ACCESO A LA PRIMERA PARTE


 

 

INSTITUCIONES Y PERSONAS NOTABLES, VÍCTIMAS DE LA INQUISICIÓN

 

Los Templarios

La Trama Política y Religiosa en la Disolución de los Caballeros Templarios

La Estratagema Política

Orden de Arresto de los Templarios, 14 de Septiembre de 1307

 

Los Judíos

Los Judíos. Problemas de las Minoras Étnicas

La Conspiración contra el Tribunal

Peor que un Crimen: Un Error

 

Los Árabes

Los Árabes en España 

Los Árabes, Agentes de la Evolución Ibérica

 

Personas Notables, Víctimas de la Inauisición

Fray Luis de León y otros dos Agustinos, Víctimas de la Envidia

Bartolomé de Carranza y Miranda, Primado de Toledo

Miguel Servet, Origen de la Libertad de Conciencia

Servet, el Lado Oscuro del Protestantismo

Insólita Disputa Teológica con Calvino

Giordano Bruno

Nicolás Copérnico

Diseño del Universo en la Edad Media

Galileo, la Razón Humillada

Carta del Cardenal Belarmino a Fray Paolo Foscarini

Carta de Lorini, Dirigida al Cardenal Paolo Emilio Sfrondati

Severa Amonestación de Belarmino a Galileo

Y sin Embargo, se Mueve (Eppur, si Muove)

La Sentencia de la Condena

Descartes: Inhibición Prudente

 

Tu opinión en el Libro de Visitas

OBSERVACIONES FINALES

Impacto de la Inquisición en la Literatura y la Ciencia

Bajo la Mirada de Bruno, Copérnico y Galileo

El Caso Galileo y el Papa Juan Pablo II

 

 Tu opinión en el Libro de Visitas

DOCUMENTOS DE APOYO:

 

Presentación del libro en la Universidad de Puerto Rico

El Gran Inquisidor

Orden De Arresto De Los Templarios, 14 De Septiembre De 1307

Defensa De La Fe Ortodoxa Contra los Errores de Miguel Servet. (Escrito De Calvino, refutado por Castellio)

Discurso De Juan Pablo II Sobre El Caso Galileo

Fragmentos del Malleus Maleficarum

Leyendas de Brujas

Técnicas para la tortura

Auto De Fe En La Plaza Mayor De Madrid, 30 De Junio De 1680.

Problema De Identidad Del Pueblo Judío

Nuevo Tribunal. Razones Reyes Católicos Para Su Creación.

Ad Perpetuam Rei Memoriam

Arzobispo Carranza

Proceso De Giordano Bruno

 

 

Notas

Bibliografía

 

INSTITUCIONES Y PERSONAS NOTABLES, VÍCTIMAS DE LA INQUISICIÓN

 

 

 

Castillo de la Inquisición de Cuenca.

Sede del Tribunal del Santo Oficio,

desde comienzos del siglo XVII.

 

El gran público no entiende cómo, durante tanto tiempo, tal cantidad de personas pudieron ser ajusticiadas por motivos religiosos. Llorente contabilizaba, desde el año 1481 hasta 1788, 34.382 quemados en la hoguera, a los que habría que sumar 17.690 quemados en estatua (condenados fugados o fallecidos) y 291.450 condenados a reclusión.

Todas estas cifras son cuestionables, pero el hecho cierto es que su número abundó más de lo que se pudiera esperar de una entidad cristiana.

Seguiremos de cerca las atrocidades por las que debieron pasar los Templarios antes de su injusta disolución. Veremos las humillaciones por las que debieron pasar las minorías étnicas de árabes y judíos. Entraremos en la mezquindad intelectual y moral que subyace en los procesos de Fray Luis de León y otros.

Servet, Giordano Bruno, Copérnico y Galileo son casos paradigmáticos para la ciencia, que necesitan especial consideración.

 

 

 


 

LA TRAMA POLíTICA Y RELIGIOSA EN LA DISOLUCIÓN DE LOS CABALLEROS TEMPLARIOS

 

 

 

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Beaucéant, famoso estandarte templario, bipartito de blanco y negro.

Sobre él se leía esta austera divisa:

“Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam”

 

  Los caballeros Templarios u Orden del Temple fue fundada en Jerusalén, en 1118, por nueve caballeros franceses. De carácter religioso y militar, su denominación oficial en los inicios era la de Orden de los Pobres Caballeros de Cristo. Después de la primera cruzada, que culminó con la conquista de Jerusalén en 1099, se instalaron en el palacio del recién elegido rey Balduino I, cuando éste lo abandonó para fijar su trono en la Torre de David en 1100. Este palacio antes había sido la Mezquita de Al-Aqsa, enclavada en lo que en su día había sido el recinto del Templo de Salomón. Sus instalaciones pasaron a ser propiedad de los Pobres Caballeros, siempre conocidos por un nombre asociado al enclave de su primitiva residencia: Los Templarios.

Los nueve caballeros que habían participado en la cruzada, dirigidos por Hugo de Payens, pariente del conde de Champaña, manifestaron al rey su deseo de quedarse a defender los Santos Lugares y a los peregrinos cristianos que a ellos iban. Balduino envió cartas a los Reyes y Príncipes más importantes de Europa para recabar apoyo a la nueva Orden que había sido bien recibida por el poder civil y por el eclesiástico; el mismo Patriarca de Jerusalén fue el primero en aprobarla canónicamente.

Con la ayuda del abad Bernardo de Claraval, sobrino de uno de los nueve caballeros fundadores, André de Montbard, una pequeña delegación encabezada por su gran maestre, Hugo de Payens, hizo un recorrido por las cortes europeas para recibir ayuda y apoyo. Fue Bernardo de Claraval el que dictó su regla y el que escribió De laude novae militiae (De la alabanza a la nueva milicia). Se convocó el Concilio de Troyes (Francia), durante el cual se redactó la regla de la Orden, basada en la de San Benito reformada por los cistercienses, de los que también se adoptó el hábito blanco, al que se le añadió una cruz roja posteriormente. El Papa Honorio II le dio su aprobación pontificia en el 1128.

Los privilegios de la orden fueron confirmados por las bulas Omne datum optimun, 1139, Milites Templi, 1144 y Militia Dei, 1145. En ellas se concedía a los caballeros del Temple autonomía formal y real respecto a los Obispos; sólo respondían a la autoridad del Papa. Se les excluía de la jurisdicción civil y eclesiástica, se les permitía tener sus propios capellanes y sacerdotes pertenecientes a la Orden, podían recaudar dinero y obtener bienes de diversas formas y maneras. Tenían, por ejemplo, derecho al óbolo, que eran limosnas que se entregaban en todas las iglesias una vez al año. Poseían derechos sobre las conquistas en Tierra Santa. Podían construir fortalezas (castillos) e iglesias propias. Si bien al principio estos caballeros se dedicaron a escoltar únicamente a los peregrinos en Tierra Santa, pronto empezaría la gran expansión de los pauvres chevaliers du temple (pobres caballeros del temple). Cincuenta años después ya se habían extendido por Francia, Alemania, el Reino Unido, España y Portugal, con una no cuantificable riqueza y poder, que tendría un efecto multiplicador según los años pasaban. Cien años después de su fundación, hacia el mil doscientos veinte, era la Organización más grande de Occidente en todos los sentidos, desde el militar hasta el económico, con más de nueve mil encomiendas repartidas por toda Europa.

La encomienda era una especie de banco, donde los comerciantes que estaban en Tierra Santa, por ejemplo, ingresaban su dinero en una encomienda y con un documento de la Orden, especie de letra de cambio o cheque, podía retirar su dinero en otra encomienda distinta, y así evitaban el riesgo de ser robados en los caminos, nada seguros en aquella época. Por este servicio la Orden cobraba una comisión, como lo hace hoy día la banca. Los peregrinos también hacían eso mismo, depositar en una encomienda y recoger en otras, a cambio del pago de la respectiva comisión. Pronto el número de caballeros llegó a la cifra de unos treinta mil, más los siervos, escuderos, artesanos, campesinos dependientes. Se elevaba a más de cincuenta el número de sus castillos y fortalezas en Europa y Oriente Próximo. Es más, tenían flota propia, anclada en puertos propios en el Mediterráneo y en la Rochelle, en la costa atlántica de Francia. Fungían, además, de prestamistas a los reyes y príncipes europeos, de su propio y abundante Tesoro.

Los templarios no pagaban tributos, ni impuestos, ni peajes.

Se convirtieron en los propietarios más ricos de Europa gracias a que los bienes de cada hermano pasaban al patrimonio común. Hacia el año 1244, se estimaba que poseían nueve mil propiedades entre bailíos, comandancias, prioratos, casas y castillos. Se convirtió en moda, entre los poderosos, legarle a la Orden tierras y riquezas; Alfonso el Batallador les donó el reino de Aragón entero, pero los grandes se opusieron...

En un comienzo estaban divididos en tres clases: Caballeros (miles), escuderos (armigieri) y hermanos sirvientes (clientes). Posteriormente, se les superpone la de los sacerdotes (clerici). Llevaban un cinturón de lino para recordar el voto de castidad. Los sacerdotes vestían de blanco y los laicos, de negro o beige. Los caballeros, que antecedían a los otros cofrades en la precedencia y disponían de los bienes de la Orden, se distinguían por el uso del manto blanco de lino o de lana con la cruz "pattée" de gules, invitación a derramar su sangre en la batalla; también llevaban un anillo con la misma cruz.

Entre los caballeros, en las reuniones de Capítulo, sobresalían: el Gran Maestre, que tenía el título de príncipe; el Senescal, segundo dignatario de la Orden; el Mariscal, que comandaba en la guerra; el Drapier, responsable del equipamiento; los Grandes Priores, los Priores, los Comandantes y los restantes oficiales. [...]

La batalla en Tierra Santa duró dos siglos, con sus triunfos y derrotas, la fe ora firme, ora vacilante, con la esperanza de milagros y de un triunfo final que se diluía ante sus ojos cansados. Las campanas de Jerusalén los llamaron mil veces al combate infructuoso. Soldados desilusionados, ciudadelas pérdidas, ¿se les podría acusar de haber dudado, de haber bajado los brazos en el ocaso de aquella lucha secular y estéril?

Los privilegios cortesanos, el fasto en los viajes hicieron que se los juzgara vanidosos. Se contaba que Ricardo Corazón de León, al final de su vida, habría dicho: "Dejo la avaricia a los monjes cistercienses, la lujuria a los monjes griegos y la soberbia a los Templarios". [...]

Su famoso estandarte, el Beaucéant, "bipartitum ex albo et nigro" (bipartito de blanco y negro), jamás debía caer en manos del enemigo. Sobre él se leía esta austera, pero no siempre respetada divisa: "Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam" (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria). En el campo de batalla, su lema era: vencer o morir ("vincere aut mori"). [49]

Se ha hablado mucho de la ambición política de los templarios. Se dice que, en Castilla, los Templarios, los Hospitalarios de San Juan y los Caballeros de Santiago establecieron un pacto contra el Rey. Que en Aragón y en Valencia tuvieron pretensiones de soberanía. Que incluso en el Languedoc habían tenido consenso y afinidad con los cátaros. Se habla de sus posibles alianzas con Aragón y de sus hostilidades contra la casa de Anjou, que perseguía a los cátaros. Que se habían enfrentado en lucha abierta contra los Hospitalarios de Palestina y contra los reinos de Chipre y de Antioquía. Pero quizás el único "delito" cometido por los templarios fue el de haber acumulado inmensas riquezas e inmenso poder y prestigio.

Militarmente, no obstante, tienen un fuerte contratiempo: la derrota ante el musulmán Saladino, que hace caer Jerusalén, en 1244. El reino se desintegra y los Templarios junto con las otras dos grandes órdenes monásticas, los Hospitalarios y los Caballeros Teutónicos, tienen que mudar sus cuarteles a San Juan de Acre. (Akko, en hebreo y Akka, en árabe; a orillas del mediterráneo, en el norte de Israel)

En 1248, Luis IX de Francia convoca y dirige la séptima cruzada, que se dirige no a Tierra Santa, sino a Egipto. Los errores militares y la peste los condujeron a la derrota de Mansura y al posterior desastre en el que Luis IX cae prisionero. Fueron los Templarios los que negociarían la paz y los que prestaron al rey una fabulosa suma en pago de su rescate. También cae San Juan de Acre en 1291, lo que les obliga a mudar sus cuarteles generales a Chipre, isla que compraron. El cambio de las circunstancias históricas hace que a Europa no les interese ya más la conquista y posesión de los Santos Lugares, por lo que los Templarios se quedan solos y desmotivados, pero sus finanzas y técnicas bancarias evolucionaron y se articularon en sus dos características instituciones: la encomienda y la banca.

La encomienda es un bien inmueble, territorial, localizado en determinado lugar, que se formaba gracias a donaciones y compras posteriores y a cuya cabeza se encontraba un Preceptor. Así, a partir de un molino (por ejemplo) los templarios compraban un bosque aledaño, luego unas tierras de labor, después adquirían los derechos sobre un pueblo etc. y con todo ello formaban una encomienda, a manera de un feudo clásico. También podían formarse encomiendas reuniendo bajo un único preceptor varias donaciones más o menos dispersas. Tenemos noticias de encomiendas rurales (Mason Dieu, en Inglaterra, por ejemplo) y urbanas (el "Vieux Temple", recinto amurallado en plena capital francesa).

En cuanto a la Banca, hay que decir aquí que los Templarios fueron los fundadores de la Banca moderna. Gracias a la confianza que inspiraban, muchas personas e instituciones les confiaban su dinero, desde los comerciantes hasta los propios reyes (de hecho, el Tesorero del Temple lo era también de Francia...). Debido a que tenían una extensa red de establecimientos, pudieron poner en marcha la primera letra de cambio, dando así a los viajeros la oportunidad de no viajar con efectivo en unos momentos en que los caminos de Europa y del Oriente Próximo eran todo, menos seguros. Este sistema bancario y sus abundantes riquezas convirtieron a la Orden en un gran prestamista, que aportaba los fondos incluso cuando los diversos reyes europeos necesitaban dinero: hay registrados préstamos a reyes de Francia y de Inglaterra, entre otros. Los templarios llegarían a ser una de las instituciones más ricas de su época, contando con vastas tierras y señoríos, numerosas ventajas comerciales, grandes tesoros, flotas comerciales que partían desde Marsella...

Sin embargo, sus operaciones económicas siempre tuvieron como meta el dotar a la Orden de los fondos suficientes como para mantener en Tierra Santa un ejército en pie de guerra constante. Y por ello el lema de la Orden: "Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam". [50]

 

 


 

LA ESTRATAGEMA POLÍTICA

 

 

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Cruz de los templarios, que llevaban sobre su hábito de monje.

 

El orden cristiano, que acentúa su resquebrajamiento espiritual y político, en una palabra, su ideología, conspira contra la Orden de los Templarios a través de importantes personajes históricos, Felipe el Hermoso, rey de Francia, y el Papa, también francés, Clemente V. Celos rivales y la apetencia insaciable de lo ajeno se aliaban contra la Orden con intrigas y ataques alevosos que terminarán arrebatando sus privilegios, sus bienes materiales e, incluso, la vida de algunos. Se inicia un proceso, hábilmente urdido por la ambición y por la astucia, que irá contra la verdad histórica. El rey de Francia, arruinado por las guerras contra los ingleses, necesitaba dinero con urgencia. Los banqueros judíos habían sido aprisionados y torturados. Había que actuar en nombre de la pureza de la religión y el triunfo de la ley mediante la confiscación por vía de los tribunales

Felipe IV de Francia, el Hermoso, deseando un estado fuerte que concentrara todo el poder en el rey, consciente de la deuda que Francia tenía contraída con los Templarios, por el préstamo que su abuelo Luis IX había recibido como rescate de su liberación con motivo de la séptima cruzada, convenció al Papa, Clemente V, para que iniciase un proceso contra los Templarios.

Para ello se dio a la tarea de inventarse buenas razones heréticas, sin duda las más eficientes. Clemente V estaba muy unido a Francia y a su Rey, porque era también francés. Las herejías eran fáciles de inventar, como fácil era obtener confesiones que los incriminaban a través de la tortura inquisitorial, que obliga a decir todo lo que los torturadores quieren escuchar, aunque se trate del mayor absurdo y contrasentido posible. Ésa era la dinámica inquisitorial. He aquí algunas de las posibles herejías: sacrilegio a la cruz, varias teorías heréticas, sodomía, adorar a ídolos paganos, renegar de Cristo a través de ritos también paganos...

El canciller del reino, Guillermo de Nogaret -famoso por el incidente de Anagni, en el que Sciarra Colonna había abofeteado al Papa Bonifacio VIII-, el Inquisidor General de Francia, Guillermo Imberto, mejor conocido como Guillermo de Paris y Eguerrand de Marigny, todos estuvieron servilmente al servicio del Rey y en contra de los Templarios, cuyo delito era ser demasiado poderosos y ricos como Orden y hacer sombra al rey de Francia, Felipe el Hermoso. Las acusaciones estuvieron a cargo de un tal Esquieu de Floyran, famoso espía de la corona de Francia y de la de Aragón.

Clemente V ya había llamado ante sí al Gran Maestre, quien, rechazando las imputaciones, había demandado pruebas jurídicas; pero todo había quedado en palabras. Felipe el Hermoso no da a conocer sus intenciones: elige a Jacques de Molay como padrino de uno de sus hijos.

Las denigraciones apenas ocultadas llegaron a oídos de la corte que tanto los había honrado; no obstante, con una perfidia de la que hay pocos ejemplos en la historia, el 12 de octubre de 1307, Felipe el Hermoso otorgaba a Jacques de Molay el honor de sostener, con los más ilustres personajes del reino, el paño mortuorio en los funerales de su cuñada, en una ceremonia de triste augurio.

Al otro día, viernes 13, Jacques de Molay era arrestado con todo su séquito, compuesto de ciento treinta y nueve ancianos caballeros, envejecidos en la lucha y en la adversidad; sesenta templarios más fueron detenidos en Beaucaire y muchos otros en el resto del reino. A partir de aquel día, la superstición popular atribuyó al "viernes 13" el carácter de día nefasto.

Faltaba solamente el proceso judicial para legalizar la arbitrariedad. El Gobierno había seguido los procedimientos de la Inquisición: insistencia, contradicciones y finalmente la tortura, para obtener confesiones imaginarias de delitos no menos imaginarios. Poco tiempo atrás, el Gobierno había declarado que la violencia del dolor quita todo valor a la confesión y había proclamado el principio de que el acusado debía estar en prisión "ad custodiam non ad poenam" (para ser custodiado no para ser castigado) y, sin embargo, se había adoptado el viejo procedimiento en su forma más cruel, más inmoral y más alejada del derecho.

El viernes 13 de octubre de 1307, Jacques de Molay, último gran maestre de la orden, y 140 templarios más, fueron encarcelados en una operación conjunta simultánea en toda Francia y sometidos a torturas; bajo presión, la mayoría de los acusados se declaró culpable de varios crímenes secretos. Algunos efectuaron similares confesiones sin el uso de la tortura ya que, por miedo a ella, la simple amenaza había sido suficiente. Tal era el caso del mismo gran maestre, Jacques de Molay, quien luego admitió haber mentido para salvar la vida.

Esta investigación, llevada a cabo sin la autorización del Papa, quien tenía a las órdenes militares bajo su jurisdicción inmediata, era radicalmente corrupta en cuanto a su finalidad y a sus procedimientos. No sólo introdujo Clemente V una enérgica protesta, sino que anuló el juicio íntegramente y suspendió los poderes de los obispos y sus inquisidores. No obstante, la ofensa había sido admitida y permanecía como la base irrevocable de todos los procesos subsiguientes. Felipe el Hermoso sacó ventaja del descubrimiento al hacerse otorgar por la Universidad de París el título de campeón y defensor de la fe, así como alzando a la opinión pública en contra de los horrendos crímenes de los templarios en los Estados Generales de Tours. Más aún, logró que se confirmaran delante del Papa las confesiones de setenta y dos presuntos templarios acusados, quienes habían sido expresamente elegidos y entrenados de antemano.

En vista de esta investigación realizada en Poitiers, junio de 1308, el Papa, que hasta entonces había permanecido escéptico, finalmente se mostró interesado y abrió una nueva comisión, cuyo proceso el mismo dirigió. Reservó la causa de la Orden a la comisión Papal, dejando el juicio de los templarios, como individuos, en manos de las comisiones diocesanas, a las que devolvió sus poderes. [51]

 

 

 


 

ORDEN DE ARRESTO DE LOS TEMPLARIOS, 14 DE SEPTIEMBRE DE 1307

 

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Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden de los Templarios.

Fue quemado, en la estaca, como relapso, junto a Geoffroy de Charnay, frente a las puertas de Nôtre Dame. Paris.

El 18 de marzo de 1314,

 

 

 En un comunicado rocambolesco, leguleyo, hueco y vacío, con olor a calumnia, escrito por alguna mente perversa, pero emanado desde lo absoluto del poder con la connivencia del Papa Clemente V, también francés; en nombre de Felipe el Hermoso, rey de Francia, autoproclamado defensor de la fe y de la Iglesia, apoyado en rumores públicos confirmados por las confesiones arrancadas en la tortura… se determina la orden de arresto de los Templarios para obtener, legalmente, el robo de sus inmensas riquezas y, al mismo tiempo, deshacerse de un poder que le hace sombra y amenaza su absolutismo.

Su estilo y su contenido merecerían figurar en una "Antología de los textos políticos vacuos". Lo único concreto es el último párrafo, donde, con pocas palabras, queda todo bien atado para que no se desperdigue nada de lo limpiamente confiscado. Bienes muebles e inmuebles.

Felipe, por la gracia de Dios rey de Francia, a nuestro amado y fiel señor de Onival, al caballero Joan de Torville y al bailío de Rouen, salud y dilección.

Una cosa amarga, una cosa deplorable, una cosa seguramente horrible de pensar, terrible para entender, un crimen detestable, un delito execrable, un acto abominable, una infamia atroz, una cosa totalmente inhumana, más aún, extraña a toda humanidad, ha llegado a nuestro oídos gracias a los informes de muchas personas dignas de fe, no sin conmovernos con un gran estupor y hacernos estremecer con un violento horror; y, considerando su gravedad, un dolor inmenso crece en nosotros tanto más cruelmente cuanto que no hay duda de que la enormidad del crimen desborda hasta ser una ofensa a la majestad divina, un oprobio para la humanidad, un pernicioso ejemplo del mal y un escándalo universal.....

[...] escondiendo al lobo bajo la apariencia del cordero y bajo el hábito de la Orden......insultan miserablemente a la religión de nuestra fe, crucifican en nuestros días nuevamente a Nuestro Señor Jesucristo ya crucificado por la redención del género humano.....despojados de las vestimentas que llevaban en la vida secular, desnudos, puestos en presencia de aquel que los recibe o de su reemplazante, son besados por él, conforme al rito odioso de su Orden, primeramente debajo de la espina dorsal, segundo en el ombligo y finalmente en la boca, para vergüenza de la dignidad humana....

[...] con sus obscenidades, suprimen los beneficios del rocío (sic), corrompen la pureza del aire y determinan la confusión de nuestra fe...

[...] Y aunque nosotros tuvimos pena.... Luego de haber hablado con nuestro muy Santo Padre en el Señor, Clemente...
[...] Por lo tanto, nosotros que fuimos establecidos por el Señor en el puesto de observación de la eminencia real para defender la libertad de la fe de la Iglesia.....

[...] Es por esto por lo que os encargamos y os prescribimos rigurosamente....... de embargar sus bienes, muebles e inmuebles y de retenerlos muy rigurosamente bajo vuestras manos a tales bienes embargados, sin gasto ni devastación ninguna, conforme a nuestras órdenes e instrucciones que os han sido enviadas bajo nuestra contraseña, hasta que recibáis allí de nosotros una nueva orden.... [52]

 

 

Texto íntegro en los Documentos de Apoyo

La comisión Papal, asignada al examen de la causa de la Orden, había asumido sus deberes y reunió la documentación, que habría de ser sometida al Papa y al Concilio General convocado, para decidir sobre la culpabilidad y destino final de la Orden. Aunque la defensa de la Orden fue efectuada deficientemente, no se pudo probar que la Orden, como cuerpo, profesara doctrina herética alguna o que una regla secreta, distinta de la regla oficial, fuese practicada. En consecuencia, en el Concilio General de Vienne, en el Delfinado, el 16 de octubre de 1311, la mayoría fue favorable al mantenimiento de la Orden; pero el Papa, indeciso y hostigado por la corona de Francia principalmente, adoptó una solución salomónica: decretó la disolución, no la condenación, de la Orden ; y no por sentencia penal, sino por un decreto apostólico: bula Vox clamantis del 22 de marzo de 1312.

El Papa reservó para su propio arbitrio la causa del Gran Maestre y de sus tres primeros dignatarios. Ellos habían confesado su culpabilidad y sólo quedaba reconciliarlos con la Iglesia una vez que hubiesen atestiguado su arrepentimiento con la solemnidad acostumbrada. Para darle más publicidad a esta solemnidad, delante de la catedral de Nôtre-Dame, fue erigida una plataforma para la lectura de la sentencia. Pero, en el momento supremo, el Gran Maestre recuperó su coraje y proclamó la inocencia de los templarios y la falsedad de sus propias supuestas confesiones. En reparación por este deplorable instante de debilidad, se declaró dispuesto al sacrificio de su vida, y fue arrestado inmediatamente como herético reincidente, relapsus, junto a otro dignatario que eligió compartir su destino. Por orden de Felipe fue quemado junto a Geoffroy de Charnay en la estaca, frente a las puertas de Nôtre Dame, en L’Île de París, el día de Candelaria, 18 de marzo, de 1314.

 

 


 

LOS JUDÍOS. PROBLEMAS DE LAS MINORÍAS ÉTNICAS

 

 

Impreso para la averiguación de la limpieza de sangre.

Preguntas que se hacían a los testigos para averiguar la limpieza del linaje.

 

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Entonces le respondí: Señor, para satisfacer a esta pregunta seráme necesario otro caso semejante a ese de un cristiano nuevo y algo perdigado, rico y poderoso, que viviendo alegre, gordo, lozano y muy contento en unas casas propias, aconteció venírsele por vecino un inquisidor y con sólo el tenerlo cerca vino a enflaquecer de manera, que lo puso en breves días en los mismos huesos. (Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache).

Parece ser que los judíos están en la Península Ibérica desde el siglo III, dedicados al comercio y al cultivo de la tierra, por sí mismos o mediante el trabajo de esclavos. Bajo el reinado de los reyes visigodos fueron objeto de diversas persecuciones, hasta que la invasión musulmana (711) les libró del yugo visigodo. A partir de ese momento, inicios del siglo VIII, se establecieron colonias de mercaderes judíos junto a las guarniciones musulmanas, como en Granada, Sevilla, Córdoba, Toledo..., logrando los hebreos un estimable grado de bienestar y cultura. A partir del siglo X, abundan ya documentos relativos a las propiedades de judíos en Barcelona, Aragón, Navarra y la existencia de numerosas juderías en Castilla y León. En esta época, en la que la tierra y el ganado eran la base de la economía, los judíos manifestaron una cierta tendencia al incipiente comercio y a los oficios urbanos.

Gozaban de igualdad de derechos con los cristianos, derechos que se establecían por medio de los privilegios que los Reyes otorgaban a las aljamas, gethos o guetos, juderías. Los Reyes, al mismo tiempo que recibían tributos de los judíos, les concedieron una serie de privilegios, porque eran conscientes de su habilidad para el comercio y para organizar la administración de los terrenos reconquistados a los árabes, y porque la sociedad cristiana ni tenía experiencia ni sentía vocación por la actividad comercial ni burocrático-administrativa, prefiriendo dedicarse a la noble profesión de la guerra.

En 1085, Alfonso VI se apodera de Toledo, ciudad en la que residían muchos israelitas y musulmanes, y, en 1091, firma las capitulaciones en las que se concedía a ambas etnias el derecho a permanecer en sus hogares, gobernándose por sus leyes y conservando sus religiones; no obstante había cierto tipo de discriminaciones.

Lo cierto es que los hebreos, más capacitados que los cristianos en asuntos económicos, supieron escalar los más altos puestos de la administración estatal, convirtiéndose en cortesanos de los reyes; eran, al mismo tiempo, prestamistas de reyes, de nobles y de obispos, a los que prestaban grandes sumas de dinero, a cambio de lo cual, se les colocaba al frente de la recaudación de impuestos, odioso oficio que les granjearía el odio y la animadversión de los cristianos en un futuro no muy lejano

Sobresalían también y mucho en el cultivo exitoso de las ciencias: Leyes, Medicina, Filosofía, Contabilidad, Teoría administrativa y Astrología.

Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid (en árabe sayyid, señor), cuyas hazañas se celebran en el Cantar de Mío Cid, (c. 1140), es el héroe militar más famoso de su tiempo. Este noble castellano, que sirvió a los cristianos y al emir de Zaragoza, terminó como guerrero independiente y como gobernante de Valencia, ciudad musulmana que había conquistado en 1094; fue el arquetipo del guerrero cristiano, a pesar de su alianza con los musulmanes.

El Cantar de Mío Cid, en uno de sus capítulos, refleja la antipatía que el pueblo tenia a los judíos y en el que Rodrigo Díaz de Vivar engaña a dos judíos, Raquel y Vidas, mercaderes ricos y avariciosos, estereotipo que se aplica a todos los judíos sin distinción. El Cid necesita urgentemente dinero en metálico, al tener que salir de Castilla debido al destierro que el rey Alfonso VI le había impuesto, por exigencia del mimo Cid, en represalia por el juramento que tuvo que prestar en Santa Gadea de Burgos, de no haber participado en la muerte de su hermano Sancho. Tal préstamo lo garantizaría con unas arcas llenas de objetos de oro y de plata; los ricos judíos, impresionados por la petición del famoso caballero, le dan el dinero sin verificar las arcas, que estaban repletas de sólo arena. Fue una estafa vil y un engaño cruel, pero, cuando los juglares recitaban lo sucedido, los cristianos lo celebraban, pues ahora los engañados eran los judíos y no los cristianos. Los judíos habían encontrado la horma de sus zapatos.

Mientras los mudéjares de Castilla y Aragón eran campesinos o trabajadores manuales en la ciudad, los judíos permanecían en las grandes ciudades, dedicados al comercio. La mayoría cristiana trataban a los judíos y a los musulmanes con igual desprecio y envidia, aunque toleraba su religión.

La sociedad judía estaba dividida en dos clases: la aristocracia, unas cuantas familias muy adineradas y también la masa de humildes trabajadores artesanos y tenderos; aunque, para los cristianos, todos los judíos eran ricos y usureros.

Por supuesto los judíos tenían una cultura diferente, pero eran españoles también y no una raza separada y su número en ningún momento aumentó a causa de las inmigraciones procedentes del extranjero. Su lengua era, en gran medida, la misma de sus ciudadanos. No hablaban ya el hebreo, pues éste se reservaba únicamente para las ceremonias religiosas o para el lenguaje escrito. Hablaban árabe en los territorios musulmanes y en Castilla hablaban el castellano. [53]

Durante el reinado de Alfonso VIII, en vísperas de la famosa batalla de las Navas de Tolosa, 16 de julio de 1212, se produjeron los disturbios antisemitas que acabaron con la vida de la hermosa judía Raquel, amante del Rey castellano, acusada de influir sobre la real voluntad en favor de sus hermanos de raza, acompañada de otras víctimas inocentes.

Fernando III el Santo, rey de Castilla de 1230 a 1252, se proclamaba rey de las tres religiones, cristiana, judía y musulmana. Pretensión hermosa y singular en una época cada vez más intolerante, pues, precisamente en este periodo, nace en Europa la Inquisición Papal (c. 1231). La tolerancia mutua entre los miembros de las tres religiones que coexistían en la Península Ibérica, con sus vaivenes cíclicos, llegó a su cenit con Fernando III y su hijo y sucesor, Alfonso X el Sabio, que les permitió a los israelitas acceder a todos los honores y cargos públicos, pero, presionado por el espíritu de su época, contrario a la causa judía, dictó algunas disposiciones contra ellos en las famosas Siete Partidas.

La situación de los judíos fue empeorando paulatinamente en el siglo XIV. En Navarra, 1328, un grupo de fanáticos, alentados por el fraile franciscano Pedro Olligoyen, se lanzaron al asalto de las aljamas o juderías, que terminó con miles de muertos. Las autoridades navarras arrestaron al instigador Olligoyen e impusieron fuertes multas a las localidades donde se desató la violencia antisemita.

A mediados del siglo XIV, el peor siglo de toda la Edad Media, por sus pestes, hambres, guerras y calamidades, aparece la Peste negra. Se culpó de ello a los judíos, tanto en España como en el resto de Europa. Cosa absurda, pero el antisemitismo se agravó pues casi todo el mundo presentó a los judíos como responsables de dicha calamidad y fueron utilizados como chivos expiatorios. Sin embargo, los judíos enfermaban y morían de peste como los más piadores cristianos. Francia, Alemania y otros países se unieron a la histeria contra los judíos masacrándolos por miles, quemándolos o metiéndolos en barricas que se arrojaban a los ríos. El 17 de mayo de 1348, fue asaltada la judería de Barcelona, con un alto saldo de muertos, aunque Pedro IV el "Ceremonioso" trató de impedir estos disturbios.

