablo

El Pacto Diabólico de Fausto

Pseudoalumbrados y Solicitantes

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

DESPLIEGUE DE LA INQUISICIÓN

El Procedimiento Inquisitorial

El Período de Gracia

La Denuncia

Cómo Interrogaba la Inquisición

La Tortura

Las Palabras en la Tortura

Las Cárceles de la Inquisición

Sanbenitos

Autos de Fe

El Terrorismo Inquisitorial

La Hoguera

 

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

INSTITUCIONES Y PERSONAS NOTABLES, VÍCTIMAS DE LA INQUISICIÓN

 

Los Templarios

La Trama Política y Religiosa en la Disolución de los Caballeros Templarios

La Estratagema Política

Orden de Arresto de los Templarios, 14 de Septiembre de 1307

 

Los Judíos

Los Judíos. Problemas de las Minoras Étnicas

La Conspiración contra el Tribunal

Peor que un Crimen: Un Error

 

Los Árabes

Los Árabes en España 

Los Árabes, Agentes de la Evolución Ibérica

 

Personas Notables, Víctimas de la Inauisición

Fray Luis de León y otros dos Agustinos, Víctimas de la Envidia

Bartolomé de Carranza y Miranda, Primado de Toledo

Miguel Servet, Origen de la Libertad de Conciencia

Servet, el Lado Oscuro del Protestantismo

Insólita Disputa Teológica con Calvino

Giordano Bruno

Nicolás Copérnico

Diseño del Universo en la Edad Media

Galileo, la Razón Humillada

Carta del Cardenal Belarmino a Fray Paolo Foscarini

Carta de Lorini, Dirigida al Cardenal Paolo Emilio Sfrondati

Severa Amonestación de Belarmino a Galileo

Y sin Embargo, se Mueve (Eppur, si Muove)

La Sentencia de la Condena

Descartes: Inhibición Prudente

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

OBSERVACIONES FINALES

Impacto de la Inquisición en la Literatura y la Ciencia

Bajo la Mirada de Bruno, Copérnico y Galileo

El Caso Galileo y el Papa Juan Pablo II

 

 Tu opinión en el Libro de Visitas

DOCUMENTOS DE APOYO:

 

Presentación del libro en la Universidad de Puerto Rico

El Gran Inquisidor

Orden De Arresto De Los Templarios, 14 De Septiembre De 1307

Defensa De La Fe Ortodoxa Contra los Errores de Miguel Servet. (Escrito De Calvino, refutado por Castellio)

Discurso De Juan Pablo II Sobre El Caso Galileo

Fragmentos del Malleus Maleficarum

Leyendas de Brujas

Técnicas para la tortura

Auto De Fe En La Plaza Mayor De Madrid, 30 De Junio De 1680.

Problema De Identidad Del Pueblo Judío

Nuevo Tribunal. Razones Reyes Católicos Para Su Creación.

Ad Perpetuam Rei Memoriam

Arzobispo Carranza

Proceso De Giordano Bruno

 

 

Notas

Bibliografía

 



Tu opinión en el Libro de Visitas

PRÓLOGO

 

 

Castillo de los templarios, Ponferrada, cuya construcción empezó en el 1178 por la orden religioso-militar del Temple.

El rey leonés Fernando II les concedió el señorío de Ponferrada para la protección de los peregrinos jacobeos.

Disuelta la Orden, la fortaleza pasó a manos de la Corona y después a manos de diversas familias nobles, los Castro, Trastámara y duque de Arjona.

Los Reyes Católicos recaban su posesión para la Corona.

Recuerdo, Primitivo, cuando te transportaban en una carretilla de mano sobre la que tú ibas tranquilamente sentado, simbolizando la negación del movimiento, basada en Parménides de Elea. Era la parodia alegórica de los movimientos filosóficos que preparamos cuando estudiábamos filosofía, no lejos de ese castillo de Ponferrada.

No sé si, ya en aquel momento, ibas pensando en el eleático estancamiento inmóvil de muchas instituciones. No sé si aceptaste el papel por convicción o por ironía, pero veo que, decididamente, te has pasado a la orilla de Heráclito. Bienvenido a la margen izquierda. Yo también creo que todo pasa, que todo es relativo, que, con Pirandello, así es si así os parece.

Me ha sorprendido la lógica aplastante que has ido enhebrando a lo largo del libro. De un tema del que se ha escrito tanto no esperaba yo ninguna novedad relevante. Y me confundí. Es cierto que la mayoría de los temas han sido ya tratados de mil maneras, dada la importancia de un asunto que traspasa los siglos y que marca las pautas generacionales de todos los pueblos aglutinados en esta civilización occidental. Entre esas mil maneras, encuentro la tuya muy estructurada, bien documentada y valiente.

Muy estructurada, pues colocas todos los soportes de este fenómeno con tal maestría que no tienen nada que envidiar a los andamiajes de las obras de ingeniería. Creo que es un acierto buscar los anclajes bíblicos y mitológicos de las ideas madre en que se sustentaba la inquisición. Y más original todavía me parece el fundamento filosófico que has desarrollado ‘ad hoc’. Me gusta la forma brusca que tienes de arrullar la cuna aristotélico-tomista en la que reposan los inquisidores. En en ese ámbito, creo que la parte dedicada al hilemorfismo, que desemboca en la alusión a los neutrinos, merece particular mención. Muy importante me parece la inclusión de los pre-reformadores, con su argumentación teológica enfrentada a la oficial, al igual que en el caso Servet. Por ser más conocido, no insisto en el factor político-económico, que es el auténtico aglutinador de aquella estructura social cohesionada con ese engrudo más duradero que la argamasa de los castillos templarios.

Bien documentada. Sabemos que no es una obra de investigación, seguramente que tú tampoco lo pretendías, pero la bibliografía aportada, y su uso constante para corroborar tu propósito, desprenden cierto aire solvente y fresco que fluye por las páginas del libro.

Y valiente. Veo que hablas sin ambages al extraer las conclusiones de cada acontecimiento histórico analizado. Veo que la libertad es el supremo valor que circula por cada párrafo, desde del comienzo, con la cita del Quijote, hasta el final. Y avaro de esa libertad no dudas, de cuando en cuando, en sacar ese látigo, que deja la obra en los linderos de una especie de ensayo, con ráfagas mordaces, que avivarán la atención del lector.

Es, quizás, en este último aspecto y desde esta orilla, donde le podemos poner alguna pequeña objeción a tu libro: da la impresión de que es tal tu admiración por muchas de las víctimas que parece invadirte el deseo de arder con ellas... Demasiado. De todos modos es laudable tu profunda empatía con los Cátaros, con Wickliffe y Hus, con Jacques de Molay, con Servet y con Giordano Bruno, cuando los presentas cuestionando, con su doctrina, los dogmas inquebrantables de aquella cultura única y  retando, con sus vidas, la omnipotencia de la Iglesia-institución, inflingiéndole, con sus muertes en la hoguera, esas heridas (vulnera) que consideras incurables.

Estamos de acuerdo contigo en que cuanta más claridad y exactitud dejemos entrar por todos los recovecos de la historia, más caminaremos hacia esa libertad que presentas en la introducción. Esa libertad de la que se adueñó el Gran Inquisidor. Esa libertad que tú, en tu libro, le quieres arrebatar para entregarla a los lectores. Sea bienvenido tu afán y esperemos que algún lector, al menos, sepa liberarse de esas esclavitudes.

Pero este sigue siendo un tema muy complejo. Al final, todo siervo de la gleba seguirá tragando lo que manden las iglesias de turno. La iglesia de turno actual es el consumismo, de valores poco interesantes. La iglesia de turno son los poderes económicos que nos llevan al trabajo de hormiguitas productivas para alguien. La iglesia de turno son muchos personajes políticos rebosantes de bondad palabrera, bastantes politiquillos engreídos, en gran número incultos, pero que manejan a la perfección el arte de la suma. Y, al frente de todas ellas, la iglesia de la manipulación informativa, tecleada por los grandes especuladores con su desmedido afán de lucro, capaces de dislocar la economía mundial como está ocurriendo estas últimas semanas: Mayo-Junio de 2010.

En medio de tanto desquiciamiento, no peor, afortunadamente, que el de aquellos sombríos tiempos, uno piensa que la Iglesia Católica de turno actual avanza con mucho lastre, pero tiene cierta capacidad de renovación que no se ve en otras instituciones, cada vez más altaneras y petulantes. Esta iglesia, con todos sus contravalores, sigue siendo depositaria de valores difícilmente superables por ninguna de las mejores ONGs.

Es interesante mantener una actitud crítica hacia la iglesia de la inquisición así como hacia la mayoría de las instituciones. Tu libro ayudará a ser más críticos con todas ellas; no se les puede dejar exhibirse impunemente en su peana. Si renunciamos a la crítica, seremos esclavos. Esto es lo que no entenderán nunca los detentadores del poder.

Gracias, Primitivo, por haberme enviado el libro antes de editarlo. Te deseo mucha suerte. Un abrazo. Miguel.

Gijón, Junio de 2010.

 


Tu opinión en el Libro de Visitas

LA INQUISICIÓN Y LA LIBERTAD

 

"Es tan grande mi pena y sentir en esta prisión triste y rigurosa…"

De un soneto inscrito por un preso en una pared de la cárcel de la Inquisición de Cuenca. Probablemente del siglo XVII.

 

 

La libertad, amigo Sancho, es el más preciado don que a los hombres dieron los cielos. Miguel de Cervantes

Fiodor M. Dostoievski personalmente es un creyente profundo. Como escritor, abre un enorme abanico de posibilidades para sus diversos personajes. En Los hermanos Karamazov, Aliosha representa la creencia mística en la trascendencia, mientras que su hermano Iván, que niega cualquier plenitud divina, encarna el escepticismo amargo y sin ilusiones. En el capítulo V, del Libro V, Iván presenta la famosa historia "El gran inquisidor".

Cristo regresa a la tierra. Lo hace de improvisto, sin anunciarlo, por un breve momento. Ha llegado a la ciudad de Sevilla donde, la víspera, el cardenal Gran Inquisidor, en presencia del Rey, de cortesanos, de caballeros, de frailes, de cardenales, de hermosísimas damas de la corte y ante la numerosa población de toda Sevilla, había hecho quemar poco menos que a un centenar de personas, contagiadas de la herética pravedad, en un solemnísimo auto de fe, para la mayor gloria de Dios. Todavía el aire atesora el olor a carne quemada mezclada con el de azahar y aún crepitan los rescoldos de las brasas en los quemaderos inquisitoriales.

Intenta, como uno más, caminar desapercibido, pero su carisma y el magnetismo de su personalidad lo delatan y la multitud, una vez descubierto, se arremolina en su entorno. Es una fuerza de atracción invencible que arrebola a la muchedumbre, seducida.

De sus ojos y su presencia fluye la verdad y la luz, pero los sacerdotes no celebran su regreso. El Gran Inquisidor lo amenaza con quemarlo como hereje a no ser que abandone toda esperanza en la humanidad. Le reprochará no haber entendido la naturaleza humana. Él, que resucitó a Lázaro, difunde la libertad, pero ésta es una carga demasiada pesada. Por eso el Inquisidor lo recrimina: "En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal, el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte".

Dostoievski, a través de rutilantes imágenes poéticas, hace psicología del viejo Inquisidor directamente y de Jesús, a través de su silencio en la cárcel inquisitorial, al mismo tiempo que hace sociología de la Inquisición. El tema de la libertad y de la felicidad constituyen el núcleo del diálogo-monólogo entre el inquisidor filósofo y Jesús, paciente prisionero que le contesta con su diáfana mirada, tierna y sin reproches.

Jesús y el Inquisidor se proyectan como dos figuras antitéticas. Jesús había prometido la libertad al ser humano al ofrecerle la verdad: "La verdad os hará libres", había dicho. Verdad y libertad se conforman como el máximo valor en la escala de los valores cristianos. El inquisidor, sin embargo, ofrece a los humanos la felicidad a cambio de la libertad. Ésta supone para la débil, simple y depravada naturaleza del ser humano, que ni siquiera la puede concebir, un verdadero tormento. Primero, el tormento de discernir entre el bien y el mal y, luego, la gran responsabilidad de tomar decisiones, con el consabido miedo a equivocarse. Sí, es cierto que no hay nada más seductor para el hombre que la libertad de su conciencia, pero tampoco hay nada más atormentador. Por eso pondrán su libertad a nuestros pies -dice el viejo Inquisidor- y nos dirán:"Mejor es que nos esclavicéis, pero dadnos de comer". Ellos nos revelarán sus secretos, nos traspasarán sus pecados y nosotros cargaremos con ellos ante Dios. Y como a un rebaño los conduciremos. Así serán felices.

La palabra de Jesús parece condenar al ser humano, libre por nacimiento, al tormento de tener que elegir entre el bien y el mal pero en su doctrina la felicidad y la libertad son compatibles e inseparables. El inquisidor, por contra, en aras de una hipotética felicidad, elimina la libertad y la felicidad la consumará, con la persona, en la hoguera.

El viejo inquisidor ofrece una sentencia sumamente reveladora: "Porque, ¿quién va a dominar a las gentes sino aquellos que dominan las conciencias de los hombres y tengan el pan en sus manos?"

Hemos rectificado tu obra, pero déjanos, a nuestro modo consumarla. "Nosotros tomamos la espada del César, al hacerlo, te rechazamos, naturalmente y fuimos tras él". Jesús predicó el Reino de Dios. El Papa Gobierna un imperio terrenal, con manto de púrpura y la espada del César. Los Inquisidores se apresuran a consumar la obra, consolidar la Sociedad perfecta de la Iglesia. "Nosotros no estamos contigo, sino con él", con el Papa y de esto hace muchos siglos. La fidelidad del Inquisidor al Papa es absoluta para realizar el cristianismo, sin Cristo, de la manera más rápida posible, desprovista de la paciencia y de los métodos evangélicos.

El sufriente Inquisidor no es cristiano ni ama a Jesús: "Enójate, no deseo tu amor, porque tampoco yo te amo". Tampoco es sincero ni honesto con sus vasallos, aún más, es un incrédulo embaucador: "tras la tumba no hallarán más que la muerte. Pero nosotros conservaremos el secreto y para su propia felicidad los cautivaremos con el premio del cielo y de la vida eterna. Pues, aunque hubiera algo en el otro mundo, no sería, desde luego, para hombres como ellos".

Un enigmático y desconcertante beso de Jesús cierra la escena, mientras Jesús se va sin haber proferido palabra.

 

 

Dada la belleza de este relato, lo pasamos casi íntegro a los Documentos de Apoyo. [1]

 

 

 

 

Grabado satírico holandés, siglo XVI.

Pugna entre defensores y detractores de la Inquisición.

 

 Algunos escritores y poetas poseen una especial sensibilidad para ver las cosas que no siempre el científico detecta, como es el caso de Dostoievski que sabe penetrar en las cosas poéticamente y describirlas con maestría.

El ser humano siempre se percibió como limitado, contingente, frágil e ignorante, porque así somos. Niño al fin, el hombre buscó explicaciones, necesitó apoyo emocional y existencial para caminar por la vida y encontrar explicación a lo que le rodea e incluso a la muerte. Por eso, con su imaginación y fantasía fue creando los mitos, los dioses, que darían sentido a su vida y respuestas tempranas a sus infinitas dudas y así logró un esquema racional de vida en vez de confusión e interrogantes sin contestación.

La religión, no cabe duda, es un fenómeno complejo y profundo, con muchas variables, hecho de sutiles urdimbres y tramas, conscientes las menos e inconscientes la mayoría, anclado más en el sentimiento que en la razón, en la ignorancia más que en la ilustración, en el miedo a la inseguridad más que en el riesgo del adulto a dar un paso en falso, a equivocarse. Por eso creímos necesitar padres bondadosos, omnipotentes y providentes, que sólo podían estar en el misterio del más allá ya que no son viables en el más acá, pues cuando nos golpea el hecho de la muerte, es terapéutico encontrar la inmortalidad que sólo los dioses, hipotéticamente, pueden otorgar.

La religión es atávica, está inserta en la cultura, en la tradición: "los antepasados así lo han prescrito"; nos rodea y nos envuelve como el aire. La atmósfera religiosa es asfixiante, porque no sólo afecta a las creencias sino a toda la vida y a la humana cosmovisión. Hilamos la telaraña religiosa y en su tejido quedamos cautivos, atrapados. Para reforzar las prácticas religiosas está el adoctrinamiento más riguroso, los ritos y rituales con su poder mágico, los templos sobrecogedores y fantásticos, las instituciones que representan a Dios y el mismo concepto misterioso y subyugante de la divinidad.

Es verdad que el ser humano no puede vivir dos veces la misma historia. Uno, con Heráclito, no se puede bañar dos veces en la misma agua del río, pero sí puede rescribir la misma historia cuando se investigan nuevos datos y aparecen nuevas realidades, cuando se desmitifican viejos mitos, cuando el enfoque del análisis trasciende lo meramente religioso para internarse en lo económico y en lo político de cada etapa, como sucede con la Santa Inquisición.

Se necesitaba, además, la necesaria atmósfera de libertad intelectual para estudiarla, analizarla y evaluarla con la mayor objetividad posible, de acuerdo a los documentos históricos recientemente descubiertos e investigados por Simposios y Congresos Internacionales, como el celebrado en Nueva York en abril del 1983, auspiciado por el Program on Society in Change; el de Lisboa en 1998; el de Cuenca en 1999; y el Congreso Internacional sobre Intolerancia e Inquisición, celebrado en Madrid y Segovia en 2004, cuyas ponencias hemos seguido.

 


Tu opinión en el Libro de Visitas

DISCUSIÓN SOBRE LOS FUNDAMENTOS DE LA INQUISICIÓN

 

 

El recién descubierto Evangelio de Judas.

Su texto ha despertado varios enigmas desde su aparición.

 

Los grandes pilares en que se fundamentaban los inquisidores tiemblan.

El Antiguo Testamento no es al aborigen de muchos conceptos religiosos que allí están plasmados. Varios de sus pasajes son plagios de otras fuentes.

Veremos similitudes con Zoroastro y conceptos del Maniqueísmo. Hay puntos oscuros en el Pentateuco y en las fuentes del Nuevo Testamento.

También los fundamentos filosóficos preferidos por la Inquisición, principalmente del hilemorfismo, tienen sus puntos débiles.

 


 

ZOROASTRO

 

 

 

Templo Zoroastro del fuego en Yazd, Irán

 

 

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 Es poco lo que se conoce acerca de este célebre reformador de la antigua religión iraní, perteneciente a la civilización calcolítica de cuatro o tres milenios antes de nuestra Era, figura real, pero con mucho de leyenda, cosa normal en los fundadores religiosos. Los persas, de raza atlante, forjaban armas y eran astutos y expoliadores; adoraban al sol y al fuego.

Su nombre, Zarathustra, en lenguaje zend podría significar: astro resplandeciente o astro de oro. Se cree que fundó el mazdeísmo, sincretismo de viejas tradiciones de las orillas del Indo, cuya doctrina recoge el Libro sagrado del mazdeísmo, el Avesta, escrito mucho después de la muerte de su fundador. Pero Zoroastro afirmaba que había existido la Revelación y que su doctrina se la había dictado la Gran Luz.

Existe, según el mazdeísmo, un estado primordial: la Creación; un estado intermedio: el conflicto permanente entre el Bien y el Mal, entre Ormuz y Arimán, que equivale a los antagónicos yin y yang chinos, la Luz y las Tinieblas. La vida es el resultado de ambos principios, lucha antagónica. El estado final lo constituye Ormuz vencedor y Arimán vencido, así el dualismo tendía al monoteísmo.

El Dios supremo es Ahura Mazda, que significa: Señor de la sabiduría. Zoroastro, ayudado en su obra por los Bienhechores Inmortales, especies de arcángeles, sería su profeta. Los deberes del creyente se resumen en tres mandamientos:

Tener buenos pensamientos.

Realizar buenas acciones.

Pronunciar sólo buenas palabras o de consuelo.

Dios tiene en cuenta la observancia de estos tres mandamientos. El día del Juicio Final, marcado por la caída de Arimán, abrirá el Libro donde se registran todas las acciones de cada mortal. Los elegidos, los que hayan observado fielmente los tres mandamientos y todas las leyes Avesta, irán al Paraíso de la Luz, que es el reino de Ormuz. Por otra parte, la derrota absoluta de los poderes malvados será anunciada de antemano por una especie de Mesías, el "Saoshyant" o Salvador, el cual proclamará la proximidad del fin de los tiempos para que los hombres vayan preparándose, mediante la plegaria y la purificación, para el temible día del Juicio Final.

Al poner a Dios al alcance de las masas, como haría el cristianismo en sus orígenes, la nueva religión se aseguraba una sólida base.

Había que separar la maldad del dios bueno y ofrecer a los pueblos la esperanza del más allá y la premiación de los buenos en el juicio final. Ideas o creencias que le vinieron muy bien al cristianismo. Ya los judíos en su exilio de Babilonia, 1600 antes de nuestra Era, conocieron las ideas mazdeístas. Las nociones judías de la creación, del paraíso, del infierno, de la resurrección final, del principio del mal, Satanás, de los ángeles y los demonios ya están en el Avesta, libro sagrado del mazdeísmo. La idea principal que anuncia la venida del Mesías o Salvador (Saoshyant) es de Zoroastro.

El sumo Sacerdote egipcio Amenémope, con un símil muy comprensible en su época, donde se creaba arquitectura con barro y heno, escribió una máxima sagrada para definir la grandeza de Dios: "El hombre es arcilla y paja y Dios es su modelador". De esto a que Moisés escribiera que Dios hizo a Adán de barro y le insuflara vida con un soplo no hay más que una simple imitación. [2]

 

 


 

EL MANIQUEÍSMO

 

Manés se declaraba sucesor de Buda, de Zoroastro y de Jesús

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Manés, presunto fundador del maniqueísmo, nació en un pueblo de Babilonia en el 216 de nuestra era; sus padres eran de origen persa. Manés se declaraba sucesor de Buda, de Zoroastro y de Jesús, último de una serie de profetas que – según él – sólo habían aportado parte de la verdad. Él, Manés, aportaría el conocimiento total. Pero el maniqueísmo no es sólo una síntesis o sincretismo de las religiones budistas, mazdeístas y cristianas, sino que es en sí misma una gnosis, porque según él, en el conocimiento reside la salvación.

La doctrina de Manés se presenta como la coronación de la evolución de la Humanidad, por eso dice:

La sabiduría y las buenas obras han sido aportadas en una serie perfecta de una época a otra por los mensajeros de Dios y también por el profeta llamado Buda en la región de la India; en otra región, en la comarca de Persia, por Zoroastro y aún en otra región occidental por un tal Jesús. Tras lo cual, la Revelación se estableció con fijeza y se manifestó en la reciente Edad por mí, Manés, mensajero de Dios.

La idea capital del esoterismo estriba en esto: Todas las religiones contienen una parte de la verdad indivisible, lo que les permitía formar parte de todas las demás religiones.

El maniqueísmo proclama los dos principios del mazdeísmo: el Bien y el Mal, el Padre de la Grandeza y el Príncipe de las Tinieblas, el Espíritu y la Materia se oponen y contraponen "como un rey a un cerdo". El mundo es obra del príncipe de las tinieblas, aunque encierra una parcela de luz emanada del primero. El mundo, con esta mezcla, sólo puede salvarse mediante purificaciones sucesivas, a cuyo final, espíritu y materia volverán a separarse como al principio de los tiempos.

La historia de esa caída y esa ascensión la expone el maniqueísmo en forma de un mito cosmogónico y, bajo el velo de tal mito, desarrolla una visión filosófica muy adelantada a su época, pero que hoy día nos parece reciente, juvenil. Partiendo de la rebeldía del hombre contra un mundo inicuo, presiente que la historia progresa a través de los conflictos, que el mal puede ser un trampolín para el progreso y que la salvación de la especie humana no reside en la fe ciega, sino en el conocimiento, en la Gnosis, que finalmente convertirá al hombre, según la bella formula de Manés, en " el salvador salvado". [3]

El cristianismo, antes de Manés, pero después de Zoroastro, profesa también un acendrado maniqueísmo: Dios y el diablo. El bien y el mal. El espíritu y la materia, con las terribles consecuencias de que la materia, que en verdad es la única realidad existente en nuestra vida, es mala y todo lo que de ella procede, o que con ella se relaciona, como el sexo, el placer y la felicidad, es malo y pernicioso, lo que no deja de constituir un verdadero anti-humanismo. La Iglesia, que persigue herejías, ella misma es víctima de lo que injustamente persigue, de sus múltiples y variadas herejías.

 


 

LA ALIANZA

 

 

 

Fragmento del Arca de la Alianza

 

 

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No hay nadie más peligroso que el que se cree poseedor de la ciencia divina y de actuar en nombre de Dios. Son puentes intermediarios que inician su singladura y la culminan interpretando el silencio de Dios.

Hacía dos meses que los israelitas habían salido de Egipto, cuando llegaron al desierto del Sinaí con sus tiendas de campaña.

Moisés sube al Monte Sinaí y se encuentra con Dios, quien le dice: Si me escucháis y respetáis mi alianza, os tendré por mi pueblo entre todos los pueblos, pueblo de sacerdotes y nación que me es consagrada. Moisés lo transmite a los jefes y éstos contestan: Haremos todo lo que Yahvé ha mandado.

Al tercer día, al amanecer, hubo sobre el monte truenos y relámpagos y espesa nube. Retumbó un sonido muy fuerte de cuerno y todo el pueblo se puso a temblar. El Sinaí entero humeaba, porque Yahvé había bajado en medio del fuego. Y todo el monte temblaba con violencia. Moisés hablaba y Dios le contestaba con el trueno.

Entonces Yahvé dijo estas palabras: Yo soy Yahvé tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud. Y le dio los diez mandamientos, el Decálogo.

Posteriormente Moisés elaboró el Código de la Alianza, leyes convencionales redactadas unas por Moisés y la mayoría tomadas de los pueblos de Canaán.

Moisés bajó del monte con dos tablas en las que estaban las leyes escritas y grabadas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, como también la escritura era la escritura de Dios, grabada sobre ellas. Pero Moisés, lleno de rabia al ver que los israelitas adoraban a un becerro de oro, no dudó en arrojar las tablas, que se hacen pedazos al pie del monte. Ésa es la primera incongruencia de magnitud galáctica: romper lo que el mismo Dios le había dado, elaborado y escrito personalmente.

Ahora, al pie de la letra, transcribo unos versículos del Éxodo:

Entonces Yahvé le dijo a Moisés en el monte: vuelve y baja, porque tu pueblo ha pecado. Bien pronto se han apartado del camino que yo les había indicado. Se han hecho una imagen de becerro de metal fundido y se han postrado ante ella. Le han ofrecido sacrificios y han dicho: Israel, aquí están tus dioses, que te han sacado de Egipto. Yahvé dijo también: Ya veo que ese pueblo es un pueblo rebelde. Ahora, pues, dejad que estalle mi furor contra ellos. Voy a exterminarlos. De ti, en cambio yo haré nacer un gran pueblo. Éxodo 32, 7-10.

Moisés suplicó a Yahvé y le dijo: "Aplaca tu ira y renuncia a castigar a tu pueblo ¿Qué van a decir los egipcios?". Le recuerda las promesas que hizo a Abraham, a Isaac y Jacob y su juramento. Yahvé, convencido, renunció a destruir a su pueblo.

El becerro es la figura tradicional del dios cananeo. El Dios de Moisés, celoso, vengativo, olvidadizo, veleidoso, ávido de sacrificios y de reconocimientos, también de alabanzas, se presenta como un mero producto de la humana inteligencia. Prometeo también, sin duda, se sublevaría contra la intolerancia e inhumanidad de este Dios.

Moisés, después de convencer a Yahvé para que no extermine a su pueblo, mal inicio de una alianza, se toma incongruentemente la justicia por su mano y con la ayuda de la casta sacerdotal, la tribu de Leví, comete tres mil crímenes, después de retirarse.

Entonces Moisés se colocó a la entrada del campamento y llamó en voz alta: vengan a mí los que están por Yahvé. Y se le unieron todos los de la tribu de Leví. Moisés les dio esta orden de Yahvé: colóquense cada uno su espada al costado y pasen y repasen por el campamento, de una entrada a la otra; y no vacilen en matar a sus hermanos, compañeros y familiares. Éxodo 32, 26-28.

Los de la tribu de Leví cumplieron la orden de Moisés, y aquel día perecieron unos tres mil hombres del pueblo. Entonces, Moisés dijo a los levitas: Hoy os habéis consagrado al Señor, a costa del hijo o del hermano, ganándoos hoy su bendición. Éxodo 32,29.

Los levitas constituyeron la familia sacerdotal en premio a su fidelidad; ayudaron a Moisés a restablecer su autoridad y para ello mataron a los rebeldes, declarados culpables. Y los bendice por despreciar la solidaridad "según la carne". Esto lo dicen los comentaristas de la Biblia Latinoamericana, exegetas de este terrible texto, precursor exacto de la praxis de la Inquisición que pasa por alto el Nuevo Testamento para fusionarse con aquel del Éxodo, en que Yahvé, según Moisés, manda ejecutar esta matanza fratricida. En esa Biblia se dice textualmente: Las familias de sacerdotes, los levitas, son más fieles y ayudan a Moisés a restablecer su autoridad: empiezan matando a los culpables. Por eso les da la bendición, porque su celo por Dios les hizo despreciar cualquier solidaridad "según la carne". El comentarista tiene la osadía y la desfachatez de escribir tal dislate.

La solidaridad "según la carne" es un principio natural, inherente al ser humano, valor primordial y prioritario que está por encima de cualquier imaginación y especulación mítica, teológica o filosófica. Es inalienable e inviolable; la religión es para los humanos y nunca los humanos para la religión; el ser humano siempre es fin en sí mismo. Sólo un inhumano fundamentalismo, retrogrado y oscurantista, puede insinuar tal aberración.

Hoy, como sabiamente decía Galileo, existe el Libro de la Naturaleza que ahí está, con sus leyes e infinita sabiduría y en el que todo lo humano está inscrito y por otro lado el Libro de la Escrituras que ha sido, a veces, mal escrito o mal interpretado. Con él, con el científico Galileo, en caso de duda o de conflicto, nos atenemos al Libro de la Naturaleza. Prometeo nos enseña que los dioses veleidosos y arbitrarios no pueden ser omnipotentes ni reconocidos como tales. "Prometeo vislumbra la caída de todo poder basado en la violencia", Schajowicz.

Sí acierta el citado comentarista, cuando dice que la matanza de los hermanos israelitas ayudó a Moisés a restablecer su autoridad, o mejor su poder, a través del terror, la pedagogía del miedo, que, tan sabia aunque cruelmente, practicó la Inquisición.

Estos hebreos eran sencillos, rústicos pastores errantes en pos de su ganado, con un régimen patriarcal y una religión fruto de su ignorancia. Moisés, criado en la corte de Egipto, nación ilustre, provista de todas las artes y ciencias, rica y mercantil, era instruido y culto y no halló cosa que viniera tan a propósito a su genio ambicioso como la ignorancia de aquellos sencillos hebreos a los que la fortuna había tratado con maldad. Se impuso como juez supremo y legislador, recurriendo a la ayuda de Yahvé del que se declara representante. No pudo, él lo sabía muy bien, inventar mejor argucia que el relato de un Dios que, entre truenos, le habla en persona a través de una zarza ardiendo y que construye para él las tablas de la Ley, que graba con sus propios dedos.

No es lo mismo, bajar después de cuarenta días y decir: Éstos son los mandamientos que yo quiero que cumpláis, que decir: Yahvé ha hecho un pacto de alianza con vosotros y éstos son los mandamientos que quiere que cumpláis.

Se ha dicho que Dios es la mejor invención de todos los tiempos; es verdad. Pero, ateniéndonos a las tragedias escritas y ordenadas en su nombre, podría ser la peor invención; también esto es verdad. Sacrificios humanos, cruzadas, inquisiciones, guerras religiosas, todo a Dios atribuido, ad maiorem Dei gloriam (para mayor gloria de Dios)…, nos hace, muy prudentemente, desconfiar de todo el montaje de los profetas y de los sacerdotes. Hablar en nombre de Dios, representar a Dios, absolver en nombre de Dios, prometer cielos e infiernos en nombre de Yahvé, ante los ignorantes e indefensos, rinde muchos tributos, réditos infinitos. Los Faraones, los Reyes, los Emperadores, se atribuyeron el reinar en nombre de Dios. Moisés fue el maestro cruel y astuto, arquetipo de la demagogia y del uso político de la teocracia: el poder viene de Dios.

Los hebreos, al verlo en estas circunstancias, tan desigual a ellos en su traje, en su aspecto y su talento, como enviado-mensajero del gran Yahvé que enviaba truenos y relámpagos en respuesta a sus preguntas, se le sometieron.

Yahvé elige a un sencillo pueblo como el hebreo, pueblo nómada de pastores, con el que pacta una alianza, prefiriéndolo a otros pueblos y civilizaciones más relevantes que existían en el mundo. Se constituyó en Dios exclusivo y celoso, que se enoja y se arrepiente.

Este pacto con el pueblo hebreo comenzó su historia con Abraham quien, hacia el 1870 a.C, abandonó Ur de Caldea en Mesopotamia y se dirigió con su clan nómada hasta su asentamiento al borde del desierto de Canaán. Un siglo más tarde, forzados por el hambre y guiados en esta ocasión por el patriarca Jacob, salen para Egipto donde serán esclavizados. Los hechos del desierto del Sinaí pudieron haber acontecido sobre el siglo trece a.C.

Según Pepe Rodríguez, estos pactos de alianzas entre un pequeño pueblo y su señor ya se habían dado entre los hititas y en diferentes culturas mesopotámicas desde el tercer milenio antes de Cristo, y la alianza de Moisés es una copia de aquellos pactos de vasallaje hititas.

Este pacto, mítico y fantasioso, constituyó el hilo conductor de la identidad hebrea y, por directa herencia, de la cristiana. Sirvió para los hebreos de argamasa aglutinante de su fe e identidad, de cohesión colectiva. Al mismo tiempo que los aisló de otras etnias, les permitió sobrevivir como pueblo. Lo percibido como real es real en sus consecuencias, se dice en la psicología de metas y el pueblo hebreo percibió este pacto con Yahvé como real, por eso siempre se sintió como el pueblo electo por Dios. Su aislacionismo también les trajo incomprensión, odio y persecuciones atroces, verdaderos holocaustos, fruto de la envidia e intolerancia, porque no cabe duda que ha sido un pueblo afortunado.

En el tratado de vasallaje, la fidelidad al señor es un elemento fundamental y la infidelidad se castiga muy severamente. Este aspecto, mal interpretado, pasó al cristianismo y concretamente a la Inquisición, donde el pensar y actuar de forma diferente se consideraba infidelidad y se tipificaba como delito y hasta como crimen, cuyo castigo podría llegar a ser el de la muerte.

La "narración divina" del Génesis no es más que un recuento, no completo, de los mitos cosmogónicos mesopotámicos, caldeos y egipcios, como es el caso de la descripción de la bóveda celeste. Los mitos y leyendas de la Biblia del pueblo judío fueron en su mayor parte plagios: el gobernante sumerio Sargón (c 2334 – 2279 a.C) ya había sido depositado en una canasta de juncos y abandonado a su suerte en las aguas del río Éufrates, hasta que fue rescatado y adoptado. Lo mismo le sucedería a Moisés, que, "salvado de las aguas", no deja de ser una leyenda universal, como lo fue el diluvio, la creación, la existencia de las almas, el más allá, los cielos e infiernos y el juicio final.

El pueblo de Israel, históricamente insignificante y minúsculo geográficamente, se vio forzado a compensar su pequeñez sintiéndose elegido por un Dios, que si no era el más poderoso, sí era único y excluyente. Un Dios que pactó, en exclusividad con su pueblo elegido, un pacto de protección a cambio de obediencia y sumisión, de vasallaje. La cultura israelita impone a sus miembros esta concepción nacionalista de la divinidad.

Tal dinámica megalómana, preñada de mitomanía, fue la clave que posibilitó la supervivencia de los israelitas y acabó siendo el eje troncal de la identidad hebrea y, finalmente, por herencia directa, de la identidad cristiana. Por eso, básicamente, en los textos bíblicos se confunden una con la otra, la historia real y mítica de Israel y su religión. [4]

De aquel Viejo Testamento y de la inspiración en la figura de Jesús de Nazaret, nace el Nuevo Testamento, base y origen del cristianismo en general y de la Iglesia en particular. No se olvide además el dato relevante de que la mayor parte de los libros no fueron escritos por apóstoles, sino por recopiladores que no conocieron a Jesús y que escribieron bastante después de su muerte. Son textos tardíos del último cuarto del siglo primero de la era cristiana y otros del primer cuarto del siglo segundo, con excepción de las epístolas de Pablo, escritas entre el 51 y 67 de la era cristiana.

Parece ser que Dios, en su infinita inmutabilidad, cambió radicalmente su Pacto de exclusividad con los hebreos ya que, después de Pablo de Tarso, también haría un pacto con los gentiles, a los que con saña había fulminado en el Antiguo Testamento. Pablo presenta el Nuevo Testamento, con todo tipo de argucias y reinterpretaciones acomodaticias, como cumplimiento y plenitud del Antiguo Testamento (Hebreos 1, 1-3, Gálatas 3, 24, I Corintios 15, 28).

Saulo, condenado a sobrellevar un carácter muy difícil, depresivo, fanático y paranoide, y de salud física muy endeble, intentó compensar sus problemas personales encerrándose progresivamente en sí mismo hasta el punto de llegar a vivir totalmente ajeno a la dura realidad que amargaba la existencia a sus conciudadanos judíos, sometidos a la opresión del invasor romano. Saulo se volcó en un mundo espiritual muy personal, que le llevó a experimentar, según él, algunos episodios místicos y que, finalmente, le condujo a verse a sí mismo como el enviado mesiánico destinado a preparar el camino para el inminente retorno del "Hijo del Hombre" celeste -recuérdese Daniel 7, 13-, que vendría a la tierra para resucitar a los muertos y para establecer el "Reino de Dios". [5]

Pablo, sin ser apóstol, se autoproclamó apóstol. De perseguidor fanático y violento de los cristianos, pasó a ser apóstol de los gentiles. De participar en la lapidación de Esteban pasó a ser la figura clave en la expansión y desarrollo de la nueva religión, debido a su esmerada preparación rabínica y helénica, a su gran talento y capacidad organizadora indiscutible. Pablo jamás renegó del judaísmo y siempre observó las prescripciones mosaicas cuando las circunstancias se lo permitían. Esto hubiese bastado para que Torquemada, el Inquisidor, lo hubiera condenado a la hoguera, como hizo con los criptojudíos, o falsos conversos, que así se llamaban, debido a que seguían practicando la Ley de Moisés a escondidas. Pablo nunca abandonó la esperanza ardiente de la salvación final de Israel.

Pablo tuvo su peculiar y propia versión cristológica, cuando fue elaborando el corpus de su cristianismo paulino sin dejar de pensar como judío, aunque aceptó, en contra de Pedro, que los gentiles no se circuncidasen.

Rechazado por los suyos, los judíos, atormentado por sus males físicos, torturado por sus crisis emocionales y su egocentrismo paranoide y una presunción inaudita que lo lleva a contradecir a los apóstoles a cerca de "la voluntad de Cristo", pretende adoctrinarlos con enseñanzas que eran contrarias a las difundidas por Jesús. Pablo, por ejemplo, defendía que los conversos cristianos gentiles, los no judíos, desde el mismo momento en que aceptaban al Mesías, pasaban automáticamente a formar parte de Israel, por ser el Mesías rey de Israel y que sus pecados les eran perdonados.

Para Pablo, Jesús no era un Dios encarnado, ni la segunda persona de la Trinidad; él identificaba al Jesús de la ascensión con el "Hijo del Hombre" de los míticos judíos. Tampoco el resto de los apóstoles concibieron a Jesús como Dios, ni sentían que la divinidad cohabitase con ellos, cosa totalmente impensable durante la vida pública de Jesús. El Concilio de Nicea, 325, quedaba aún muy lejos. El Cristo de Pablo no es Dios, concluye Schonfiel, sino que es la primera creación de Dios y no deja sitio para la fórmula trinitaria del credo de Anastasio en Nicea.

Jesús, un judío fiel a la Ley hebrea, que predicó el Reino de Dios, estaba convencido que la escatología (el fin del mundo e inicio del más allá) era inminente.

Jesús comenzó a predicar a las masas desesperadas. A propiciar curaciones – tal como hacen aún muchos chamanes actuales – a reducir las exigencias de la Ley, centrándola en el amor a Dios y al prójimo. En un principio, su mesianismo debió de ser bastante rudimentario y más iluminista que político, pero, muy pronto, las masas reconfortadas empezaron a creer que el "Reino de Dios" había llegado realmente, incluso, que Jesús era el rey mesiánico que los judíos esperaban. Con su atención a las masas, Jesús se separó del modo de actuar de los fariseos, esenios u otros grupos judíos, ganándose, al mismo tiempo, el aprecio de los primeros y la enemistad creciente de los segundos. [6]

Jesús nunca tuvo el objetivo de formar una nueva secta dentro del judaísmo y mucho menos aún el de fundar una Iglesia, sino que intentó agrupar a Israel en un nuevo marco. El del Reino de Dios y su ekklesía, como en el Antiguo Testamento, designa la asamblea general del pueblo judío ante Dios. Claramente expuso: "No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla". Mt 5,17-18. Y añade: No vayáis a los gentiles ni penetréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de Israel y en vuestro camino predicad diciendo: El Reino de Dios se acerca.Y a la cananea, que dice tener una hija endemoniada, le dice: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. [...] No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos, Mt. 15, 24-26.

Está clarísimo que Jesús se desenvolvió doctrinalmente dentro del judaísmo, que pretendió cumplir con la Ley hebrea escrita en el Antiguo Testamento y que de sus palabras y acciones no se puede deducir que intentara fundar una nueva religión contraria al pueblo de Israel, ni una nueva Iglesia con un credo claramente anti-judío.

Jesús se rodeó de varones para predicar su buena nueva, su Evangelio. Cosa lógica en un contexto patriarcal, en el que cada varón agradecía, mediante una plegaria, el no haber nacido pagano, esclavo o mujer. No consta que estuviese casado, aunque su relación con las mujeres fue muy normal. Su supuesto celibato fue el ulterior motivo, además de otros económicos y administrativos, para imponer el celibato al clero de la futura Iglesia. Al mismo tiempo, surgió la prohibición a las mujeres de acceder al sacerdocio, afirmando la jerarquía que tal prohibición correspondía a la expresa voluntad de Jesús. Esto no consta en ninguna parte y, además, es imposible de demostrar. Lo que sí es totalmente cierto es que los derechos fundamentales de la mujer son violados al ser marginada.

Jesús, como sus apóstoles, creyó que el fin del mundo, la parusía (la venida del Hijo del hombre al final de los tiempos) era inminente, con el consecuente advenimiento del Reino de Dios. Claramente se afirma en Mateo 16, 27-28: Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su padre, con los ángeles y entonces dará a cada uno según sus obras. En verdad os digo que hay algunos entre los presentes que no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino. Y en Mateo 24, 34, se añade: En verdad os digo que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda.

Pedro, Santiago, Juan y Pablo también compartieron este gran error de la profecía no cumplida. El fin del mundo no llegó con la esperada venida del Hijo del hombre. Y en ese ambiente de premura no se podía pensar en la posibilidad de crear una Iglesia, para lo cual no había ni intención, ni espacio ni tiempo. Sería Pablo el que, posteriormente, crease las bases para que de las comunidades fuera surgiendo la Iglesia en un proceso de siglos.

Las comunidades cristianas primitivas, al ver que la parusía, el fin del mundo, no llegaba, dieron un gran giro hacia temas soteriológicos o salvíficos. Se comienza a hablar de la redención y de la salvación, de Jesús como redentor y salvador a través de su muerte ignominiosa en la cruz, escándalo para todos, menos para los cristianos. Lo cierto es que la idea de la parusía quedó en el subconsciente colectivo de los cristianos que siguieron acariciándola y esperándola (milenarismo). Se habla del pecado, de las almas, del más allá que presupone la inmortalidad. Temas ya servidos en bandeja por las religiones egipcias, mesopotámicas, persas e indias, por los judíos en el Antiguo Testamento y por Platón, uno de los grandes filósofos de la inmortalidad del alma que tanto influiría en el cristianismo, filtrado por Filón, por los estoicos y por Agustín de Hipona. 

Cuando las muchedumbres oprimidas por los romanos, que habían escuchado sus predicaciones, vieron que los esperados cambios socio-políticos que confiaban lograr por medio del prometido Mesías no llegaban, profundamente decepcionadas, le empezaron a retirar su apoyo. Esto, unido al absoluto convencimientos del inminente fin del mundo más el valor agregado de la creciente hostilidad de las autoridades hacia Jesús, les restó valor para intentar evitar su prendimiento y lo condujeron al patíbulo.

Es evidente que la Inquisición y sus inquisidores, al condenar a la hoguera a los criptojudíos (judíos conversos que seguían practicando las leyes y costumbres hebreas) y confiscarles todos sus bienes. Se olvidaron de que Jesús, como todos sus apóstoles, eran judíos y ninguno dejó de serlo; es una de tantas contradicciones de la llamada Santa Inquisición.

 

 


LA CONFESIÓN DE PEDRO. FUENTES DE LOS EVANGELIOS

 

 

 

 

San Pedro en lágrimas, de Bartolomé Esteban Murillo.

La confesión de Pedro es uno de los grandes temas en disputa. La ruptura protestante le niega todo valor.

 

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 El contexto hay que buscarlo en Cesarea de Felipe cuando Jesús pregunta a sus discípulos:

-¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

Ellos contestaron:

Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que el Elías; otros, Jeremías o algún otro profeta.

Él les dijo:

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro respondió:

Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Mateo 16, 13-16.

Jesús cambió el nombre de Simón por el de Kph o Cefas, que significa piedra o roca y que tomó la forma latina de Pedros; de ahí el juego de palabras Simón-Pedro.

Lucas y Marcos terminan la confesión de Pedro sólo con: Tú eres el Mesías, sin el párrafo de la confesión, que da origen a los poderes que asumirán los papas como sucesores de Pedro. Juan, el evangelista, también lo omite. Los tres silencian, en la confesión de Pedro, la expresión de el hijo de Dios vivo, que fue la clave, en opinión de la iglesia posterior, para otorgarle esos poderes, que inicialmente no dejaron de ser alegóricos y simbólicos, nunca jurídicos.

Añadido de Mateo:

Jesús le dijo: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi iglesia y el imperio de la muerte no la vencerá. A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. Mt.16, 17-19.

La omisión en los otros evangelios de este texto, el más emblemático y trascendental de la futura Iglesia, pues en él se apoyan los teólogos para crear su Eclesiología con todos sus poderes, no deja de ser altamente sorprendente y elocuente. El texto de Mateo es fraudulento y fue añadido posteriormente con fines apologéticos y dogmáticos. Es totalmente imposible que los tres Evangelios sinópticos restantes, conscientes de su importancia, lo hubiesen omitido. Marcos, discípulo de Pedro, no podía haber ignorado el texto que tanto favorecería a su maestro. De todas formas, los teólogos se extralimitan en su interpretación y significado. Este texto también se utilizó para demostrar la divinidad de Jesús, pero da la impresión de que los otros tres evangelistas no repararon en ello.

Los obispos de Oriente, ya en el siglo IV, afirmaron que este texto de Mateo había sido intercalado o interpolado muy tardíamente por los partidarios del Obispo de Roma en las luchas de poder entre los obispos por el Primado.

El mismo Pedro afirma que Jesús es la piedra viva, como también son los creyentes:

Él es la piedra viva, rechazada por los hombres, elegida y estimada por Dios; por eso, al acercarse a Él, también con ustedes, como piedras vivas, participan de la construcción de un templo espiritual y forman un sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo. I Pedro 2.4-5.

Los creyentes forman las piedras del templo y son sacerdotes. Y Pablo añade:

Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo. I Cor. 3, 11....edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con Cristo Jesús como piedra angular. Ef. 2,20.

El argumento de que Pedro es la piedra sobre la que se fundó la Iglesia no tiene fundamento exegético como terminamos de ver. Ni durante los primeros diez siglos, los obispos de Roma pudieron reivindicar con contundencia ser sucesores de Pedro. Los Concilios ecuménicos, los ocho primeros, se celebraron en Asia, sin la intervención directa ni del Papa ni de Roma. Eran los Emperadores los que convocaban y dirigían los Concilios. El Papado se empieza a consolidar como autoridad suprema a partir del siglo XI. Roma tuvo constantes luchas por el Primado con Jerusalén, Antioquía y Alejandría, fundadas por los apóstoles. El Primado del obispo de Roma surge con la historia y no tiene nada que ver con Pedro y menos con Jesús. Todos sus poderes se apoyan, única y exclusivamente, en los teólogos y canonistas de la Baja Edad Media, sin ninguna intervención divina.

Existe otro dato que no debe ser ignorado. La mayor parte del Nuevo Testamento no fue escrita por apóstoles sino por recopiladores que no conocieron a Jesús.

El Evangelio de Marcos es el documento más antiguo sobre la vida de Jesús, pero Marcos ni fue discípulo de Jesús ni lo conoció personalmente; escribe lo que escucha a Pedro.

El Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles, documentos fundamentales para conocer el origen y desarrollo de la Iglesia primitiva, son escritos por el mismo autor que tampoco fue apóstol y que compone sus textos a partir de pasajes que plagia de varios documentos de diferente procedencia y de lo que escucha a Pablo.

El Evangelio de Mateo no fue escrito por el apóstol Mateo, como se creyó. Hoy en día, debido a convincentes razones, se sabe que el autor fue un cristiano de la segunda generación, proveniente del judaísmo de la diáspora. Lo escribió en griego, utilizando los documentos de Marcos, el primer evangelio escrito, y que precisamente no tiene el famoso texto de los poderes de Pedro. Parece ser que se escribió en Antioquía en torno al año noventa.

El Evangelio de Juan y el Apocalipsis, como comúnmente se creía, no son obras del apóstol Juan, "el discípulo predilecto", sino de Juan el Anciano, griego cristiano que se apoyó en textos hebreos y esenios y en los recuerdos que consiguió de Juan el apóstol.

Todos los biblistas católicos actuales, podría haber alguna rara excepción, aceptan que los evangelios no fueron escritos por los apóstoles. Como aceptan que no son libros históricos, en el sentido que hoy día entendemos por historia, sino que son libros doctrinales y apologéticos.

Además de estos cuatros Evangelios, llamados sinópticos o canónicos, escogidos como los mejores, existían otros evangelios diferentes que se llamaron apócrifos, textos ocultos. Más tarde los considerarían como de autenticidad dudosa y, finalmente, no recomendables o sospechosos de doctrinas heréticas.

Entre los Evangelios apócrifos, que eran muchos, había textos más antiguos que los sinópticos y algunos atribuidos directamente a los Apóstoles. Es curioso observar cómo muchos Padres de la Iglesia y los primeros apologistas cristianos citan los evangelios apócrifos con preferencia a los canónicos.

La selección de los Evangelios Canónicos se realizó en el Concilio de Nicea en el 325 y fue ratificada en el de Laodicea, 365. De cómo fueron elegidos los cuatros canónicos entre el resto, más de cincuenta apócrifos, se relatan leyendas milagrosas: que todos se pusieron sobre el altar y que, tras invocaciones de los padres conciliares, los apócrifos se cayeron al suelo y que sólo quedaron los cuatros canónicos; o que seleccionaron previamente los cuatro, los pusieron sobre el altar y conminaron a Dios para que, si en ellos había una sola palabra falsa, cayeran al suelo, pero todos quedaron sobre el altar; que si cuatro eran las regiones del mundo, cuatro deberían ser los Evangelios. La inspiración divina de los Textos Sagrados, como su inerrancia, no dejan de ser postulados gratuitos de los teólogos para otorgar un peso incuestionable a sus afirmaciones dogmáticas.

 

 

 


EL ESTIGMA DEL PECADO, INSTRUMENTO DE DOMESTICACIÓN. PABLO DE TARSO

 

 

Cartilla y doctrina cristiana. Catecismo del siglo XVI.

Archivo Diocesano de Cuenca.

 

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 El pecado es el arma secreta de todas las religiones monoteístas -judaísmo, cristianismo y mahometismo- que la Iglesia utilizó para atemorizar -pedagogía del miedo- a los creyentes, para indagar en su interioridad, violando así su derecho a la intimidad, y, al mismo tiempo, para conducirlos, como a grey o rebaño, al redil de la sumisión y del vasallaje. El símil del pecado y el narigón, que se le coloca al toro en la nariz para conducirlo dócilmente a pesar de su bravura, es muy acertado. El pecado será el concepto teológico que más réditos aporte a la institución eclesial, que, a medida que el tiempo va transcurriendo, cada vez se aleja más de aquellos primeros y simples episodios de Jesús y sus pescadores, a quienes el proceso de mitificación elevó a alturas insospechadas.

El pecado constituye el estigma religioso que la Inquisición utilizó para racionalizar sus procedimientos y justificar sus horrores y tropelías. Es el eje central de toda la teología soteriológica o salvífica que llega a constituir su razón de ser: salvar las almas, que no es otra cosa que liberarlas del pecado, según su teología. Y, en consecuencia, es el eje central del control y dominación de los fieles o miembros de la Iglesia en el aspecto cotidiano de sus vidas.

Analicemos su primera verdad ortodoxa: Todos nacemos en pecado. "En pecado me concibió mi madre", decía el rey David. El origen de esta afirmación se remonta al mito del Edén, donde la primera pareja, creada por Dios, se deleitaba en el Paraíso, también creado por Dios. Y a la mujer, precisamente Eva, la madre de todo viviente – todo un símbolo -, se le antojó, no sin razón, comer del prohibido árbol de la ciencia. Y, así, limpiamente, de modo misterioso, sin comerlo ni beberlo, todos heredamos el pecado de desobediencia de los primeros seres humanos. Según afirman serios concilios eclesiásticos los primeros humanos, ya agricultores y pastores, fueron creados inmortales, pero el pecado los convirtió en mortales y los cargó de todo tipo de males y enfermedades. Y la teología católica insiste en que el pecado nos esclavizó y denigró, corrompiendo nuestra humana naturaleza.

En el año 418, el Sínodo de Cartago, en dos cánones contra los pelagianos que niegan el pecado original y cuya doctrina había sido declarada formalmente hereje por el Concilio de Cartago del año 411 ratificado por el Papa Inocencio I en el 417, dice:

Can. 1: Plugo a todos los obispos [...] congregados en el santo Concilio de la Iglesia de Cartago: Quienquiera que dijere que el primer hombre, Adán, fue creado mortal, de suerte que tanto si pecaba como si no pecaba tenía que morir en el cuerpo, es decir, que saldría del cuerpo no por castigo del pecado, sino por necesidad de la naturaleza, sea anatema (excomulgado).

Can. 2: Igualmente plugo que quienquiera niegue que los niños recién nacidos del seno de sus madres, no han de ser bautizados o dicen que, efectivamente, son bautizados para remisión de los pecados, pero que de Adán nada traen del pecado original que haya de expiarse por el lavatorio de la regeneración; de donde consiguientemente se sigue que en ellos la fórmula del bautismo "para la remisión de los pecados", ha de entenderse no verdadera sino falsa, sea anatema. [7]

La primera reflexión que brota espontáneamente es: Si la primera pareja nunca existió realmente, podría ser un símbolo, ¿de dónde heredamos nosotros un pecado cometido por un ente simbólico? La Iglesia, antes de aceptar la evidencia de la evolución para no desmoronar su edificio dogmático y su razón de ser, se aferra a todo, incluso a lo absurdo, como muestra la ingeniosa frase de San Anselmo en el siglo XI: Credo quia absurdum est (creo porque es absurdo). Lo absurdo es que con lo absurdo se justifique encarcelar, torturar y purificar en la hoguera al que niegue o simplemente ponga en duda estas infundadas fantasías.

Pablo, en su carta escrita a los romanos, les dice:

"Sabemos que la Ley es cosa espiritual, pero yo soy de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado". Rom 7,14. "Y ni siquiera entiendo lo que me pasa, porque no hago el bien que quisiera, sino, por el contrario, el mal que detesto". Rom. 7, 15. " Y no soy yo quien obra mal, sino el pecado que está dentro de mí". Rom. 7, 17. "Por lo tanto, si hago lo que no quiero, no soy yo el que está haciendo el mal, sino el Pecado que está dentro de mí". Rom. 7,20.

Nuestra libertad, dice el comentarista de la Biblia Latinoamericana, se muestra impotente frente al Pecado, es decir, nada puede hacerse en contra de las fuerza del mal que arrastran a toda la humanidad. La "carne" se hace cómplice en nosotros de todo esto. [8]

El maniqueísmo no se puede disimular y el problema moral del determinismo, que coarta la libertad necesaria para el pecado, enreda enormemente la tesis: Si no soy yo el que obra mal, sino el pecado que está en mí, el pecador es el pecado. Para la iglesia no hay problema de determinismo, todo está correcto. Los Santos Padres proclamarán que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Además, el pecado, que corrompe la humana naturaleza, fue necesario para justificar la gracia y la redención en la teología soteriológica, puesta en acción, cuando el mesianismo político liberador, esperado por los judíos, no se cumplió. Desde entonces, el pecado es una pieza clave de la teología católica, e incluso su razón de ser, aunque sea una huella destructora de lo humano. Nos lo aclara Pablo:

"En resumen soy esclavo a la vez de la ley de Dios, por mi mente, y de la ley del Pecado, por la carne", Rom. 7,24; y...."Dios entonces, para enfrentar el Pecado, envió a su propio Hijo y lo puso de alguna manera en esa condición carnal y pecadora; y en esa misma manera condenó el pecado". Rom. 8,3.

Sorprende la expresión: "Condición carnal y pecadora", marca paulina de herencia maniquea, despectiva e ignominiosa para el ser humano al asimilar carne con pecado. Que de eso, de carne, estamos hechos y de eso, de sustancia, se compone nuestro cerebro que le dio vacaciones permanentes al alma paulina y cristiana. Pablo influyó e influye enormemente en todos los cristianos, y sus prejuicios y creaciones doctrinales invadieron e invaden el cristianismo. Él, que no fue apóstol pero se declaró apóstol, corrigió la plana al Maestro. Él, que fue perseguidor de cristianos, se convirtió en apóstol de los gentiles, que no dudó en enfrentarse con Pedro. Somos esclavos de la ley y del pecado; es el sello de la esclavitud cristiana.

"Ahora bien, por un solo hombre el pecado había entrado en el mundo y por el pecado, la muerte y luego la muerte se propagó a toda la humanidad ya que todos pecaron" Rom. 5,12......"De todas maneras, así como uno solo pecó y acarreó la sentencia de muerte para todos los hombres, así también uno solo cumplió la condena y les procuró a todos un indulto que los hace vivir". Rom. 5,18.

El pensamiento paulino, su corpus doctrinal, es mitológico, se apoya en mitos. Saulo de Tarso también creía en Adán y en su inmortalidad, y en él se apoyaron los sínodos y concilios contra Pelagio, que negaba el pecado original y defendía el libre albedrío contra la teología paulina de la esclavitud. Pelagio, en estos puntos doctrinales, tenía la razón. Era defensor de la dignidad humana libre y no esclava del pecado; el bautismo no era necesario para borrar un pecado que no existía. Pero la Iglesia utilizó el pretexto del pecado original para incorporar al bautizado a su grey y hacerlo gregario en su rebaño, tal fue su práctica también con los bautismos obligados a judíos y musulmanes, quienes, una vez dentro, eran juzgados como heréticos por seguir sus hábitos y costumbres ancestrales, por negarse a una educación transcultural.

El misoginismo de Pablo de Tarso es proverbial. No sólo priva de voto a las mujeres, también las priva de voz: Mulieres in ecclesia taceant (las mujeres en la Iglesia que se callen). Hoy está reconocido en todos los ordenamientos laicos a nivel mundial que el ser humano, hombre o mujer, es libre y autónomo, con derechos fundamentales prioritarios insertos en su naturaleza humana. Sólo las religiones, dominadas por creencias ancestrales, no los aceptan en su totalidad, lo mismo que ocurre con la igualdad en derechos de género, hombre y mujer. La mujer sigue siendo marginada y subordinada en la sociedad patriarcal; en la Iglesia católica se le prohíbe el acceso al sacerdocio y, por lo tanto, al obispado y jerarquías eclesiásticas superiores. Se le exige que acepte la carga hasta el final de sus días en el matrimonio y que todo acto sexual esté abierto a la procreación, ignorando lo más elemental de la sexualidad humana y de la felicidad conyugal. Todo por prejuicios maniqueos, como que el sexo es malo en sí y que somos simples administradores de nuestros cuerpos, templos del Espíritu Santo y propiedad de Dios por la leyenda de la creación.

El ser humano no es medio para nada ni para nadie. La Ley, en contra de Pablo, es para el ser humano y no el ser humano para la Ley. El ser humano siempre es fin y soberano, nunca es medio ni a nadie pertenece. Nadie puede imponer cargas morales a su conciencia, como hizo siempre la Iglesia al imprimir la señal de pecado en su conciencia y hacerlo sentirse pecador. El Poder no reside en Dios, siempre muy lejano, sino en el Pueblo cercano, en la Asamblea de Ciudadanos. Las élites dominantes religiosas buscan el origen del poder en tópicos muy fáciles de erigir, muy difíciles de desmontar y decisivos en la estructuración de la sociedad a su medida. La Inquisición no sólo constriñó la libertad de pensar, de sentir, de creer, de vivir, sino también la libertad de investigar, de descubrir, de progresar; y todo ello bajo el símbolo de lo santo (Santa Inquisición, Santo Oficio, ad maiorem Dei gloriam) y de la voluntad divina. Todo fue posible cuando el Poder, que venía de Dios, se encarnaba en sus delegados, el Papa, el Rey o el Emperador, por la imposición de manos (quirofanía), mientras que el ciudadano, desprovisto de los suficientes derechos y de los conocimientos adecuados, estaba indefenso y a merced del arbitrario ejercicio de los sacro-detentadores del poder, que, en sus teocracias césaro-papistas, ignoraban el gran principio de que el poder reside en el pueblo. La tesis dogmática según la cual la Iglesia es esencialmente jerárquica no tiene fundamento. Es producto posterior de los teólogos y canonistas serviles al Papa. No era así en los primeros siglos del cristianismo.

El estigma del pecado conlleva, como corolario, el complejo de culpa y de remordimiento. Ese fuego interno, enloquecedor, quema sin consumir las conciencias, que apenas pueden liberarse de tanto tabú, prejuicios y leyes existentes en la religión; y permite a los otorgadores del perdón, a través del sacramento de la confesión, entrometerse en las conciencias para descubrir intimidades e imponer pautas a seguir, papeles asignados. Estos asesores de lo divino tuvieron gran influencia incluso en la toma de decisiones de los reyes, como fue la influencia del dominico Torquemada sobre Isabel y Fernando, que tomaron la decisión de expulsar a los judíos, a pesar de que desde el siglo III ya estaban en España y a su raza pertenecía, según se cree, una de las abuelas del rey.

 


 

FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS: EL HILEMORFISMO

 

 

 

 

Biblioteca Provincial de Huelva.

Una edición de la Lógica de Aristóteles impresa en Lyon en 1570

 

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Aristóteles, 384-322 a.C, uno de los filósofos mayores de la antigüedad, junto con Sócrates y Platón, da realidad a las ideas entendiéndolas como la esencia de las cosas reales: nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos.

Su concepción hilemórfica (hyle -materia- y morphos -forma-) consiste en que las esencias o sustancias de las cosas tienen una realidad dual: materia y forma, que se interrelacionan entre sí y sobre su interrelación se elabora la Psicología, la Sociología, la Política así como una nueva Antropología filosófica. Para la esencia del hombre, el cuerpo es la materia y la forma es el alma que, a su vez, es el primer principio, primera fuerza o energía que da origen a la vida, a la sensación, a la intelección, a la estructura integrada en el plano biológico, reflexivo e intelectual del hombre.

El hilemorfismo aristotélico supone el rechazo de la inmortalidad del alma, que defienden Platón y los pitagóricos. El alma no sobrevive al cuerpo, dice Aristóteles, ya que no puede existir sin el cuerpo, aunque ella no sea un cuerpo, sólo su forma, su funcionalidad.

Los escolásticos y Tomás de Aquino, que siguen a Aristóteles en la teoría hilemórfica, dan un gran salto cualitativo: el alma humana es una forma pura, espiritual, creada por Dios, y que puede existir independientemente de la materia o del cuerpo; concepción demasiado metafísica, imaginaria y mítica. Tomás añade más: "La materia existe para la forma"; subordinación de lo material, segundo paso, a lo espiritual. El hombre, y como la mujer también cuenta digamos el ser humano, compuesto, según los escolásticos, de materia prima y forma sustancial, de cuerpo terrenal y alma espiritual, sería una especie de minotauro o centauro, espíritu y cuerpo. Aristóteles es más lógico y consecuente en su doctrina.

La forma no es espiritual, ni puede sobrevivir a la materia, es mortal. La inmortalidad, que no es viable, pertenece al reino de la alegoría. Más allá de la vida, sólo está la muerte. La muerte cerebral -dicen los científicos- es definitiva e irreversible.

Sustancia es toda porción de materia que comparte determinada propiedades intensivas; es la clase de materia de las que están formados los cuerpos.

Platón y Aristóteles elaboran el concepto de forma, correlativo y contrapuesto a la materia. Pero fue Aristóteles el que elaboró el concepto más completo de materia, si bien el aspecto metafísico de la materia quedó relegado a la escolástica. La característica fundamental de la materia es la receptividad de la forma, por eso es potencia de ser algo, siendo ese algo lo determinado por la forma. Esta teoría está pensada para explicar el movimiento, la generación y la corrupción, que suponen cambio de forma e implican los conceptos de potencia y de acto. La materia, en tanto que sustancia y sujeto, es la posibilidad misma del movimiento. Para explicar el cambio sustancial, se necesitan el concepto metafísico de la materia prima, una potencia de ser que no es nada, puesto que no tiene ninguna forma de determinación y una nueva forma.

La escolástica, que toma de Aristóteles el concepto hilemórfico para también explicar la realidad de las cosas, del movimiento y del cambio sustancial, define así la materia prima: No es un qué (sustancia), ni una cualidad, ni una cantidad ni ninguna otra cosa por las cuales se determina el ser. Al definirla negativamente, contradicen las leyes de la lógica, que establece que la definición no puede ser negativa; además, no es nada, una entelequia, un presupuesto gratuito metafísico.

Para los griegos, la materia prima es ingenerable, eterna; eternidad de la materia y del movimiento, pero así como la materia no necesita de causa, sí lo necesita el movimiento, que siempre exige un motor y por ahí, precisamente, entra Tomás de Aquino para demostrar, en una de sus cinco vías, la necesidad de un primer motor inmóvil: Dios. Cabe notar que el concepto de creación es ajeno al pensamiento aristotélico, como al pensamiento griego en general. Después también lo será a la ciencia que postula: La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. El concepto de creación es mitológico.

El mito de la creación es casi universal en las religiones; también hay mitos de aparición (en los que el ser humano, sin ser creado, tiene su origen en ciertas mitologías americanas); todos ellos magistralmente manipulados. En su virtud, Dios, el Creador, es dueño de todo lo creado por Él: el cosmos, las plantas, los animales, el ser humano... De todo, absolutamente de todo, Dios es el dueño. Por lo tanto no seríamos libres, ya que nuestro dueño sería Dios y nosotros tendríamos la obligación, por ello, de rendirle culto en gratitud y sumisión, y seríamos simples administradores de lo nuestro. Pero como Dios no actúa directamente, serán sus representantes, los puentes o pontífices, los que interpreten el silencio de Dios y actúen en consecuencia, pero siempre en su nombre. Por eso se explica que el Papa Alejandro VI parcelase la recién descubierta América entre españoles y portugueses, como si de su finca particular se tratase, y que la iglesia prohíba la eutanasia, ya que la vida no nos pertenece a nosotros, sino a su creador. Los mitos, como vemos, no son inofensivas leyendas o ingenuas fábulas, poseen una gran carga de profundidad ideológica.

Volviendo al concepto filosófico y no científico del hilemorfismo, diremos que realmente es muy simple, insuficiente e impreciso, porque la materia prima tal como se la define no es nada, tampoco lo sería su compuesto. Sólo es un presupuesto metafísico para explicar el movimiento y los cambios sustanciales.

Solamente en la Física actual podemos obtener el concepto riguroso y científico de la materia. Y sin olvidar la complejidad inmensa y evolutiva del tema, como lo demuestra la mecánica quántica, la Física nuclear, la Astrofísica, realidades que van más allá de la materialidad química o cristalográfica. Y esto, sin entrar en el concepto físico de la antimateria.

Como datos elementales y en contraposición al simplista hilemorfismo, se entiende por materia cualquier tipo de entidad física que es parte del cosmos observable, que posee energía y es medible. Todas las formas de materia tienen energía, pero sólo algunas tienen masa, lo que se denomina materia másica. La Física nos dice que los componentes de la materia son:

Electrones: partículas leptónicas con carga eléctrica negativa.

Protones: partículas bariónicas con carga eléctrica positiva.

Neutrones: partículas bariónicas sin carga eléctrica, pero con momento magnético.

Éstas partículas, a su vez, se componen de partículas subatómicas que son los últimos componentes de la materia. Los bariones del núcleo, los protones y los neutrones, tienen constituyentes de menor nivel, los quarks, que se mantienen unidos mediante el intercambio de gluones virtuales.

Y el estado físico de una sustancia puede ser: sólido, líquido, gaseoso y plasma, dependiendo de su energía cinética y potencial. Si la cinética (que tiende a separarla) es menor que la potencial (que tiende a juntarla), es sólido; si ambas energías, la cinética y la potencial son iguales, es líquido; si la energía cinética es mayor que la potencial, es gaseoso; si la energía cinética es tal que los electrones tienen una energía total positiva, es plasma.

La materia másica tiene dimensiones, ocupa un lugar en el espacio; tiene inercia, que es la resistencia que opone la materia a modificar su estado de reposo o de movimiento. La materia es, además, la causa de la gravedad o de la gravitación, que es la atracción que siempre actúa en los objetos materiales, independientemente de la distancia a la que se encuentren. No obstante, la mayor parte de la materia del cosmos corresponde –según los astrofísicos- a partículas o campos que no tienen masa, como la luz, la radiación electromagnética, que están formados por fotones sin masa. Los neutrinos, partículas que inundan todo el universo y que son responsables de una gran parte de su energía, se ignora si tienen masa, si son masivos. Existe además la materia oscura, que podría formar la cuarta parte de la energía total del universo.

La ley que establece la conservación de la materia se debe al científico químico francés Lavoisier, considerado el padre de la Química, que demostró que al medir la masa antes y después de intervenir en una reacción química, la materia medida por la masa no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto que ya había sido descubierto por Mijail Lomonosov, que había establecido: la masa de un sistema de sustancias es constante, con independencia de los procesos internos que pueda afectarla (ley de Lomonosov-Lavoisier).

Pero esto (he aquí una ventaja de la ciencia sobre los dogmas religiosos y de las ideas sobre las creencias) no es del todo cierto, como demostró Einstein al establecer la equivalencia entre masa y energía. En una explosión atómica o detrás de la emisión constante de energía que realizan las estrellas, se da una pérdida de masa en reposo, masa pesante, mientras emiten radiación. De esta manera, se puede afirmar que la masa relativística equivalente (el total de la masa material más la energía) se conserva, pero cambia la masa en reposo. La masa convencional no se conserva, porque la masa y la energía, según Einstein, son inter-convertibles. La masa en reposo puede cambiar en los procesos relativísticos en los que una parte de la materia se convierte en fotones.

La física aristotélica se hace añicos, como se hizo su astrología con la invención del telescopio y con las observaciones de Galileo. Es indudable que Aristóteles fue un genio y un enciclopédico de su tiempo, pero muchos de sus conocimientos han sido felizmente superados por la ciencia. La Iglesia, en el decurso de los tiempos, los utilizó para elaborar sus dogmas: sustancia, naturaleza, persona, geocentrismo...Pero si las premisas son falsas, falsa es la conclusión.

Veamos algunas disquisiciones dogmáticas del Catecismo de la Iglesia Católica, elaboradas con falsos conceptos de la Física griega.

253 La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la trinidad consubstancial" (Cc. Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza" (Cc, de Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la sustancia, esencia o la naturaleza divina" (Cc. De Letrán IV, año 1215: DS 804).

479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen sustancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana.

480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.

481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única persona del Hijo de Dios.

482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, tiene una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo.

251 Para la formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico: "sustancia", "persona" o "hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo, sorprendente, a estos términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable, infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana" (Pablo VI, SPF 2).

253 La Iglesia utiliza el término "sustancia" (traducido a veces también por "esencia" o por "naturaleza") para designar al ser divino en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí; el término "relación" para designar el hecho de que su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros. [9]

La noción de sustancia, naturaleza o esencia se escapa, como el agua en la cesta, de las categorías hilemórficas, que definen muy poco y de forma incorrecta. La Física moderna nos demuestra su complejidad y sus sutilezas.

Los términos y conceptos que surgen de la percepción humana sólo se pueden aplicar a lo humano. Intentar su extrapolación a lo divino es como pretender imitar a Faetón en la conducción del carro solar. Son términos humanos, demasiado humanos para ser divinos. La proyección de lo humano sobre Dios lo hace humano. Su hipotética sustancia, naturaleza o esencia, de acuerdo a los hipotéticos atributos de la divinidad, deberían de ser de naturaleza muy distinta, a no ser que quisiéramos adentrarnos en el panteísmo.

El sabio e ingenuo Servet, como todos nosotros, no entendía el misterio trinitario, porque es un amasijo de términos contradictorios que no dicen nada y significan menos, y su disidencia con Calvino respecto a la fórmula trinitaria le costó la vida. Al menos, Arrio, al negar la consustancialidad del Hijo con el Padre, era más lógico y consecuente. Se dice que el Dios del Antiguo Testamento en poco se parece al del Nuevo; la verdad es que el Dios nuevo, Dios trino, es verdaderamente nuevo al menos en el intento infructuoso de su definición. ¡Intentar definir a Dios... es como intentar poner puertas al campo o diques al mar!

El Cristo con dos naturalezas, dos inteligencias, dos voluntades y con una sola persona que es divina, no es el Jesús histórico, que es el hijo de María... Nadie, ni sus apóstoles, podrían reconocerlo; menos mal que ahí está Guillermo de Ockham para que los términos no nos intimiden, sabiendo que son puros nombres.

Pero la Iglesia necesitaba de una ortodoxia como elemento cohesivo de identidad para marcar su propio territorio, determinar y afianzar su poder e ideología y ejercer los controles sobre sus miembros. Para ello, fue elaborando dogmas, sirviéndose de una acomodaticia interpretación de las Escrituras y de la visión condicionada de los Padres de la Iglesia, sirviéndose de los Concilios que fueron convocados a través de la Historia cuando sus necesidades así lo requerían y que estaban integrados por la elite del poder eclesiástico, y sirviéndose también de la doctrinas filosóficas -vano intento de apuntalar sus creencias porque se apoyan en leyendas-. Como si tales dogmas dijesen o pudiesen decir algo de la infinita realidad siempre concebida como acto puro, o energía pura en acción, usando para ello dudosos términos de vago significado y pretendiendo encerrar esa realidad infinita, desbordante, en un momento estático, tejido de la simpleza de cuatro términos.

Guillermo de Ockham (c. 1280/1288-1349), fraile franciscano y filósofo escolástico inglés, junto con Duns Scoto, una de las mentes más especulativas y profundas en metafísica de toda la Edad Media, propugna la economía de la ciencia, lo que se denominó la navaja de Ockham y hoy día podríamos llamar la tijera de Ockham. Ésta establece que todo fenómeno puede explicarse sin suponer entidad hipotética alguna y que debe explicarse por el menor número posible de causas, factores o variables; si con dos es suficiente, no se deben utilizar tres.

El nominalismo, en contra de la existencia de los universales (conceptos) o de las universales (ideas), que se creía infundadamente que representaban la esencia de las cosas, sostiene que los universales son meros nombres, es decir, palabras, pero no realidades existentes. Para algunos el nominalismo desemboca en el conceptualismo, que afirma que los nombres son conceptos que sólo existen en la mente humana, ya que son producto de ella. El universal no existe fuera de la mente, del entendimiento; es una ficción nuestra. El universal es un mero término, que se usa para significar muchos objetos individuales y singulares semejantes. Así, si quiero expresar que cada miembro de la especie humana es mortal, no tengo que enumerar por sus nombres a todos los seres humanos para deducirlo, basta que englobemos a todos en un término: hombre (ser humano). Al decir: todo hombre es mortal, el término hombre no representa ni la esencia del hombre ni es real, es una ficción práctica de la inteligencia humana, un supuesto, un término, una palabra.

Los universales son explicados como entidades que existen en sí, con realidad propia, independientes de la mente, que trascienden el decurso de los tiempos, atemporales, eternos, como el Bien, lo Bello, la Justicia y son defendidos por los pensadores católicos para sostener su moral, sus sistemas de valores y sus creencias con sus dogmas, que trasciendan al ser humano de cualquier época y cultura. Estos universales se apoyan en la teoría de las Ideas de Platón, que, superando la teoría relativista de la sensación de Protágoras y de Sócrates, entra en una ética y una teoría metafísica y mística del conocimiento. La inteligencia, en Platón, mediante la dialéctica, asciende a las ideas, es decir, a las esencias absolutas o realidades incondicionadas: pasión eidética.

Los pitagóricos habían proporcionado una primera evasión de lo sensible al analizar las cosas en lo que tienen de esencial (nosotros diríamos de común), pero ni Sócrates ni los pitagóricos trascienden el mundo sensible. Este salto metafísico lo realiza Platón al situar la investigación en lo suprasensible, donde, por contemplación intuitiva, se realiza el genuino conocimiento filosófico, que tiene por objeto propio la esencia, que sólo se alcanza por la contemplación intuitiva de las ideas. Esta concepción es copiada por la teología católica.

Nicolás Malebranche (1638-1715), en su ontologismo sobre las ideas universales e inmutables, se pregunta: ¿de dónde proceden? No pueden provenir de los sentidos, que captan sólo lo singular y lo concreto; tampoco de la imaginación, mero residuo de las sensaciones; tampoco de la razón ya que producir una idea es crearla y la razón humana nada puede crear. En consecuencia, la única explicación del origen de las ideas es que procedan de Dios; esto no quiere decir que Dios cree las ideas en nuestra razón, sino que las ideas son captadas por nuestra mente en Dios, donde están ubicadas. La epistemología de Malebranche no sólo es un agustinismo exagerado, sino que viola el principio de la economía de Ockham, además de dinamitar la teoría del conocimiento. Malebranche no explica cómo podemos captar con nuestra mente las ideas en Dios. Aunque en la mitología todo es posible.

Piensa Platón que sólo en las ideas (eidos) las cosas alcanzan seguridad y consistencia. Pero aún hay más, encima de las ideas con minúscula, Platón coloca las Ideas propiamente dichas, realidades supremas, absolutamente consistentes, pero también absolutamente indefinibles. Y tres son esas realidades: el Bien, lo Bello y la Justicia. La dialéctica platónica es primordialmente metafísica, ontológica, teológica y, deductivamente, física, antropológica, ética y política. Las ideas platónicas son entes universales, arquetipos eternos, que se encuentran en el mundo suprasensible. Platón, a través de los pitagóricos, a través de Filón de Alejandría y de Agustín de Hipona, entra en la teología y en la moral católica.

Hablando de Agustín, me viene a la memoria la leyenda aquella de su paseo por la playa, pensando en el misterio de la Santísima Trinidad. Se encontró con un niño jugando en la arena al preguntarle qué estaba haciendo, le contestó que metiendo el agua del mar en un hoyo. Y siempre viene la misma moraleja: más fácil hacer eso que comprender el misterio que ocupaba su mente. El término mar no abarca ni comprende el mar, ni el término océano, el océano, ni el término ser humano, la esencia del ser humano; ni la bondad, la justicia, la felicidad, la sustancia, la persona, la libertad...son realidades en sí, ni son abarcadoras de la totalidad; son siempre productos muy relativos de la mente humana para significar cosas.

La esencia no existe, ni se podría captar; toda idea proviene de los sentidos y es producto de la mente. Los sentidos sólo captan el fenómeno, lo periférico o superficial, no la esencia o el noúmeno kantiano. Todo lo real es individual. No existe la felicidad, la verdad, la belleza, la justicia, sólo parcelas de todas ellas y siempre condicionadas por el momento histórico. Existe una constante cultural en todos los pueblos, según los antropólogos: haz el bien y evita el mal; pero el bien y el mal se definen por cada sociedad o grupo humano en cada momento histórico: relativismo moral. No hay nada estático, como pensaba Parménides de Elea, para quien la verdadera realidad será el ente, que es la unidad, la inmovilidad, la eternidad, pero el ente no existe con realidad ontológica. La verdad se acerca más a Heráclito de Éfeso ya que su ente está transido de dinamicidad, como lo es la vida, sólo el devenir existe, todo fluye, nada permanece. El fondo de la realidad es un incesante devenir; en nuestra esencia fluyente somos y no somos. El devenir mismo es la lucha de contrarios, solo en la lucha se hace posible la vida.

Los dogmas nacidos de esos ampulosos términos, como materia-forma, sustancia-accidente, potencia-acto, universales-particulares, abstracto-concreto, predicamentos-predicables, culpa-pena, no dejan de elevar a categoría sustantiva lo que es puro nominalismo. Y de una imposible ortodoxia hacia todo ello, nace la posible, mejor, imposible heterodoxia, cuyos integrantes serán posibles víctimas de las inquisiciones eclesiásticas.

Detrás de estos mudos dogmas, existe toda una magnitud teórica del Poder y un derroche de psicología en el dominio de las masas, además de una eficaz pedagogía de las promesas, primero, y de los castigos, después.

 

 


Tu opinión en el Libro de Visitas

FUSIÓN DE LO ESPIRITUAL Y LO TEMPORAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Traición de Judas de Giotto di Bondone, 1302-05.

A la izquierda, otro sacerdote intenta convencer a Judas de que traicione a Cristo.

 

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Se acaba la época de represión para los seguidores de Cristo. Constantino demuestra una actitud benévola hacia los cristianos. Por primera vez, un Emperador se declara cristiano, aunque habría que investigar más sobre lo genuino de la fe de Constantino.

El Edicto de Milán pone fin a la era de las persecuciones e inaugura un nuevo período en la Historia del Cristianismo.

El nombre de la Teoría de las Dos Espadas expresa la supremacía del poder espiritual del Papa sobre el poder temporal del Emperador. Ese poder de la Iglesia será el que le permitirá la aberrante idea de constituir los tribunales de la Inquisición.

 


LOS CRISTIANOS ANTES DE CONSTANTINO. LAS PERSECUCIONES

 

 

 

 

 

 

Fresco de Niccoló Circignani,1583

Suplicios de mártires que prefirieron morir antes que renegar de la fe de Cristo.

 

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Los primeros cristianos profesaban una religión de paz y amor. Santificaban la vida y abominaban de la violencia, no eran partidarios de los circos romanos ni de ir a luchar a los campos de batalla, ignorando así la ley de los Emperadores romanos. También se negaban a rendir culto al Emperador cuya divinización aportaba grandes réditos a su poder, y hasta pretendieron hacer de Roma el centro del cristianismo, lo que lograrían con el tiempo, pero para aquellos momentos era demasiado pedir. El cristianismo, desde sus inicios, fue una amenaza para la religión doméstica grecorromana, de la que emanaban los supuestos de su Ius (derecho) y de la Lex (ley), según Fustel de Coulanges en "La ciudad antigua".

Cincuenta días después de la muerte de Jesús, durante la festividad de Pentecostés, se formó la primera comunidad judeocristiana, presidida por Santiago el apóstol, y en ella se decidió la colosal tarea de extender la doctrina de Jesús por todo el mundo conocido.

Roma era tolerante con todas las religiones, como lo había sido la Grecia de Pericles, pero, cuando Roma ve que la nueva religión cristiana empieza a destruir su orden social y las creencias de sus ciudadanos, empieza la persecución. El cristianismo, además de negar el culto al Emperador, cuestionaba la desigualdad entre señores y esclavos y se oponía a las prácticas paganas religiosas. Son los primeros indicios de intolerancia en el Imperio.

El primer perseguidor, que culpó falsamente a los cristianos del incendio de Roma, fue Nerón. Pedro y Pablo sufrieron el martirio. Domiciano desterró de Roma a Juan apóstol. Después los perseguidores serían Trajano, Marco Aurelio, Séptimo Severo, Máximo, Decio y Diocleciano, que intentaban exterminar a los cristianos ya que combatían, en nombre de su Dios, las tradiciones y leyes romanas. Galiano, en el 260, publica el primer Edicto de tolerancia, que sería revocado por Diocleciano en el 303. Los administradores del Estado llegan a la sabia conclusión de que la persecución estaba abocada al fracaso; se decía que la sangre de los mártires era semilla de nuevos cristianos. En el año 312, Valerio da el paso definitivo al admitir el culto cristiano en todos sus territorios y, en el 313, un año más tarde, el Emperador Constantino, con el Edicto de Milán, concede la total libertad religiosa y la igualdad de derecho a los cristianos. Restituye, además, a la Iglesia sus bienes confiscados.

Nos topamos así con la primera reflexión importante para comprender el posterior fenómeno de las herejías. Ya durante el Imperio Romano el castigo religioso era un castigo social. Existe una estrecha relación entre el credo mayoritariamente aceptado en una sociedad y la autoridad que ejerce el poder en esa misma sociedad. Los romanos ya sabían que la religión es uno de los más importantes aparatos logísticos para el mantenimiento de la cohesión social y, por esta razón, mientras fue posible, fueron hostigados los cristianos que socavaban los cimientos del orden establecido. Sólo dejaron de estar perseguidos cuando la propia persecución amenazó con desestabilizar el Imperio. Sólo fueron aceptados cuando se convirtieron en elementos de estabilidad. La religiosidad de la élite romana comprendió, a principios del siglo IV, que ya nada podía hacer contra la religiosidad de las capas populares, que habían abrazado el credo nacido de Jesús de Nazaret. [10]

 

 


LA CONSTANTINIZACIÓN DE LA IGLESIA

 

Estatua del Emperador Constantino. Hallada en Roma, en un desagüe en desuso, dataría del año 312

 

Constantino ayudó a cambiar la identidad de la Iglesia.

Estatua de Constantino en York, donde fue proclamado Emperador

 

 

La Iglesia católica es el producto de circunstancias históricas, no de una fundación institucional emanada de la voluntad de Jesús. No podemos olvidar que sus orígenes son judíos, que hablaban arameo, pero posteriormente, con los nuevos cristianos gentiles y judíos helenizados, como Pablo, se fueron lentamente apartando de los fundamentos del judeocristianismo que en Jerusalén lideraban Santiago y Pedro. La pequeña secta judeocristiana fue trasformándose en una iglesia relativamente numerosa, formada por masas incultas que no dudaban en mezclar la base cristiana con los restos paganos del helenismo ya en declive.

Entre los años 250-323, después de sufrir las grandes persecuciones que el Imperio Romano infligió a los cristianos con el fin de erradicar el cristianismo de sus territorios y que fueron contraproducentes además de injustas -nunca la violencia fue la adecuada solución para los problemas- la Iglesia empezó a empeñarse en la búsqueda y consolidación de autoridad política para su estabilidad institucional. A partir de la pax de Constantino, 310, empezará a descollar como un Poder político de primer orden.

Las iglesias, necesitadas de lo económico para mantener su incipiente estructura y culto, así como para atender a los más necesitados, fueron reclamando más libertad y acumulando rentas y capital para así fortalecer su estatuto legal, que era precario. Al mismo tiempo, fueron perdiendo su autonomía e independencia de las que gozaban en sus dos primeros siglos de existencia, al acercarse al Estado y coquetear con su poder para conservar su patrimonio, su prestigio y su capacidad de influencia y de proselitismo. Y llegó la Pax constantiniana y con ella el principio del fin de la Iglesia, aliada del poder, instalada en el Estado, un poder más, complementario del Estado y con funciones estatales. Los ciudadanos cristianos, a partir de ahora, tendrán doble carga económica, doble fiscalización y doble vasallaje; el externo, en manos del Estado y el interno, en manos de la Iglesia.

Se dijo que Constantino embargó el aparato eclesiástico para fortalecer su Imperio y la verdad es que lo logró. Tras someter con su ejército a Italia y norte de África, restituyó los bienes confiscados a la iglesia y le entregó una valiosa contribución del Tesoro Imperial. Ayudó, al mismo tiempo, a fortalecer y a crear sus propios dogmas, a vencer a los disidentes cristianos que vivían en el norte de África y en otras partes de Asia ya que desde el primer momento surgieron creencias diferentes en el seno de la comunidad cristiana.

Constantino convocó Concilios, cristianizó las leyes imperiales, compró las voluntades de los obispos y, en pago, acrecentó en poder y riquezas el Patrimonium Petri, el famoso y controvertido patrimonio de Pedro. Reconoció la jurisdicción episcopal hasta en causas civiles. En el 318 queda establecido que cualquier ciudadano que tuviese un litigio civil podría acudir al obispo, cuya sentencia sería "santa y saludable" y cuyo fallo sería inapelable, limitándose el Estado a la ejecución del mismo con el poder del brazo secular, como, en siglos posteriores, harían los inquisidores. Autorizó a las iglesias a recibir herencias, 321. Declaró festivo el domingo, día del Sol. Donó grandes territorios y edificios a la Iglesia por todo el Imperio y, con dinero del erario público, construyó lujosos lugares de culto.

Constantino, apropiándose de los poderes eclesiales, convocó el Concilio de Nicea, 325, para combatir una de las muchas herejías de los primeros siglos del cristianismo: la del obispo Arrio, 256-336, quien afirmaba la absoluta unicidad y trascendencia de Dios y concebía, por lo tanto, al Hijo como un profeta más, criatura generada por el Padre, esto es, hecho por Él y que es sólo Dios en cuanto que participa de su gracia, pero que no es de la misma naturaleza que el Padre.

El concepto trinitario está claramente establecido en otras religiones, como en la egipcia y en alguna asiática. Jesús fue un profeta normal en su tiempo; ni él mismo, ni sus discípulos y seguidores lo vieron y percibieron como Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, como declararía Nicea bajo la égida de Constantino quien, en sintonía con su consejero, el Obispo Osio de Córdoba, convocó a cerca de trescientos obispos en aquella localidad, hoy Iznik, en Turquía.

La tesis de Osio, que el Hijo es "consustancial al Padre" (homoousios), de la misma naturaleza divina que el Padre, era contraria a la de Arrio y sus partidarios para quienes esa era una fórmula abiertamente equivocada. Pero Constantino con sus dádivas y banquetes primero, y después con sus amenazas de destierro a los que no aceptasen la fórmula, logró que la mayoría la firmaran. Sólo Arrio y sus partidarios egipcios se resistieron y tuvieron que optar por el camino del destierro. Algunos obispos, como Eusebio de Nicomedia, Maris de Calcedonia y Teognis de Nicea, hicieron saber que habían firmado el artículo de fe por temor al Emperador y que procedían a retractarse. Constantino los desterró de sus diócesis y fueron sustituidos.

El credo Trinitario quedó establecido por obra y gracia de Constantino, que frecuentaba las prácticas paganas, cruel y sanguinario, responsable de masacres de pueblos enteros, que degolló a su propio hijo Crispo, estranguló a su esposa y asesinó a su cuñado y a su suegro. Es el mismo que utilizó a la Iglesia a su antojo para lograr la unificación de su Imperio bajo una sola religión, la católica, y tuvo la osadía de autodenominarse el décimo tercer apóstol. Su madre, también de vida no del todo transparente, en premio, sería santa Elena.

Constantino, el príncipe cristiano, fue bautizado antes de su muerte. Como sugiere Voltaire: "Creían haber encontrado la fórmula para vivir como criminales y morir como santos" ya que el bautismo borra, según la Iglesia, todo pecado que tenga el bautizando y así pudiese entrar directamente en el paraíso. Constantino accedió a bautizarse sólo en el lecho de muerte. Lo bautizó Eusebio, obispo promotor del arrianismo; curiosamente, la herejía que Constantino había perseguido.

La andadura de esta actual Iglesia empezó con Constantino. Aquel Reino de Dios, que predicó Jesús y que secundaron sus apóstoles pescadores, se transformó, por la magia del poder, en una poderosa institución anclada en las riquezas y, dada su preparación académica, en el desempeño de funciones en las altas esferas de la administración estatal. Pasó de ser perseguida a ser perseguidora, de redentora solidaria a opresora societaria, de relativamente tolerante a intolerante.

La conquista del Poder fue el talón de Aquiles de la Iglesia, su debilidad. Constantino cambió su identidad, su ADN podríamos decir. Es el hito que marca el principio del fin, alargado por la ignorancia de sus fieles, por sus temibles aparatos represivos, por su alianza con los poderes políticos de turno y por la creación, por obra y gracia de sus juristas-canonistas, de leyes y documentos que la benefician.

Conviene no olvidar, para recordárselo a los defensores del Papado, que durante el primer milenio cristiano, todos los Concilios ecuménicos, los ocho que se celebraron, tuvieron su sede en Oriente bajo la iniciativa de los Emperadores de Bizancio o Constantinopla. Y que el símbolo niceno, el Credo, fue elaborado allí, palabra por palabra, sin ninguna intervención directa del Obispo de Roma.

 

 


 La donación de Constantino. Nacen los Estados Pontificios.

 

 

 

 

 

 

 

Mapa de los Estados Pontificios.

El área rojiza fue anexionada al Reino de Italia en 1860.

 

 

Gregorio VII escribe una carta a "todos los príncipes que quieren viajar a España" para estimularlos a recuperar aquellas tierras de manos de infieles y sarracenos y devolverlas a su legítimo propietario, San Pedro, es decir, al Papa.

No se nos oculta, dice, que el Reino de España, desde antiguo, fue de la jurisdicción de San Pedro y ese territorio, aunque ha estado ocupado tanto tiempo por los paganos, pertenece todavía por la ley de justicia a la Santa Sede Apostólica solamente y no a otro mortal cualquiera.

En otra carta dirigida al rey de Castilla y León, Alfonso VI, el Papa advierte que el Dios Omnipotente ha dado a Pedro y a sus sucesores "todos los principados y las potestades de la tierra".

Todo se encamina a la teocracia, al gobierno del Papa, convertido en "vice-Dios". Dichas reivindicaciones, casi universales, se apoyan en el famoso documento de la Donación de Constantino: Decreto imperial apócrifo atribuido a Constantino I según el cual, al tiempo que se reconocía al Papa Silvestre I como soberano, se le donaba la ciudad de Roma, así como las provincias de Italia y todo el resto del Imperio Romano de Occidente. Es un regalo que el Emperador hace al Papa por haberle curado la lepra. Pero Constantino no padeció nunca de tal enfermedad, de ahí que el resto de la leyenda sea sólo eso, leyenda. La falsificación del documento surge, parece ser, entre mediados y finales del siglo VIII.

El Papa Esteban II, en el 752, cuando acude a Francia para pedir ayuda contra los lombardos, alude ya a la Donación de Constantino. Absuelve a Pepino del juramento de fidelidad que había prometido al rey Hilderico y lo unge como rey. Después, en la noche de Navidad, año 800, el Papa León III coronaría como Emperador a su hijo Carlomagno y declararía que, de ahí en adelante, los reyes serían elegidos de la familia Pepino. Se acababa, así, con la dinastía Merovingia y comenzaba la Carolingia. Las tropas francas, en recompensa, pusieron a disposición del Papa una franja de tierra de 42,000 kilómetros cuadrados en el centro de Italia. Con la Donación de Constantino en la mano, el Papa afirma que el rey sólo le devolvió lo que le pertenecía según aquel documento. León IX, en el 1054, utiliza este documento para advertir al Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, que los Romanos Pontífices son los herederos más poderosos de la tierra, gracias a la excelsa e imperial generosidad de Constantino, que recibió todo de Dios y a él se devuelve a través de sus ministros. Europa será en adelante feudo del Papa.

Los Dictatus Papae constituyen la proclamación solemne de una teocracia universal y absoluta. El Papa Gregorio VII,1073-1085, determina que su poder es ilimitado. Hoy nos causa rubor, pero se utilizó como arma contra reyes y Emperadores durante muchos siglos, unos seis. He aquí sus 27 sentencias, que constituyeron la base del derecho canónico que ha llegado hasta nuestros días.

1. La Iglesia Romana ha sido fundada exclusivamente por el Señor.

2. Sólo el Romano Pontífice es llamado con justo título "universal".

3. Sólo el Papa puede absolver o deponer obispos.

4. Un legado Papal preside a todos los obispos en los concilios, aunque sea inferior a ellos por su ordenación y puede deponerlos.

5. El Papa puede deponer incluso a los ausentes.

6. No se puede mantener comunicación alguna con los excomulgados por el Papa.

7. Sólo el Papa puede establecer nuevas leyes de acuerdo con los tiempos, reunir nuevos pueblos, transformar en abadía una canonjía y viceversa, dividir un episcopado rico y agrupar a los obispos pobres.

8. Sólo el Papa puede usar las insignias imperiales.

9. El Papa es el único hombre al que todos los príncipes besan el pie.

10. El Papa es el único cuyo nombre debe ser pronunciado en todas las iglesias.

11. El título de Papa es único en el mundo.

12. El Papa tiene facultades para deponer Emperadores.

13. Al Papa le está permitido trasladar obispos de una diócesis a otra.

14. El Papa tiene el derecho de ordenar a un clérigo de cualquier iglesia para el lugar que quiera.

15. Aquél que ha sido ordenado por el Papa puede mandar en la iglesia de otros, pero no hacer la guerra; no debe recibir de otro obispo un grado superior.

16. Ningún concilio general puede ser convocado sin orden suya.

17. Ningún texto de libro alguno puede ser considerado canónico sin su autorización.

18. Sus sentencias no pueden ser revocadas por nadie y sólo él puede revocar las de todos.

19. Nadie puede juzgar al Papa.

20. Nadie puede condenar a aquél que apele a la Sede Apostólica.

21. Las causas mayores de cualquier iglesia deben ser remitidas al Papa.

22. La Iglesia Romana jamás se ha equivocado y, según los testimonios de la Escritura, nunca se equivocará.

23. El Pontífice Romano, si está ordenado canónicamente, es santo por los méritos del beato Pedro, como testifica el obispo San Enodio y muchos santos padres, tal y como afirman los decretos del beato Papa Simmaco.

24. Por orden y consentimiento del Papa les está permitido a los subordinados acusar.

25. El Papa puede deponer y absolver obispos, al margen de la reunión sinodal.

26. No es católico quien no está de acuerdo con la Iglesia Romana.

27. El Papa puede desligar a los súbditos del juramento de fidelidad hecho a reyes injustos.

El poder Pontificio se proyecta en círculos concéntricos. El Papa es el epicentro. La curia y los obispos, el clero y el pueblo giran alrededor del Papa. Existe una tendencia al centralismo. Todo es bueno con Roma y todo es malo sin Roma. Las comunidades cristianas primitivas eran pequeñas y cerradas, autónomas y autosuficientes, subgrupos culturales que, con el devenir de los tiempos, constituirán la Iglesia que se convertirá en una de las organizaciones más absolutistas y burocráticas del mundo.

En las primeras comunidades, la unidad estaba en la fe compartida, más que en las estructuras institucionales. Por encima de la Iglesia local no había un aparato permanente de organización. En las primeras comunidades había un cierto grado de anarquismo, sin burocracias, ni Papados. El jefe último y absoluto era el obispo y sólo existía una cierta veneración por las iglesias fundadas por los apóstoles como la de Antioquía, Alejandría, Jerusalén y Roma. Todo cambió cuando Constantino, con gran tacto político, utiliza a la Iglesia como elemento de cohesión para realizar su programa de Gobierno. Nace entonces una trayectoria del poder eclesial que se fortalecerá, con altos y bajos, hasta nuestros días.

Cuando surgen disensiones entre las iglesias, el Emperador convoca a todos los jefes de las comunidades, los obispos, para sentarse juntos y resolver el problema. Empieza la práctica de convocar los concilios, tarea que heredarán sus sucesores hasta el año mil. Los ocho primeros concilios ecuménicos los convocarán los Emperadores. En Nicea, primer concilio ecuménico, comienza a edificarse esa mole dogmática que aplasta la palabra de Jesús. En Nicea se proclama la divinidad de Jesús. La idea de un Hijo consubstancial al Padre era desconocida en la Sagrada Escritura, son términos fabricados por los teólogos de Nicea. Se crean los dogmas. El que los acepta es bueno y el que los rechaza debe ser perseguido. Se soluciona un problema de orden público.

El Emperador desterrará a los herejes o los encarcelará, aunque sean obispos. La Teología, esto es, la doctrina que esboza y perfila la naturaleza de la divinidad y de la propia Iglesia, nace en Nicea como estructura obligatoria. Y resultará muy útil, porque posee la capacidad centralizadora que la Iglesia necesita para unificar la creencia y que, a la vez, necesita Constantino para vertebrar su imperio. La Teología crea así la necesidad de una autoridad central y única, superior a las iglesias locales y sus obispos, para vigilar adecuadamente la ortodoxia de esa doctrina.

Hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, esa autoridad estuvo encarnada en el Emperador y, desde el siglo XI, reside en el Papa, asistido de un amplio aparato curial. La unidad teológica conlleva la unidad de lengua, de liturgia y ceremonial. Pío V, 1566-1572, cual Inquisidor General, implantará un solo Catecismo Romano que especifica lo que hay que creer, un mismo Breviario Romano con el rezo de los sacerdotes, y un único Misal Romano para que el rito de la Misa sea idéntico. Los ritos romanos acaban con los ritos autóctonos pletóricos de belleza, de colorido y de contenido cultural, muchos de ellos. Esto sucede en España con los ritos toledanos, por ejemplo y con la liturgia mozárabe. La curia logró uniformar y controlar los dogmas lex credendi, la manera de rezarlex orandi y la forma de pensarratio cogitandi. Cuando el Papa Pío V promulga su Misal Romano, ordena que sean quemados todos los misales o manuales de ritos que circulan por la Iglesia, a menos que tengan dos siglos de antigüedad.

Desde el siglo XI existen los legados pontificios, creados por las curias, que disminuyen las atribuciones de los primados nacionales. De igual forma el nombramiento de los obispos, rescatado con mucho sacrificio de los príncipes a través de la larga Guerra de las Investiduras, queda reservado ahora al Papa. En el formulario ritual se acuña la frase: "Obispo por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica". El periodo de los Papas en Aviñón,1305-1378, coincide con el techo del poder institucional de la Iglesia: Nunca hasta entonces había sido tan poderoso y severo el control ejercido por los Papas sobre la Iglesia de Occidente, ni volvería a serlo. Aviñón señala el punto más alto en el proceso medieval de crecimiento de la Curia y del Papado. El destierro afianza el poder absoluto de los Papas, Razones económicas y geográficas apuntalan el hecho: Aviñón era más accesible que Roma.

El Papa Gelasio I, año 493, es el autor de la primera declaración de independencia del Papado frente a la autoridad suprema del Concilio y del Poder político.

Las primeras comunidades de cristianos se caracterizaban por su escaso interés personal en el dinero y por la generosidad con que lo entregaban. "El dinero de los cristianos, escribe Tertuliano, es para dar pan a los pobres, pagar sus sepulturas, alimentar a los huérfanos y socorrer a los ancianos". En general, no hay tesorero ni tesoro en el siglo II pues la Iglesia carece de estructura económica. En esa época, las diferentes iglesias disponen de dos fuentes de ingreso y todo se gasta al momento: las limosnas en dinero depositado espontáneamente por los fieles en una caja dispuesta para ello y las ofertas en especie. Excepcionalmente una iglesia se dirige a otra para pedir ayuda, como es el caso de los obispos de Numidia, que escriben a Cartago y a Roma para que les envíen dinero con el que rescatan a vírgenes y a niños cristianos, secuestrados por los bárbaros. Mientras que la iglesia funciona como una organización artesanal, compuesta por pequeñas comunidades, persuadidas de la inminencia del fin del mundo -la escatología-, el dinero es considerado como un mal compañero de viaje.