Durante los agitados reinados de Enrique III, Juan II y Enrique IV, se produjeron frecuentes alteraciones populares contra los judíos y contra los judeoconversos. Las predicaciones contra los "avaros y poderosos judíos" del arcediano de Écija, Fernando Martínez, habían creado un clima de hostilidad hacia aquéllos que seguían el rito mosaico. El pueblo, irritado y enardecido por las arengas pronunciadas por Fernando Martínez desde el púlpito, comenzó a llenar de oprobios a los judíos, que sufrieron las persecuciones de la plebe enfurecida. Las matanzas de Sevilla se extendieron a Córdoba, Toledo, Zaragoza, Valencia, Barcelona, Lérida y a otras ciudades. Recién llegada al trono la reina Isabel, se desarrollaron tristes sucesos en Córdoba y en otras ciudades contra los de estirpe judía. [...]. [54]

Fueron muchos los judíos que se vieron obligados a bautizarse para evitar las persecuciones y poder optar por trabajos y beneficios del Estado. No fueron en lo más mínimo conscientes de los problemas y peligros que esto les iba a acarrear con su propia conciencia y su cultura y con el resto de su grupo que se mantenía en el judaísmo y los calificaría de apóstatas. Y lo peor es que, por el bautismo, caían en la jurisdicción de la Inquisición, que los masacraría. Además se les tildaría de cristianos nuevos y serían rechazados por los cristianos viejos.

La situación de estos recién llegados a la fe cristiana era verdaderamente paradójica; eran rechazados por los cristianos viejos y, a la vez, eran escarnecidos por los judíos que les echaban en cara su pecado de apostasía, hasta el extremo que algunos judeoconversos no pudieron seguir viviendo en su casa paterna, situada en las antiguas "juderías", a la vez que eran también rechazados en otros barrios cristianos. [...][55]

 

 

Sobre los problemas de identidad de los judíos, leer más en los Documentos de Apoyo

 

"El Doliente", rey de Castilla y León, así llamado por las muchas enfermedades que desde niño padeció, muere en 1406, a los 27 años. Mayr, su médico, competente doctor judío muy apreciado por el monarca, fue acusado, por maldad y envidia de los cortesanos, de haber envenenado al rey. Al ser torturado tuvo que confesar que así había sido, aunque no era verdad. Todas estas calumnias e invenciones daban pábulo a las masas para odiarlos y difamarlos.

Los predicadores, cuyo modelo fue el dominico valenciano Vicente Ferrer, predicaron por toda España la conversión de los judíos al cristianismo, consiguiendo –se dice – la conversión de más de cincuenta mil judíos en toda España. Para los judíos no había otra opción: o conversión o pérdida de vida y de hacienda. Aplicando sabiamente la epiqueya (interpretación benigna de la ley), se atuvieron a las circunstancias y se bautizaron, pero sin dejar de ser judíos con sus creencias y costumbres. No era así como lo veían Vicente Ferrer ni los obispos ni el resto de los predicadores, que les exigían que, al ser bautizados, abandonasen su cultura judía y asumiesen la cristiana, aunque muchas de las costumbres cristianas eran odiosas y repulsivas para ellos.

El "Papa Luna", 1415, aconsejado por su médico rabino converso Josué Halorqui cristianizado con el nombre de Jerónimo de Santa Fe, publicó una Bula anti-judía que, por su feroz contenido y amenazas, logra la conversión de muchos judíos que seguirían siendo judaizantes (criptojudíos) y que en secreto practican la fe mosaica.

No cabe duda de que los científicos y literatos hebreos habían tenido una gran época. La medicina estuvo prácticamente monopolizada por ellos, hasta el extremo de que la realeza y la aristocracia confiaban ciegamente en ellos. La hostilidad popular hacia ellos se fundamentaba más bien en cuestiones financieras, pues actuaban como recaudadores de impuestos y funcionarios del fisco, al servicio de reyes y nobles. Las crisis demográfica y económica y la inestabilidad social que afectaba a Castilla en el siglo XV complicó más el problema de los judíos conversos a los que se les dieron nombres oprobiosos, como el de "marranos", de oscuro origen. El ambiente entre cristianos viejos y nuevos se hacía cada vez más irrespirable.

También los judíos tuvieron un papel significativo en la cultura, como traductores del árabe, que los cristianos ignoraban. Muchos prelados arrendaban sus propiedades a moros y judíos para cobrar las rentas y diezmos que les pertenecían, con gran escándalo de los contribuyentes cristianos. Después de los asaltos y masacres a las aljamas, a finales del siglo XV, los judíos dejan de constituir una burguesía significativa. De una situación de riqueza pasan a una situación social extremadamente frágil; de comerciantes, tenderos, joyeros, sastres, zapateros pasan a ser labradores y campesinos. Estos campesinos judíos podían encontrarse por toda España, pero sobre todo en Castilla, donde las relaciones entre judíos y cristianos permanecieron extremadamente cordiales a lo largo de todo el siglo.

Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, desde el principio de su reinado, 1474, estaban dispuestos a mantener entre cristianos y judíos la misma paz que querían entablar entre las ciudades y entre la nobleza. Isabel declaraba en 1477: "Todos los judíos de mis reinos, son míos y están bajo mi amparo y protección y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en justicia". No obstante, la política real debería enfrentase a las tensiones sociales existentes, donde los grupos antisemitas de los municipios exigían a los judíos que llevasen un símbolo distintivo en el vestido y los restringían en el ejercicio de la usura. Las Cortes de Toledo, 1480, legislaron y pusieron en marcha una política de separación, confinando a los judíos a las aljamas.

Pero el verdadero problema lo constituían los conversos que seguían practicando la fe, ritos y ceremonias de la ley judaica. Para ellos se crearía la Nueva Inquisición.

A pesar de que la Inquisición tenía autoridad sólo sobre los cristianos, los judíos pronto comprobarían que ellos también caerían bajo su inhumana maquinaria, origen de sus infortunios venideros.

Era opinión general de que las conversiones no eran sinceras y que si los judíos consentían en bautizarse lo hacían para acceder a cargos que antes les estaban vedados. La idea de crear la Nueva Inquisición les fue vendida a los Reyes por grupos antisemitas y algunos personajes tristemente célebres, confesores de los Reyes, como el dominico Vallisoletano Fray Tomás de Torquemada (1420-1498), de origen converso, sobrino del cardenal Juan de Torquemada y prior del convento de Santa Cruz de Segovia. A él se deberá la organización definitiva de la Nueva Inquisición, que pasará a ser el símbolo más odiado de la hipocresía más repelente y del sadismo más feroz. Él mismo, en el 1468, asistió a la ejecución de judíos acusados injustamente de haber dado muerte a un niño cristiano. Los Torquemada gestionaron con la Santa Sede la introducción de un Tribunal Inquisitorial para Castilla, que nunca lo había tenido, aunque sí Aragón. En Castilla, hasta este momento, eran los obispos y los tribunales eclesiásticos los encargados de la represión de las desviaciones heréticas.

Algunos conversos, especialmente aquellos que se hicieron clérigos, se convirtieron en acérrimos perseguidores de sus antiguos correligionarios. En algunas comunidades, se vio un abismo visible entre judíos y conversos. Surgía una tensión que no presagiaba nada bueno, hasta el punto de que algunos judíos, en revancha, no tuvieron inconveniente en cooperar con la Inquisición en contra de los conversos para así saldar viejas deudas y rencillas. Cuando el judío testificaba en falso, era arrestado y torturado por el Tribunal. La propia Inquisición, según el rabino Capsili, pidió que las sinagogas impusieran a los judíos la obligación de denunciar a los falsos conversos.

A pesar de que Fernando e Isabel habían intervenido varias veces para proteger a los judíos de los abusos, al final fueron convencidos por el Inquisidor General Torquemada, primero, para aislarlos y después, parar adoptar la medida más drástica de todas: la total expulsión de los judíos. Pero Fernando e Isabel crearon el Nuevo Tribunal no sólo por motivos religiosos, sino por motivos claramente políticos y financieros.

¿Por qué fue creada esta Inquisición española? Se ha dicho a veces que como un medio conducente a lograr la unidad religiosa nacional. Tal explicación es insatisfactoria, por cuanto la Inquisición carecía de jurisdicción sobre los no bautizados, es decir, sobre gentes de otras religiones. Algún historiador judío ha asegurado que, so pretexto de motivos religiosos, la causa real fue el intentar apoderarse de los bienes de los ricos conversos, o bien la pretensión de Fernando "el Católico" de organizar una institución de control político que pudiera actuar en los distintos reinos por encima de las trabas de sus peculiaridades jurídicas políticas...[56]

 

 

Razones para la creación del Nuevo Tribunal, leer más en los Documentos de Apoyo

Aunque la Nueva Inquisición estaba aprobada, dadas las presiones económicas y de influencia de las aljamas sobre los Reyes, pasaron dos años sin que el odioso y odiado Tribunal entrase en funciones. Es el 17 de septiembre de 1480 cuando se publican los nuevos Estatutos y los Reyes, según la concesión pontificia, nombran a los primeros inquisidores del Santo Oficio en Medina del Campo. Se ordena a los dominicos Fray Miguel de Morillo y Fray Juan de San Martín que se trasladasen a Sevilla para solucionar el problema de los falsos conversos. Se instalaron primero en el convento de San Pablo y luego en la fortaleza de Triana, donde organizaron el Tribunal para depurar la sociedad sevillana de los malos cristianos, esos hombres y mujeres, apóstatas y herejes que toman solamente el nombre de cristianos en apariencia, pero que siguen la "secta, superstición y perfidia de los judíos"

Había nacido la más detestable y atacada de las obras de los Reyes Católicos, que sería utilizada hábilmente por los monarcas en lo civil y en lo religioso. Arma muy valiosa y, políticamente hablando, un hábil regreso a la política de Constantino con la Iglesia, al utilizarla como instrumento de unidad política, cohesión social y represor coercitivo, bajo el manto de guardar la ortodoxia reprimiendo la herejía.

El Pontífice Sixto IV cedió al pedido de los Reyes Católicos: "Déjenos hacer las cosas a nuestra manera". Los dos poderes, las dos espadas gelasianas se ponen de mutuo acuerdo para salvar a España y a la Iglesia, ignorando ambos lo mucho que perderían: el Estado perdería su banca judía y a excelentes administradores y recaudadores de impuestos, y la Iglesia seguiría perdiendo su sentido evangelizador.

 

 


 

LA CONSPIRACIÓN CONTRA EL TRIBUNAL

 

 

 

 

Matanza de judíos en Barcelona, 1391.

 

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Nunca se vencerá el mal con el mal. Cuanto más conoce un hombre la verdad, menos indicado debe estar a condenar a otros. El único remedio contra los asesinatos es dejar de asesinar. Matar a un hombre por una idea, no es defender una doctrina, es simplemente matar a un hombre. Castellione.

El intento de defensa de los conversos de Sevilla ante el terror inquisitorial se inicia con una conspiración contra el tribunal, que fue descubierta y brutalmente castigada. La hija de Diego de Susán, la "fermosa fembra" (hermosa hembra), que mantenía relaciones amorosas con un cristiano viejo, delató a su padre y a otros conspiradores contra el Tribunal, al contarle a su amado lo que se estaba planificando. Éste los delató al recién estrenado Santo Oficio y los confabulados fueron detenidos, interrogados, torturados y condenados. Se celebró el primer auto de fe, 6 de febrero de 1481. Predicó el converso y fanático Fray Alonso de Hojeda que murió pocos días después, víctima de la peste que comenzaba a hacer estragos en Sevilla. Seis personas, acusadas de judaizantes, fueron relajadas, muertas en la hoguera, en el campo de Tablada.

El cardenal Mendoza, poco después, publicó un Edicto de Gracia, en cuya virtud los que se creyesen culpables de judaizar, practicar ritos judíos, deberían de presentarse ante el Tribunal, que les impondría sólo penas canónicas. Entre 17.000 y 20.000 personas se presentaron, entre ellos canónigos, frailes, monjas y altos cargos estatales, todos conversos. Después vendría el Edicto de Fe, que amenazaba con la pena de excomunión a los que no delatasen a los judaizantes o criptojudíos. Fueron muchos los delatados, torturados y quemados. De la crueldad de aquella etapa inicial de la nueva Inquisición dan fe los cronistas y poetas de aquella época, por ejemplo el antisemita Antón de Montoro.

Ante estos hechos y el fenómeno de la peste, que hacía estragos en Sevilla, miles de familias, incluyendo mujeres y niños, emprendieron la huida. Era tanto el trabajo de los inquisidores que reclamaron más para la lucha contra los criptojudíos. Un Breve Papal, 11 de febrero de 1482, nombraba siete inquisidores más, todos frailes dominicos; y, entre ellos, nada más y nada menos, el del convento de Santa Cruz en Segovia, Tomás de Torquemada. Se crearon nuevos tribunales y se estableció el Consejo Supremo de la Inquisición, cuyo primer Inquisidor General fue el fraile Torquemada.

Se habla de otra conspiración de los judaizantes, que se llevó a cabo en la festividad del Corpus Christi de 1485, en Toledo. Según las fuentes, el desarrollo de los acontecimientos siguió las pautas de la de Sevilla, con traiciones, delaciones, detenciones y ejecuciones. También se sospecha que la conspiración fuese inventada para justificar los violentos hechos que sirvieran de escarmiento y de castigo ejemplar.

La Suprema, nombre con el que se conocía el Consejo Supremo de la Inquisición, se componía de cuatro miembros: tres miembros eclesiásticos y un presidente. A Torquemada, con el título de Inquisidor General, le cupo el honor de ser el primer presidente,

En Aragón, la Nueva Inquisición fue una simple continuación del antiguo tribunal, con la diferencia de que la Corona controlaba ahora los nombramientos y pagos, de modo que, en la práctica, estaba más en manos del rey Fernando que en las del Papa. Sus tribunales estaban en Barcelona, Zaragoza y Valencia. Su función empezó enfocada en los conversos judaizantes, quienes se alarmaron y emigraron en masa. Los tribunales actuaron con excesivo celo y no siempre guiados por motivos religiosos.

El 18 de abril de 1482, El Papa Sixto IV promulgó la bula Ad Perpetuam Rei Memoriam, que el historiador Henry Charles Lea califica de la bula más extraordinaria en la historia de la Inquisición, por la cual se quejaba de que en Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña la Inquisición lleva tiempo actuando no por celo de la fe y la salvación de las almas, sino por la codicia de la riqueza. Muchos verdaderos y fieles cristianos, por culpa del testimonio de enemigos, rivales, esclavos y otras personas bajas y aún menos apropiadas, sin pruebas de ninguna clase, han sido encerrados en prisiones seculares, torturados y condenados como herejes relapsos, privados de sus bienes y propiedades y entregados al brazo secular para ser ejecutadas, con peligro de sus almas, dando un ejemplo pernicioso y causando escándalo a muchos. [57]

 

 

Ad Perpetuam Rei Memoriam. Se puede leer en los Documentos de Apoyo

El mismo Papa reconoce la triste realidad de la actuación procesal arbitraria y codiciosa de la Inquisición, en detrimento injusto y criminal contra los falsamente acusados, y el escándalo que todo esto produce. En vistas de ello, debió coronar la faena aboliendo el recién estrenado tribunal, pero esto perjudicaría muy gravemente sus relaciones con el católico Fernando, quien tenía en el Tribunal el instrumento político más perfecto y eficaz que jamás hubiera imaginado.

Fernando, sorprendido y contrariado por la inesperada reacción del Papa, que en su Bula ataca los abusos de la Inquisición, le dice al Papa: Me han contado cosas, Santo Padre, que, de ser ciertas, sin duda merecerían el mayor de los asombros. Y el débil e indeciso Sixto IV recoge velas y retira la Bula.

De acuerdo con ello, en lo sucesivo funcionarios episcopales actuarían conjuntamente con los inquisidores; se comunicaría el nombre y el testimonio de los acusadores al acusado, al que se le permitirá asistencia legal; sólo se utilizarán las cárceles episcopales y se permitiría apelar a Roma. La bula era extraordinaria, porque, en palabras de Lea, por primera vez se declaraba que la herejía, al igual que cualquier otro delito, era acreedora de un juicio justo y una justicia recta. Aparte de esto, no hay duda de que el Papa aprovechó la oportunidad de reafirmar su autoridad sobre una Inquisición que una vez fue Papal y que entonces había caído enteramente en manos del rey aragonés. Por otro lado, la bula era tan favorable a las pretensiones de los conversos que sin duda éstos emplearon su influencia para conseguirla. Fernando se sintió ultrajado por el acto del Papa y puso en cuestión la autenticidad de la bula, basándose en que ningún Pontífice razonable habría promulgado tal documento. El 13 de mayo de 1482, escribe al Papa:

"Me han contado cosas, Santo Padre, que, de ser ciertas, sin duda merecerían el mayor de los asombros. Se dice que Su Santidad ha concedido a los conversos un perdón general por todos los errores y delitos que han cometido... Sin embargo yo no he dado crédito a esos rumores, porque parecen cosas que de ningún modo habrían sido concedidas por Su Santidad, quien tiene un deber para con la Inquisición. Pero si por acaso hubieran sido hechas concesiones por la persistente y astuta persuasión de los citados conversos, no pienso permitir jamás que surtan efecto. Tenga cuidado por lo tanto de no permitir que el asunto vaya más lejos y de revocar toda concesión, encomendándonos el cuidado de esta cuestión".

Sixto IV vaciló ante tanta resolución y en octubre anunció que suspendía la bula. El camino quedó así completamente despejado ante Fernando. La cooperación Papal quedó asegurada definitivamente con la bula del 17 de octubre de 1483, en la que se nombraba a Torquemada Inquisidor General de Aragón, Valencia y Cataluña, de modo que la Inquisición española quedaba unida bajo un solo mando. El nuevo tribunal pasó a depender directamente de la corona, convirtiéndose en la única institución cuya autoridad abarcaba todos los reinos de España, un hecho de vital importancia para ocasiones futuras, cuando el que mandara en Castilla quisiera interferir en otras provincias en las que su autoridad soberana estuviera limitada. [58]

Instalada la Inquisición en Aragón, Cataluña y Valencia, las clases privilegiadas conversas y no conversas protestaron usando como argumento que los fueros estipulaban que los cargos más importantes debían ser oriundos de la región. Ese requisito no lo cumplían los inquisidores recién nombrados, pues tanto Torquemada como Gaspar Juglar y Pedro Arbués de Épila eran castellanos.

Las actividades del nuevo tribunal inquietaron profundamente no sólo a los conversos, sino también a todos aquellos que se mantenían leales a los fueros aragoneses. Como informa el cronista de Aragón, Jerónimo de Zurita:

"Comenzáronse de alterar y alborotar los que eran nuevamente convertidos del linaje de los judíos y con ellos muchos caballeros y gente principal, publicando que aquel modo de proceder era contra las libertades del reyno, porque por este delito se les confiscaban los bienes y no se les daban los nombres de los testigos que deponían contra los reos, que eran dos cosas muy nuevas y nunca usadas y muy perjudiciales al reyno". 

Como resultado, continuaba Zurita, los conversos tenían a todo el reino de su parte, incluyendo a personas del rango más alto, entre ellos cristianos viejos y nobles.

Cuando la oposición pública se hizo tan importante que se pensó en convocar a los cuatro estamentos del reino, Fernando se apresuró a enviar una carta a los nobles principales y a los diputados en la que justificaba su posición:

"No hay la menor intención de infringir los fueros, sino más bien la de reforzar su observancia. No puede imaginarse que vasallos tan católicos como los de Aragón pedirían, o que reyes tan católicos concederían, fueros y libertades adversas a la fe y favorables a la herejía. Si los antiguos Inquisidores hubieran actuado concienzudamente de acuerdo con los cánones, no habría habido causa para traer estos nuevos; pero no tenían conciencia y estaban corrompidos por el soborno. Si hay tan pocos herejes como se dice, no hay por qué temer a la Inquisición. No hay que impedirle que secuestre, confisque o haga cualquier otro acto necesario, para asegurarse de que a ninguna causa o interés, por grande que sea, se le permitirá que interfiera con sus procedimientos en el futuro, como ocurre ahora."[59]

Fernando, astutamente y apoyado en la fe, pretende justificar la violación de los fueros, pero no le creen y sigue la hostilidad hacia la Santa, sí, la Santa Inquisición. Fernando había jurado respetar sus fueros, pero político al fin, no cumple con su juramento. Los catalanes se enfurecieron y escribieron a Fernando diciéndole que tales nombramientos iban contra las libertades, constituciones y capítulos, por vuestra majestad solemnemente jurados.

España nace como nación en 1479 cuando Fernando el Católico sube al trono de Aragón. Isabel, su esposa, es ya reina de Castilla desde 1474. Los dos reinos parecen conservar su propia soberanía ("Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando"), pero, de hecho, la unión matrimonial supone la unión política. Ésta última va a realizarse administrativamente en las Cortes de Toledo de 1480, donde quedarán constituidos cuatro Consejos que regirán la futura España: Consejo de Castilla, Consejo de Aragón, Consejo de Estado y Consejo de Hacienda.

Desde el punto de vista ideológico, la nación española va a forjarse con la defensa de los valores cristianos en su más exaltada expresión: la Cruzada. Con su doble dimensión: exterior (contra los infieles de la guerra de Granada) e interior (contra los judíos hasta su expulsión). En 1492, estas dos facetas de la cruzada interior pueden darse por concluidas: Granada se rinde y los judíos tienen que abandonar España.

Pero una nueva modalidad de cruzada interna quedó abierta en el seno mismo de la comunidad cristiana, cuando, en 1481, la Nueva Inquisición se estableció en Sevilla: la cruzada contra los herejes judaizantes. [60]

La oposición conversa no había sido de ningún modo destruida. Por un lado, crecía en fuerza con el apoyo pasivo de los cristianos viejos que se habían resentido de la introducción del nuevo tribunal en Aragón; por el otro, la resistencia se estaba haciendo más desesperada debido a su evidente fracaso, como se podía ver en casos como el de Teruel. En los círculos más elevados de los conversos, la idea de asesinar a un inquisidor fue ganando fuerza. Era una idea apoyada también por algunos cristianos viejos y por conversos tan eminentes como Gabriel Sánchez, tesorero del rey, y Sancho de Paternoy, maestre nacional del reino de Aragón. El momento decisivo llegó la noche del 15 de septiembre de 1485, cuando el inquisidor Pedro Arbués rezaba arrodillado ante el altar mayor de la Seo zaragozana. Bajo su túnica, el inquisidor llevaba una cota de malla y un casco de acero, debido a las advertencias sobre el peligro que corría su vida. La noche en cuestión, ocho conspiradores contratados por los conversos entraron en la catedral por la puerta del capítulo y se colocaron sigilosamente detrás del inquisidor. Tras comprobar que efectivamente se trataba de Arbués, uno de ellos lo apuñaló por la espalda atravesándole el cuello y causándole una herida mortal. Mientras Arbués se tambaleaba, dos de los otros le infligieron también heridas. Los asesinos escaparon mientras los canónigos de la catedral acudían presurosos y encontraban al inquisidor agonizando. Arbués moría un día después, el 17 de septiembre. [61]

 


PEOR QUE UN CRIMEN: UN ERROR

 

 

 

 

Martirio de San Pedro Arbués

Grabado al aguafuerte, de Franceso Cecchini.

Archivo de La Seo, Zaragoza

 

 

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La impresión provocada por este asesinato trajo consecuencias que los conversos ciertamente deberían haber previsto. Cuando se descubrió que los asesinos eran conversos, el ánimo entero de la ciudad de Zaragoza cambió de signo y con ella el de todo Aragón. Arbués fue declarado santo, con su sangre se hacían milagros, la plebe recorría las calles a la caza de conversos y una asamblea nacional votó a favor de la suspensión de los fueros mientras se buscaban a los asesinos. En esta atmósfera, los inquisidores lograron imponerse. Se celebraron autos de la Inquisición reformada el 28 de diciembre de 1485 y los homicidas expiaron su crimen en sucesivos autos de fe que se prolongaron del 30 de junio de 1486 al 15 de diciembre de ese año. A uno de ellos le cortaron las manos y las clavaron en la puerta de la Diputación, tras lo cual fue arrastrado hasta la plaza del mercado, donde fue decapitado y descuartizado y los trozos de su cuerpo colgados en las calles de la ciudad. Otro se suicidó en su celda un día antes del tormento, rompiendo una lámpara de cristal y tragándose los fragmentos; el mismo castigo fue infligido a su cadáver. [62]

Torquemada, que acumuló en su persona el cargo de Inquisidor General para Castilla y Aragón, fijó la Institución Inquisitorial y su funcionamiento en sus famosas Instrucciones del 29 de octubre de 1484, que el rey Fernando impuso a la fuerza; las Cortes aragonesas ya habían tenido que reconocer la Nueva Inquisición en Tarazona en mayo de ese mismo año. No obstante, los aragoneses siguieron reiterando que el Santo Oficio era contrario a sus Fueros, como lo eran sus procedimientos.

Los conjurados regalaron a la Inquisición un mártir que sería beatificado por Inocencio II en 1664. Se desencadenó la histeria colectiva, hábilmente manipulada por la Inquisición, y unas doscientas personas pagaron con su vida y hacienda la participación en el complot. Las actas de casi todos los procesos se encuentran en la Biblioteca Nacional de París que, en 1820, se las compró a Juan Antonio Llorente, quien las descubrió en 1813 en los archivos de la Inquisición. 

El Papa, a petición de los Reyes Católicos, confirmó a Torquemada como Inquisidor General en los reinos de Castilla y León, Aragón y Valencia, en el principado de Cataluña y en todos los territorios pertenecientes a Isabel y Fernando, a pesar y en contra de sus Fueros. El poder conjunto del Papado y de la Corona era demasiado omnipotente, hasta tenían a Dios de su lado. El tribunal del Santo Oficio se convertía así en un organismo supranacional.

En la decisión de Fernando de imponer la Inquisición primaron fines políticos, económicos y también religiosos, íntimamente conectados e inseparables. La codicia de la riqueza, igual para el Papado que para la Corona, y el ansia de más poder de ambos poderes fueron los principales motivos, concluye Juan Antonio Llorente en su Historia crítica de la Inquisición de España al principio del siglo XIX, 1822. El Santo Oficio supuso para la Corona el medio más eficaz para afianzar la autoridad absoluta de la monarquía, para establecer un régimen absoluto y totalitario. Karl Joseph von Hefele, famoso autor de la Historia de los Concilios, precisa que la Inquisición fue el medio más eficaz para sujetar a la Corona a todos los súbditos y especialmente al clero y a la nobleza, en beneficio del poder absoluto de la autoridad de soberano.

Pocas personas pueden resistir el aplastante impacto de esta triple combinación: terror, adoctrinamientos y propaganda masiva. No pensemos que la Inquisición se creó para realizar la unidad religiosa en España, porque en 1481 nadie pensaba en forzar a los árabes a convertirse al cristianismo o en darles a ellos y a los judíos a escoger entre expulsión o conversión. Lo cierto es que los conversos, por sus méritos, preparación y destrezas, no sólo ocupaban altos cargos en la administración del Estado, sino que también los ocupaban en la Iglesia, como monjas, monjes, sacerdotes, abades, obispos o cardenales; además acumulaban muchas riquezas originadas en su trabajo, negocios y posición privilegiada. En todo esto radica el nudo gordiano de la cuestión: generaba inmensa envidia en los cristianos viejos, que consideran la riqueza de los conversos como apropiación ilegal de la riqueza nacional y piensan que aquellos cargos les pertenecían única y exclusivamente a ellos.

Estos viejos cristianos estaban convencidos de que la cristianización había salvado a los conversos del estatus judío de extranjería (lo cual no es cierto, porque llevaban siglos viviendo en la Península) y de que les había otorgado todas las ventajas de las que disfrutaban. Por eso concluyen que su descristianización, tachándolos de criptojudíos convertidos sólo en apariencia, podría negarles aquellas ventajas y los volvería a poner en su debido sitio. De ahí las leyes raciales, no contra los judíos, sino contra los conversos, que se remontan al reino de Juan II de Castilla, cuando el Condestable don Álvaro de Luna, 1449, quiso recaudar en Toledo, en contra de los privilegios de la ciudad, un impuesto de un millón de maravedíes para financiar la guerra contra Aragón, pero el pueblo, dirigido por Alonso Cota, rico comerciante de origen judío, se levantó en armas.

Se proclama una Sentencia Estatuto por la que los conversos eran asimilados a los judíos no conversos y, por lo tanto, quedaban excluidos de todo cargo importante. Pero un Breve (1449) del Papa Nicolás V condenó firmemente esta Sentencia, argumentando que había que respetar las sagradas Escrituras, donde Pablo dice que "no hay acepción de personas en Dios", Romanos 2, 11; y si Pablo no distinguía entre judíos y griegos, menos debiera hacerse entre cristianos nuevos y viejos. Prohibía las tendencias discriminatorias contra los conversos, pero el Papa español Alejandro VI, 1495, por un problema en la Orden de los Jerónimos, anuló la decisión de su predecesor Nicolás V y estipuló la exclusión total de toda persona de ascendencia judía para ingresar en la Orden de San Jerónimo.

El Inquisidor General Tomás de Torquemada, siempre de ascendencia judía, obtuvo de la Santa Sede la autorización de incluir un estatuto de pureza de sangre en la Regla del Monasterio de Santo Tomás de Aquino, que él había fundado en Ávila. Muchas Universidades exigirían a sus estudiantes un certificado de la pureza de sangre, los de sangre hebrea no podrían entrar a sus aulas; y lo mismo se exigiría para desempeñar cualquier cargo en las catedrales. Para cursar estudios en un colegio famoso, para la obtención de una sustanciosa prebenda, habrá que dejar bien probado que ninguno de los antepasados del solicitante, hasta la cuarta generación, haya sido condenado por el Santo Oficio y que toda su familia está integrada por cristianos viejos. Este concepto de pureza de sangre, que no se da en ninguna otra parte de la cristiandad, completa y aclara uno de los papeles específicos, además del político, de la Inquisición española: perseguir a los judaizantes.

La limpieza de sangre era la garantía social de que no se descendía de judíos, de moros o árabes, de herejes o procesados por la Santa Inquisición. La pureza de sangre, a partir de finales del siglo XVI, se constituyó en una verdadera obsesión o psicosis en España. Los documentos que certificaban la pureza de sangre, llamados estatutos de pureza de sangre, eran necesarios para poder ingresar en muchos colegios mayores, universidades, órdenes militares e incluso religiosas.

Los Reyes Católicos, dice Netanyahu, se percatan del dicho de Shakespeare: "There is a tide in the affairs of men" (Existe una marea en los asuntos de los hombres). Sí, los Reyes sintieron acercarse la marea alta del antisemitismo y, en lugar de resistirla, decidieron subirse a ella. Esto es lo que en esencia había detrás de fundar y mantener la Inquisición española. Antisemitismo puro, duro y crudo. Es verdad lo que dice Netanyahu, pero no es toda la verdad. Los motivos políticos, de los que la Inquisición fue un instrumento ideológico esencial, controlados por la Iglesia y el Estado, tuvieron un papel fundamental en la configuración de los principios sobre los que se apoyó el Estado Renacentista, que luego reafirma y consolida el Estado Absoluto del Barroco.

Para el Príncipe de Maquiavelo, el primer elemento de ordenamiento es la unidad: unidad en lo jurídico y unidad en la fe. En una sociedad sacralizada, la unidad religiosa se constituye en fundamental y básica. La Inquisición se constituyó en un mecanismo de control político, al mismo tiempo que de control social. Se estableció como aparato represor, "una máquina que arrolla y avasalla", dice Tomás y Valiente. Los inquisidores, familiares y comisarios viven en los parámetros de una sociedad jerarquizada marcada por las leyes dominantes del status, de la herencia, del linaje y también del dinero y de la riqueza. Pero la motivación antijudía, de Netanyahu, es obvia y claramente expuesta por los inquisidores, cuando se decía que el principal motivo de la Inquisición lo constituían los criptojudíos o falso conversos.

Fernando e Isabel vacilaron durante algún tiempo acerca de la idea de expulsar a los judíos. La corona perdería las rentas que recibía de una comunidad que le pagaba directamente sus impuestos y que, por añadidura, había contribuido a financiar la guerra de Granada. En España, muchos estaban impacientes por librarse de los judíos a causa de razones sociales y económicas; la elite de los cristianos viejos y varios municipios veían en ellos una fuente de conflictos y rivalidades. Pero la expulsión fue decidida por la corona, al parecer guiada por razones exclusivamente religiosas. No hay base alguna para afirmar que el gobierno pensaba sacar provecho de ella y el propio Fernando admitió que la medida perjudicaría sus finanzas. Sin duda el rey y la reina se vieron alentados en esta política por la caída de Granada a manos de sus huestes en enero de 1492, que fue interpretada como una señal de la protección divina. El 31 de marzo, mientras se hallaban en la ciudad, se promulgó el edicto de expulsión, en el que daban a los judíos de Castilla y Aragón la fecha límite del 31 de junio para aceptar el bautismo o abandonar el país. [63]

Carlos Marx, también judío, decía que la economía condiciona las ideologías, cosa cierta por demostrada. También la economía de la Iglesia condicionaba su ideología religiosa. Y Max Weber también tiene razón al sostener el pensamiento inverso: las ideologías, la religiosa en este caso, condicionan la economía. Max Weber en su obra "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" defiende la tesis de que el capitalismo surge de la teoría de la predestinación de Calvino, ya que una de las principales señales de estar predestinado es el éxito económico; tesis contraria a la defendida por Carlos Marx, pero las dos son verdaderas y complementarias.

Cuando se conoció la noticia, una delegación de judíos encabezada por Isaac Abravanel fue a ver el rey. Sus peticiones fueron desoídas y, en un segundo encuentro, le ofrecieron una considerable suma de dinero si reconsideraba la decisión. Se cuenta que cuando Torquemada se enteró de la oferta, irrumpió en la cámara real y arrojó treinta monedas de plata sobre la mesa, preguntando a qué precio sería vendido de nuevo Jesús a los judíos. En el tercer encuentro entre Fernando y Abravanel, Seneor y otros dirigentes judíos quedó claro que el rey estaba dispuesto a seguir adelante. Desesperados, acudieron a la reina, quien explicó que la decisión, que ella apoyaba firmemente, procedía de Fernando, que el Señor la había puesto en el corazón del rey. [64]

El fanatismo religioso de los frailes confesores y asesores de la Corona, llevados por sus prejuicios e ignorancia socio-económica, obliga a los Católicos Reyes a cometer una gran injusticia, con nefastas consecuencias para el país, pasando por alto que los judíos eran españoles y que desde el siglo III habitaban en la península. El fanatismo y la intolerancia religiosa fueron los culpables de tal hecatombe para el pueblo judío, que tanto había aportado a la Península Ibérica y para el Estado, que se vería privado de la sabiduría del pueblo judío. La magnitud del histórico hecho es imposible de medir y de cuantificar, y todo en nombre de Dios, que según la doctrina católica, también fue judío.

Marchena cita el elogio que hace el padre Francisco Peña a la expulsión de los judíos ordenada por los Reyes Católicos, a ruegos del Inquisidor General Torquemada, nombre que ha pasado a simbolizar el Santo Oficio español. Según la leyenda, probablemente apócrifa, pero que refleja una posibilidad en el ambiente tenso que precedió la expulsión, las aljamas (agrupaciones locales de judíos del país) ofrecieron a los monarcas una alta cantidad de oro y plata si cancelaban sus planes antisemitas. Los Reyes, sigue la leyenda, agobiados de gastos, dudaban en aceptar la oferta. En ese momento, en su gabinete, irrumpió indignado Torquemada, quien, arrojando un crucifijo sobre la mesa, dijo con voz tronante: "Ya pueden Vuestras Altezas venderlo como hizo Judas."

 

 

Fray Tomás de Torquemada, dominico, Inquisidor General

Arquetipo de los inquisidores y artífice de la Inquisición Española

 

 

Esta frase impresionó tanto a Fernando e Isabel que rechazaron la oferta judaica, firmando inmediatamente el edicto de expulsión.

En su defensa de la medida, Francisco Peña admite que ésta provocó protestas incluso de buenos católicos que la consideraron inhumana. Ésta es su réplica:

"Verdad es que desaprobaron algunos teólogos estos edictos del Rey de España, fundándose principalmente en que no debemos violentar a los infieles para que abracen la fe cristiana, redundando la violencia en desdoro de nuestra religión. Son, empero, fútiles sus razones y yo defiendo que fueron los citados edictos justos, piadosos y loables, porque la violencia con que se apremió a los judíos para su conversión no fue violencia absoluta, sino condicional, pues podían evitarla dejando su patria. Además que podían estragar a los judíos recién convertidos y aún a los cristianos viejos ya que como dice San Pablo, ¿Qué comunicación puede mediar entre la iniquidad y la justicia, entre la luz y las tinieblas, entre Belial y Jesu-Cristo?" [65]

El discurso de este Francisco Peña, comentarista de Eymeric, constituye la quinta esencia del discurso inquisitorial, plagado de inexactitudes, de ignorancia histórica y antropológica, que conduce a no entender ni respetar la cultura semita, origen del cristianismo. El mencionado Belial es un demonio proveniente de la mitología hebrea, y que aparece en el Antiguo Testamento.

El cristianismo no era sólo un conjunto de creencias, sino una forma y estilo de vida muy peculiar. Cuando a los judíos se les exige y obliga a convertirse al cristianismo, no sólo les están imponiendo unas creencias que para ellos resultan ofensivas, sino que les exigen que renuncien a sus costumbres además de su creencia, a su estilo de vida en el vestir, en el comer y hasta en los ritos mortuorios. Era pedir demasiado, era pedir imposibles y, además, constituía un desprecio a su cultura, a su religión y a sus costumbres.

 


 

LOS ÁRABES EN ESPAÑA

 

 

Bautismo forzado de musulmanes, impuesto por el Cardenal Cisneros en 1502.

Relieve de Felipe de Vigarny. Coro de la Catedral de Granada.

El bautismo era la forma de evitar la expulsión, pero con él entraban en la jurisdicción de la Inquisición que les exigía la transculturación y con ella el problema cultural y psicológico.

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 "Fuimos llevados a la Inquisición, donde, por no más que seguir la verdad, se nos despojaba de la vida, de nuestras propiedades y de nuestros hijos." Palabras de un morisco exiliado en Túnez, en el siglo XVII.

Los árabes llegaron a la Península Ibérica en el año 711. En las noches del 28 de abril del año 711, el musulmán Tarik pisa tierra ibérica en Gibraltar y, con su ejército, vence al rey visigodo Don Rodrigo en la batalla de Guadalete, donde muere el rey. Un año más tarde desembarca el moro Muza en Algeciras y, en una campaña relámpago, se apoderan de la Península Ibérica.

En poco tiempo ocuparon casi toda España y se fueron nutriendo de olas sucesivas de invasores procedentes del norte de África. Algunos lugares de la Península permanecieron bajo el poder musulmán durante casi siete siglos, dando la impresión de que toda España terminaría siendo musulmana, al formar parte fundamental de su estructura social. Los árabes trajeron consigo toda la riqueza cultural que habían adquirido en Siria, Persia, Alejandría y otros lugares donde eran muy bien conocidos los pensadores griegos, a los que, a través de la "Escuela de Traductores de Toledo", introdujeron en la Península. Además de la Filosofía, destacaban en Agricultura, Astronomía, Matemáticas, Física y Retórica. Entre los pensadores, destacaron Avicena, médico y Averroes, filósofo, con su teoría de la doble verdad: una cosa es la verdad de la religión y otra muy diferente la de la ciencia. También sobresalieron en Medicina y Arquitectura. Sus sistemas agrícolas de regadío marcaron pautas indelebles en las nuevas técnicas agrónomas. Todavía hoy está vigente el Tribunal de las Aguas que ellos crearon. Sus conocimientos, en general, superaban ampliamente a los de la Europa cristiana y no digamos a los de los habitantes de la Península, ignorantes cristianos muy dados al arte de la guerra.

La Reconquista empezó en Asturias con el rey Don Pelayo, siete años después de su llegada, y finalizó con la conquista de Granada por los Reyes Católicos, en 1492. Constituyó un periodo jalonado por batallas, conquistas y reconquistas, cuyo objetivo inicial no fue el religioso, el de cruzada, sino el de reconquistar las tierras arrebatadas. La noción de cruzada estuvo ausente durante mucho tiempo en el inicio de la Reconquista. Los cristianos, desde el siglo IX, cultivaron el mito del apóstol Santiago, cuyo cuerpo, se decía, fue descubierto en el campo de la Estrella, Compostela; se convirtió en Santiago "Matamoros" y por ello es patrón de España. A finales del siglo XII, los almorávides, provenientes del norte de África, llegan a al-Ándalus; más rígidos en sus creencias, hicieron recrudecer la lucha contra los cristianos. En las Navas de Tolosa, 1212, los almohades sufrieron el mayor revés a manos de un ejército combinado de cristianos. A partir de ese momento, su suerte estaba echada y, a mediados del siglo XIII, sólo conservaban el reino de Granada.

Los mozárabes eran minorías hispánicas que convivían con los musulmanes, consentidas como tributarias por el derecho islámico. Conservaban su religión cristiana y su organización eclesiástica y judicial, lo que demuestra que los musulmanes eran tolerantes con la religión cristiana. Con el tiempo la minoría fue de mudéjares que eran musulmanes que convivían con los cristianos, con su religión, sus ritos y costumbres islámicas, a cambio del pago de tributos. También aquí y ahora la religión cristiana era tolerante, pero no había llegado aún la Santa Inquisición.

 

 


 

LOS ÁRABES, AGENTES DE LA EVOLUCIÓN IBÉRICA.

 

 

 

 

 

Crónica de los moros de España.

De Jaime Bleda, predicador general de la Orden de Predicadores y calificador de la Inquisición de Valencia, 1618

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 El calendario árabe es la más exacta división del tiempo llevada a cabo hasta entonces, gracias a su cálculo matemático. Los árabes impulsan el Álgebra y la Trigonometría y construyen observatorios astronómicos en Bagdad, El Cairo y en "Córdova" (España). Llegaron, incluso, a admitir la posibilidad de que la Tierra girase sobre su propio eje y alrededor del Sol, anticipándose como ya lo había hecho Aristarco, a Copérnico y a Galileo. En medicina, Avicena encuentra la naturaleza contagiosa de la tuberculosis y de la pleuresía, diagnostica el cáncer y prescribe antídotos para los casos de envenenamiento. Alertados sobre el carácter contagioso de la peste, los árabes previenen enfermedades y organizan centros de salud y hospitales.

Son dignas de mencionar sus grandes innovaciones en la agricultura: desarrollo agrícola a gran escala, preferencia por la parcelación de los latifundios, introducción de cultivos menores, geniales procedimientos de regadío.

En el plano de la ganadería, introducen su propio sistema de trashumancia muy efectivo, practicado por ellos durante siglos.

En la industria, logran excedentes que exportan para importar otros productos necesarios. El comercio crece de forma asombrosa, lo que les permite crear una infraestructura enriquecedora del sector terciario, los servicios, con lo que el nivel de vida sube y se generan nuevos capitales.

En el siglo X, la "Córdova" musulmana es el lugar más poblado de todo Occidente, rivalizando con Constantinopla, Damasco y Bagdad. Hoy podemos visitar su muralla de siete puertas y en su interior el Alcázar y la famosa Mezquita, obra de arte de admiración mundial y otras mezquitas y baños públicos, algunos sólo para mujeres, con alcantarillados que aún tienen uso hoy día.

A poca distancia de la ciudad, se halla la residencia del Califa, Medina Az-Zahara, construida por Abderramán III, en el 936, provista de todos los lujos de Oriente: salones cubiertos con laminillas de oro e incrustaciones de piedras preciosas, el techo del salón de oro y mármol. En el centro había un gran estanque lleno de mercurio que, al agitarse por uno de los esclavos y con el juego de la luz, producía un resplandor como de relámpago que sobrecogía al ilustre visitante. Según las crónicas de la época, Abderraman III tenía un harén de 6,300 mujeres.

En el feudalismo del medioevo, la estructura del poder se apoya y radica en la nobleza, anclada en la riqueza de sus tierras que usaba para la protección de sus castillos, de sus privilegios y de su exención de impuestos. Será a partir del siglo XIII, con la filosofía de Aristóteles y con la ayuda del Derecho Romano, cuando los estados peninsulares fortalezcan su propia identidad, al mismo tiempo que defiendan sus intereses con la figura del monarca.

Se da un tercer elemento, después de la Monarquía y de la Nobleza, que entra en el mundo político con mucha fuerza, la Iglesia, que se consolida después de la reforma gregoriana y logra el monopolio de las creaciones culturales.

El paso del régimen feudal al de la comunidad de base territorial dura cerca de trescientos años, terminando por vigorizarse de manera definitiva con la legislación y formulación doctrinal de Alfonso X de Castilla(1252-1284) a través de las Siete Partidas, con el Ordenamiento de Alcalá, 1348, y con las Conmemoraciones en las Cortes de Monzón, 1470. La misión de aglutinar o catalizar esta diversidad de estructuras, tanto territoriales como jurídicas, para que lleguen a convertirse en reinos, es tarea sumamente compleja y difícil, como lo es establecer el poder legislativo, el judicial, la jefatura militar y la acuñación de moneda. Todo eso establecerá la dependencia de los señores feudales del rey y establecerá la universalidad del derecho sobre la particularidad de la ley en un lugar concreto.

En las ciudades, burgos, conviven cristianos, musulmanes y judíos, creándose la necesidad de organismos que garanticen la convivencia. En los siglos XI y XII, los que viven en el municipio se reúnen en concejo abierto, en la Asamblea General de todos los vecinos. Los señores feudales siguen siendo un grave problema para los municipios y para la monarquía, pero las luchas entre ellos los debilitan.

Las Capitulaciones de la rendición de Granada fueron generosas con los musulmanes granadinos: podrían conservar sus costumbres, sus propiedades, sus leyes, su religión y permiso para poder emigrar los que quisieran hacerlo, pero algunos, considerando insoportable una vida sometida a la ley cristiana, emigraron al norte de África.

Hernando de Talavera fue nombrado primer arzobispo de Granada y se dedicó, en cuerpo y alma, a intentar convertir a los musulmanes al cristianismo. Su método fue todo un avance en la pastoral cristiana, usando la persuasión y el respeto a la cultura árabe y llegando a utilizar el árabe como lengua litúrgica.

Pero los árabes en general, sentían un tremendo rechazo – como afirma Henry Kamen- por las doctrinas de la Trinidad y de la divinidad de Jesús. Mahoma no era Dios, sino un profeta y así consideraban ellos a Jesús. Sentían especial aversión al sacramento del bautismo. Las familias, después de recibir el bautismo, al llegar a sus casas, solían lavarse la cabeza para desprenderse del crisma del sacramento y realizaban, en su lugar, una ceremonia musulmana, sobre todo cuando habían sido bautizados bajo presión o a la fuerza. Idéntica aversión sentían por la penitencia, por la eucaristía y, por lo tanto, por la misa. No era posible que un musulmán se convirtiera de verdad al cristianismo. La transculturación era prácticamente imposible en un período de tiempo tan corto.

En Granada y Valencia practicaban su religión y su culto, que eran los de sus padres y de su pueblo. Practicaban sus rituales, la oración y las abluciones y eran dirigidos y orientados por sus sacerdotes, los alfaquíes. Su vestido, su lenguaje y sus comidas también eran diferentes a las de los cristianos. No comían carne de cerdo, que era la comida más común entre los cristianos, ni bebían vino. Ellos lo cocinaban todo con aceite de oliva, mientras que los cristianos lo hacían con mantequilla o manteca, y tenían un ritual especial para el sacrificio de los animales que iban a comer.

Obligarlos a cambiar de religión era obligarlos a renunciar a su idiosincrasia, lo que presuponía un enorme problema cultural y psicológico. Por eso buscaron consejos en sus dirigentes del norte de África, que dictaron opiniones, "fatwa", sobre la situación de los musulmanes en España. Una de ellas era que en tiempos de persecución, los musulmanes podían acomodarse prácticamente a todas las normas externas del cristianismo, pero sin dejar de creer en su credo musulmán. Se les autoriza a prescindir de sus prácticas religiosas, cuando eran objeto de persecución, pero no de sus creencias. Esto les permitió seguir viviendo en España, siendo musulmanes y cristianos al mismo tiempo.

El cardenal Cisneros, consciente de la lenta conversión de los moriscos, pidió a los Reyes permiso para poner en práctica una política más dura de proselitismo, lo que condujo a conversiones en masa y a que una mezquita fuese transformada en iglesia. Este hecho provocó revueltas en Albaicín, 1499, barrio mudéjar de Granada. Según Cisneros, la rebeldía de los mudéjares anulaba todos los derechos concedidos en el momento de la Capitulación y, por lo tanto, sólo les quedaban a los musulmanes dos caminos a seguir: el bautismo o la expulsión. Aconsejaba, además, que los mudéjares debían ser convertidos y esclavizados, porque como esclavos serían mejores cristianos y la tierra quedaría segura para siempre. Así pensaba el Cardenal Cisneros, uno de los personajes más ilustres y preclaros de aquella época y asesor de los Reyes. En los meses siguientes, los mudéjares de Granada fueron convertidos en gran número y otros tuvieron que emigrar.

Un Real decreto de 1501 ordenó una quema de libros árabes en Granada. Por ahí empezó Domingo de Guzmán con los cátaros, en un intento de quemar las ideas y el pensamiento. Fue el final de las Capitulaciones y del al-Ándalus morisco. Los árabes se preguntaban: si el Rey, que firmó las Capitulaciones, no las cumple, qué podemos esperar de los sucesores.

Isabel exigió lo mismo a los mudéjares en Castilla en 1502: o bautismo o exilio. Escogieron el bautismo pues las condiciones para el exilio eran prácticamente imposibles de cumplir. En la corona de Aragón fueron tolerados los mudéjares, luego la unidad religiosa -advierte Kamen- no era lo pretendido por los Reyes Católicos al crear la Nueva Inquisición.

A partir de 1511, se intentó, mediante varios decretos, que los nuevos conversos modificaran su identidad cultural y abandonaran las prácticas musulmanas. Estos decretos culminaron con una asamblea que fue convocada por las autoridades de Granada en 1526; en ella, todas las particularidades de la civilización morisca—el uso de la lengua árabe, las vestimentas, las joyas, el ritual que acompañaba la matanza de los animales, la circuncisión—fueron objeto de ataque. Para combatir estas prácticas se decidió el traslado a Granada del tribunal local de la Inquisición, que originalmente se hallaba en Jaén.

En la Corona de Aragón no hubo una presión comparable sobre los mudéjares. Las principales razones de esta diferencia fueron el gran poder de la nobleza terrateniente y la autoridad de las Cortes. En las tierras de los nobles, los mudéjares constituían una fuente de mano de obra abundante, barata y muy productiva; de ahí la expresión "mientras más moros, más ganancia". Ya fuera por aplacar a esa nobleza o por preferir una política moderada, lo cierto es que Fernando advirtió repetidamente a los inquisidores de Aragón que no persiguieran a la población mudéjar ni recurrieran a las conversiones forzadas. Por lo tanto, los mudéjares siguieron llevando una existencia independiente, hasta que en 1520 estalló la sublevación de los comuneros. [66]

La Rebelión de las Germanías se produjo en el Reino de Valencia al mismo tiempo que Padilla, Bravo y Maldonado se levantaban en Toledo en defensa de sus libertades contra Carlos I y sus nobles flamencos ( Rebelión de los Comuneros ocurrida en Castilla entre 1519 y 1523).

En 1520, Las Germanías, hermandades gremiales, apoyaron revueltas sociales contra la nobleza, que había huido de la ciudad de Valencia ante una epidemia de peste en momentos de fuerte crisis económica. Las clases medias gremiales se hicieron cargo del gobierno hasta que establecieron la Junta de los Trece. Carlos I se hallaba en Aquisgrán para su coronación como Emperador. La Junta de los Trece intentó instaurar un sistema en el que todo trabajador debía de estar inscrito en los gremios. En su progresiva radicalización, se declaró una guerra abierta contra los árabes, con el asalto e incendio de la morería de Valencia a la que acusaban de colaborar con los nobles.

Valencia eran la segunda región de España, después de Granada, en número de habitantes mudéjares, la tercera era Aragón. La mayoría pertenecían una comunidad rural que estaba sometida a los grandes terratenientes del reino. Los rebeldes, agrupados en Germanías, viendo el problema desde otra perspectiva, la de su lucha contra la nobleza terrateniente, deciden obligar a los musulmanes a bautizarse para así liberarlos del vasallaje que tenían con sus señores. Miles de mudéjares, entre 1520 y 1522, fueron bautizados por la fuerza en Valencia. Una vez derrotados los rebeldes, se estudió la posibilidad de que los mudéjares bautizados a la fuerza regresaran a su religión musulmana, pero la Inquisición se opuso y prefirió mantener a los mudéjares dentro de los términos de su bautismo.

Es entonces cuando se ve incongruente la existencia de mudéjares en la Corona de Aragón. Carlos I de España y V de Alemania promulgó un decreto, 1525, en el que ordenaba la conversión de todos los mudéjares primero en Valencia, y después en todos los demás reinos. A partir de 1526, la religión musulmana ya no existía oficialmente en España.

La principal comunidad morisca estaba en Granada, recién sojuzgada, con clase alta muy floreciente y que conservaba intacta su cultura y religión. Constituían una civilización islámica integral que hablaba normalmente árabe y a la que los cristianos llamaban "algarabía".

La lengua de los mudéjares en Aragón, debido a que habían vivido mucho tiempo entre los cristianos, era más bien el castellano en el que escribían su literatura morisca. La mayoría trabajaba en la tierra, aunque también había carpinteros, herreros y sastres. Producían espadas y armas para la venta y los comerciantes invertían sus beneficios en tierras. Alguno que otro desempeñaba funciones liberales: cirujanos, escribanos, abogados. Vivían integrados en las aljamas.

Los mudéjares valencianos pertenecían en su mayoría al proletariado rural y constituían un tercio de la población. Lograron, además, conservar la mayor parte de sus costumbres, religión y lengua.

En enero de 1526, los cabecillas de los moriscos valencianos obtuvieron un acuerdo secreto entre la Corona y el Inquisidor General Manrique, en el que constaba que, si se sometían al bautismo, estarían libres de la persecución del Santo Oficio por un termino de cuarenta años, que era el tiempo calculado para poder abandonar sus costumbre y tradiciones y cambiarlas por las cristianas. El acuerdo se hizo público cuando las Cortes de Aragón, reunidas en Monzón, 1528, pidieron a Carlos V que impidiera a la Inquisición la persecución los moriscos hasta que fueran instruidos en la fe. Pasó lo mismo que en Granada, la Inquisición no aceptó y no cumplió con el acuerdo.

Cuando la Inquisición se mudó de Jaén a Granada, diciembre de 1526, se publicó un reglamento que prohibía a los moriscos de esta ciudad que utilizaran la lengua árabe, las vestimentas musulmanas e, incluso, que llevaran nombres musulmanes. Protesta tras protesta, con intervenciones Papales incluidas, se llega a un acuerdo económico ya en 1571; a cambio de un pago anual de 2500 ducados a la Inquisición, el Tribunal se compromete a no confiscar ni secuestrar propiedades de moriscos sometidos a juicio por herejía. El acuerdo beneficiaba -según Kamen- primero a la Inquisición, porque le proporcionaba una fuente de ingresos regulares, a los moriscos, porque protegía sus propiedades para los miembros de sus familias y, en tercer lugar, a los señores, puesto que les preservaban las tierras que habían arrendado a sus vasallos.

Las tensiones acumuladas durante dos generaciones explotaron finalmente en la revuelta que comenzó la nochebuena de 1568 en Granada y que pronto se extendió a las Alpujarras. Fue una guerra salvaje en la que se cometieron atrocidades por ambos bandos y la represión militar fue brutal. Miles de moriscos murieron y más de 80.000 fueron expulsados del reino por la fuerza y obligados a asentarse en Castilla. El final de la rebelión no solucionó el problema. Los granadinos introdujeron en las comunidades castellanas una presencia islámica antes desconocida en Castilla, que pasó de una población de 20.000 a una de 100.000 mudéjares de lengua árabe y cultura musulmana. Además, la amenaza militar se hizo entonces evidente: unos 4.000 turcos y beréberes habían venido a España a luchar al lado de los insurgentes de las Alpujarras. El bandolerismo morisco llego a su clímax en el sur de España durante la década de 1560; tenían esperanzas milenaristas y deseaban liberarse de la opresión. Inevitablemente, viendo la obstinación de los moriscos, las autoridades se volcaron en una política represiva. [67]

La mayoría de los moriscos, en toda España, estaba muy orgullosa de su religión y luchó por preservar su cultura. En 1602, los moriscos pidieron ayuda a Enrique IV de Francia. En 1608, los moriscos valencianos pidieron la ayuda a Marruecos. Se plantea el tema de su expulsión. Muchos pensaron que no debían ser echados, porque, ya bautizados, se volverían musulmanes. La nobleza de la Corona de Aragón se oponía con todas sus fuerzas a cualquier medida que la privase de su muy útil fuerza de trabajo. Otros decían que la población morisca crecía de una manera incontrolable y amenazante.

Finalmente, la expulsión fue decretada el 4 de abril del 1609 y se llevó a cabo por etapas hasta 1614. Las operaciones comenzaron en Valencia, en donde se encontraba la mitad de los moriscos de la península y, por lo tanto, era la región que corría más peligro. En total fueron expulsados unos 300.000 moriscos de una población peninsular estimada en 320.000. Aunque las pérdidas humanas de la expulsión representaban poco más del 4 por 100 de España, el impacto real de la medida en algunas áreas fue muy severo. En las zonas donde los moriscos habían sido una amplia minoría, como Valencia y Aragón, la consecuencia fue una catástrofe económica inmediata; pero aún en los lugares en los que había un número reducido de moriscos, el hecho de que entre éstos hubiera una mayoría de población activa, sin caballeros, sin clero ni soldados, significaba que su ausencia podía llevar a la dislocación económica. Los ingresos por impuestos bajaron y el rendimiento agrícola disminuyó. La Inquisición también se enfrentaba a un futuro oscuro. En 1611, los tribunales de Valencia y Zaragoza se quejaron de que la expulsión había tenido como consecuencia su bancarrota ya que perdían 7.500 ducados al año que antes recibían de los censos. Al mismo tiempo, el tribunal de Valencia reconoció que estaba recibiendo algunas compensaciones, pero declaró que el gobierno tendría que pagarle una suma de casi 19.000 ducados para compensar lo que había perdido. Una declaración de rentas redactada para el tribunal de Valencia poco antes de la expulsión de los moriscos, muestra que el 42,7 por 100 de sus ingresos procedían directamente de la población morisca. Una declaración similar redactada para la Inquisición de Zaragoza en 1612 mostraba que, desde la expulsión, sus ingresos habían disminuido en más del 48 por 100. [68]

El cardenal Richelieu dejó reflejado en sus memorias que las expulsiones moriscas constituían el acto más bárbaro de la historia del hombre. Si los árabes, población sumisa, trabajadora y amante de su religión y de sus costumbres y tolerantes con los cristianos, se convirtieron en un peligro, fue debido a la intolerancia y fanática persecución que contra ellos decretaron los monarcas católicos, la Iglesia y el Tribunal del Santo Oficio. El peligro árabe fue una respuesta adecuada a la represión a la que se vieron injustamente sometidos.

El fanatismo religioso cristiano, católico y apostólico, eliminó, a sangre y fuego, dos importantísimas culturas de los tres existentes en España, la judía y la árabe; dos pueblos que forjaron la España moderna y que eran tan españoles como los descendientes de los godos o de los visigodos, que un día también habían llegado a la Península buscando un hogar y formando patria.

La intolerancia hizo perder a España ricas culturas e inmensas riquezas humanas y económicas; además hizo cometer irreparables injusticias, productoras de un dolor generalizado, que la miopía religiosa no permitía vislumbrar y menos evitar. Henry Kamen cierra su artículo "El fin de la España morisca" con estas palabras: "La convivencia había desaparecido de España. Pero se había conseguido la unidad y la paz religiosa". La fe, la unidad religiosa y la Iglesia fueron utilizadas por los poderes de turno para justificar todo lo injustificable. 

Que la religión haya hecho miopes a tantas preclaras es muy difícil de explicar. Necesitaríamos la ayuda de los maestros de "La Escuela de la Sospechosa" de Paul Ricoeur, compuesta por Karl Marx, Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche, manejadores del discurso y maestros de la compleja hermenéutica, para entender varios conceptos: la voluntad de poder, el poder de las ideologías, el inconsciente dinámico y la obsesión sexual. Su ayuda nos permitiría comprender lo que pasaba por las mentes de aquellos frailes, separados del mundo en su formación doctrinaria. Que volvían, después de su retiro en conventos, a la sociedad a imponer el silencio de su Dios, que ellos interpretaban infaliblemente. Que, percibiéndose como ministros plenipotenciarios del Señor, actuaban contra inocentes e indefensos cristianos, judíos y musulmanes, cuyo único pecado era no creer lo que ellos creían. Que vengan esos maestros y que nos aclaren tantos dogmas que no significan absolutamente nada, pero que sí fueron el pretexto para afianzar y perpetuar su poder de influencia, durante siglos y siglos.

Es cierto que hay que conocer el contexto histórico para entender los acontecimientos: "Distingue tempora et concordabis iura". En ese sentido exculpamos a los evangelizadores, porque actuaban de acuerdo con lo que creían y porque no tenían horizontes de apertura intelectual con más luces. Nadie duda del valor, entrega y sinceridad de la mayoría. Pero el fenómeno de la sinrazón está ahí y hay que buscar su raíz en la ideología en la que eran educados. Es precisamente por eso que se impone desenmascarar esa ideología religiosa en su vertiente monolítica, dogmática, que pertenece al pensamiento único y a la cultura única que la Iglesia hizo prevalecer, durante muchos siglos, en la sociedad cristiana; sin aperturas pluralistas, sin pensamientos críticos y sin la más mínima tolerancia con otras religiones y con otras culturas.

Con la ayuda de los citados autores, detectamos que hay principios ocultos de la actividad consciente que hay que descubrir e interpretar. El iceberg está sumergido en su mayor parte, la realidad tiene otro sentido mucho más profundo que el que se manifiesta a simple vista. Los símbolos tienen significados mucho más complejos e imperceptibles que lo que se capta de ellos. Hay que desconfiar de la conciencia, porque nos engaña, hay que hacer arqueología gnoseológica y antropológica para así poder entender un poco más la realidad, la humana, que la divina no entra en nuestro campo de percepción y de entendimiento. Sólo las vivencias personales y las percepciones sugeridas y relacionadas con la simbología mítica de lo divino pueden ser estudiadas, que es lo que hace la sociología de la religión.

 

 


 

FRAY LUIS DE LEÓN, GASPAR DE GRAJAL Y M. M. DE CANTALAPIEDRA: VÍCTIMAS DE LA ENVIDIA

 

 

Fray Luis de León.

Dedetenido por la Inquisición y encarcelado en los calabozos del Santo Oficio en Valladolid,en marzo de 1572.

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Las discordias entre las órdenes religiosas, los enfrentamientos sobre problemas exegéticos y teológicos, la envidia existente entre los frailes profesores universitarios, llevaron a Fray Luis de León a las cárceles de la Inquisición en Valladolid, en las que permaneció desde 1572 a 1576.

La malévola denuncia fue hecha por el profesor de la Universidad de Salamanca, León de Castro y un colega, también dominico, Bartolomé de Medina, contra tres profesores de la misma Universidad. La denuncia decía que los profesores Fray Luis de León, Gaspar de Grajal y Martín Martínez se habían tomado libertades heréticas en sus estudios de Escritura y Teología. Los tres eran agustinos y de origen semita.

Los enemigos del Fray Luis de León le acusaron de defender el texto hebreo del Antiguo Testamento frente a las versiones en latín de la Biblia Vulgata; Fray Luis conocía muy bien el hebreo por su madre, que era de origen semita. Famoso como teólogo y celebrado como gran poeta, era objeto de envidia por su rutilante carrera. Ya a la edad de 34 años fue elegido para ocupar una cátedra de teología en la Universidad de Salamanca, donde había sido estudiante, cátedra que obtuvo en feroz disputa con el dominico Diego Rodríguez, quien también la deseaba, lo que muy bien pudo haber sido el inicio de sus posteriores desventuras. Los dominicos, con su doctrina tomista -de Santo Tomás, seguidor de Aristóteles- dominaban en la Universidad y sus concepciones teológicas, filosóficas y exegéticas, eran diametralmente opuestas a las de los agustinos, platónicos inspirados en el idealismo de Platón. Y Fray Luis era agustino.

El Concilio de Trento había adoptado como oficial la Biblia Vulgata, la que San Jerónimo, en el siglo IV, había traducido al latín, pero Fray Luis leía el original en hebreo y como buen exégeta y buen filólogo descubrió muchos errores no sólo de traducción, sino también teológicos. Pero la Vulgata era el texto oficial y desdeñarlo era considerado herejía. También Trento había prohibido que los libros sagrados fuesen traducidos a las lenguas vulgares, vernáculas, o fuesen comentados filológicamente en las aulas, cosa que el agustino no cumplía, y, debido a su impetuoso carácter, manifestaba públicamente su repudio a la Vulgata. Fray Luis había traducido el Cantar de los Cantares del rey Salomón, el poema amoroso, el libro erótico de la Biblia y lo había comentado. Su versión con olor a canción de amor profana, más que a cántico divino y su tesis de que la Escolástica era nociva para el estudio de las Escrituras disparó las alarmas.

Para muchos autores el proceso de los acusados respondió a instancias profundas en las cuales andaban en juego los fundamentos de la Biblia como texto de origen divino, también era importante la cuestión de aceptar o rechazar las interpretaciones dadas por los rabinos del Antiguo Testamento, pero sobre todo, y como telón de fondo, estaba la ascendencia judía de los tres denunciados: Luis, Gaspar y Martín.

El edificio teológico y especulativo de la escolástica medieval se iba derrumbando y los conservadores, como hispanistas, pretendieron apuntalarlo, pero sus fundamentos, que estaban gravemente deteriorados, comenzaron a ceder y a amenazar ruina. Erasmo escribió su Antibarbari contra los escolásticos de Paris, al igual que Luis Vives escribió su In Pseudodialecticos y, antes que ellos ya a finales del siglo XIII y principios del XIV, muchos teólogos franciscanos y agustinos, no dominicos, consideraron innecesarios y contraproducentes los complicados silogismos de la filosofía escolástica y la racionalización de la teología. Estos teólogos buscaban más bien la verdad evangélica, centrada -según ellos- en la pureza y pobreza voluntaria.

A Fray Luis de León se le acusó en el proceso por preferir las interpretaciones de los judíos en los textos sagrados y por haber dicho que la Vulgata podía mejorarse desde el mejor conocimiento filológico del texto. Es una muestra más de la gran controversia existente entre teólogos, filólogos, gramáticos y humanistas. Su linaje judío, su fervor místico en algunas de sus obras, su platonismo, las rencillas, la envidia, lo precipitaron injustamente en las cárceles de la Inquisición, en las que pasó cuatro interminables años con ocho meses. Aislado completamente del mundo exterior, acompañado por la tortura de la soledad, consiguió un excepcional permiso: papel para escribir, del que salió su clásico tratado de devoción De los Nombres de Cristo.

Sabemos que las delaciones eran secretas, por eso Fray Luis escribe:

"Tengo grande sospecha no me hayan levantado algún falso testimonio, porque sé que de dos años a esta parte se han dicho y dicen algunas cosas de mí que son mentiras manifiestas y sé que tengo muchos enemigos".

Una vez que el sospechoso ingresaba en las terribles cárceles inquisitoriales, además de no saber por qué estaba allí, tampoco se sabía cuándo se iba a celebrar el juicio, por mucho que el encarcelado lo pidiera o suplicara, siempre con la esperanza de salir de aquellas mazmorras.

Fray Luis, en la cárcel, recibió humillaciones, sufrió desesperación y padeció fiebres. El clima de enfrentamiento y de envidia queda bien reflejado en la décima que escribió en su encarcelamiento:

"Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa

en el campo deleitoso,

con sólo Dios se compasa,

y a solas su vida pasa,

ni envidiado ni envidioso".