Los primeros escritores cristianos reflejan ese común sentir. San Jerónimo llegó a escribir que: "todo rico es un criminal, o el heredero de un criminal". Pero a partir del siglo III y más del IV, el crecimiento de la Iglesia trae consigo un cambio de actitud: al aumentar de tamaño, sube el volumen de las necesidades y nace un nuevo planteamiento. En resumen, el proceso que cambió el sentido del dinero en la Iglesia puede resumirse en cuatro fases que nos ofrece Antonio Castro:

  1. Al comienzo y como relatan las crónicas (Hechos de los Apóstoles 4,32) los cristianos ponen sus bienes a disposición del resto de los miembros de la comunidad; venden incluso sus propiedades para convertirlas en dinero con el que ayudan a los presbíteros y a los pobres.

  2. La Iglesia organiza su Thesaurus y constituye el Patrimonium Sancti Petri (Patrimonio de San Pedro) con la avalancha de donativos y herencias: crea entonces un espacio jurídico para poseer. Las propiedades no se venden y las rentas sólo se dedican a la ayuda.

  3. Triunfa el derecho canónico: las rentas se dividen en cuatro partes iguales que son repartidas cada una entre obispos, clérigos, pobres y la cuarta para los gastos de mantenimiento.

  4. El derecho establece que el usufructo de los bienes de la Iglesia sea para los clérigos.

Cada una de estas fases es el resultado de un largo proceso. Primero hubo que justificar la retención de las propiedades recibidas. Luego, el círculo de la Curia Romana aplicará a las donaciones el sentido del derecho romano: toda donación tiene carácter definitivo e irrevocable.

Los Papas acumulan riquezas bajo el título de Patrimonium Petri: monumentos y libros, pinturas y vasos sagrados, propiedades mobiliarias e inmobiliarias. De ahí la lógica del gobernador de Roma, Pretextato, que llego a decir "hacedme Obispo de Roma e inmediatamente me haré cristiano"

Uno de los documentos falsificados que más rentabilidad ha aportado a la Iglesia católica es el famoso decreto conocido como La Donación de Constantino –Constitutium Constantini o Privilegium Sanctae Romanae Ecclesiae-, fechado el 30 de marzo del año 315.

…. en este texto, que se presentó como redactado por el propio Constantino, al margen de relatar su proceso de conversión, por obra del Papa Silvestre, el Emperador dejó sentado que

en tanto más cuanto que nuestro poder imperial es terrenal, venimos en decretar a que su santísima Iglesia romana será venerada y reverenciada y que la sagrada sede del bienaventurado Pedro será gloriosamente exaltada aun por encima de nuestro Imperio y su trono terrero[...] Dicha sede regirá las cuatro principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, del mismo modo que a todas las iglesias de Dios de todo el mundo. [...] Finalmente, hacemos saber que transferimos a Silvestre, Papa universal, nuestro palacio así como todas las provincias, palacios y distritos de la ciudad de Roma e Italia como asimismo de las regiones de Occidente.

Esta criminal falsificación, elaborada por orden del Papa Esteban II, 752-757, fue empleada por éste para forzar la alianza militar del rey franco Pepino y de su hijo Carlomagno con la Iglesia para combatir a los longobardos, que amenazaban las riquezas y poder del Papa romano. Tras la derrota de los longobardos, el rey Pepino, convencido por el engaño de que Esteban II era el sucesor de San Pedro y del Emperador Constantino, devolvió a la Iglesia católica todas las tierras que por derecho le pertenecían merced a La Donación de Constantino.

Mediante esta estafa la Iglesia católica acumuló un patrimonio y un poder tan inmenso que aún hoy viven de las rentas de aquel magno e infame delito, origen del Estado de la Iglesia. El texto más antiguo que se conoce de esta Donación figura en los manuscritos de las Decretales seudo isidorianas (c.850), pero no fue usado públicamente hasta el siglo XI, cuando ya todos lo daban por auténtico y que bien pocos lo habían visto. El Papa León IX, 1049-1054, en sus escritos, citó amplios pasajes de la falsa donación para justificar el primado del obispo de Roma, pero no fue sino con el Papa Gregorio VII, 1073-1085, que la doctrina jurídica diseñada por el engaño pasa a ser una base fundamental del derecho canónico. Los Papas posteriores, como Urbano II, 1088-1099, Inocencio III, 1198-1216, Gregorio IX, 1492-1503, lo emplearon con fuerza para imponerse a príncipes, anexionarse territorios, etc. [11]

El Emperador Otón III, 983-1002, sabedor del engaño, denunció su falsedad ante el Papa Silvestre II, declarándolo nulo y dejándolo sin efecto. En su documento, 1001, tras denunciar y repudiar la corrupción y malversación de riquezas que había caracterizado al Papado, dice que los Papas:

"torcieron las leyes pontificias y humillaron a la Iglesia romana y algunos Papas fueron tan lejos que hasta pretendieron la mayor parte de nuestro imperio. No preguntaban por lo que habían perdido por su propia culpa, ni se preocuparon por cuanto habían dilapidado en su locura, sino que habiendo dispersado a todos los vientos, por propia culpa, sus posesiones, descargaron su culpa sobre nuestro imperio y pretendieron la propiedad ajena, a saber, nuestra propiedad y la de nuestro imperio. Son mentiras inventadas por ellos mismos (ab illis ipsis inventa) y entre ellos el diácono Juan, por sobrenombre Dedo-cortado, que redactó un documento con letras de oro y fingió una larga mentira bajo el nombre de Constantino el Grande (sub titulo magni Constantini longi mendacii tempora finxit)".

La falsedad fue descubierta por el secretario pontificio y canónigo de Letrán, Laurenzio Vall, en 1440, pero no lo hizo público por miedo al Papa; salió a la luz pública en el 1519, el mismo año en que Martín Lutero criticó con dureza el descarado negocio pontificio de las indulgencias. La Iglesia defendió la autenticidad del documento hasta el siglo XIX, presionada por los jefes de la naciones europeas, hartos ya de las extorsiones del Vaticano. En este falso documento apoyó la creación de su Estado Pontificio y de su Primado, pero la Iglesia no pidió perdón por las riquezas hurtadas ni manifestó deseos de devolverlas ni de aclarar el asunto del Primado, todo en contra de sus normas morales. [12] 

Bonifacio VIII, con el Documento de la Donación y el auxilio del derecho romano, se convierte en jefe de Estado y, para expresarlo en símbolos, añade una tercera corona a su tiara, que había hecho su aparición también en el siglo XIII, para simbolizar el poder temporal. Antes, la tiara tenía una sola corona y luego dos, que, como las dos llaves, simbolizan el doble poder: el de orden y el de jurisdicción de los obispos. Bonifacio VIII se siente imbuido de un poder autoritario, como el de Felipe el Hermoso y en su persona fusiona el poder absoluto: el religioso y el político. Este último en su propio Estado.

 

 


TEORÍA DE LA DOS ESPADAS

 

Tiara: Tocado alto, propio del Papa.

Con tres coronas que simbolizan su triple autoridad como Papa, obispo y rey.

 

El Papa Gelasio, a fines del siglo V, propone la organización de la sociedad dual que corresponde a las dos clases de valores que debían ser conservados. La Iglesia se encargaría de los intereses espirituales y de la salvación eterna. Los intereses temporales o seculares, el mantenimiento de la paz, orden y justicia, corresponderían al poder civil. Ésta será doctrina comúnmente aceptada en la primera parte de la Edad Media, cuando la rivalidad entre el Papa y el Emperador convirtió en controversial la relación entre lo temporal y lo espiritual.

En cuestiones doctrinales, el Emperador debe subordinarse - se pensaba- a la Iglesia y los eclesiásticos deben ser sometidos, en casos criminales, a la autoridad eclesiástica o tribunales eclesiásticos, no a los civiles. Tal teoría sigue la enseñanza de Agustín de Hipona, que defiende la distinción entre lo temporal y lo espiritual y considera pagana la unión en una misma persona de la autoridad secular y espiritual.

La lealtad y obediencia del ser humano, con el advenimiento del cristianismo, se dividiría en dos ideales, en dos gobiernos y en dos contribuciones: diezmos y primicias para la Iglesia y contribuciones más prestaciones personales para el Estado. La carga económica del pueblo se acrecentó grandemente y, además, las presiones morales y religiosas pesaron fuertemente sobre sus conciencias.

Gelasio, cuando escribía contra la subordinación de la Iglesia a la corte imperial de Constantinopla, dejó muy claro que la responsabilidad del sacerdote era más pesada que la del rey porque trataba de la salvación eterna de las almas. De ahí sería fácil inferir que la sociedad ideal debía ser la cristiana y que el poder dirigente o principal debería pertenecer a la Iglesia. De hecho el Papa Gregorio VII, apoyado en esta doctrina, pretendió ejercer sobre el Emperador el mismo derecho de disciplina que, en cuanto Papa, tenía sobre todo cristiano y, así, hacerse árbitro de la moral europea. En un Concilio celebrado en Roma, 1080, escribe a los conciliares:

Os pido, pues, santísimos padres y príncipes, que obréis de tal modo que todo el mundo comprenda y sepa que si podéis atar y desatar en el Cielo, podéis en la Tierra quitar y conceder a cualquiera, por sus méritos, imperios, reinos, ducados, principados, marcas, condados y las posesiones de todo los hombres…. Que los reyes y todos los príncipes seculares entiendan pues cuánto sois y cuánto podéis y teman desobedecer en lo más mínimo a vuestras iglesias. [13]

 

El salto cualitativo que, en la teoría del Poder, da el Papa es alucinante. La Iglesia se constituye en el poder principal de la sociedad, por encima del Emperador y, por lo tanto, de los reyes y señores feudales.

Los fundamentos para la lucha entre el sacerdocio y el imperio estaban servidos: Las peleas entre Gregorio VII y Enrique IV, las Guerras de las Investiduras, las alianzas con el poder en detrimento del pueblo cristiano. Todo fue producto de ideologías adaptadas a los intereses de la Iglesia, extraídas de interpretaciones acomodaticias. Los mitos se manipularon así como las doctrinas e ideologías que de ellos derivaron. La Patrística y la Tradición se encargaron unas veces de interpretar y otras veces de decir lo que las Escrituras habían omitido, siempre llevando el agua a su molino. Los detentadores del poder siempre racionalizan su comportamiento y se autosugestionan de que están haciendo lo correcto, aunque para ello tengan que mentir e inventar textos y documentos; y hasta logran creer y convencerse de que lo hacen para la mayor gloria de Dios. Aquí se aplica la ley de hierro de la oligarquía de Milchels, cadena de acontecimientos que llevan a la concentración del poder, así como la teoría de las elites de Mills y la ley de bronce de Mosca, que estudian la metamorfosis del poder y la influencia de los círculos o elites sobre el gobernante.

 

 


Tu opinión en el Libro de Visitas

PRECEDENTES Y NACIMIENTO DE LA INQUISICIÓN

 

 

 

Sobre el origen y el desarrollo del Oficio de la Santa Inquisición.

Luis de Páramo, Madrid, 1598.

 

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La Iglesia, investida con los nuevos poderes que emanan del Edicto de Milán, pasa a la acción de reprimir toda idea que no encuadre en la versión oficial.

La amenaza que representaban los cátaros contra la Iglesia de aquellas fechas fue una excusa para tratarlos como herejes, como rebeldes sociales, para exterminarlos conjuntando los poderes de la Iglesia y del Estado.

En esta época, con el afán de guardar lo que se denominaba "pureza de fe, o de dogma", nace la Inquisición. En el fatídico año de 1223 el Papa Gregorio IX promulga una bula que establece la "SANTA ROMANA Y UNIVERSAL INQUISICIÓN", cuyo fin sería el de "desarraigar la herejía donde quiera que se encontrase".

Los escritos de los precursores de la Reforma Protestante son analizados minuciosamente para detectar sus herejías y se les condena.


 

LOS CÁTAROS

 

 

 

La cruz cátara.

Las sangrientas cruzadas del s. XIII contra los cátaros arrasaron la antigua civilización occitana, la civilización de los trovadores, del amor cortés, de la tolerancia y de la democracia antes de tiempo, no dejando más que ruinas.

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La Occitania (el Languedoc), al sureste de Francia, a mediados del siglo XII, es un espacio neutral lindante con el poder francés del norte, con el dominio inglés de Aquitania al oeste, con la autoridad imperial al este, y con la influencia del reino de Aragón al sur. Esta será una zona tristemente memorable en el futuro; los nombres de Montségur, Carcasona, Béziers, Albi, Tolosa... traerán recuerdos caliginosos. El clero, en esta región, se caracterizaba por la relajación de sus costumbres y por su vida disipada, corrupta y parásita. Vivían de sangrar al pueblo con el impuesto de los diezmos y disfrutaban del concubinato con barraganas (concubinas).

En estas circunstancias, empiezan a llegar al Languedoc unos especiales personajes que visten con pobreza, de largas barbas y que viven de su propio trabajo, practicando la austeridad más absoluta. Por eso les llamaban "hombres buenos" o "puros". Son los Cátaros, del termino griego kataroi, que significa puro o perfecto. Con posteridad, también serian llamados albigenses, por haber sido la ciudad de Albi, uno de los focos iniciales del catarismo. Al ser tejedores muchos de ellos, la palabra tisserand (tejedor) fue también sinónimo de cátaro o hereje. Se declaran cristianos, parecen sacerdotes, pero son humildes, sencillos y austeros en sus costumbres. Su mensaje, en sus predicaciones en plazas y mercados, es el de la Iglesia primitiva: el amor, la tolerancia, el común compartir, la libertad... Atacan, con energía, pero sin violencia, a la Iglesia de Roma a la que tildan de la "gran Babilonia", la "basílica del Diablo", la "sinagoga de Satán".

Su doctrina encerraba ciertas singularidades innovadoras, que no pasaban inadvertidas. He aquí algunas de sus proposiciones:

No hay que edificar iglesias, sino más bien destruir las ya edificadas, puesto que la oración es igualmente benéfica dentro de una taberna o en una plaza pública que en el interior de un templo, al pie del altar.

El pan bendecido y consagrado por las manos de un sacerdote no se diferencia del pan bendecido y consagrado por manos laicas.

La limosna no es buena, toda vez que los cristianos deberían obrar de modo que entre ellos no hubiera ricos ni pobres, ni deberían tener medios para socorrer al necesitado, ni ocasión de ejercer tal acto de caridad.

Y agregaban que la Iglesia romana era una caverna de ladrones: Speluncam latronum esse. [14]

Los cátaros son maniqueos, defensores de la dualidad de los principios del Bien y el Mal, con vinculaciones gnósticas, judías y cristianas, con aportaciones esotéricas, pero con una coherencia teórica importante que les hace ganarse la simpatía de todas las clases sociales tanto en el Languedoc como en el norte de Italia.

La Iglesia católica siempre atemorizó al pueblo creyente con el miedo al infierno. Por los pecados, el ser humano del medioevo se sentía y temía ser condenado al fuego eterno. Los cátaros, sin embargo, dirían todo lo contrario: que el hombre estaba destinado a la salvación de modo inevitable. El miedo no formaba parte de su mensaje pues tarde o temprano llegaría la purificación y el triunfo del Bien sobre el Mal. El infierno de los cátaros, al estar relacionado con la materia, producto del mal, estaba aquí, en la tierra. A través de varias reencarnaciones la persona se va liberando hasta alcanzar la completa espiritualidad, la perfección, la pureza. En las sucesivas reencarnaciones, el ser creado podía llegar a ser hombre o mujer, indistintamente, pues el alma no tiene sexo, de ahí que el hombre y la mujer sean iguales ante Dios. Otra idea revolucionaria para su época.

La misma doctrina, pero quizás con más moderación la profesaban los valdenses, así llamados por Pedro Valdo, pero añadían un postulado muy importante: que no existe el menor motivo legítimo para quitarle la vida a nadie, ni por motivos criminales y menos por los doctrinales.

Cátaros y valdenses introducen un movimiento democrático en el seno de la Iglesia ya que defendían la abolición de los privilegios del clero y sostenían la universalidad del sacerdocio entre los cristianos. Todo cristiano, por serlo, participa en el sacerdocio de Cristo y puede bendecir el pan, predicar y practicar el culto que les dicte la conciencia.

La Iglesia perdió la oportunidad de asimilar esta doctrina democrática, más aún, la irritó sobremanera, porque atentaba contra sus prebendas y riquezas y contra su poder terrenal y espiritual, contra su prepotencia y abuso de autoridad. Recordemos que el catarismo criticaba la fastuosidad y opulencia en que vivían los obispos y el Papa y sostenía que, por el bautismo, todo cristiano es sacerdote. Esta católica verdad teológica no se pone en práctica pues eliminaría la privilegiada clase sacerdotal. Recordemos que ni Jesús ni los apóstoles fueron sacerdotes, sino profetas, predicadores de la palabra, nunca administradores de ritos, papel típico sacerdotal. En la estructura de esta nueva doctrina había tres categorías que correspondían a los tres grados de iniciación: simpatizantes, creyentes y perfectos.

La mayoría de los cátaros pertenecían al simple grado de simpatizantes que debían practicar el perfeccionismo, rito que consistía en arrodillarse al paso de un Perfecto para obtener su bendición. El clero católico decía que los Perfectos se hacían adorar, pero no era éste el sentido del rito.

Los creyentes constituían la segunda categoría y debían practicar la humildad, el amor al prójimo y la verdad. Los perfectos les revelaban uno de sus secretos, el esotérico, y les enseñaban la eficacia del Páternoster (Padre nuestro).

El tercer grado estaba formado por los Perfectos y también por las Perfectas, pues las mujeres no estaban excluidas del sacerdocio. El nombre de Perfecto no era un superlativo vanidoso, sino que designaba a los que habían terminado la iniciación y era una idea de perfeccionamiento.

Los Perfectos habían recibido el consolamentum (consolación), especie de unción sacerdotal y bautismo, que sólo merecían los virtuosos que se habían hecho dignos de la liberación de la materia, que se obtenía por la imposición de manos por parte de otro Prefecto y por la entrega de la única oración que recitaban, el Padre nuestro. La moral que debía observar el Prefecto era mucho más estricta que la del creyente: abstenerse totalmente de los placeres mundanos, llevar una vida ascética, no poder comer carne e, incluso, practicar la endura o suicidio voluntario, que consistía en dejarse morir de hambre para así desprenderse de la vil materia en la que estaban presos. En cambio, el creyente podía llevar una vida menos rigurosa, tener bienes propios, comer carne e incluso practicar el amor libre ya que consideraban el matrimonio como una contrafornicatio (contrafornicación).

No olvidemos que los cátaros defendían que el mundo tangible era presa del mal, por eso no pudo ser creado por el dios infinitamente bueno. Este mundo es obra del Demiurgo, Sataná, al que llaman el Gran Arrogante.

Por su espíritu, el hombre participa del dios bueno, del mundo inmaterial, de la luz, pero, por su cuerpo, es prisionero del maligno Demiurgo. De ahí su hostilidad hacia la procreación, acto cruel ya que encerraba un alma en el calabozo de la materia. Los Perfectos se negaban, por esto, al matrimonio que tiene como fin la procreación. Eran tolerantes en lo referente a la sexualidad para los creyentes, de lo contrario la sociedad occitana no les hubiese prestado oídos y predicaban la contraconcepción.

Creedores en la doctrina pitagórica de la metempsicosis o trasmigración de las almas, los cátaros pensaban que, después de la muerte, el espíritu se podía reencarnar en un ser más ligero, más etéreo o inmaterial si había sido virtuoso o en un ser más pesado, en un animal por ejemplo, en caso contrario.

Por eso los Perfectos no podían comer aquellos animales que podrían tener un alma en pena o en tránsito encarnada en ellos. Comían pescado porque estaban convencidos de que los peces se reproducen por generación espontánea. El alma eterna, dicen usando una metáfora textil, puede revestir, una a una, varias envolturas corporales. El ser humano, después de exhalar el último suspiro mortal, puede transformarse en bestia o en ángel.

Es cierto que la Iglesia Católica no acepta la trasmigración, metempsicosis, de las almas, pero no es menos cierto que es dualista como los cátaros, que también eran cristianos y como tales creen en Dios y el Diablo o Satán, Ángel Rebelde, y que lo bueno es lo neumático o espiritual y lo malo es lo corpóreo, el mundo y la carne. Es común a ambas creencias ver el cuerpo como un carcelero del espíritu, el "muero porque no muero" de San Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila y el considerar el mundo como enemigo del ser humano.

Analicemos un poco más algunas posiciones de la Iglesia relacionadas con estos temas. Para la doctrina católica, tres son los enemigos del ser humano: mundo, demonio y carne. Los placeres sexuales son malos, pecaminosos, y todo acto sexual debe de estar abierto a la procreación. La privación y la ascesis son buenas y purificadoras, la sexualidad es mala en sí, afirman los Papas. Gregorio Magno, 590-604, fue el primero en establecer que el deseo sexual es un pecado en sí mismo, sólo resulta aceptable con el fin de la procreación.

Lo importante es el más allá, la vida de ultratumba, el Cielo, que es eterno y que, para los cristianos católicos, consiste en la visión cara a cara con su Dios, en el que se contienen todas las bondades y bellezas. Es más atractivo el Paraíso de los musulmanes, que está en las alturas, paraje delicioso, regado por ríos refrescantes y donde frondosos árboles derraman su sombra con magníficos frutales. Los partícipes del banquete celestial, vestidos con trajes de gala, seda y brocado, reciben cuanto desean. Jóvenes bellos como perlas van y vienen escanciando una bebida deliciosa que no induce a decir necedades ni a cometer acciones censurables. Como compañía y como esposas, los bienaventurados reciben a las huríes de ojos negros, especialmente creadas por Alá para el disfrute eterno de los hombres.

El más acá, el mundo, esta vida y la materia son malos y perversos. Podemos decir que esto sí es una herejía... psicológica, antropológica y cosmológica. Va contra la lógica de la vida y viaja por mundos legendarios, de donde proceden las almas o los espíritus, que es donde Platón se alimenta. El pensamiento simbólico es diferente del científico, pero la Iglesia los sigue confundiendo, con s u mentalidad, en varios aspectos, maniquea y dualista.

En 1209, el Papa Inocencio III predica la cruzada contra el hereje. Ahora ya no serán los infieles quienes mueran a manos de la espada cruciforme, sino los propios cristianos. En poco menos de medio siglo, la herejía cátara es aniquilada por la fuerza de las armas. En 1231, otro Papa, Gregorio IX, instituye la Inquisición. Todo sea por el mantenimiento del orden social. Con ella comienza la verdadera matanza. En alianza con el poder civil, será condenada a la hoguera o asesinada en la horca toda persona que se oponga a los enunciados pontificios o simplemente moleste. En 1252, el Papa Inocencio IV instaura oficialmente el uso de la tortura en su bula Ad extirpanda. Los herejes carecen de derechos. En los manuales para uso de inquisidores que se escribieron en la época, podemos leer preceptivas como ésta:

"Mejor que mueran cien personas inocentes que un solo hereje quede en libertad".

Comienza la era del terror. Todo les está permitido a los inquisidores, quienes, en tantos casos, se comportarán como auténticos psicópatas. Parecería que ellos no podían equivocarse. Se diría que nada podían hacer que fuera reprensible. Quienes se atrevieron a cuestionar su autoridad fueron declarados herejes. Intelectuales católicos como Siger de Brabante, Meister Eckhart, Guillermo de Ockham o Marsilio de Padua, entre otros muchos, estuvieron bajo sospecha o fueron condenados y sus obras declaradas heréticas. En muchos casos, la herejía adopta la forma de protesta social. Son las herejías nacionales: En Inglaterra estuvieron los lolardistas de John Wicliff; en Bohemia, los husitas, al abrigo de la memoria de Jan Huss; en España, los herejes de Durango, con Alonso de Mella a la cabeza. [15]

 

 


 

ORDEN DE EXTERMINIO

 

 

 

Camp dels cremats.

 Campo de los quemados, situado en las laderas de Montségur.

 

 Fue en el castillo de San Félix de Caraman, en el camino que va de Toulouse a Revel (Francia), donde en el mes de mayo de 1167 se celebró el primer concilio de los cátaros de Occitania. Un obispo búlgaro llamado Nikita y apodado "el Papa de los cátaros", acudió ex profeso desde Constantinopla para presidirlo. Los delegados de la Champagne y la Lombardía estaban presentes y como es natural también se hallaban en el castillo los clérigos cátaros occitanos.

Para empezar, pronunciándose por el dualismo absoluto y contrariamente al dualismo mitigado, se fijó la doctrina que concedía el mismo poder a Dios y al Demiurgo maligno, lo que cavaba un abismo doctrinal todavía más profundo entre cátaros y católicos. Después se trató de la organización. La Iglesia cátara de Occitania quedó dividida en las cuatro diócesis de Touluose, Albi, Carcasona y Agen, cuyos respectivos obispos fueron elegidos en el acto: Bernard Raymond, Guiraud Mercier, Raimundo de Casalis y Sicard Cellerier.

La celebración a pleno día del concilio, la extensión geográfica de las diócesis, todo demuestra que el catarismo, que había aparecido en la región medio siglo antes, se había convertido rápidamente en la religión nacional de la Occitania.[16]

El catarismo se extendió rápidamente por toda la Occitania y regiones colindantes, protegido por los condes de Toulouse y de Foix y también por Raimundo Roger de Trencavel. Los cátaros gozaban de algunos privilegios, como estar exentos de los impuestos de talla y del servicio militar.

La Iglesia católica romana, asombrada ante la propagación cátara, pensó en un principio contraponer predicación contra predicación, argumentos doctrinales contra argumentos doctrinales. Bernardo de Claraval, abad cisterciense, fue uno de los predicadores sin éxito.

El ambicioso Conde Lotario di Segni fue elegido Papa con el nombre de Inocencio III, 1198. Él envió a Occitania a Pedro de Castelnau con un gran grupo de misioneros. En un debate en el castillo de Foix, la hermana del conde de Esclarmonde, defensora de los cátaros y de amplios conocimientos, recibió del monje Esteban de Minia, con gran escándalo de los cátaros asistentes, estas ofensivas palabras:

¡Dedicaos a hilar en vuestra rueca! ¡Aquí no se concede la palabra a las mujeres!

Entre 1203 y 1205, Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, intentó solucionar el problema a través de la predicación y con disputas teológicas, pero la fe es un problema de creencias y no de ideas ni de debates lógicos. No es nada fácil renunciar a unas creencias por otras. Creencias contra creencias, el fracaso era inevitable. Sólo quedaba la tolerancia, pero la Iglesia católica no podía, en lo más mínimo, presumir de ella.

En un cuadro de Pedro Berruguete, aparece Santo Domingo con los Albigenses y se someten al juicio de Dios las dos doctrinas enfrentadas. Para ello arroja dos libros al fuego, uno cátaro y el otro católico. El cátaro, obviamente, arde y el católico se eleva por los aires salvándose milagrosamente de las llamas. Fue todo un premonitorio símbolo de la quema de cátaros. Primero fueron los libros, después serían las personas. El más nefasto error de la Iglesia.

Se dice que Domingo de Guzmán, al retirarse del Languedoc después de su estrepitoso fracaso, pronunció esta fatídica amenaza: donde no vale la predicación, prevalecerá la estaca.

Y empieza la cacería de los cátaros, valdenses y albigenses. Pierre de Castelnau, legado del Papa en el Languedoc, es asesinado cuando intentaba cruzar el Ródano. Se culpa del crimen al conde de Tolosa, Raimundo VI, creyente cátaro que solía ir acompañado de Perfectos cátaros. Es lo que el Papa Inocencio III necesitaba para organizar, por primera vez en la historia, una cruzada contra los mismos cristianos. Trascendente mojón histórico.

No cabe duda de que la postura de los cátaros frente a la Iglesia romana era como la de otras escuelas dualistas: rechazo del bautismo, del Antiguo Testamento y de la creencia de que Jesús fuera un ser creado por Dios. Su encarnación había sido ilusoria y ni sufrió ni murió ni resucitó.

Pero la Iglesia, para así justificar su represión e intolerancia, tejió una sarta de mentiras:

Que celebraban sabbats, en los que Satán se ofrecía a los asistentes en forma de animal del que salían llamas por sus orejas y que, con su espantosa voz, hacía entrar en trance a unos mientras que otros perdían el conocimiento, durante varias horas.

Que el demonio presidente copulaba con las mujeres analmente, obligándolas a mantenerse como las cabras al ser penetradas por el macho, apoyadas sobre las plantas de los pies y las palmas de las manos y que su esperma era amarillo y mal oliente. Después todos copulaban entre sí, principalmente mediante prácticas homosexuales. Inventar estas patrañas ayudaba a la Iglesia a debilitar, ante los creyentes cristianos, la imagen y valor de los perseguidos, y a justificar así sus crímenes.

El 6 de marzo de 1208, tras una campaña en la que se afirmaba que era el conde de Toulouse, Raimundo VI, quien había armado el brazo del asesino del legado de Inocencio III, éste lanzó la llamada a la guerra santa:

"Juzgamos deber de Nos advertir a nuestros venerables hermanos, los obispos y sus sufragantes, exhortándoles en nombre del Espíritu Santo y ordenándoles estrictamente que hagan florecer la palabra de paz y de fe sembrada por Pedro de Castelnau. Y a aquellos que armados con la verdadera fe ataquen a los que la rechazan, Nos les prometemos la completa remisión de sus pecados."

No era solamente la remisión de sus pecados lo que Inocencio III prometía a los nuevos cruzados, sino también el derecho al pillaje:

"Nos queremos que los obispos declaren desligados por la autoridad apostólica a todos los que se hallan bajo el yugo del conde de Toulouse por un juramento de fidelidad y concedan a todos los verdaderos católicos, no sólo el derecho a perseguir a los herejes, sino también a ocupar sus tierras y dominios a fin de que por este medio expurguen su deslealtad con Cristo y para que queden libres de toda culpa los territorios que han sido manchados vergonzosamente por la maldad del citado conde. ¡Sus (adelante), soldados de Cristo! ¡Tratad de pacificar estas poblaciones en nombre del Dios de paz y amor! Aplicaos a destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará." [17]

El Papa promete a los atacantes, armados con la verdadera fe, la completa remisión de sus pecados. Esta es otra utilización del pecado, ir a la lucha para que te sean perdonados todos tus pecados. Y no menos interesante, en este contexto, es la venta de las indulgencias cuya virtud principal consistía en quitar la misma cicatriz que el pecado dejaba. Parece una idea muy rebuscada pero muy práctica a la hora de llenar las arcas. La venta de indulgencias fue calificada de simonía por los reformadores.

El Papa, cosa normal en su época, invade el poder civil con aires de innegable superioridad. Manda a sus obispos que desliguen del juramente de fidelidad a los que se hallan bajo el yugo del conde de Toulouse.

El feudo es la esencia de la estructura social medieval determinada por el vasallaje, la base del feudalismo. La relación entre un señor y un vasallo se establece a través del juramento de fidelidad, virtud al cual, la mayor parte de los derechos recaen sobre el señor y la mayor parte de las obligaciones sobre los vasallos. Por el juramento de fidelidad, el vasallo no puede engañar a su señor, atacarle, manchar su honor o perjudicar sus intereses en el feudo, en el usufructo de las tierras. El señor se comprometía a darle protección y seguridad.

Desligar del juramento de fidelidad equivale a dejar al señor sin sus vasallos, es su sentencia de muerte como señor feudal. El Papa actúa, claramente ultravires, más allá de su autoridad, abusa de su poder y de su supuesta autoridad. Permite a los cruzados la invasión de las tierras que no son suyas ni les pertenecen y la ocupación de las mismas por un delito de deslealtad con Cristo. Y en nombre del Dios de paz y de amor, todo un contrasentido teológico, les ordena: aplicaos a destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará, con la muerte, obviamente.

Inocencio III y Gregorio IX, considerados los dos grandes Papas de la Edad Media, empezaron a desarrollar un pensamiento autoritario, a ejercer una soberanía centralizada y recurren al poder temporal para preservar el espiritual. Optaron por lo más fácil: el empleo de la violencia, fruto de la intolerancia, que más que solución fue la apertura a posteriores graves problemas.

Carentes de autocrítica, de la necesaria humildad para aprender de otros, no supieron o no pudieron valorar las terribles consecuencias de sus decisiones, dictadas por la impaciencia y por una búsqueda de eficacia inmediata, tan contraria al espíritu del Evangelio. Cayeron en la trampa del autoritarismo que la práctica del derecho romano desarrolla inevitablemente. Las constituciones de Justiniano mandaban matar al hereje, que es lo peor que la Iglesia pudo haber hecho pues son delitos que nunca prescriben y que la Historia jamás olvidará y menos perdonará. El creer y los rituales son actos libres. Nada pertenece al reino de la libertad como la religión, porque atañe al libre albedrío, decía Lactancio, el Cicerón cristiano ya en el siglo IV.

La frase en nombre de Dios de paz y amor produce escalofríos. La Semántica, la Lógica y hasta la Teología saltan por los aires, dinamitadas por la ambición y prepotencia sin límites de Inocencio III. El destruir la herejía era una de las motivaciones, no siempre la principal. Al mismo tiempo había que destruir también a las personas que, con su conducta evangélica de pobreza, reprochaban los lujos y riquezas de la Iglesia. El Papa añadiría:

"Respecto al conde de Toulouse, aún cuando ofrezca satisfacción a Nos y a la Santa Iglesia, no dejéis de hacer que pese sobre él el fardo de la opresión. Arrojadles, a él y a sus secuaces, de sus castillos y privadles de sus tierras".

También buscaba los castillos y tierras con que premiar a los reyes y príncipes que combatiesen con él. Lo político, lo económico, la conservación y progresión del poder eclesiástico estuvieron siempre detrás de las cruzadas y de las persecuciones heréticas. Además hubo motivaciones étnicas o racistas, como la que se cometería con los judíos y los musulmanes. Y todo ello ad maiorem Dei gloriam.

Raimundo VI, consciente del inminente peligro que corría su territorio, buscó un salvífico compromiso con el Papa, pero éste le conminó:

Raimundo deberá renunciar a todos sus derechos sobre los obispos y las abadías, impedir que los judíos desempeñen cargos públicos y entregar a todos los que sean señalados como herejes.

Raimundo se sometió a los dictados del Papa. Desnudo hasta la cintura, descalzo, la cuerda al cuello, marchó a la iglesia de Saint Gilles donde sufrió la tortura de la flagelación como precio por su absolución.

Cuando se dio cuenta de que había sido engañado, dio un golpe político audaz: se unió a los cruzados, lo que, según los acuerdos preestablecidos, hacía intocables sus tierras pudiendo así evitar que se apropiasen de las mismas. Las tierras de los cruzados eran intocables.

Los barones franceses del Norte vieron en la cruzada de Inocencio III contra los cátaros una magnífica ocasión para conquistar el Sur y así ampliar sus zonas de influencia hasta los Pirineos y para poner fronteras al reino de Aragón de Pedro II. El Languedoc eran tierras feudatarias suyas y, por lo tanto, Pedro II estaba obligado a prestarles atención, lo que terminaría costándole la vida al acudir al llamado de Raimundo y luchar en su defensa.

Felipe Augusto, rey de Francia, se había declarado indeciso en los principios de la cruzada, pero termina cediendo por las ventajas políticas que le supondría y, en la primavera de 1209, autoriza el reclutamiento de sus vasallos. Los cruzados se concentran en Lyon y forman un ejército numeroso -se dice de hasta sesenta mil entre jinetes y peones- que el cronista y poeta Guillermo de Tudela describe así:

Era como un ejército de ideales mezquinos,

un ejército armado desde pies a cabeza,

errados aldeanos, obtusos campesinos,

sin contar a los curas y a toda la nobleza.

 Arnaud Amaury, abad de Citaux, iba al mando. El 20 de julio acampan frente a Béziers y solicitan a la población la entrega de todos los herejes cátaros. Raimundo-Roger de Trencavel, vizconde de Bézeirs, de Carcasona, de Albi y de Razés, intentó negociar con el legado pontificio Arnaud Amaury, pero éste le rechazó la propuesta de paz. Trencavel se atrincheró en Carcasona para allí organizar la resistencia. A la propuesta de entregar a los herejes, los ediles y los magistrados municipales elegidos rechazaron indignados la oferta:

Preferimos ahogarnos en el mar que entregar a nuestros ciudadanos y renunciar a defender la ciudad y nuestras libertades con ella.

Aunque la ciudad de Béziers estaba muy bien fortificada y bien avituallada con alimentos suficientes, los sitiados cometieron una grave imprudencia. Hicieron una salida a pleno día para acosar a los atacantes que estaban descansando y dejaron a sus espaldas las puertas de la ciudad amurallada abiertas. Al darse cuenta los atacantes, aprovecharon para penetrar en ella miles de cruzados e iniciar el saqueo y pillaje, las violaciones de sus mujeres y las matanzas de sus habitantes. Los ciudadanos de Béziers, aterrorizados, se refugiaron en las iglesias e hicieron sonar sus campanas pidiendo auxilio. El sacerdote católico, no hereje, se revistió con las sacras vestimentas pensando así salvar su vida, pero todo fue en vano. La iglesia de la Magdalena se hallaba suntuosamente adornada para celebrar su festividad, los cronistas dicen que en ella se habían apretujado unas siete mil personas entre hombres, mujeres y niños. Nadie se salvó, ni el sacerdote católico revestido con los ornamentos al pie del altar. La matanza, en macabra procesión, siguió por toda la ciudad que, después del saqueo y pillaje, fue quemada con su iglesia. Todo quedó convertido en cenizas que despedían olor a crímenes y a muerte.

Veinte mil personas fueron asesinadas en el saqueo de la ciudad de Béziers, como consta en la misiva que el legado Arnaldo-Amalarico envió a Inocencio III: En el día de hoy, veinte mil ciudadanos fueron pasados a cuchillo sin distinción de edad o sexo.

Se cuenta que unos soldados, antes de iniciar la matanza, sabedores de que además de herejes había cristianos católicos en la ciudad, le preguntaron al legado pontificio, Arnaud Amaury abad de Citaux, cómo podrían distinguir a los cátaros de los católicos entre la población. Les respondió con esta tristemente célebre frase que la Historia conservará imborrable: Matadlos a todos. Dios sabrá reconocer a los suyos.

Un erudito, en 1866, -según la archivera francesa Regine Pernoud en ¿Qué es la Edad Media?-, demostró que esas palabras nunca fueron pronunciadas ya que no se encuentran en ningún documento histórico de la época y que sólo pueden leerse en el Dialogus Miraculorum (Diálogo de los Milagros), escrito unos sesenta años después de aquellos sucesos por el monje alemán Cesáreo de Heisterbach y calificado como poco histórico y muy imaginativo. Independientemente de la historicidad de la frase, que muchos autores que escriben sobre el tema la mencionan como histórica, la realidad es que a todos mataron: hombres, mujeres, niños, cátaros y católicos, incluido el sacerdote revestido con ornamentación sagrada. La masacre aterrorizó a todos los cátaros de las regiones vecinas y algunos de ellos debieron tomar la huida para salvar sus vidas.

El primero de agosto, los cruzados se presentaron ante los muros de Carcasona y le proponen al joven de veinticuatro años, Trencavel, su defensor, que entregue a los herejes cátaros. Trencavel, lo mismo que los ediles de Béziers, les respondió: Prefiero morir en la hoguera que entregar al más humilde de mis súbditos.

Después de recios combates que duraron dos semanas, los cruzados no lograban apoderarse de la ciudad reciamente amurallada, pero el verano era tórrido, faltaba el agua y se descomponía la comida, sobre todo la carne. Ante esto, Trencavel inicia negociaciones con los cruzados y consigue que a los habitantes, a cambio de abandonar la ciudad, les fueran respetadas sus vidas, quedando el propio Trencavel en calidad de rehén por el tiempo que durase la evacuación.

Trencavel, lejos de conseguir la libertad pactada, fue encarcelado con grillos en los pies en la Torre Pintada de la ciudad de Carcasona, donde tres meses después murió. Ochos siglos después, Trencavel, caballero cátaro, modelo de generosidad y altruismo, que sacrificó su vida por sus vasallos, es para los occitanos un héroe nacional.

Pero no todos los ciudadanos de Carcasona salieron por las puertas de la ciudad. Muchos, usando un túnel que pasaba por debajo del río Aude, lograron el acceso a la Montaña Negra en la que había cuatro castillos, uno en cada uno de los cuatro picos y desde allí decidieron continuar la resistencia al mando del señor de aquellos lugares, Pedro Roger de Cabaret, amigo y consejero de Trencavel.

Simón de Montfort sufrió la primera derrota cuando intentó tomar al asalto la fortaleza de Pedro-Roger de Cabaret. El triunfo del ejército de la cruzada del Papado se retrasó debido a la gran resistencia que ofrecieron los aldeanos refugiados en los montes y en los castillos. El crudo invierno obligó a los cruzados al descanso y al regreso a sus tierras. Llegada la primavera de 1210, Simón de Montfort y Arnaud Amaury, ayudados financieramente por el Papa, reanudaron las operaciones militares contra los cátaros. En Bram, pueblo cercano a Carcasona, Simón y Arnaud ordenaron cortar los labios y las narices y vaciar los ojos de todos los defensores de la población, excepto a uno al que dejaron un solo ojo para que les sirviera de guía por aquella región.

En Minerve, les propusieron a los cátaros que si abjuraban de sus creencias, salvarían sus vidas. Los cátaros, unos ciento cuarenta entre hombres y mujeres, les replicaron: Ni la vida ni la muerte conseguirán arrancarnos nuestra fe. Todos murieron en la hoguera el 22 de julio de 1210, un año después de la matanza de Béziers.

Los cruzados, más tarde, pusieron sitio a Toulouse, no sin antes haber quemado a sesenta cátaros en Les Cassés. Los asesinos iban dirigidos por Domingo de Guzmán, hoy Santo Domingo, fundador de la orden de Santo Domingo de la que salieron los primeros inquisidores, los llamados Domini canes (los perros del Señor) por su labor represiva contra la herejía. Los tolosanos cayeron de improviso sobre sus atacantes que tuvieron que huir, pero Simón de Montfort lograría, antes de un año, recuperar todo lo perdido.

Raimundo VI fue convocado en Montpellier, donde le exigen que arrase todas sus fortalezas, que licencie a su ejército, que fuerce a la nobleza occitana a que resida fuera de la población, en el campo, igual que los villanos, que no coman carne y que vistan toscas capas pardas, y que él, Raimundo, debía partir a Tierra Santa, donde debería estar dentro de la Orden del Temple hasta que a la Iglesia le pluguiera y que su territorio se redujese a simple colonia. Sin contestar, Raimundo regresa a Toulouse y es, en esta circunstancia, cuando Raimundo llama en su ayuda a su cuñado el rey Pedro II de Aragón, que terminaba de ganar a los almohades la famosa batalla de las Navas de Tolosa, 1212.

Pedro II no va al Languedoc a defender la herejía cátara, sino a hacer valer los derechos de sus vasallos frente a la conquista de los franceses. Pedro II llegó a Toulouse con sus caballeros e infantes, más de mil hombres en total.

Aragoneses y occitanos, el 12 de septiembre de 1213, a las órdenes del rey aragonés Pedro II, se enfrentan a los cruzados, al mando de Simón de Montfort que, viendo su desventaja, estudió la estrategia para poder matar a Pedro II, desmoralizar así al ejército y poder ganar la batalla.

Pedro II, parece ser, deseaba luchar como un soldado más, para lo cual se puso una armadura ordinaria y sólo se le distinguía por su enorme estatura. De repente, el imprudente monarca aragonés se vio rodeado por los hombres de Alain de Roucy y expiró atravesado por sus flechas. Muerto el rey, su ejército fue vencido en la huida mientras que Raimundo VI y su hijo lograban refugiarse en la Provenza.

Simón de Montfort adopta el título de conde de Toulouse y abole todas sus libertades municipales. Arnaud Amaury se proclamó obispo, duque de Narbona y marqués de Gothie, 1215, lo que molestó sobremanera a Simón de Montfort.

En Montségur, en el alto de la sagrada montaña, había unos quinientos hombres y mujeres cátaros. A su cabeza estaban los señores de Montségur, Ramón de Perella o Parella y su esposa Corba y a su mando estaba el señor de Mirepoix, Pedro Roger de Belissen con veinte caballeros y un centenar de hombres de armas. También en Montségur estaba la flor y nata de la clerecía cátara. Este lugar, antes de ser fortaleza, había sido un templo consagrado al culto religioso.

El ejército del rey de Francia, Luis IX, avanza hacia Montségur, entonando un Te Deum, con el inquisidor Ferrier, digno sucesor de Arnaud, por su endemoniada crueldad, y, detrás de ellos, un ejército de unos diez mil hombres. Pero Montségur era difícilmente alcanzable. El verano entero pasó sin que los sitiadores pudieran conseguir su objetivo, la toma y muerte de Montségur. Ya en marzo, las condiciones de los cátaros en su fortaleza resultaban muy difíciles después de diez meses de asedio y de un invierno inmisericorde.

Éstas fueron las condiciones de paz: El castillo sería entregado al rey Luis IX de Francia y a la Santa Sede. Sus defensores serían absueltos de sus pecados y, después de quince días, deberían retirarse con sus armas y bagajes. Los que abjurasen de sus errores, previa confesión, también serían absueltos. Ramón de Perella y Pedro Roger de Belissen, a su regreso a Montségur, presentaron las condiciones de paz. Fueron doscientos quince los que prefirieron las llamas a tener que renunciar a su fe cátara.

El 16 de marzo de 1244, al atardecer, los cátaros salieron de Montségur y los soldados los hicieron prisioneros. Al pie del monte, en un campo cerrado, habían erigido una hoguera gigante a la que prendieron fuego los soldados del Rey francés. Los cátaros, cogidos todos de la mano y entonando himnos, subieron a la hoguera, donde fueron quemados vivos, por eso, a partir de ese momento, se le conoce como Camp dels cremats (Campo de los quemados). Luis IX sería canonizado, San Luis de Francia.

 

 


LA INQUISICIÓN TEJE SU RED

 

 

 

Santo Domingo de Guzmán presidiendo un auto de fe, de Pedro Berruguete (c. 1490).

Los frailes dominicos, debido a su excesivo celo en la defensa de la ortodoxia, fueron llamados Domini canes, los perros del Señor

 

Simón de Montfort había muerto en el sitio a Toulouse de los cruzados, alcanzado en la sién por una ballesta. El Tratado de paz, firmado en Meaux por Raimundo VII, Tratado de Meaux-Paris (1229), tuvo una doble consecuencia: el regreso de Toulouse a la soberanía del Rey de Francia y el comienzo de la Inquisición. Del tratado de paz se deduce la equiparación del crimen de herejía con el de lesa majestad, en virtud de lo cual el poder civil, desde ese momento, se vería obligado a colaborar con el poder eclesiástico en la búsqueda y condena de los herejes.

Inocencio III logró una meta de la que será imposible desligarse en el futuro: la cuestión ético-religiosa de la lucha contra la herejía se transformaría en una cuestión jurídica. Los Papas Honorio III y Gregorio IX completaron la tarea: el primero, al aprobar la regla de la Orden de los Dominicos y el segundo, jurista como el primero, al establecer la legislación canónica del tribunal y extender su poder a todos los países de la cristiandad.

El Emperador Federico II estableció la legislación civil en esta materia, inspirándose en los Concilios contra los herejes. La persecución de la herejía sería una cuestión de derecho público, además de eclesiástico. Con crueles edictos emanados entre1220 y 1239, estableció la pena para los herejes: confiscación de los bienes, exilio y prisión que podía llegar a ser de por vida y, finalmente, la hoguera. Federico ofrecía a la Iglesia la intervención de la justicia laica como la intervención de sangre y liberaba a la Iglesia de lo inaceptable, la realización física de la condena a muerte de los herejes, al mismo tiempo que el tema de la herejía se constituía en un asunto exclusivo de la Iglesia.

La difícil y conflictiva relación existente en todo el Medioevo de las dos espadas, el poder eclesiástico y el poder civil, se aclaró y concretó con la paz de Meaux:

El delito contra la fe debía ser considerado como un delito de lesa majestad, el delito mayor que también llegaría a ser un terrible pecado que debía ser perseguido, incluso más allá de la muerte, con la exhumación del cadáver hereje, con la exhibición de sus huesos colocados sobre cañizos, en tenebroso y macabro cortejo por las calles de la ciudad para después ser incinerados. De la Inquisición, de ese Santo Tribunal, no se librarían ni los muertos, que debieran descansar en paz.

El juicio primario correspondía a la Iglesia, pero para la condena podía derivar el caso a la rama civil y penal: el alma pertenecía a la Iglesia, que investigaba para salvar y el cuerpo pertenecía al rey, que ejecutaba para hacer justicia.

En 1231, dos años después de Meaux, Gregorio IX concluyó la obra de la reorganización del Tribunal de la Santa Inquisición, instituyendo una red de cortes judiciales en todas las ciudades importantes de Europa.

En el 1236, se confió a los dominicos la gestión de los tribunales. Trece años después, se unieron los hermanos menores de la Orden franciscana, con el fin de atemperar el excesivo celo y crueldad que los inquisidores dominicos ponían en el ejercicio de sus funciones.

Este odioso Tribunal no fue acogido con beneplácito. Su séquito eran los combates, las hogueras, las violaciones físicas y jurídicas, los atropellos, crueldades y privación de la libertad de creencia y de culto. Muy pronto estallaron movimientos de rebeldía en todas las poblaciones meridionales de Francia contra los inquisidores, que se vieron obligados a abandonar las localidades donde ejercían su cargo, por falta de apoyo y sobredosis de hostilidad. Fueron objeto de aversión pública y de odio generalizado, ganado a pulso.

Pedro de Verona, inquisidor dominico, fue emboscado en Seveso, entre Milán y Como, por los herejes que él perseguía. Lo aguardaron en una espesura llamada "de Farga" y lo mataron clavándole una espada de filo en el centro de la cabeza. Dos años después, en 1254, será canonizado por Inocencio IV. Se dijo que Pedro, hijo de cátaros, fue asesinado por haber defendido la verdad contra la herejía y que representaba al inquisidor perfecto que, en nombre de la inquisitio veritatis (búsqueda de la verdad), había encontrado la muerte. La verdad no existe, se tergiversa, siempre ha sido así. Los universales, como el término verdad, ya lo hemos dicho, sólo están en nuestras mentes y son manipulables...San Pedro Mártir, el primer inquisidor asesinado, pero que no sería ni el único ni el último.

El IV Concilio de Letrán, convocado por el Papa Inocencio III en 1215, condena oficialmente la doctrina cátara. El Papa Inocencio piensa que ha cumplido su misión y que ya puede dormir tranquilo, lo que ocurre un año después con su muerte, 1216.

Los señores feudales del Norte francés habían obtenido la doble ganancia: el dominio del Languedoc y el triunfo del feudalismo francés, frente a las iniciativas urbanas de los occitanos cátaros. Quedó así abortada la seminal iniciativa de crear un nuevo orden social propiciado por los cátaros, valdenses y albigenses.

En 1226, el rey francés Luis VIII solicitó una nueva cruzada contra todo hereje cátaro superviviente aún en la zona, con el claro propósito de establecer el dominio francés allí.

Es entonces, 1231, cuando el Papa Gregorio IX establece oficialmente la Inquisición en toda la Iglesia y la encomienda a la Orden de Predicadores, los dominicos, así llamados por ser su fundador Domingo de Guzmán, que había fallecido diez años antes, 1221. Eran los " Domini canes", ardientes defensores de la ortodoxia católica.

La Inquisición fue creada para, entre otras cosas, seguir combatiendo contra los cátaros aún vivos y ocultos en algunas fortalezas y ciudades. A tal grado llegó el celo de los dominicos que no dudaron en exhumar ellos mismos los cadáveres para quemarlos en la hoguera como ocurrió en Albi, en 1234. Cuando las autoridades civiles se negaron a desenterrar los cadáveres de los herejes que habían sido condenados como tales por el Tribunal, los frailes dominicos se dirigieron al cementerio y procedieron ellos mismos a desenterrar a los muertos para que sus restos fueran públicamente quemados en la hoguera.