Libre ya, a mediados de diciembre de 1576, se dice que comenzó su primer día de clase con estas palabras: "Dicebamus heri.." (Decíamos ayer). Pero era combativo, luchador y no fácilmente moldeable, y sus enemigos volvieron al ataque retorciendo proposiciones que tildaban de temerarias. Por suerte, sólo le costó una advertencia del Inquisidor General Gaspar de Quiroga para que evitara controversias futuras.

Mientras, Gaspar de Grajal, profesor de griego, tuvo problemas con su salud en los calabozos del Santo Oficio, donde murió antes de ser juzgado, en 1573.

El profesor Cantalapiedra, profesor de hebreo y estudioso de la Sagrada Escritura, sobrevivió a la tortura carcelaria, que sufrió durante más de cinco años, a pesar de sus constantes apelaciones para que se celebrase el juicio, pero no se le permitió ocupar un puesto académico. Se quejaba de que, a pesar de haber dedicado su vida a interpretar de forma correcta las Sagradas Escrituras, a juicio de todos, el premio había sido: destruir mi vida, honra, salud y hacienda y la lección amarga que extrajo: es mejor ir con cuidado y ser prudente (sapere ad sobrietatem).

La ausencia de la libertad académica, para realizar nuevas investigaciones, constituía el ambiente propicio para la labor de zapa de los envidiosos mediocres.

 

 


 

BARTOLOMÉ DE CARRANZA Y MIRANDA, PRIMADO DE TOLEDO

 

 

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Bartolomé de Carranza y Miranda, arzobispo de Toledo.

Toledo era la sede episcopal más importante después de Roma.

Su largo y complejo proceso, notorio por la categoría del procesado, duro diez y seis años y envolvió a reyes y Papas.

La envidia fue la causante de la infamia. 

 

 

 El proceso de Carranza, arzobispo de Toledo y prelado de España, constituyó un caso muy especial y casi único en la historia de la Inquisición española, por la categoría del acusado, por las personas envueltas en él, y por los enfrentamientos políticos y presiones internacionales, entre la España de Felipe II y el Papado de Pablo IV, Pío V y Gregorio XIII.

La dignidad del acusado era difícilmente superable: Arzobispo de Toledo, la más alta dignidad eclesiástica del reino, sólo aventajado por el propio Rey en la riqueza de las rentas que recibía de las más de 180 villas dependientes de la sede episcopal toledana.

Bartolomé de Carranza había nacido en Navarra en 1503; entró en la Universidad de Alcalá y posteriormente en la Orden de los dominicos; estudió también en Valladolid donde pronto obtuvo una cátedra de Teología. A los treinta años fue a Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología y era ya famoso cuando regresó a España. Fue censor de la Inquisición y tuvo la difícil tarea de guiar la restauración católica en Inglaterra, encargado de ello por Felipe II, en compañía del cardenal Pole, legado pontificio en Inglaterra. Llevado por su ardiente celo, se distinguió por aplastar herejes al mismo tiempo que purificó de ellos las universidades de Oxford y Cambridge, lo que le valió el título de The Black Friar (El Fraile Negro).

Había sido también uno de los teólogos imperiales más destacados en Trento, donde fue elegido para pronunciar el sermón que cerró las intervenciones de los teólogos, 29 de diciembre de 1551.

Era Carranza de origen humilde y con humildad franciscana, aunque era dominico, rechazó los tentadores ofrecimientos que le brindaron: la rica sede de Cuzco, en las Indias, el puesto de confesor real, en 1548, y el obispado de Canarias, en 1550.

En 1557 quedó vacante el arzobispado de Toledo, al morir el arzobispo, Silíceo, también de humilde cuna. El rey, Felipe II, decidió dar el puesto a Carranza, quien, caso increíble, se negó a aceptar dicho honor. El Rey se muestra inflexible y le obliga a aceptarlo. Toledo seguía a Roma en importancia y allí se encontró Carranza usufructuando, a su pesar, una verdadera mina de oro. Por eso la mitra de Toledo, excepto en el caso de su antecesor Silíceo, había estado ocupada por altos aristócratas eclesiásticos y era vehementemente codiciada por todos, por su prestigio e ingresos económicos de primera magnitud, por ejemplo, por el Inquisidor Valdés que fue su más enconado enemigo. No cabía duda de que, para la aristocracia eclesiástica, Carranza era un advenedizo, un parvenu.

En Flandes trabajó con su habitual celo para evitar envíos de libros heréticos a España. Pero quizás, debido a sus viajes a Inglaterra y a otros países protestantes y al ejercer como censor, se familiarizó con la doctrina protestante, al tener que leer sus libros, y se contagió de lo considerado heterodoxo, creando en él una cierta actitud comprensiva y transigente hacia ciertos aspectos de la Reforma. La postura de la Reforma estaba anclada en sólidos fundamentos exegéticos, al menos algunas de sus proposiciones fundamentales, y otras estaban condicionadas por la corrupción, boato y doctrinas poco evangélicas de la Iglesia de Roma, como la venta de las indulgencias, simonía propiedad del obispo de Roma, el Papa.

Además de la enemistad del Inquisidor General, Fernando de Valdés, tenía también la del famoso teólogo dominico Melchor Cano, su condiscípulo en San Gregorio en Roma, por haberse opuesto a su elección para el cargo de Provincial, en 1557.

Otro enemigo lo fue Bernardo de Fresneda, franciscano, confesor de Felipe II. Fue en Inglaterra donde creció la enemistad entre los dos religiosos, que en un principio eran amigos. La enemistad empezó a fraguarse, como siempre, por envidia, connatural al estado clerical. El ánimo de los religiosos era muy especial: su convivencia entre hombres, su inmadurez por estar ajenos a los principales problemas de la vida, como la familia y los problemas laborales, su especial educación, impregnada de prejuicios, los hacía especialmente inestables, inmaduros y envidiosos.

Percibió Fresneda que la opinión de Carranza en la corte, en asuntos de gobierno, tenían más acogida que las de él mismo, confesor del Rey, y llegó a temer por su propia posición, como apareció en los testimonios del proceso, en los que se hizo evidente la acerba inquina personal entra ambos personajes.

A este Fresneda, fraile y confesor real, le dedica Tellechea frases poco halagüeñas : "muy aficionado a ocuparse de los demás, figura gris y alma compleja, sinuoso y hombre de tortuosa actuación, dominado por la ambición, entrometido en todos los asuntos y deseoso del reconocimiento de su poder y su valía".

Por otro lado Leandro Martínez Peñas afirma: "Es innegable que mostró hacia Carranza un rechazo que debió rozar el odio, pero también es cierto que ambos, uno con su rencor y su maledicencia y el otro con sus burlas y comportamiento, son responsables de la misma, de la enemistad".[...]

El nuevo arzobispo-escribe Kamen-tenía evidentemente enemigos. Sólo les faltaba el arma para el ataque. Y ésta se la proporcionó el propio Carranza con sus Comentarios sobre el catecismo cristiano, publicado en 1558, en Amberes. [...]

El inquisidor Valdés, consciente de la alta jerarquía del Primado de Toledo, no cesaba de maquinar contra Carranza y busca la autorización del Papa para la obtención de un Breve que autorizase el enjuiciamiento de un Primado. Para ello envió a Roma a su sobrino, con el secreto más absoluto, y consigue del Papa Pablo IV el Cum Sicuti Nuper, 7 de enero de 1558, que empieza su justificación así: "Como recientemente, no sin amargura del alma, hayamos sabido que en los reinos de España, a incitación del enemigo del género humano, hayan comenzado a pulular la luterana y otras herejías nacidas en este siglo y parezcan penetrar más extensamente, de suerte que puede también sospecharse verosímilmente de algunos prelados.."[...]

El fiscal de la Inquisición redacta la pertinente orden de arresto: "por haber predicado, escrito y dogmatizado muchas herejías de Lutero". [...]

El arzobispo fue requerido para que se presentase en Valladolid el día 6 de agosto. [...]

 

[...] - "¡Abrid al Santo Oficio!".

Se permitió la entrada a los intrusos y un funcionario se dirigió al arzobispo diciéndole:

-"Señor Iltmo. yo soy mandado: sea preso Vs. Rma. por el Santo Oficio".

Carranza contestó tranquilamente:

-"¿Vos tenéis mandamiento bastante para eso?". El funcionario leyó entonces la orden firmada por la Suprema.

Carranza protestó:

-"¿Y no saben esos señores que no pueden ser mis jueces, estando yo por mi dignidad y consagración sujeto inmediatamente al Papa y no a otro ninguno?".

Éste fue el momento para exhibir la carta del triunfo. Ramírez declaró:

-"Para eso se dará a Vs. Rma. entera satisfacción" y le mostró el breve Papal.

Aquel día el arzobispo fue mantenido bajo arresto domiciliario y al anochecer se impuso el toque de queda en el pueblo.[...]

 

Fue encerrado en los calabozos del Santo Oficio vallisoletano y, según Lea, desapareció de la vista de los humanos tan completamente como si hubiera sido tragado por la tierra. [...]

La esperanza para Carranza nació con el ascenso al trono Papal de Pío V, al que, a escondidas y en clave, le mandó este mensaje: Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas. Eso es lo que el Papa hizo, ordenó a las autoridades españolas que le enviaran al preso con toda la documentación a Roma, bajo pena de excomunión. Ya anciano, llegó Carranza a Roma y fue confinado en el castillo de Sant’ Ángelo, donde estuvo encarcelado nueve años. Pío V falleció en 1572 sin haber tomado una decisión sobre el caso. Gregorio XIII, su sucesor, dictó finalmente la sentencia en abril de 1576, confeccionada para no herir a España. Los Comentarios fueron prohibidos y condenados y Carranza hubo de abjurar de una lista de errores y se le ordenó retirarse a un monasterio en Orvieto. [...]

 

 

Más información en los Documentos de Apoyo

Bartolomé de Carranza y Miranda, dieciocho días después de que le leyeran el veredicto, contrajo una enfermedad y falleció el 2 de mayo de 1576.

 

 


 

MIGUEL SERVET, ORIGEN DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

 

 

 

Retrato de Miguel Servet

Tanto la Iglesia Católica, que lo condenó, como la de los Reformadores (calvinistas) que lo quemaron, silenciaron su figura y obra durante dos siglos, hasta el XVIII que se opera su resurrección.

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Tal falta de base de su pretendido derecho a coaccionar al hereje obliga a estimar la Inquisición como uno de los máximos y más duraderos casos-quizá el máximo y más duradero-de la corrupción institucional del cristianismo desde el siglo IV, y ello, por haber aceptado la "constantinización", proceso esencialmente contrario al principio cristiano de separación de poderes y de respeto a la libertad personal de conciencia, nos dice Ángel Alcalá, y estamos en total acuerdo con él. [72]

 Aunque algunos herejes especialmente ilustrados, como Wicleffe o Hus, invocaron la libertad de conciencia, no formularon una doctrina coherente ni influyeron en este aspecto significativamente en la posteridad. No fue hasta Erasmo, 1523, y el anabaptista Hans Hubmeir, 1527, según Alcalá, que se empezó a señalar que la intolerancia religiosa no tenía ni fundamentos bíblicos ni teológicos y, en consecuencia, se comenzó a reclamar la libertad individual de conciencia. Pero el tema de esa libertad sólo se aquilató con el proceso y la conmoción suscitada contra Miguel Servet en Ginebra, proceso dirigido por Calvino, y con la consiguiente discusión entre éste y Sebastián Castellio.

Miguel Servet, 1511-1553, a sus veinte años, reclama la libertad de conciencia e investigación en un escrito dirigido al reformador de Basilea, Ecolampadio, con quien había dialogado durante unos meses y que lo había rechazado acusándole de hereje. Podemos leer unos fragmentos del escrito de Servet al reformador:

Dios sabe que mi conciencia ha sido limpia en todo lo que he escrito [...]. Aunque me sepas equivocado en algo, no por eso me debes condenar en todo lo demás. Si así fuera, no habría mortal que no debiera ser mil veces quemado. Yo te pedí ser enseñado por ti, y tú me has reprobado. Propia de la condición humana es esta enfermedad de creer a los demás impostores e impíos, no a nosotros mismos, porque nadie reconoce sus propios errores [...]. Me parece grave matar a un hombre sólo porque en alguna cuestión de interpretar la Escritura esté en error, sabiendo que también los más doctos caen en él. Y bien sabes tú que yo no defiendo mis ideas tan irracionalmente que me hayas de rechazar así.

Y Servet le escribió a Calvino:

¿Matar? Es verdad de Dios que siempre que hay esperanza de corrección ha quedado abolido por Cristo aquel viejo juicio rígido que fácilmente condenaba a muerte [...]. En otros crímenes preferimos el destierro, tan aprobado por él como la excomunión por la Iglesia. Cuando al principio quedaban huellas de la tradición apostólica, con él se castigaban los cismas y las herejías. [73]

Miguel Servet acepta la excomunión, incluso el destierro, pero ¿matar? Cristo abolió aquel rígido y viejo juicio... Más claro, imposible. Servet fue ingenuo y temerario, al atreverse a escribir sobre la Trinidad, metafísica oscura, según la clasifica Voltaire, y mandar el escrito al Obispo de Zaragoza, cuando el pensar y escribir libremente era un delito, pero era extremadamente lúcido y se obstinaba en rechazar tal delito en nombre de la auténtica tradición cristiana. Olvidaba que los inquisidores no aceptarían la doctrina de los Apóstoles y de Cristo, y que, según Dostoievski, representaban la simbología de Satán, al seguir a pies juntillas al Papa.

Al fiscal, en su proceso, le respondió: En materias académicas no hay acusación, en las discusiones, aunque el adversario piense que se pueda condenar, cada uno debe poder mantener su causa. Es la libertad académica. De nada sirve para él que Calvino y los inquisidores católicos invoquen los decretos canónicos basados, no en textos bíblicos, sino en decretos imperiales, como el Código de Justiniano (529, primera versión y 534, la segunda):

Justiniano -dice Servet- no era del tiempo de la Iglesia primitiva y antigua, en su tiempo había ya muchas cosas depravadas, los obispos iniciaban ya su tiranía y se habían introducido ya muchas acusaciones criminales en la Iglesia.

Calvino entró en la discusión, pero deja sin respuesta la pregunta que por escrito le envia Servet:

Si no sabe perfectamente que no es oficio de un ministerio del evangelio (de un sacerdote, de un inquisidor) transformarse en acusador criminal, ni perseguir judicialmente a muerte a un hombre [...]. Las cuestiones doctrinales no deben ser objeto de acusación criminal por parte de los doctores de la Iglesia. [74]

 En términos dialécticos, la razón estaba totalmente de su lado. El opinar, el pensar, el escribir es fruto de la libertad intelectual. Las cuestiones doctrinales no deben ser objeto de acusación criminal, porque el pensar es libre y pensar no es delinquir. El pensar no puede ser un crimen, ni puede ni debe ser objeto de acusación criminal por parte de los sacerdotes, aunque sean doctores de la Iglesia, ni por los inquisidores católicos y protestantes. Servet hace de su dialéctica irrefutable un himno a la libertad académica y a la libertad de conciencia. Es un vencedor, pero de nada le servirá, será un trágico perdedor. La preeminencia no la tenían las ideas, sino las creencias. Su dialéctica es convincente, diáfana y documentada, pero no para los fanáticos creyentes católicos y protestantes, como en este caso.

 Pero el holocausto de Servet y su doctrina en contra de la intolerancia y a favor de la libertad de conciencia fueron el punto de partida del movimiento que, desarrollado por Castellio y continuado por Spinoza, Locke, Hobbes, Montesquieu y otros teóricos políticos, desembocó en las constituciones democráticas y en las libertades humanas, reconocidas como un derecho natural.

 Miguel Serveto y Conesa, de Villanueva de Sigena, Huesca, es un teólogo y científico, cuyos intereses abarcaron la Astronomía, la Jurisprudencia, el estudio de la Biblia, la Anatomía y la Medicina, además es gran conocedor de letras, del griego y del hebreo. Tras su estancia en Toulouse para realizar estudios de Derecho y donde, según Marcelino Menéndez Pelayo, “su fe católica vino a tierra”, entra en contacto por primera vez con círculos próximos a la Reforma, y viajará por Europa con el hermano franciscano Quintana, confesor de Carlos V, a cuyo servicio estará como secretario. Quintana le ayuda en su intensa y profunda formación intelectual de tipo humanista, que se desarrolla en toda Europa y en la que tiene vital importancia Erasmo de Rotterdam. Posee vastos conocimientos de Patrística, doctrina de los Padres de la Iglesia, de teología y filosofía, especialmente la escolástica y destaca en el conocimiento de Guillermo de Ockam.

Servet posee buenas dotes para la investigación. En París estudió medicina y a él se atribuyó el descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre (1546), mucho antes que William Harvey, médico británico, 1578-1657, descubriese la circulación mayor de la sangre. Abandona a su mentor, Quintana, e inicia un periplo por varias ciudades centroeuropeas afines al naciente protestantismo, y establece relaciones con algunos líderes reformados, que le resultarán polémicas, difíciles y peligrosas.

 En 1531, publica De Trinitatis erroribus (De los errores acerca de la Trinidad), que escandalizó por igual a católicos y a protestantes. La obra se publicó en latín en Haguenau, importante centro editorial en aquella época, cerca de Estrasburgo. Fue descubierta por el furioso tomista católico Johan Cochlaeus y fue denunciado por él, para vergüenza de su protector, el moderado Juan de Quintana. El Nuncio en Alemania, Girolamo Aleandro, que también había sido Rector de la Universidad de París, da curso a la denuncia y muy pronto la Inquisición decreta su captura desde Medina del Campo hasta Toulouse, porque desconocían su paradero.

 Servet demuestra atrevimiento y candidez al enviar el polémico libro al obispo de Zaragoza, quien con la presión del Comendador Mayor, don García de Padilla, y de Hugo de Urriés, secretario de Carlos V para Aragón, impulsaron a la Suprema a incoar otro nuevo proceso al fugitivo. En turbia movida inquisitorial, asignan a su hermano Juan, cura de la aldea de Poleñino, cercana a la ciudad natal de Villanueva de Sijena, la misión de buscarlo por Francia y por Alemania y, una vez encontrado, convencerlo para que le acompañe y sea presentado a la Inquisición. Juan lo encontró, mas "no le pudo reducir", esto es, no lo pudo traer con él.

Miguel era profundamente creyente en los valores del cristianismo primitivo, por eso escribe su obra cumbre: Restitución del cristianismo, escrita en 1546 y publicada en 1553. Restitución del cristianismo, o sea, el regreso de la Iglesia a sus primeros quiciales o ejes, mediante el conocimiento de Dios, de la fe en Cristo, de nuestra justificación, de la regeneración por el bautismo y de la manducación de la cena del Señor. Restitución, finalmente, del reino celeste, después de romper la cautividad de la impía babilonia y después de la destrucción total del Anticristo con todos sus secuaces.

 Que nadie se llame a engaño; la “impía babilonia” era la Iglesia de Roma y el "Anticristo" era el Papa, al que también tilda de “diablo” y “siervo de Satanás”. Tampoco ahorra epítetos para la Iglesia romana: “aquel gran dragón”, la “serpiente antigua”, la “bestia entre las bestias” y la “meretriz desvergonzada”. Recordemos que ya los Cátaros la habían llamado ”Gran babilonia”, “Sinagoga de Satán”, “Basílica del Diablo” y “Cueva de ladrones”.

 Miguel Servet rechazaba cualquier culto externo, por parecerle con resabios de paganismo y ajeno por completo a las enseñanzas de Cristo. Como tampoco veía la necesidad de celebrar el domingo, pues, según él, “todos los días son domingos o días del Señor”. Para tenerle devoción a Jesucristo, no consideraba necesarios ni la misa, ni el agua bendita, ni los votos monásticos, ni la confesión y mucho menos la existencia de un templo. Tampoco el sacerdocio es necesario porque, todos somos sacerdotes.

 Quien esté familiarizado con los escritos de Servet, nos dice Alcalá, hoy por fin accesibles en castellano, podrá comprobar la grandeza de su personalísimo sistema: su entroncamiento con la tradición filológica de Valla; su utilización de los datos aportados por sabios biblistas desde los más antiguos Padres y los rabinos medievales, hasta intérpretes ligados al espiritualismo de Savonarola, Erasmo o Lefèvre d’ Étaples y especialmente por Sancte Pagnino; sus relaciones con la orientación de las alas extremas de la Reforma; su afiliación con las convergentes aportaciones de la vieja sabiduría helenística y del renacido neoplatonismo, hasta lograr ese riquísimo océano intelectual que es su “Restitución del cristianismo”, obra máxima de la cultura española en su género que pasó, al parecer, totalmente desapercibida a nuestros inquisidores, quienes nunca la citan. Lo mismo ocurrió, dicho sea en su descargo, en toda Europa: sabido es que sólo tres ejemplares de la edición original escaparon a la furia destructora decretada por Calvino. [75]. 

Como comprobaremos, no es del todo cierto que la “Restitución del cristianismo” haya pasado totalmente desapercibida a los inquisidores.

 

 


 

 

SERVET, EL LADO OSCURO DEL PROTESTANTISMO

Casa natal de Miguel Servet en Villanueva de Sigena (Huesca).

Sede del Instituto de Estudios Sijenenses "Miguel Servet" y centro de investigación de su vida y obra.

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Francia, abril de 1553. Servet está detenido en las cárceles de la Inquisición en Vienne, en el Delfinado. El cinco de abril fue arrestado, acusado de ser el autor del Christianismi Restitutio, obra publicada en esa misma ciudad el 3 de enero de 1553, de contenidos héreticos. Mathieu Ory, el inquisidor, está convencido de que el verdadero nombre del detenido no es Michael Villanovanus, como él se obstinaba en ser llamado, sino que se trata de Miguel Servet, quien, al sentirse descubierto, planifica la fuga, porque sabe lo que le espera: largo encarcelamiento e incomunicación, torturas y, después, la hoguera. Sabía cómo funcionaba en España la Inquisición contra judíos y moriscos.

Su cárcel da acceso a un jardín vallado. El carcelero, que debe ausentarse para cuidar sus viñas, le facilita la llave para acceder al jardín. Una vez en él y sin vigilancia, escala la pared y huye sin problemas de la ciudad; dos horas después descubrirán su fuga. En vano se busca por toda la región, pero el proceso inquisitorial continúa su curso y, en diciembre de ese mismo año, termina en una condena, in ausentia, de la pena capital por herejía. Una imagen del acusado, después de haberla estrangulado, es quemada a fuego lento en una gran hoguera, en la que arde también la mayor parte de los ejemplares del texto incriminado, Christianismi Restitutio.

Miguel abandona Francia en franca huida y se dirige hacia Ginebra, la de Calvino, república teocrática, "donde el Evangelio y el préstamo a interés, las cartas de San Pablo y el espíritu de la nueva clase burguesa, por primer vez, se funden en una síntesis orgánica y eficaz".

No se sabe cuándo llegó a la ciudad en busca de comprensión y protección, ya que Ginebra tenía fama de ser un verdadero refugio para los perseguidos católicos del oeste de Europa. Estando en la Iglesia, durante un servicio, un grupo de fieles originarios de Lyon lo reconoce. Se lo notifican a Calvino, quien lo acusa de herejía al Consejo municipal. Es arrestado y encarcelado. Se le inicia de inmediato un proceso, acusado de lo mismo que en Vienne y, sobre todo, de su teoría negadora de la Trinidad.

En el campo de los reformadores, sigue la misma intolerancia hacia el pensador español, al que, además de ser original, es difícil de encuadrar en categorías preestablecidas. No es un proceso más, sino el caso más importante nefasto y horrible para la historia de la Reforma protestante, que tantas críticas, vituperios y recriminaciones levantaría.

El lamentable caso Servet, que sacudió a toda la Europa de la época y que será una perpetua lacra y lastre para las Iglesias reformadas, opacó para siempre la figura de Calvino. También demuestra cuán profundo había calado la práctica criminal de la Iglesia Católica de eliminar a los disidentes, que ni los protestantes, críticos de la Iglesia, supieron evadir sus horribles métodos, avalados por las doctrinas exegéticas y teológicas que Calvino sostuvo contra Servet.

Miguel Servet constituye la expresión más radical a la que llegó el pensamiento religioso del Renacimiento. Confía en el ser humano y sus posibilidades y ataca todos los errores ya sean católicos ya protestantes. Está plenamente convencido de que la Iglesia se ha traicionado a sí misma y al Evangelio con el Concilio de Nicea. Propugna un regreso a la Iglesia de los orígenes. Con los anabaptistas, rechaza el bautizo de los niños, porque no son ellos los que libremente eligen y con ellos comparte también su fascinación por el milenarismo. Miguel Servet, estudioso también de la Astrología, coloca el Apocalipsis para el año 1585. Es cierto aquel dicho latino "Aliquando bonus dormitat Homerus", esto es, los genios también dormitan de vez en cuando.

Servet es un espíritu profundamente religioso, hasta el punto de concebir la vida y la religión como fenómenos superpuestos que se funden. Quizá por eso no pudo vadear el peligro. Se vio impulsado a nadar en él y contra corriente. Servet busca la renovación del cristianismo desde cierto antropocentrismo.

Parece ser que Servet llega a Ginebra con intenciones de pasar a Zurich y de allí a Nápoles, para allí ejercer la medicina, pero siempre fue consciente de su posible muerte: Sé que moriré por esta causa, pero dudo si puedo ser un discípulo como el Maestro. Él vendrá, con seguridad vendrá. No tardará.

"Se sabe que la fe no es un fenómeno privado, en el sentido moderno del término, sino público: el Estado, en la concepción jurídica de la época, tiene el derecho y el deber de velar por ello y reprimir la herejía", es el pensamiento del mundo católico no protestante.

La tolerancia ni existía como hecho, ni era objeto de debate consciente. Por no existir, ni la idea existía. Por eso en Ginebra había intolerancia, pero con Servet, la intolerancia llegará a su cenit. La acusación contra Servet es religiosa, pero a los administradores les preocupan también los motivos políticos, por eso se explica que, con Calvino, ellos también se interesaran en la condena del hereje.

El proceso se realiza ante el Consejo municipal de Ginebra, al día siguiente del arresto, 14 de agosto, y dura hasta el 27 de octubre de 1553, fecha en que se pronuncia y se cumple la condena. Calvino actuará como fiscal en el proceso. Se extraen 38 proposiciones de su obra, consideradas heréticas. Miguel Servet defiende por escrito sus posiciones teológicas. Acusa a Calvino de mentiroso y le llama "Simón el Mago", le echó en cara el haberle denunciado a la Inquisición de Vienne, ya que él poseía el original del libro, "Institutio Religionis Chistianae", que Servet le había enviado en manuscrito antes de ser publicado. Calvino no se lo devolvió y lo utilizó para acusarlo ante la Inquisición francesa. Es por lo tanto cómplice de la Inquisición, por ello pide que Calvino sea expulsado de Ginebra y que los bienes del reformador le sean asignados como resarcimiento por los daños sufridos. Es difícil explicar su atrevimiento, cuando sabía el poder que Calvino tenía en Ginebra, era provocar la sentencia.

El proceso se realiza sobre la base del Código de Justiniano, base jurídica del Sacro Imperio Romano, Código que establecía explícitamente la pena capital para la negación de la Trinidad, principal causa de acusación contra Servet.

Miguel escribe notas, ataca con vehemencia y sin miedo a Calvino, hasta lo desafía y lo insulta impávido. 

 


 

UNA INSÓLITA DISPUTA TEOLÓGICA

 

 

 

 

 

 

Muerte de Miguel Servet de Pirla Baulas 2004.

Servet fue quemado vivo por la orden autorizada por Calvino.

Su delito: Haber tenido dudas sobre la Santísima Trinidad? Su desprecio por la reforma calvinista? O por haber descubierto la circulación sanguínea? O por todo ello junto?

 

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El choque decisivo entre Calvino y Servet es teológico, y gira sobre los cuestionamientos que el primero plantea a la teología del humanista español. Es un choque que en general se produce a distancia, a través de las respuestas escritas que Servet anota en los márgenes de los escritos de la acusación. Servet anota minuciosamente cada afirmación de ésta, atacando duramente a Calvino cada vez que se presenta la ocasión, pero también reconociendo muchos puntos como correctamente expresados. Para dar una idea del tono del intercambio basta citar algunos pasajes en los que Servet ataca sin ningún miedo, con una franqueza y una dureza que desconciertan a su rival. Veamos sus palabras:

 

- Calvino se arroga el derecho a escribir como si fuese un maestro de la Sorbona y a condenar cualquier cosa como le parece, sin preocuparse por aportar justificaciones extraídas de las Sagradas Escrituras. Y o no comprende nada mis intenciones, o las distorsiona maliciosamente. Por lo tanto me veo obligado a exponer brevemente toda mi doctrina, y a aportar justificaciones a mi favor antes de replicar a cada una de sus observaciones.

- Depravado, esta verdad alteras sobre la base de tus creencias de Simón Mago.

- Pero tú sin ningún pudor trasmites todo en un sentido distorsionado.

- Bromeas.

- Mientes.

- ¿No te avergüenzas de cerrar los ojos ante una verdad tan evidente?

- [Calvino] es bueno para hacer proclamas, pero sin ningún argumento. Trasluce toda su ignorancia, y muestra claramente que nunca leyó a Tertuliano.

-De verdad no tienes pudor, como si negases que la nieve es blanca.

Los jueces, como trasmiten las actas, no se privan de agregar observaciones duras e irónicas contra el español:

Pensamos que Servet teme que los jueces no logren comprender qué fecundo y perverso calumniador es, y por eso desde el comienzo llama a Calvino "homicida" y vomita muchos insultos en contra de él. Nosotros, en cambio, nos atendremos simplemente a los hechos.

Por toda respuesta Servet, que contesta directamente a Calvino aun cuando las acusaciones se las dirige el Ministro en general, escribe una nota durísima, respecto a la palabra "homicida":

"¿No es verdad que eres de veras un homicida y un seguidor de Simón el Mago? Trata de negar que eres un asesino, yo te lo demostraré. No es verdad que ni te animas a negar que eres Simón el Mago? ¿Quién más podría creerte y pensar que eres una planta capaz de dar buenos frutos? La causa por la que combato es tan justa, que no me da ningún miedo ni aun la muerte".

 

La frase final es tal vez la que ilumina todo el proceso y explica la actitud de Servet, su valentía de otra manera incomprensible, la temeridad de sus respuestas. "No me da ningún miedo ni aun la muerte". ¿Qué deben pensar los jueces al leer frases como ésta? ¿Qué piensa Calvino, en su estudio silencioso, asediado por este hombre que es su prisionero y que es el único que ha osado desafiarlo tan abiertamente, con tanta fuerza, sin mostrar ningún temor? [76]

 

Los jueces llegan al convencimiento de que Miguel Servet es un hereje y después de consultar a otras ciudades suizas, con la oposición de Calvino, se tranquilizan en su dictamen; pero ¿qué pena se le debe aplicar?, ¿el destierro? A la negación de la Trinidad se une el rechazo del bautismo infantil, las dos únicas acusaciones que el Código Justiniano castiga con la muerte.

El 27 de octubre de 1553 se le comunica la sentencia a Servet. El texto, que nos facilita Natale Benazzi y Matteo D´Amico, merece ser transcrito, para observar las notables semejanzas en la estructura y en la forma con las sentencias de la Inquisición católica de esa época:

 

Y nosotros síndicos, jueces de los casos penales de esta ciudad, habiendo presenciado el procedimiento promovido ante nosotros a instancias de nuestro lugarteniente contra Vos, Miguel Servet de Villanova del país de Aragón en España, y habiendo visto vuestras voluntarias y repetidas confesiones y vuestros libros, consideramos que Vos, Servet, durante mucho tiempo habéis propagado una doctrina falsa y absolutamente hereje, despreciando toda queja y corrección, y que con obstinación malvada y perversa habéis divulgado hasta en libros impresos opiniones contra Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en una palabra contra los principios fundamentales de la religión cristiana, y que habéis tratado de provocar un cisma y perturbar a la Iglesia de Dios, por lo cual muchas almas pueden haber sido arruinadas y perdidas, actividad horrible, trastocadora, escandalosa y contagiosa.

 

Y no habéis tenido vergüenza ni horror de poneros contra la divina Majestad y la Santa Trinidad, tratando siempre con obstinación de infectar el mundo con vuestro fétido y hereje veneno. Crimen de herejía dañino y execrable, merecedor de un grave castigo.

 

Por estas y otras razones, deseando purgar a la Iglesia de Dios de tales infecciones y eliminar el retoño marchito, después de habernos aconsejado con los ciudadanos y habiendo invocado el nombre de Dios para emitir un justo veredicto [...], teniendo ante nuestros ojos a Dios y a las Sagradas Escrituras, hablando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, emitimos por escrito la sentencia final y Te condenamos, Miguel Servet, a ser atado y llevado a Champel y ser puesto en la hoguera y quemado junto con vuestros libros hasta que no seáis más que ceniza. Y así habrá puesto fin a vuestros días y se habrá dado ejemplo a los que pensaran en cometer delitos similares...

 

Servet, tras escuchar la sentencia, pasó por un momento de intensa angustia y desfallecimiento; luego se recuperó, se recompuso y se preparó a afrontar la conclusión, desde tanto tiempo anunciada, de su camino de verdad, a afrontar las consecuencias últimas de su grandeza y de su soledad. [77]

 

Servet, después de su angustia agónica, mandó llamar a Calvino para pedirle perdón por los ataques que le había dirigido en el proceso. El reformador lo invitó a pedirle a Dios perdón y a una retractación de sus errores teológicos, pero Servet se negó a retractarse. Miguel pide al tribunal ser ajusticiado por decapitación y no con la hoguera, teme traicionarse al morir, trastornado por el sufrimiento de la agonía. Calvino apoyó sin éxito su pedido.