Ante esta implacable persecución inquisitorial, muchos cátaros optaron por el exilio, especialmente hacia las ciudades del norte de Italia; otros, optaron por las montañas o las fortalezas, como la de Montségur.

 


 

LOS PRECURSORES DE LA REFORMA PROTESTANTE

 

John Wickliffe fue una de las primeras personas en realizar una traducción de la Biblia directamente del latín, conocida como la Vulgata, a una lengua vernácula.

 

Martín Lutero, monje agustino, promotor de la Reforma de la Iglesia. Con su esposa, la ex religiosa Catalina de Bora y sus hijos.

John Wickliffe, Juan Hus y Jerónimo de Praga fueron precursores de la Reforma protestante dos siglos antes de Lutero.

La vida de John Wickliffe transcurre en la Inglaterra de la segunda mitad de siglo XIV donde explicó Teología en la cátedra de Oxford y, ya en la Corte inglesa, fue tutor personal del rey Ricardo II de Inglaterra.

En esa época inicia sus críticas radicales hacia la Iglesia que tan alejada se encuentra de la Iglesia primitiva. El obispo de Londres, Guillaume Courtenay, lo invita a que exponga su doctrina. Wickliffe niega la transubstanciación en la eucaristía, lo que produce gran escándalo en la sociedad cristiana inglesa y le supone la expulsión de la cátedra de Oxford y su alejamiento de la Corte.

Desafiando la prohibición de la Iglesia, Wickliffe y sus amigos de Oxford, empezaron la traducción al inglés de la Biblia Vulgata que San Jerónimo, hacia el 382 en Palestina, había traducido al latín, pero la Iglesia había prohibido su traducción a las lenguas vernáculas; cosa sorprendente si no fuera para así mantener el absoluto control de las Sagradas Escrituras a espaldas del vulgo ya que el latín sólo era conocido por los eclesiásticos y por muy pocos más. Esta toma de posición, tan atrevida para la época, suscitó tal reprobación que su amigo y defensor, Jean de Gand, le retiró su apoyo.

La doctrina católica de la transubstanciación es un dogma católico, establecido en el Concilio Romano de 1079, que afirma la presencia real, no simbólica, de Cristo en el sacrificio de la misa por medio del pan y del vino. Wickliffe niega que el pan se convierta en el cuerpo de Jesús y el vino en su sangre.

Atacaba las riquezas de la Iglesia y su poder y reclamaba la vuelta a la pobreza y al igualitarismo cristiano de los primeros siglos. Establece que Dios es el único que posee el dominio y que está en todas las partes. En la sociedad perfecta e ideal no se necesitan sacerdotes ni obispos, Dios no precisa de delegados ni de intermediarios; teoría similar a la que usará Martín Lutero de los cristianos en estado de gracia. Negaba, por lo tanto, la autoridad jerárquica en la Iglesia y decía que el Papa podía ser electo por sorteo. Negaba a los curas la potestad de perdonar los pecados si habían cometido un pecado mortal. La doctrina oficial de la Iglesia sostiene que los sacramentos actúan por su propia virtud "ex opere operato " y no por la del ministro "ex opere operantis ". El sacramento es válido, aunque el ministro esté en pecado, pero Wickliffe afirmaría su invalidez.

Establece que hay dos Iglesias, la visible y la invisible; esta última estaría formada por los predestinados -teoría de la predestinación- y es la única auténtica como más tarde también afirmaría Hus y Calvino entre los reformadores.

Ahí está el nudo gordiano de la eclesiología de Wickliffe, de Praga y de Hus. La verdadera Iglesia es la invisible, la de los predestinados por Dios según su plan divino y el predestinado no deja de serlo, aunque peque, pues ha sido elegido por Dios. Así, el camino para afirmar que la Iglesia visible o terrenal, formada por el Papa, la curia, obispos y sacerdotes es inauténtica y, por lo tanto, un estorbo público para la viabilidad de la verdadera Iglesia, queda expedito. Toda la estructura de la Iglesia visible o terrenal es duramente criticada por los tres teólogos y los tres defienden el regreso a la Sagradas Escrituras, teoría del "biblicismo", donde se encuentra el verdadero poder y no en la Iglesia, la salvación viene directamente de Dios, sin intermediarios, y resaltan el valor único de la Biblia, como fuente única de poder, de salvación, de revelación y de autoridad. Estas teorías son devastadoras para la estructura eclesial existente que se apoya más en la Tradición y en las leyes y costumbres del Imperio Romano que en la propia Biblia, autentica carga de profundidad que aprovecharían con gran éxito los Reformadores protestantes dos siglos después. La doctrina les queda servida a estos futuros reformadores y también a Enrique VIII en el logro de su independencia de Roma y la creación de la Iglesia Anglicana.

Juan Hus conoció y compartió la doctrina de Wickliffe, aunque vivía en Bohemia, Checoslovaquia. La defensa de la libertad era el común denominador de su obra y la autoridad eclesiástica sería sometida a un riguroso examen que no pasaría. El punto de partida de Hus fue la indignación de su alma honesta ante la corrupción y escándalos de la Iglesia. Deseaba despojar al cristianismo de los ornatos extraños con que la Iglesia romana lo había revestido.

Hus deseaba devolver a la clerecía la disciplina y las sanas costumbres, bien privándola de la injerencia en los asuntos temporales, bien despojándola de sus múltiples bienes de los que tan mal uso hacía. Apóstol de la libertad, no sólo defendía las libertades individuales, la libertad de conciencia, sino que también defendió la libertad para su Bohemia en su incipiente nacionalismo, siendo rector de la Universidad de Praga. El nacionalismo checo y el movimiento reformador habían sido iniciados por otro religioso bohemio, Jan Milíc, a quien Hus secundó y apoyó.

En una de sus obras más importantes, De ecclesia, Hus afirmaba que el Papado no era una institución de origen divino y, por lo tanto, podía ser eliminada en caso de incurrir en error y herejía. Eso estaba ocurriendo con el Papa Juan XXIII, llamado Baltasar (Baldassare) Cosa, que fue Papa de 1410 a 1415, al que Draper describe así: hombre tan capaz como perverso que se vio forzado, no sólo a dar mayor extensión al tráfico simoníaco de los cargos de corredores eclesiásticos, sino a crearse rentas con la concesión de licencias a casas de prostitución y de juegos y a usureros. Ya en nuestros días, entre 1958 y1963, hubo otro Papa Juan XXIII, cuyo nombre de pila era Ángelo Giuseppe Roncalli, impulsor del más importante y revolucionario Concilio Ecuménico de los tiempos modernos, Concilio Vaticano II, y cuyo Papado, de ejemplar vida y apostolado, fue el anverso de su homónimo depuesto en Constanza.

 

 


 

LAS CONDENAS

 

 

 

Martirio de Jan Hus.

Convocado el Concilio de Constanza con el fin de reunificar a la Iglesia católica, Hus acudió a defender sus puntos de vista, pero fue condenado allí a morir en la hoguera y, el 6 de julio de 1415, fue quemado vivo.

 

 En 1382, el arzobispo de Canterbury, Courtenay, reúne un sínodo para analizar detenidamente la doctrina de John Wickliffe, que es definitivamente declarada herética. Sus contactos en la Corte lo salvan, por segunda vez, de entrar en la cárcel. Empiezan a surgir seguidores suyos, los lolardos; pero en el Concilio de Constanza, 1414, ya muerto Wickliffe, es declarado hereje. Sus libros son quemados y se ordena la exhumación de su cuerpo y la quema de sus huesos, cuyas cenizas serían tiradas al río Swift a su paso por Lutterworth, donde había sido párroco.

También Hus tuvo la osadía de traducir la Biblia al checo y de predicar en esta misma lengua, en contra de lo que hacían sus compañeros sacerdotes, que predicaban en alemán. Por eso, cuando el Concilio de Constanza, 1415, lo convoca para que rinda cuenta de su heterodoxia, se crea alrededor de su figura un auténtico movimiento de disidencia social, religiosa y nacionalista, en torno al que ya consideran un líder de la libertad. Con un salvoconducto del Emperador del Sacro Imperio, Segismundo de Luxemburgo, cometió el craso error de querer defender sus tesis o teorías teológicas ante los padres conciliares. Pero el salvo conducto no servía para herejes, se le notificó. En la diatriba, en la exposición de Hus y las repuestas de los conciliares, uno de ellos le increpó:

Si el Concilio dijese que sólo tienes un ojo, aun teniendo dos, el Concilio tendría razón.

Jamás aceptaría esta razón, replicó Hus, aunque todo el universo me obligara a ello.

Fue sometido a interrogatorio y a tortura, y se le declaró hereje. Cuando fue conminado a retractarse y a dejar de predicar, se negó de forma categórica. El Concilio lo condenó a morir en la hoguera y, antes, a quemar sus libros. El 6 de julio de 1415, fue relajado (quemado) en la hoguera. Sus compatriotas, indignados por su muerte, lo proclamaron auténtico mártir cristiano y héroe nacional. Sus seguidores, denominados husitas, provocaron el estallido de las Guerras Husitas en Bohemia, cuatro años más tarde.

Jerónimo de Praga, el más cercano colaborador de Hus, que había traído los escritos de Wickliffe a Bohemia y que los compartió con su maestro Hus, tuvo también que presentarse ante el Concilio de Constanza. Entró en la ciudad en una carreta, rodeado de guardias y encadenado; así sucedió, según nos lo relata Emile de Bonnechose:

La custodia del preso se confió a Juan de Walendrod, arzobispo de Riga, quien lo hizo conducir aquella misma noche al fondo de una torre, en el cementerio de San Pablo. Ordenó que quedase fuertemente encadenado y sus grillos fueron clavados a una columna de madera, por lo que le resultaba imposible sentarse; con ambas manos pasadas por sus cadenas, que pesaban sobre su cuello y le obligaban a agachar la cabeza. Así es como los autores antiguos y los que le vieron lo describieron en su prisión. Dos días estuvo en tan triste situación, a pan y agua, sin que sus amigos de Bohemia estuvieran al corriente de tanta crueldad. Por fin, Pedro el Notario, lo supo por boca de uno de lo guardianes y consiguió que le dieran mejores alimentos. Por eso, Jerónimo de Praga cayó enfermo de gravedad y viéndose en peligro de muerte, pidió un confesor. Entonces se le aflojaron las ligaduras y escapó, lo mismo que Juan Hus, a su enfermedad mediante el suplicio y permaneció un año entero, enfermo y encerrado en aquel lugar de dolor.

En 1416, después de la quema de Hus, fue llevado ante el Concilio para que se retractara. Abatido por completo y para eludir la muerte, se retractó. De regreso al calabozo, resolvió no volver a negar su fe y de nuevo ante el Concilio de Constanza, de rodillas, hizo la defensa de su credo. Fue condenado y quemado.

Wickliffe, Hus y Jerónimo, además de ser grandes intelectuales conocedores de las Escrituras y de la Teología, eran seres humanos sensibles y auténticos apóstoles de la palabra, consecuentes hasta el final en sus creencias y en la lucha por las libertades. Debemos distinguir entre creencias e ideas.

Las creencias tienen que ver con la fe, con el misterio, son vivencias muy íntimas, no siempre racionales ni conscientes, que se apoyan en argumentos de autoridad. Se fundamentan en los libros sagrados, hipotéticamente revelados por alguna deidad; siguen las costumbres religiosas recibidas y heredadas de los antepasados ancestrales; se apoyan en las interpretaciones de los textos considerados sagrados y en las vivencias personales y colectivas del grupo creyente. Su último punto de apoyo será la autoridad del que habla, a quien se le suelen atribuir poderes y atribuciones extrasensoriales, esotéricas, misteriosas y terribles, capaces de subyugar y aterrorizar al mismo tiempo. Las creencias afectan a la inteligencia, a la voluntad y al sentimiento, al consciente y al inconsciente, a la vida entera del ser humano. Por eso es tan difícil, una vez asimiladas e integradas, cambiar las creencias. Y por ellas y en su nombre se puede matar. No hay persona más peligrosa que la que cree y percibe que actúa en nombre y para gloria de su Dios. También por ellas, las creencias, se puede morir, como estamos comprobando con estos maravillosos herejes y con el martirio de los primeros cristianos, que en nada difieren ya que murieron por el derecho a defender sus creencias.

Las ideas, por el contrario, se apoyan en los datos, en su verificación y en su contraste; pertenecen a la razón; se apoyan en métodos experimentales y en la argumentación científica. Se pueden cambiar con relativa facilidad, cuando los argumentos aducidos nos convencen de que lo sostenido no es lo cierto o lo correcto, aspecto ético. El razonar es una actividad personal que supone tiempo y esfuerzo; creatividad y búsqueda, capacidad de cambio y, por ende, de incertidumbre, de azar y de riesgo.

En el medioevo al pueblo se le dirigía gregariamente por creencias que no podían ni debían ser cuestionadas, so pena de crimen de lesa majestad, con la posible muerte, previa la tortura, como consecuencia.

Los poderes absolutos políticos y religiosos, ambos poderes, ambas espadas, tenían injerencia en ámbitos teóricamente opuestos, pero en la realidad eran uno, como quedó demostrado con el tema de la Guerra de las Investiduras. Los Emperadores nombran obispos y poseen obispados, lo que les genera, además del control social, enormes riquezas. El poder religioso tiene en sí también el poder temporal, desde Constantino, en virtud de las falsificaciones llevadas a cabo por la Curia Romana con la Donación de Constantino, que justifican el poder civil del Papa y de la Curia Romana, además de tener el poder absoluto religioso.

Después de muchas luchas internas entre las Iglesias cristianas en busca del Primado, el Papa empezó por creerse vicario de Pedro. Con la ayuda de los teólogos y de los canonistas pasa de ser vicario de Pedro a ser vicario de Cristo. Y más tarde, en la Inquisición y sus Autos de fe, actúa en nombre del Dios Trino, sin complejos y sin aparentes problemas de conciencia.

Algunos teólogos, con razón, se preguntan si el Dios del Antiguo Testamento es el mismo que el del Nuevo. Claro que no, no es el mismo ni se parece. No había llegado todavía el Concilio de Nicea (325), que dogmatizaría, como ya hemos visto, que el Hijo es consustancial con el Padre, de la misma sustancia, de la divina claro; pero nunca sabremos qué es eso de sustancia divina, ni si lo divino, al ser espiritual, tenga sustancia. El Dios del Antiguo Testamento es uno y el del Nuevo es trino, concepto que les resultaba muy difícil de aceptar a los judíos conversos y a los musulmanes, ya que Yahvé y Alá son uno.

 

 



Tu opinión en el Libro de Visitas

CALDO DE CULTIVO DE LA INQUISICIÓN

 

 

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El primer viaje de la novicia bruja, de Goya

                    

 

 

Brujas preparando ungüentos, de Goya.

En esta época oscura y de cultura sombría, era fácil llenar las mentes con ideas para nosotros incongruentes.

Aunque la presencia de creencias en seres superiores está latente desde tiempos remotos, la brujería, en especial, supuso todo un acontecimiento histórico en Europa durante la Edad Media. En este ambiente disparatado nace el "Malleus Maleficarum ", el libro de cabecera de los Inquisidores. Es posiblemente el libro más espantoso jamás escrito. Su contenido definía quiénes eran las brujas, qué cosas hacían y examinaba los procedimientos judiciales que habían de seguirse para condenarlas.

La creencia en el diablo sirvió de base a la influencia supersticiosa en la patología mental. La historia de la brujería siempre tendrá presente la historia, la leyenda y el mito del enigmático Doctor Fausto. Este personaje infernal y nigromante no solamente ha estado presente como leyenda o mito, sino que realmente existió en tiempos de Martín Lutero; existió, como se sabe por estudiosos del tema.

Estamos inmersos en la época oscura en la que cabía todo. Hasta la proliferación de seudo-alumbrados y solicitantes.

 



 

MENTALIDAD CRISTIANA EN EL MEDIOEVO

 

 

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Aquelarre en torno al chivo coronado, Goya

 

 

 

Las estructuras sociales y mentales se apoyan en tres estamentos fundamentales: los que rezan, los que combaten y los que trabajan. Según los siglos pasan, las mentalidades cambian; surgen nuevas actitudes frente al tiempo, al dinero, al trabajo y a la familia. Las hambrunas son una amenaza constante, la violencia omnipresente, las luchas sociales agrias y constantes.

El medioevo conjuga las realidades materiales con las simbólicas. Es un tiempo que discurre entre los campanarios de los clérigos y las atalayas de los laicos, entre escatologías, milagros, epifanías diabólicas y divinas. Un tiempo que discurre entre el tiempo circular del calendario litúrgico y el tiempo lineal de la Historia, de los relatos, y el mecánicamente cuantificable de los relojes, entre lo real y lo imaginario, lo material y lo simbólico. Es un mundo de gestos litúrgicos y de ascetismo cuyas realidades sociales se completan con las del imaginario social, cuyas realidades cotidianas se entremezclan de símbolos religiosos.

Esta concepción paralizante que impide al hombre atentar contra el edificio de la sociedad terrestre sin hacer vacilar al mismo tiempo la sociedad celeste, que aprisiona a los mortales en las mallas de la red angélica, añade al peso de los amos sobre los hombros de los hombres la pesada carga de la jerarquía angélica de los serafines, de los querubines y de los tronos, de la dominaciones, de las virtudes y de las potestades, de los principados, de los arcángeles y de los ángeles. Los hombres de la Edad Media se debaten entre las garras de los demonios y la traba que suponen esos millones de alas que baten tanto en la tierra como en el cielo y hacen de la vida una pesadilla de palpitaciones aladas. Porque la cuestión no estriba en que el mundo celeste sea tan real como el terrestre, sino en que no constituyen más que un solo mundo en una inextricable mezcla que aprisiona a los hombres en las redes de un sobrenatural viviente.[18]

El tiempo, que es lineal y no circular y sólo pertenece a Dios, sólo puede ser vivido. Tomarlo, medirlo, sacar partido o aprovecharse de él es un pecado. El tiempo constituye un momento de la eternidad. La historia tiene un comienzo, que empieza en Adán, y un fin, el Juicio final. Toda crónica medieval es "un relato de la historia universal". La referencia global es uno de los aspectos del totalitarismo medieval. El tiempo es historia y la historia tiene su sentido cristiano. El esfuerzo histórico más importante de los pensadores cristianos medievales consiste en intentar detener la historia y acabarla. La sociedad feudal, con sus dos clases dominantes: caballería y clerecía, como nos dice Chrétien de Troyes, se considera como el final de la historia.

Es como si la escalera de Jacob que conecta el cielo y la tierra estuviese en constante movimiento, en comunicación directa, sin barreras, aduanas o peajes. La vida en la tierra no es autónoma, laica e independiente; todo está en función del más allá y condicionado por él. Es la atmósfera adecuada para el reinado de la clerecía; los valores humanos son los espirituales, los del alma, no los del cuerpo, que siempre debe estar sometido a la ascesis y a la renuncia, por su calidad de enemigo del alma, en perfecta dicotomía maniquea. 

Durante la Edad Media se había creado un estado de ánimo apocalíptico, de huida del mundo y anhelo de la muerte. Tanto en el Arte como en la Literatura se desarrolló el desalentador tema de la caducidad de la vida: el reloj de arena, como símbolo y el "Sic transit gloria mundi "(así pasa la gloria del mundo), como convención retórica inspirada en la idea de la muerte. Para el cristiano medieval, la vida es el camino hacia la verdadera vida, hacia la segunda vida, hacia la serena morada, hacia el descanso eterno:

 

Este mundo es el camino

para el otro que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar:

Partimos cuando nascemos

andamos cuando bivimos

y allegamos

al tiempo que fenescemos;

así que cuando morimos

descansamos.

Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, don Rodrigo Manrique, maestre de Santiago.

Para el creyente, la muerte no es el fin, porque es la puerta de la vida (mors janua vitae), sino el comienzo de una vida espiritual eterna; pero la ciencia nos dice que después de la vida sólo está la muerte, la muerte cerebral es el fin. Si la vida es sólo tránsito, ¿para qué afanarnos tanto por las vanidades mundanas? De ahí que sea constante en la Literatura de la Baja Edad Media el recuerdo de la muerte (memento mori), el desprecio del mundo (contemptu mundi), el tema del vivir muriendo o del morir viviendo y el ansia de la muerte liberadora:

No tardes, Muerte, que muero;

ven, porque biva contigo:

quiéreme, pues te quiero,

que con tu venida espero

no tener guerra conmigo.

Jorge Manrique

El concepto cristiano de vida es, en realidad, una anti-vida; un auténtico anti-humanismo, además de un anti-vitalismo. Desde el púlpito, la voz grave y amenazante de los predicadores mendicantes, franciscanos y dominicos, recordaba a los creyentes la pavorosa corrupción de todo cuanto había sido belleza humana: vanitas vanitatum (vanidad de vanidades ). La cosmovisión cristiana es negativa, terriblemente negativa, de todos los valores humanos, del cosmos y de las realidades socio-económicas y, en consecuencia, muy perjudiciales para el progreso y la felicidad humana. Las ideologías alienantes causan un impacto social funesto; todo en aras de seudo-valores que se consideran superiores por la invocación u origen de la divinidad. La Iglesia sembró todos los campos humanos de prejuicios y contravalores.

Estos conceptos cristianos medievales tienen su continuidad en aquel muero porque no muero, de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, paradoja tan empleada por los místicos españoles del siglo XVI.

Esta vida que yo vivo

es privación de vivir

y así, es continuo morir

hasta que viva contigo.

Oye, mi Dios, lo que digo:

que esta vida no la quiero,

que muero porque no muero.

San Juan de la Cruz

Reconocemos la valía y delicadeza poética de estos dos grandes místicos, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, doctos en vivencias místicas y en el manejo de símbolos y de la métrica. A pesar de su virtud y ciencia, también ellos están imbuidos de la filosofía vitalista cristiana, lo que demuestra cuán difícil es sustraerse a la ideología dominante y a los controles inquisitoriales, que ellos no lograron del todo. Lo que no deja de ser cierto es que los prejuicios sobre los valores vitales, y sobre la misma vida, atentan contra la dignidad humana, al inventar e imponer valores anclados en realidades espirituales que la fantasía religiosa ha elaborado.

 

 


 

EL ESTIGMA DE LA BRUJA. INFRAVALORACIÓN DE LA MUJER

 

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El vuelo de las brujas. 

Volaverunt de Goya.

La mujer tuvo preeminencia en la sociedad agraria, en la que se reverenciaba a la Gran Diosa Madre Tierra, Gea, ya que ésta le suplía la vivienda y los alimentos necesarios para sobrevivir a través de sus ciclos. Es la Tierra, además, responsable de su propia fertilidad, como lo era de las plantas y del reino animal. La sociedad agraria refleja estas actitudes religiosas en su estructura y en sus valores.

La comunidad estaba regida por una reina que era la sacerdotisa mayor de la Gran Diosa Madre. La mujer ejercía funciones sacerdotales a través de los rituales y fomentaba los valores sociales de las instituciones. La familia tenía importancia vital en esta comunidad matriarcal. La posición social, la herencia y el nombre, provenían de la madre que, en compañía de un hermano, gobernaba la familia. El papel del padre era insignificante, se llegó a pensar, incluso, que no era necesario para la procreación.

La maternidad era un misterio, un suceso milagroso, posiblemente ayudado por el viento fecundador y por el agua. En esta sociedad, la primera obligación ética y moral era con la madre y las hermanas; sociedad pacífica, centrada sobre la misma familia más que en la conquista de los reinos. El amor materno constituía una influencia humana y pacífica, creadora de un aura de honor, confianza, hospitalidad, generosidad y de reverencia por todo lo relacionado con la vida.

El tiempo se medía por las noches, por las lunas, y los rituales religiosos se hacían precisamente en las noches. La luna era más importante que el sol. Los meses eran calculados por los ciclos de la luna, que producían uniformes semanas de siete días, uniformes meses de veintiocho días y un año lunar de trece meses más un día.

La principal deidad masculina, Zeus y el principal oráculo, Apolo en Delfos, aparecen con la llegada de las tribus guerreras a Grecia y con la entronización de los dioses masculinos en el Olimpo; el matriarcado cede el paso al patriarcado, donde el hombre, ayudado de la lanza y de sus dioses protectores, será guerrero y conquistador. La mujer cambiará, gradualmente, sus roles y terminará sometida al hombre. Las hijas serán propiedad de los hermanos, las esposas pertenecerán en propiedad a los esposos, y los padres decidirán el matrimonio de sus hijas. La sociedad patriarcal se convirtió en más agresiva, más militarizada, propulsora de gestas heroicas en las batallas con sus vecinos, y más ambiciosa de riquezas y de conquistas. Los mitos y su manipulación cambiaron la perspectiva del sexo en 180 grados.

En el Antiguo Testamento, en el Génesis, en el mito de la creación, Dios crea al hombre de barro y a la mujer de una costilla de Adán. La mujer ya no será como el hombre, no fue creada de la misma forma y manera; he aquí la primigenia y primordial injusticia. Del mito del pecado del conocimiento "seréis como Dios, conocedores del bien y del mal", mal interpretado y peor aplicado como pecado de desobediencia, surgirá la mujer inductora del pecado, madre de todos los truenos, la caja de Pandora. La suerte de la mujer estaba echada. Los judíos, los cristianos y los mahometanos la considerarán como un ser inferior al hombre. En la descripción del Paraíso de los mahometanos, que ya hemos descrito al hablar de los cátaros, la función de las huríes consiste en servir al hombre de mil modos y maneras. En la Iglesia católica las mujeres no pueden ser sacerdotes, menos ser obispos e imposible que sean Papas; y dicen que esto es así por voluntad expresa de Jesús, culpando al Señor de marginar a la mujer, creando la duda, al mismo tiempo, de cómo saben que es su voluntad si nunca lo ha dicho. No escogió mujeres apóstoles, porque eso era imposible en la cultura de aquella sociedad que fuertemente discriminaba contra la mujer y la separaba de la lectura e interpretación de las Escrituras y de la realización del culto judaico, todo esto en mano de los varones judíos.

La paulatina pérdida de la importancia y valor de la mujer se agrava en estos tiempos tenebrosos.

Durante la Edad Media la Iglesia reinventó la brujería como significante antagónico a la voluntad de Dios y como desafío a sus representantes legítimos en la tierra. La bruja mala, un invento de la teología cristiana. Todo lo contrario a su ordenamiento caería bajo el signo del pecado, estigma por excelencia de la violencia política de la Iglesia. Bajo sus fueros quedarían proscritos los conocimientos sobre el cuerpo y la sexualidad sometida al dominio del tabú; sobre todo la de la mujer, sometida irremediablemente a una cultura de subordinación patriarcal por encargo o maldición del Dios-Padre en Génesis: "...con dolor parirás a tus hijos y te arrastrarás a tu marido, que te dominará ". Una vez inventado el enemigo, sus leyendas se multiplicaron y la sociedad quedó marcada por un miedo irracional [...]. La bruja se convirtió en todo aquello que se rechazaba [...], la gente se convenció de la existencia del demonio, de la maldad de las brujas y de la veracidad de las leyendas asociadas.[19] 

La Iglesia manejó con maestría los estigmas, y en esta época muchas mujeres fueron marcadas con el incandescente e hiriente atributo de 'brujas'. Esta marca, al igual que todos los estigmas, excluye de un estatus normal, margina y excomulga, a la vez que incluye en una categoría despectiva e infamante, mediante el llamado en sociología "papel asignado". El hereje, persona creyente que el poder juzga como desviada, termina asimilando el papel de hereje con el que lo han etiquetado. El concepto de culpa, de remordimiento, de baja autoestima, se posesiona de su conciencia y nace en su interior la necesidad imperiosa de la búsqueda del perdón y de la reconciliación, cuya administración está en el Poder religioso.

El estigma cumple una insuperable función domesticadora y, por lo tanto, de control social. El estigma no es racional, pero sí funcional, porque gran parte de su poder opera desde símbolos muy enraizados en el subconsciente, como corresponde a todo lo relacionado con el sentimiento. La autoestima y la religión tienen mucho que ver con esta faceta humana sentimental.

 

 


 

EL MARTILLO DE LAS BRUJAS (MALLEUS MALEFICARUM): Fondo Misógino

 

 

 

 

 

Malleus Maleficarum.

Una completa guía para identificar, perseguir y castigar a las brujas.

 

 

 

Henry Charles Lea, en su libro La Inquisición en la Edad Media, nos dice que la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII al XV no fue más que un preludio a las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que inflamaron el siglo y medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio.

El Papa Inocencio VIII daría el paso definitivo, al publicar la bula Summis desiderantes affectibus en 1484, para abrir la caja de Pandora de la brujería. Dos años más tarde, en 1486, el Papa asigna a dos inquisidores dominicos, Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, la persecución de la brujería en Alemania y para ello escriben el tristemente famoso libro Malleus Maleficarum, conocido como el Martillo de las brujas.

Krämer y Sprenger presentaron el Malleus Maleficarum a la facultad de Teología de la Universidad de Colonia en espera de que fuese aprobado, pero fue declarado ilegal y anti-ético, ya que su demonológica no estaba acorde con la doctrina católica. Krämer, no obstante, insertó una falsa nota de apoyo de la Universidad de Colonia en las posteriores ediciones. Fue un autentico "best seller" y, durante tres siglos, fue lectura obligada de inquisidores y jueces, según afirma el teólogo Peter de la Rosa en su fundamental y heterodoxo libro Vicarios de Cristo:

En la actualidad, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un "corpus" teológico completo sobre hechicería que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones de esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII.

El intrincado mundo de lo mágico, tan sugestivo y atractivo para las masas, con hipotéticas conexiones insospechadas e inimaginables con el diablo, dejó profusa huella en los cristianos del medioevo, proclives a cualquier clase de creencias, más creíbles cuanto más disparatadas. Los espíritus, buenos y malos unen el Cielo a la Tierra, cohabitan con los seres humanos. Esta gente bastante inculta, de profesión agrícola la gran mayoría, con largas y frías noches, oscuras como la boca del lobo, da pábulo a toda clase de imaginativas representaciones, hasta concebir al demonio copulando y pactando con mujeres, tildadas de brujas. En virtud de este pacto satánico, se atribuía a las brujas el poder para hacer daño, causar grave enfermedad o producir la muerte, arruinar las cosechas, entre otras infinitas desgracias y prodigios, como poder volar y asistir a reuniones que se celebraban a mucha distancia, los famosos aquelarres.

El libro Malleus Maleficarum (el Martillo de los Maleficios) gira en torno a los maleficios que se atribuían a las brujas. Sus autores, apoyados en la frase bíblica: "A los hechiceros no los dejaréis con vida", Éxodo 22, 18, apoyados en otros textos de las Sagradas Escrituras, en Agustín de Hipona, en Tomas de Aquino y en otros relevantes teólogos, elaboran su doctrina sobre la brujería con una concepción sexista y llena de prejuicios sobre la mujer.

En la primera parte del libro, parten del supuesto evidente de que la brujería y hechicería existen. Creen que las brujas y los hechiceros realizan una extensa gama de males "con el permiso de Dios todopoderoso" para que el Diablo no gane un ilimitado poder y con él pueda destruir el mundo.

La segunda parte del libro describe las formas de brujería, cómo lanzan hechizos y cómo sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Sprenger y Krämer en sus juicios inquisitoriales, con la ayuda de la tortura, obtuvieron mucha información sobre los hechizos, pactos diabólicos, sacrificios y cópula con el Diablo.

La tercera parte detalla los métodos para descubrir, destruir, enjuiciar y sentenciar a las brujas. La tortura es práctica habitual en todo proceso inquisitorial. Ante un obstinado reticente, la medicina de la tortura le hace decir todo y aún más de lo que el inquisidor quisiera escuchar.

En el fragmento del Malleus Maleficarum presentado por Agustín Celis, al contestar a la pregunta que los autores se hacen a sí mismos de por qué la superstición es eminentemente femenina, se presenta una verdadera sarta de lindezas misóginas:

¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores! [...]

En su segundo libro de La retórica, Cicerón dice: "Los muchos apetitos de los hombres los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia". [...]

En cuanto a la primera pregunta, por qué hay una gran cantidad de brujos en el frágil sexo femenino, en mayor proporción que entre los hombres, se trata en verdad de un hecho que resultaría ocioso contradecir ya que lo confirma la experiencia, aparte del testimonio verbal de testigos dignos de confianza [...].

La segunda razón es que, por naturaleza, las mujeres son más impresionables y más prontas a recibir la influencia de un espíritu desencarnado; y que cuando usan bien esta cualidad, son muy malas. La tercera razón es que tienen una lengua móvil [...]

"Que como son más débiles de mente y de cuerpo, no es de extrañar que caigan en mayor medida bajo el hechizo de la brujería".[...]

Y también existe la historia de un hombre cuya esposa se ahogó en un río, quien cuando buscaba el cadáver para sacarlo del agua, caminó corriente arriba. Y cuando se le preguntó por qué ya que los cuerpos pesados no se elevan, sino que descienden y el buscaba contra la corriente del río, respondió: "Cuando esta mujer vivía, siempre tanto en palabras como en los hechos, contradijo mis órdenes; por lo tanto busco en la dirección contraria, por si ahora, inclusive muerta, conserva su disposición contradictoria".[...]

Si investigamos, vemos que casi todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres. [...] El reino de los romanos soportó muchos males debido a Cleopatra, reina de Egipto, la peor de las mujeres. [...]

Quiere decir que una mujer es hermosa de apariencia, contamina al tacto y es mortífero vivir con ella.[...] Más amarga que la muerte, es decir, que el demonio: Apocalipsis, VI, 8: "Tenía por nombre Muerte".

 

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Mayor envilecimiento y marginación de un ser humano es imposible. Como si aquellos frailes no hubieran jamás nacido, como si nunca hubieran tenido hermanas, ya que por su celibato no tenían esposas, como si todos sufrieran una grave patología. Detrás de todo esto están los prejuicios maniqueos contra el sexo, que se disfrazan de lascivia, de apetito carnal. Es una obsesión patológica de maniqueos misóginos. Y en su apoyo están muchos mitos que el patriarcado fabricó con perversa intención. A esto se le añade la ignorancia de la psicología femenina, que era total. También desde el matriarcado, con semejantes mitos, prejuicios sexistas y estereotipos, se hubieran podido escribir cosas parecidas o peores de los hombres.

Los inquisidores actuaban cargados de un lastre religioso y dogmático, que, proveniente de religiones ancestrales, afectaba a sus vidas, a sus valores y a su visión del mundo. Ellos mismos eran víctimas de un adoctrinamiento, recibido en su proceso de educación en los conventos e instituciones religiosas, que estaba impregnado de maniqueísmos y otros errores sobre la concepción de la vida, como los complejos de culpa y las angustias por su salvación. Llevados por esos prejuicios, actuaban proyectándolos sobre los demás seres humanos, a los que perjudicaban sobremanera, pensando que con ello hacían el bien, seudo-autosugestión mística. Los convencionalismos religiosos contra las mujeres las hicieron víctimas de mil oprobios, sufrimientos y angustias, al ser marginadas y al asignárseles roles de subordinación y sumisión. Y en el inicio de toda esta locura se halla la encíclica del Papa Inocencio VIII, responsable último de todos los trastornos que produjo la caza de brujas.

 

 

 


 

La Caza de las Brujas, ORGÍA DE DESTRUCCIÓN

 

 

 

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Apunte sobre Nicolás de Cusa en Bressanone.

Con motivo de un proceso de brujas.

 

 

En 1457, Nicolás de Cusa, filósofo, matemático, teólogo y obispo, predicó en Bressanone con motivo de un proceso de brujas, realizado ese mismo año en la ciudad contra dos mujeres. Poco propenso a dejarse guiar por fantasías e imaginaciones populares que más bien le dejaban perplejo, escéptico ante estos hechos de brujería, expone en su homilía que las dos mujeres eran semi-delíricas (locas), que veían visiones que no tenían que ver nada con lo real, que eran tonterías carentes de fundamento:

[...] habían dicho que la buena señora, esto es, Richella, había acudido a ellas de noche y en un carro. Tenía el aspecto de una mujer bien vestida, pero no le habían visto la cara... Las había tocado y desde aquel momento se habían visto obligadas a seguirla. Tras haberle prometido obediencia, habían renunciado a la fe cristiana. Después habían llegado a un lugar lleno de gente que bailaba y celebraba una fiesta: algunos hombres, cubiertos de pieles, habían devorado hombres y niños que no habían sido bautizados según las reglas. [21]

Nicolás, después de dialogar con ellas e intentar devolverlas a la razón, les impuso una leve penitencia como castigo. Lo que intentaba era evitar este tipo de trivialidades, que sólo podían servir para aumentar el miedo al demonio y la idea de que éste podía ser más poderoso que el mismo Dios. Y hacía suya la pregunta que todos nos hacemos: ¿Acaso no es verdad que esta superstición, que nos hace temer al diablo, no es muy diferente de las supersticiones, aparentemente más inocuas, que hacen rogar a Dios para tener buenos hijos, óptimas cosechas, maldiciones contra los enemigos,…?. Piensa que existen problemas fundamentales en la religión popular y que deben buscarse las formas de cómo salir de la confusión entre fe y superstición y de cómo afirmar una fe que no confunda al Creador con las fuerzas interiores de la creación.

Nicolás era consciente del poder de las tradiciones orales que sostenían la existencia de fuerzas invisibles muy poderosas, que defendían el paganismo griego y latino, y el animismo rural. Eso hacía difícil separar la fe cristiana de las supersticiones que atribuían al diablo la capacidad para atraer, engañar y extraviar a los creyentes, que vivían las realidades terrenales y que ignoraban las fuerzas de la naturaleza. Fuerzas que regulan el ciclo de las estaciones; fuerzas invisibles que afectan a la flora y fauna y a la misma vida humana, a la producción de enfermedades y pestilencias; fuerzas que, incluso, actúan sobre el amor y el odio.

El poder y fenómeno de la brujería, de los aquelarres, entra dentro de estos cuadros de supersticiones paganas que quedan y conviven con el cristianismo, alimentados por la imaginación popular. En estos campos, piensa el obispo Nicolás, lo importante no es su verdad o falsedad, sino su credibilidad. Él Intuía y despreciaba ese poder: secundar el mito de la brujería significa invitar a considerarlo verdadero.

En esa trampa, secundar el mito de la brujería, cayó el Papa Inocencio VIII, que no conoció u olvidó la duda razonable que el sabio filósofo y obispo Nicolás había planteado treinta años atrás. Secundar dicho mito, tan arraigado en la mentalidad del vulgo, propició un fenómeno de insospechadas y terribles consecuencias: la cacería de brujas, carne de cañón para los novelistas más truculentos e imaginativos que hayan podido existir y para los directores de cine con alto potencial creativo, macabro y tétrico.

La doctrina de Nicolás de Cusa es refrendada por Ulrich Mukker, 1498, cuando dice que las brujas son pobres mujeres que viven más una ilusión demoníaca que una realidad satánica. Y Andrea Alciato, 1544, añade que no se justifica una persecución jurídica respecto a mujeres que eran, en realidad, víctimas de ilusiones.

Ya antes, en su Flagellum Maleficarum, Pierre Marmoris llega a hablar del Sabbat como una derivación de la festividad judía. El problema de la brujería, concluyen algunos humanistas, más que un problema religioso es médico, más que a un sacerdote hay que preguntarle a un médico, a un psiquiatra o a un psicólogo.

Esta masacre, la cacería de brujas, que duró tres siglos y que produjo entre setenta mil y trescientos mil relajados o muertos en las hogueras, sin contar los que lograron salvar sus vidas tras la encarcelación, torturas y vejaciones, fue iniciada por el Papa Inocencio VIII y por el best-seller misógino de Heinrich y Jacob, el Malleus Maleficarum. Ayudados todos por el Emperador Maximiliano I de Austria, que el 6 de noviembre de 1486 había invitado a todos los buenos católicos y respetables ciudadanos del Imperio a colaborar con los dominicos misóginos.

El Papa, el Emperador, Krämer y Sprenger, todos están convencidos, firmemente convencidos, de que las brujas existen, que obedecen al diablo con el que tienen un pacto, y que son muy peligrosas para la salud del cuerpo y para la salvación del alma. En el Malleus Malificarum se afirma categóricamente: La mayor de las herejías es no creer en las brujas, cuando, en realidad, se debiera decir que el creer en las brujas es la mayor de las herejías.

Los elementos de la brujería, la existencia del diablo y sus poderes es doctrina de la Iglesia, "¿pero quién puede ser tan tonto como para creer que todo esto suceda?", dice el Canon Episcopi, donde puede leerse:

No olvidemos el hecho de que desventuradas mujeres se han ofrecido a Satanás y, seducidas por encantamientos y fantasmas de origen diabólico, creen que han cabalgado animales durante la noche, tras la diosa pagana Diana y de haber hecho esto en compañía de una multitud de otras mujeres, o que atravesaron grandes espacios de tierra con la complicidad del silencio profundo de la muerte [...] Muchos se han dejado engañar por estas cosas y creen que todo es verdad y se alejaron de la verdadera fe [...] ¿Pero quién puede ser tan tonto como para creer que todo esto suceda[...] hasta corporalmente? [22]

Inocencio VIII presenta, en su bula Summis deriderantes affectibus, las descripciones legendarias del poder de la brujería, pero teniendo esas increíbles supersticiones como ciertas:

Deseando con todo corazón, como quiere la preocupación de nuestra tarea pastoral, que crezca y se difunda por todas partes la fe católica, mientras es alejada de la cristiandad cualquier ruinosa herejía, de buena voluntad proclamamos estas órdenes y disposiciones, para que nuestro pío voto se vuelva eficaz y, después de que todos los errores sean extirpados gracias a las acciones de nuestro ministerio [...], se impriman en el alma de los fieles el celo y la observancia de la fe. Con tristeza últimamente hemos sabido que, en muchas regiones del norte de Alemania [...] varias personas, tanto hombres como mujeres, se ofrecen a los diablos íncubos y súcubos, saliendo del sendero de la verdadera fe. Realizan por medio de embrujos, fórmulas mágicas y conjuros, cuanto hay de abominable y criminal en el campo de los sortilegios, para el mal de los otros: producen abortos en las mujeres; vuelven estériles y hacen morir a los fetos de los animales, los productos de la tierra, la uva de las viñas, los frutos de los árboles, a los hombres y mujeres, los animales domésticos y los de trabajos, además de todo tipo de ganado, desde animales campestres a cultivos enteros: viñas, frutales, prados, cereales, pastos, trigo, todas las verduras. Quieren evitar que el hombre procree, que la mujer conciba, que los cónyuges cumplan el débito conyugal. No tienen miedo de renegar, sacrílegamente, la fe que se les entregó por medio del santo bautismo; no se alejan atemorizados de la violencia, de los delitos al que los instiga el Adversario del género humano [...] [23]

Aclaremos dos términos mediante la Real Academia Española: Súcubo: Dicho de un espíritu, diablo o demonio, que, según la superstición vulgar, tiene comercio carnal con un varón, bajo la apariencia de mujer. Íncubo: Se decía del diablo que, según la opinión vulgar, con apariencia de varón, tenía comercio carnal con una mujer.

El texto Papal es realmente alucinante ya que es contrario a la teología y a la ciencia, pero fue el detonante de todos los futuros crímenes que se cometieron por motivos de la brujería. El Papa empieza por conceder más poderes a los inquisidores:

[...] en virtud de nuestra dignidad apostólica, deseamos que se elimine cualquier obstáculo apto para entorpecer la actividad de los inquisidores [...] Impulsados a esto por la preocupación de la fe, sancionamos que [...] a los inquisidores les sea permitido cumplir su oficio y proceder, con total libertad, al castigo, la encarcelación y la enmienda de aquellas personas a causa de los excesos y crímenes antes indicados [...]. Conferimos, además, a los inquisidores la facultad de predicar la Palabra de Dios en cualquier iglesia parroquial y cuantas veces lo quieran [...]. Ordenamos al obispo de Estrasburgo [...] proteger y sostener la acción de los inquisidores, como una forma de reprimir a quien quiera hacerles daño, impedirlos, contradecirlos y rebelarse [...] con el socorro del brazo secular. [24]

Para comprender la raigambre social de estas fábulas -que no merecen otro nombre-, en cuya divulgación también intervenían los inquisidores, al tratarlas como algo realmente existente y realmente punible y punido, veamos de cerca algunas historias aportadas por Natale Benazzi. Obsérvese su parecido, su congruencia, su perdurabilidad a través de los años. Incombustibles al paso del tiempo; tres siglos pasaron, desde 1390 hasta 1692 (véase abajo) y no son las primeras ni tampoco las últimas:

París, 1390. El caso de la prostituta Macete es más complejo y revela un mundo de pobreza física y moral desgarradora. Macete, presa de la nostalgia, con la tentativa de hacer que su amante volviera, ya que en vez de casarse con ella, como lo había prometido, la abandonó por otra mujer de mala vida, realiza un encantamiento: ha aprendido de memoria el exordio del Evangelio de Juan y por medio de esta fórmula, recitada en voz alta, logra ponerse en contacto con el diablo, llamado Haussibut. El amante se ve obligado, contra su voluntad, a volver con ella, pero se niega a casarse. Triste, Macette repite la fórmula, pero la hace más potente con la ayuda de la cera y la pez con las que hace una pasta que extiende, tres noches seguidas, en los hombros de su amante mientras evoca a Satán. El hombre finalmente cede y se casa con ella. Pero no surge el amor. Los años que siguen son difíciles. Él la maltrata, le pega. Macete no sabe sino encomendarse por enésima vez a su diablo: amasa otra vez cera y pez, con la que forja una figura de niño, que hace flotar sobre paja en una olla de agua hirviendo. Macete sigue siendo maltratada. Entonces sale desesperada al campo a buscar sapos que luego clava con agujas. A pesar de todo, el marido la maltrata hasta que la encuentra haciendo los sortilegios y la denuncia a la Inquisición. La prueba de su culpabilidad es un sapo muerto.

Mirandola, 1522-1523: El proceso de Mirandola sigue siendo una de las importantes y crueles cazas de brujas, tanto que se lo recuerda con el terrible titulo de Pogrom de la Mirandola; en él participa el príncipe de Carpi, Gian Francesco Pico. La violencia con que tratan a los acusados es tal que hace exclamar a los testigos del pueblo: "No es justo que se haya matado a estos hombres tan cruelmente".

Zurich, 1546. Los testimonios procesales cuentan el caso de Agatha Stuodlerin, hija de un canónigo, dedicada a la prostitución. Habría vendido su alma al diablo realizando una serie de siniestros delitos: envenenar hombres; producirle impotencia a otros, a los que habría pedido compensaciones de dinero a cambio de devolverles la virilidad. Un panadero y su mujer, afectados de impotencia y frigidez, la denuncian y presencian la tortura. Como no soporta más el encarnizamiento de sus carceleros, Agatha se arroja por una ventana y se rompe una pierna. Los jueces sospechan aún más: ¿quería matarse (delito contra la fe) o huir volando? Se aumentan las torturas. Agatha, finalmente, confiesa pidiendo como única gracia la de no ser quemada. La corte decide concedérselo, debido a la evidente conversión que se ha producido. La ahogarán el 27 de febrero.

Salem (Massachussets), 1692. Una esclava de color, de nombre Tituba, acusada de haber invitado a una danza nocturna, con probables prácticas de vudú, a las muchachas de la región, confiesa su culpa y da los nombres de algunos notables del pueblo. Se desencadena una forma colectiva de histeria que llevará a la muerte a muchas personas, uniendo para el futuro el nombre de Salem a una forma de horror. [25]

 

Más leyendas de brujas en los Documentos de Apoyo

 

 

 


 

 


LAS BRUJAS VUELAN AL SABBAT

 

 

 

Brujas viajando al Sabbat, acompañadas de diversas criaturas diabólicas.

 

 

 Lamia, hacedora de maleficios, harpía, maga, hechicera, diabla, tarasca, invocadora de los demonios, adoradora de Satán, idólatra.

La nomenclatura es copiosa y su abundancia abarca perfectamente los dos ámbitos en juego: el de la superstición y el del delito contra la fe, pasando, casi imperceptiblemente, de uno a otro y dejando perplejo a quien se interne en la selva de los testimonios y de los acontecimientos. Por otra parte, lo que hace posible el confluir de estos dos ríos es la certidumbre de que las brujas existían. Lo que permitió a la Inquisición (pero antes que ella a los poderes políticos y eclesiásticos) intervenir para convertir, fue la conciencia de que era necesario desenmascararlas y defenderse de ellas.

Si se pudiese interrogar al hombre que vive la época entre el siglo XIV y el XVII, respondería sin duda alguna: sí, las brujas existen, viven entre nosotros. La respuesta afirmativa abarca a todas las clases sociales y a todas las categorías de personas: desde los pobres hasta los ricos y los nobles. Las brujas existen y realizan tantas operaciones y son tan terribles que sólo nombrar algunos de sus gestos puede dar origen a desventuras, si no se está suficientemente protegido. Su poder es grande, numerosa su secta y engañador su aspecto.

Tienen la propiedad de volar, de trasportarse y transportar a los otros, en el sueño y aun durante la vigilia, a lugares lejanísimos, en un abrir y cerrar de ojos. Algunas tienen el don de la metamorfosis: cambian su forma por la de animales, como gatos y de esa manera entran en las casas... [26]

Vicente Risco, al hablar de las meigas o brujas gallegas, dice: "Aunque yo no crea en ellas, habelas... hailas" (haberlas, las hay). Por si quedaban dudas, los inquisidores se encargaron de que las supersticiones maléficas fueran cosa de fe y reales al mismo tiempo. Todas las categorías de personas, desde la gente sencilla hasta los nobles, intelectuales, clero y teólogos, creyeron que las brujas existían y que, a través del pacto con el Diablo, poseían inmenso poder. Hay que estar precavidos para repeler sus hechizos, aunque sea un simple mal de ojo. La bruja hace el mal porque es esclava del mal por su libre elección, dicen los jueces del alma, los inquisidores. Había que luchar contra La conjura demoníaca [...] en la forma del Sabbat de las brujas.

La Iglesia, en su afán de tener el monopolio y control de la verdad y de los ritos mágicos, bajo el manto de proteger a los fieles para que no se aparten del sendero de la fe, demostró gran credulidad en el Diablo o Satán, lo que no deja de ser una herejía y una gran ignorancia de la psicología humana. La mayor parte de los casos eran problemas psicológicos, pero los enfocó todo desde una distorsionada y errada perspectiva religiosa y se dejó arrastrar por los prejuicios sexistas que, en mayor o menor grado, dependiendo de las épocas, siempre mantuvo.

La Iglesia además demostró una crueldad inusitada contra las desamparadas y, a veces, enfermas mujeres, dejando en entredicho, muy gravemente, su mensaje de paz y de amor, y cuestionando la credibilidad en ese Dios, en cuyo nombre tantos y tantos disparates se cometieron.

 

 


 

EL MINISTERIO DEL DIABLO

 

 

Aguarda que te unten de Goya.

Aplicación del unto mágico, aplicado a una cabra.

 

 

 Las religiones monoteístas, judías, cristianas y mahometanas, entronizaron la figura del maligno al que dieron nombre y características propias. Todas las calamidades posibles eran producto de sus malas artes y el pecado se debía a las tentaciones de Satanás, considerado enemigo no sólo del ser humano, sino del mismo Dios.

La Edad Media representó a Satán como un ser híbrido, un macho cabrío con rasgos humanos y perversos, que era reverenciado por brujos y brujas, considerados sus sacerdotes. Desde que existió el concepto del bien, existió el del mal, como el día y la noche, la luz y las tinieblas, Dios y el Diablo. Con estos conceptos ancestrales del dualismo maniqueo, la imaginación de los creyentes se pobló de supersticiones y el culto al Diablo se relacionó mágicamente con la brujería y la magia negra.

Sus ritos solían ser parodias de las ceremonias católicas, que se oficiaban siguiendo su ritual al revés, convirtiendo la misa negra en el ritual de mayor solemnidad del satanismo. Su simbología era utilizada en sentido contrario: la cruz se colocaba boca abajo, las oraciones se recitaban al revés, de final a principio y el nombre de Dios o de Jesucristo sería sustituido por el de Satán. La ornamentación sagrada, la casulla, por ejemplo, tendría bordados de inspiración satánica, como la efigie de un chivo.

Y para sus cruentos sacrificios, el oficiante, tras una máscara, vestía una gran capa con capucha de color negro o rojo y los textos eran de orientación diabólica. Una de las prácticas más habituales era celebrar el sacrificio sobre el cuerpo desnudo de una joven mujer que, colocada sobre una tarima; se convertía en el propio altar. A su derecha, se encendía el único cirio blanco permitido, que representaba la "hipocresía de los magos blancos" y a su izquierda, se encendía uno o más cirios negros, que representaban el poder de las tinieblas. En los cirios negros se quemaban los papeles escritos con bendiciones satánicas y en el blanco se quemaban las maldiciones; los cirios constituían la única luz del recinto. La cera de las velas provenía, bien de las sobras de un velatorio, bien de la grasa de un macho cabrío o de un hombre que hubiese sido ejecutado en la horca.

Los salmos alababan a Satán como Señor de los pecados, Dios del escándalo, benefactor de todos los crímenes. Veamos uno: ¡Oh, Satán!, ¡Dios de los ancestrales odios! Ven a nosotros y concede el deseo que ésta, tu postulante, te ruega.

Utilizan, también, pócimas mágicas para conseguir sus deseos.

 

 


 

EL PACTO DIABÓLICO DE FAUSTO

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Fausto, personaje semi-legendario que hizo un pacto con el diablo para alcanzar la sabiduría.

 

El pacto de Fausto está entre el mito y la realidad. Fausto fue un personaje real transformado por la leyenda en personaje mítico. Johannes Faust nació en Wurtemberg el año 1480 y fue educado en la Universidad de Ingolstadt. De privilegiada inteligencia, continuó sus estudios en Hidelberg a costa de un tío suyo que pagaba sus estudios pretendiendo que fuese religioso, vocación que él no tenía.

Conoció a Cornelius Agrippa, médico, estudioso de la cábala y de la magia, en virtud de las cuales realizaba, se decía, curaciones milagrosas que excedían los conocimientos normales de la medicina. Juntos viajaron a Praga, donde conocieron a Teofrasto Paracelso, cuyas ideas filosóficas eran parecidas a las que ellos cultivaban. Los tres juntos compartieron y estudiaron los conceptos esotéricos, las doctrinas prohibidas y las ciencias ocultas.

Fausto se convenció de las grandes posibilidades que tenía el ocultismo y entonces orientó su vida y estudios a desvelar los grandes misterios. Durante algún tiempo, Fausto se sintió atraído por Lutero y su Reforma. Se dice que por este encuentro, Lutero llegó un día a decir: -Necesito la ayuda de Dios para salvarme de los demonios que Fausto ha invocado contra mí.

Fausto admiraba la doctrina maniquea, estudiaba con ahínco la magia y la alquimia y enloquecía con los poderes del diablo en el que firmemente creía. Su criado y secretario comentaba, deformándolas, las doctrinas y prácticas de su patrón, al que calificaron de mago y adorador del Diablo.

A partir de la vida real de este hombre, de sus amigos y de las teorías que defendía, la Literatura engendró una serie de mitos, posiblemente originados en acontecimientos verídicos atribuidos a Fausto. Lo que sí obedecía a la realidad del tiempo en que vivió era el interés despertado por el ocultismo y los llamados pactos diabólicos. El librero Johann Spiesz, 1587, escribía:

... una noche de luna llena, Fausto se dirige al bosque de Spesser. En una encrucijada traza con su bastón en la tierra dos círculos concéntricos, se coloca en el medio y pronuncia unas palabras mágicas. Se oyen músicas y ruidos de espadas cuando, súbitamente, aparece una bestia parecida a un grifo, transportando una estrella de fuego que deja caer y en la caída no cesa de aumentar, hasta convertirse en una gran bola. De repente, una figura de contornos humanos, fundida en el fuego, comienza a girar en torno al círculo mágico. Desaparece y, en su lugar, aparece un monje que se aproxima a Fausto y le saluda. Marcan un encuentro para el día siguiente. (Hemmert y Roudene. Historia da magia, do ocultismo e das sociedades secretas.)

Fausto vuelve a iniciar el rito en su casa. El espíritu surge y el mago le propone un pacto, pero el enviado del infierno no puede tomar una decisión sin consultar al Príncipe de las tinieblas. Por tercera vez, Fausto invoca al espíritu, que se deja ver en forma humana y le exige la entrega de su cuerpo y de su alma para siempre. Pero no le basta su palabra, tendrá que hacer el juramento por escrito, un documento que sellará con su sangre. El pacto será válido por algunos años, durante los cuales el diablo cederá sus poderes a Fausto, cumplido ese tiempo volverá para apoderarse de él.

- ¿Cuál es tu nombre?

- Mefistófeles -respondió el diablo.

El documento firmado por Fausto, dice así:

Yo, doctor Joannes Faust, escribo con mi mano y reconozco públicamente que, después de haber especulado sobre los elementos con la ayuda de los dones que me fueron concedidos y no consiguiendo hallar en mi inteligencia el talento necesario para comprenderlos, me subordino al espíritu, llamado Mefistófeles,que me ha sido enviado y que es uno de los servidores del Príncipe infernal de Oriente. El mismo espíritu se compromete conmigo a ser sumiso y obediente. En contrapartida, le prometo que pasados 24 años, completados a partir de la fecha de este documento, el podrá disponer de mi persona, gobernarme, conducirme y comandarme de la forma que quiera; en cuerpo, alma, carne, sangre y bienes por toda la eternidad. Además reniego de todos los que viven en este mundo y de todo el ejército celestial. Para certificar la autenticidad del documento, lo escribí con mi mano y lo sellé con mi sangre, en plena posesión de mis sentidos, de mi cabeza, de mi inteligencia y de mi voluntad. El abajo firmante: Johannes Faust, hábil en la ciencia de los elementos y doctor en teología.

Muchos testigos de esa época afirmaron que el pacto existió y que, a partir de 1525, Fausto empezó a demostrar sus dones en público y a hacer uso de la riqueza que Mefistófeles le había concedido. El propio mago aseguraba haber visitado el infierno y que, a pesar de la violencia del fuego, no sufrió ninguna quemadura, ni siquiera sintió el calor de las llamas.

Un día, en Leipzig, cuando servía de cicerone a algunos estudiantes, vio a unos hombres que, evidentemente cansados, intentaban sacar de la bodega de Auerbach un tonel de vino. Fausto, acercándose a ellos preguntó en tono de burla:

-¿Por qué son necesarios tantos hombres para un trabajo que uno solo puede hacer?

Oyéndolo, lo que creyó una chacota, el dueño de la bodega se aproximó limpiándose las manos en el mandil.

-Ofrezco un tonel de vino a quien sea capaz de sacarlo de mi estacionamiento y rodarlo hasta la calle sin ayuda.

Fausto bajó a la húmeda bodega, se montó a horcajadas sobre un tonel y lo llevó a la calle, como si fueran caballo y caballero, ante el estupor de la gente que se había agrupado curiosa.

El desarrollo de esta escena quedó impreso para la posteridad en las paredes de la taberna. Los dibujos y las frases alegóricas inspiraron un día la pluma y el talento de un hombre que, seducido por el mito, escribió algunas de las páginas más bellas de la literatura alemana. Un hombre que también era un estudioso del ocultismo, la astrología y la magia: Johann Wolfgang van Goethe. De su mano aparece un Fausto insatisfecho, un héroe incomprendido que no le encuentra sentido a la vida, un intelectual que pasea con Mefistófeles y hace de la taberna de Auerbach el escenario del mundo. Este Fausto científico y pobre intenta suicidarse, pero es salvado por un coro de ángeles.

Con la ayuda del diablo, disuelta en el filtro de amor de una hechicera, con halagos y regalos, seduce a Margarita, una campesina a la que abandona cuando espera un hijo suyo. Más tarde, arrepentido, obliga a Mefistófeles a que le revele el paradero de la amada y éste le dice que se encuentra en la cárcel y va a ser ejecutada. Fausto quiere salvarla, pero no llega a tiempo. Margarita ha sido sacrificada y su alma inmortal asciende al cielo. Al final de una vida trascurrida entre hechiceras, mitos griegos, Emperadores y seres monstruosos, siempre en compañía personal o espiritual de Mefistófeles, Fausto muere. El diablo acude a apoderarse de su alma, como estaba pactado, pero de nuevo los ángeles intervienen impidiéndoselo. El espíritu de Fausto se encuentra finalmente con el de Margarita.

Una de las más descriptivas escenas es la de la asistencia de Fausto al sabbat de la noche de Walpurgis, en el que se reúne todo tipo de seres monstruosos para celebrar su fiesta.

Spiesz detalla los últimos momentos de la vida de su héroe... Los 24 años del pacto del doctor llegaban a su fin. El espíritu se le apareció y, enseñándole el documento, anunció que el diablo iría el día siguiente a buscar su cuerpo y su alma. Fausto invitó a sus mejores amigos a pasar la noche en su casa y mientras cenaban les confesó:

"Caros e íntimos amigos, os he convocado porque me conocéis desde hace muchos años que terminan esta noche. El reloj de arena, que tengo delante, me dice que esté preparado. Cuando se vacíe vendrá el diablo a buscarme. Os ruego, mis buenos y queridos señores, que brindéis conmigo en despedida y que saludéis amistosamente a todos los que guarden un buen recuerdo de mí. No os inquietéis por los gritos y ruidos que oigáis en la casa. No os ocurrirá nada malo, pero permaneced en vuestros lechos. Si encontráis mi cadáver, mandad que lo entierren. Tengo el alma acongojada por un verdadero arrepentimiento. Os deseo a todos una buena noche. La mía, ciertamente, será mala, dolorosa y terrible".

Todos los hombres se acercaron a abrazar al amigo, los ojos llenos de lágrimas y los rostros marcados por la tristeza. Durante la noche oyeron los gritos lacerantes de Fausto implorando socorro, silbidos y aullidos aterradores, pero nadie se levantó conforme habían prometido. Por la mañana entraron en el cuarto del amigo. Estaba lleno de sangre, una parte del cerebro estampada contra la pared, algunos huesos y dientes por el suelo. Encontraron el cuerpo fuera de la casa, junto a un estercolero. Mandaron enterrarle en la aldea, pero su ataúd desapareció y jamás fue encontrado. Decían que su fantasma se les aparecía a las gentes de las aldeas y ciudades donde vivió. En las noches de niebla, las personas evitaban mirar a través de las ventanas. El espíritu de Fausto vagaba arrepentido por las calles.

Aun cuando se pierda en las muchas leyendas que sobre él se han esparcido y que las evidencias de su paso por la vida se limiten a un pergamino, una bolsa y poco más, Fausto permanece desde hace casi 500 años en la memoria de muchos estudiosos, que de esa manera lo hacen eterno. [20]

 

 


 

PSEUDOALUMBRADOS Y SOLICITANTES

 

 

 

Joven bruja montando un macho cabrío, símbolo de la lascivia.

 

 

 

Que las tienen tan sujetas y rendidas en no hacer cosa, aunque sea pía y santa, sin su licencia y mandado; y tácita o expresamente les dicen que les den la obediencia y las castigan cuando los desobedecen. Álvaro Huerga.

Junto a los alumbrados propiamente dichos, aparecieron otros tipos religiosos oscuros y sin escrúpulos, que, en el sacramento de la penitencia y bajo la autoridad de falsos arrebatos místico-extáticos, solicitaban a sus feligresas contacto carnal o sexo. Era la solicitación de aquellos falsos alumbrados y oportunistas embaucadores, de ética muy degradada. Algunas veces, sobre todo los alumbrados de Extremadura y Andalucía, mezclaban doctrinas heterodoxas con raptos místico-sensuales, presencias diabólicas y delirios escatológicos, embrollando lo herético con depravaciones morales.

En el acto del proceso inquisitorial contra el religioso Juan de Villalpando se lee: En el acto de la confesión babeaba a las mugeres en el rostro y ponía las manos en los pechos y partes ocultas, diziendo que por allí avía de entrar el espíritu y que aquello era lo mejor para estar en gracia...

La solicitación era una práctica generalizada, como lo demuestra el Edicto de Gracia, promulgado, en 1623, por el Inquisidor General Andrés Pacheco, en el que se mencionan múltiples maneras que el confesor utiliza para conseguir favores sexuales de sus penitentes. Estos Edictos, al conocerse las prácticas obscenas de estos religiosos desvergonzados, produjeron el consabido escándalo. Para justificar sus abusos sexuales y vencer los lógicos escrúpulos de las penitentes, estos religiosos inventaban doctrinas falsas, dándoles a entender y diciendo que aquellos tocamientos no eran pecado, que lo hacían para alegrarlas, consolarlas y ayudarlas. Para sojuzgar y humillar a las mujeres a través del confesionario, confiesan a las discípulas en lugares secretos retirándose siempre de los templos y yglesias parrochiales donde concurre el pueblo cristiano.... Las discípulas eran las beatas alumbradas.

¿Quién podía conocer mejor que ellos las debilidades de estas mujeres penitentes, que estaban obligadas, según mandaban los catecismos, a desvelar los más recónditos secretos de su interioridad erótica, de sus deseos carnales y de sus remordimientos? Además, estos confesores aprovechaban el discurso sobre el sexto mandamiento, tema fundamental en la confesión, para provocar, con sus preguntas, tentaciones sensuales en las penitentes. Incluso, el confesor podía enseñar, con sus preguntas indecorosas, nuevos pecados y nuevas pasiones eróticas. A estas mujeres, que buscaban en la penitencia la exculpación y la liberación de culpas, se les ofrecían remedios y formulas que, lejos de brindarles el sosiego interno, las hundían más en un piélago de zozobras, dudas y miedos. Era una triste paradoja que este santo sacramento las manchara con nuevos pecados de carácter sacrílego. A muchas de ellas, sin duda, el confesor fue el que por primera vez las indujo a ciertas prácticas sexuales, lo que explica algunos de sus comportamientos.

Era clamor generalizado la necesidad de una reforma drástica de la moralidad de gran parte del clero. Las relaciones ilícitas entre clérigos y mujeres, amancebamiento, era un escándalo que no podía seguir. Como expone muy bien Adelina Sarrión Mora en su libro Sexualidad y Confesión, "a mediados del siglo XVI, cuando los reformadores protestantes atacaban la doctrina sacramental de la Iglesia y alegaban que era una invención de los clérigos para explotar a los fieles, la jerarquía católica se propuso como objetivo limpiar de toda sospecha los sacramentos. Dada la importancia que adquirió la penitencia, la solicitación en confesión se convirtió en un delito muy especial". Pero esta lucha contra los religiosos solicitantes presentó características muy peculiares que aquí no podemos analizar de forma exhaustiva, pero que obligó a la Inquisición a ir adaptando sus métodos de control según las diversas circunstancias. Entre algunos de estos religiosos solicitantes, acaparadores de beatas, se estableció una sorda pugna por mantener en su redil a las víctimas y evitar que cayeran bajo la influencia seductora de otro rival amoroso. Incluso se produjeron delaciones entre estos confesores donjuanescos. [27]

La Iglesia, a pesar de ser consciente de la problemática del celibato, siguió impertérrita con sus normas que establecían tal práctica que, además de ser antinatural, no ha sido observada ni respetada por la mayoría del clero en las distintas épocas de la historia. Es una más de las hipocresías eclesiales, generadoras de patologías clericales y de vejaciones y humillaciones a los penitentes confundidos e ignorantes. La Iglesia se atenaza a sí misma, ella quiere claridad en la confesión de boca, y si no está claro, concede que el célibe ayude a clarificar todos los mandamientos, con especial énfasis en el sexto. Y así surge el enredo previsible. No es de extrañar que los reformadores dijeran claramente que la confesión era "una invención de los clérigos para explotar a los fieles".

Cristóbal Chamizo, el más mozo del grupo y el más lujurioso, quitó sus virginidades a muchas ingenuas beatas, diciéndoles que no era pecado y que las absolvería de todo. "Y estuvo una noche acostado con tres beatas"; además, les decía que "si se sintiesen preñadas le avisasen, que él les daría con qué echasen las criaturas; y que si hubiesen de casarse, les daría con qué pareciese que estaban con su virginidad, y habiéndole pedido una de las beatas este remedio, después de hecho y aplicado, volvió a tener cuenta con ella, diciendo que él quería probar que era verdad". Usaba "hechizos y encantamientos" y "no quería confesar sino a las mozas" y obligaba a "las tales beatas que le prestasen obediencia" y "prohibirles que se confesasen con otro". [28]

 


Tu opinión en el Libro de Visitas

DESPLIEGUE DE LA INQUISICIÓN

 

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"Initium sapientiae, timor Domini" (Proverbios I, 7): El inicio de la sabiduría es el temor del Señor. El miedo es el más útil de los frenos y la Inquisición, del latín inquisitio - "investigar"-, era un tribunal diseñado para infundir miedo y crear terror en los creyentes, según la opinión de los expertos en el tema. Y no se dejaba nada a la improvisación; los Manuales establecían todos los detalles del procedimiento en los métodos y en las técnicas, que el inquisidor debía de seguir en su misión de erradicar la herejía.

Veremos distintos pasos y procedimientos de este tribunal, desde la incoación del proceso hasta su desenlace que solía ser la hoguera: La denuncia, el período de gracia, procedimientos para interrogar, la tortura, sanbenitos, autos de fe, torturas, cárceles y otros.

 

 


 

EL PROCEDIMIENTO INQUISITORIAL. PRIMEROS MANUALES.

 

 

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Manual de inquisidores, Directorium inquisitorum,

de Fray Nicolás Eymeric, 1376, inquisidor general del Reino de Aragón.

El Manual codifica las prácticas y las argumentaciones, tanto teológicas como ideológicas, que justificaban la existencia este aparato represor de la Iglesia.

 

 

Los procedimientos de la Inquisición estaban perfectamente estructurados en libros preparados con ese propósito. Uno de los primeros libros de cabecera de los inquisidores fue el Directorium Inquisitorum (Manual de Inquisidores) de Fray Nicolás Eymeric, escrito hacia 1376 en Aviñón, por este dominico catalán nacido en Gerona en 1322. Es un tratado que recopila las leyes y normas inquisitoriales vigentes que todo inquisidor debe saber y practicar en el correcto uso de sus funciones. Fray Nicolás había sido un polémico inquisidor que persiguió con extremo rigor a los seguidores de las doctrinas de Ramón Llull, por lo que se enemistó con Pedro el Ceremonioso, quien ordenó que fuese expulsado de Gerona en 1375. Después lo sería por Juan I de Aragón, pero gozó de los favores de los Papas Clemente VII y Benedicto VIII.

El Manual de Inquisidores de Eymeric es una síntesis de la documentación existente hasta ese momento; en ella, se amparaba y justificaba la estructura del aparato represor de la Iglesia y se codificaba todo para el ulterior uso de los inquisidores. Todo un montaje jurídico, reeditado muchas veces, para erradicar la peste de la herejía.

Anteriormente, entre 1244 y 1254, en el Languedoc, cuatro frailes dominicos habían redactado otro manujal. También fue famoso, el manual de Bernardo Gui Practica inquisitionis hereticae pravitatis, redactado hacia 1320, y, entre los formularios indispensables, está la colección de los Decretales, establecidos por Raimon de Penyafort en 1230, por orden del Papa Gregorio IX.

Un siglo más tarde asistiremos al nacimiento de la joya de la Inquisición arriba comentada: el Malleus Maleficarum.

Ante los resultados de tales procedimientos no suenan vacías la palabras de Samuel Usque cuando habla de la Inquisición en el siglo XVI:... un monstruo salvaje, de forma tan extraña y tan terrible semblante, que toda Europa tiembla con la sola mención de su nombre.

La verdad os hará libres, había dicho Jesús en Juan 8,32. La libertad que aportan estos procedimientos no se ve por ninguna parte. Más bien se puede hablar de mentira y esclavitud.

 

 

 


 

EL PERÍODO DE GRACIA

 

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Comitivas de la Santa Inquisición.

Recibimiento del Inquisidor, acompañado por los familiares (colaboradores).

Su bandera desplegada con repique de tambor y el pueblo expectante.

 

Antes de la llegada del Inquisidor con el séquito de sus familiares (colaboradores), se notificaba oficialmente la presencia y sermón del Inquisidor en el templo principal de la ciudad a todas las autoridades pertinentes y en todas las iglesias de la comarca.

Llegado el día y la hora, el templo estaba abarrotado, no cabía una persona más. La tensión y la ansiedad de los feligreses se hacían notar. Iniciada la santa misa, hechas las correspondientes lecturas litúrgicas, epístola y evangelio, el dominico inquisidor, investido con los sagrados ornamentos, sabedor de su papel de delegado Papal -todos los demás asistentes, obispo, sacerdotes, poderes públicos, señores y vasallos, estaban bajo su poder y autoridad-, se prepara para la homilía. Él, de humilde cuna, sólo poseedor de algunos conocimientos de la Filosofía escolástica, de algunos cánones y poco de Teología, inicia el ascenso por la escalinata del púlpito, empavonado de poder y prepotencia, consciente de que, en calidad de juez plenipotenciario, la vida de aquellos pobres seres humanos, que con reverencia y temor estaban esperando su doctrina y sus amenazas, estaba en sus manos.

Inicia la homilía en nombre del Papa y, con engolada voz, proclama:

Dios, para salvarnos de nuestros pecados, envió a nuestro Señor Jesucristo, que padeció por nosotros tormento en la cruz. Dios no perdonó a su propio Hijo, lo inmoló por nuestra Redención y Salvación. En su amoroso decreto, Jesús había predicado la Buena Nueva, el amor y la comprensión entre los hombres. Jesús es el buen pastor. Les aseguro que el que no entra por la puerta al redil de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor del rebaño. El cuidador le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las conduce al pasto, caminando delante de ellas y ellas lo siguen, porque reconocen su voz. A un extraño no lo siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños.

La voz del inquisidor es pausada, tranquilizadora, y prosigue:

Jesús dijo: Les aseguro que yo soy la puerta del rebaño. Todos los que vinieron antes de mí eran ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta, quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia.

El silencio es sepulcral, ni se oye el respirar de aquella pobre gente que abarrota el templo.

Yo soy la vid verdadera, dice Jesús y mi Padre es el viñador. Él corta los sarmientos que en mí no dan fruto; los que dan fruto los poda para que den aún más.

Jesús, nuestro maestro y salvador, para hacerse entender por sus discípulos usa parábolas: El reino de los cielos es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. Pero, mientras la gente dormía, uno de sus enemigos sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando el tallo brotó y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Fueron entonces los sirvientes y le dijeron al dueño: Señor, ¿no sembraste semillas buenas en el campo? ¿De dónde le viene la cizaña? Les contestó: Un enemigo lo ha hecho; le dijeron los sirvientes: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Les contestó: No, porque, al arrancarla, van a sacar con ella el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha. Cuando llegue el momento, diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y en atados échenla al fuego; luego recojan el trigo y guárdenlo en mi granero.

Otra de las parábolas, traída por el inquisidor, es el banquete de bodas.

Uno de los invitados, al oírlo, dijo: -¡Dichoso el que se sienta al banquete del reino de Dios! Jesús le contestó:

Un hombre daba un gran banquete, al que invitó a muchos. Hacia la hora del banquete envió a su sirviente a decir a los invitados: Venid ya todo está preparado. Pero todos, uno tras otro se fueron disculpando.

El primero dijo: He comprado un terreno y tengo que ir a examinarlo; te ruego me disculpes.

El segundo dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego me disculpes.

El tercero dijo: Me acabo de casar y no puedo ir.

El sirviente volvió a informar al dueño de casa.

Éste, irritado, dijo al sirviente: Sal rápido a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a pobres, mancos, ciegos y cojos.

Regresó el sirviente y le dijo: Señor, se ha hecho lo que ordenaste y todavía sobra lugar.

El Señor dijo al sirviente: Ve a los caminos y veredas y oblígalos a entrar hasta que se llene la casa. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi banquete.

El inquisidor, elevando la voz, continuó:

"Compelle eos intrare", oblígalos a entrar. Tenemos potestad para obligar a entrar en la Iglesia y, una vez dentro, obligar a que nadie se salga; ésa es la voluntad del Señor.

Fuera de la Iglesia no hay salvación, "Extra Ecclesiam nulla salus". Dios delegó en nuestra santa, católica y apostólica Iglesia la misión y la obligación de completar la labor redentora de nuestro Señor. Somos sus enviados, somos sus apóstoles.

El inquisidor hizo una pausa y respiró profundo. Elevando la voz, tronó desde el púlpito:

A nuestros oídos han llegado rumores de que entre vosotros hay lobos rapaces, sarmientos secos, sembradores de cizaña en el campo del Señor.

E hizo un silencio. Un frío miedo recorrió todos los bancos y espacios sagrados. Los asistentes bajaron sus cabezas y se pusieron a temblar. El orador sagrado, férreamente agarrado al púlpito, utilizando todos sus bien estudiados registros de la oratoria, conocedor de lo sugestionable de las masas y del gran peso que sobre ellas ejerce lo divino, con grave y potente voz prosigue:

Hay herejes en este rebaño, personas pestíferas, prevaricadores de la herética pravedad. San Jerónimo nos recuerda cómo Arrio no fue a tiempo reprimido en Alejandría y por eso sus errores se extendieron "per totum orbem", por todo el orbe. La herejía es carne podrida, oveja sarnosa que contagia a todo el rebaño; debe ser detectada, cortada, separada de la grey, para que el rebaño no sufra el mal. San Pablo, en su epístola a Tito, dice: "Al sectario, después de dos amonestaciones, rehúyele, sabes que semejante individuo está pervertido y sigue pecando y él mismo se condena".

La Inquisición representa la salvaguarda de la ortodoxia; el que a ella se oponga a la ortodoxia se opone. Vosotros corréis peligro, peligro de grave infección. La herejía es un crimen de lesa majestad, porque es a Dios a quien se ofende; es el peor de los crímenes, merecedor de los peores castigos, pero Dios misericordioso quiere daros una oportunidad en este período de gracia, podéis, ante nos, exponer vuestro error, con la certeza de que seréis tratados con toda indulgencia, si os arrepentís y prometéis no reincidir en el error.

La homilía concluye con una invitación que no deja duda:

Comprendiendo el valor de las cosas que acabamos de tratar, cada uno sepa que, si ha llegado a conocer palabras o actos contra la fe, es llamado a revelarlo al inquisidor. Ninguno piense que denunciar a amigos o vecinos sea una vergüenza. Más bien debe considerarse un gesto de maravillosa obediencia a la ley de Jesús nuestro Señor. Por eso, evitando toda confusión, escúchese bien lo que leerá el notario.

En la catedral, el silencio es absoluto. El notario sube al púlpito, donde se coloca al lado del padre Inquisidor y, desenrollando a su vez un pergamino, deja oír y oírse solemnemente su propia voz:

Nosotros, Fray Nicolás, dominico, inquisidor delegado de la Sede apostólica en estos territorios [...], habiendo sabido que las serpientes de la herejía quieren difundir su veneno en esta comarca, que los herejes quieren devastaros las almas como los zorros devastan las viñas del Señor de los ejércitos, blasfemando contra el Dios de los dioses y Señor de los Señores. Nosotros, cuyas vísceras se estremecen de miedo y disgusto, ante la idea de que el veneno de la herejía haya envenenado muchas almas. Nosotros, con la autoridad del Papa, de la que estamos investidos, en virtud de la santa obediencia y so pena de excomunión, ordenamos y establecemos a todos y cada uno, laicos, miembros del clero secular y del clero regular, que vivan en los confines de esta ciudad y en un radio de cuatro millas fuera de las murallas, que en seis días a partir de hoy, nos digan si han sabido o escuchado decir que tal persona es hereje, conocida como hereje, sospechosa de herejía o hable contra tal o cual artículo de fe o contra los sacramentos o no se comporte como los otros o evite el contacto con los creyentes o invoque demonios o les rinda culto.

El notario enrosca el pergamino con la ordenanza y se va, acompañado por el leve murmullo que recorre la multitud. Pero no hay tiempo para el menor comentario; nuevamente el inquisidor toma la palabra y acosa.

Cualquiera-¡Dios no lo quiera!-que no se pliegue a nuestra orden de delación y descuide de esta manera la salvación de su propia alma, sepa que es sometido a excomunión. Quien en vez de ello nos ayude a cumplir nuestra tarea podrá gozar de tres años de indulgencia. El notario, que os ha leído estas últimas palabras, acaba de ganar a su vez tres años de indulgencia. Sed obedientes, pues y no perdáis la ocasión de aprovechar las indulgencias. [29]

Si pasado este tiempo del periodo de gracia "Edicto de gracia", las esperadas delaciones no se llevan a cabo, procederemos a proclamar el "Edicto de fe", por el cual ordenaríamos a todos los cristianos de esta comarca, bajo pena de excomunión, a que acusen y delaten a todos los sospechosos de herejía ya sean padres, hermanos, hijos, parientes o amigos; nadie podrá ser excluido. La obligación de limpiar de herejes la comunidad, está por encima de todo parentesco y de toda afinidad. Os recuerdo que se trata de una excomunión de la que sólo su santidad el Papa, o yo, como inquisidor, os podemos levantar.

Abrimos el Edicto de gracia. Que la paz y la gracia del Señor estén con todos vosotros.

 

Los cristianos, atemorizados y aterrados tras el chaparrón que se les vino encima, una vez terminada la misa, abandonan el templo.

Si el sólo nombre de la Inquisición aterraba, cuánto más cuando la espada de Damocles estaba amenazante sobre cada una de sus cabezas. Cualquiera podía ser delatado por cualquier insignificancia si era considerada sospechosa de herejía por cualquiera de los ciudadanos aprensivos y atemorizados, incluso por sus familiares. Esa noche pocos pudieron reconciliar el sueño reparador, todos se sentían presos de grave peligro, el enemigo podía estar en la propia casa o dormir en la misma cama. La plaga represiva había tocado a sus puertas en nombre de Dios. El edicto era un escrito público de la Inquisición. Había varios tipos de edictos:

Edicto de gracia, que se publicaba con la promesa de perdonar a todos los que voluntariamente se acusaran como herejes arrepentidos, a los que se absolvía sin penitencia pública.

Edicto de fe, que si la persona no se presentaba voluntariamente para confesar su pecado de herejía, los demás fieles, que podían ser el padre, un hermano, el esposo, un hijo, un familiar, un amigo, tenían la obligación de delatar al sospechoso de herejía a los inquisidores, bajo pena de excomunión.

Edicto de delaciones, que se leía un domingo de cuaresma, todo los años, obligando a los creyentes, en un plazo de seis días, a delatar al Santo Oficio a toda persona sospechosa de haber incurrido en herejía.

Edicto de los anatemas, que se celebraba ocho días más tarde que el de delaciones, también una vez al año y él se amenazaba con la excomunión a todo creyente que no hubiera delatado a un hereje o sospechoso de serlo.

Edicto emplazador, que era el destinado a las personas fugadas o ausentes, a las que se les había incoado un proceso, emplazándolas a comparecer personalmente ante los inquisidores en un determinado plazo de tiempo, de lo contrario sería reputado como hereje convicto, pertinaz e impenitente.

 


 

LA DENUNCIA

 

 

 

 

Igual en España que en Alemania al blasfemo le cortaban la lengua antes de quemarlo.

Grabado alemán.

Biblioteca Nacional de Madrid.

 

 

Pasado el plazo de gracia, el hereje se exponía a caer en las garras de la Inquisición si era objeto de acusación, delación o inquisición. La diferencia entre acusación y delación era tan sutil como importante: acusar a un hereje implicaba no sólo una acusación formal sino también personalizada. Es decir, el acusador no sólo tenía que estar seguro de los cargos que aducía sino también del juicio que le merecían los acusados. Si incurría en error, la equivocación le costaba caro: se le aplicaba la ley del Talión y sufría el castigo que se hubiera aplicado al acusado. Sin embargo, cuando se trababa de una delación no había ningún peligro para el denunciante que se limitaba a comunicar al Inquisidor simples informes y, a veces, ni eso, sólo sospechas. Era el Santo Oficio quien tenía que decidir si merecía la pena llevar a juicio al sospechoso.

Es fácilmente comprensible que, en tales circunstancias, escasearan las acusaciones y llovieran las delaciones. Más aún, la acusación brilló pronto por su ausencia y la ley del Talión no se aplicó más que a quienes a ciencia y conciencia habían suministrado a la Inquisición informes erróneos, con el único y deliberado propósito de dañar a alguien. La base que sustentó el edificio inquisitorial fue la delación. [30]

Los confesores, al escuchar los pecados y los problemas de conciencia de los creyentes convencidos, que temían por la salvación de sus almas, cuando se trataba de sospechas de herejía, les obligaban a que delatasen ante la Inquisición a los sospechosos heréticos, aunque fuesen familiares íntimos. Si se negaban a ello, no recibían la absolución. Por lo tanto los confesores siempre fueron agentes colaboradores de la delación. El creyente, envuelto en las redes inquisitoriales, tenía muy pocas posibilidades de evadirlas. Las penas canónicas, como la excomunión, constituían insoportables cargas sobre sus conciencias atribuladas, porque los excluían de la Iglesia y, por lo tanto, los sentenciaban a la condenación de un eterno infierno, en el que firmemente creían.

Se cuenta el caso de una anciana enferma cátara que esperaba la visita del Perfecto para su consuelo espiritual en el momento de su muerte. Enterados de ello los frailes, uno se disfrazó de Perfecto y, una vez obtenida la evidencia de que era cátara, la juzgaron y la condenaron a morir en la hoguera, a pesar de su edad y de su estado de salud.

Los cristianos, por el simple hecho de serlo, tuvieron que ejercer funciones inquisitoriales al tener que delatar y denunciar al sospechoso de herejía, fuese padre, hermano, hijo o pariente, como han sido los incontables y tristes casos en que esto sucedió. El padre Fray Juan Iriarte, por ejemplo, religioso dominico, denunció a sus hermanos, don Tomás y don Bernardo, con los que solía discutir de temas religiosos, de haber incurrido en herejía; esto les originó un complejo y largo proceso con graves consecuencias.

Es un claro exponente de la inmensa carga que los Inquisidores, en su celo por encontrar herejes, ponían sobre las conciencias de los creyentes, lo que constituía una clara alienación de las mentes. El cristiano no disfrutaba del derecho de no auto incriminarse; por el contrario, tenía la obligación, bajo graves penas canónicas como la ex comunión, de auto delatarse y delatar a los demás. Los tribunales inquisitoriales se mueven a partir de una visión jurídica basada en la presunción de culpabilidad, no de inocencia, como sucede hoy día. La Inquisición entraba directamente en la privacidad de la conciencia ya que el pensar y el desear constituían materia de delito cuando eran contrarios a la ortodoxia, a las costumbres y a los ritos establecidos por la Iglesia.

Todos los sospechosos eran perseguidos y la menor sospecha daba origen a una profunda investigación: Los sospechosos, por lo tanto inculpados, eran convocados mediante una citación escrita o por el mismo párroco del lugar; éste tenía la obligación, acompañado de testigos, de presentarse en la casa del inculpado y presentarle la citación. Lo normal es que la citación fuese única, ‘perentoria’, pero en caso de que existiesen problemas, podría ser de hasta tres veces consecutivas. La negativa a comparecer exponía al acusado a ser considerado contumaz e incurría en excomunión. Cuando el arresto del inculpado conllevaba peligro, o cuando se evadía, los inquisidores pedían ayuda a los poderes civiles para que fuesen ellos los encargados del arresto.

La Inquisición tomaba en consideración todas las denuncias, incluso las anónimas. El delator debía, tras prestar juramento de decir verdad, exponer los hechos que motivaban su acusación e indicar los nombres de las personas susceptibles de confirmar el carácter herético del sospechoso. También a éstos se les tomaba declaración y junto con la del primer testigo se constituía el sumario (información sumaria o instrucción preparatoria) sobre el que los inquisidores se basaban para pronunciar la calificación, es decir, declarar oficialmente si los hechos alegados por el denunciante y confirmados por los testigos entraban o no dentro del terreno de la herejía.

Ahora bien, lo grave del asunto era que a los testigos no se les pedía que confirmaran o invalidaran el testimonio del delator sino únicamente que declararan "si no habían visto u oído nada que les pareciera contrario a la fe católica o a los derechos de la Inquisición" sin que fueran informados de la identidad del acusado. Astuta manera de obtener una multiplicidad de informaciones a partir de una sola denuncia. Con el tiempo el sistema se perfeccionará más aún y cuando un tribunal decida –a la vista la instrucción preliminar-incoar un proceso, hará llegar a los demás tribunales una circular pidiendo la revista de Registros, es decir, todas las informaciones que obren en los respectivos archivos y que puedan añadirse al pliego de cargos contra el acusado.[31]

 


 

 

CÓMO INTERROGABA LA INQUISICIÓN

 

 

 

Sala del tribunal de la Inquisición. El temido interrogatorio inquisitorial.

Presidido por un gran Cristo. A a la derecha está el reo, el fiscal, en el centro con su vestimenta eclesiástica, y a la izquierda el escribano tomando notas.

Grabado de la Biblioteca Nacional, Madrid.

 

 

Se partía de la hipótesis gratuita de que el sospechoso de herejía era hábil y astuto, y que sin duda intentaría engañar al religioso que le interrogaba retorciendo las respuestas a las preguntas que los inquisidores le hiciesen, para así poder ocultar su delito. Para hacer que sus respuestas fueran las adecuadas y las satisfactorias, con la finalidad de desorientar al interrogador, Eymeric presenta diez tretas, trucos o astucias que el hereje utiliza normalmente:

- La primera es el equívoco; así, cuando les preguntan del cuerpo real de Jesucristo, responden ellos del místico, o si les preguntan: ¿Es esto el cuerpo de Jesucristo?, dicen sí, significando por esto su propio cuerpo, o una piedra inmediata, en cuanto todos los cuerpos que el mundo contiene son de Dios y por lo tanto de Jesucristo, que es Dios. Si les dicen: ¿Crees que Jesucristo nació de la Virgen? Responden: Finalmente, queriendo decir que persisten firmemente en su herejía.

- La segunda treta de que se valen es la adición de una condición implícita, la restricción mental. Cuando les preguntan: ¿Creéis en la resurrección de la carne?, responden: Sí, si Dios quiere y suponen que no quiere Dios que crean en este misterio.

- La tercera es retorcer la pregunta, de suerte que cuando uno les dice: ¿Creéis que sea pecado la usura?, responden: Pues ¿y vos lo creéis? Cuando se les responde: Creemos, como todo católico o cristiano, que es pecado la usura, replican ellos: También nosotros lo creemos así, esto es, que vos lo creéis.

- La cuarta es responder como escandalizados; les dicen: ¿Creéis que tomó la carne Jesucristo en las entrañas de la Virgen?, dicen ellos: ¡Dios mío!, ¿a qué me hacéis esas preguntas? ¿Soy a caso yo judío? ¡Soy cristiano!... y creo todo cuanto cree todo fiel cristiano... sin precisar.

- La quinta es usar con frecuencia de tergiversaciones, respondiendo a lo que no les preguntan y no contestando a lo que se les pregunta.

- La sexta astucia es eludir la contestación. Si les preguntan: ¿Creéis que estaba vivo Jesucristo cuando su costado fue traspasado con una lanza en la cruz?, responden: Sobre este punto he oído varias opiniones, no menos que sobre la visión beatífica. Señores: ustedes traen la gente alborotada con esas disputas. Díganos, por amor de Dios, qué es lo que hemos de creer, porque no quisiera errar en la fe.

- La séptima es hacer su propia apología. Cuando les hacen preguntas sobre algún artículo de fe, responden: Padre yo soy un pobre ignorante, que creo en Dios llanamente y no entiendo esas sutilezas que me preguntáis; fácilmente me hará caer en el lazo; por amor de Dios, que se deje de esas cuestiones.

- La octava astucia de los herejes es fingir vahídos cuando se ven apurados con las preguntas. Pretextan que les duele la cabeza y que no se pueden tener en pie y pidiendo que se suspenda la declaración se meten en la alcoba, para pensar en lo que han de responder. De esta treta se valen especialmente cuando ven que les van a dar tormentos diciendo que son muy débiles y perderán en él la vida y las mujeres protestan achaques propios de su sexo, para dilatar la tortura y engañar a los inquisidores.

- La novena treta es fingirse locos.

- La décima, afectar modestia en el vestido, en el semblante y en todas sus acciones.

 

Para contrarrestar esa picaresca, Eymeric propone a los inquisidores otras medidas, igualmente hábiles y preparadas, para hacerles caer en la confesión, pagando a los herejes con la misma moneda. Las principales artes que deberá usar el inquisidor contra los herejes son las siguientes:

- Lo primero los apremiará con repetidas preguntas a que respondan sin ambages y categóricamente a las cuestiones que se les hicieren.

- Lo segundo, si presumiere el inquisidor que está resuelto el reo aprehendido a no declarar su delito (cosa que antes de tomarle declaraciones averigua ya por el alcaide o ya por espías encubiertos que le han tanteado), le hablará con mucha blandura, dándole a entender que ya lo sabe todo y diciéndole estas o semejantes razones: Mira, hijo mío, te tengo mucha lástima; han engañado tu candor y te pierdes miserablemente. Sin duda has errado, pero más culpa tiene que tú el que te engañó; no te cargues de pecados ajenos, ni quieras hacer de maestro siendo discípulo; confiésame la verdad, pues ves que todo lo sé, para conservar tu buena fama y que te pueda yo poner cuanto antes en libertad, perdonarte y que te vuelvas en paz a tu casa; dime quién fue el que te engañó cuando vivías inocente. Así le ha de hablar el inquisidor, pagándole con buenas palabras (bona verba), sin inmutarse nunca, suponiendo que el hecho es cierto, sin tomarle declaración más que sobre la circunstancias.

Como se ve, la argucia de emplear alternativamente el tono amable y el duro en la esfera policial es mucho más antigua de lo que imaginábamos. Igualmente ocurre con el truco, que creíamos invención de la Gestapo alemana o la GPU soviética, de fingir tener ya pruebas escritas del delito del que se le acusa. Veamos ahora la tercera treta.

- Cuando las declaraciones de los testigos contra el hereje no constituyen plena probanza, pero presentan vehementes indicios y él continúa negativo, le hará comparecer el inquisidor y le preguntará cosas vagas y, cuando negare el acusado cualquier cosa, hojeará el juez los autos donde están los interrogatorios anteriores, diciendo: Está claro que no declaráis verdad, no disimuléis más. De este modo el reo se cree convicto y piensa que hay en los autos pruebas contra él.

También puede el inquisidor hojear un legajo cualquiera y, cuando niegue el reo alguna cosa, fingir que se pasma, diciendo: ¿Cómo podéis negar una cosa semejante, siendo tanta verdad? Leerá luego su papel, volviendo las hojas y añadirá: ¿No lo decía yo? Confesad la verdad.

Mas en todo esto ha de huir el inquisidor de explicar circunstancias por donde pueda sospechar el acusado que no sabe nada y no salir de términos generales.

 

Sabiendo que una de las máximas angustias del prisionero es no saber cuánto durará su cárcel, Eymeric aconsejó mantener el suspenso sobre el tema:

- Lo cuarto, si se empeña el reo en negar el delito, le dirá el inquisidor que va a hacer un viaje muy largo y no sabe cuándo será la vuelta, que siente infinito verse obligado a dejarle preso, siendo su mayor deseo saber de su boca la verdad para despacharle y concluir su causa, pero que estando empeñado en no confesar, tendrá que quedarse en la cárcel hasta que él vuelva, lo cual le da mucha compasión, por ser el reo de complexión delicada, que sin duda caerá malo.

Y desde luego, insistir una y otra vez en las preguntas sin dejarle respirar...

- Lo quinto, si sigue negativo el reo, multiplicará el inquisidor interrogatorios y preguntas y entonces o confesará aquél, o variará en sus preguntas. Si variare, basta para darle tormento el dictamen de peritos y los indicios anteriores y así se le apremiará a decir verdad, puesto que no se han de multiplicar las preguntas cuando no se manifestare muy reticente el reo, porque cuando son muy frecuentes las declaraciones sobre un mismo asunto y en distintas épocas, es muy fácil hacer que varíen las respuestas y todo el mundo puede caer en el lazo.

 

La sexta treta llega al colmo del cinismo. Tras halagar al reo, el inquisidor le prometerá el perdón, sabiendo que no lo va a cumplir, pero amparándose en el increíble argumento de que "todo es perdón y las penitencias son favores y remedios".

Si persiste el reo en la negativa, le podrá el inquisidor hablar con blandura y tratarle con menos rigor en cuanto a la comida y bebida, haciendo que le vayan gente a visitar, que hablen con él, le inspiren confianza; y le aconsejen que confiese, prometiéndole que le perdonará el inquisidor y que ellos se empeñarán en su favor. También podrá el inquisidor dar palabra al reo de que le perdonará y perdonarle en efecto (porque en la conversión de los herejes todo es perdón y las penitencias son favores y remedios). Así, cuando el reo pida perdón para confesar su delito, se le responderá en términos generales que más se hará con él de lo que pudiera desear, de manera que se averigüe la verdad y se convierta al hereje, salvándose a lo menos su alma.

La sugerencia es tan grave que el mismo Eymeric se pregunta hasta qué punto es lícito engañar así al ser humano, pero, apoyándose en autores de la misma calaña, se contesta a sí mismo afirmativamente.

Puede preguntarse, acerca de la palabra dada por el inquisidor al reo de usar con él de misericordia, perdonándole si confiesa su delito; lo primero, si puede lícitamente el inquisidor usar de esta treta para averiguar la verdad y lo segundo, si, dada la palabra, está obligado a cumplirla. La primera cuestión la falla el doctor Jerónimo Cuchalon aprobando este disimulo en el inquisidor y justificándolo con el ejemplo de Salomón, cuando juzgó las dos mujeres. Bien que Julio Claró y otros jurisconsultos desaprueban esta ficción en foro ordinario, creo que se puede usar en los tribunales de Inquisición y la razón de esta diferencia es que un inquisidor tiene facultades mucho más amplias que los demás jueces, pudiendo a su antojo dispensar de las penas penitenciales y canónicas. De suerte que como no prometa al reo impunidad total le puede dar palabra de perdonarle y cumplir su palabra disminuyendo algo de dichas penas canónicas, las cuales dependen enteramente de él. Acerca de la segunda cuestión hay dos opiniones opuestas. Sienten muchos y graves doctores que el inquisidor que prometió impunidad al reo no está obligado a cumplir con su palabra porque, fuera de ser este fraude útil y provechoso para el bien público, si es lícito arrancar la verdad del acusado con la tortura, "a fieri" lo será valerse para ello de disimulo y fingimiento y éste es el dictamen de Propósito, Geminiano, Pelyn, Hugocio, Soto, Cycco, etc.

Hay una cierta lógica en su argumento: si se acepta atormentar a un acusado para sacarle la verdad, ¿por qué no además mentirle?

... verdad es que llevan otros la sentencia contraria; mas estas dos opciones se concilian diciendo que las palabras que dan los inquisidores sólo se han de interpretar de las penas de que pueden dispensar, que son las canónicas y penitenciales y no de las de derecho, de suerte que por leve que fuere la remisión de la pena canónica otorgada por el inquisidor al reo, desempeña el primero su promesa, puesto que para más seguridad de conciencia las palabras que dieron los inquisidores han de ser en términos vagos, sin prometer más de lo que pueden cumplir.

También puede introducir en la celda a un espía, como se hará en tiempos muchos más cercanos en las cárceles nazis o comunistas...

- La séptima treta del inquisidor será tener ganado algún amigo del reo, u otro sujeto a solas y le sonsaque su secreto. Si fuera necesario, el tal se fingirá del mismo dictamen que el hereje, diciéndole que abjuró por miedo y engañó al inquisidor y una noche, alargando la conversación hasta tarde, le dirá que ya no es hora de volverse a su casa y se quedará con él en la cárcel, teniendo en un sitio a propósito escondidos testigos que oigan la conversación y, si fuere posible, un escribano que certifique cuanto diga al hereje, procurando el sujeto cohechado que descubra su pecho el reo. Nótese que el que está encargado de sonsacar del reo, so color de amistad, la confesión de su delito bien que puede fingir que es de su misma secta, mas no decirlo, porque si lo dice comete a lo menos culpa venial y ya se sabe que ésta no se ha de cometer por ningún motivo, sea el que fuere. En una palabra, en las tretas que se usaren se ha de evitar decir mentira.

Aquí anota con toda razón el traductor Marchena: Difícil es determinar la diferencia que hay entre que el espía finja que es de la secta del reo, o que lo diga. Era una de las muchas contradicciones imposibles de resolver en que se encontraba una institución religiosa queriendo conseguir, aun por medios inmorales, la salvación de un alma.

Obtener una confesión es tan importante que el interrogador debe sacrificar su rutina diaria para no dar ocasión al cambio de idea en el reo.

Que por estos medios u otros semejantes consiga el inquisidor la confesión, aunque sea retardando la comida o la cena y, aunque no comiere ni cenare aquel día, porque nunca bastan las confesiones interrumpidas para averiguar la verdad y hay repetidos ejemplos de reos que, habiendo empezado a confesar, se retractan a la siguiente declaración, volviendo a su pasada renitencia (resistencia a decir algo). [32]

Eymeric termina este capítulo recordando que con ese sistema se puede obtener la verdad solicitada "sin echar mano del potro y la tortura", lo que siempre es de agradecer.

Los sistemas de la inquisición, como terminamos de ver, no dejaban nada a la improvisación, todo estaba fríamente calculado y el montaje perfectamente estructurado. El pobre infeliz que caía en él tenía muy pocas o ninguna posibilidad de salir airoso. Se trataba de una máquina infernal, pensada y planificada por mentes muy especiales.

El interrogatorio se llevaba a cabo en presencia de dos religiosos y de un notario, que solía ser un religioso, encargado de redactar el informe de las deposiciones. Los religiosos interrogadores inducían a confesiones prometiendo la indulgencia del tribunal y acumulaban pruebas introduciendo a un supuesto amigo o a otra persona que aparentase ser de la misma secta o doctrina, conviviendo en la misma celda con el fin de sonsacarle sus secretos.

La simple denuncia era aceptada, acompañada por el testimonio de testigos. Lo muy sorprendente es que el denunciado nunca sabía de qué había sido acusado ni por qué estaba allí, por lo que, al intentar en vano defenderse, normalmente decía más cosas de las que el Tribunal sabía, complicando así más aún su situación. Ni nunca sabría quién o quiénes lo habían acusado, para evitar posibles represalias, en el caso poco probable de que saliese inocente. La anomalía judicial de no conocer ni el contenido de la denuncia, ni la identidad de los delatores ni su confrontación complicaba más aún la situación penosa del detenido e imposibilitaba cualquier tipo de defensa; el secreto que guardaban los inquisidores en estas materias era cuasi sacramental.

El acusado no se enfrentaría nunca con los testigos, cuyos nombres se guardaban en el más absoluto secreto. En esta época, tanto en la justicia penal civil como en los tribunales inquisitoriales, se mueven a partir de una visión jurídica basada en la presunción de culpabilidad. Una vez presentada la denuncia, el denunciado es culpable y tiene que defender su inocencia, lo que resulta muy poco probable, por su estado anímico calamitoso, por el desconocimiento total de la denuncia y de los testigos, y por la ausencia de abogados.

El pánico de la Iglesia ante la herejía era tan grande que, a menudo, aceptaba como válidos los testimonios de personas infames: pendencieros, ladrones, excomulgados y perjuros. Parecía que el fin justificaba los medios, aunque éstos fueran intrínsecamente malos. Por ejemplo Alejandro IV, 1261, concedió la autorización para que el testimonio de testigos herejes pudiera tenerse en cuenta. Inocencio III, en la bula Si adversus vos, prohibió que los abogados y los notarios defendiesen a los acusados de herejía.