 

Atado, lo conducen a Champel para que sea quemado. Es atado al poste de la hoguera con una cadena de hierro, con una copia del libro colgado al brazo y una soga alrededor de su cuello. La leña estaba húmeda y verde y la agonía entre las llamas duró unas infinitas dos horas.

En Champel se repitió el Gólgota, pero aquí es a Miguel al que se le oye decir: "¡Oh Jesús, hijo del eterno Dios, ten piedad de mí!".

 

El sabio Servet, descubridor de la circulación de la sangre pulmonar, había sido sacrificado en la pira del fanatismo religioso, en el corazón de la Reforma. Las religiones alienan y destruyen. Tarde se tomará conciencia de este hecho.

 

Después de siglos con la etiqueta de hereje que pesaba sobre su figura, llegaron sus defensores, entre los que destacaría Voltaire. A diferencia de Montesquieu, para quien el enemigo de la libertad es el despotismo, para Voltaire será la intolerancia, que equivale al fanatismo. Voltaire fue un entusiasta apóstol y defensor de Servet, al que dedicó más de sesenta escritos, algunos realizados poco antes de su muerte.

 

Voltaire no sólo rehabilitó la figura de Servet, nos dice Ferrer Benimeli, sino que lo eligió precisamente como portaestandarte de la tolerancia y de su lucha contra el fanatismo, la superstición y la violencia moral y física. Es cierto que la defensa de Servet le procuró a Voltaire no pocos sinsabores e incomprensiones y duras críticas. Pero no es menos cierto que nos dio un alto ejemplo de fidelidad a la causa servetista; un ejemplo de constancia y entusiasmo que le acompañó prácticamente durante los años más activos de su vida.

 

El Servet que nos presenta Voltaire es, en primer lugar, un Servet español aragonés; un Servet de Villanueva en Aragón, que es descrito como un médico muy sabio y sensato, mitad teólogo y mitad filósofo, cuya buena fe y confianza en los demás le hizo ser imprudente al pretender pasar por Ginebra. Imprudencia que le costó la vida. De ahí que en más de una ocasión le califique cariñosamente de pobre diablo, o pobre español, al que, sin embargo, llega a canonizar cuando habla de San Servet o realiza juramentos "in Deo et in Serveto".

 

Como contrapartida, el retrato que hace de Calvino por su actitud para con Servet es todo un rosario de calificativos que van desde el de infame, bellaco, criminal, cobarde, intolerante, bárbaro, salvaje, tunante, fatuo, detestable..., hasta el de asesino, caníbal, monstruo de orgullo y crueldad..., pasando por el de alma atroz y sanguinaria y el fanático mas deshonesto que hubo en Europa.

 

A su vez, la muerte y suplicio de Servet son descritos como gran crimen, acción vituperable, verdadero asesinato cometido en ceremonia, violación criminal del derecho de gentes, crueldad de caníbal, insulto al derecho de las naciones, asesinato jurídico, ultraje a la nación española, etc. [78]

 

La rehabilitación de Servet empieza en el siglo XVIII. El reverendo Michel de la Roche publicó en inglés y en francés, 1717, una interesante descripción del proceso de Servet. Poco después, apareció en Londres una anónima Historia imparcial de Miguel Servet, quemado en Ginebra por hereje. En 1730, el benedictino Fray Benito Jerónimo de Feijoo en sus obras Cartas eruditas y curiosas y en el Teatro Crítico Universal defiende a Servet, destacando tanto el descubrimiento de la circulación de la sangre, como el "suplicio del infeliz Miguel Serveto", a quien Calvino, “usurpando un cruel y tiránico dominio en materia de religión, hizo quemar vivo".

 

Fueron muchos los autores europeos que alzaron su voz en defensa del científico Serveto, entre ellos el historiador Edward Gibbon, que llegó a escribir: "Estoy mucho más profundamente escandalizado por el solo suplicio de Servet que por lo cientos de personas inmoladas en los autos de fe de España y Portugal.”

 

"Entre todos los heresiarcas españoles –nos dice Agustín Celis -ninguno vence a Miguel Servet en audacia y originalidad de ideas, en lo ordenado y consecuente del sistema, en el vigor lógico y en la trascendencia ulterior de sus errores. Como carácter, ninguno, si se exceptúa quizá el de Juan de Valdés, atrae tanto la curiosidad y la simpatía; ninguno es tan rico, variado y espléndido como el del unitario aragonés. Teólogo reformista, predecesor de la circulación de la sangre, geógrafo, editor de Tolomeo, astrólogo perseguido por la Universidad de París, hebraizante y helenista, estudiante vagabundo, controversista incansable, a la vez que soñador místico, la historia de su vida y opiniones excede a la más complicada novela. Añádase a todo esto que su proceso de Ginebra y el asesinato jurídico con que terminó han sido y son el cargo más tremendo contra la Reforma calvinista, y se comprenderá bien por qué abundan tanto las investigaciones y los libros acerca de tan singular personaje. Sin exageración puede decirse que forman una biblioteca". [79]

 

Marcelino Menéndez Pelayo acierta totalmente cuando afirma de Servet, con su acostumbrada seguridad, lo siguiente:

 

"Pero como su espíritu era osado e independiente, y él no había nacido para soldado de fila, comenzó a interpretar las Escrituras por su cuenta, y ni fue ortodoxo, ni luterano, ni anabaptista, sino heresiarca sui generis, con aires de reformador y profeta". [80]

 

En Francia conocerá a Calvino. El mismo Menéndez Pelayo nos narra su encuentro:

 

"Allí se encontró en 1534 con el hombre fatal que desde entonces anduvo unido como negra sombra a su mala fortuna. Era éste Juan Calvino, de Noyon, antítesis perfecta de Servet, corazón duro, envidioso y mezquino; entendimiento estrecho, pero claro y preciso; organizador rigorista, inflexible y sin entrañas; nacido para la tiranía al modo espartano; escritor correcto, pero seco, sin elocuencia y sin jugo; alma de hielo, esclavo de una mala y tortuosa dialéctica; sin un sentimiento generoso, sin una chispa de entusiasmo artístico; alma cerrada a todas las fruiciones de lo bello. Él, con su Reforma, esparció sobre Ginebra una lóbrega tristeza que ni los vientos de Italia, ni la voz de Sadoleto, ni la de San Francisco de Sales lograron ahuyentar de las hermosas orillas del lago Léman hasta nuestro días.

 

¡Cómo había de entenderse tal hombre con Miguel Servet, espíritu franco y abierto, especie de caballero andante de la Teología! Llevado por su afán de proselitismo, quiso convencerle y disputar con él, como lo había hecho con Ecolampadio, Bucero y otros, ganoso siempre de atraer prosélitos de valía a lo que él llamaba restaurando el cristianismo. Convinieron en el día, hora y sitio (una casa de la calle de San Antonio) en que el desafío teológico debía verificarse; pero, llegado el plazo, Calvino asistió solo, no sin peligro de la vida, según él dice, sin que podamos sospechar la causa de no haber concurrido Servet, que hartas pruebas dio en adelante de no conocer el miedo y de tener en poco la lógica de su adversario".

 

Sólo queda una duda. Lo que permanece en la sombra es el por qué fue hasta allí, y sobre todo para qué. Volveremos una vez más a preguntarnos lo que se preguntan Benazzi y D’Amico:

 

"Servet va a Ginebra con plena conciencia de ir al encuentro de su martirio. El viaje hacia la ciudad reformada se convierte en un nuevo descenso hacia una moderna Jerusalén, en la que sabe que no será comprendido y en la que sabe que encontrará la muerte. Servet, después del arresto en Vienne y la fuga, elige no volver a esconderse, terminar con los enmascaramientos, las fugas, el juego de los engaños. Elige, de alguna manera, ir valientemente hacia una muerte ejemplar.

 

La elección es sacrificar su vida contra aquél al que considera el peligro mayor del momento para la cristiandad, contra el verdadero gran enemigo de su idea de renovación de la Iglesia: Calvino. Al obligar a Calvino a ensuciarse las manos con su proceso, lo obligará a salir a la luz, a arrojar la máscara, a mostrar el rostro violento e intolerable que reside en el fondo de su doctrina. Si no aceptamos una hipótesis como ésta, se hace dificilísimo explicar el valor, la audacia, la violencia a veces, que caracteriza la defensa de Servet durante el proceso ginebrino.

 

Ataca a Calvino con total libertad, como si no fuese su prisionero y no estuviese en juego su vida, sino se tratase de escribir un tratado polémico o se estuviera desarrollando una disputa académica: ésta es la grandeza de Servet, su impresionante fuerza moral que emerge, que hace de él un mártir. Probablemente, de una manera que no podemos conocer o reconstruir, el polemista español percibe que con su muerte puede infligir un” vulnus”, una herida mortal al protestantismo calvinista. Como en una refinada partida de ajedrez, Servet realiza un sacrificio de calidad, y atrae a Calvino a una trampa mortal". [81]

 

Voltaire se dedica por primera vez al caso de Servet en 1733, en una carta dirigida al pastor ginebrino Jacob Vernet, en la que le habla precisamente de la intolerancia:

 

“En cuestiones de religión, usted y yo –creo -tenemos tolerancia. Yo soporto todo de los hombres con tal que no sean perseguidores; amaría a Calvino si no hubiera hecho quemar a Servet; sería partidario del Concilio de Constanza sin la hoguera de Juan Hus”.

 

En su Poema sobre la ley natural, 1752, Voltaire dice: Calvino y sus partidarios, acechados por la justicia, fueron al suplicio en Paris- aunque sólo en efigie. Sin embargo, Servet fue inmolado en persona por el propio Calvino.

 

En el 1756, publica Voltaire en Ginebra su famoso Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones y sobre los principales hechos de la Historia, desde Carlomagno hasta Luis XIII.

 

Al hablar de la Inquisición y su importancia, la califica de pasajera en Francia, restringida en Venecia, nula en Nápoles, mediocre en Aragón, abominable en España (Castilla y León).

Y añade:

 

Servet estaba de tan buena fe en su metafísica oscura, que desde Viena, en el Delfinado, donde vivió algún tiempo, escribió a Calvino sobre la Trinidad. Disputaron por correspondencia. De la disputa, Calvino pasó a las injurias y de las injurias al odio teológico, el más implacable de todos los odios. Calvino obtuvo por traición las hojas de una obra que Servet hacía imprimir secretamente. Las envió a Lyon con otras cartas que había recibido de él, acción que bastaría para deshonrarle para siempre en la sociedad, pues lo que se llama el espíritu de la sociedad es más honesto y más severo que todos los sínodos.

 

Calvino hizo acusar a Servet por un emisario. ¡Qué papel para un apóstol! Servet, que sabía que en Francia se quemaba sin misericordia a todo innovador, huyó mientras se le instruía su proceso. Servet, desgraciadamente, pasó por Ginebra. Calvino lo supo, le denunció y le hizo detener en la hospedería de la Rosa cuando estaba preparándose para partir. Se le despojó de 97 piezas de oro, de una cadena de oro y seis sortijas. Sin duda alguna era contrario al derecho de gentes encarcelar a un extranjero que no había cometido ningún delito en la ciudad, pero también había en Ginebra una ley que se debería imitar. Esta ley ordenaba que el delator se pusiera en prisión con el acusado. Calvino hizo la denuncia por medio de uno de sus discípulos que le servía de doméstico. [82]

 

Juan Calvino cambió de opinión desde que se entregó al furor de su odio teológico. Pedía tolerancia, de la que él tenía necesidad en Francia, y se armaba de intolerancia en Ginebra. Calvino, tras el suplicio de Servet, publicó un libro en el que pretendía probar que era preciso castigar a los herejes. Cuando su enemigo fue hecho prisionero, le prodigó las injurias y malos tratos que infligen los cobardes cuando son los dueños. En fin, a fuerza de presionar a los jueces, de emplear el crédito de los que él dirigía, de gritar y de hacer gritar que Dios pedía la ejecución de Miguel Servet, le hizo quemar, y gozó de su suplicio; él, que había levantado su voz tan alto contra las persecuciones.

 

Por otra parte, esta barbarie, que se robustecía con el nombre de justicia, podía ser mirada como un insulto a los derechos de las naciones: un español que pasaba por una ciudad extranjera, ¿podía ser ajusticiado en esa ciudad por haber publicado sus sentimientos, sin haber dogmatizado ni en esa ciudad ni en ningún otro lugar de su dependencia?

 

Lo que todavía aumenta más la indignación y la piedad es que Servet, en sus obras publicadas, reconocía netamente la divinidad entera de Jesucristo; declaró a lo largo de su proceso estar firmemente persuadido de que Jesucristo era el Hijo de Dios, engendrado desde toda la eternidad por el Padre y concebido por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen María.

 

Esta deplorable catástrofe sucedió en 1553, dieciocho años después de que Ginebra hubiera dado su decreto contra la religión romana; pero yo la coloco aquí para dar a conocer mejor el carácter de Calvino, que se convirtió en el apóstol de Ginebra y de los reformados de Francia. Hoy parece que se pide perdón a las cenizas de Servet. [83]

 

Voltaire, en cuanto historiador, sólo respetaba la verdad, según él mismo decía, por eso condenó el asesinato de Servet, fruto de la intolerancia y del fanatismo. Al hablar de Ginebra y de Calvino, afirma: Se puede juzgar a Calvino por la persecución que suscitó contra Castalion, hombre más sabio que él y que su envidia hizo expulsar de Ginebra y por la muerte cruel en la que hizo perecer mucho después al desgraciado Miguel Servet.

Castalion o Castellion era Sebastián Castellio, considerado campeón de la libertad religiosa. Él contestó al escrito de Calvino titulado: Defensa de la de fe ortodoxa sobre la Trinidad contra los prodigiosos errores del español Miguel Servet.

 

 

La réplica de Castalion puede encontrarse en los Documentos de Apoyo.

 


 

GIORDANO BRUNO

 

 

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Giordano Bruno en la hoguera, por André Durand (2000).

"Él apartó su cara del crucifijo que se le ofrecía y murió en silencio"

 

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"Estamos viviendo tiempos difíciles, en que no se puede ni hablar ni callar sin peligro." Juan Luis Vives a Erasmo, 1534.

En 1548, a la sombra del Vesubio, en Nola, cerca de Nápoles, ve la luz Filippo Bruno. Su padre es Giovanni, modesto hidalgo, soldado al servicio del virrey Pedro de Toledo; su madre se llama Fraulisa Savolino. Con orgullo se define a sí mismo " el Nolano", nacido bajo el "cielo más benigno", amante de la naturaleza por haberse criado en ella en el pleno disfrute de la libertad.

Cuando tenía diez y seis años, ingresa en el monasterio de San Domenico Maggiore de los Hermanos Predicadores de Santo Domingo, en Nápoles. A los 24 años, es ordenado sacerdote y, a los 27, abandona el convento y se dirige a Roma, por no poder adaptarse a la vida conventual, a la que describe como "prisión angosta y negra".

A partir de 1503, Nápoles es una conquista española incorporada a la corona, desde el tiempo del Rey Católico hasta el Imperio de Carlos V. Constituía la gran avanzada mediterránea de la monarquía, de gran importancia estratégica, por eso el Emperador envió como virrey al poderoso noble Pedro de Toledo, que desempeñó con notable éxito sus funciones durante más de dos décadas, hasta 1553. Ya antes, en el 1547, había ocurrido una violenta sublevación popular y de la nobleza contra la instauración de la Inquisición en Nápoles.

Filippo cambia su nombre por Giordano, nombre de su maestro de Metafísica, aunque al maestro que más recordaría seria el de Filosofía, Teófilo de Vairano, según consta en su carta del 7 de diciembre de 1586 a Guillermo Getín: "Teófilo, el principal maestro que yo he tenido en Filosofía".

Se ocupa en la lectura de las obras de Erasmo de Rótterdam, íntegramente condenadas por Paulo IV, en 1559, y expurgadas por el Index tridentino de 1564. Lee intensamente y piensa sin pausa ni medida, le atrae la coherencia religiosa del arrianismo y empieza a criticar la iconografía, el culto a los santos, que él considera como residuos paganos en el cristianismo y que la Reforma también rechaza.

De regreso a Nápoles, será testigo ocular de la revuelta de 1564 y presenciará, en la plaza del Mercado, la quema en la hoguera de dos herejes relapsos, juzgados por el cardenal Santori; el mismo cardenal, que junto a Roberto Bellarmino, lo conducirá a él mismo al quemadero de Campo dei Fiori, en Roma, unos años más tarde.

Ya en Roma, visitó al Papa Pío V y al cardenal Rebiba, quienes, conocedores de sus recursos mnemotécnicos, le preguntaron por la memoria artificial y les recita el salmo Fundamenta en hebreo. Sorprendidos por su prodigiosa memoria, le da al cardenal Rebiba unos lecciones sobre los recursos de aquel arte.

En Roma, en un oscuro proceso, se le acusa de arrojar al Tíber, sin fatales consecuencias, a un hermano dominico, de quien Giordano sospechaba que lo había denunciado a la Inquisición. Lo cierto es que deja los hábitos y se dirige a Génova, después a Turín, Venecia y Lyón, en errante caminar, siempre en búsqueda de respuestas a los infinitos interrogantes que venían a su mente. Entre ellos estaban el interrogante de la inmortalidad del alma y sobre todo, siguiendo la teoría de la doble verdad de Averroes, la separación de la Filosofía de la Religión, ciencias diferentes que el tomismo se empeñaba en unificar. Esta fusión, tan imposible como mezclar el agua con el aceite, pretendían conseguirla creando una Teología que racionalizara la fe. Los escolásticos y Tomás de Aquino intentaron presentar la fe como un obsequio racional, esto es, apoyada en la razón, y consideran la teología como la ciencia de Dios: Dios objeto de investigación.

Hoy en día sabemos que esto es una quimera. Se atrevieron a definir a Dios como acto puro infinito. Partiendo de esta premisa, sólo una inteligencia infinita podría captar esa esencia, por denominarla de alguna forma. Dios no es ni puede ser objeto de verificación ni de demostración. Partían del mito de la creación para que, elevadas al infinito todas las perfecciones del universo, pudiésemos obtener una idea de la esencia infinita de Dios. Pero su idea de la creación no aguanta el principio según el cual la materia ni si crea ni se destruye. La creación no pasa de ser un mito y hacer teología es crear mitología, lo cual es muy diferente de reflexionar y hacer ciencia sobre el fenómeno religioso en las sociedades de cada época, que es el contenido de la Sociología de la religión.

Desde Lyon, "frente de la catolicidad", donde el pensar de Bruno no encajaba con los clichés dogmáticos allí vigentes, se dirige hacia la Ginebra de Calvino, la "nueva Roma", ahora gobernada por Theodore Bèze. Era Ginebra una república libre desde 1533, allí Giordano es recibido por la comunidad evangélica italiana y piensa que será el lugar idóneo para su libre pensar. Se hace calvinista -en el proceso dirá que fue un requisito para conseguir trabajo- y consigue un empleo de corrector de imprenta. No habían pasado dos meses, cuando Giordano escribe un panfleto contra Antorine de la Faye, principal de colegio y profesor de Filosofía, que versa sobra los errores de dicho profesor en sus exposiciones sobre Aristóteles; ello le acarrea la excomunión el día 27 de agosto de 1578. Bruno reconoce su falta, pero para Bruno, como también había sido para Servet, Ginebra se convierte en un grave error, ya que en su proceso lo acusarán de calvinista; entonces dirá que "fue invitado por el marqués de Vico y que él sólo buscaba vivir en libertad y en seguridad".

Se encamina hacia Toulouse, donde permanece unos veinte meses como maestro de arte (magister artium), y allí enseña De anima de Aristóteles y otras materias de Filosofía, Física y Matemáticas.

En el otoño de 1581, Giordano abandona Toulouse, con sus guerras civiles, y se dirige a París, donde da clases de mnemotecnia, que lo catapultan a una fama tal que el rey, Enrique III, lo llamó para preguntarle si su memoria era natural o era el resultado de la magia. Giordano le ofreció unas clases, para que comprobase que no era magia sino ciencia.

Bien acogido, Giordano se anima a escribir De umbris idearum (De las sombras de las ideas) y Ars memoriae (El arte de la memoria), en la que expone con detalle las reglas fundamentales del arte de la memoria, con una combinatoria compleja, fundada sobre una serie de imágenes repartidas en cinco ruedas concéntricas y móviles. Estas ruedas explicaban los tres procedimientos mnemotécnicos elementales -artes breves-, que había hecho ensayar al rey de Francia, al que dedicó su obra, y, por ello, fue nombrado lector extraordinario en el Colegio de Lectores Reales. Así se aseguró, además de su subsistencia, gran crédito social e intelectual y, desde la Corte, atacó el conservadurismo aristotélico de la Sorbona y defendió la tolerancia religiosa opuesta a la intransigencia de la Liga.

En su obra, La expulsión de la bestia triunfante, de trágicas consecuencias en su proceso, elogia al Rey:

Esta Corona pertenece al invencible Enrique III, Rey de la magnánima, poderosa y valiente Francia [...], Rey muy cristiano, santo, religioso y puro, que puede seguramente afirmar ‘tertio coelo manet’ [...] ama la paz, mantiene lo más posible o su pueblo bien amado en la tranquilidad y en la devoción, aprecia todos los rodeos por los que la justicia y la santidad muestran el camino derecho y conducen al reino eterno [...] que otros traten de ocupar el trono vacante de Lusitania [...] que otros codicien el territorio belga [...].

Estas últimas palabras se refieren a la ambición de Felipe II sobre Lusitania (Portugal) y sobre el territorio Belga, donde Felipe II presiona para evitar la secesión de los Países Bajos de la Corona española. Esta obra le hará un inmenso daño cuando la presentan al final de su proceso, porque es violentamente anti-Papal. Con la bestia triunfante quiere simbolizar a Sixto V destronado y la figura del cerdo en el Cantus Circeus (canto circence), obra finalizada en la corte francesa, representa al Papa. También escribió en la corte francesa: De compendiosa arquitectura et complementa artis Lulii, que se inspira en el lulismo. Raimundo Lulio había intentado elaborar un sistema universal de letras e ideas para convertir a los infieles.

En esta época, Giordano Bruno desarrolla plenamente su idea sobre la libertad de la filosofía, disciplina para él no esclava de la teología (ancilla theologiae) ni del pensamiento religioso. Siguiendo a Copérnico, afirma que la función de la religión es gobernar a las masas ignorantes y que los teólogos deben limitarse a su campo y no injerirse en los asuntos de la Filosofía, ciencia autónoma.

Se enfrenta el Nolano a la concepción geocéntrica de Aristóteles y de Ptolomeo. Ya en tiempos de Aristóteles hubo defensores del heliocentrismo, como Aristarco de Samos, pero Aristóteles se impuso y la escolástica lo adoptó. Giordano terminaría desarrollando una concepción cosmológica infinitista, inspirada en Copérnico. Para Giordano, el mundo, en contra de Aristóteles, es uniforme. Rogelio Pérez Bustamante escribe:

"Aquella libertad de pensamiento filosófico nunca será compartida por la Inquisición ni por la Iglesia y acabará costándole la vida y aquella teoría de la infinitud del mundo también le seria reprobada como un ataque directo a las Sagradas Escrituras y lo arrastraría a la muerte."

El proceso personal e intelectual del Nolano es progresivo. Sustituye sus ideas religiosas y teológicas por las filosóficas, más racionales y afines a su manera de pensar y de sentir, y desemboca en ideas políticas, cercanas a las de Maquiavelo, para fortalecer un Estado que será ilustrado por la Filosofía y donde la religión no aportará más que división y conflicto. Nuevos estados estarán dirigidos por hombres nuevos, devotos del bien público, formados como técnicos, expertos en muchas disciplinas y en los que la paz será el valor absoluto. Su pensamiento político es muy adverso a los intereses políticos del Papado y contrarios a España. Favorece la hegemonía de la Corona francesa en Europa, pero Enrique IV, el hugonote, se convertiría al catolicismo y esto no le ayudaría en su juicio promovido por la Inquisición romana.

En 1583, Bruno viaja a Inglaterra, después de que Michel de Castelnau fuera nombrado secretario del Emperador del rey de Francia. Es allí, al amparo de la amistad de Castellanau, donde su visión metafísica llega a un total desarrollo y donde escribe sus principales obras, que después publicará en Alemania: La cena de las cenizas, Del universo infinito y los mundos, Sobre la causa, el principio y el uno y Los furores heroicos. Es este último una especie de dialogo platónico que describe el camino hacia Dios a través de la sabiduría.

Vuelve a Francia y la abandona tras las disputas en el College de Cambray, donde fue ridiculizado, atacado físicamente y expulsado del país. Pasa a Maguncia, Wiesbaden, Marburgo, en cuya universidad se le prohíbe enseñar y llega a Wittenberg, la Universidad más importante del Imperio, en la que dominan las teorías luteranas y las calvinistas. Permanece en ella dos años y se despide con una Oratio valedictoria, discurso de despedida, manifestando admiración y alabanza por Lutero y por Alemania, por la libertad filosófica que allí había encontrado entre los alemanes.

Su siguiente destino sería Praga, gobernada por Rodolfo III, protector de las artes y de las ciencias, quien terminará estableciendo la libertad religiosa y al que le dedicará diversos artículos. Vuelve a Alemania y se establece en Helmsted, donde el pastor Gilbert Voët, superintendente de la iglesia luterana local, lo excomulga, por motivos personales según Bruno. Abandona la ciudad y se establece en Francfort, de donde es echado, y se dirige a Zurich, donde imparte lecciones de Filosofía, para retornar a Francfort. Allí recibe unas cartas del patricio veneciano Giovanni Mocenigo, quien lo invita a trasladarse a Venecia para ser instruido en el arte de la memoria, y con ello comienza el principio de su fin.

Venecia, Estado tolerante, es la primera potencia que ha reconocido a Enrique IV en 1589 y su patriciado está cercano a la Reforma y, por lo tanto, opuesto a la injerencia de Roma en sus asuntos. Se une a la Academia que dirige Andrea Morosini, dedicada a la Literatura y a la Filosofía. Allí se dedica a la enseñanza del Arte de la memoria y de la invención, según manifestará el librero Ciotti, testigo a favor de Bruno en Roma.

Mientras tanto, hecho sorprendente, Bruno toma la decisión de retornar a la Iglesia y para ello pretende obtener el permiso del nuevo Papa, Clemente VIII, a quien piensa dedicar la obra que está preparando y que titulará Siete artes liberales, pero con la intención de enseñar en Roma, sin tener que regresar a su Orden dominica, según manifestará el también dominico, Doménico da Nocera. Estamos en el 1591, cuando Bruno se instala en la casa de Mocenigo, en San Samuele. Mocenigo es un personaje muy complejo, de ilustre familia veneciana.

Giovanni Mocenigo desea hacer progresos rápidos, para poder influir en la mente de los demás, en el arte de memorizar y en el arte de influir mágicamente; pero no está satisfecho con lo aprendido y piensa que lo aprendido no responde adecuadamente a lo pagado por él. La situación se precipitacuando Bruno manifiesta su intención de volver a Francfort para publicar una nueva obra, porque piensa que ya ha cumplido el compromiso con su anfitrión. Mocenigo se siente frustrado y colérico, y la noche del 22 de mayo entra en su cuarto con un criado y cinco gondoleros, lo sujetan y arrastran hasta un granero donde lo encierran. Moncenigo acude al chantaje para hacerle desistir: si decide irse, lo denunciará a la Inquisición. El Nolano se molestó sobremanera, pero no pudo recobrar su libertad. Mocenigo lo delata a la Inquisición y es encarcelado el día 23 de mayo. De este modo, se inicia un proceso por acusación, sobre la base de los cargos de una denuncia, ampliada dos días después, y comienza la actuación del Tribunal. Se le acusa de:

 

Tener opiniones contrarias a la Santa Fe y propósitos contra ella y sus ministros.

Tener opiniones erróneas sobre la Trinidad, la divinidad de Cristo y la Encarnación.

Tener opiniones erróneas sobre Cristo.

Tener opiniones erróneas sobre la transubstanciación y la Santa Misa.

De sostener la existencia de mundos múltiples y su eternidad.

De creer en la metempsicosis y la trasmigración de las almas humanas en las de los animales.

De ocuparse del arte adivinatorio y de la magia.

De no creer en la virginidad de María.

De ceder al pecado de la carne.

De haber estado en países heréticos viviendo según sus costumbres.

El 26 de mayo de 1592, cuatro días después de su detención, Bruno comparece por primera vez ante el tribunal de la Inquisición. Da a los jueces una lista, de su propia mano, sobre todos sus libros y responde con una declaración que resume e ilustra toda su futura conducta en el proceso:

"La materia de todos estos libros, para hablar de forma general es filosófica, como lo muestran los títulos mismos y diversa, como se pude ver en todas mis obras. Las conclusiones a las que he llegado son siempre desde una base filosófica, a partir de los principios de la luz natural, sin consideración particular de lo que deba ser tenido según la fe. No se puede encontrar en esos libros que haya querido atacar a la religión más que exaltar a la filosofía, aunque hayan podido existir muchas cosas impías, fundándose en mi propia luz natural".

En estas palabras está una de las claves fundamentales de todo el proceso, que haría entender el terreno, siempre resbaladizo y ambiguo, de la posición de Bruno frente al tribunal. De tal manera que asistimos a la escenificación de un conflicto que, como unos años más tarde en el caso de Galileo, enfrenta a la teología y a la filosofía, a la fe y a la luz natural, aunque Bruno siempre afirmará la libertad de pensamiento y la autonomía de la especulación filosófica frente a la intromisión de los teólogos. [84]

Poniéndose de rodillas, pide perdón a Dios y al Tribunal de todos los errores que haya cometido, reclamando la pena y el castigo merecido.

Giordano se defiende de las acusaciones al distinguir dos órdenes de verdad, uno filosófico, que es en el que él actúa y otro teológico, en donde puede haber algún error. Como filósofo defiende su derecho a filosofar y, en el orden teológico, rechaza que tenga voluntad alguna de ir contra la doctrina de la Iglesia y, de existir algún error, manifiesta su clara voluntad de retractarse.

Con los elementos que dispone y con un solo testigo –testes unus testes nullus (un solo testigo es un testigo nulo), decían los Manuales inquisitoriales, la Inquisición veneciana no ve fácil la condena y solicita información de Roma, cuya respuesta es la del cardenal Santori pidiendo la extradición. Tal pedido se convierte en cuestión política entre la Santa Sede, el Tribunal Inquisitorial de Venecia y el Senado veneciano que tiene importantes objeciones políticas y jurisdiccionales.

La Santa Sede presiona aduciendo que Bruno es de "condición napolitana", que es un hereje público y que ataca cuestiones fundamentales de la Iglesia. El Senado de Venecia, después de una votación de 142 votos a favor y 30 en contra, en señal de "reverencia y filial obediencia al mandato de su Santidad", decide enviarlo a Roma. Zarpa de Venecia hacia el puerto de Ancona el 19 de febrero de 1593.

El 27 de febrero entraba en el edificio que el Tribunal supremo tenía al lado de San Pedro, edificio recién terminado de construir en 1569. Allí permanecerá encerrado los siete años siguientes y sólo saldrá para dirigirse al Campo dei Fiori. El Nolano alimenta ciertas, pero vagas ilusiones de que, al acercarse a la Curia Papal, podría ofrecérsele la esperada ocasión de exponer su defensa, convencer y poder rehabilitarse plenamente, consciente de su ingenio y preparación nada despreciable; pensó también encontrar en el Papa comprensión, magnanimidad y misericordia.

Empieza a sufrir la tortura de la soledad y a sentir la agobiante dilatación del tiempo. No puede hablar ni comunicarse con el interior y menos con el exterior, no puede leer ni escribir a menos que se trate de algo concerniente a la causa. Para un intelectual el no poder leer ni escribir, como lo venía haciendo durante años, constituía una insoportable tortura. No enseñar, no viajar, no conocer. Todos los noes lo aplastaban como losa pesada. Y su libertad, ¿por dónde caminaba? No había cometido ningún crimen. Bueno, se le achacaba el de pensar libremente y el de disentir, pero si él lo hacia con la luz natural de su inteligencia, ¿por qué le prohibían pensar, opinar y disentir?, se preguntaba una y mil veces. Teme por sí mismo, por su capacidad de poder resistir la terrible intensidad de la presión que el Tribunal ejerce sobre él. Teme por la posibilidad de la tortura y que en ella se desmorone convertido en humana piltrafa.

Toda la maquinaria inquisitorial está perfectamente engranada y aceitada para romper todos los esquemas, mentales y psicológicos, para destruir la autoestima, para hacerte consciente de lo que ellos piensan que eres, escoria humana. Todo es enloquecedor y a prueba de Hércules, pero no de humanos. Y el Papa, el vicario de Cristo, los augustos príncipes cardenales, envueltos en sus regias vestimentas, portando ricos y vistosos anillos y pectorales en sus lujosos palacetes, están ante un genio mucho más sabio que ellos, pero indefenso y enjaulado, en su gulag cristiano y católico. Las dilaciones y tiempos muertos hacen mella en Bruno, que espera de la benevolencia del tribunal de la Serenísima, que así llamaban eufemísticamente a aquel tribunal.

El Nolano se debate ante la esperanza de su absolución: sólo hay un testigo, no es suficiente su testimonio, hacen falta más testigos que no hay, un solo testigo es un testigo nulo, aunque no está del todo convencido, ya no vislumbra nada claro. En tantas interminables noches, en tantos insípidos días, hay tanto y tanto que pensar, sobre todo él, de rápido discurso y de ubérrima imaginación.

Pero la esperanza sufre un mudo e inesperado ataque con la aparición de un nuevo testigo, un compañero de la prisión veneciana, un fraile capuchino, Celestino de Verona, que también sería quemado vivo en el Campo dei Fiori, cinco meses antes que Bruno. Celestino de Verona "dice que depone contra Giordano, porque sospecha que él ha sido calumniosamente denunciado por él mismo, y presenta todas las acusaciones contra Giordano en un texto escrito": Dixit se deponere contra Iordanum, quia suspicatur se calumniose delatum fuisse ab ipso, et detulit omnia contra Iordanum in scriptis. Detulit dixisse.