El Concilio de Valence, en 1248, también rechazaba la presencia de los abogados. Bernardo Gui, el redactor del famoso manual Practica inquisitionis hereticae pravitatis, 1320, se negó rotundamente a escucharlos. Sin embargo Nicolás Eymeric, en el suyo, aceptó dejar la defensa de los acusados en manos de los procuradores judiciales o abogados, siempre que no fuesen sospechosos de herejía. La verdad es que su papel en la defensa del acusado era mínimo, solían ser designados por el inquisidor o, al menos, se requería su aprobación. Un abogado que sólo habla al reo en pleno tribunal, cuando ya el reo ha confesado sus delitos en la sala de los tormentos y que no ha podido comunicarse con él a solas, poco más podía hacer en su función defensiva que limitarse a pedir al tribunal una disminución en la sentencia para su defendido.

 


 

LA TORTURA

Cámara de tortura inquisitorial. “La garrucha” (strappato), (tormento del agua) y “el brasero”. Inquisidores y verdugos.

Grabado del siglo XVIII de Bernard Picart.

 

 

 

 

 

Plano parcial de la cámara de tormentos.

 

La Inquisición prefería las confesiones de los acusados a las pruebas con testigos, porque las consideraban más convincentes, pero si el acusado era obstinado en su negativa, cosa muy normal, los inquisidores podían utilizar dos medios violentos, el encarcelamiento preventivo y la tortura.

El tema de la tortura creó infinitas preguntas y produjo ríos de acusaciones contra la Iglesia, que se desviaba temerariamente de la predicación de Jesús, de la Buena Nueva y de las Bienaventuranzas. El mismo Jesús había sido una víctima más de la intolerancia. Los primeros siglos del cristianismo fueron de persecución y de violencia que los cristianos sufrieron en carne propia, hasta con el martirio. Esas primeras comunidades de amor y de fraternidad pidieron y exigieron para sí y para su Iglesia la libertad de vivir, creer y pensar, según sus creencias y según sus conciencias. Pocos años después, a partir de la constantinización de la Iglesia, inicio del siglo IV, esa misma institución, o quizás ya otra una vez instalada en el Poder religioso y civil, se convierte en intolerante y perseguidora de los disidentes. Pronto olvidó que ella misma había sido una secta dentro del judaísmo, disidente pues, y que sus miembros habían sido perseguidos y masacrados por el Imperio Romano.

La Iglesia heredó prejuicios religiosos de varias fuentes. Del mazdeísmo se toma la idea de que la materia, el cuerpo y todo lo que tenga que ver con ellos, es malo y pecaminoso; mientras que el espíritu, el alma, la vida de ultratumba, constituyen los valores supremos. Del platonismo se toma la teoría de los universales, en la que se apoyará la recta doctrina, la ortodoxia y la autosugestión de que la Iglesia es la única poseedora de la verdad. Esos prejuicios son el mayor tesoro que la Iglesia debe guardar con todas sus fuerzas y por todos los medios.

La Iglesia, una vez instalada en el Poder, se obsesionó con su magnetismo, con sus privilegios y prebendas: diezmos, primicias, rentas, beneficios y donaciones. Fue el gran becerro de oro, el Poder, a quien le rindió culto. Elaboró dogmas, inventó leyes, justificó estilos de vida y elaboró una teología de grandes sutilezas y elucubraciones.

Sus teólogos crearon teorías, que juzgaron científicas, sobre la naturaleza divina, las relaciones transcendentales, con fundamento in re intrínseco, en la Trinidad, de tres personas distintas y una sola naturaleza divina; teorías sobre Jesucristo, de la misma naturaleza que el Padre, poseedor de dos inteligencias, la divina y la humana, dos voluntades, la divina y la humana, pero sólo una persona, que es la segunda de la Trinidad; sobre la gracia, que es la participación de la naturaleza divina en el ser humano; sobre la salvación de las almas; sobre la resurrección; sobre la revelación... y otros muchos tópicos y temas, todos ininteligibles, pero de los que examinaban a los acusados, con funestas consecuencias si no los sabían o se confundían.

Ya hemos intentado aclarar la imposibilidad de la ortodoxia. Los términos utilizados, como sustancia, naturaleza o persona, son ininteligibles además de incorrectos. Los conceptos o ideas universales, de origen platónico, son ficciones filosóficas, irreales, inexistentes; toda idea se origina en los sentidos humanos y se elabora en la inteligencia y sólo en ella existe. Los términos, siempre limitados, no pueden contener la realidad física ni ser la esencia de las cosas, que es imposible de encerrar. La realidad divina, lo espiritual, excede y se escapa de la mente humana y de los términos o palabras inventadas por los teólogos. El supuesto de un alma espiritual, como forma de la materia en el ser humano, imposible de viabilizar, nos convierte en una especie de minotauros o de centauros. El alma no existe, sí existe el cerebro humano que ejerce sus funciones. La ortodoxia, pues, se constituye en un imposible lógico. Nada podemos saber de la divinidad y nuestros términos no son aplicables a ella, aunque es un postulado práctico que la Iglesia crea para moverse en él, para crear y apoyar su ideología, para delimitar su espacio vital y ejercer su dominio y poder.

Todos los filósofos del mundo, nos había dicho Marsilio de Padua, son incapaces de probar la inmortalidad por demostración. Y nosotros añadimos que otro tanto ocurre con la existencia de Dios, la divinidad de Jesús, el origen divino de la Iglesia, el alma o la revelación. Reconocemos que sí ha habido mucha imaginación sobre todos estos temas, pero no verdadera ciencia. No son enunciados verificables, contrastables, ni posibles.

Bueno, ¿y todo esto para qué? Para decir, simplemente, que si la ortodoxia no existe, tampoco existe la heterodoxia, en cuya virtud la Iglesia se apropia el derecho de detener, interrogar y torturar al disidente, que piensa y cree de forma diferente, y es calificado de hereje. El pensar y el creer pertenecen al reino de la libertad de la conciencia. Son derechos primordiales y prioritarios que tiene el ser humano por nacimiento y que ninguna institución, ni divina ni humana, puede violar, sin excederse en sus funciones y derechos; lo haría ultra vires, más allá de sus competencia y atribuciones, como lo hizo la Inquisición.

Cuando la Iglesia percibe que su ideología se debilita y, como consecuencia, su poder se fragmenta, acude a la violencia para producir la pedagogía del miedo, del terror, y poder así restablecer el control de su grey. Es un fenómeno sociológico típico de las sociedades cerradas y totalitarias. El disentir o el innovar son percibidos como peligrosos y desestabilizadores, por eso la Iglesia se hace intolerante. Al proclamar la fundación divina de su institución, la herejía constituye una amenaza mortal, que catalogan como una grave ofensa a Dios, pero lo que realmente temen es su supervivencia como institución, por eso la atacan con todas sus armas disponibles.

Uno podía llegar a pensar que la barbaridad de la tortura fuese algo privativo de algún desquiciado mental, de algún psicópata, a veces sociópata, de algún sádico, sadomasoquista o de alguna época muy especial, pero no, fue obra de la Iglesia y duró largos siglos. Las sesiones de tortura a las que eran sometidas las víctimas del Santo Oficio han provocado una indignación unánime en todo tiempo y lugar. "Un no no tiene más letras que un ", le hace decir Cervantes a Ginés de Pasamonte-. Es la misma diferencia existente entre un culpable y un inocente, entre un condenado y un hombre libre.

Según Simancas, en su De Catholicibus institutionibus, 1552:... los inquisidores deben ser más inclinados al tormento que otros jueces porque el crimen de herejía es oculto y dificultoso de probar. Antes, Bernardo Gui, en su manual, defendía el uso de tales procedimientos y que, bien dosificados, abrían el espíritu.

El Papa Inocencio IV, mediante la bula Ad extirpanda, 16 de mayo 1252, autorizó el uso de la tortura, que Alejandro IV, 1259 y Clemente IV confirmaron unos años más tarde. Al principio, los jueces podían elegir entre flagelación, el potro de tortura, la estrapada y las brasas; después se irán añadiendo otras torturas más sofisticadas, que los inquisidores se intercambiaban para poder causar el más intenso dolor al prisionero y así tuviese que inculparse, como la garrucha, el cepo, el aplasta pulgares, el tormento del agua, las tablillas y la doncella de hierro.

Presentamos a continuación una leve alusión a dos de estas terroríficas prácticas.

 

 

Una exposición más detallada puede encontrarse en los Documentos de Apoyo.

 

El potro. Consistía en una estrecha y larga mesa de madera sobre la que se ataba con cuerdas al reo por las muñecas y tobillos. Las cuerdas de las muñecas estaban fijas a la mesa y las de las piernas se iban enrollando a una rueda giratoria. Cada desplazamiento de la rueda suponía una tensión de los miembros. El dolor producido al distender los músculos y estirar la estructura ósea era muy profundo e insufrible, que aumentaba con el girar de la rueda, lo que podía producir desmembramiento. Se detenía, a la mitad del tormento, para conminar al reo que dijese la verdad; si no lo hacía, el tormento seguía.[33]

La garrucha. Se amarraba al acusado por las muñecas vueltas hacia la espalda y desde cierta altura se le dejaba caer. La longitud de la cuerda estaba medida para que no se golpeara con el suelo, pero la sacudida le dejaba descoyuntado.[34]

El acusado, por si todo esto era poco, podía verse sometido al tormento no sólo para que confesara en detrimento propio (tormentum in caput proprium) sino también en perjuicio ajeno (tormentum in caput alienum).

Cuando se administraba la tortura y no se obtenía confesión, la conclusión lógica, si es que la tortura probaba algo, era que el acusado era inocente. Según la frase legal, había purgado la prueba y merecía la absolución, pero la repugnancia de los inquisidores a verse desautorizados por los hechos les hizo buscar excusas para eludirla. Las Instrucciones de 1561 le dicen al inquisidor que, en tales casos, debe considerar la naturaleza de las pruebas, el grado de tortura aplicada y la edad y condición del acusado; si parece claro que ha purgado plenamente la prueba, debe ser absuelto sin reservas; pero si cree que no ha sido suficientemente torturado, podrá ser requerido a abjurar de leve o de vehemente sospecha, o podrá imponérsele alguna pena pecuniaria, aunque esto no deba hacerse sino con gran consideración. [37]

 


 

 

LAS PALABRAS EN LA TORTURA 

 

 El tormento del agua.

 

No se trataba de curiosidad morbosa y sí de que constara cualquier expresión, incluso la más corriente, que indicara pertinacia o arrepentimiento. Así lo hace el encargado de registrar el tormento dado a Rodrigo Méndez Silva, que era paralítico, en 1659.

Estando en la cámara del tormento le fue dicho diga la verdad o se mandará entrar al ministro (verdugo). Fuele dicho que acabe de descargar su conciencia o se mandará entrar el ministro. Dijo dígase todo, ay, que no tengo fuerzas aun para tener el sombrero en la mano. Entró y juró el ministro. Fuele dicho diga la verdad o se mandará desnudar. Dijo: digo la verdad, vuélvame el Secretario a leer lo que se ha leído y que todo es verdad, vuélvame a leer eso que puede sea que me acuerde. No se quiso desnudar, echándose en el suelo diciendo que le matasen. Y luego dijo velo aquí, que estoy desnudado y que digan lo que quisieren que él lo diría: no digo que sí. Fuele dicho que diga la verdad o se le mandará poner en el potro. Dijo que él estaba expuesto para decirlo. Fuele dicho que lo diga [...] Fuele dicho diga la verdad o que se le mandará poner en el potro. Dijo que todo es verdad; dicho: diga la verdad, no se quiera ver en tanto trabajo. Dijo que diré la verdad, que no se acuerda, que se hallaron algunas personas y que es verdad aquello sí, pero que no se acuerda y que no quiere condenar su alma. Fuele dicho: diga la verdad o se le mandará ligar el cuello. Dijo: mátenme, aquellos dos que no se llaman Señores, que es esto yo niego alguna cosa merezco me pongan de esta manera, ay, señores esto, ay, aguárdese vuestra merced, ay, Dios mío, señor don Gregorio, que ya me acuerdo, ay, desdichado de mí, un paralítico desdichado, ay. Fuele dicho: diga la verdad, no se quiera ver en tanto trabajo [...] Fuele dicho: que acabe de descargar su conciencia o se proseguirá en la diligencia del tormento [...]. Mandósele ligar el brazo izquierdo [...]. Fuele dicho: diga la verdad, no se quiera ver en tanto trabajo [...]. Ligósele el pie derecho [...]. Ligósele el pie izquierdo [...]. Fuele dicho: diga la verdad o se le mandarán ligar los molledos [...]. Ligósele el molledo izquierdo [...]. Ligósele el molledo derecho [...]. Dijo por amor de Dios, me digan lo que falta [...]. Fuele dicho: diga la verdad o se le mandará poner el cordel para la mancuerda [...]. Púsosele el cordel [...]. Diósele la primera vuelta de mancuerda [...]. Dijo: que no lo sé, justicia de Dios, Señor, por amor de Dios, no lo sé señores, ay, señores, misericordia a un triste hombre, que no lo sé, que no lo sé, Sr. don Gregorio, ay, ay. Ejecutóse. Dijo: ay, ay, que no lo sé, que no lo sé, Señor, misericordia. Fuele dicho: diga la verdad, no se quiera ver en tanto trabajo. Dijo: Señor, que no lo sé, que no me puedo acordar, señor, que yo no lo sé, por el alto Dios, si lo sé, condenadme, señor don Juan de Vallejo, acuérdese de este paralítico que no sé quiénes son, que entraban muchos, para esto me trajeron, que me estoy muriendo, señores, si falta alguna cosa dígolo que es. Fuele dicho: diga la verdad, no se quiera ver en tanto trabajo [...]. Ya no siento las piernas [...]. Segunda vuelta de mancuerda [...], ay, ay, ay [...]. Esta diligencia se acabó a las doce en punto según apuntaba el relojillo. Y a lo que pareció, el dicho Rodrigo Méndez Silva quedó sin lesión alguna. [38]

Kafka, en su novela El proceso, narra magistralmente la situación angustiosa de quien acepta ser criminal sin tener idea de su crimen.

Cervantes, en el capítulo titulado De la libertad que dio don Quijote a muchos
desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir,
nos presenta, con humor musical, una referencia inequívoca a esta nada humorística práctica de hacer cantar.

..."Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de triste y
melancólico; mas respondió por él el primero, y dijo:
-Éste, señor, va por canario, digo, por músico y cantor.
-Pues ¿cómo? -repitió don Quijote-. ¿Por músicos y cantores van también a galeras?
-Sí, señor -respondió el galeote-, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.
-Antes he yo oído decir -dijo don Quijote-, que quien canta, sus males espanta.
-Acá es al revés --dijo el galeote-, que quien canta una vez, llora toda la vida.
-No lo entiendo -dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
-Señor caballero, cantar en el ansia se dice entre esta gente non santa confesar en el tormento. A
este pecador le dieron tormento y confesó su delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón de bestias,
y por haber confesado le condenaron por seis años, a galeras, amén de doscientos azotes, que ya lleva en
las espaldas." (Don Quijote de la Mancha. Parte Primera, Capítulo XXII)

En todas estas torturas, la regla general era desnudar a las víctimas. Igual hombres que mujeres quedaban totalmente desnudos, excepto con aquellas prendas mínimas para tapar sus "vergüenzas", sin importar ni la edad ni la condición física del torturado. Muchos de los que sufrieron torturas quedaron en lamentable estado, algunos con miembros rotos irremediablemente, a veces con la salud y la razón quebrantadas, y, en algunos casos, llegaron a morir por efecto de la tortura. 

 


 

LAS CÁRCELES DE LA INQUISICIÓN

 

 

 

Cárcel de la Inquisición de Cuenca, remodelada.

Pincha sobre la foto.

 

 

Si estuviera en una prisión civil, entonces podríais a lo menos venir a verme, sollozar, suspirar a mi lado [...], pero aquí no se permite entrar a alma nacida, como si nuestros crímenes verdaderos o supuestos fueran de mayor consecuencia que los de un ladrón, los de un asesino, los de un bandolero... ¡Dichosos, ¡oh!, vosotros presos de las cárceles públicas! [...] que sabéis quién os acusa, que se os permite la defensa. (Cornelia Bororquia a su padre desde la prisión del Santo Oficio). [39]

Es ya clásico el cuadro tétrico de las cárceles de la Inquisición, con macilentos prisioneros aherrojados en sombríos y lúgubres calabozos, con gélidos frailes sadomasoquistas, encapuchados en sus túnicas monacales, mientras un escribano o notario tomaba notas de las declaraciones del preso, que ignoraba por qué lo estaba y quién o quiénes lo habían denunciado o delatado. En el fondo, verdugos encapuchados, rodeados de sus instrumentos de tortura, preparados para entrar en acción, cuando así lo reclamase el inquisidor, investigador de la mente y de los sentimientos del acusado de herejía, o de conducta indebida, adulterio, bigamia, bestialidad o blasfemia. Todo el cuadro surrealista estaba presidido por un crucifijo, siempre visible.

Diversos autores, según sus credos e ideologías, se enfrascan en estériles diatribas, si las cárceles eran tal cual las pintan; si eran más o menos inhóspitas que las civiles; que si la justicia de la Inquisición era más o menos lenitiva, más o menos cruel que la civil o laica.

Hay una premisa clara. La misión de la Iglesia, según se deduce de las Escrituras, no fue encarcelar, torturar y matar; por lo tanto nunca tuvo ese derecho. El único texto claro del Nuevo Testamento es el de Pablo a Tito cuando dice: al sectario, después de dos amonestaciones, rehúyele, y no incluye ese derecho. El obligarles a entrar, compelle eos intrare (obligadlos a entrar), está tomado de la parábola del banquete de bodas, que no puede ser origen de derecho legal alguno, como no lo son las alegorías de los sarmientos o de la higuera seca; aún más, aunque el Nuevo Testamento hablara de ese derecho, lo cual no sucede, alguien se habría equivocado al escribirlo o al interpretarlo.

La fe, está del todo claro, viene de la palabra, de la predicación; la palabra es la única espada y el asentimiento es libre. El ser humano es libre para creer o no creer, para entrar en la Iglesia o salirse de ella. Los apóstoles no iban con guardia pretoriana obligando a creer, o encarcelando a los que dejaban de creer, o persiguiendo a los de otras religiones. No hubiesen dado ni un solo paso en su apostolado, los hubieran rechazado de plano. Predicaban una religión de promesas: el Reino de Dios, la inminente venida del fin y el amor como forma de vida.

Tampoco la Iglesia fue represora y castigadora en los tres primeros siglos. La Inquisición no tenía ningún derecho a privar de la libertad, torturar o matar a seres humanos en nombre de Dios, ¿qué tipo de dios podría ser ese que no fuese digno de repudio y reproches? No hay creación, ni de barro ni de la nada, ni hipotéticas delegaciones divinas, que amparen la creación de cárceles para los que simplemente dudan de lo que no se ve.

Juan Antonio Llorente, ex secretario de la Santa Inquisición, distingue tres categorías de cárceles: públicas, familiares y secretas. A la primera, van los que "sin ser acusados de crímenes contra la fe, lo son de delitos que, por privilegio secular, caen bajo la jurisdicción del Santo Oficio". En la segunda, están los empleados de la Inquisición que habían cometido faltas administrativas o legales en el desarrollo de sus funciones, como los ayudantes del Inquisidor, denominados familiares, y otros miembros seglares de dicha Institución, también los había religiosos, pero que no habían llegado a la herejía. En ambas cárceles, los detenidos tenían privilegios, tales como la comunicación con gente del exterior.

La tercera, la prisión secreta, está destinada al hereje o sospechoso de serlo. En este caso la incomunicación era total, el sospechoso sólo podía hablar con los jueces, sólo cuando éstos así lo requerían. Una de las peculiaridades del procedimiento inquisitorial, que tantas críticas levantó, fue la negativa a divulgar las razones para la detención. El detenido ignoraba por qué lo había sido y podía pasar años en la celda del tribunal sin jamás saberlo. Los inquisidores, en vez de acusar al preso, se acercaban a él y le amonestaban para que confesara la verdad y confiara en la misericordia del tribunal. Al final se le hacía la amonestación de que si no confesaba la verdad, el fiscal presentaría los cargos, lo que sería peor. Los inquisidores intentaban que el reo se auto incriminase y para ello hacían lo posible para deprimirlo y quebrantar su moral. Todo era un truco para que confesara supuestos delitos que ellos no conocían, pues el acusado estaba totalmente confuso y angustiado, y para que confirmase aquellos de los que ya había sido acusado.

Finalmente, cuando las amonestaciones no habían surtido el efecto esperado, el fiscal le leía los artículos de la acusación y se requería que el acusado, sin abogado, contestara a las acusaciones inmediatamente. Cualquier respuesta, en tales circunstancias, podía acabar en propia incriminación. Los abogados no fueron admitidos en la Edad Media, excepto en la Inquisición Española. Terminaron siendo miembros de la inquisición, sin ningún protagonismo efectivo de defensa, sólo de apariencia y para cumplir requisitos. Los testigos eran anónimos y sus nombres eran borrados para evitar represalias, y su información, sin los datos concretos y circunstanciales, podía ser manipulada libremente por el inquisidor a su gusto y conveniencia.

Además de la parte física del castigo, en esos infames calabozos, está la parte psicológica y moral del prisionero, la presión íntima a la que queda sometido el acusado apenas atraviesa el umbral de la cárcel. Para empezar, además de la libertad, pierde su fama y su prestigio social. Ante la opinión pública, por el simple hecho de ser detenido por el Santo Oficio, el reo se convierte en enemigo de la fe y de la Iglesia, y está abocado a la condenación eterna del infierno. No sólo él, toda su familia sufre también la marca de estar contaminada con la herejía y sus almas envenenadas. Si el presunto hereje era el jefe de la familia, la pobreza económica que acarreaba su detención provocaba un profundo caos familiar.

A este estigma de herejía se une la soledad total, tanto física como moral, ya que el acusado está totalmente incomunicado, sin saber nada de su familia ni del progreso de su proceso. Esta soledad e incomunicación constituye la peor tortura del preso en las cárceles secretas del Tribunal, considerada una de las mayores desgracias que podía sufrir un ser humano, al tener en cuenta, como valor añadido, la imborrable mancha que le producía al preso, a su familia y sus descendientes.

No sólo la cárcel es secreta, el prisionero también es mantenido en el secreto más absoluto, privado incluso de los auxilios espirituales, porque se pensaba que el simple hecho de ser sospechoso de herejía lo convertía, ipso facto, en excomulgado, y que podía tener acceso al sacramento de la penitencia y al de la eucaristía, sólo en peligro de muerte. De hecho la constante petición de Fray Luis de León, de recibir los sacramentos, le fue denegada durante sus cinco años de reclusión en la cárcel de Valladolid.

La característica más cruel consistía en prohibir al prisionero toda comunicación con el mundo exterior. Nada podía saber de sus familiares, de las personas queridas, ni éstas podían saber de él hasta que, quizás años más tarde, aparecía en un auto de fe en que iba a ser quemado en la hoguera, o que iba a ser destinado a galeras o a cadena perpetua. El preso se encontraba enterrado en vida. Partiendo de la presunción de culpabilidad, la incomunicación total era la excusa que el Santo Oficio ofrecía para evitar que la comunicación con amigos le pudiese ayudar en su defensa, lo que, según su percepción jurídica totalmente distorsionada, sería una defensa fraudulenta.

Pedro Ruiz, de cuarenta años y con familia numerosa de cinco hijos, y su esposa en estado avanzado esperando el sexto, fue detenido por la Santa Inquisición y, después de cincuenta días de encierro, 22 de junio de 1524, le escribe al inquisidor Mariana una carta en la que le dice: Mire vuestra merced quanto a que me tiene aquí con tan rezia prisión y que cinco hijos que tengo y mi muger que dexé para parir no tiene otra cosa syno el acostamiento (ingreso) que yo gano. La carta, si llegó a su destino, cayó en saco roto. A los inquisidores sólo les preocupaba la ortodoxia católica y el poder; las personas, las familias, la posición económica no les importaba, y, como castigo e intencionadamente, agravaban su situación mediante la confiscación de todos sus bienes, que pasaban a manos de la Inquisición y de la Corona.

La miseria y el hambre llamaban a la puerta de los herejes y de sus familiares día tras día y, por si esto era poco, tenían que sufrir la ignominia espantosa por la que se inhabilitaba a los hijos para el ejercicio de cargos o beneficios y dignidades de cualquier clase, "porque conservan la mácula de la infamia de sus padres":

Quedan inhabilitados los hijos de los herejes para la posesión y adquisición de todo género de oficio y beneficio; cosa justísima, porque conservan la mácula de la infamia de sus padres y éstos son retraídos del delito por el cariño paternal. Piensan algunos autores que esta pena no comprende a los hijos que nacieron antes que incurriera su padre en la herejía, pero no tiene semejante distinción fundamento sólido, pues sabiéndose imaginado este castigo con el fin de contener a los padres por los vínculos del amor paterno, debe alcanzar a todos, porque los padres lo mismo quieren a los que nacieron antes que después del delito. [40]

Piensan que el castigo a los hijos será disuasorio para incurrir en la herejía. No les basta con prender al padre y señalarlo, los hijos serán privados, de forma inhumana y anti-evangélica, de cualquier tipo de trabajo, que los conducirá al hambre y a la miseria, tanto moral como física. Si la hereje era la madre, también los hijos quedaban inhabilitados. En el caso del padre hereje, éste perdía la patria potestad y su esposa quedaba eximida del débito conyugal y sus hijos también eran inhabilitados. Como claramente se deduce, la Iglesia no sólo se cree dueña y custodia de la fe, sino de la misma vida humana en todas sus facetas. Con la excomunión, libera a los vasallos del contrato personal que habían hecho con su señor. Con los herejes, dispone de su libertad, de sus bienes, de sus hijos, de su matrimonio, anulando las promesas y compromisos matrimoniales íntimos que los esposos se habían jurado.

Las reglas carcelarias controlaban el uso de la luz, que estaba prohibido desde las cuatro de la tarde hasta las siete de la mañana del siguiente día, y el uso de la lumbre, que no se podía encender en las frías y largas noches de invierno.

Al terminar el auto de fe, los pocos presos declarados libres eran sometidos a los avisos de cárceles, en los que se les interrogaba, bajo juramento, sobre lo que habían visto y oído en la cárcel; y se les conminaba, bajo severas penas, a no revelar nada de sus experiencias personales.

Era muy raro que el acusado fuera declarado inocente. Las calificaciones posibles estaban ordenadas por orden de gravedad: ligeramente, muy gravemente sospechoso de herejía ("levi... vehementer suspectus haeresis") o hereje formal.

En cuanto a los condenados, comenta Egido López, puede decirse que morían varias muertes antes de llegar al brasero. Las incertidumbres del proceso anómalo sin saber quién ni por qué habían delatado a la víctima; la indefensión e imposibilidad de contradicción; la presunción sistemática de culpabilidad; la aplicación de las torturas para arrancar la confesión; la soledad de la incomunicación férrea y el temor al auto de fe, fabricaban la primera muerte sufrida en las cárceles secretas. [41]

En el caso de Agustín de Cazalla, se escribe: Según testigos presenciales, la noche anterior al cumplimiento de su sentencia, Agustín de Cazalla -que había pasado seis horas confesándose-, al enterarse de su condena a la pena capital, "se nos desmayó y estuvo traspuesto por espacio de una hora y, vuelto después en sí, con la color de verdadero difunto, dijo al padre si había algún remedio para que no muriese".

Es muy posible -prosigue Egido López- que el hecho de comparecer en auto público constituyere una de las penas más sutiles sino la más inhumana. Al menos para los plenamente integrados en las estructuras de valoración social. [42]

Uno de los peores inconvenientes para los reos era la interminable duración de muchos procesos, que no sólo les quitaban años y salud, sino que ocasionaban el secuestro de sus propiedades, retenidas para garantizar los gastos que pudieran presentarse. Otro muy importante era la nula eficacia de la defensa, por lo que, de hecho, los inquisidores eran a la vez juez y jurado, acusación y defensa; así, según Henry Kamen, la suerte del preso dependía enteramente del humor o el carácter de los inquisidores.

Muchos presos, no pudiendo soportar las penalidades de la cárcel, fallecían en ellas, pero esto no los libraba de que fuesen juzgados, condenados y sus restos quemados en la hoguera, si eran declarados herejes. Todo ello sucedió por todas partes durante varios siglos.

 

 


 

SANBENITOS

 

 

 

Pincha sobre la foto.

Sanbenito de un penitente con la cruz de San Andrés

 

 

 

Dibujo de Goya, Museo del Prado.

Le pusieron mordaza porque hablaba y le dieron palos en la cara.

 

 

 

Dibujo de Goya, Museo del Prado.

Por querer a una burra; bestialismo.

 

 

Penitente femenina con su sanbenito

 

 

El "sanbenito" o "sambenito" es una corrupción de la palabra "saco benito", que viene del latín "saccus benedictus", así llamado porque se bendecía antes de ponerlo. Era una prenda penitencial usada ya por la Inquisición medieval y adoptada por la española. Era un castigo muy temido, pues exponía a los condenados al desprecio y a la vejación.

La cruz, signo de infamia. En un principio las cruces del sanbenito eran de fieltro amarillo y tenían dos palmos y medio de largo por tres dedos de ancho. Debían de ser llevadas, de modo muy visible sobre el vestido, una sobre el pecho y otra en la espalda.

Los relajados, los destinados a ser quemados después del auto de fe, llevaban sanbenitos negros con dibujo de llamas y demonios, claramente alusivos al fin que aguardaba al reo. Cuando era usado como penitencia, el sanbenito era amarillo con una o dos cruces de San Andrés en la espalda y en el pecho.

En las primeras décadas del Santo Oficio, el condenado a llevarlo tenía que ponérselo cada vez que salía de casa, lo que suponía la burla y el escarnio de todos.

El uso de tan infamante hábito suponía un castigo para el reo, por la vergüenza que causaba no sólo a él sino a toda su familia e incluso a su descendencia. Ya a principios del siglo XVI, se originó la costumbre de poner los sanbenitos en las iglesias y se generalizó dicha costumbre por las "Instrucciones" de 1561: Todos los sambenitos de los condenados vivos y difuntos, presentes o ausentes, se ponen en las iglesias donde fueren "vezinos"... porque siempre "aya" memoria de la infamia de los herejes y de su descendencia. Era una forma de perpetuar el castigo. Se colocaban, en las catedrales y en las iglesias parroquiales, en lugares muy visibles y, cuando se deterioraban, eran reemplazados por otros, en los que figuraba el nombre, linaje, culpas y castigos del infractor. Como es lógico, los descendientes trataban de hacerlos desaparecer, lo que dio lugar a que una de las obligaciones del Inquisidor fuera verificar que éstos estuviesen en su sitio y en buen estado. Hasta bien entrado el siglo XIX -según Martín Walker- todavía podían verse colgadas en algunas iglesias esas ignominiosas prendas.

La coroza es el complemento indispensable del sanbenito, que consistía en una mitra o capirote de papel engrudado y decorada con motivos alusivos a la pena; se ponía en la cabeza de los reos, como afrenta y castigo.

Sin duda alguna la infamia era el peor castigo que se podía imaginar en aquellos tiempos. En los tribunales penales ordinarios, los castigos que conllevaban vergüenza pública o ridículo eran más temidos que la propia sentencia de muerte, pues arruinaban la propia reputación en la comunidad para siempre, atrayendo el oprobio sobre la familia y los demás parientes. Igualmente, en el tribunal de la Inquisición, el "honor" de un individuo podía ser mancillado por recibir castigos humillantes (como los azotes), pero el más grave de todos los castigos era el sambenito ya que su duración era perpetua y acarreaba el deshonor tanto a la familia como a la comunidad. Cuando la joven Ana Enríquez, hija del marqués de Alcañices y cuñada de Francisco de Borja, fue condenada por la Inquisición en 1559 a llevar un sambenito por haber participado en las actividades del grupo protestante de Valladolid, Borja utilizó toda su influencia para conseguir que no se cumpliera la sentencia en lo que se refería al uso del sambenito: con ello, consiguió que el honor de la familia quedara a salvo. [43]

Nos hallamos una vez más ante una marca, signo o hierro con que ciertas ovejas descarriadas del redil eran marcadas por pastores. Esta idea se refleja en las palabras de Gazir Sued: "Como en la antigüedad, la estigmatización, ese poder de marcar con signo distintivo y diferencial a otros seres humanos, lo sigue siendo como siempre: por recurso de un poder superior en fuerza y no en razón".

 

 


 

AUTOS DE FE

 

 

Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, 1680, por Francisco Rizzi, Museo del Prado.

Este auto, el más conocido y espectacular, fue organizado en honor de la esposa francesa del monarca Carlos II, recién incorporada a la Corte.

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"Todo esto le hace pensar a uno que esta gran maquinaria para el castigo de unos pocos mendigos es más bien un deseo de ostentación de los inquisidores que un verdadero celo por la religión". (El embajador francés, marqués de Villars, sobre el auto de fe de Madrid, 1680.)

En los inicios de la historia del Tribunal, el público casi no asistía a los autos de fe. En vez de un elaborado ceremonial, había poco más que un simple acto religioso en el que los herejes eran condenados a determinadas penas y se podía celebrar en cualquier día, aunque no fuese festivo. El pintor Pedro Berruguete, en un cuadro inventado, representa un auto de fe, en el que aparece santo Domingo de Guzmán presidiendo una sesión del tribunal medieval. Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los dominicos, 1215, aunque había fallecido diez años antes de la fundación de la Inquisición, 1231, había participado en el intento evangelizador de los cátaros y en la muerte de alguno de ellos. El cuadro, aunque no histórico, sirvió como modelo a seguir en los posteriores autos de fe.

A mediados del siglo XVI, el Inquisidor General Fernando de Valdés redactó una serie de regulaciones para la representación de una deslumbrante ceremonia pública, con la intención premeditada de hacer notar la presencia del Santo Oficio y reafirmar su poder. Parece ser que el primero de este estilo se celebró en la Corte de Valladolid en 1559. Felipe II había sido testigo de un auto celebrado en Toledo en 1550, pero de modestas dimensiones y espectacularidad. Se determinó que los autos de fe se celebraran en días festivos para asegurar la máxima participación pública. Se pedía a los altos cargos, tanto civiles como eclesiásticos, que prestaran juramento de fidelidad a la Inquisición, hecho que provocó conflictos de manera inmediata entre las autoridades.

No cabe duda de que los autos de fe terminaron siendo populares, su carácter novedoso atraía altos niveles de asistencia, en busca de morbo y de espectáculo en aquella época carente de ellos. Los habitantes de comarcas remotas acudían en tropel. En 1610, el auto de Logroño, población de unos 4,000 habitantes, atrajo, según los funcionarios de la Inquisición, a unas treinta mil personas provenientes de Francia Navarra y País Vasco.

Juan Antonio Llorente definía el auto de fe así:

La lectura pública y solemne de los delitos y penas por parte del Tribunal, en presencia del reo o de su efigie, de las corporaciones respetables, del pueblo y de las autoridades seculares a las que se entregaba allí mismo la persona o efigie destinada a ser relajada, para que se pronuncien y ejecuten "ipso facto" las penas, de acuerdo con las leyes de el reino, contra la herejía. [44]

Teófanes Egido López, 1986, escribe:

... La Inquisición, un tribunal antes de nada, no se reducía a "ente" jurídico: era algo mucho más complejo..., se convertía en apoteosis de la fe triunfante de los asaltos de la herejía; en manifestación, en acto de afirmación de la ortodoxia, del Estado, del orden social, de la propia Inquisición (que todo iba unido entonces). Era la exaltación de una pedagogía del miedo, como había visto Bennassar, para "delincuentes" y vacilantes; medicina para los arrepentidos supervivientes, instrumento disuasorio; ocasión de gracia, de ganar algunas indulgencias más, de romería para algunos, de fiesta especial para todos. Eso sí, y a pesar de la predilección de los hispanistas por la comparación, el auto de fe era algo más y distinto que la función de toros, a pesar de la muerte y de la sangre. [45]

En contraste con la simplicidad y eficiencia de los autos en los primeros años de la Inquisición, tenemos el ejemplo del grandioso auto de fe celebrado el 30 de junio de 1680 en la Plaza Mayor de Madrid, en presencia del Rey y su Corte. La escena fue recogida en un enorme lienzo por Francesco Rizzi, cuya obra cuelga ahora en el Museo del Prado. En 1748, fue publicada en Londres una versión muy resumida de un relato de este auto, que comienza así:

Una tribuna de cincuenta pies de longitud fue erigida en la plaza, siendo levantada a la misma altura del balcón en que había de sentarse el Rey. Al final y a lo largo de toda la anchura de la tribuna, a la derecha del balcón del Rey, se levantó un anfiteatro, al cual se ascendía por 25 o 30 escalones, destinado al Consejo de la Inquisición y a los otros consejos de España. Sobre estos escalones y bajo un dosel, había colocado el rostrum del Gran Inquisidor, de manera que se alzaba a mayor altura que el balcón del Rey. A la izquierda de la tribuna y del balcón se erigió un segundo anfiteatro del mismo tamaño que el primero, en donde habían de comparecer los delincuentes.

 

Descripción completa en los Documentos de Apoyo

 

...En este auto de fe, 11 personas abjuraron de sus errores y 56 fueron reconciliadas, dos de ellas en efigie porque habían muerto en prisión. Hubo 53 relajaciones, de las cuales 19 fueron en persona, incluyendo la de una mujer de más de 70 años de edad [45b]

Las 53 relajaciones eran las personas que quemaron en la hoguera. La minuciosa descripción refleja todos los detalles y pomposidad del auto de fe. Constituye un cuadro sociológico completo y revelador.

 

 


 

EL TERRORISMO INQUISITORIAL

 

 

 

Mensaje de un preso que lo intentó enviar fuera de la cárcel.

Símbolo de la soledad y de la incomunicación carcelaria.

Zurcido en un trozo de tela, siglo XVIII.

 

El mecanismo del secreto: El acusado se encuentra ante un tribunal sin saber todavía qué le preguntarán; le piden que jure sobre la verdad de las propias afirmaciones; se le interroga sobre sus costumbres y sus últimos comportamientos y, finalmente, se le pregunta si sabe por qué fue convocado a ese lugar. El acusado sólo puede imaginar, combatir contra fantasmas que su misma imaginación crea. Nada sabe sobre la causa por la que ha debido presentarse, no conoce a sus acusadores o delatores; ya no tiene contacto con los amigos y la familia.

La memoria de la infamia: Se obliga a llevar el sanbenito para perpetuar el recuerdo de la condena y la infamia, que recae sobre sus familiares y sus hijos. Una vez el reo reintegrado a la comunidad o ejecutado, su sanbenito era colgado en las iglesias. Esta ignominiosa costumbre se prolongó hasta el siglo XIX y los inquisidores velaban por su cumplimiento.

La declaración de inhabilitación: Consistía en la privación de todos los derechos civiles y la imposibilidad de desarrollar profesiones públicas civiles o religiosas, extensiva a los descendientes de los condenados a muerte.

La amenaza de la miseria: Es una evidente consecuencia del punto anterior - familias enteras corrían el riesgo de encontrarse imprevistamente en la calle-, pero a menudo se trataba también del golpe de gracia dado a personas que ya eran pobres. La familia del hereje queda abocada a la mayor indigencia y desamparo, lo que no deja de sorprender y llamar la atención, pues no se trata de un desliz o ignorancia de los inquisidores, pues ellos son totalmente conscientes de la situación económica en que queda la familia. Les importa menos la persona que el poder disuasorio del castigo, aunque sea injusto.

Escuchemos a Peña, doctor en derecho canónico y civil, en sus comentarios al Directorium inquisitorum: Nada tan glorioso para la santa fe como confundir públicamente a la herejía, Y para ello, añade, "no hay ninguna duda que instruir y aterrorizar al pueblo con la proclamación de las sentencias, la imposición de sambenitos, etc., es un buen acto". Aquí tenemos, en la pluma de uno de los más expertos teóricos del Santo Oficio, el fundamento mismo del sistema inquisitorial: aterrorizar. La acción de la Inquisición no pretende tanto reconciliar al hereje como impresionar a las masas. Es de nuevo Peña quien afirma: "la finalidad primera del proceso y de la condena a muerte no es salvar el alma del acusado, sino procurar el bien público y aterrorizar al pueblo".

Más claro, imposible: vencer mejor que convencer. Del "militat gladio militat spiritu" (luchar con la espada, luchar con el espíritu) de la Escritura, no se retiene más que la primera parte. Y lo que acabó de perfeccionar esta organización del terror erigido en sistema fue el secreto absoluto con que procedía: nadie, ni miembros del Santo Oficio, ni reconciliados, ni testigos, nadie podía decir lo que pasaba dentro del tribunal del Santo Oficio. Así fue como la Inquisición, tanto en España como en el extranjero, alcanzó una dimensión mítica que aún hoy, a pesar de los denodados esfuerzos de la Investigación histórica, está muy lejos de haber perdido. [46]

 


 

LA HOGUERA

 

 

Herejes en la hoguera en Lisboa.

Penitentes portando el sambenito; monjes brindándoles el crucifijo, el rosario y la oferta de perdón para salvar su alma ya que no es posible salvar el cuerpo que será devorado, en la pira, por las llamas.

Auto de fe según Bernard Picart, grabado del siglo XVIII

 

 

La conclusión no puede ser sino la hoguera. El acto absoluto y definitivo de la acción inquisitorial, que el imaginario cada uno lo representa perfectamente. La hoguera, como simple pila de leña o como quemadero, plataforma de piedra, hueca en el interior, rellena de madera para quemar, con dos salidas laterales que actúan como horno, sobre la que se apoyan cuatro estatuas, las de los grandes profetas bíblicos (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel). Las estatuas son huecas y su función es atroz: deberán contener los cuerpos vivos de los condenados, que morirán lentamente y sufriendo por anticipado los tormentos del infierno.

Herejes, brujas, asesinos, moriscos o marranos son sacados de la prisión, mientras la multitud, atraída por los gritos de los mensajeros y por la noticia que se difunde velozmente por los alrededores, se apretuja en el camino de la cruz y alrededor del patíbulo. Aparecen los acusados, trastornados por los últimos días, por las promesas reiteradas y por las mentiras en las que debieron confiar; los rostros de algunos, impenitentes y orgullosos, siguen rectos y en alto, mientras suben al carro, atados de manos y pies y se aprestan al último viaje: no llevan trajes modestos, sino los signos de la Iglesia, bordados en sambenitos junto a sus crímenes, que la túnica narra, y con imágenes de fuego y de dragones. Una cuerda mantiene las manos al costado del cuerpo y se cierra alrededor de la garganta.

La procesión se pone en marcha. Delante caminan los soldados de la fe, fieles de Pedro de Verona, mártir de la locura cátara, protector de la Inquisición; sigue la cruz verde, del color de la madera que no arde, envuelta en un velo, negro, luctuoso como el destino de quien sí arderá. A continuación cuatro portadores, con una silla de mano escarlata –color de la Pascua y de la sangre salvífica de Cristo-, donde está sentado el sacerdote, que celebrará la misa y lleva el ostensorio con la hostia consagrada. Un quinto hombre marca el tiempo con una campanilla: es el ritmo de la marcha y de las genuflexiones al que se someten los fieles, persignándose, aterrados. Pasada la hostia, pasan las otras víctimas: el contraste es evidente, entre el glorioso Dios y el pobre ostensorio humano que lo sigue. La multitud, primero vociferante, ahora está impresionada.

Al lado de los condenados, otra gloria, la de los hermanos; sus blancas túnicas y las capas negras describen el contraste entre vida y muerte. Tienen miradas severas, nobles, austeras. En el silencio asombrado resuenan sus voces que invitan a quien todavía no ha confesado: el tiempo de la gracia es breve, como estrecho es el camino de la vida.

Entre este cortejo y la multitud hay unas pocas tropas de la Iglesia y seculares, aliadas para la carnicería; brillan al sol sus armaduras, brillan las espadas al costado y las alabardas al hombro. Los niños los ven y comprenden: sí, de grandes serán como ellos y defenderán la fe. La procesión es larga, la impresión no cambia: siguen las efigies de los condenados en contumacia. Vergonzosas, grotescas, irónicas y crueles. Quien escapó al proceso y a la hoguera no escapa a la sátira: ondean estos muñecos de paja -arderán antes que los condenados-, horribles en sus sambenitos. Los niños comprenden: éstas son las criaturas que perturban sus sueños, la fe y la paz de quien cree.

Los inquisidores cierran el cortejo. Sentados en asnos, una asna y su pollino como Cristo en Jerusalén. A ellos pertenece el color del luto, adornado con una cruz blanca. Sigue un estandarte que no cambia: Exsurge, Domine et judica causam tuam, (surge, Señor y juzga tu causa). En el estandarte están los signos del olvido, de una paz que el juez ha buscado con todas sus fuerzas, la espada, que hiere a quien no quiere la paz. La procesión atraviesa la multitud y sin obstáculos se dirige a la catedral. La gente es mucha, la masa crece, el olor de la carne quemada se expande en el aire y penetra en el alma, antes de que la nariz pueda percibirla.

Hacen bajar del carro a los condenados y los llevan a la tribuna en orden: un condenado y dos dominicos a los costados; una efigie de un contumaz y dos dominicos. Los cirios encendidos con la llama que oscila al viento. Un presagio. El olor del incienso prepara el holocausto.

El sacerdote ocupa su lugar, se prepara para la homilía, en la que se muestra a todo el pueblo cómo la fe es salvación del alma y del cuerpo mientras que el error es la condena del hombre pronunciada contra él mismo. Los nombres de los culpables desfilan para deshonor eterno, acompañados por la enumeración de los delitos, para que todo el mundo sepa. A cada nombre corresponde un hombre, a cada hombre una condena. La Iglesia hace el gesto que rechaza al pecador y lo confía al brazo secular. La homilía es concreta, bien construida y adecuada para el auditorio. Todos están atentos, no hay lugar para la distracción.

Finalmente, se ata al condenado a un palo, encima de la pira a la que se prende fuego. La plaza queda envuelta en gritos y en otra luz dentro de la luz metálica del día. Las lenguas de fuego envuelven la carne, la lengua de los predicadores envuelve a la multitud; ejemplo y plegaria asociados. Ante los ojos de los condenados se agitan brazos y cruces, invitaciones a confesar, a arrepentirse. El fuego llega a los pies desnudos, rodea la ropa, sube por la cintura, envuelve el cuerpo. El humo lanza imágenes de demonios convulsionados, que abandonan el cuerpo del condenado y lo preceden a los infiernos.

Los niños ven y comprenden: el mal existe para ser derrotado. El bien debe ser imitado. Mañana jugarán a ser inquisidores del compañero de piel más oscura.

El fuego y el humo cubren las imágenes aullantes de los hombres, mientras ya han consumido las silenciosas de los fantoches, de los contumaces. Algunos han gritado su conversión, otros la definitiva blasfemia. Las llamas han consumido al digno y al indigno.

Sólo queda volver a casa. [47]

 

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DOCUMENTOS DE APOYO

 

Presentación del libro en la Universidad de Puerto Rico, a cargo del Dr. Antonio Mansilla Triviño

El Gran Inquisidor

Orden De Arresto De Los Templarios, 14 De Septiembre De 1307

Defensa De La Fe Ortodoxa Contra los Errores de Servet. (Escrito De Calvino, refutado por Castellio)

Discurso De Juan Pablo II Sobre El Caso Galileo

Fragmentos del Malleus Maleficarum

Leyendas de Brujas

Técnicas para la tortura

Auto De Fe En La Plaza Mayor De Madrid, 30 De Junio De 1680.

Problema De Identidad Del Pueblo Judío

Nuevo Tribunal. Razones Reyes Católicos Para Su Creación.

Ad Perpetuam Rei Memoriam

Arzobispo Carranza

Proceso De Giordano Bruno

 

 

 

 



 



 

EL GRAN INQUISIDOR (del LibroV, capítulo V, de "Los Hermanos Karamazov")

 

[---]

Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.

-¡Él resucitará a tu hija! -le grita el pueblo a la desconsolada madre.

El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.

Pero la madre profiere:

-¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se prosterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).

La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

-¡Prendedle! -les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.

Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.

Muere el día y una noche de luna, una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.

De pronto, en las tinieblas, se abre la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona sólo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lentamente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:

-¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta, prosigue:

-No hables, calla. ¿Qué podrías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Por qué has venido a molestarnos?... Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda...

Y el anciano, mudo y pensativo, sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.

-El Espíritu terrible e inteligente -añade, tras una larga pausa-, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no les permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad y contestaste que "no sólo de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que sólo hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos -huyendo aún de la persecución, del martirio-, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca -¡nunca!- sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que -¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles!- nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos -haciéndoles felices-: el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseabas de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfecho del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata sólo de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal de que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él...; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo -¡ocho siglos!- que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlán, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia -los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia-; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te enorgullecerás de tus elegidos, pero son una minoría: nosotros les daremos el reposo y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuántos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios y exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán y otros -los más-, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan -obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno- que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en panes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad -no, como Tú, el orgullo. Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con qué facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar -¡su naturaleza es tan flaca! Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.

Todos los millones de seres humanos serán así felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes. Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho. Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice:

-¡Vete y no vuelvas nunca..., nunca!

Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja


 

ORDEN DE ARRESTO DE LOS TEMPLARIOS, 14 DE SEPTIEMBRE DE 1307

  

 

Las actas de exculpación del Vaticano a la Orden del Templo.

 

 

Processus contra Templarios:Wikipedia

 

 

 

 

 

Felipe, por la gracia de Dios rey de Francia, a nuestro amado y fieles del señor de Onival, el caballero Joan de Torville y el bailío de Rouen, salud y dilección.

Una cosa amarga, una cosa deplorable, una cosa seguramente horrible de pensar, terrible para entender, un crimen detestable, un delito execrable, un acto abominable, una infamia atroz, una cosa totalmente inhumana, más aún, extraña a toda humanidad, ha llegado a nuestro oídos gracias a los informes de muchas personas dignas de fe, no sin conmovernos con un gran estupor y hacernos estremecer con un violento horror; y, considerando su gravedad, un dolor inmenso crece en nosotros tanto más cruelmente cuanto que no hay duda de que la enormidad del crimen desborda hasta ser una ofensa a la majestad divina, un oprobio para la humanidad, un pernicioso ejemplo del mal y un escándalo universal. Seguramente el espíritu razonable sufre por quien pasa los límites de la naturaleza y, sufriente, es atormentado sobre todo por causa de esta gente, olvidadiza de su principio, no instruida en su condición, ignorante de su dignidad, pródiga de sí y entregada a sentimientos reprobables, no ha comprendido por qué estaba en honor. Esta gente es comparable a las bestias de carga desprovistas de razón, mucho más, traspasando su irracionalidad por su bestialidad pasmosa, ella se expone a todos los crímenes soberanamente abominables que aborrece y de los cuales se apartan las propias bestias irracionales. Ellos han abandonado a Dios, su creador, ellos se han separado de Dios, su salvación, ellos han abandonado a Dios, que les ha dado la luz, olvidados de Dios, su Señor y creador, se han inmolado a los demonios y no a Dios, esta gente sin consejo y sin prudencia (y pluguiera a Dios que ella sienta, comprenda y prevea esto que acaba de comenzar).

No hace mucho, bajo el informe de personas dignas de fe que ha sido hecho, se nos ha reiterado que los hermanos de la orden de la milicia del Templo, escondiendo al lobo bajo la apariencia del cordero y bajo el hábito de la Orden, insultan miserablemente a la religión de nuestra fe, crucifican en nuestros días nuevamente a Nuestro Señor Jesucristo ya crucificado por la redención del género humano y lo colman de injurias más graves que aquellas que sufrió en la cruz, cuando, a su entrada en la Orden y luego que hicieron su profesión, se les presenta su imagen y que, por un desafortunado, ¿qué digo?, un miserable ofuscamiento, ellos reniegan de ella tres veces y, por una crueldad horrible, le escupen tres veces en la cara; a continuación de lo cual, despojados de las vestimentas que llevaban en la vida secular, desnudos, puestos en presencia de aquel que los recibe o de su reemplazante, son besados por él, conforme al rito odioso de su Orden, primeramente debajo de la espina dorsal, segundo en el ombligo y finalmente en la boca, para vergüenza de la dignidad humana. Y luego que han ofendido la ley divina por empresas tan abominables y actos tan detestables, ellos se obligan, por el voto de su profesión y sin temer ofender la ley humana, a librarse uno al otro, sin rehusar, a lo que sean requeridos, por el efecto del vicio horrible y espantoso concubinato. Y por esto la cólera de Dios se abate sobre estos hijos de la infidelidad. Esta gente inmunda ha dejado la fuente de agua viva, reemplazado su gloria por la estatua del Becerro de Oro y en ella inmola a los ídolos.

He allí, con otras cosas todavía, lo que no teme hacer esta gente pérfida, esta gente insensata y abandonada al culto de ídolos. No solamente por sus actos y sus obras detestables, sino por sus discursos imprevistos, mancillan la tierra con sus obscenidades, suprimen los beneficios del rocío (sic), corrompen la pureza del aire y determinan la confusión de nuestra fe.

Y aunque nosotros tuvimos pena, al principio, de tornar nuestra atención hacia los portadores de estos rumores tan funestos, suponiendo que ellos provenían de la lívida envidia, del aguijón del odio, de la avaricia, más que del fervor de la fe, del celo por la justicia o del sentimiento de caridad, en tanto los delatores y los denunciantes susodichos se multiplicaban y el escándalo tomaba consistencia, las presunciones susodichas, argumentos de gravedad y legítimos, conjeturas probables surtieron una presunción y una suposición violentas que nos llevaron a investigar la verdad en este aspecto. Luego de haber hablado con nuestro muy Santo Padre en el Señor, Clemente, por la Divina Providencia soberano pontífice de la muy santa Iglesia romana y universal, luego de haber tratado cuidadosamente a los medios más útiles para informarnos y a las vías más eficaces por las cuales se puede, en este asunto, encontrar más claramente la verdad, cuanto más amplia y profundamente lo examinamos como sondeando un escondrijo, más graves son las abominaciones que encontramos.

Por lo tanto, nosotros que fuimos establecidos por el Señor en el puesto de observación de la eminencia real para defender la libertad de la fe de la Iglesia y que deseamos, antes que la satisfacción de todos los deseos de nuestros espíritu, el acrecentamiento de la fe católica; vista la investigación previa y diligente hecha sobre los datos del rumor público por nuestro querido hermano en Cristo, Guillermo de Paris, inquisidor de la perversidad herética, diputado por la autoridad apostólica; viendo la vehemente sospecha resultante contra los dichos enemigos de Dios, de la fe y de la naturaleza y contra dichos adversarios del pacto social (sic), tanto sobre dicha investigación como de otras presunciones diversas, de argumentos legítimos y de conjeturas probables; cumpliendo con las requisiciones de dicho inquisidor, que ha hecho apelación a nuestro brazo; y aunque ciertos inculpados pueden ser culpables y otros inocentes, considerando la extrema gravedad del asunto, atendiendo a que la verdad no puede ser plenamente descubierta de otro modo, que una sospecha vehemente se ha extendido a todos y que, si es que hay inocentes, importa que sean probados como lo es el oro en el crisol y purgados por el examen del juicio que se impone; después de la deliberación plenaria con los prelados, los barones de nuestro reino y nuestros otros consejeros, como ha sido dicho anteriormente, sean arrestados, sin ninguna excepción, retenidos prisioneros y reservados al juicio de la Iglesia, que todos sus bienes, muebles e inmuebles, sean embargados, puestos bajo nuestra mano y fielmente conservados.

Es por esto por lo que os encargamos y os prescribimos rigurosamente en lo que concierne al bailío de Rouen, de trasportaros vos personalmente, todos o dos de entre vosotros y de arrestar a todos los hermanos de dicha Orden sin excepción ninguna, de retenerlos prisioneros, reservándolos al juicio de la Iglesia, de embargar sus bienes, muebles e inmuebles y de retenerlos muy rigurosamente bajo vuestras manos a tales bienes embargados, sin gasto ni devastación ninguna, conforme a nuestras órdenes e instrucciones que os han sido enviadas bajo nuestra contraseña, hasta que recibáis allí de nosotros una nueva orden. Además, damos la orden, por el portador de las presentes, a nuestros fieles jueces y sujetos de obedeceros de una forma efectiva y de ser atentos en relación con las cosas precedentes, en conjunto o por separado y a las que con ellas se relacionen.

Dado en la abadía de Nôtre Dame-la-Royale, cerca de Pontoise, el día de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, el año del señor mil trescientos siete.

 


Defensa de la fe ortodoxa contra los prodigiosos errores de Miguel Servet. (Escrito de Calvino, refutado por Castellio)

 

 

 

 

 

 

 

 

La Hoguera de Miguel Servet

 

 

 

 

 

 

A la vez que Calvino redactaba su apología, que se acaba de resumir, el grupo que con acierto ha sido llamado "círculo de Basilea", reunía bajo la dirección de Sebastian Castellio una serie de textos desde los propios y de Lactancio, Agustín, Crisóstomo y Jerónimo hasta Erasmo y un buen número de reformadores (Brenz, Seb. Franck, Hedio, Schenk, Brunfels, Pellikan, Curio y otros) para demostrar que muy otro que ese inquisitorial debe ser el trato que se ha de dar a los herejes.

Se imprimió pocos meses después que el del reformador de Ginebra y constituye el primer monumento antológico del renacimiento de la libertad cristiana de conciencia. Gozó de gran divulgación en los ambientes norte europeos, a pesar de que no contiene una respuesta directa a los argumentos de las iglesias instituidas a favor de la intolerancia.

Tal respuesta -concretamente y punto por punto a la apología de Calvino- llegó de la pluma de Castellio en la trascendental discusión entre ambos en forma de diálogo que lamentablemente no vio la luz hasta 1612, mucho después de la muerte de su autor: Contra el libelo de Calvino que intenta mostrar que los herejes deben ser exterminados según derecho.

La inmensa riqueza teórica de este importantísimo libro no se puede resumir en unas líneas, ni en unas páginas. Habrá que resignarse aquí a entresacar unos pocos puntos, los más significativos a nuestro propósito, a los que el mismo Castellio, al extractarlos del folleto de Calvino, pone un número para mejor darles una digna respuesta, que encabeza bajo el paradójico seudónimo de Vaticanus.

Calvino. Defensa de la fe ortodoxa sobre la Trinidad contra los prodigiosos errores del español Miguel Servet.

Vaticanus. Calvino define la herejía en términos de error, como si dijera: voy a escribir contra los errores de Servet y a mostrar que los que yerran, o sea, los herejes, deben ser condenados a muerte, como Servet, que erró, fue condenado a muerte. Vamos a ver qué tal es la mente de Calvino [...]. Si tal cosa se hiciera, todos los que se llaman cristianos tendrían que morir, excepto Calvino mismo.

Calvino. 17. ¿Qué absurda humanidad es ésta, os pregunto yo, que encubre en silencio el crimen de un hombre y prostituye a un millar de almas con sus trampas satánicas?

Vat. Si los errores de Servet son trampas, entonces tú prostituyes a un millar de almas con las mañas del diablo hurgando en ello [...]. Ya ves lo que pasa cuando se pretende estar preocupado por la salud de las almas hasta el punto de quemar los cuerpos.

Calvino. 21. ¿Deben los jueces cristianos castigar a los herejes?

Vat. Lectores: os ruego que prestéis atento oído a lo que sigue. Lo que intento demostrar es que Calvino no puede invocar ni una sola razón, ni una sola autoridad sólida a este respecto y lo único que hace sostener lo que sostiene es su deseo de dominar, su sed inextinguible de sangre. Si no pruebo esto con total evidencia, estoy dispuesto a incurrir en condena general.

Calvino. 27. Servet, tan buen intérprete, prefiere destruir la fe en los corazones de los hombres que castigar a los que la trasmutan.

Vat. No la destruye en los corazones quien quiere que el castigo de los herejes sea distinto hasta la vuelta del Juez, a no ser que me muestres que es Cristo mismo quien acusa, cuando él manda dejar la cizaña hasta el tiempo de siega. Tampoco rechaza toda idea de castigo quien propone que los herejes sean castigados por Dios cuando él decida y no prematuramente por los hombres.

Calvino. 28. ¿Qué va a ser de la religión? ¿Por qué señales va poder ser reconocida la verdadera Iglesia? ¿Qué va a ser de Cristo mismo si la doctrina religiosa es incierta y equivoca?

Vat. La religión debe basarse en creer con seguridad las cosas que se esperan, no en las que se conocen: como Abrahán, que fue llamado para salir y obedeció "sin saber adónde iba" (Heb. 11,8). Pero su fe era cierta, porque Dios era fiel a sus promesas. La Iglesia verdadera debe reconocerse por el amor que procede de esa fe, cuyos preceptos son ciertos. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros". La doctrina religiosa consiste en amar a tus enemigos, bendecir a quienes te maldicen, tener hambre y sed de justicia y aguantar ser perseguido por causa de ella.

Estas cuestiones y otras semejantes son bien claras, por muy oscuras que sean las que conciernen a la Trinidad, la predestinación, la elección, etc., por las cuales algunos son tenidos por herejes. Muchos santos no sabían nada de ellas [...]. Y entonces ¿nada es cierto? Al contrario, es cierto todo lo que se necesita para la salvación, para la obediencia, para el deber. Toda la Escritura es cierta. Pero somos negligentes en sus preceptos: amar a Dios y a los enemigos, ser paciente y otros deberes de este tipo. Disputamos demasiado de cuestiones que se nos escapan despreciando lo que está a nuestro alcance. De ahí nacen disputas interminables. Y derramamos la sangre de los desgraciados y débiles que no comparten nuestras opiniones.

Una de las penetrantes observaciones de Castellio se refiere a que el uso de la fuerza en discusiones intelectuales es siempre muestra de debilidad: "Consciente de la debilidad de la palabra, recurre a la fuerza armada". Pero hay una diferencia esencial entre la posición de Calvino y de la Iglesia católica. Castellio ataca a Calvino por estar éste convencido de que sólo su opinión, su propia interpretación de la Escritura, siempre oscura en sí, es clara y segura. La cuestión se plantea, pues, en un terreno de competición personal. En la Iglesia no se trata sólo de opinión personal: le respalda el paso de toda una tradición, de lecturas de la Biblia que –superando el protagonismo de toda personalidad-comparte toda la sociedad cristiana.

Calvino. 41. El hecho de que la espada se haya usado para perseguir no impide que los magistrados piadosos usen su poder para defender a la Iglesia afligida, ni las cruces de los mártires impiden la justa ayuda de las leyes para que los fieles den culto a Dios en paz.

Vat. Si Servet te hubiera atacado con armas, razón habrías tenido para ser defendido por los magistrados, pero como él se te opuso con escritos, ¿por qué le respondiste a hierro y fuego? ¿A esto lo llamas defensa de magistrados piadosos? ¿Y aún osas reprochar a los papistas? Menciona un solo caso en que los papistas hayan arrastrado a un luterano o a un calvinista de la misa a la cárcel como de un sermón fuera sacado Servet por vosotros.

Calvino. 44a. Un verdadero y legítimo servidor de Dios combatirá por defender su fe tanto como su vocación le empuje.

Vat. Sin duda, un servidor de Dios combatirá, pero con sus armas: la justicia, la fe, la paciencia y otras virtudes que Pablo atribuye al cristiano. Pero el arma de Calvino es el hierro.

Calvino. 46 y b. Si el celo intempestivo es vicioso efecto de la ignorancia, ¿cómo no va a ser laudable el celo que a los hijos de Dios los inflama en el deseo de afirmar y testimoniar su fe?

Vat. Afirmar tu fe no es quemar a un hombre, sino quemarse en ella. ¿Persiguiendo? No: sufriendo. Tal es la verdadera afirmación de la fe y Calvino no la conoce.

Calvino. 63. Cristo envió a los apóstoles como corderos entre lobos y no les equipó con poderes terrenos. El Señor nunca les mandó castigar robos, rapiñas, adulterios y envenenamientos. Entonces, ¿esos crímenes deben quedar impunes?

Vat. Los robos, rapiña, adulterios y homicidios se castigan no para establecer el reino de Cristo, otorgar justicia o salvar a los hombres, o engendrar una nueva criatura, sino para proteger los cuerpos y la posesión de las propiedades.

En respuesta al párrafo de Calvino Numero 77, "Ahora se ve que los ministros del evangelio deben estar preparados para sobrellevar la cruz y el odio y cuanto quiera el mundo y que Dios sólo les ha equipado con el don de la paciencia. No obstante, a los reyes se les manda que protejan la doctrina religiosa con su apoyo", estampa Castellio la frase inmortal que se ha convertido en lema supremo de la condena de toda intolerancia y por ende de toda actividad inquisitorial: "Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos mataron a Servet no defendieron una doctrina; mataron a un hombre. Defender doctrina no es competencia del juez, sino del maestro. ¿Qué tiene que ver la violencia con las ideas?".

Las invectivas de Castellio tras la huella de Servet, perfectamente razonadas en la más pura sazón teológica y bíblica, se suceden así a lo largo de esta obra que debería circular en las escuelas e iglesias como manual de la convivencia inter-religiosa. "Propio del lobo es devorar carne cruda. No son lobos, pues, quienes son matados, sino quienes matan", responde al dicho de Jesús "os envío en medio de lobos". ¿Tendrá que ser destrozado todo el cuerpo de Cristo para que un miembro podrido quede intacto?, interroga Calvino 94. E insiste de nuevo Castellio: "Matar a un hombre no es amputar un miembro. Cuando se mata a un hombre, no se le amputa del cuerpo de Cristo, sino de la vida del cuerpo. De lo contrario, si la muerte del cuerpo fuera aún amputación, todos los que mueren serían amputados de la Iglesia".

Una de las secuencias más interesantes contradice la interpretación tomista e inquisitorial de la parábola de la cizaña, que Castellio, por supuesto, explica en sentido paulino: "Cristo manda dejarlos hasta la siega, no sea que con ellos se arranquen los buenos, porque mejor es que los malos vivan hasta el juicio que el que un solo bueno se pierda por destruir a los malos". ¿Hay alguien que crea que su propia religión es falsa? Los judíos erraron al perseguir a Cristo y a los apóstoles. El Papa yerra al perseguir a luteranos y zwinglianos. Enrique de Inglaterra yerra al perseguir a papistas, luteranos, zwinglianos y anabaptistas. Lutero yerra al llamar demonios a los zwinglianos y condenarlos al infierno. ¿Sólo los zwinglianos y los calvinistas van a estar libres de error? ¿Sólo ellos se van a sentar en el tribunal de Cristo, juzgar a los herejes y condenarlos a muerte?

Aún insistió Castellio en su lucha dialéctica contra la teología de la intolerancia en otro libro singular, que a causa de la dominante mentalidad represiva incluso en los países protestantes predestinadamente liberados sólo recientemente ha visto la luz. Théodore Beza, sucesor de Calvino al frente de la congregación ginebrina y del calvinismo, se encargó de contestar a la antología De haereticis dirigida por Castellio, reafirmando el derecho de las iglesias a reprimir violentamente las herejías. Castellio, campeón indiscutible de la contienda intelectual por el derecho a la libertad de conciencia, escribió una larga y detallada contestación, muy sistemática y claramente escrita: De haereticis a civili magistratu non puniendis, "De que los herejes no deben ser castigados por el magistrado civil". Por otro incomprensible antojo nefasto de la historia, estuvo perdido hasta el año 1938. Ese año el egregio investigador Bruno Becker, 1885-1968, lo halló en la biblioteca de la Iglesia Remontrante de Ámsterdam. Lo fue preparando para impresión y enriqueciendo con numerosas y eruditas notas.

Es exhaustivo en todas estas obras el repaso que Castellio hace de las presuntas razones teológicas y bíblicas de la intolerancia con las que desde el siglo IV pretendieron justificar la actividad represiva todas las iglesias. Las muestras que de sólo una de esas obras se han entresacado son ya excesivas y más que suficientes para fácilmente comprobar las conclusiones a las que hemos podido llegar. Como antes se apuntó, ni siquiera la Reforma se atrevió a criticarlas y a dar el paso decisivo que asestara el golpe mortal a la inveterada intolerancia de las jerarquías cristianas. Fue necesario el sacrificio de Miguel Servet y la profunda reflexión teológica que en su brillante obra llamó Williams "reforma radical" -anabaptistas, antitrinitarios, espiritualistas- para que se iniciara el movimiento de defensa del derecho natural a la libertad de conciencia que hoy disfrutamos en los países democráticos y que las iglesias han aceptado al fin. Si con pleno convencimiento o no, sólo podrá decirlo la historia futura.

 

 


 

DISCURSO DE JUAN PABLO II SOBRE EL CASO GALILEO

 

APARTADO II DEL DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Con motivo de la presentación de las conclusiones de la comisión pontificia de estudio de la controversia ptolomeo-copernicana en los siglos XVI-XVII: (Roma, CdV, 31-10-1992)

 


4. Era movido por semejantes preocupaciones, el día 10 de noviembre de 1979, con motivo de la celebración del primer centenario del nacimiento de Albert Einstein, cuando expresé ante esta misma Academia el deseo de que teólogos, científicos e historiadores, animados por un espíritu de sincera colaboración, profundizaran en el examen del caso Galileo, en un reconocimiento leal de los errores de cualquier parte que éstos procedieran, hicieran desaparecer la desconfianza que este caso todavía sigue planteando, en muchos espíritus, respecto a una fructífera concordia entre ciencia y fe (AAS 71, 1979, pp. 1464-1465). Una comisión de estudio se constituyó para tal fin el 3 de julio de 1981. Y ahora, en el mismo año en que se celebra el 350 aniversario de la muerte de Galileo, la comisión presenta, como conclusión de sus trabajos, un conjunto de publicaciones que vivamente aprecio. Deseo expresar mi sincero reconocimiento al cardenal Poupard, encargado de coordinar las investigaciones de la Comisión en la fase conclusiva. A todos los expertos que han participado de diversas maneras en los trabajos de los cuatro grupos que han llevado a cabo este estudio pluridisciplinar les expreso mi profunda satisfacción y mi viva gratitud. El trabajo desarrollado durante más de diez años responde a una orientación sugerida por el Concilio Vaticano II y permite iluminar mejor varios puntos importantes de la cuestión. En el futuro ya no se podrá prescindir de las conclusiones de esa Comisión.

Acaso alguien se sorprenda de que al término de una semana de estudios de la Academia sobre el tema de la emergencia de la complejidad en las diversas ciencias yo vuelva sobre el caso Galileo. ¿No es un caso archivado desde hace tiempo y no han sido ya reconocidos los errores que se cometieron?  Ciertamente, esto es verdad. Sin embargo, los problemas subyacentes a ese caso afectan tanto a la naturaleza de la ciencia como a la del mensaje de la fe. No hay que excluir, pues, que nos hallemos un día ante una situación análoga, que exigirá a unos y a otros una conciencia consciente del campo acotado y de los límites de las respectivas competencias. La aproximación al tema de la complejidad podría aportar un ejemplo ilustrativo.

5. Una doble cuestión está en el corazón del debate cuyo centro fue Galileo Galilei.

La primera es de orden epistemológico y concierne a la hermenéutica bíblica. A este respecto, hay que subrayar dos puntos: Ante todo, como la mayor parte de sus adversarios, Galileo no distingue entre lo que es análisis científico de los fenómenos naturales y la reflexión sobre la naturaleza, de carácter filosófico, que ello reclama. Por eso rechazó absolutamente la sugerencia que se le hizo de presentar como una hipótesis el sistema de Copérnico, en tanto que no fuera confirmado por unas pruebas irrefutables. Era ésta, por otra parte, una exigencia del método experimental del cual él mismo fue genial iniciador.

Además, la representación geocéntrica del mundo era comúnmente aceptada en la cultura del tiempo como plenamente concorde con las enseñanzas de la Biblia, en la cual algunas expresiones, tomadas al pie de la letra, parecían ser afirmaciones de geocentrismo. El problema que por tanto se plantearon los teólogos de la época era el de la compatibilidad del heliocentrismo y de la Sagrada Escritura.

De este modo, la ciencia nueva, con sus métodos y la libertad de investigación que suponen, obligaba a los teólogos a interrogarse sobre sus criterios de interpretación de la Escritura. La mayor parte de ellos no supo hacerlo.

Paradójicamente, Galileo, sincero creyente, se mostró sobre este punto más perspicaz que sus adversarios teólogos. "Si bien la Escritura no puede errar -escribe a Benedetto Castelli-, podría, no obstante, errar tal vez alguno de sus intérpretes y expositores, de diversas maneras" (Carta del 21 de diciembre de 1613, en Edizione nazionale delle Opere di Galileo Galilei, dir. A. FAVORO, reedición de 1968, vol. V, p. 282). Se conoce también su carta a Cristina de Lorena (1615), que es como un pequeño tratado de hermenéutica bíblica (ibidem, pp. 307-348).

6. Podemos ya en este lugar formular una primera conclusión. La irrupción de una nueva manera de estudiar los fenómenos naturales impone una clarificación del conjunto de las disciplinas del saber. Esa irrupción les obliga a delimitar mejor su campo propio, su ángulo de aproximación, sus métodos, así como el exacto alcance de sus conclusiones. En otros términos, esta novedad obliga a cada una de las disciplinas a asumir una conciencia más rigurosa de su propia naturaleza.

El vuelco provocado por el sistema de Copérnico ha exigido, por ello, un esfuerzo de reflexión epistemológica sobre las ciencias bíblicas, esfuerzo que más adelante debía traer frutos abundantes en los trabajos exegéticos modernos y que ha encontrado en la constitución conciliar Dei Verbum una consagración y un nuevo impulso.

7. La crisis que apenas he evocado no es el único factor que tuvo repercusiones sobre la interpretación de la Biblia. Tocamos aquí el segundo aspecto del problema, el aspecto pastoral.

En virtud de la misión que le es propia, la Iglesia tiene el deber de estar atenta a las incidencias pastorales de su palabra. Quede claro, ante todo, que esa palabra debe corresponder a la verdad. Pero se trata de saber cómo hay que tomar en consideración un dato científico nuevo cuando éste parece contradecir verdades de fe. El juicio pastoral que exigía la teoría copernicana era difícil de expresar en la medida en que el geocentrismo parecía formar parte de la misma enseñanza de la Escritura. Habría sido necesario en aquellas circunstancias sobreponerse a los hábitos del pensamiento e inventar una pedagogía capaz de iluminar al pueblo de Dios. Digamos, de manera general, que el pastor ha de mostrarse dispuesto a una auténtica audacia, evitando el doble escollo de la actitud insegura y del juicio apresurado, pudiendo uno y otro hacer mucho daño.

8. Puede ser evocada aquí una crisis análoga a aquélla de la cual estamos hablando. En el siglo pasado y en los comienzos del nuestro, el progreso de las ciencias históricas permitió adquirir nuevos conocimientos sobre la Biblia y sobre el ambiente bíblico. El contexto racionalista en el cual, por lo general, dichas adquisiciones eran presentadas pudo hacerlas aparecer como ruinosas para la fe cristiana. Algunos, preocupados por defender la fe, pensaron que se debían rechazar unas conclusiones históricas seriamente fundadas. Aquella fue una decisión apresurada y desgraciada. La obra de un pionero como el Padre Lagrange supo realizar los discernimientos necesarios sobre la base de unos criterios seguros.

Es necesario repetir aquí lo dicho más arriba. Constituye un deber para los teólogos estar informados con regularidad sobre los progresos científicos para examinar, en cada caso, hasta qué punto resulta necesario tenerlos en cuenta en su reflexión o realizar revisiones en su enseñanza.

9. Si la cultura contemporánea está marcada por una tendencia al cientificismo, el horizonte cultural de la época de Galileo era unitario y llevaba la impronta de una formación filosófica particular. Este carácter unitario de la cultura, que es en sí positivo y deseable todavía hoy, fue una de las causas de la condena de Galileo. La mayoría de los teólogos no percibía la distinción formal entre la Sagrada Escritura y su interpretación, lo que les condujo a trasponer indebidamente al campo de la doctrina de la fe una cuestión que de hecho pertenecía a la investigación científica.

En realidad, como ha recordado el Cardenal Poupard, Roberto Belarmino, que había captado lo que verdaderamente estaba en juego en el debate, defendía por su parte que, ante unas eventuales pruebas científicas de la órbita de la Tierra en torno al Sol, había que "andar con mucha consideración en explicar las Escrituras que parecían contrarias a la movilidad de la Tierra y más bien decir que no las entendemos, que decir que sea falso aquello que se demuestra" (Carta al Padre A. Foscarini, 12 de abril 1615, cfr. Op.cit. vol. XII, p. 172). [Véase Apéndice I] Antes que él, la misma sabiduría y el mismo respeto a la Palabra divina habían conducido a San Agustín a escribir: "Si a una razón evidentísima y segura se intentara contraponer la autoridad de las Sagradas Escrituras, quien hace esto no comprende y opone a la verdad no el sentido genuino de las Escrituras, que no ha conseguido penetrar, sino el propio pensamiento, o sea, no lo que ha encontrado en las Escrituras, sino lo que ha encontrado en sí mismo, como si estuviera en ellas." (Epístola 143, n. 7; PL 33, col. 588) Hace un siglo, el Papa León XIII se hacía eco de este pensamiento en su encíclica Providentissimus Deus: "Dado que lo verdadero o puede en manera alguna contradecir a lo verdadero se puede estar seguro de que un error se ha introducido o en la interpretación de las Palabras Sagradas, o en otro lugar de la discusión" (Leonis XIII Pont. Max. Acta, volumen XVIII, 1894, p, 361)

El cardenal Poupard nos ha recordado también que la sentencia de 1633 no era irreformable y que el debate, que no había cesado de desarrollarse, fue cerrado en 1820 con el imprimatur concedido a la obra del canónigo Setteke (cf. PONTIFICIA ACADEMIA SCIENTIARUM, Copérnico, Galilei e la Chiesa. Fine de la controversia (1820). Gli atti del Sant’Uffizio, a cura di W. Brandmuller e E. J. Greipl, Firenze, Olschki, 1992)

10. A partir del siglo de las luces hasta nuestros días, el caso Galileo ha constituido una especie de mito, en el cual la imagen de los acontecimientos que se construyó era bastante alejada de la realidad. En tal perspectiva, el caso Galileo era el símbolo del pretendido rechazo por parte de la Iglesia del progreso científico, o incluso del oscurantismo "dogmático" opuesto a la libre investigación de la verdad.

Este mito ha desempeñado un papel cultural considerable; este mito ha contribuido a fijar en muchos científicos de buena fe la idea de que habría una incompatibilidad entre el espíritu de la ciencia y su ética de investigación, por un lado y la fe cristiana, por el otro. Una trágica recíproca incomprensión ha sido interpretada como el reflejo de una oposición constitutiva entre ciencia y fe. Las clarificaciones aportadas por los recientes estudios históricos nos permiten afirmar que este doloroso malentendido pertenece ya al pasado.

11. Del caso Galileo puede sacarse una enseñanza que sigue siendo de actualidad en relación con situaciones análogas que se presentan hoy; en tiempos de Galileo era inconcebible imaginarse un mundo que estuviera desprovisto de un punto de referencia físico absoluto. Y dado que el cosmos entonces conocido, por decirlo así, estaba contenido sólo en el sistema solar, no se podía situar este punto de referencia más que en la Tierra o en el Sol. Hoy, después de Einstein y en la perspectiva de la cosmología contemporánea, ninguno de estos puntos de referencia reviste la importancia que entonces tenía. Esta observación como es obvio, no concierne a la validez de la posición de Galileo en el debate; pretende más bien indicar que frecuentemente, más allá de dos visiones parciales y contrastantes, existe una visión más amplia que incluye a ambas y las supera.

12. Otra enseñanza que cabe deducir es el hecho de que las distintas disciplinas del saber exigen una diversidad de métodos. Galileo, que prácticamente inventó el método experimental, había comprendido, gracias a su intuición de físico genial y apoyándose en diversos argumentos, por qué razón sólo el Sol podía tener la función de centro del mundo, tal como entonces era conocido, es decir como sistema planetario. El error de los teólogos del tiempo, al sostener la centralidad de la Tierra, fue pensar que nuestro conocimiento de la estructura del mundo físico era, en cierto modo, impuesta por el sentido literal de la Escritura. Pero resulta obligado recordar la célebre sentencia atribuida a Baronio: "Spiritui Sancto mentem fuisse nos docere quomodo ad coelum eatur, nom quomodo coelum graditur" (El propósito del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo el cielo está estructurado). En realidad, la Escritura no se ocupa de los detalles del mundo físico, cuyo conocimiento es confiado a la experiencia y a los razonamientos humanos.

Existen dos campos del saber, el que tiene su fuente en la Revelación y el que la razón puede descubrir con solas sus fuerzas. A este último pertenecen las ciencias experimentales y la filosofía. La distinción entre ambos campos del saber no ha de ser entendida como una oposición. Los dos sectores no son del todo extraños el uno al otro, sino que tienen puntos de encuentro. Las metodologías propias de cada uno permiten poner en evidencia aspectos diversos de la realidad. [107]

 

 


 

 

Fragmentos del Malleus Maleficarum

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¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores! Por lo tanto, si es un pecado divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar una lucha cotidiana.

En su segundo libro de La retórica, Cicerón dice: "Los muchos apetitos de los hombres los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia". Y Séneca dice en sus Tragedias: "Una mujer ama u odia; no hay tercera alternativa. Y las lágrimas de una mujer son un engaño pues pueden brotar de una pena verdadera, o ser una trampa. Cuando una mujer piensa a solas, piensa mal".

En cuanto a la primera pregunta, por qué hay una gran cantidad de brujos en el frágil sexo femenino, en mayor proporción que entre los hombres, se trata en verdad de un hecho que resultaría ocioso contradecir ya que lo confirma la experiencia, aparte del testimonio verbal de testigos dignos de confianza [...].

Pues algunos hombres sabios proponen esta razón: que hay tres cosas en la naturaleza: la Lengua, un Eclesiástico y una Mujer, que no saben de moderación en la bondad o el vicio y, cuando superan los límites de su condición, llegan a las más grandes alturas y a las simas más profundas de bondad y vicio [...].

Y de la maldad de las mujeres se habla en Ecclesiasticus, XXV: "No hay cabeza superior a la de una serpiente y no hay ira superior a la de una mujer. Prefiero vivir con un león y un dragón que con una mujer malévola". Y en entre otras muchas cosas, concluye: "Todas las malignidades son poca cosa en comparación con la de una mujer". "He encontrado que la mujer es más amarga que la muerte y buena mujer está sometida al apetito carnal".

Otros han propuesto otras razones de que existan más mujeres supersticiosas que hombres. Y la primera es que son más crédulas; y como el principal objetivo del demonio es corromper la fe, prefiere atacarlas a ellas. Véase Ecclesiasticus, XIX: "Quien es rápido en su credulidad, es de mente débil y será disminuido". La segunda razón es que, por naturaleza, las mujeres son más impresionables y más prontas a recibir la influencia de un espíritu desencarnado; y que cuando usan bien esta cualidad, son muy malas. La tercera razón es que tienen una lengua móvil y son incapaces de ocultar a sus congéneres las cosas que conocen por malas artes y, como son débiles, encuentran una manera fácil y secreta de reivindicarse por medio de la brujería. Véase Ecclesiasticus, tal como se cita más arriba: "Prefiero vivir con un león y un dragón, que habitar con una mujer malvada".

"Que como son más débiles de mente y de cuerpo, no es de extrañar que caigan en mayor medida bajo el hechizo de la brujería". San Jerónimo, en sus Contra Loniniann, dice: "Este Sócrates tenía dos esposas a quienes soportó con mucha paciencia, pero no pudo liberarse de sus contumelias y sus clamorosas vituperaciones. De modo que un día, cuando se quejaban de él, salió de la casa para huir de su acoso y se sentó delante de ella y entonces las mujeres le arrojaban aguas hervidas. Pero el filósofo no se molestó con ello y dijo: "Ya sabía que después del trueno vendrá la lluvia".

Y también existe la historia de un hombre cuya esposa se ahogó en un río, quien cuando buscaba el cadáver para sacarlo del agua, caminó corriente arriba. Y cuando se le preguntó por qué ya que los cuerpos pesados no se elevan, sino que descienden y el buscaba contra la corriente del rió, respondió: "Cuando esta mujer vivía, siempre tanto en palabras como en los hechos, contradijo mis órdenes; por lo tanto busco en la dirección contraria, por si ahora, inclusive muerta, conserva su disposición contradictoria".

Si investigamos, vemos que casi todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres. Troya, que era un reino próspero, fue destruido por la violación de una mujer, Helena y muertos muchos miles de griegos. El reino de los judíos sufrió grandes desdichas y destrucción a causa de la maldita Jezabel y su hija Ataliah, reina de Judea, quien hizo que los hijos de su hijo fuesen muertos, para que a la muerte de ellos pudiese ella llegar a reinar; pero cada una de ellas fue muerta.

El reino de los romanos soportó muchos males debido a Cleopatra, reina de Egipto, la peor de las mujeres. Y así con otras. Por lo tanto, no es extraño que el mundo sufra ahora por la malicia de las mujeres. Y examinemos en seguida los deseos carnales del cuerpo mismo, de los cuales han surgido innumerables daños para la vida humana. Con justicia podremos decir, con Catón de Útica: "Si el mundo pudiera liberarse de las mujeres, no careceríamos de Dios en nuestras relaciones".

Pues en verdad, sin la malignidad de las mujeres, para no hablar de la brujería, el mundo seguiría existiendo a prueba de innumerables peligros. Oígase lo que dijo Valerio a Rufino: "No sabes que la mujer es la Quimera, pero es bueno que lo sepas, pues ese monstruo tenía tres formas; su rostro era el de un radiante y noble león; tenía el asqueroso vientre de una cabra y estaba armado de la cola virulenta de una víbora".

Quiere decir que una mujer es hermosa de apariencia, contamina el tacto y es mortífero vivir con ella. Más amarga que la muerte, es decir, que el demonio: Apocalipsis, VI, 8: "Tenía por nombre Muerte".

Pues, aunque el demonio tentó a Eva al pecado, Eva sedujo a Adán. Y como el pecado de Eva no había llevado muerte a nuestra alma y cuerpo, a menos de que el pecado pasara después a Adán, el cual fue tentado por Eva y no por el demonio, entonces ella es más amarga que la muerte. Y más amarga que la muerte, además, porque ésta es natural y destruye sólo el cuerpo; pero el pecado que nació de la mujer destruye el alma al despojarla de la gracia y entrega el cuerpo al castigo por el pecado. Y más amarga que la muerte porque la muerte del cuerpo es un enemigo franco y terrible, pero la mujer es un enemigo quejumbroso y secreto. Y el hecho de que sea más peligrosa que una trampa no habla de las trampas de los cazadores, sino de los demonios.

Pues los hombres son atrapados, no sólo por sus deseos carnales, cuando ven y oyen a las mujeres, porque San Bernardo dice: La matriz estéril. Por lo cual, para satisfacer sus apetitos, se unen inclusive a los demonios. Muchas más razones deberían presentarse, pero para el entendimiento está claro que no es de extrañar que existan más mujeres que hombres infectadas por la herejía de la brujería. Y a consecuencia de ello, es mejor llamarla herejía de las brujas que de los brujos ya que el nombre deriva del grupo más poderoso. Y bendito sea el Altísimo, quien hasta hoy protegió al sexo masculino de tan gran delito; pues él se mostró dispuesto a nacer y sufrir por nosotros y por lo tanto concedió ese privilegio a los hombres.[48]

 

 


 

Leyendas de Brujas

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Milán, 1384. Las mujeres Sibilla y Pierina confiesan haber participado en un lúgubre juego: el juego de Diana (o de Herodíades) que presidía una tal Madonna Oriente, que confiaba a las participantes los misterios del futuro. Delante de esta Oriente no se podía pronunciar el nombre de Dios. Además Oriente enseña a curar enfermedades, encontrar cosas robadas y deshacer maleficios. Las dos mujeres fueron condenadas a muerte en 1390.

Sión, 1420. El diablo se le aparece a un grupo sectario en forma de oso o de carnero; los adeptos a la secta masacran hombres, niños y animales. Las indagaciones llevan a descubrir que unos 700 hombres componen el grupo. Cien de ellos son quemados vivos después de haber hecho una confesión total bajo tortura.

Ruán, 1430. El 18 de marzo es condenada a muerte Juana de Arco. La acusación es a la vez de herejía y brujería. El proceso es evidentemente político.

Arras, 1459. Robinet de Vaulx, ermitaño, es juzgado por el delito de brujería. Antes de morir denuncia a una prostituta, Demiselle, y a un pintor, Jean Lavite: una vez más dos personas marginales. Interrogados y torturados, queman a los dos en la hoguera en 1460. A su vez han confesado y denunciado a otros cómplices: la cadena de la Inquisición puede continuar su trabajo purificador.

Fié, 1506. Una mujer, Anna Jobstin, bajo tortura confiesa que es la responsable del granizo que ha destruido los campos de los vecinos. Finalmente su mente se nubla: se acusa de todos los desastres que últimamente afectaron a todo el Tirol.

Derneburg (Rheinstein), 1555. Se trata nuevamente de dos mujeres: Groebesche y Gisserlche que confiesan haber tenido relaciones sexuales con el demonio; Groebesche confiesa que estas prácticas duraron 11 años. La relación demoníaca es, pues, extremadamente fuerte: cuando la llevan a la hoguera, Satán se materializa frente al pueblo reunido bajo el patíbulo y rapta en un vuelo a ambas condenadas; es el 1 de octubre. Dos días después, Gisserlsche aparece en la casa del marido, que muere de espanto en el momento; el episodio lo testimonia un vecino que afirma haberla visto bailar alrededor del muerto, como en una nube de fuego. El 12 de octubre es arrestado el marido de Groebesche, acusado de haber copulado con la hermana de la mujer. La investigación inquisitorial continúa y el 14 del mismo mes, una tercera mujer, llamada Serckschen es encarcelada con la acusación de producir parálisis a los vecinos, enterrando sapos a la entrada de sus casas. Sin ningún socorro demoníaco es quemada pocos días después.

Paris, 1565-1640. En setenta y cinco años se enjuicia a 1119 personas; el número testimonia el trabajo insensato de los inquisidores. Cientos de estas personas encontrarán la muerte al final de los procesos. A diferencia de otros casos, aquí se trata casi siempre de hombres y mujeres de cierta categoría social, culpables de prácticas mágicas.

Lucerna, 1517. Una comadrona confiesa haber matado a varios niños durante el parto, atravesándolos con un alfiler. Al prolongarse la espera para la hoguera, con la esperanza de poder arrancarle otras confesiones, sucede que los carceleros no la encuentran en la celda: en su lugar, sólo su piel, hinchada como una pústula. El rumor popular afirma que el diablo la desolló para llevársela.

Genf, 1571. Una horrenda carnicería de mujeres: queman veintiuna durante el mes de mayo.

Zurich, 1571. Una mujer que vive en la miseria, Varena Keretzin, que necesita cosas fundamentales como comida y vestidos, ve acercándose a un gentilhombre que se le presenta como uno de los más ricos y poderosos de la toda la tierra. La mujer escucha espantada la propuesta que le hace: si te unes carnalmente a mí, te colmaré de bienes, serás fuerte y respetada. La mente de la mujer vacila, mientras no sabe qué contestar, aunque interiormente esté muy tentada a responder de manera afirmativa. El hombre no espera más y sella el pacto mordiéndole el brazo y luego copula con ella. Desde ese momento Varena siente que nada más debe temer; una nueva fuerza se apodera de ella. Armada con un bastón empieza a vagar por los campos, donde persigue vacas y cerdos hasta matarlos. Produce enfermedades en los hombres que en el pasado no quisieron darle protección o limosna; hace granizar hasta destruir las cosechas de toda la zona. Finalmente la capturan. El 10 de septiembre es condenada a la hoguera.

Lorena, 1576-1606. El juez Nicolás Remy se jacta de haber enviado a la hoguera, en este lapso de tiempo, de dos a tres mil brujas.

Burdeos, 1577. El inquisidor Pierre de L ’Ancre en un informe sobre lo realizado en los procedimientos jurídicos, dice que la Corte soberana de Burdeos ha enviado a la muerte a cuatrocientas brujas.

Val Mesolcina, 1593. Ni aún los pastores más famosos se sustraen al rito de la condena de las brujas: el cardenal Carlo Borromeo aporta su contribución a la caza favoreciendo la condena boca abajo de varias mujeres; los testimonios dicen que murieron probablemente reconciliadas ya que muchos las escucharon invocar, entre las llamas, "el santísimo nombre".

Pitoia, 1593. Algunas meretrices, entre ellas Fiore di Francesco da Crispoli, evitan la hoguera exiliándose.

Bazuel (Cambrésis), 1599-1627. Una anciana viuda, Reine Percheval, termina en la hoguera, después de confesar prácticas de brujerías con las que habría conseguido la muerte de la nieta, afectar con una grave enfermedad a un notable, producir nacimientos con deformidades en las vacas. Antes de la hoguera, se repite un rito desdichado: Reine se venga de sus acusadoras señalándolas como cómplices de sus propios crímenes. Una de estas, Aldegonde de Rue, la seguirá en la muerte violenta después de un proceso que duró dos años y terminó encontrando en su cuerpo puntos insensibles al dolor, lo que testimoniaba su trato diabólico. Otras tres mujeres sufrieron el mismo fin.

Jura, 1600. Rolanda di Vernois y Claudia confiesan al juez, Henri Boguet, haber provocado el granizo, mezclando su orina con ramas verdes. El demonio las defiende en la hoguera, haciendo llover varias veces, lo que apaga las llamas. Finalmente, el rito de la muerte se cumple el 7 de septiembre.

Aix-en-Provence, 1609. Esta vez se trata de una monja: después del rito del exorcismo que se le aplicó, porque era evidente que estaba endemoniada, la mujer acusa al cura de Marsella, dom Gaufridy, de haberla embrujado. El cura, sometido a tortura, resiste durante dos años antes de confesar las prácticas sabbáticas y una violencia sexual en la monja. Muere quemado el 30 de abril de 1611.

Zugarramurdi (País Vasco), 1614. Después de un interrogatorio que afecta a 300 personas y dura cuatro años, se reconocen culpables 12 brujas. Siete son condenadas a la hoguera; de las otras cinco, muertas durante el procedimiento, se queman imágenes que las representan.

Paderborn, 1631. Lisa Tutke, arrestada con la acusación de brujería, confiesa bajo tortura que su padre (muerto a su vez por la violencia de los jueces en un proceso anterior) le ha enseñado a hacer maleficios desde que era pequeña, entregándola a un hombre que abusó sexualmente de ella: que el hombre podía ser el demonio queda testimoniado por el hecho que, durante la relación, Lisa no sintió calor sino frío. Lisa denunció a otras seis personas.

Oppenau, 1631-1632. Un proceso que marca un récord; llevó a la hoguera al 8 por ciento de la población.

Palermo, 1640. El Santo Oficio condena a Caterina Buní "que salía con las mujeres de noche y que prometía llevar a la gente con ella y que les quería hacer cabalgar en un macho cabrío, como lo hacía ella".

Auch, 1644. Régine, mujer del pueblo, es apresada y arrojada al rió Gers con una piedra colgada al cuello. Los justicieros, esta vez sin proceso, son soldados que, por instigación de las personas de la ciudad, la acusan de prácticas maléficas.

Monthéliard, 1646. Treinta y dos testimonios acusan a una viuda, Adrienne d’Heur, de haber hecho morir a un niño ofreciéndole pan; de haber hecho perder la vista a un hombre, una mujer y dos niños; de haber estropeado la leche de una vaca; de haber provocado la muerte de un caballo; de haber intentado raptar a un niño; de haber amenazado a muchos otros; de haberse introducido de noche en las casas sin necesidad de abrir las puertas; de haberse trasformado en gato, irritando al gato de la casa. Igual que Percheval, es pinchada en todo el cuerpo: la aguja penetra entre los huesos y allí se queda, sin producir dolor y sin que fluya la sangre, durante un cuarto de hora. Adrienne, sin embargo, niega todo y es colgada de la cuerda. En ese momento confiesa: sabbat, coito con el diablo, maleficios, transformaciones. La queman el 11 de septiembre.

Juergensburg, 1692. Un hombre de ochenta años, Thiess, confiesa ser un hombre lobo, pero de los buenos, los que persiguen y luchan contra diablos y brujas. Los jueces lo condenan a diez latigazos.

 

 


 

Técnicas para la Tortura

El potro. Consistía en una estrecha y larga mesa de madera sobre la que se ataba con cuerdas al reo por las muñecas y tobillos. Las cuerdas de las muñecas estaban fijas a la mesa y las de las piernas se iban enrollando a una rueda giratoria. Cada desplazamiento de la rueda suponía una distensión de los miembros. El dolor producido al distender los músculos y estirar la estructura ósea era muy profundo e insufrible, que aumentaba con el girar de la rueda, lo que podía producir desmembramiento. Se detenía, a la mitad del tormento, para conminar al reo que dijese la verdad; si no lo hacía, el tormento seguía.

Cordeles y garrotes. Eran los cordeles y garrotes, cuya aplicación era de tres maneras: la vuelta de trampa, la mancuerda y tender al acusado en el potro. Se le preparaba para el tormento poniéndole un cinturón con el cual era balanceado desde el suelo; los dos brazos se le amarraban al pecho y se los sujetaban con cuerdas a anillas en la pared. Para la trampa o trampazo, la escalera del potro tenía uno de sus peldaños suprimidos a fin de permitir que las piernas pasasen por él; había otra barra de un agudo filo debajo de él y a través de esta estrecha apertura eran forzadas las piernas por una cuerda apretada alrededor de los dedos con una vuelta sobre el tobillo. Cada vuelta o giro dado a la cuerda representaba unos siete centímetros y medio; tres eran la práctica ordinaria, incluso con los más robustos. Dejándolo estirado en esta posición, el paso siguiente era la mancuerda: se pasaba una cuerda alrededor de los brazos y el verdugo, tras atárselos alrededor del cuerpo, se echaba atrás, volcando todo su peso y presionando con el pie contra el potro. La cuerda llegaba entonces a cortar la piel y los músculos hasta los huesos, mientras que el cuerpo del paciente era estirado como en un potro, entre éste y las cuerdas de los pies. El cinturón, al estar sometido a tales fuerzas alternativas, se movía también adelante y atrás, con lo cual el sufrimiento era mayor. Esto se repetía seis y ocho veces con la mancuerda, en diversas partes de los brazos y los pacientes solían desmayarse, especialmente las mujeres.

Después de esto entraba en juego el potro. Se libraba al paciente de la trampa y mancuerda y se le ponía sobre los once afilados peldaños del potro, con los tobillos atados a los lados y su cabeza en una depresión donde la inmovilizaba una cuerda que cruzaba la frente. Se le aflojaba el cinturón para que pudiera girar, se le pasaban tres cuerdas alrededor de cada brazo, atándose los extremos en anillas o a los costados del potro utilizando garrotes para mantenerlos tensos; otras dos semejantes se le ponían alrededor sobre cada muslo y una en cada pantorrilla, resultando en total doce. Los extremos se ataban a un garrote maestro, con el cual el torturador podía controlar todas a la vez. Éstos funcionaban no sólo por compresión, sino también deslizándose sobre los miembros, en los que arrancaban piel y carne. Cada medio giro se consideraba una vuelta, siendo el máximo seis o siete, pero generalmente no se pasaba de cinco ni aun con hombres fuertes. En los primeros tiempos se hacía lo mismo con la cuerda alrededor de la frente, pero se abandonó la práctica al ver que podía expeler los ojos de sus órbitas. Todo ello, concluye el tribunal de Córdoba, es muy violento, pero es menos peligroso que los métodos ya abandonados.

La garrucha. Se amarraba al acusado por las muñecas vueltas hacia la espalda y desde cierta altura se le dejaba caer. La longitud de la cuerda estaba medida para que no se golpeara con el suelo, pero la sacudida le dejaba descoyuntado.[33]

La primera, conocida en Italia como el strappato, consistía en amarrarle los brazos al paciente detrás de la espalda y luego, con una cuerda alrededor de las muñecas, alzarlo desde el suelo, con o sin pesas a sus pies, manteniéndolo suspendido durante el tiempo que se desease y dejándolo caer ocasionalmente un corto trecho de un tirón. Hacia 1620, un autor recomienda que el movimiento de elevación sea lento, pues, si es rápido, el dolor no dura bastante; el paciente debe ser mantenido algún tiempo sobre las puntas de los pies, de modo que éstos apenas toquen el suelo; al ser elevado, debe quedar así el rato que se tarda en repetir lentamente y por tres veces en silencio el salmo Miserere, mientras se le ha de amonestar reiteradamente que diga la verdad. Si esto no da resultado, se le bajará, se le atará de las pesas a los pies y será alzado por el tiempo de dos Misereres (oración oportuna si las hay), repitiéndose la operación con pesas cada vez mayores tan repetida y largamente como se considere conveniente.[34]

El brasero. Se colgaba al acusado por los brazos de una cuerda sujeta por una argolla. Se le elevaba, se le engrasaban los pies y se le ponía debajo un brasero. Algunos jueces acercaban brasas al cuerpo del reo.

El tormento del agua. Se sujetaba a la persona acostada y se le colocaba una pieza de hierro para que no pudiera cerrar la boca. Se le introducía una tira de lino por la boca hasta el interior de la garganta y con una jarra se iba echando el agua a través de la tira de tela, lentamente. El torturado jadeaba y se ahogaba. Se medía el tormento por el número de jarras de agua que se le introducían.

Otra versión del tormento del agua. Se debía colocar al paciente en una escalera o potro, una especie de caballete con peldaños puntiagudos, al través, como en una escalera inclinada, de modo que la cabeza quedaba más baja que los pies; en el punto más bajo había una depresión en la cual se metía la cabeza, mientras que un fleje de hierro alrededor de la frente o la garganta la mantenía inmóvil. Los cordeles, que penetraban en la carne, sujetaban los brazos y las piernas a los lados del potro y otros, conocidos como garrotes, por los palos introducidos en ellos y retorcidos como un torniquete hasta que las cuerdas iban entrando profundamente en la carne, eran atados a los brazos y antebrazos, a los muslos y a las pantorrillas. Un bostezo, o punta de hierro, distendía la boca y una toca, o venda de lino, se le introducía por la garganta para meterle el agua que fluía lentamente de una jarra, que generalmente contenía poco más de un litro. El paciente emitía sonidos entrecortados y, a intervalos, retirada la toca, se le conjuraba que dijese la verdad. La severidad del castigo se medía por el número de jarras consumido, que a veces llegaba a seis u ocho. [35]

Las tablillas. En cada pie y en cada mano se ponía una tabla con cinco agujeros estrechos, en los que se introducían los dedos a la fuerza.

La doncella de hierro. Consistía en un sarcófago de hierro cuyo interior estaba cubierto de pinchos. Hubo pocos sarcófagos de este tipo (el más famoso era el Nuremberg) y en realidad era un elemento más pensado para producir terror. Cualquiera de las torturas precedentes, aunque de apariencia más modesta, permitía una aplicación de intensidad variable, según las necesidades, mientras que la doncella no permitía graduaciones.

El cepo. El reo permanecía largo tiempo con los pies (y a veces también las manos) sujetos a una tabla con varios agujeros de diversa sección para distintos tamaños de tobillos o muñecas.

El aplasta pulgares. Era un instrumento que, girando un tornillo, servía para apretar los dedos de las manos o de los pies. Había variantes mayores para otras junturas del cuerpo: codos, rodillas etc.

El pie de amigo. Otro instrumento de castigo era el pie de amigo, una horquilla de hierro fijada a la barbilla y asegurada por una venda al cuello o a la cintura, a fin de mantener la cabeza levantada y rígidamente fija. Su uso ordinario era con reos azotados por las calles o a los que se hacía desfilar en vergüenza. [36]

 

 

 


 

 

 

Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, 30 de junio de 1680.