 

 

Estas acusaciones y el desenlace de este caso Nolano, uno de los más intrincados con los que se encontró la Inquisición, por la preparación amplia y profunda del reo, pueden leerse en los Documentos de Apoyo.

 

...En una página de la "Expulsión de la bestia triunfante", Bruno, el héroe de un Renacimiento derrotado por el oscurantismo de la Contrarreforma, con profética intuición ya parecía haber intuido qué mundo lo había condenado; es una de sus páginas más hermosas y, a la vez, más amargamente verdaderas:

Las tinieblas se preferirán a la luz, la muerte será juzgada mas útil que la vida, nadie alzará los ojos al cielo, el religioso será considerado insano, el impío será juzgado prudente, el furioso fuerte, el pésimo bueno. Y creedme que se decidirá la pena capital para aquel que se dedique a la religión de la mente; porque se encontrarán nuevas justicias, nuevas leyes, nada se encontrará santo, nada religioso: no se escuchará cosa digna del cielo o de lo celestial. Sólo quedarán ángeles perniciosos que mezclados con los hombres forzarán a los míseros a la audacia de todos los males, como si fuese justicia; darán materias para guerras, rapiñas, fraudes y todas las otras cosas contrarias al alma y justicia natural: y ésta será la vejez y el desorden y la irreligión del mundo. [88]

Y fue entregado al brazo secular. Miguel Ángel Granada reproduce la descripción de un testigo sobre la ejecución, el día 17 de febrero de 1600, en la plaza del Campo dei Fiori donde: "despojado de sus ropas y desnudado y atado a un palo... con la lengua...aferrada en una prensa de madera para que no pudiese hablar... fue quemado vivo..."

 

 


 

NICOLÁS COPÉRNICO

 

 

 

 

Nicolás Copérnico.

Su modelo heliocéntrico es considerado como una de las teorías más importantes en la historia de la ciencia occidental.

 

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La filosofía está escrita en ese grandioso libro, que está continuamente abierto ante nuestros ojos (lo llamo universo). Pero no se puede descifrar si antes no se comprende el lenguaje y se conocen los caracteres en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático, siendo sus caracteres triángulos, círculos y otras figuras geométricas... sin las cuales andamos a tientas en un oscuro laberinto. Galileo

Los teólogos, al no distinguir la verdad religiosa de la verdad científica y unirlas en una sola, y al considerar a las Escrituras como el libro por excelencia de Ciencia, someten todas las demás ciencias al criterio y contenido de la Biblia en calidad de servidoras o esclavas. La Filosofía, la Astrología y la moderna Cosmología también las conciben sometidas a los textos sagrados. Como si todo el saber estuviese contenido en la Biblia. Pero las Escrituras no hacen ciencia, podrían enseñar, en palabras del creyente y cristiano Galileo, cómo ir al Cielo, pero no cómo se mueve el cielo. Las Escrituras manejan símbolos, la Cosmología, formas geométricas.

El salmo 93 (92) fija una cosmología geocéntrica: Tú has fijado la tierra firme e inmóvil. Una idea similar se deduce del pasaje bíblico del Libro de Josué 10,12-24, donde se detiene el movimiento del sol y de la luna:

Cuando el Señor puso en manos de los Israelitas a los amorreos, Josué habló al Señor y gritó en presencia de Israel: Detente, sol, en Gabaón y tú, luna, en el valle de Ayalón. Y el sol quedo quieto y la luna inmóvil, hasta que se vengó el pueblo de sus enemigos. Así consta en el libro de Yasar: El sol se detuvo en medio del cielo y tardó un día entero en ponerse. Ni antes ni después ha habido un día como aquél cuando el Señor obedeció a la voz de un hombre, porque el Señor luchaba por Israel. Josué 10,13,14.

El cardenal Belarmino, en su carta a Foscarini, cita también el Eclesiastés 1,5: Sale el sol, se pone el sol y regresa a su lugar (Oritur sol et occidit, et ad locum suum revertitur). Y Tycho Brahe, para apoyar su teoría cosmológica intermedia, cita el salmo 104: Dios mío, ¡qué grande eres!... Tú asentaste la Tierra, inconmovible para siempre jamás

En la Edad Media prevaleció la teoría geocéntrica sobre el heliocentrismo. La fuerza del geocentrismo, apoyado en los textos bíblicos y en la autoridad de Aristóteles, prevaleció sobre la teoría de Aristarco de Samos y de otros sabios griegos, hindúes y musulmanes que habían defendido la teoría heliocéntrica.

Nicolás Copérnico, 1473-1543, sacerdote polaco, inicia el estudio de la astronomía moderna. Sustituye definitivamente el geocentrismo por el heliocentrismo, en su grandiosa obra publicada el año de su muerte, De Revolutionibus Orbium Coelestium (De las revoluciones de las esferas celestes). Su obra, gracias a la prudencia de Osiander, redactor de su famoso prefacio, es presentada como simple hipótesis, lo que salvó a Copérnico de la Inquisición en los primeros momentos. A Copérnico le seguirán tres grandes científicos astrónomos: Tycho Brahe, 1546-1601, que expone las trayectorias elípticas de los cometas, no circulares, Johannes Kepler, 1571-1630, que se hizo célebre por su formulación de las leyes del movimiento planetario y Galileo Galilei, 1564-1642. Éste polemiza constantemente contra la física aristotélica, a la que sustituye por una física experimental, valiéndose de su método de investigación de tres fases: observación, hipótesis y verificación. También para Galileo la naturaleza está escrita en lenguaje matemático. La tesis "que hace al Sol móvil y a la Tierra inmóvil en medio del universo" se hunde y da paso a una nueva ciencia entendida, no como elucubraciones mentales, sino como sistemática observación de los hechos y rigurosa demostración científica, a base de horas y horas de observación y de verificaciones matemáticas para deducir conclusiones científicas. El método científico hizo temblar considerablemente las bases sobre las que se apoyaba la ciencia de convencional. El modelo heliocéntrico constituyó una gran revolución tanto en el campo de la ciencia astronómica, como en el campo científico, en el metafísico y en el teológico.

En el campo científico, eran las tesis del sistema ptolemaico las que prevalecían en la mayor parte de las Universidades, que en vez de investigar, repetían los mismos errores siglo tras siglo. En el campo metafísico y teológico, este modelo heliocéntrico supone un desmoronamiento de la cosmovisión del geocentrismo con todas las implicaciones que ello conlleva.

Es el golpe más duro que las Sagradas Escrituras pudieron recibir, porque no se trata ahora de textos alegóricos, que son susceptibles de múltiples interpretaciones válidas, o de dogmas que se escapan al dominio de la ciencia, y que cada teólogo puede interpretar desde diversos ángulos y con distintos matices. Aquí, la realidad es física y su respuesta no admite matices ni florituras poéticas: entre el Sol y la Tierra, ¿cuál de ellos es el centro?. La Biblia también se equivocó, como le había sucedido a Zeus que, en Mecona, invitado por Prometeo a que escogiese entre las dos partes de un buey sacrificado; Zeus, llevado por la apariencia, escogió la peor parte, huesos revestidos de grasa que tanto gustaba a los griegos. Los dioses, bueno, los hagiógrafos o escritores sagrados, también dormitan de cuando en cuando.

Estos descubrimientos, con su método científico, resquebrajaron los cimientos bíblicos. Por motivos exegéticos también, Lutero y la Reforma rechazaron la tesis copernicana. Los cristianos católicos y protestantes no podían aceptarlo, aunque se vieron obligados, todavía en el siglo XIX, a revaluar la exégesis e interpretación del Antiguo y del Nuevo Testamento, no siempre en el sentido literal. El Papa León XIII, en su encíclica Providentisimus Deus, 1893, indicó las reglas a seguir en los estudios bíblicos del futuro.

Copérnico había empezado, en 1514, su Commentariolus (Pequeño comentario), en el que describía sus ideas sobre la hipótesis heliocéntrica y en ella ya insinuaba que la Tierra tiene tres movimientos: la rotación diaria, la revolución anual y la inclinación anual de su eje. Curiosamente, al cimentar parte de su teoría en filósofos, no menciona a Aristarco de Samos, 320-250 a. C., que fue el primero que, según algunos estudiosos, concibió la visión heliocéntrica.

Para su revolucionaria obra, Copérnico sólo usó estos tres instrumentos: el Cuadrante, el Astrolabio y el Instrumento paraláctico; con ellos, desde su torre, observará pacientemente el Sol, la Luna y las estrellas durante veintiún años. Le faltaba lo que tendría Galileo, el Telescopio.

Copérnico, al sustituir la ideología religiosa medieval, que significaba contradecir el más grande de los ideales medievales, la magnificencia de Dios a través de su obra creativa de núcleo humano, temió a la Inquisición. Por eso postergó la publicación de su obra, a pesar de sus veinticinco años de trabajo (1507-1532) y sólo fue publicada a título póstumo en el 1543, el mismo año su muerte. De Revolutionibus sería prohibida con el correr del tiempo, a pesar de la larga introducción dedicada al Papa Pablo III y de hacer constar que sólo se trataba de una hipótesis científica.

 

 


DISEÑO DEL UNIVERSO EN LA EDAD MEDIA

 

 

Teoría Geocéntrica

 

 

 

 

El universo es un sistema de esferas concéntricas: ésa es la concepción general; las diversas opiniones tienen por objeto el número y la naturaleza de esas esferas. Beda, en el siglo VIII, decía que siete cielos rodean la Tierra: el aire, el éter, el olimpo, el espacio inflamado, el firmamento de los astros, el cielo de los ángeles y el cielo de la Trinidad, (aún hoy hablamos, en lenguaje familiar, de que alguien ha quedado transportado al séptimo cielo). La herencia griega, incluso en la terminología, está muy clara en Beda. La cristianización de esta concepción acaba en una simplificación de la que da testimonio cumplido en el siglo XII el Elucidarium de Honorio de Autún, que distingue tres cielos: el cielo corporal que vemos, el cielo espiritual en el que habitan las sustancias espirituales como los ángeles y el cielo intelectual donde los bienaventurados contemplan cara a cara a la Santísima Trinidad. Sistemas más científicos acuden al esquema de Aristóteles que hacía del universo una disposición compleja de cincuenta y cinco esferas a las que los escolásticos añaden una esfera suplementaria exterior, la del "primer motor", desde donde Dios pone en movimiento todo el sistema. Algunos, como el obispo de París, Guillermo de Auvernia, en la primera mitad de siglo XIII, imaginan por encima del primer motor una esfera, un empíreo inmóvil, residencia de los santos.

Lo esencial es que, a pesar del cuidado puesto por los teólogos y la Iglesia en afirmar el carácter espiritual de Dios, el vocabulario permite a los cristianos hacerse una representación concreta de Dios. La misma preocupación existe por salvaguardar esta inmaterialidad divina por una parte y, por otra, en no chocar con las creencias ingenuas en una realidad de Dios llamada sustancial, (lo cual es bastante equívoco, para satisfacer a la vez la ortodoxia doctrinal y los hábitos mentales de la masa). [89]

 


 

GALILEO, LA RAZÓN HUMILLADA

 

Galileo por Leoni

 

 

Al intentar probar que la Tierra gira alrededor del Sol, Galileo adoptó un modo de razonar que no sólo llevó a que la Iglesia le procesara, sino también a la nueva metodología científica de contraste de hipótesis. Owen Gingerich.

Volvamos a la Física de Aristóteles, que distingue el mundo sublunar del mundo celeste. El mundo sublunar comprende la Tierra y todo lo que se encuentra entre la Tierra y la Luna, aquí todo es imperfecto y cambiante. El mundo supralunar abarca la Luna y lo de más allá de ella, todo es perfecto. Las formas geométricas perfectas son las esferas y los movimientos regulares son circulares e inmutables. El mundo supralunar está compuesto por la incorruptibilidad del éter, la materia o quinta esencia.

Galileo comprobará que también los cielos son corruptibles, al observar las estrellas con su telescopio. Las estrellas nacen y mueren, explosionan, llenando los espacios intergalácticos de elementos químicos. Por primera vez se tiene una prueba de la homogeneidad fundamental de todo el universo.

Copérnico en su obra De Revolutionibus había hablado de un mundo que era dos mil veces más extenso que el de Ptolomeo, pero no infinito, aunque habló de distancias infinitas. Esta tesis la radicalizó Giordano al desarrollar una metafísica centrada en la idea de infinito. Galileo sigue a Copérnico, pero sin tener aún la prueba científica suficiente e irrefutable para convencer a los escépticos del valor de la concepción revolucionaria de éste.

En otoño de 1609, provisto de un tubo óptico, un perspicillum, como él mismo lo llamaba y que él mismo había construido, observa el firmamento y su magnifica visión le produce un enorme impacto psicológico. A los pocos meses publicó un libro en el que exponía sus observaciones: Sidereus nuncius (el Mensajero sideral). Además de las montañas de la Luna, comprueba que la Luna es semejante a la Tierra y que no era el globo etéreo de cristal que habían imaginado sus predecesores. Pero sus pruebas no eran inequívocas para demostrar la falsedad del sistema ptolomeico, esto sucedería cuando descubriese las fases de Venus, 1609 – 1610.

En enero de 1610, Galileo descubre tres estrellas pequeñas en la periferia de Júpiter; después de otras noches más de observación, encuentra cuatro. Son los satélites de Júpiter a los que llama ío, Calisto, Europa y Ganímedes. Hoy, en su honor, se llaman satélites galileanos. Con este crucial y vital descubrimiento demuestra que no todos los cuerpos celestes giran alrededor de la Tierra, golpe muy duro para los aristotélicos y también para algunos copernicanos.

El 4 de marzo de 1610, publica en Florencia sus descubrimientos en el Siderus Nuncius. Llamó por algún tiempo a los satélites de Júpiter "astros mediciens", en honor de su ex alumno y amigo Cosme II de Médicis, duque de Toscana. Por eso dudó entre Cósmica (Cosme) sidera y Medicea sidera.

Un año más tarde, 1611, es invitado por el cardenal Maffeo Barberini, futuro Urbano VIII, que en el futuro formará parte de su proceso, a presentar sus descubrimientos en la Academia de los Linces (Accademia dei lincei). Es admitido como el sexto miembro y, a partir de ese momento, el lince de la academia adornará el frontispicio de todas sus publicaciones. La honra, el prestigio y la fama serán su séquito por donde quiera que vaya. Un comité romano, compuesto por jesuitas, elabora un uniforme para el Cardenal Bellarmino en el que se justifica que las observaciones de Galileo son exactas. Es entonces recibido por el Papa Pablo V.

Natale Benazzi y Matteo O’Amico describen así el primer uso del telescopio:

El científico pisano intuye enseguida la potencialidad que el instrumento posee y lo dirige hacia el cielo, en largas observaciones nocturnas que muy pronto desvelan un conjunto de fenómenos que hasta ese momento nadie había observado. Antes que nada Galileo hace importantes observaciones sobre la superficie lunar, los satélites de Júpiter, la diferencia de forma y luminosidad entre los planetas y las estrellas. En el Sidereus Nuncius, la obra en la que recoge los primeros resultados de sus observaciones y que publica en enero de 1610 describe, en una página justamente célebre, cómo se presenta la superficie de la Luna observada con el nuevo potente instrumento:

"[...] llegamos a la conclusión de que la superficie de la Luna no es lisa, uniforme y exactamente esférica como un gran numero de filósofos cree de ésta y de otros cuerpos celestes, sino, por el contrario, desigual, escabrosa, llena de cavidades y prominencias, no distingue de la faz de la Tierra que se diferencia aquí por cadenas de montes y allí por las profundidades de los valles".

Las consecuencias implícitas en las observaciones descritas por Galileo en el Sidereus Nuncius tienen un alcance extraordinario: antes que nada abre el camino al reconocimiento de la identidad de la naturaleza de la Tierra y de la Luna y por lo tanto a la superación de la distinción entre mundo celeste y mundo sublunar que regía todo el edificio de la física aristotélica. Pero el descubrimiento tal vez más importante es el de los satélites de Júpiter. Éstos testimonian un movimiento celeste que tiene como centro un planeta diferente de la Tierra, destrozando así el fundamento mas importante de la astronomía ptolemaica, o sea, la tesis que pensaba en la Tierra como único posible centro de los movimientos orbitales de los cuerpos celestes. [90]

El telescopio potencia la astronomía como ciencia y hace que Galileo sea considerado como padre de la Ciencia, de la Física y de la Astronomía. Entra de lleno en el establecimiento del moderno método científico de la ciencia.

El 21 de agosto presentó su segundo telescopio al Senado de Venecia. En el Campanile de la Plaza de San Marcos hace una demostración: Murano, que está a dos kilómetros y medio, parece estar a unos trescientos metros. Galileo lega los derechos a la República de Venecia. En recompensa, es confirmado como profesor de la Universidad de Padua y sus ingresos se duplican, sus dificultades financieras se acabaron. Parece ser que Galileo no dominaba la teoría óptica y algunos telescopios presentaron problemas, existió cierta mediocridad en los primeros, pero redobla sus esfuerzos para mejorarlos.

En la corte de Toscana, les facilita a los observadores astronómicos el descubrimiento de estos astros y sobre ellos da unos cursos en Padua. Johannes Kepler lo apoya y confirma sus propios descubrimientos en septiembre, gracias a un telescopio con el que personalmente le obsequió Galileo. El éxito y los parabienes le llueven por doquier: primer Matemático de la Universidad de Pisa, sin cargos; primer Matemático y Primer Filósofo del gran duque de Toscana.

Ese mismo año, enfoca su lente hacia Saturno y descubre, sin precisar, su extraña apariencia. Se necesitarán unos cincuenta años más e instrumentos mucho más poderosos para que Christian Huygens descubra los anillos de Saturno.

En el Sol descubre las manchas solares y las explica. Descubre también las fases de Venus, más fáciles de explicar con el sistema heliocéntrico que con el geocéntrico.

Al observar las fases de la Luna, descubre que este astro no es perfecto, como afirmaba la teoría aristotélica y descubrió que existían montañas en la Luna más elevadas que las de la Tierra, lo dice en su obra Sidereus Nuncius, aunque en realidad son equivalentes.

Descubre la naturaleza de la Vía Láctea, nuestra galaxia, cuenta las estrellas de la constelación de Orión y constata que ciertas estrellas visibles son cúmulos de estrellas.

Un antiguo alumno suyo, Benedetto Castelli, le hizo notar a Galileo que, en el sistema copernicano, Venus debería mostrar toda la serie completa de fases: desde un disco oscuro, pasando por el cuarto creciente y la forma convexa, hasta la forma llena, totalmente iluminada. Lo que no sucedía en el sistema ptolomeico, pues, al estar entre la Tierra y el Sol, Venus sólo mostraría fases crecientes, ya que no pasaría nunca por detrás del Sol y no se podría ver plenamente iluminada. Y efectivamente Castelli y Galileo tenían razón: Venus giraba en torno al Sol, por eso tenia las fases. En 1611, empezó a aparecer la fase creciente de Venus. Se descubrió que Venus tiene las mismas fases que la Luna. Galileo hizo notar que nunca admiraría lo suficiente a aquellos que habían adoptado el sistema heliocéntrico en contra de la evidencia de los sentidos.

Se enzarzó en una disputa sobre las manchas solares con el jesuita Schneider. Galileo tenía fama de defender sus descubrimientos con ardor y pasión, con precisión y con ataques no desprovistos de cierto sarcasmo o con aires de superioridad. Se discutía quién de los dos había sido el primero en descubrir las manchas solares. Scheider cree que el Sol es impoluto y que las manchas eran nubes que se interponían. Galileo probó lo contrario exhibiendo cierta mordacidad contra el jesuita. Giorgio de Santillana, en su libro El crimen de Galileo, insinúa que el jesuita no se lo perdonó nunca y que dirigió la venganza de los jesuitas contra Galileo más tarde en Roma.

Copérnico y Bruno habían lanzado la Tierra a un vuelo vertiginoso alrededor del Sol y a la Luna con ella. Todo esto se percibía como ridículo y absurdo en el marco de la física aristotélica. Todo se ha venido abajo ya no hay coherencia, diría John Donne. Y la coherencia es la piedra de toque y la niña mimada de la ciencia, que permite rechazar las teorías poco firmes.

El danés Tycho Brahe había introducido un sistema cosmológico intermedio: los planetas giran en torno al Sol, pero éste y los planetas que le acompañan giran alrededor de una Tierra inmóvil. Tycho salva así la física tradicional manteniendo la Tierra en reposo cuando dice: la tierra, este cuerpo perezoso, tardo y no apto para moverse y, sobre todo, no entra en contradicción con los textos bíblicos, Salmo 104: "Dios mío, ¡qué grande eres!"... Tú asentaste la Tierra, inconmovible para siempre jamás."

En esta época, era opinión ampliamente compartida que la verdad no se encontraba en la astronomía sino en la Biblia, que se creía inspirada al pie de la letra por Dios. Galileo también aceptaba, como creyente, que la Biblia era un libro sagrado, pero que no debía ser interpretado al pie de la letra y que, además, podía ser ambiguo y confuso, mientras que el Libro divino de la Naturaleza podía ser probado y contrastado. Pablo II, en su discurso sobre el caso Galileo, con motivo del 350 aniversario de su muerte, 31-10-1992, nos recuerda: "Pero resulta obligado recordar la célebre sentencia atribuida a Baronio: Spiritui Sancto mentem fuisse nos docere quomodo ad coelum eatur, nom quomodo coelum graditur (El propósito del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo el cielo está estructurado)".

Para los teólogos, además de la realidad del sistema copernicano, había otro punto de litigio álgido en el campo de batalla: era el método mismo, el camino que lleva al conocimiento seguro del mundo. La cuestión era de si el Libro de la Naturaleza podía rivalizar con las Sagradas Escrituras en el encuentro de la verdad. Para Bellarmino y otros teólogos católicos, el proceder de Galileo era inductivo principalmente y, por consiguiente, no excluía la posibilidad de error y pensaban que esos argumentos contingentes eran insuficientes para forzar una reinterpretación de las Sagradas Escrituras, lo que podría erosionar su inerrancia -que la Biblia no se equivoca ni yerra- argumento utilizado contra los Reformadores.

Galileo, aún consciente de que no puede hacerlo, intenta demostrar el heliocentrismo con el método deductivo, de mayor a menor, lo que le valió la reprimenda de Kepler y de los aristotélicos tomistas.

He aquí su silogismo:

A.- Si el sistema planetario es heliocéntrico, Venus muestra fases.

B.- Venus muestra fases.

C.- Por consiguiente, el sistema planetario es heliocéntrico.

En mi opinión, se podría rehacer el silogismo así:

A.- Si Venus muestra fases, el sistema planetario es heliocéntrico.

B.- Es así que Venus muestra fases.

C.- Luego el sistema planetario es heliocéntrico.

El problema estriba en la premisa mayor, en la A: "Si Venus muestra fases, el sistema planetario es heliocéntrico", ya que sólo de las fases se infiere que Venus gire en torno al Sol, pero no que necesariamente también lo tenga que hacer la Tierra, como Tycho había sostenido en su teoría, en la que decía que Venus giraba en torno al Sol y que los dos, el Sol y Venus, giraban en torno a la Tierra, lo que no es cierto. Esto no se puede deducir, sino inducir como hipótesis contrastada y verificada, como lo haría Galileo. Es el inicio del que ahora se llama método hipotético deductivo, que "contrasta" un modelo hipotético que, a medida que va superando con éxito cada prueba, adquiere una verosimilitud cada vez más convincente. Hoy, en las ciencias, se usa el término modelo más que el término verdad.

Con este método, sería totalmente lógico el silogismo:

A.- Si Venus muestra fases, gira en torno al Sol.

B.- Es así que Venus muestra fases.

C.- Luego Venus gira en torno al Sol.

El caso Galileo, además del conflicto entre Ciencia y Fe, aviva el litigio entre Investigación y Ciencia, entre los términos investigar, buscar, hallar, descubrir, especular y los términos verificar, comparar, contrastar, comprobar, evaluar, calificar.

En 1613, publica las Cartas sobre las manchas solares, nuevo y poderoso argumento a favor del Sistema copernicano. El padre Niccolò Lorini, ese mismo año, ataca públicamente el sistema copernicano y abiertamente a Galileo.

El padre Castelli, alumno de Galileo, le escribe diciéndole que en la Corte de los Médicis hay dudas, en especial por parte de la madre del gran duque, Cristina de Lorena, sobre las nuevas concepciones astronómicas, que parecen contradecir las Sagradas Escrituras.

Galileo, protegido de los Médicis, es consciente de la importancia que todo esto conlleva para él y para la expansión de sus nuevas teorías científicas. Por eso escribe dos cartas, la primera a Castelli, 21 de diciembre 1613, y la segunda a Cristina de Lorena, 1615. Precisamente la primera será el documento utilizado por sus acusadores en el primer proceso.

La carta de Galileo a Castelli es una obra maestra en exegética. El genio Galileo enseña al Papa, cardenales, exegetas y teólogos, en ese momento, lo que los Papas admitirán siglos después: que la Biblia no siempre se puede interpretar literalmente, y que la Iglesia debe tratar de la salvación de las almas y dejar a los científicos que hagan su trabajo.

En esta carta a Castelli, Galileo, confiado por naturaleza en la fuerza y convicción de los razonamientos exactos y precisos, desarrolla algunas argumentaciones que exceden peligrosamente el terreno científico para entrar en el exegético y teológico. Es un paso decisivo; el científico, que también es un hombre de fe intensa y sincera, cree que puede argumentar a favor de sus esfuerzos científicos y mostrar cómo sus descubrimientos no pueden recusarse basándose en algunos pasajes de las Sagradas Escrituras. Galileo empieza la carta con afirmaciones radicales y de gran impacto:

"[...] Si bien la Escritura no puede equivocarse, pueden equivocarse sus intérpretes y comentaristas de varios modos: entre éstos uno sería muy grave y muy frecuente, cuando quieren detenerse en el puro sentido literal, porque así aparecen no sólo varias contradicciones, sino graves herejías y blasfemias; ya que sería necesario dar a Dios pies, manos y ojos, al igual que afectos corpóreos y humanos, como ira, arrepentimiento, odio y también a veces olvido de las cosas pasadas y la ignorancia de las futuras. Como en las Escrituras se encuentran muchas proposiciones falsas si se toma el desnudo sentido de las palabras, pero sucede así porque se acomodan a la incapacidad del numeroso vulgo y es necesario que, para los pocos que merecen ser separados de la estólida plebe, los sabios expositores produzcan los verdaderos sentidos e indiquen la razones especiales por las cuales esas palabras se han proferido. La Escritura no debe ser tomada al pie de la letra. Al interpretarla es posible equivocarse. Está escrita de esta manera para el vulgo. Pero los sabios pueden y deben ofrecer una interpretación libre de los posibles errores".

Galileo agrega ulteriores argumentaciones. La naturaleza es obra de Dios como las Escrituras, sus leyes son importantes y deben respetarse como las identificadas por la reflexión teológica; pero, sobre todo:

"Yo creía que la autoridad de los Libros Sagrados tenía sólo la intención de persuadir a los hombres de los artículos y proposiciones que, siendo necesario para su salvación y superando cualquier discurso humano, no podían por otras ciencias ni por otros medios hacerse creíbles, sino por boca del Espíritu Santo".

Éste es el punto decisivo de la argumentación galileana: el fin principal, si no único, de la palabra de Dios es la salvación del hombre; las otras verdades se confían a la inteligencia y a la investigación o, en una palabra, a la ciencia, que debe ser secundada y seguida en su camino hacia la verdad.

Las posiciones de Galileo son audaces y revolucionarias y no dejan de crear -después de que Castelli difundiera la carta- una profunda turbación en los espíritus menos abiertos a lo nuevo o influidos por el clima culturalmente opresivo que el Concilio de Trento crea con lentitud. No se da cuenta de que, al abandonar el terreno estrictamente científico para desplazarse a temas teológicos, se expone mucho más fácilmente a los ataques de los detractores de lo nuevo. [91]

 Estamos en Florencia, al final de 1614, el fraile Tommaso Caccini, perteneciente, en lenguaje de Lorini, a los perros blancos y negros del Santo Oficio, los dominicos, predica violentamente contra las concepciones heliocéntricas de Copérnico y Galileo, apoyándose únicamente en los pasajes conocidos de las Escrituras.

Niccolò Lorini, el 7 de febrero de 1615, vuelve a la carga con una carta llena de falso servilismo, nada sorprendente pero magistral, dirigida al cardenal Paolo Emilio Sfrondati, Prefecto de la Congregación del Índice y del Santo Oficio, acompañada por una copia de la citada carta de Galileo al padre Castelli. Este antiguo alumno de Galileo y colega suyo en Pisa es encargado por la duquesa Cristina de Lorena de probar la ortodoxia de la doctrina copernicana, y para ello utilizó la carta de Galileo (Galileo, diálogos y cartas selectas), donde se aclaran puntos para que la duquesa no tenga dudas de fe.

 

 


 

CARTA DEL CARDENAL BELARMINO: En caso de duda, atenerse a la Biblia.

Paolo Antonio Foscarini

Paolo Antonio Foscarini, superior de los carmelitas de Calabria, fue amigo de Galileo y, como él, defensor del copernicanismo. Para defenderse o defender la teoría copernicana, le envía una carta, que desconocemos, al poderoso cardenal Bellarmino, uno de los siete miembros del Santo Oficio. La breve respuesta a Foscarini, muerto un año después de ser redactada, 12 de abril de 1615, nos permite conocer el auténtico pensamiento de Bellarmino sobre el tema del copernicanismo.

Al muy Reverendo Padre Maestro Fra Paolo Antonio Foscarini, Provincial de los Carmelitas de la provincia de Calabria.

Muy Reverendo Padre mío,

He leído con gusto la carta italiana y el escrito latino que Vuestra Paternidad me ha mandado: le agradezco una y otra y confieso que están todas llenas de ingenio y de doctrina. Pero porque Ud. pide mi parecer, lo haré con mucha brevedad, porque Ud. ahora tiene poco tiempo para leer y yo tengo poco tiempo para escribir.

Primero. Digo que me parece que Vuestra Paternidad y el Señor Galileo hagan prudentemente contentándose con hablar ex supositione y no absolutamente, como yo he siempre creído haya hablado Copérnico. Porque el decir, que supuesto, que la tierra se mueva y el sol esté quieto se salven todas las apariencias mejor que con poner las excéntricas y los epiciclos, está muy bien dicho y no tiene peligro ninguno; y esto basta al matemático: pero querer afirmar que realmente el sol esté en el centro del mundo, sólo se revuelva en sí mismo sin correr del oriente al occidente y que la tierra esté en el tercer cielo y gire con suma velocidad en torno al sol, es cosa muy peligrosa no sólo de irritar a todos los filósofos y teólogos escolásticos, sino también de dañar a la Santa fe con volver falsas las Escrituras Santas; porque Vuestra Paternidad ha bien demostrado muchos modos de exponer las Sagradas Escrituras, pero no los ha aplicado en particular, que sin duda habría encontrado grandísima dificultad si hubiese querido exponer todos aquellos lugares que Ud. mismo ha citado.

Segundo. Digo, que, como Ud. sabe, el Concilio prohíbe exponer las Escrituras contra el común consenso de los Santos Padres; y si Vuestra Paternidad quisiere leer no digo sólo los Santos Padres; sino los comentarios modernos sobre el Génesis, sobre los Salmos, sobre el Eclesiastés, sobre Josué, encontrará que todos [excepto Diego de Zúñiga, matizamos nosotros] convienen en exponer ad litteram que el sol está en el cielo y gira en torno a la tierra con suma velocidad y que la tierra está lejanísima del cielo y está en el centro del mundo, inmóvil. Considere ahora Ud., con su prudencia, si la Iglesia puede soportar que se dé a las Escrituras un sentido contrario a los Santos Padres y a todos los expositores griegos y latinos. Ni se puede responder que esta no sea materia de fe, porque si no es materia de fe ex parte obiecti [es decir, aunque no sea materia de fe por lo que se refiere al asunto tratado], es materia de fe ex parte dicentis [es decir, es materia de fe en cuanto concierne a quien lo dice]; y así sería herético quien dijese que Abraham no había tenido dos hijos y Jacob doce, como quien dijese que Cristo no nació de virgen, porque lo uno y lo otro lo dice el Espíritu Santo por boca de Profetas y Apóstoles.

Tercero. Digo que cuando hubiese verdadera demostración que el sol esté en el centro del mundo y la tierra en el tercer cielo, que el sol no circunda la tierra, sino la tierra circunda el sol, entonces sería necesario andar con mucha consideración en explicar las Escrituras que parecen contrarias y más bien decir que no las entendemos, que decir que sea falso aquello que se demuestre. Pero yo no creeré que exista tal demostración, hasta que no me sea mostrada: ni es lo mismo demostrar que supuesto que el sol esté en el centro y la tierra en el cielo; porque la primera demostración creo que pueda existir, pero de la segunda tengo grandísima duda y en caso de duda no se debe dejar la Escritura Santa, expuesta por los Santos Padres. Añado que aquél que escribió: Oritur sol et occidit, et ad locum suum revertitur etc. [Ecltés 1, 5] fue Salomón, el cual no sólo habló inspirado por Dios, sino fue hombre sobre todos los otros sapientísimo y doctísimo en las ciencias humanas y en el conocimiento de las cosas creadas, toda esta sabiduría la tuvo Dios; de donde no es verosímil que afirmase una cosa que fuera contraria a la verdad demostrada o que se pudiese demostrar. Y si me dijere que Salomón habla, según la apariencia, pareciendo a nosotros que el sol gire, mientras la tierra gira, como a quien se aleja del litoral le parece que el litoral se aleja de la nave, responderé que quien se aleja del litoral, si bien le parece que el litoral se aleja de él, no obstante conoce que esto es error y lo corrige, viendo claramente que la nave se mueve y no el litoral; pero en cuanto al sol y a la tierra, ningún sabio hay que tenga necesidad de corregir el error, porque claramente experimenta que la tierra está parada y que el ojo no se engaña cuando juzga que el sol se mueve, como tampoco se engaña cuando juzga que la luna y las estrellas se mueven. Y esto baste por ahora.

Con que saludo cordialmente a Vuestra Paternidad y le ruego de Dios todo contento.

Di casa, 12 abril 1615.

De Vuestra Paternidad muy Reverendísima.

Como hermano.

El Cardenal Belarmino.

Párrafo importante, del punto tercero: "tengo grandísima duda y en caso de duda no se debe dejar la Escritura Santa, expuesta por los Santos Padres". Se basa en frases rectoras del pensamiento de la época. Así: In dubio, standum est pro traditione. En caso de duda, se debe estar a favor de la tradición, aunque no de un modo exclusivo, sí de modo preferente. Otro principio clásico: In dubio, melior est conditio possidentis. En caso de duda, la mejor solución es la habitual.

Puede ser importante recordar aquí una tesis de Bellarmino: En la interpretación de las Escrituras, el hecho de las opciones divergentes reclama un juez de las controversias. Este juez [en la iglesia católica] es el Papa, convenientemente asistido, como sucesor de Pedro. [Problema: ¿se trataba, en este caso, de una interpretación de las Escrituras o más bien de una opinión más o menos argumentada que sólo indirectamente afectaba a una de las interpretaciones de la Escritura, la literal, ciertamente no la más importante, ni tal vez la más interesante, ni quizás la más sugerente,.., pero sí la que, en derecho, debe ser la primera en ser considerada en status quaestionis, sin perjuicio de las demás? San agustín había llamado "Regula Fidei" a la interpretación literal, aunque él muchas veces no la contempló como la más importante, ni como la más interesante, aunque sí siempre como la primera en ser atendida y estudiada en sus consideraciones exegéticas.]

"También pertenecen a estos años finales del siglo XVII varios manuscritos del valenciano Corachán de tema matemático, físico o astronómico, recientemente estudiado por Víctor Navarro. En todos ellos, como en los que redactó más tarde, su limitación fundamental frente a las ideas modernas es naturalmente la relativa a los sistemas astronómicos. Públicamente defendía a Tycho Brahe, pero desconocemos si era otro "copernicano en secreto", aunque al hablar de la doctrina de Copérnico utiliza la misma rebuscada distinción que hemos visto en el jesuita Zaragoza, e incluso se apoya en la autoridad de éste:"... [92]

 

 


CARTA DE LORINI. Enjuiciamiento de los escritos de Galileo por este mínimo y devotísimo dominico.

El escrito de Lorini, dirigido al Cardenal Paolo Emilio Sfrondati, es una verdadera obra maestra en su género y, como tal vez ningún otro documento del proceso, nos hace entrar en el clima creado en Italia por la Inquisición:

Ilustrísimo y reverendísimo Señor:

Debido a que, además del deber común de todo buen cristiano, infinita es la obligación que tienen todos los hermanos de santo Domingo, como que el Santo Padre instituyó los perros blancos y negros del Santo Oficio y en especial todos los teólogos y predicadores, por eso yo, el mínimo de todos y devotísimo siervo y particular de V.S. ilustrísima, habiendo llegado a mis manos un escrito, que está en manos de todos, hecho por los que llaman galileístas y que afirman que la Tierra se mueve y el cielo está detenido, siguiendo las posiciones de Copérnico, donde, a juicio de todos nuestros Padres de este religiosísimo convento de S.Marco, hay muchas proposiciones que nos parecen sospechosas o temerarias, como decir que algunos modos de hablar de la Santa Escritura son inconvenientes y que en las disputas de los efectos naturales la misma Escritura ocupe el último lugar y que sus comentaristas a menudo se equivocan al exponerla y que de la misma Escritura no se deba considerar otra cosa que los artículos concernientes a la fe y que en las cosas naturales tenga más fuerza el argumento filosófico o astronómico que el sagrado y divino, cuyas proposiciones verá V.S. ilustrísima señaladas por mí en dicho escrito, del que le envío la verdadera copia; y finalmente que cuando Josué ordenó al Sol que se detuviese no debe entenderse que la orden fuese dada a otro que al primer móvil y no al mismo Sol; yo por lo tanto, al ver que este escrito no sólo corre por las manos de todos, sin que ningún superior lo detenga, que quieren exponer las Santas Escrituras a su manera y contra la común opinión (f.7v), en todo contraria a las Sagradas Escrituras, siendo que se habla poco honorablemente de los Santos Padres antiguos y de santo Tomás y que se pisotea toda la filosofía de Aristóteles (de la que tanto se sirve la teología escolástica) y en suma que para hacerse el ingenioso se dicen mil impertinencias y se siembran por toda nuestra ciudad, mantenida tan católica tanto por la buena naturaleza de ella como por la vigilancia de nuestros Serenísimos Príncipes; por eso he resuelto enviarla yo, como decía, a V.S. ilustrísima, para que llena de santísimo celo y que por el grado que tiene le corresponde, con sus ilustrísimos colegas, mantener los ojos abiertos en semejantes materias, pueda, si le pareciera que hay necesidad de corrección, poner los reparos que juzgue más necesarios, para que "parvus error in principio non sit magnus in fine" (un error pequeño en el principio no sea grande al final). Y si bien habría podido mandaros copia de ciertas anotaciones hechas sobre dicho escrito en este convento, por modestia me he abstenido ya que escribía a vos, que sabéis tanto y escribía a Roma, donde, como dice san Bernardo: " Sancta fides linceos oculos habet" (la santa fe tiene ojos de lince). Pero quiero decir que considero a esos galileístas hombres de bien y hombres cristianos, pero un poco rígidos y presuntuosos en sus opiniones; como vuelvo a decir que en este servicio no me mueve sino el celo, suplico a V.S. ilustrísima que esta carta mía (y no el escrito [de Galileo]) la mantengáis, como estoy seguro que lo haréis, secreta y no se considere como declaración judicial, sino sólo afectuoso aviso entre yo y vos, como entre servidor y patrón eminente; y haciéndoos saber además, que la ocasión de esta escritura fueron dos o tres lecciones públicas, dadas en nuestra iglesia de S. Maria Novella por un padre maestro Fray Tommaso Caccini, que expuso el libro de Josué y el capítulo X de dicho libro. Así termino, pidiéndoos vuestra sagrada bendición y besándoos la túnica y pidiéndoos alguna partícula de [vuestras santas oraciones].

A pesar de su estilo untuoso y servil, por otra parte comprensible si se piensa a qué autoridad se está dirigiendo la carta, muestra cómo Lorini posee una gran lucidez al captar la real naturaleza del problema y al planificar una estrategia acusatoria eficaz: antes que nada nunca habla de Galileo, sino siempre de los "galileístas", lo cual puede leerse de dos maneras: primero puede ser el signo de algún temor por parte del denunciante a manifestarse directamente contra Galileo, científico famoso protegido por el gran duque de Toscana y muy estimado por numerosos cardenales hasta de la Curia Romana; pero, por el otro, hablar genéricamente de un grupo de "galileístas" puede ser visto como un movimiento muy agresivo contra el mismo Galileo, que corre el riesgo de aparecer como el jefe de una secta de alguna manera hereje. Y la secta ya lo hemos comprendido, es un enemigo al que hay que enfrentar.

Lorini no quiere presentar su carta como una denuncia ("no se considere como declaración judicial"), pero es bien sabido que aún una simple carta anónima podía hacer que se iniciara un proceso inquisitorial. Y finalmente solicita, aunque de forma velada, la acción del tribunal. El punto de más tosca duplicidad lo alcanza Lorini cuando subraya que los galileístas que está denunciado son buenos cristianos, "pero un poco rígidos y presuntuosos en sus opiniones", donde el uso de "un poco" evoca la imagen de un padre severo y preocupado por reprender a unos niños indisciplinados, pero no verdaderamente malos en el fondo. No se pide la verificación, sino que se da como cierta la culpa; en ningún punto, finalmente, se entra en el tema del problema científico en juego. La aparente condescendencia hacia las personas a que se está acusando, el subrayar que no se decidió a actuar por motivos personales, sino sólo por un sano y correcto escrúpulo de cristiano, no son elementos casuales, sino precisas cautelas ya que el motivo que con mayor facilidad podía invalidar un procedimiento acusatorio de la Inquisición era la probada hostilidad de un testigo hacia el acusado.

Pero el hecho es que las acusaciones planteadas desde el punto de vista teológico están expresadas con singular eficacia y claridad, y dan en el blanco. Están en juego antes que nada las afirmaciones de Galileo referidas a criterios exegéticos, que deben guiar a los intérpretes de las Sagradas Escrituras, en especial cuando se trata de confrontar las afirmaciones del texto sagrado con los datos que surgen de la investigación científica. La doctrina copernicana pasa, en la carta de Lorini, a segundo plano. Éste es el punto decisivo.

En Roma, el Tribunal de la Inquisición debe realizar una difícil elección, pero será grávida en consecuencias. El 25 de febrero de 1615 la congregación del Santo Oficio decide abrir el caso y por lo tanto dar curso al procedimiento habitual, favorecido en este caso por el hecho de que la carta-denuncia de Lorini no deja de citar por lo menos un testimonio más que creíble, el del padre Caccini.

Galileo, al tener noticia de la apertura del procedimiento, intuye el verdadero riesgo que debe conjurar con todas sus fuerzas, o sea, que la Iglesia llegue a una condena explícita de la nueva concepción científica, paralizando en el nacimiento sus enormes potencialidades de desarrollo. El primer gran esfuerzo del científico en esta dirección es la Carta a Madame Cristina de Lorena, de 1615, en la que aclara con gran eficacia la relación que debe existir entre lo verdadero teológico y lo verdadero científico, o sea, en otras palabras, entre fe y razón.

Mientras tanto, la congregación del Santo Oficio ha visto la carta de Lorini y decide abrir las indagaciones, ordenando que se encuentre el original de la carta a Castelli. Poco menos de un mes después, el 19 de marzo, el Papa Pablo V, que preside habitualmente las reuniones de la congregación, ordena que sea escuchado como testigo el padre Caccini, que es convocado al día siguiente y realiza una larga declaración:

[...] Digo pues, que leyendo yo en el cuarto domingo de adviento de este año pasado en la iglesia de Santa Maria Novella de Florencia, donde este año he estado destinado por la obediencia como lector de la Sagrada Escritura, seguí la por mí comenzada historia de Josué; y justamente ese mismo domingo me tocó leer el pasaje del X capítulo de ese libro, donde el sagrado escritor refiere el gran milagro que, ante las plegarias de Josué, hizo Dios al detener el Sol, o sea: Sol, nec movearis contra Ghanbaon, etc. (Sol, no te muevas contra Ghanbaon). Tomé por lo tanto en ese momento la ocasión, [...] de reprobar, con la modestia que conviene al oficio que cumplía, una cierta opinión de Nicolás Copérnico y en estos tiempos de gran fama pública en la ciudad de Florencia, sostenida y enseñada, por lo que dicen, por el señor Galileo Galilei, matemático, o sea, que el Sol al ser, según él, centro del mundo, en consecuencia carece de movimiento local progresivo, o sea, de un término a otro; [...] después de ese discurso advertí que no era lícito a nadie interpretar las divinas Escrituras contra el sentido en el cual todos los Santos Padres concuerdan porque esto estaba prohibido por el Concilio Lateranense con León X y por el Concilio Tridentino.

Caccini confirma, pues, todo lo dicho por Lorini, subrayando el contraste entre la tesis copernicana y las afirmaciones bíblicas. Subraya luego que, temiendo la reacción de los galileanos, había ido a ver al inquisidor de Florencia, "avisándole que convenía poner freno a ciertos petulantes ingenios, discípulos del susodicho Galileo". Además agrega una ulterior serie de acusaciones extremadamente violentas dirigidas a Galileo, de gran relevancia teológica y probablemente infundadas. Son afirmaciones con seguridad más graves que las referidas a las sutiles afirmaciones exegéticas galileanas.

La máquina inquisitorial se vuelve a poner en marcha. Se escuchan los testimonios citados en la carta-denuncia de Lorini, a Ximenes y a Attavanti. Sus declaraciones, realizadas en Florencia el 13 y 14 de noviembre de 1615, no empeoran la situación de Galileo y hasta en diferentes puntos redimensionan las afirmaciones de Caccini. Attavanti, entre otras cosas, al ser interrogado sobre cómo juzgaba a Galileo en cuanto a la fe, responde sin vacilaciones: "Lo tengo por un buenísimo católico". [93]

Galileo es consciente de su gran prestigio a nivel internacional, de que la teoría heliocéntrica es revolucionaria y que su impacto científico y religioso es demoledor, una auténtica bomba. Le tranquiliza el apoyo que recibe de la alta jerarquía eclesiástica, pero teme que los rencores y zancadillas, que empiezan a ponerle en su camino, dificulten la difusión de sus teorías demostradas y evidentes.

Galileo se mantiene optimista de poder convencer a la Inquisición, siendo el cardenal Roberto Belarmino la pieza clave sobre la evidencia de sus postulados. Galileo, como Servet -los genios suelen pecar de ingenuos- infravalora el dogmatismo de la Iglesia que, en el Concilio de Trento, para atacar la Reforma, crea proposiciones dogmáticas con amenazas de anatemas o excomuniones sobre todo lo divino y lo humano. Imbuido de grandes dosis de esa ingenuidad, Galileo se dirige a Roma con la intención de aclarar lo oscuro del asunto y dirigir por buen camino el resultado de sus descubrimientos.

Empieza a comprobar que los exegetas dogmáticos no se abren con naturalidad al diálogo científico ni a la modernidad, y, ya en febrero de 1616, encontramos una censura formal de algunas proposiciones galileanas. Propositio censuranda (proposición que debe ser censurada):

Que el Sol sea el centro del mundo y, en consecuencia, inmóvil de movimiento local.

Que la Tierra no es el centro del mundo, ni inmóvil, sino que se mueve toda según el movimiento diurno.

Estas proposiciones son transmitidas a los once teólogos de la comisión para que aporten a los jueces del tribunal de la Inquisición sus argumentos tanto científicos como teológicos para así llegar a una conclusión de la causa. El 24 de Febrero de 1616, la comisión emite su juicio:

La proposición de que "el sol está en el centro del mundo y por consiguiente es inmóvil de movimiento local" es necia y absurda en filosofía y formalmente herética, en cuanto contradice expresamente las sentencias de la Escritura Sagrada en muchos lugares, tanto en su sentido literal, como según la común exposición y significado, dado por los Santos Padres y los doctos teólogos.

La proposición de que "la Tierra no es el centro del mundo ni inmóvil, sino que se mueve según sí misma toda (sed secundum se totam movetur), también en movimiento diurno", merece la misma censura en filosofía; y desde el punto de vista de la verdad teológica, al menos es errónea en la fe.

El cargo de "proposición necia y absurda en filosofía" (al dar engañosamente como cierta una cuestión dudosa), como es un juicio filosófico, no entraba propiamente en la jurisdicción inquisitorial, seguramente por ello el juez Belarmino no lo tiene en cuenta. El cargo de "formalmente herética" es teológico y sí entraba dentro de las competencias del tribunal, aunque Belarmino no haga referencia a él.

Problema: Formalmente herético. En sentido aristotélico, agravio formal es más grave que material y equivaldría a decir que la proposición era gravemente o profundamente herética. Pero en sentido jurídico (que a nuestro parecer es el que principalmente usaban los acusadores), la significación de formal se puede ver en un ejemplo: si yo digo con retintín, con sarcasmo: "Ud. es muy inteligente" estoy haciendo un agravio formal, no material (materialmente es un halago llamar inteligente a alguien). La acusación censuraba a Galileo que sus agravios: ironías, sátiras, etc..., eran formalmente heréticos, aunque materialmente pudieran quizá no serlo. Galileo era un hábil y cáustico dialéctico y eso irritaba.

El día 26-2-1616, llega la amonestación de Belarmino a Galileo. Éste la acepta y se compromete a obedecer: en adelante puede muy bien seguir hablando del heliocentrismo, pero como mera hipótesis a la espera de confirmaciones. No puede atacar ni insultar al sistema de Tyco Brahe. Ya que insultar equivale a establecer la proposición como tesis, no como hipótesis, aunque retóricamente se le siga llamando así, o aunque "materialmente" parezca que sí se hace. El 26-5-1616, Belarmino emite un atestado privado a favor de la reputación de Galileo para contrarrestar imputaciones calumniosas contra éste.

Diecisiete años después, en 1633, ante la comprobación, por tres peritajes independientes, del incumplimiento rebelde de su compromiso oral de 1616, se le incoa un expediente disciplinar y se le sanciona con varias penas como "vehemente sospechoso de herejía" (vehementer suspectus). De los tres casos previstos por el procedimiento inquisitorial era el caso intermedio, entre leviter suspectus y violenter suspectus. [94]

 

El objetivo de la investigación inquisitorial, más que Galileo, demasiado famoso y protegido en ese momento, son sus tesis científicas y la necesidad de dejar patente el derecho absoluto de la Iglesia a intervenir en asuntos científicos, alumbrándolos con sus ya consabidas doctrinas. Lo que no pudieron entender ni prever los Papas Pablo V, Urbano VIII, el famoso cardenal Roberto Belarmino y mucho menos el Tribunal de la Inquisición, era el alcance de este juego: apostar todo su prestigio teológico, doctrinal y científico a una sola carta. Perdieron la partida y, con ella, todo el saber de que presumían, pero que no tenían. La Biblia no era un libro de ciencia, los dogmas no son científicos, la fe y la razón se oponen violentamente. La fuerza de la Iglesia se apoya en el poder y en el terror avasallador a través del Tribunal del Santo Oficio. El punto de apoyo de la religiosidad no es racional, a pesar de la insistencia de los dominicos en pretender probar que la fe es un obsequio racional. El conflicto se declara abiertamente entre Iglesia y Ciencia. Más tarde el conflicto será con la modernidad, al encontrarse la Iglesia con su peor enemigo: la Ilustración.

 


SEVERA AMONESTACIÓN DE BELARMINO A GALILEO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Cardenal Belarmino

 

 

El Papa Pablo V ordena a Belarmino que llame ante él a Galileo y lo conmine a abandonar dichas opiniones; y si se niega a obedecer, el Padre Comisario, ante un notario y dos testigos, lo intimará con la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras a enseñar o defender esta doctrina y opinión, o a tratar sobre ésta; si no lo aceptara será encarcelado.

El 26 de Febrero de 1616, en la residencia privada del cardenal Belarmino, en presencia de cinco eclesiásticos como testigos, el autorizado teólogo cumple la orden Papal y lanza una severa admonición a Galileo intimándolo "a abandonar totalmente dicha opinión de que el Sol sea el centro del mundo e inmóvil y la Tierra se mueva y que luego de ningún modo la sostenga, la enseñe o la defienda, tanto verbalmente como por escrito; en caso contrario el Santo Oficio procederá en contra de él". Galileo se somete a este precepto y promete obedecer.

Además de la admonición infligida a Galileo, se emite un "decretum" de condena por parte del Santo Oficio, en el que se atacan a Copérnico y su De revolutionibus orbium coelestium, a Astunica y su estudio sobre el libro de Job y al carmelita Antonio Foscarini, autor de un texto filo copernicano. Todas estas obras son prohibidas y colocadas en el Índice.

Por cierto, permanecen muchas dudas sobre un proceso rico en anomalías: antes que nada, fue especialmente rápido con respecto a la media de los procedimientos realizados por los tribunales inquisitoriales; en segundo lugar, "¿cómo aclarar, jurídicamente, el hecho de que se inicie la introducción contra Galileo y se concluya con la inclusión en el Índice de las obras de Copérnico, Astunica y Foscarini y no de las de Galileo?" Son anomalías importantes que demuestran cómo la Iglesia, al menos en ese momento, no estaba tan interesada en condenar a Galileo como en condenar la nueva idea de método científico, la nueva idea de verdad copernicana. Se trata, de hecho, de un proceso ideológico, donde los principios del Concilio de Trento chocan con la naciente ciencia moderna y donde el problema fundamental en juego no es tanto la bondad científica de una nueva teoría, como la certidumbre de que la Iglesia mantenga una primacía indiscutible en la interpretación de la Escritura.

Galileo salió sustancialmente indemne del proceso. Aunque amonestado, ninguna de sus obras fue condenada y su nombre no apareció en el decreto que establece qué autores y obras deben incluirse en el Índice. Más grave es, en todo caso, la derrota que sufre su proyecto cultural; la confianza en la posibilidad de convencer a la Iglesia de abrazar la nueva visión científica sale inexorablemente afectada de la conclusión de la historia. Como permanece en Roma, una semana después de la publicación del decreto del Índice, Galileo es recibido por el pontífice Pablo V y pasea con él durante casi una hora. El mismo Galileo relata aquel encuentro:

"Me dijo que viviese con el espíritu tranquilo, porque continuaba en tal concepto ante Su Santidad y toda la congregación que no se daría ni la más mínima escucha a los calumniadores y que (mientras él viviera) yo podía estar seguro; y antes de que me fuese muchas veces me repitió que estaba muy bien dispuesto a mostrarme (en todas las ocasiones) su buena inclinación a favorecerme".

Palabras curiosamente tranquilizadoras, que en realidad forman parte de una estrategia bien conocida por los mismos inquisidores: alternativamente amenazar y tranquilizar, mostrarse protectores con quien está en su poder.

Pero mientras tanto le llegan a Galileo rumores que hablan de su presunta abjuración, que hacen circular los no pocos enemigos que tiene, en especial entre jesuitas y dominicos, o esos grupos de personas que serán muy felices con su total humillación. El científico se dirige entonces al cardenal Belarmino, para conseguir un desmentido oficial de esos rumores y el cardenal se lo concede con prontitud a la vez que tranquiliza a Galileo con un escrito en el que subraya que no ha abjurado ni recibido penitencias de ningún tipo, "sino que sólo le fue notificada la declaración [...] en la que se dice que la doctrina atribuida a Copérnico es contraria a las Sagradas Escrituras y por lo tanto no se puede sostener ni defender". [96]

"Nos, Roberto cardenal Belarmino, habiendo oído que se propala la calumnia de que el señor Galileo ha abjurado en nuestra presencia y que se le ha impuesto una sentencia saludable y ha sido castigado... declaramos que el señor Galileo no ha abjurado de ninguna opinión o doctrina por él sostenida; ni se le ha impuesto tampoco ninguna penitencia saludable; sino que tan sólo se le ha notificado la declaración hecha por el Santo Padre y promulgada por la Sagrada Congregación del Índice, en la que se da a conocer que la doctrina atribuida a Copérnico... es contraria a las Sagradas Escrituras y, por consiguiente, no se la puede sostener o defender".

En estas condiciones se impuso silencio a Galileo por el momento. Durante siete años se quedó en Florencia y se sujetó al consejo del cardenal Belarmino. Siguió tan intrigante y vivaz como siempre, pero reservó su minuciosidad agresiva para otras materias, por ejemplo, los cometas. En su libro sobre los cometas, iI Saggiatore (El Ensayador), 1618, evitó tratar del sistema copernicano, pero incluyó tal cantidad de observaciones acerca de la naturaleza de la ciencia que a veces se ha llamado a este libro su manifiesto científico.

La admonición de Belarmino a Galileo es ambigua, pero sabe que le están haciendo daño, mucho daño. Lo han humillado como científico y como ser humano. Le prohíben investigar y enseñar lo investigado y descubierto. Es la mordaza que la Iglesia pone a los intelectuales vanguardistas o disidentes. Sabe Galileo que la Iglesia tiene un inmenso poder espiritual, político, económico y educativo ya que gestiona gran parte de los aparatos educativos de la época y que con su oposición a la nueva visión del mundo, ésta va a hacerse muy cuesta arriba y a demorarse muchos lustros en ser aceptada.

En 1623, sube al solio pontificio, con el nombre de Urbano VIII, el cardenal amigo de Galileo, Maffeo Barberini, quien siempre se había mostrado favorable a las nuevas ideas y al que el mismo Galileo había dedicado una oda en latín, Adulatio perniciosa (La adulación perniciosa), 1620. En este momento publica Galileo el ya citado il Saggiatore, verdadera Summa recopilatoria del nuevo método científico. El libro, que dedicó al nuevo Papa y al que agradó mucho, tuvo gran éxito debido a sus cualidades literarias y polémicas. Polemizando con un estudioso jesuita, Horazio Grassi, que lo había atacado mezclando consideraciones científicas con perversas insinuaciones religiosas, Galileo establece el principio de que lo verdadero sólo puede surgir de la fusión de "sensatas experiencias y ciertas demostraciones". E insiste en separar la razón de la fe, en rechazar de la investigación científica toda autoridad que no sea de la misma naturaleza. Galileo se convierte en el representante, de alguna manera, de los círculos intelectuales romanos, en rebelión contra el conformismo intelectual y científico impuesto por los jesuitas, orden fundada por Ignacio de Loyola con el nombre de la Compañía de Jesús en1534, de ahí el nombre de jesuitas, que ya eran célebres en los tiempos de Galileo y al que tenazmente se opusieron en Roma.

Será también Urbano VIII el que lo anime a escribir su próximo Diálogo sobre los dos sistemas del mundo (I dialoghi sopra e due massimi sistemi dei mondo tolemaico e copernicano), que recibió la aprobación, el imprimatur eclesiástico. Antes de su publicación, pasaron dos años de incertidumbres y reflexiones por parte de la autoridad eclesiástica, pues tras la defensa imparcial de las dos hipótesis astronómicas parece ocultarse una aplastante defensa de la tesis copernicana, cosa natural. El 21 de Febrero de 1632, Galileo, protegido también por el gran duque de Toscana, Fernando II de Médicis, publica en Florencia su Diálogo, en el que se burla implícitamente del geocentrismo de Ptolomeo y es abiertamente pro copernicano. Por eso fue una gran obra revolucionaria y un gran escándalo.El Papa, en persona, autorizó el libro, pero con la condición de que la tesis copernicana apareciera sólo como una hipótesis.

El Diálogo se desarrolla en Venecia durante cuatro jornadas entre tres interlocutores: Filipo Salviati, florentino seguidor de Copérnico, Giovan Francesco Sagredo, un veneciano ilustrado que no toma partido por ninguna de las dos hipótesis y Simplicio, un mediocre defensor de la física aristotélica, en cuyo personaje muy bien podría estar reflejado el Papa Urbano VIII, cosa que obviamente Galileo no admite y responde que se trata de Simplicius de Cilicie.

En julio de ese mismo año, Roma envía indicaciones al inquisidor de Florencia para que se impida la distribución del libro ya que hay que hacerle algunas modificaciones. El mismo Papa se alinea con la opinión de los adversarios de Galileo ya que la condición que el Papa le había impuesto era una exposición objetiva de las dos hipótesis. Pero la exposición objetiva era la defendida por Copérnico y por Galileo mismo, eso era lo que los aristotélicos y exegetas creían ver. Era un callejón sin salida. El Papa, ahora es él quien peca de ingenuo, anima a Galileo a realizar la comparación. Ingenuo, porque el final ya se podía imaginar de antemano, y pensar que era una trampa es inadmisible, dada la amistad y admiración que el Papa sentía por Galileo.

La autoridad del Papado estaba pasando por una situación crítica: el triunfo de la Reforma, las guerras inacabables de religión, Francia y España, los dos países defensores del catolicismo, estaban en intensa pugna y el Papa no puede ayudar a solucionar el conflicto. A parte de todo esto no se puede olvidar la presión de la Inquisición y en especial del cardenal Borgia, futuro Papa Alejandro VI, conscientes de las especiales atenciones del Papa hacia Galileo. Además el Papa se ve reflejado en el personaje de Simplicio, defensor del aristotelismo, a pesar de la negación de Galileo. Y piensan que atacar a Galileo, figura considerada también ilustre en el campo protestante, era reafirmar la hegemonía de la Iglesia como defensora de las Escrituras e intransigente a toda costa contra la herejía. El Papa en persona coordina la fase de la instrucción del proceso, que puede considerarse ya iniciado formalmente.

Galileo es convocado de nuevo por el Santo Oficio, el 1 de octubre de 1632. Pero está enfermo, y así lo hace constar este certificado médico:

Nosotros, los médicos abajo firmantes—dice el certificado enviado por el científico en diciembre de 1632—damos fe de haber visitado al señor Galileo Galilei y de haberlo encontrado con el pulso intermitente cada tres o cuatro latidos: por lo cual se conjetura que la facultad vital puede estar bastante impedida y debilitada en esta edad declinante. Dice que padece vértigos frecuentes, melancolía hipocondríaca, debilidad de estómago, insomnio, dolores imprecisos por el cuerpo, como lo certificamos. También hemos reconocido una hernia carnal grave con relajación del peritoneo: afecciones todas de consideración y que por cualquier pequeña causa exterior podrían aportarle peligro evidente de vida.

A pesar de los certificados médicos, la respuesta del Santo Oficio es durísima y no deja espacio alguno de maniobra: o Galileo va enseguida a Roma, o después de una visita de control, si no estuviera efectivamente en peligro su vida, será conducido por la fuerza, carceratus et ligatus ac cum ferris (encarcelado y atado con cadenas). El tono del enfrentamiento está creciendo dramáticamente: el científico, que hasta pocos años antes era recibido en la corte Papal y podía dialogar con las más altas autoridades eclesiásticas, es amenazado como un bandido cualquiera. [97]

Consciente del cambio de situación, Galileo se dirige a Roma por caminos fangosos y peligrosos. Llega el 13 de febrero de 1633 y se hospeda en la casa del embajador del gran duque Niccolini. Tras dos meses de angustiosa y enervante espera, que aumentan el estado de postración del científico pisano, empieza a sentirse cada vez más solo y abandonado frente al poderío aplastante del tribunal de la Santa Inquisición. Si el proceso de 1616 fue fundamentalmente ideológico, éste pretende reafirmar la intangibilidad de la figura del pontífice y dar fuertes señales de que Roma todavía es capaz de defender la ortodoxia de la fe, sin dejarse llevar por miramientos de fama o de amistad. Galileo es la víctima propiciatoria.

En el juicio de 1633 apareció un memorandum del cual ni Galileo ni el Papa tenían idea de que existiera. Este documento, archivado en el Santo Oficio, daba cuenta de una promesa de obediencia que impedía a Galileo "...sostener, enseñar o defender en forma alguna, ni verbal ni por escrito" las dos proposiciones censuradas en 1616. Galileo habría aceptado esto en la reunión privada que sostuvo con Belarmino el 26 de de febrero de 1616. Sin embargo, Belarmino ya no puede testificar sobre la precisión del memorandum o lo ocurrido en aquella reunión. Ya había muerto.

La mañana del 12 de abril, Galileo acude al palacio del Santo Oficio, donde permanece detenido, en un aislamiento casi absoluto, mientras duran los interrogatorios. El Comisario General padre Maculano lo interpela largamente. Le pregunta a Galileo si sabe el motivo por el cual ha sido convocado. Galileo le responde que cree que ha sido por su libro, Dialogo dei massimi sistemi. Maculano le presenta el supuesto memorandum de Belarmino, pero sin firmas, en virtud del cual, Galileo se comprometía a no defender la hipótesis de Copérnico. Galileo le contesta:

Desde el mes de febrero de 1616, el señor cardenal Belarmino me dijo que por ser la opinión de Copérnico, tomada en sentido absoluto, contraria a las Escrituras Sagradas, no se podía sostener, ni defender, pero que ex suppositione [o sea como hipótesis] podía tomarse y servirse de ella. [98]

El padre Maculano le pregunta si no se le había advertido que no podía "sostener de ningún modo (quovis modo), defender o enseñar" la teoría copernicana; este era el pasaje clave del proceso. Galileo había consentido plenamente en abandonar la opinión copernicana, de lo que se infiere que es muy probable que no haya sido conminado por Belarmino, como lo intenta afirmar el documento aparecido y que lo podría acusar de desobediencia al tribunal.

La publicación del Diálogo provocó una fuerte reacción en contra, que motivó la formación de una Comisión Especial nombrada por el Papa. Es esta reacción la que descubre el memorandum y hace que el punto central del juicio sea la desobediencia de Galileo. Ya no está en discusión, como en 1616, la verdad de las Escrituras, ni se debate si la Iglesia puede o no equivocarse en cuestiones de fe y sobre la salvación del alma, pero sí podría errar en juicios prácticos o en especulaciones filosóficas. Con el decreto, esta posibilidad quedaba cancelada y la Iglesia, desde Roma, decretaba así un principio de autoridad específico sobre la nueva astronomía. Esta es la opinión de Zuraya Monroy Nasr.

Veamos otra versión de los hechos. Galileo fue llamado por Maculano, comisario general del Santo Oficio (Belarmino ya había muerto y Seghizzi también). Los inquisidores mostraron a Galileo un ejemplar de su Diálogo. Lo ojeó y se reconoció como único autor. Le mostraron también un extraño documento, sin firmas, fechado en 1616, que le prohibía por completo dedicarse a la enseñanza del heliocentrismo como maestro. Galileo negó que aquel papel carente de firmas reflejara con fidelidad la entrevista que sostuvo en 1616 con Belarmino. Él recordaba que entonces se le permitió seguir tratando del tema, aunque sólo hipotéticamente, o sea, sin insultar a los defensores de otras posturas contrarias aún probables (recuerde que el compromiso de 1616 fue sólo oral, sin que mediaran papeles ni firmas). Los inquisidores le amenazaron con torturas si continuaba negando los términos de aquel extraño escrito. Se han planteado hipótesis diversas sobre el problema de este documento sin firmas y quizá la más probable es la conjetura de Stilman Drake, el cual lo interpreta como un borrador de acta que esperaba ser revisado, ratificado o modificado, y firmado en una segunda sesión de vista, sesión que nunca tuvo lugar al avenirse Galileo a un acuerdo de una forma tan rápida ya en la primera y, procesalmente hablando, única entrevista de 1616.