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[...]Al cabo de un mes de haber sido hecha la proclamación del Auto de Fe, se inició la ceremonia con una procesión [que tuvo lugar la víspera, el 29 de junio] en la iglesia de Santa María, con el orden siguiente: la marcha era precedida por cien carboneros, todos armados con picas y mosquetes ya que ellos proporcionaban la leña con que eran quemados los criminales. Eran seguidos por dominicos, precedidos por una cruz blanca. Luego venía el Duque de Medinaceli, llevando el estandarte de la Inquisición. Después venía una gran cruz cubierta de crespón negro, seguida de varios grandes y otras personas de calidad que eran familiares de la Inquisición. La marcha era cerrada por 50 guardias de la Inquisición, vestidos de negro y blanco y mandados por el Marqués de Pova, Protector hereditario de la Inquisición. Habiendo marchado la procesión por este orden ante Palacio, se dirigió luego hacia la Plaza, donde el estandarte y la Cruz Verde fueron colocados en la tribuna, donde sólo quedaron los dominicos, retirándose los demás. Estos frailes se pasaron parte de la noche cantando salmos y se celebraron varias misas ante el altar desde el amanecer hasta las seis de la mañana. Una hora más tarde aparecieron en los balcones los Reyes de España, la Reina Madre y muchas damas de calidad.

A las ocho empezó la procesión, siguiendo el mismo orden del día anterior, con la Compañía de Carboneros, que se colocó a la izquierda del balcón del Rey y formando los guardias a su derecha (el resto de los balcones estaban ocupados por los embajadores, la nobleza y los caballeros). Después vinieron 30 hombres, portando imágenes de cartón de tamaño natural. Algunas de éstas representaban a los que habían muerto en prisión, cuyos huesos eran asimismo traídos en baúles, en los que había pintadas llamas; y el resto de las figuras representaban a los que habían escapado a las manos de la Inquisición y que eran proscritos. Estas figuras fueron colocadas a un extremo del anfiteatro.

Tras ellos vinieron doce hombres y mujeres, con cuerdas alrededor de sus cuellos y velas en las manos, con caperuzas de cartón de tres pies de altura, en las cuales se habían escrito sus delitos, o representados de diversas maneras. Iban seguidos por otros 50, que también llevaban velas en sus manos, vestidos con un sambenito amarillo o una casaca verde sin mangas, con una gran cruz roja de San Andrés delante y otra detrás. Éstos eran delincuentes, quienes (por haber sido ésta la primera vez que eran encarcelados), se habían arrepentido de sus delitos; son condenados generalmente a algunos años de cárcel o a llevar el sambenito, al que se tiene como la desgracia mayor que puede caer sobre una familia. Cada uno de estos delincuentes era llevado por dos familiares de la Inquisición. Seguidamente, venían veinte delincuentes más, de ambos sexos, que habían reincidido tres veces en sus anteriores errores y que eran condenados a las llamas. Los que habían dado algunas muestras de arrepentimiento serían estrangulados antes de ser quemados; los restantes, por haber persistido obstinadamente en sus errores, iban a ser quemados vivos. Estos llevaban sambenitos de tela, en los que había pintados demonios y llamas, así como en sus caperuzas. Cinco o seis de ellos, que eran más obstinados que el resto, iban amordazados para impedir que profirieran frases de doctrinas blasfemas. Los condenados a morir iban rodeados, además de los dos familiares (miembros de la Inquisición), de cuatro o cinco frailes, que los preparaban para la muerte conforme iban andando.

Pasaron estos delincuentes en el orden arriba mencionado, bajo el balcón del Rey, y, tras dar la vuelta a la tribuna, fueron colocados en el anfiteatro de la izquierda, rodeado cada uno de ellos por los familiares y frailes que los atendían. Algunos de los Grandes, que eran familiares, se sentaron en dos bancos que estaban preparados para ellos en la parte inferior del otro anfiteatro. Los funcionarios del Consejo supremo de la Inquisición, los inquisidores, los funcionarios de todos los otros consejos y varios otros personajes distinguidos, tanto del clero regular como del clero secular, todos ellos a caballo, llegaron luego con gran solemnidad y se colocaron en el anfiteatro hacia el lado derecho, a ambos lados del rostrum en que había de sentarse el Gran Inquisidor. Éste fue el último en llegar, vestido de púrpura, acompañado por el presidente del Consejo de Castilla y, una vez que se hubo sentado, el presidente se retiró. Entonces comenzó la celebración de la misa...

Hacia las doce comenzaron a leer la sentencia a los delincuentes condenados. Primero se leyó la de los que murieron en prisión o estaban proscritos. Sus figuras de cartón fueron subidas a una pequeña tribuna y metidas en pequeñas jaulas hechas con ese propósito. Luego prosiguieron leyendo la sentencia a cada delincuente, quienes, seguidamente, eran metidos uno a uno en dichas jaulas para que todos los conocieran. La ceremonia duró hasta las nueve de la noche y, cuando hubo acabado la celebración de la misa, el Rey se remitió y los delincuentes que habían sido condenados a ser quemados fueron entregados al brazo secular y, siendo montados sobre asnos, fueron sacados por la puerta llamada Foncaral y, cerca de este lugar a medianoche, fueron todos ejecutados.

 

 

 

 


PROBLEMA DE IDENTIDAD DEL PUEBLO JUDÍO

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En la sociedad medieval, cada grupo (cada etnia, cada estamento dentro de una etnia, cada una de las múltiples y más fluidas subdivisiones dentro del estamento; cada sexo, por supuesto) poseía su propio valor de signo y a esta función semiótica debía el individuo su propia realidad social; fuera del grupo, su existencia era meramente física. Los judeoconversos vivieron siempre una existencia angustiada, precisamente porque no se hallaban integrados ni en el grupo que habían abandonado ni en el nuevo grupo que habían elegido. Queriendo liberarse del cautiverio de sus progenitores, caían en una inquietante e insospechada servidumbre. Ya en Las Partidas, de Alfonso X, podemos leer el terrible destino que persiguió siempre a los judíos:

"Et la razón porque la Eglesia, et los Emperadores, et los reyes et los otros príncipes sufrieron a los judíos vivir entre los cristianos es ésta: porque ellos viviesen como en cautiverio para siempre, et fuese remembranza a los homes que ellos vienen del linage de aquéllos que crucificaron a nuestro señor Jesucristo".

Las persecuciones de 1391, con la creación repentina de un nuevo y conflictivo grupo social nominalmente cristiano, el de los "cristianos nuevos", convertidos por fuerza o por conveniencia calculada, abren una etapa nueva, la del "problema converso".Más que en 1391, estas conversiones en masa se producirán en los tiempos que preceden a la expulsión en 1492. Con anterioridad a estas nuevas etapas infortunadas, la existencia del "converso" (algunos de conversión sincera) era también culturalmente fronteriza, al combinarse, en un solo sujeto, viejos y nuevos parámetros de definición étnica y su dificultad para encontrar un nuevo lugar social, una nueva entidad. El judeoconverso de la Edad Media, habiendo dejado, de forma postiza en la mayoría de los casos, la religión de sus padres y no habiéndose integrado totalmente en la nueva fe cristiana, vivía separado de los grupos sociales constituidos y al margen de la función que estos grupos desempeñaban. Su caminar era incierto y angustiosa su existencia. Su vida y hacienda en constante peligro y su actitud religiosa puesta siempre en duda por unos y por otros. Ante la sociedad cristiana era un neófito impostor e hipócrita y ante sus antiguos hermanos de sangre era un apóstata despreciable. Muchos de ellos, para expulsar de su interior vestigios culpables, para provocar un olvido de lo antes vivido y una total ruptura con el pasado heredado, tenían que reprimir ciertos recuerdos (olvido motivado, como dice José Luis Pinillos) para que su acceso a la memoria no les provocara grandes conflictos. El drama humano del judeoconverso era un drama esencialmente moral. El hombre vive fundamentalmente bajo el signo de la culpa. Ante el fracaso moral, el desconcertado converso buscaba una exculpación y es bien sabido que el sentimiento de frustración, de culpabilidad, se transforma en lucha contra uno mismo, contra los demás o contra la vida. Aunque algunos poderosos dirigentes y ciertas casas nobles intentaron protegerlos, el odio del pueblo llano se había agudizado de tal forma que provocó diversas persecuciones. Esta hostilidad frente al converso enriquecido, y algunas veces encumbrado, cristalizó en escenas de violencia, tanto en Toledo (1449 y 1467) como en otras ciudades.

Los conversos, al recibir una nueva religión, tuvieron necesidad de ahondar en ella. Todos tuvieron que hacerse "un poco teólogos". Esta búsqueda, el intento de penetrar en los misterios y en los rituales, hizo que su mundo espiritual se poblara de dudas e inquietudes religiosas profundas, de anhelos de paz interna y de arrepentimientos... Estas inquietudes religiosas eran, sin duda, más intensas que las de aquellos cristianos viejos que habían heredado los rituales de sus mayores y que difícilmente se planteaban el origen de estas ceremonias externas.

Frente a la preocupación intelectual de los descendientes de sangre hebrea, los cristianos viejos hacían gala de un "vivir con descuido", basando sus obsesivas preocupaciones en motivos de honra y fama, que iban unidas al sentimiento de honor, de la opinión y de la pureza de sangre. La sociedad dominante de cristianos viejos opuso una actitud de desprecio por las ciencias. Lo verdaderamente importante para el cristiano viejo era la hidalguía, que se adquiría cuando no se tenía mancha hebrea ni mora, por eso Sancho le dice al hidalgo Don Quijote:

-"Sea por Dios, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me basta.

-Y aun te sobra, dijo Don Quijote y cuando no lo fueras, no hacía nada el caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la compres ni me sirvas con nada".

Y por eso, en El alcalde de Zalamea, Pedro Crespo le recuerda a su hijo la casta a que pertenece, el limpio linaje:

-"En tanto que se acomoda

el señor don Lope, hijo,

ante tu prima y tu hermana

escucha lo que te digo.

Por la gracia de Dios, Juan,

eres de linaje limpio

más que el sol, pero villano"...

El agravio se lavaba con sangre, "porque un hombre bien nacido, / si está agraviado, no vive", dice Clotaldo en La Vida es Sueño; por eso le ofrece la espada (símbolo) a Rosaura (vestida de hombre) para que pueda limpiar su honor:

Toma el acero bruñido

que trajiste; que yo sé

que él baste, en sangre teñido

de tu enemigo, a vengarte;

porque acero que fue mío

sabrá vengarte".

El enfrentamiento entre la Iglesia y la Sinagoga se remontaba a tiempos lejanos de la Edad Media. Desde hacía siglos, se había pronosticado que el Anticristo sería un judío de la tribu de Dan y esta idea se había propagado tanto en la Edad Media, que hasta fue aceptada por escolásticos de cierto prestigio. Al igual que el Anticristo, se pensaba que los judíos eran demonios de destrucción, cuyo único objetivo era acabar con los cristianos y con la Cristiandad... [55]


 

 NUEVO TRIBUNAL. RAZONES REYES CATÓLICOS PARA SU CREACIÓN.

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... Dada la antigüedad del antisemitismo en España, no tendría objeto -en cierto modo, al menos- la sustitución de una inquisición por otra para solucionar única y exclusivamente el problema de los judeo-conversos; por otra parte, cuando entre 1391 y 1420 se produjeron conversiones masivas, la nueva inquisición debería haberse establecido entonces y no tantos años después: Por tanto, el factor religioso -el problema judío concretamente- no parece decisorio, concluye García Cárcel, para el establecimiento de la Inquisición moderna.

De estas y otras consideraciones parece desprenderse que la diferencia fundamental entre ambas inquisiciones fue la función política, por parte de la Corona. La Inquisición moderna tuvo esta función política que no tuvo la medieval, por lo demás ya un tanto desacreditada por su ineficacia. Su utilización como instrumento político por parte de la monarquía, especialmente entre los siglos XVI y XVII, es indiscutible (llegó a perseguir delitos monetarios), al tratarse del único órgano de la administración estatal que permitía a los monarcas saltarse las barreras jurisdiccionales de los fueros de la Corona de Aragón. Si el rey tuvo la capacidad de nombrar a los inquisidores generales, de controlar los recursos del Santo Oficio y el poder decidir acerca de los pleitos jurisdiccionales, el Papa, por su parte, fue el depositario de la legitimidad final del mismo y siempre reivindicó la base espiritual de su poder.

Curiosamente, en Francia - gobernaba por una monarquía absoluta- jamás existió la Inquisición moderna, correspondiendo al Parlamento incoar los procesos contra los herejes. Portugal no la tuvo hasta 1533. En Italia no existieron tribunales similares hasta finales del siglo XVI y en Roma, Paulo III, iniciador de la Contrarreforma, creó en 1542 un tribunal propio, que con el nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe ha sobrevivido hasta la actualidad. Por su parte, los países donde arraigó el protestantismo tuvieron también sus propias inquisiciones.

Tenía este Tribunal muy poco en común con el modelo aragonés o el europeo ya que era, en realidad, un órgano más de la Corona, aunque eclesiástico, al servicio de los soberanos. Se lograba, de esta forma, extender el poder real hasta el último rincón de los reinos de España, reinos que hasta entonces, en virtud de sus derechos forales, escapaban a la acción de la Corona. Debido a este poder de jurisdicción territorial, los monarcas no se sustrajeron a la tentación de recurrir a éste cuando los demás medios coercitivos fallaban.

Los escritores antisemitas de la época afirmaban que los conversos seguían siendo judíos en secreto. El dominico Alonso de Hojeda los tachaba de apóstatas y decía que estaban en punto de predicar la ley de Moisés y no podían encubrir el ser judíos, lo que no era cierto, apoyándose para tal aseveración en el apego que éstos seguían demostrando hacía las costumbres y tradiciones de sus antepasados, como si fuera posible cambiar en unos pocos años los hábitos adquiridos y conservados durante siglos. En este punto radica, pues, una de las causas de la creación de la Inquisición, tan solicitada desde determinados sectores sociales no tanto por un sentimiento limpio y religioso como por el deseo de los cristianos viejos, con intereses en la Administración y la Iglesia, de evitar tener que compartir el poder con hombres de sangre mezclada que, además, tenían mayor éxito que ellos en la vida pública y mercantil.

En tanto que tribunal eclesiástico, el Santo Oficio dependía directamente de la Santa Sede, aunque, de hecho, era la Corona la auténtica directora de la institución. Quizá, para entender esta aparente paradoja convendría recordar ciertos detalles de la historia europea y española en el momento de su creación, cuando el Pontificado no pasaba precisamente por su mejor coyuntura. No podía, por tanto, un Estado naciente y fuerte, como lo era el español, permitir que su hegemonía fuera puesta en duda y por eso se hizo con su control desde su fundación. [56]


 

 AD PERPETUAM REI MEMORIAM

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Bula de Sixto IV (31 Mayo 1484)
Esta bula solemne ad perpetuam rei memoriam, que conceptúo inédita, encierra grande interés histórico y jurídico por lo tocante á los hebreos y á los mudejares españoles.

Este documento, lleva el número 27 en el tomo primero de los Breves y bulas Apostólicas originales, que perteneció al Consejo Supremo de la Inquisición y hoy se halla en el Archivo Histórico Nacional.

 

Sixtus episcopus, servus servorum dei, ad perpetuam rei memoriam.

Intenta semper salutis operibus apostolice sedis circunspecta providentia, indulta sibi desuper potestatis plenitudine nonnunquam per eam concessa, suadentibus rationabilibus causis, revocat et immutat, prout negociorum personarum locorum et temporum qualitate pensata id in domino, presertim pro auimarum salute et fidei catholice conservanda puritate, conspicit salubriter expedire. Sane, sicut non sine displicentia accepimus, in Ispaniarum Regnis, et presertim in provincia Vandalie, Judei et Sarraceni insimul permixti cum christianis habitare et indistinctum a christianis habitum deferre, servos et servitores christianos ac pro eorum pueris Nutrices christianas eis cohabitantes habere, et qui ex eis Medici sunt christianis mederi, ac qui Aromatarie exercitio insistunt ordinatas a Medico hebreo medelas componere et christianis exhibere, fructus redditus et proventus etiam ecclesiasticorum beneficiorum arrendara et locationem recipere, mercimonia quecunque cum christianis facere passim et indifferenter permittuntur, et preponuntur persepe exactioni publicarum functionum, nec possunt ut asseruut ne id faciant quomodolibet impediri, obstantibus super hiis concessis etiam a sede apostolica privilegiis quibus etiam asserunt se munitos, non sine domini nominis offensa, fidei catholice obprobrio et grandi detrimento ac periculo animarum simplicium christifidelium, qui ex huiusmodi mutua conversatione nonnunquam in illorum prolabantur errores.

Nos igitur volentes super hiis et aliis, que eis utriusque iuris censura prohibita sunt, ne pretextu quorumvis privilegiorum fiant, oportunum adhibere remedium, motu proprio non ad alicuius nobis super hoc oblate petitionis insiantiam, sed de nostra mera deliberatione omnia et singula privilegia super hiis per sedem prefatam vel alias quomodolibet hactenus concessa, que hic etiam si de eis eorumque toto tenore specialis et speciffca seu quevis alia expressio habenda esset volumus pro expressis haberi, auctoritate apostolica tenore presentium revocamus cassamus et annullamus, ac volumus pro infectis et non concessis haberi, locorum Ordinariis Regnorum predictorum et temporale dominium ipsorum Regnorum obtinentibus, cuiuscunque status et conditionis existant, districte precipiendo mandantes ut in premissis omnibus et aliis eosdem Judeos et Sarracenos concernentibus faciant sanctorum patrum decreta et canonicas sanctiones, ac quatenus illis non contrariantur sacratissimas leges inviolabiliter observari, christianos et Judeos ac alios infideles ut a premissis et aliis que eis de iure comuni permissa non sunt prorsus abstineant, iuris remediis oportunis compescentes, et non permittentes eosdem in premissis uti privilegiis quibuscunque, que eis nolumus ut prefertur suffragari. Et quia difficile foret presentes litteras ad singula loca deferre quibus expediens fuerit, volumus quod earum Transumpto, sigillo alicuius Prelati ecclesiastici et publici Notarii subscriptione munito, eadem prorsus fides adhibeatur in indicio et extra, que ipsis presentibus originalibus litteris adhiberetur, si forent exhibite vel ostense.

Nulli ergo omnino hominum liceat hanc paginam nostre voluntatis revocationis cassationis anuullationis et mandati infringere, vel ei ausu temerario contraire. Siquis autem hoc attemptare presumpserit indignationem omnipotentis dei ac beatorum Petri et Pauli Apostolorum eius se noverit incursurum.

 

 


Arzobispo Carranza

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El nuevo arzobispo-escribe Kamen-tenía evidentemente enemigos. Sólo les faltaba el arma para el ataque. Y ésta se la proporcionó el propio Carranza con sus Comentarios sobre el catecismo cristiano, publicado en 1558, en Amberes.

 

Los Comentarios eran considerados completamente ortodoxos en doctrina. El Concilio de Trento examinó y aprobó la obra y otros numerosos y distinguidos teólogos de España estuvieron de acuerdo con esta decisión. Pero, al parecer, Carranza era un teólogo poco cuidadoso. Críticos hostiles, especialmente Cano, cayeron sobre algunas frases de su obra, que fueron denunciadas como heréticas.

El arzobispo de Granada calificó los Comentarios de obra "segura, verdadera, pía y católica"; el obispo de Almería dijo que el libro "no contenía herejía ninguna sino mucha e muy buena doctrina". No obstante, Melchor Cano aseguraba que la obra "contiene muchas proposiciones escandalosas, temerarias, malsonantes; otras que saben a herejías, otras que son erróneas y aun tales hay de ellas que son heréticas, en el sentido que hacen".

Guiada por Valdés, la Inquisición aceptó la opinión de Cano. No hay que maravillarse de que Pío V exclamara: "¡Los teólogos de España se han empeñado en hacerle hereje, aunque no lo sea!". Si de verdad Carranza no había incurrido en herejías, ¿por qué era mirado con sospecha por sus enemigos? La enemistad personal influyó mucho, pues tanto Valdés como Cano detestaban a Carranza.

Otros enemigos mortales eran Pedro de Castro, obispo de Cuenca, quien había alimentado esperanzas de ocupar la sede de Toledo y su hermano Rodrigo. Ambos, hijos del conde de Lemos, eran aristócratas resentidos porque un hombre de humilde nacimiento hubiera ascendido a posiciones de influencia, y habrían de desempeñar un papel clave en la detención y encarcelamiento final del arzobispo. [69]

El inquisidor Valdés, consciente de la alta jerarquía del Primado de Toledo, no cesaba de maquinar contra Carranza y busca la autorización del Papa para la obtención de un Breve que autorizase el enjuiciamiento de un Primado. Para ello envió a Roma a su sobrino, con el secreto más absoluto y consigue del Papa Pablo IV el Cum Sicuti Nuper, 7 de enero de 1558, que empieza su justificación así: "Como recientemente, no sin amargura del alma, hayamos sabido que en los reinos de España, a incitación del enemigo del género humano, hayan comenzado a pulular la luterana y otras herejías nacidas en este siglo y parezcan penetrar más extensamente, de suerte que puede también sospecharse verosímilmente de algunos prelados.."

El enemigo del género humano del que habla el Papa es Satán, no cabe duda. El Papa cree en el poder del diablo para hacer daño a la Iglesia. Prelados son los obispos, pero Carranza sospecha y cuestiona que se trata de un solo obispo, él mismo, fue un traje hecho a su medida por "Satanás", pero un satanás humano. He aquí algunas frases entresacadas de la carta o Breve Papal: "Por dos años, durante un bienio, el consejo de los queridos hijos del Consejo Supremo de la Inquisición… pueden a los tales detener o arrestar... ya sean obispos, arzobispos, patriarcas, primados... Para todo ello se le concede plena y libre autoridad al Consejo Supremo de la Inquisición…"

El proceso inquisitorial se justifica jurídicamente por una facultad delegada del Papa a los inquisidores. Nunca se pudo imaginar que la Inquisición, creada para atacar a los cátaros, a los judíos, a los musulmanes y a los herejes en general, además de ser arma política en manos de los Reyes, pudiese estar sobre la jurisdicción de los obispos, arzobispos y primados de esta manera, y que, además, éstos cayesen directamente bajo su tribunal para ser juzgados por él.

Con ello el Papa y el Rey fortalecen su poder absoluto y omnímodo. Pero, una vez inventada la guillotina, ni los Reyes no se escaparon del filo de su cuchilla. La invención de la Inquisición empezó para defender la ortodoxia y terminó siendo muy lesiva para los derechos de los obispos, a quienes siempre se les restó jurisdicción y poder, a pesar de algunas explicaciones contrarias de los Papas. Pero los hechos hablan por sí solos, más que el discurso y que los escritos Papales. Después habría otro Motu Proprio dirigido a Felipe II.

El fiscal de la Inquisición redacta la pertinente orden de arresto: "por haber predicado, escrito y dogmatizado muchas herejías de Lutero". Melchor Cano afirmaba que su obra contenía numerosas proposiciones: "que saben a herejía, otras que son erróneas y aun tales hay de ellas que son heréticas, en el sentido que hacen". El Rey dio su conformidad para la detención. El arzobispo fue requerido para que se presentase en Valladolid el día 6 de agosto.

Temiendo el significado de esta citación, Carranza se puso en camino, aunque viajando lo más despacio posible. El 16 de agosto le salió al encuentro un colega dominico y amigo de Alcalá, quien le advirtió de que la Inquisición lo estaba buscando para detenerle. Conmovido por esta noticia, el arzobispo continuó su viaje hasta que cuatro días después llegó sano y salvo a Torrelaguna, pueblo al norte de Madrid, donde se encontró con su amigo Fray Pedro de Soto, que había venido desde Valladolid para advertirle. Pero ya era demasiado tarde.

Carranza ignoraba que cuatro días antes de su llegada, los funcionarios de la Inquisición habían establecido su residencia en Torrelaguna y le estaban esperando. Carranza llegó al pueblo el domingo 20 de agosto. A primeras horas de la mañana del martes 22 de agosto, el inquisidor Diego Ramírez y Rodrigo Castro (un miembro de la Suprema), junto con unos diez familiares armados, se abrieron paso hasta el dormitorio de Carranza y demandaron:

- "¡Abrid al Santo Oficio!".

Se permitió la entrada a los intrusos y un funcionario se dirigió al arzobispo diciéndole:

-"Señor Iltmo. yo soy mandado: sea preso Vs. Rma. por el Santo Oficio".

Carranza contestó tranquilamente:

-"¿Vos tenéis mandamiento bastante para eso?". El funcionario leyó entonces la orden firmada por la Suprema.

Carranza protestó:

-"¿Y no saben esos señores que no pueden ser mis jueces, estando yo por mi dignidad y consagración sujeto inmediatamente al Papa y no a otro ninguno?".

Éste fue el momento para exhibir la carta del triunfo. Ramírez declaró:

-"Para eso se dará a Vs. Rma. entera satisfacción" y le mostró el breve Papal.

Aquel día el arzobispo fue mantenido bajo arresto domiciliario y al anochecer se impuso el toque de queda en el pueblo. [70]

Fue encerrado en los calabozos del Santo Oficio vallisoletano y, según Lea, "desapareció de la vista de los humanos tan completamente como si hubiera sido tragado por la tierra". Allí permaneció más de siete años, privado de misas y de sacramentos, según las normas de la Inquisición española y también de la romana, ya que el hereje caía en excomunión. Se rebuscaba en todos sus escritos y se interpretaba según el censor que los leyese. Dice Tellechea: " Si ensalzaba la fe se deducía que negaba los propios (méritos u obras). Si hablaba de seguridad y confianza, se suponía que negaba el temor de Dios. Si exigía la fe viva y operante, se le acusaba de negar la llamada fe muerta". Se le buscaban las "cosquillas" luteranas en sus escritos.

En términos generales, Carranza termina su brillante y laureada carrera y como elemento humano se constituye en una mera ficha o pelota de juego entre los poderes en disputa por la preciada presa, en un drama teatral de envidias y rencores eclesiales, y de pugnas entre la Monarquía, el Papado y la Inquisición.

El Papa Pío IV envió a Madrid una delegación especial, de la que formaban parte tres obispos que serían más tarde Papas, para negociar, y uno de ellos escribió a Roma:

Nadie se atreve a hablar a favor de Carranza por miedo a la Inquisición. Ningún español se atrevería a absolver al arzobispo, por muy inocente que le creyera, pues esto equivaldría a oponerse a la Inquisición. La autoridad de ésta no podría consentir que se declare haber preso injustamente a Carranza. Los más ardientes defensores de la justicia opinan aquí que vale más condenar a un inocente que no el que sufra mengua alguna la Inquisición. [71]

Esta fue la causa que convocó a más ilustres personas: reyes, Papas, cardenales, obispos, aristócratas... y la más larga de la Inquisición española: su proceso duró 16 años. También fue el más notorio de la época, no sólo por la calidad y rango del acusado, sino también por el exagerado interés que los inquisidores mostraron en todo momento. Todo valía para arremeter contra el Primado Arzobispo de Toledo, cuyo arresto y prisión fue una gran injusticia, al mismo tiempo que un gran escándalo, y una muestra más del fanatismo ideológico y prepotencia del Santo Oficio.

Tuvo Carranza valientes y osados defensores, por lo mucho que ponían en juego en su defensa, y algunos llegaron incluso hasta el Papa. Martín de Azpilicueta, llamado el doctor Navarro, asumió su defensa sacrificando su brillante carrera con ello.

La esperanza para Carranza nació con el ascenso al trono Papal de Pío V, al que, a escondidas y en clave, le mandó este mensaje: Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas.

Eso es lo que el Papa hizo, ordenó a las autoridades españolas que le enviaran al preso con toda la documentación a Roma, bajo pena de excomunión. Ya anciano, llegó Carranza a Roma y fue confinado en el castillo de Sant’ Ángelo, donde estuvo encarcelado nueve años. Pío V falleció en 1572 sin haber tomado una decisión sobre el caso. Gregorio XIII, su sucesor, dictó finalmente la sentencia en abril de 1576, confeccionada para no herir a España.

La sentencia -dice Kamen- satisfizo al rey Felipe y a la Inquisición, para la que la absolución hubiese sido un grave revés; también satisfizo a Roma que venía reivindicando su autoridad exclusiva sobre los Obispos. Y Carranza, a pesar de la condena de los Comentarios, no había sido acusado de ninguna herejía. La justicia había sido sustituida por un compromiso político.

Los Comentarios fueron prohibidos y condenados y Carranza hubo de abjurar de una lista de errores y se le ordenó retirarse a un monasterio en Orvieto. El Papado administraría la rica sede de Toledo.

Bartolomé de Carranza y Miranda, dieciocho días después de que le leyeran el veredicto, contrajo una enfermedad de la que falleció el 2 de mayo de 1576.

 



 

PROCESO DE GIORDANO BRUNO

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Celestino de Verona dijo que deponía contra Giordano, porque se sospechaba que él había sido calumniosamente denunciado por el mismo y presentó todas las acusaciones contra Giordano en un texto escrito (Dixit se deponere contra Iordanum, quia suspicatur se calumniose delatum fuisse ab ipso, et detulit omnia contra Iordanum in scriptis.). (Detulit dixisse:) Afirmó que Giordano había dicho:

Que Cristo pecó mortalmente en la oración en el huerto, al recusar la voluntad del Padre, mientras dijo: "Padre, aparta de mí este cáliz".

Que no pusieron a Cristo en la cruz, sino que fue colgado de dos maderas colocadas perpendicularmente, como se hacia entonces y que se llamaba horca.

Que Cristo era un perro, un maldito perro: decía que quien gobernaba este mundo era un traidor, porque no lo sabía gobernar bien y alzando las manos hacía un corte de mangas al cielo.

No hay infierno y nadie está condenado a la pena eterna, sino que con el tiempo todos se salvan según el profeta: Nunquid in aeternum Deus irascetur ("La cólera de Dios no dura siempre").

Que hay más mundos, que todas las estrellas son mundos y que creer que existe sólo este mundo denota gran ignorancia.

Que, muertos los cuerpos, las almas trasmigran de un cuerpo al otro.

Que Moisés fue un mago muy astuto... y fingió haber hablado con Dios en el monte Sinaí y que la ley que dio al pueblo hebreo la imaginó y era falsa.

Que todos los profetas fueron hombres astutos, falsos y mentirosos...

Que recomendarse a los santos es ridículo y no debe hacerse.

Que Caín fue un hombre de bien y que mató merecidamente a su hermano Abel, que era un carnicero de animales.

Que si se ve forzado a volver a ser hermano de Santo Domingo, hará volar el monasterio donde se encuentre y, hecho esto, quiere volver enseguida a Alemania o Inglaterra entre herejes para vivir más cómodamente a su manera...

Que el que ha hecho el breviario, o lo ha ordenado, es un perro estúpido, desvergonzado...

Que de lo que cree la Iglesia nada se puede probar.

Las acusaciones son muy graves, porque además Fray Celestino apela a otros tres encarcelados por la Inquisición veneciana para confirmarlas. El nuevo aparato de acusaciones, en su mayoría nuevas respecto a las de Mocenigo, tiene el efecto de reanudar el proceso, justo en el momento en que, después de su fuerte y teatralmente eficaz gesto de contrición de Venecia, son más fuertes las esperanzas de Bruno en una solución relativamente indolora. Toda su estrategia precedente y las ventajas adquiridas quedan anuladas de golpe.

Pero lo más grave es otra cosa: se derrumba el pilar de la defensa de Bruno, que hasta entonces había consistido en el hecho de que existiera un único testigo: Mocenigo. La posición se vuelve desesperada cuando los tres testigos a los que apeló Fray Celestino confirman, al menos en parte, las acusaciones: se trata de Fray Giulio da Salò, del carpintero napolitano Francesco Vaia y de Mateo de Silvestris. Vaia implica a otro posible testigo, Francesco Graziano, a quien los inquisidores escuchan en los últimos meses de 1593. Estamos frente a una de esas típicas cadenas de testimonios e implicaciones sucesivas que los tribunales de la Inquisición eran tan hábiles de armar en sus largas y pacientes indagaciones. [85]

Algunas de las acusaciones son graves. La posición se vuelve desesperada. El Tribunal interroga a Bruno durante ocho sesiones. Giordano rechaza con vehemencia las acusaciones más ofensivas e irreverentes; otras, que los dijo en broma, y otras, sin intenciones sacrílegas o blasfemas.

Pero Bruno se hunde, se siente acosado por todos los frentes, jueces, testigos; su situación es más que desesperada. Sabe que dos testimonios concordantes producen una acusación inobjetable, aunque el acusado lo niegue. Tiene que presentar sus últimas defensas escritas y argumentar contra lo que surge de la fase repetitiva del proceso.

La teoría de Bruno de la infinitud del universo y la afirmación de la eternidad del mundo contradicen la creación del mundo por Dios, según las Escrituras, y la teoría de la doble verdad de Averroes ya había sido condenada por la Iglesia en el siglo XIII.

Bruno en los interrogatorios podía admitir la caducidad del mundo en tanto que compuesto y agregado de estructuras determinadas, lo que no significa admitir la caducidad de la materia constituyente, pues, aunque los mundos nacen y mueren, existe una sustancia cósmica inmutable. Sin embargo, este argumento no logrará convencer al Tribunal, según Eduardo Vinetea.

De nuevo Mocenigo al ataque, 1594. Lo denuncia por mofarse del soberano pontífice ya que en el Cantus Circeus la figura del cerdo representa al Papa, al igual que con la bestia triunfante simboliza a Sixto V, pero destronado. A Bruno no le queda otro remedio, lo rechaza rotundamente.

Al finalizar el 1594, acabado el procedimiento ordinario, se pedía considerar el proceso instruido y sólo quedaría dictar la sentencia. Pero el comisario llama la atención, hace saber que los libros que están en manos del Santo Oficio son pocos y que la mayoría no son conocidos por los censores y que es necesario conseguirlos. Este giro del proceso será mortal para Bruno.

El soberano Pontífice en persona pide la lista de los libros que faltan para que pasen a manos del Tribunal. Conseguida la lista de la nueva documentación (De predicamenti Dio, Cantus Circaeus, De mínimo, De Monade, De la Causa), se suspende la sentencia en espera de los nuevos libros y de la doctrina en ellos expuesta, lo que se lleva a cabo entre 1595-1597. El dominico Paolo Isaresi della Mirandola, consultor del Santo Oficio, es el que decide que los libros de Bruno sean examinados por teólogos con la finalidad de extraer proposiciones sospechosas y someterlas a censura.

La segunda censura a la que Schoppe hace alusión, se refiere a la adhesión de Bruno a la creencia preadamítica, en la que los hebreos únicamente descienden de Adán y Eva, mientras que los otros hombres descenderían de dos ancestros creados por Dios, Hénok y Leviatán. Esto parece que fue tomado de una tradición rabínica que tuvo eco en las páginas de Juliano el Apóstata.

De estas diez acusaciones, hasta este momento, sólo estaban confirmadas la quinta, relativa a la eternidad y la infinidad del mundo (censura b y d) y, de una manera indirecta, la sexta sobre la doctrina del alma (censura e). Estas censuras muestran claramente que el punctum dolens (punto doloroso) del proceso se centraba de ahora en adelante en la doctrina de la animación universal, tanto por la cuestión del anima mundi (alma del mundo) que era identificado con el Espíritu Santo, como por la definición del alma individual. En todo caso, la defensa de Bruno había demostrado que podía hacer confesiones evidentemente forzadas y oportunistas (como la negación de la eternidad del mundo, o la concesión de una inmortalidad futura del alma humana) al lado de argumentaciones artificiosas sobre el alma racional del hombre y del globo terrestre.

Probablemente los interrogatorios relativos a las censuras y el examen de las respuestas del acusado ocuparon todo el año 1597. Es a partir de ese momento, es decir, de 1598, cuando se ordena la compilación de un sumario recapitulativo sistemático y que fue declarado absolutum (absoluto). Poseemos una de las copias destinadas al señor Marcello Filonardi, asesor del Santo Oficio, que se ha identificado con el Sommario (sumario) encontrado por Mercati. Este sumario, solamente útil para los consultores, es poco detallado si se compara con el texto integral de los documentos venecianos. Es algo así como un resumen de las acusaciones, de gran valor práctico para el tribunal, y que, gracias a su publicación por Mercati en 1942, ha permitido conocer el núcleo del proceso romano, ya que los documentos del mismo fueron sustraídos de los Archivos Vaticanos por Napoleón y perdidos para siempre.

Un nuevo impedimento surge en 1598, el viaje que emprende Clemente VIII para el Concilio de Ferrara y que incluía en el séquito a Bellarmino. Este hecho paraliza la actividad del Santo Oficio hasta el 19 de diciembre, fecha de regreso del Papa a Roma. Es enero de 1599, ochenta meses más tarde desde el inicio, cuando el proceso entra en la recta final. Los cargos de la acusación se agrupan en tres grupos principales.

Entre marzo de 1596 y diciembre de 1597 se produce la censura de los libros y es Paolo Isaresi della Mirandola, dominico y consultor del Santo Oficio, el que decide que los libros de Bruno sean examinados por teólogos con el fin de extraer proposiciones y someterlas a censura. Ha llegado el momento de acabar con las ambigüedades de Bruno y quizás para ello sea necesaria la tortura, confirmando o desmintiendo las acusaciones. Las respuestas de Bruno en torno a dicha censura fueron las siguientes:

  1. La primera censura era acerca de la generación de las cosas y la eternidad del mundo expuesta en De Minimo. En su declaración afirma dos principios reales y eternos a partir de los cuales nacen todas las cosas y que son el alma del mundo y la "materia prima".

  2. La segunda censura toca otro aspecto de la misma acusación: la doctrina del universo infinito. Partiendo de la absoluta libertad y omnipotencia de Dios se deduce, como en De Infinito, que el Ser primero debía proceder a una creación infinita, pues una causa infinita debe tener un efecto infinito. También estaba la necesidad de la existencia de mundos innumerables, conteniendo cosas parecidas en género y especie a las que vemos en el nuestro.

  3. La siguiente versa sobre el alma humana y la individualidad. El alma individual se deduce del principio universal, es decir, del anima mundi, con lo cual el alma no preexiste al individuo, ésta sólo existe con su vida y después de la muerte. Aquí Bruno reconoce mediante una concesión al tribunal y por razones de prudencia la existencia individualizada post mortem (después de la muerte) del alma humana personal, excluyendo, por tanto, al alma humana de su retorno al alma universal para una nueva animación. Ya en la Cábala del Caballo de Pegaso, había resuelto el problema de la relación entre las almas individuales y el alma universal negando que las almas tuvieran una individualidad absoluta.

  4. La cuarta, contenida en De causa, se refiere a la información de Bruno respecto a la sustancia en el mundo: nada se engendra ni nada se corrompe, es decir nihil sub sole novum (nada nuevo bajo el sol), divisa inspirada en Salomón o Pitágoras. Por otro lado las especies primeras de las cosas, espíritu y luz, agua y tierra, son incorruptibles y sin mutación sustancial; solamente los seres compuestos están sujetos a corrupción, según la unión, el temperamento y la complexión.

  5. La censura siguiente era acerca del movimiento de la tierra y su adhesión entusiasta a la hipótesis de Copérnico expuesta en La Cena de las Cenizas y De Infinito. Afirma haber demostrado el modo y la causa del movimiento de la tierra y de la inmovilidad del firmamento, con razones y autoridades ciertas que no conllevan perjuicio para la autoridad de las divinas Escrituras. Una buena inteligencia sería capaz de admitir la verdad de una y otra.

  6. La sexta censura, en relación con la anterior, es relativa a la extraña afirmación según la cual los astros son también ángeles, cuerpos animados y racionales, pues en el cielo ellos revelan la gloria y el poder de Dios. Los ángeles son mensajeros e intérpretes de la voz divina. Esta afirmación la desarrolla en La cena de las cenizas y en De infinito.

  7. Más grave era en la Cena, la atribución a la tierra de un alma no solamente sensitiva, sino intelectiva como la nuestra. La tierra debe ser considerada como un gran animal racional que da muestras de su inteligencia en el movimiento alrededor del sol y en torno al eje de sus polos.

  8. La octava y última censura, relacionada con las tesis De causa, afirma que el alma reside en el cuerpo como el piloto en la nave, oponiéndose a la definición adoptada en el Concilio de Viena en 1312. Afirma que según su manera de filosofar no entiende que el alma sea una forma, sino un espíritu que está en un cuerpo, como un habitante en su casa o un cautivo en su prisión. Ningún pasaje de la Escrituras llama al alma forma, en tanto que los Padres y la Biblia dicen que se une al cuerpo de muchas otras formas diferentes a la que entiende Aristóteles.

  9.  Se conocen otras dos censuras por la famosa carta de Caspar Schoppe, joven Luterano convertido al cristianismo, que escribe desde Roma a Conrad Rittershausen, su antiguo profesor de Derecho, el 17 de febrero de 1600, después de haber asistido en persona el 8 y el 16 del mismo mes a la condena pública y a la ejecución pública.

  10.  La afirmación que identifica el anima mundi y el Espíritu Santo ya había sido discutida, pero esta vez se apoya en las palabras de Moisés, que había dicho que el intelecto eficiente, llamado por él espíritu, cubría las aguas. [86]

Final de marzo de 1597. Bruno sabe que le queda una prueba que superar, lo sabe tal vez desde que empezó el proceso. Han pasado pocos días desde el último interrogatorio. El acta de la sesión dice: Interrogetur stricte (que se interrogue estrictamente), que significa: aplíquesele el tormento. Llegó la hora del terror paralizante, de la profunda angustia, del dolor extremo. Ya hace horas que la penumbra llena su calabozo, oye golpes en su puerta que se abre, voces que le ordenan que los siga por corredores largos y oscuros que desembocan en una escalera que los conduce hacia la secreta cámara de los tormentos, donde abundan las máquinas del dolor.

El caso del Nolano es uno de los más intrincados con los que se encontró la Inquisición, por la preparación amplia y profunda del reo, que se les escapa de las sutiles redes inquisitoriales con la habilidad de una anguila.

El 12 de enero de 1599, el cardenal Bellarmino, joven y docto teólogo, que pocos años más tarde también será el gran protagonista en el asunto de Galileo, tiene la sugerente idea de extraer de las actas y del Sommario un conjunto de proposiciones heréticas sobre las que invitará a Bruno a que se pronuncie y que abjure de las mismas. Se trata de hacerle pasar por un camino estrecho y que termine con el juego de las sutiles distinciones y de las respuestas evasivas. Los cargos de la acusación se agrupan en dos grupos principales.

El primer grupo y más abundante contiene toda la serie de afirmaciones libertinas, palabras y gestos irreverentes, infracciones disciplinarias y todo lo relacionado con la acción subversiva en el terreno político-religioso.

El segundo grupo de acusaciones concierne a las novedades especulativas del sistema de Bruno: las doctrinas del universo infinito y eterno, el movimiento y la circulación de las almas. La doctrina del anima mundi y el alma humana como piloto del navío, es decir, los fundamentos metafísicos de la filosofía nolana.

Ocho proposiciones heréticas extraídas del proceso y de los libros de Bruno por Tragagliolo y Bellarmino fueron leídas en el seno de la congregación. Las respuestas que dé Bruno tendrán un valor decisivo para resolver los equívocos. Pero el texto integral de las ocho proposiciones se ha perdido, lo que ha llevado a crear una leyenda en torno a la intervención del cardenal Belarmino, pese a incorporarse al proceso ocho años más tarde de su inicio.

En contra de algunas opiniones, Bruno y Bellarmino no se conocían ni habían discutido cuestiones teológicas en Alemania. Era, por tanto su primer encuentro y no tenia por qué existir animadversión entre ambos.

El 18 de enero de 1599, Bruno fue conducido ante la Congregación que leyó la lista de las ocho proposiciones con la indicación formal de darle un plazo de seis días para decidirse por la abjuración. Bruno está dispuesto a abjurar, y presenta una memoria. Una vez oído y reunida la Congregación el 4 de febrero, se decide que Beccaria, general de los dominicos, Belarmino y Tragagliolo, declaren que las ocho proposiciones sean heréticas y contrarias a la fe, no en virtud de una definición reciente, sino en virtud del acuerdo de los Padres de la Iglesia y reprobadas y condenadas por la Iglesia. [87]

Bruno intuye con claridad: sabe que aceptar la abjuración le garantizará la vida, podrá recibir una larga condena o ser relegado a un convento de su orden. Sabe que no es relapsus, o sea, es la primera vez que sufre una condena. Si, por el contrario, no abjura, sin duda sabe que lo condenarán a muerte como impenitente.

Se decide a abjurar con la condición de que sus errores sean considerados sólo ex nunc (desde ahora), desde ahora implica que la Iglesia no había expresado con anterioridad una opinión clara sobre los temas en cuestión. Bajo esta premisa, su caso sería mucho más leve y sus consecuencias menos perjudiciales para él, porque se trataría de temas de los que la Iglesia hablaría por vez primera, lo que equivale a que su posición doctrinal no fue contra la Iglesia, pero sí lo sería a partir de ahora.

Pero no le sirve esta sutileza. Los jueces insisten en que todos los errores y afirmaciones heréticas son tales desde siempre para la doctrina católica. No olvidemos que la Iglesia cree en los universales platónicos, que son meta-históricos y trascendentales; el historicismo no entra dentro de sus categorías doctrinales. La iglesia no entiende que el bien y el mal puedan definirse socio-históricamente, no admite la verdad y la moral de situación, ni del momento histórico de cada sociedad; para ella la relatividad cultural es una blasfemia. La Iglesia solamente conjuga absolutos; absolutos que no existen.

Bruno es llamado ante los jueces y le invitan a abjurar, o aceptar como erróneas las ocho proposiciones que le presentó Bellarmino. Después de mucho pensar, analizar y reflexionar, Giordano decide abjurar; su vida está en juego. Se rinde, admite su derrota.

"Y dices ahora reconocer dichas ocho proposiciones como heréticas y estar dispuesto a detestarlas y abjurarlas en lugar y tiempo que plazcan al Santo Oficio y no sólo esas ocho proposiciones, sino que también estás preparado a obedecer sobre las otras que te son reprochadas."

Recuerda la mirada fría y triunfante del Cardenal Bellarmino. Torbellinos y vendavales pasan por su mente; sí, se ha salvado de morir, pero como pensador, actor y guía de la reforma espiritual y política, tan soñada por él, terminaba de morir con su abjuración. Su salvación conlleva la perdición de toda su vida como librepensador; he ahí el dilema que le quema tanto como los cordeles de la tortura.

El cinco de abril entrega un escrito en el que manifiesta sus reservas a dos de las ocho proposiciones. Nueva pausa procesal. El 24 de agosto, en presencia del Papa Clemente VIII, se vuelven a discutir las dos proposiciones. La lectura de los actos muestra las dudas de los inquisidores y, para salir de la crisis, todos los presentes proponen el uso de la tortura, también graviter y reiterada, para obtener una admisión de culpabilidad. Si Bruno, en la segunda tortura graviter, la más terrible, no confiesa, deberá ser considerado inocente.

El Papa ordena finalmente que sea invitado a abjurar nuevas proposiciones y le otorga cuarenta días. Seis días después, se muestra humildemente dispuesto a reconocer sus errores y dar curso a una completa abjuración. Entrega, al mismo tiempo, un memorial dirigido a Clemente VIII, en el que vuelve a argumentar a favor de algunas de sus tesis. Todos, Papa y jueces, se sienten profundamente irritados por la obstinación de Giordano Bruno. Le dan otros 40 días para la abjuración total y sin reservas. Los inquisidores, después de ocho años de presiones, interrogatorios y torturas, destinados a derrumbar las torres más altas y más sólidas, se niegan a aceptar que Bruno, solo e indefenso, siga impertérrito defendiendo su derecho a pensar libremente, guiado por la luz natural de la inteligencia.

Sabedores los inquisidores de su prestigio internacional, de su capacidad intelectual, de sus vastos conocimientos, del escándalo internacional que se les avecina, se reúnen por vigésima segunda vez con Bruno, le invitan de nuevo a arrepentirse e invitan a dos importantes miembros de la Orden de Santo Domingo para que lo convenzan. Pero Bruno, ahora ya está decidido: no hay nada de que retractarse, las acusaciones no son más que el resultado de los malos entendidos de los jueces del Tribunal.

El 20 de enero de 1600, Clemente VIII, al saber el fracaso de estas dos últimas tentativas, ordena que se emita la sentencia de muerte y que el detenido sea entregado a la justicia secular (tradatur Curiae seculari) como hereje pertinaz e impenitente. El 8 de febrero, Bruno sale por primera vez del palacio del Santo Oficio y es llevado a la casa del cardenal Madruzzi, en la plaza Navona, al lado de la Iglesia de Santa Inés, para escuchar la sentencia de condena a muerte. Hay una gran multitud tanto dentro como fuera y el murmullo ensordecedor de los presentes se detiene sólo cuando se lee el texto de la condena:

"[...] hemos llegado a la infrascripta sentencia. Invocado el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su muy gloriosa Madre siempre virgen María, en la presente causa y causas llegadas a este Santo Oficio y que oponen al reverendo Giulio Monterentii, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio, por una parte y a ti hermano Bruno, reo interrogado, procesado, hallado culpable, impenitente, obstinado y pertinaz por la otra: por esto nuestra definitiva sentencia, según consejo y parecer de los reverendos padres maestros de sacra teología y doctores de una y otra ley, nuestros consultores, proferimos en estos escritos, decimos, pronunciamos, sentimos y declaramos que tú, hermano Giordano Bruno, eres hereje impenitente, pertinaz y obstinado [...] debes ser entregado a la Corte secular y por eso te entregamos a la Corte de vos monseñor Gobernador de Roma aquí presente, para castigarte con las debidas penas, rogándole eficazmente que quiera mitigar el rigor de la ley en la pena de tu persona, que sea sin peligro de muerte o mutilación de miembro".

Bruno escucha en silencio, arrodillado delante de sus jueces. Pequeño, flaco, descarnado, con la barba oscura y descuidada, agotado por casi 2.800 días de prisión, por las privaciones, la tortura, por una inquietud que duró siete años y nunca compartida con alguien, por nadie confortado, Bruno se yergue, la mirada orgullosa y llameante. Luego se alza, mirando en derredor con una mirada torva y amenazadora, colmada de un desprecio incontenible, y pronuncia las últimas palabras de las que se tiene testimonio seguro. Son palabras ásperas, duras, que surgen de un espíritu que domina al de los jueces y de los presentes, que está más allá de la muerte ya inminente. Son palabras proféticas que, sin que nadie las comprenda, anuncian el futuro de la Iglesia y tal vez, de la humanidad. Tal vez tenéis más temor vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al recibirla.

En una página de la "Expulsión de la bestia triunfante", Bruno, el héroe de un Renacimiento derrotado por el oscurantismo de la Contrarreforma, con profética intuición ya parecía haber intuido qué mundo lo había condenado; es una de sus páginas más hermosas y, a la vez, más amargamente verdaderas:

Las tinieblas se preferirán a la luz, la muerte será juzgada mas útil que la vida, nadie alzará los ojos al cielo, el religioso será considerado insano, el impío será juzgado prudente, el furioso fuerte, el pésimo bueno. Y creedme que se decidirá la pena capital para aquel que se dedique a la religión de la mente; porque se encontrarán nuevas justicias, nuevas leyes, nada se encontrará santo, nada religioso: no se escuchará cosa digna del cielo o de lo celestial. Sólo quedarán ángeles perniciosos que, mezclados con los hombres, forzarán a los míseros a la audacia de todos los males, como si fuese justicia; darán materias para guerras, rapiñas, fraudes y todas las otras cosas contrarias al alma y justicia natural: y ésta será la vejez, el desorden y la irreligión del mundo. [88]

Y fue entregado al brazo secular. Miguel Ángel Granada reproduce la descripción de un testigo sobre la ejecución, el día 17 de febrero de 1600, en la plaza de Campo dei Fiori donde: “despojado de sus ropas y desnudado y atado a un palo... con la lengua...aferrada en una prensa de madera para que no pudiese hablar... fue quemado vivo”...

 

 


 

 

 NOTAS DE REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

 

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81-Agustín Celis Sánchez, Herejes y Malditos en la Historia, Alba Editores, Madrid, 2006, pp.92-100.

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