De todo esto, a nuestro parecer surgen, al menos, dos graves antijurídicos vicios procesales: en primer lugar, aunque no llegaron a torturarlo, no debían haberle amenazado, pues nadie mayor de 60 años debía ser torturado ni amenazado con tortura según el derecho inquisitorial entonces vigente y, en segundo lugar, los inquisidores de 1633 y la comisión de cardenales, que ordenó los decretos del 16 y 22 de junio de 1633, prefirieron un antiguo documento sin firmas al testimonio del único protagonista testigo aún vivo, aunque fuera una de las partes. He aquí una sentencias clásica: Contra scriptum testimonium, non scriptum testimonium non fertur (contra el testimonio escritono tiene eficacia el testimonio no escrito)Codex Iustinianus 4, 20,1. Se sobreentiende que el testimonio o prueba testifical está firmado. Pero el documento no estaba firmado, por tanto el testimonio o prueba testifical de Galileo, no obstante ser parte interesada, era más valido que un documento sin firmas. Otra sentencia: Fraus numquam praesumitur (el dolo nunca se presume). Y por último: Omnis praesumitur bonus nisi probetur malus: (Todo se presume bueno si no se prueba que es malo).

Finalmente, Galileo confesó haber desobedecido, tanto si la orden se formulaba en los términos del documento sin firmas como si se formulara según la versión de su memoria, de la que no tenemos derecho a dudar. Tras esto se le condenó a abjurar, públicamente y de rodillas, de su error heliocéntrico, al que se calificaba casi del mismo modo que la acusación del año 1616: no de ser "formalmente herético", pero sí de ser "vehemente sospechoso de herejía", era una fórmula combinación de lo que indicaban dos de los tres peritos aludidos. Por si fuera poco, Galileo, un anciano para la época, fue condenado a arresto domiciliario, cárcel atenuada, que cumplió bajo vigilancia en su casa de Arcetri cerca de Florencia. El arresto duró ocho años y medio, hasta que Galileo murió en 1642, a la edad de 78 años.

 


 

Y SIN EMBARGO, SE MUEVE (EPPUR, SI MUOVE)

 

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Estoy aquí en vuestras manos, haced lo que os plazca. Galileo

En una sala del convento de Santa María Sopra Minerva, reunidos los jueces del Santo Oficio y ante ellos, de rodillas con el humillante sanbenito puesto, está un hombre de setenta años, un gran científico y gran persona, que ha dedicado toda su vida a la observación y lectura del Libro de la Naturaleza, escrito en lenguaje matemático, y a la comprensión de las leyes escritas en él. Galileo Galilei, que nunca mereció ese lamentable final, bochornoso epílogo, de tener que ser juzgado por sus avances y progresos científicos, por sus grandiosos descubrimientos en la Física, en la Astronomía y en el mismo nuevo método científico, muy lejano de las especulaciones de la Filosofía y de la Teología. Galileo, aunque creyente cristiano, apostó por el Libro de la Naturaleza, pero el poder estaba en la Inquisición, que le exige abjurar, maldecir y detestar de sus errores y herejías y sobre todo lo obligan a pasar por la humillación de tener que mentir:... tuve, como tengo todavía, por verdadera e indudable la opinión de Ptolomeo, o sea, la estabilidad de la Tierra y la movilidad del Sol.

Ésta es la mayor humillación posible para un científico que empleó toda su larga y productiva vida en superar la "opinión de Ptolomeo" y que, viejo y al final de sus días, sobrehumanamente presionado, tuvo que mentir contra toda la evidencia a su favor. Le obligaron a pasar por las horcas caudinas, bajo el yugo en señal de humillación y sometimiento, como los samnitas habían hecho con los romanos. Trágico epílogo, que ni Galileo, ni la Ciencia, ni la Libertad, se merecían.

 


 

LA SENTENCIA DE LA CONDENA

 

 

 

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Galileo Galilei encarando la Inquisición Romana (Cristiano Banti, 1857)

Todas la grandes verdades empiezan como herejías.
George Bernard Shaw.

 

Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que tú, Galileo, por las cosas deducidas en el proceso y por ti confesadas anteriormente, te has hecho a este Santo Oficio vehementemente sospechoso de herejía, o sea de haber sostenido y creído una doctrina falsa y contraria a las Sagradas y divinas Escrituras, de que el Sol sea el centro del mundo del universo y que no se mueva de oriente hacia occidente y que la Tierra se mueva y no sea el centro del mundo y que se pueda sostener, y defender por probable una opinión después de haber sido declarada y definida contraria a la Sagrada Escritura; y consecuentemente has incurrido en todas las censuras y penas impuestas y promulgadas por los sagrados cánones y otras constituciones generales contra semejantes delincuentes. Por lo cual estamos contentos de que seas absuelto, aunque antes, con corazón sincero y fe no fingida, abjures, maldigas y detestes dichos errores y herejías y cualquier otro error y herejía contraria a la católica y apostólica Iglesia, en el modo y forma que por nosotros te será dado. [99]

Lo etiquetan de delincuente: "contra semejantes delincuentes". Galileo, abatido, desesperado, hundido y solo ante el más poderoso aparato represivo de Europa, la Inquisición; después de escuchar la lectura de la sentencia, siempre de rodillas ante el Tribunal, con voz temblorosa e insegura, pronuncia la solemne abjuración que el Tribunal había compuesto para el momento:

Yo, Galileo, hijo de Vincenzo de Florencia, de setenta años, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros eminentes y reverendísimos cardenales, en toda la república cristiana contra la herética perversión generales inquisidores; teniendo delante de mis ojos los sacrosantos Evangelios, a los que toco con mis manos, juro que siempre he creído y creo ahora y con la ayuda de Dios creeré en el futuro, todo lo que sostiene, predica y enseña la Santa católica y apostólica Iglesia. Pero como este Santo Oficio me ha intimado jurídicamente a que debía abandonar la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y que se mueve y que no podía aceptar, defender ni enseñar de manera alguna, ni de viva voz ni por escrito, dicha falsa doctrina y que después de notificarme que dicha doctrina es contraria a la Sagrada Escritura he escrito y dado a imprimir un libro en el que trato dicha teoría ya condenada y aporto razones con mucha eficacia a favor de ésta, sin aportar ninguna solución, he estado considerado vehementemente sospechoso de herejía, o sea, haber considerado que el Sol es el centro del mundo e inmóvil y que la Tierra no es el centro y que se mueve. Por lo tanto, queriendo quitar del espíritu de Vuestras Eminencias Reverendísimas y de todo fiel cristiano esta vehemente sospecha, justamente concebida por mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro, maldigo y detesto dichos errores y herejías y en general todo y cualquier otro error, herejía y secta contraria a la Santa Iglesia.

[...] y juro que en el futuro nunca más diré ni aseveraré, de viva voz o por escrito, cosas tales por las cuales se pueda tener de mí tal sospecha; y si llego a conocer a algún hereje o sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio, o al inquisidor, o al ordinario del lugar donde me encuentre [...] y si contravengo alguna de mis promesas y juramentos, Dios no lo quiera, me someteré a todas las penas y castigos que en los Sagrados Cánones y otras constituciones generales y particulares contra similares delincuentes se han impuesto y promulgado. Que Dios me ayude y estos Santos Evangelios, que toco con mis propias manos.

Yo, Galileo Galilei, que firmo al pie, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado como se indica antes y como fe de lo cual, con mi propia mano suscribo la presente cédula de mi abjuración y la he leído palabra a palabra, en Roma, en el convento de la Minerva, este 22 de junio, 1633. Yo Galileo Galilei he abjurado como se indica antes, de propia mano.

No por azar la sentencia y el texto de la abjuración se envían luego a todas las diócesis más importantes, a los inquisidores, para que sean leídas y difundidas en todos los lugares culturales, en las universidades, entre los grupos de matemáticos y físicos, de modo que la cultura de la época quede atemorizada y como paralizada, recuperando un respeto total a la Iglesia y a su doctrina. La abjuración ha permitido obtener tal vez un efecto más profundo del que se habría alcanzado con una hoguera, con una ejecución ejemplar, como la de Bruno, que inevitablemente le habría creado un aura de prestigio y de heroísmo a la víctima. No por casualidad en la tradición posterior el mártir del libre pensamiento será Bruno más que Galileo. La abjuración testimonia tanto la violencia que marca en profundidad a la Iglesia como la fragilidad de Galileo, herido, si no destruido, por el proceso.

El científico pisano pasará los últimos años de su vida en la pequeña ciudad de Arcetri donde se le había permitido retirarse, cerca del monasterio de su hija sor María Celeste, que no deja de estar a su lado y consolar su amarga vejez. Muy pronto afectado por una forma de ceguera casi absoluta, se consagra a la composición de su última obra, probablemente la más importante, "Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze, attinenti alla meccanica e i movimenti locali", que se publica en Leiden, Holanda, en 1638.

Muere en 1642 rodeado por pocos fieles amigos. Con él muere la última gran figura del Renacimiento italiano, el hombre que hizo nacer la ciencia moderna, que anunció, incomprendido, las razones de la investigación crítica y racional de la naturaleza; el precursor de la Ilustración y de la modernidad.

Pero el caso Galileo no se cierra con su muerte; por el contrario permanece vivo y abierto, reclamando incesantemente un nuevo esfuerzo de comprensión, mostrando cada vez más que no sólo es un caso histórico entre otros, sino una de las figuras eternas que acompañarán todavía largo tiempo el recorrido espiritual de Occidente. [100]

Galileo pronuncia la fórmula de abjuración que el Santo Oficio le había preparado, por lo tanto no pudo pronunciar jamás, aunque sí lo haya pensando una y mil veces, el famoso: "Y sin embargo, se mueve" (Eppur, si muove). Lo pensó y lo practicó con la composición de su última obra, arriba citada. Es cierto que no eligió ir a la hoguera para morir como un mártir, que fue el caso de Giordano, reafirmándose en sus descubrimientos. Él está por encima de todos y su pensamiento mucho más allá. Y jura lo que quieran, a él le da igual. Lo que no quiso es que lo abrasasen vivo, porque debía ser muy doloroso y cerraba su boca para siempre. Prefirió fingir, pues para él un juramento propuesto por aquellos analfabetos no era objeto de compromiso, y siguió investigando, incluso ciego.

 

 


 

INHIBICIÓN DE DESCARTES

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En los tiempos de Bruno "era sumamente peligroso pensar por cuenta propia", Shettino

Durante la segunda mitad del siglo XVI, la Iglesia católica y la nueva astronomía copernicana coexistieron sin conflicto. La sentencia y ejecución de Giordano Bruno, la condena post mortem a Copérnico en los albores del siglo XVII y el largo proceso seguido a Galileo, son parte de un cambio en la relación entre autoridad católica y el conocimiento del mundo.

En este contexto, mi propósito aquí es examinar la decisión de René Descartes de no publicar su obra El mundo o tratado de la luz. Esto ha sido motivado por la interpretación que manifiesta Stephen Gaukroger, en Descartes: una biografía intelectual, donde sostiene que la condena de Galileo lo llevó a una cambio de dirección en su trabajo, relegando la filosofía natural, manteniendo inédita su obra al respecto y abocándose a una fundamentación metafísica de su física. Esta visión ha sido cuestionada por Daniel Garber, quien afirma que no fue la condena de Galileo, sino consideraciones internas sobre su trabajo las que hicieron a Descartes actuar así.

Sobre la decisión de Descartes de no publicar El Mundo, es elocuente la carta que le envía a Mersenne, en noviembre de 1633, disculpándose por no tener lista su copia del tratado para dárselo como regalo de Año Nuevo y agrega:

"Pero debo decirle que, mientras tanto, me di a la tarea de preguntar en Leiden y Ámsterdam si el Sistema del Mundo de Galileo estaba disponible, pues pensé haber oído que se publicó en Italia el año pasado. Me dijeron que sin duda había sido publicado, pero todas las copias habían sido quemadas inmediatamente en Roma y que Galileo había sido condenado y penalizado. Esto me sorprendió tanto que por poco decido quemar todos mis papeles o, al menos, impedir que alguien los viera. Pues no puedo entender que él -un italiano, según creo, que goza de los favores del Papa- haya sido convertido en un criminal, sin otra razón que la de haber intentado, como sin duda lo hizo, establecer que la Tierra se mueve. Yo sé que algunos cardenales ya habían censurado esta concepción, pero pensé haber escuchado que aún así se enseñaba públicamente incluso en Roma. Debo admitir que si esta concepción es falsa, también lo son todos los fundamentos de mi filosofía, pues puede demostrarse a partir de éstos claramente. Y está tan estrechamente entretejida con cada parte de mi tratado que no podría removerla sin hacer deficiente todo el trabajo. Pero por nada quisiera publicar un discurso en el cual pudiera encontrarse una sola palabra que la Iglesia desaprobara: así que prefiero suprimirlo a publicarlo mutilado."

Ahora, vale la pena destacar dos ideas en esta carta: 1) "si esta concepción es falsa, también lo son todos los fundamentos de mi filosofía" y 2) "por nada quisiera publicar un discurso en el cual pudiera encontrarse una sola palabra que la Iglesia desaprobara".

En la primera afirmación, al referirse al momento de la Tierra, concepción censurada por la Iglesia, hay que tener presente todo lo que esto conlleva. No es sólo el copernicanismo sino también la herencia de Bruno, quien, a partir del heliocentrismo, propuso un universo infinito (para Descartes ilimitado o indefinido, pero sin duda abierto) y una física homogénea. Descartes no está dudando de la veracidad de su obra. Lo que está afirmando es el profundo compromiso e inseparabilidad de sus fundamentos con una concepción tan similar a la que ha hecho de Galileo un "criminal". Por ello, la única indecisión de Descartes es la de destruir o solamente ocultar el tratado. Pero la decisión de no publicarlo, efectivamente, devastado por la condena de Galileo, está claramente expresada en la misiva.

En cuanto a la segunda afirmación, acerca de la total indisposición de Descartes para publicar algo que desaprobara la Iglesia, vale la pena detenernos un poco. S. Gaukroger afirma que fue la condena de Galileo la que influyó decisivamente en Descartes para no publicar El mundo. D. Garber afirma que no está convencido de que Descartes haya sido afectado por la condena de Galileo de 1633. Lo que está detrás de estas afirmaciones es la convicción de Gaukroger, de que las consideraciones políticas externas hacen a Descartes buscar la aceptación de su física a través de su fundamentación metafísica. Garber, en cambio, está convencido que las razones cartesianas son internas y previas a la condena de Galileo. Me parece que ambos, en cierto sentido, tienen razón.

Si, según Schettino, en los tiempos de Bruno, "era sumamente peligroso pensar por cuenta propia", en los tiempos de Galileo y de Descartes, que son inmediatos, aún lo sigue siendo. Tres lustros después de la muerte de Bruno, el copernicanismo era condenado y se pretendió comprometer a Galileo a no pensar heliocéntricamente. Tres décadas después de la ejecución de Bruno, Galileo, pertinaz, obcecado y desobediente, publicó el Diálogo. También entre 1630 y 1632, Descartes elaboraba su ambicioso proyecto El Mundo y el Tratado del Hombre.

Descartes no es un hombre enmascarado o un simulador. Este aspecto nos lo aclara L. Benítez, refiriéndose a lo sugerido por Descartes en su carta a Regius, de enero de 1642:

"De las recomendaciones básicas, Descartes pasa a ciertos consejos que pueden ubicarse en el ámbito de la moral del disimulo. Se trata de una postura que recomienda no dejar ver lo que se es o lo que se piensa, al menos no plenamente. Por supuesto, no se trata de aparentar lo que no se es, lo cual sería moralmente reprobable, sino dejar ver, medida y cuidadosamente, lo que se es o se piensa, a fin de no traer sobre sí problemas graves que podrían costar la vida o al menos el encarcelamiento".

Lo que Descartes propone y sigue, es una estrategia de limitar las verdades y presentarlas, como él mismo ha dicho, "imperceptiblemente", para convencer (a los teólogos) sin enfrentamientos.

No me cabe duda de que la obra cartesiana tiene un compromiso con la verdad. Dentro de su fundamentación metafísica, el aspecto epistemológico de demostrar la posibilidad del conocimiento verdadero es una parte básica. Por tanto, Garber también tiene razón; hay consideraciones internas y a sus argumentos yo agregaría el fracaso de la vía metodológica, desde la Reglas para la dirección del espíritu, para buscar una fundamentación metafísica. Aún más, no debemos olvidar que la "desalmada" física cartesiana sólo fue posible gracias al dualismo metafísico. Esto significa para Descartes que el conocimiento físico, que incluía ya al astronómico, pudiera justificar su independencia de constricciones teológicas y desarrollarse conforme a explicaciones mecanicistas.

Epílogo:

En vida, la prudencia de Descartes le fue favorable. Pero durante la segunda mitad del siglo XVIII, los cartesianos (predominantemente jansenistas y oratorianos) fueron perseguidos en Francia. Fueron condenadas varias proposiciones fundamentales de corpuscularismo y filosofía mecánica. Por ejemplo, se condenó la teoría cartesiana de la materia, la doctrina de la extensión como atributo principal de la materia, la extensión indefinida del mundo y el rechazo al vacío.

En 1663, trece años después de su muerte, los libros de Descartes fue puestos en el Índice de Libros Prohibidos, "donec corrigantur" (hasta que sean corregidos). En Francia se publicó, en 1671, un decreto condenatorio del rey, parcialmente adoptado en las universidades de la ciudad. La persistente defensa de los cartesianos llevó a la Universidad de París a condenar formalmente, en 1691, once proposiciones cartesianas, incluyendo que: "Debemos deshacernos de toda clase de prejuicios y dudar de todo antes de tener certeza de cualquier conocimiento". [101]

 


 

Tu opinión en el Libro de Visitas

OBSERVACIONES FINALES  

Impacto de la Inquisición en la Literatura y la Ciencia
Bajo la Mirada de Bruno, Copérnico y Galileo
El Caso Galileo y el Papa Juan Pablo II
 

La Inquisición sigue siendo un tema polémico y objeto de incontables estudios dedicados específicamente a analizar el impacto de sus decretos de prohibición o expurgación de los libros en el desarrollo de la cultura española. Al fin corren vientos favorables a la reflexión objetiva y sin prejuicios.

El caso Galileo ha sido durante más de tres siglos una incesante fuente de polémicas entre el mundo de la ciencia y la Iglesia católica. En 1992 Juan Pablo II reconoció públicamente los errores cometidos por el tribunal eclesiástico que juzgó las enseñanzas científicas de Galileo. El caso ha quedado zanjado para muchos. Otros, en cambio, pensamos que aún permanecen muchas incógnitas por despejar en este lado oscuro de La Iglesia.

 


 

IMPACTO DE LA INQUISICIÓN EN LA LITERATURA Y LA CIENCIA

Debemos deshacernos de toda clase de prejuicios y dudar de todo antes de tener certeza de cualquier conocimiento, proposición cartesiana formalmente condenada en 1691.

La Inquisición manifestó una obsesiva preocupación por mantener a Europa en su ortodoxia, cerrada a cualquier ideología y movimiento social que no encajase en su esquema cristiano. Se auto-percibía como la encarnación de la moralidad y de las normas y parámetros científicos; consideraba la Biblia como única fuente de ciencia y a la Iglesia como portadora en exclusiva de la fe, del conocimiento y de la salvación. Durante estos siglos, intentó encorsetar y cerrar a Europa a todos los vientos que olieran a Reforma y a avance científico, a todo lo que no estuviera de acuerdo con la filosofía aristotélico-tomista.

La Inquisición se opuso sistemáticamente a la libertad de investigación, de publicación, de discusión y de enseñanza en las cátedras y Universidades. Anatematizaba si lo investigado, publicado o enseñado, no estaba de acuerdo con su ortodoxia, con sus dogmas, tabúes y prejuicios, sostenidos por los Santos Padres, por los Concilios y por las leyes que en cada momento histórico creaba el establishment eclesial. Todo en defensa de sus posiciones ideológicas y de su clase social dominante, ante pueblos totalmente ignorantes e indefensos. Eran conscientes del inmenso poder que tiene el conocimiento, del que proveían a sus cuadros sacerdotales y del que privaban a sus fieles.

La Iglesia nunca facilitó la cultura y el conocimiento al pueblo, excepto de sus doctrinas religiosas. Aparece siempre como infatigable buscadora de diezmos y primicias, y del trabajo sin remunerar de sus súbditos y vasallos. A éstos les enseñaban el desprecio de lo mundano para obtener la recompensa de este valle de lágrimas en el Cielo promisorio, con la visión beatifica de su Dios cara a cara. Mientras, ellos disfrutaban de todas las mieles y dulzuras del poder sin escrúpulos ni remordimientos, de las riquezas que acumulaban sin tener que pasar por el esfuerzo de producirlas. No invertían para producir riquezas y fuentes remuneradas de trabajo, sólo acumulaban bienes, que estacionaban en las vías muertas del tren, en palabras de Mendizábal, con motivo de la desamortización española. El capitalismo, surgido del protestantismo, nunca hubiera podido brotar del catolicismo.

No sólo había que mantener el statu quo, sino perpetuarlo hasta la parusía, el fin del mundo, que se hacía renuente en aparecer, a pesar de todas las profecías y convicciones que se expandían desde Jesús y sus Apóstoles. Habían conseguido que las herejías y desviaciones, con la ayuda oportuna del Derecho Romano de moda en las Universidades recién creadas, fueran tipificadas como crímenes "laesae majestatis" (crímenes de lesa majestad), que es el atentado contra la persona o autoridad del soberano, el delito mayor. En este caso de la herejía, el atentado, que iba contra Dios, consistía en pensar, vivir y rezar de forma diferente a la forma de la Santa Madre Iglesia, de sus sacerdotes y de sus inquisidores.

Desde sus comienzos, la Inquisición observó de cerca en la Literatura. Si en manos de los conversos se encontraba el Talmud u otro libro hebreo, se les confiscaba y se destruía. Hay referencias, a finales de la década de 1480, de la quema de gran cantidad de Libros procedentes de la Universidad de Salamanca. Con la imprenta en funcionamiento en toda Europa y con el conocimiento cada vez más al alcance de los estudiosos, más democratizado, las autoridades estatales y eclesiásticas fueron muy conscientes del peligro que las ideas suponían, y contra ellas enfilaron sus cañones, para controlar su producción y distribución.

El 8 de julio de 1502, Fernando e Isabel promulgaron en Castilla, no en Aragón, una Pragmática, por la que se imponía la necesidad de licencias para la impresión de libros dentro de Castilla, también para la importación de libros provenientes del extranjero, por miedo a ser contaminados por las doctrinas luteranas y de los otros reformadores. Los autorizados para conceder dichas licencia fueron los presidentes de las chancillerías de Valladolid y de Granada y los obispos de Toledo, Sevilla, Granada, Burgos y Salamanca. En el resto de España la empresa editorial quedó libre del control estatal.

La censura previa a la impresión constituyó una novedad. La Iglesia, a través de sus concilios, Letrán, 1515 y Trento, 1564, concedía a los obispos de Europa el poder de conceder licencias de impresión. Inglaterra promulgó leyes regulando la concesión de licencias, en 1538, e Italia aprobó edictos similares.

La Inquisición, entre 1520 y 1550, expidió pocos permisos de impresión y de modo informal. Después de la década de 1550, se limitó exclusivamente a la censura posterior a la publicación del libro. Una orden Papal, que el Inquisidor General Cardenal Adriano de Utrecht promulgó en 1521, fue la que originó la primera prohibición de libros en España. A partir de 1540, el Tribunal de la Santa Inquisición promulgó regularmente listas de libros prohibidos, lo que daría origen al tristemente famoso Índice de Libros Prohibidos que tanto daño haría a la Ciencia. Es lamentable que la Iglesia pretendiese establecerse en árbitro y censor de temas, que con mucho la superaban, y constituirse en potente freno de los adelantos científicos, al estar todas las ramas del saber bajo su censura y estigma.

En 1558, con harta sorpresa de todos, se descubrieron libros protestantes en España. Este hecho incitó a la regente, doña Juana, a promulgar un riguroso decreto de control, que prohibía la entrada de libros en español que hubieran sido publicados en otros reinos, y que obligaba a someter todos los publicados en el reino a la aprobación de su contenido. Censura represiva.

El primer Índice español apareció en 1551 (era una reedición del publicado en Lovaina, en 1546). El Índice de Valdés, completamente propio, al margen del de Lovaina, tiene en cuenta las especiales circunstancias españolas. Este nuevo Índice español apareció 1559, adelantándose al Índice Tridentino o Papal, aparecido en 1564.

El Índice español, a diferencia del romano, distinguía entre obras totalmente censurables y obras que sólo lo eran en parte, es decir obras totalmente prohibidas y obras que podían publicarse y leerse suprimiendo solamente algunos fragmentos censurables. En el Index Expurgatorius, publicado por primera vez en Amberes, 1571, bajo la supervisión de Arias Montano, se recopilaban las obras parcialmente censuradas.

Cronología de Índices españoles: Índice de Valdés, 1559; Índice de Quiroga, 1583-1584; Índice de Sandoval, 1612; Índice de Zapata, 1632; Índice de Sotomayor, 1640; Índice de Valladares-Marín, 1707; Índice de Pérez de Prado,1747; Índice de Rubín de Ceballos o Índice último, 1790. [102]

La violación de cualquiera de estas disposiciones se castigaba con la pena de muerte y la confiscación de bienes.

Felipe II estaba en Bruselas, desde donde aprobó todas las medidas tomadas por su hermana. Y las corroboró prohibiendo a sus súbditos de los Países Bajos que estudiaran en Francia, y obligando a sus súbditos de la Corona de Castilla que estudiaban o enseñaban en el extranjero (excepto en los colegios de Bolonia, Roma, Nápoles y Coimbra) a que regresasen en el plazo de cuatro meses a Castilla. No había precedente de estas medidas que, por suerte, sólo afectaban a Castilla. Para que tuviesen vigencia en los otros reinos, se veía obligado a convocar las Cortes, algo que no prefirió hacer en ese momento, pero que terminaría haciéndolo: en Cataluña a partir de 1573, en Valencia desde 1580 y en Aragón en 1592.

A pesar de que a veces se imprimía sin licencia, no nos consta de ningún autor o impresor, excepto los condenados por protestantes, que fuese castigado con la pena capital.

Los humanistas y universitarios vieron cómo la libertad académica se desmoronaba y con ella el sueño de una república de las letras de ámbitos internacionales. Se obligaba a los intelectuales a quedarse dentro de sus fronteras y a no escribir en latín para los intelectuales del resto de Europa, sino en sus lenguas vernáculas. El protestantismo se estaba dejando sentir con fuerza en lo religioso, en lo político y también en lo económico, ya que el capitalismo surgirá en su territorio como consecuencia de su ideología.

Al Índice de Valdés, le acompañan los Índices de la Universidad de Paris, 1542, el Índice de la Universidad de Lovaina, 1546, el de Italia que ya se había hecho en la década de 1540. Por aquellos años, entraron en España un gran número de Biblias y de Nuevos Testamentos sin licencia. La Inquisición ordenó, en 1552, recoger todos los ejemplares que fueran hallados. El inquisidor Fernando Valdés, en 1554, para hacer frente a estos textos sagrados sin licencias, dictó una censura general de Biblias y Nuevos Testamentos, en la que se identificaban 65 ediciones de la Sagradas Escrituras, que habían sido impresas en Lyon, Amberes, Paris... y que debían de ser prohibidas.

La cuestión de Erasmo de Rotterdam, eminente pensador humanista de innegable influencia, ya que alcanzó todas las corrientes de pensamientos de su época, causó muchos dolores de cabeza a sus defensores y a sus detractores. Francisco Sánchez, el Brocense (de Brozas, Cáceres), en un acto académico, en 1595, dijo: ¡Quién quiera que hable mal de Erasmo o es fraile o es un asno! lo que, obviamente, le trajo problemas con los frailes que estaban en la Inquisición.

El Índice español de 1559 abarcaba catorce títulos de Erasmo, incluido el Enchiridion. A partir de esto, su nombre cayó en desgracia. El Índice de 1612, de Bernardo Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo e Inquisidor General, prohibió por completo todas sus obras en español y lo incluyó en la categoría de "auctores damnati".

Entre los autores literatos afectados por el Índice estaban Gil Vicente, Hernando de Talavera, Bartolomé Torres Naharro, Juan de la Encina y Jorge Montemayor. Quedaba prohibida la lectura del Lazarillo de Tormes y del Cancionero General.

Los inquisidores recelaban de las corrientes protestantes, de los alumbrados y de su posible mutua relación. Debido precisamente a esto, se prohibieron obras maestras de espiritualidad, como Audi Filia de Juan de Ávila, el Libro de la oración de Fray Luis de Granada y Las obras del cristiano de Francisco de Borja. Melchor Cano, dominico y enemigo declarado de los jesuitas, atacó el libro de Borja, ex duque de Gandía y ex virrey de Cataluña, el miembro más distinguido que había entrado en la Compañía de Jesús. La Inquisición también prohibió Los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía.

El Índice de 1559, según Kamen, dio inicio a una época represiva en la cultura española. Los Índices controlaron la creación literaria en general y la científica en particular, al mismo tiempo que manifestaron hostilidad y censura hacia los elementos de la espiritualidad autóctona.

La censura propició una práctica que después sería moneda corriente: la quema de libros. Éste era, claro está, un recurso tradicional usado por los cristianos contra sus enemigos: por ejemplo, el Emperador Constantino lo había empleado contra los libros arrianos y en 1248 la clerecía de Paris había hecho arder cuatro carros cargados de escritos judíos. La Inquisición medieval seguía el ejemplo establecido, que, en el siglo XVI, se convirtió en práctica habitual en Italia y Francia. En su época, Torquemada había organizado también una quema de libros en su monasterio en Salamanca, mientras libros considerados sagrados por los judíos habían sido reducidos a una pira en Toledo en mayo de 1490, cuando "quemaron en la plaza públicamente muchos libros de los dichos herejes".

En octubre de 1501, en virtud de un Real decreto se ordenó que se quemaran los libros árabes encontrados en Granada, para lo que se montó una enorme hoguera bajo la supervisión de Cisneros. A partir de marzo de 1552, la Inquisición dispuso que los libros heréticos fueran quemados en público. Se ordenó quemar unos 27 libros en una ceremonia que tuvo lugar en Valladolid en enero de 1558.

A mediados de siglo, los españoles recurrieron a la quema de libros, porque era el método más sencillo de liberarse del material infractor. Una enorme cantidad de obras fue así destruida. "Por siete u ocho veces hemos quemado aquí en casa montones de libros", informó un jesuita que actuaba en el Santo Oficio de Barcelona en 1559.

En 1561, un oficial en Sevilla preguntó qué se debía hacer con los numerosos libros que había reunido. Entre ellos había un buen número de libros de horas, dijo, que podían ser fácilmente expurgados. "Quemarlos", respondió la Inquisición. ¿Y las Biblias? "Quemarlas. " ¿Y los libros de medicina, muchos con contenido supersticioso? "Quemarlos". No siempre se aplicaba esta drástica solución. Posteriormente, cuando el tribunal había confeccionado un nuevo sistema de expurgación que sustituía la condena, los libros se guardaban en un almacén y, por lo general, no se destruían. [103]

El alcance del Índice de 1583 era en apariencia apabullante. En su inmenso volumen estaba incluida la totalidad del mundo intelectual europeo pasado y presente: ediciones de autores clásicos y de padres de la Iglesia, las obras completas de Pedro Abelardo y de Rabelais, las obras escogidas de Guillermo de Ockham, Savonarola, Jean Bodin, Maquiavelo, Juan Luis Vives, Marsilio de Padua, Ariosto, Dante y Tomás Moro (vir alius pius et catholicus, según admitía el propio Índice, pero cuya Utopía fue prohibida hasta que fue expurgada), todos se encontraban entre los afectados. A primera vista parecía que la Inquisición estaba declarando la guerra a la totalidad de la cultura europea. [104]

A San Juan de la Cruz se le examinó si pecaba de iluminismo o era alumbrado, y se le expurgaron obras como el Cántico espiritual, antes conocido como Canciones entre Cristo y el alma, de un lirismo místico sobrecogedor. Lo mismo le sucedió a Teresa de Jesús, de origen converso, con la obra de su Vida, en la que reflejaba sus muy especiales experiencias. Se desata una campaña anti-teresiana, en 1573, inducida por las frustraciones monjiles de la Princesa de Éboli al ser rechazada por Teresa. En esa campaña critican la obra sobre su Vida y se burlan de sus éxtasis. Tampoco ella, sobresaliente y docta mujer, pudo escaparse de la Inquisición, aunque obtuvo una sentencia absolutoria. Después escribió Camino de Perfección y Las Moradas. La Inquisición, por su miedo al iluminismo de los alumbrados, reprimió la espontaneidad espiritual y su libre expresión literaria. Y en cuanto a Teresa, veamos el comentario de Llamas:

La Madre Teresa redactó su biografía pensando en el Tribunal [...]. En realidad, la Inquisición pecó en algunas ocasiones de exceso de preocupación [cuando] estos censores carecían de suficiente preparación doctrinal o espiritual o teológica. No tenían tampoco humildad y sinceridad para reconocer que una simple monja de clausura, o un religioso anónimo, pudiera ser excelente maestro en materia de espíritu. Este defecto dio lugar a muchos procesos, que hoy día, juzgamos absurdos y sustancialmente inexplicables. El misoginismo ambiental jugó aquí su baza. [105]

Nada sabemos de lo que esa represión supuso en la autocensura. Sin duda existió y es lógico presuponerla debido al temor acuciante que levantarían las condenas impuestas por la ominosa y abominable omnipresencia del Santo Oficio.

Después sería Miguel de Molinos, 1628-1696, cuya doctrina sería condenada, como condenado sería él a cárcel perpetua en el Castel Sant’ Ángelo de Roma, en la que murió; todo por obra y gracia de las envidias, en este caso de algunos jesuitas. Su Guía Espiritual es modelo de lenguaje y de espiritualidad, pero la Inquisición romana lo condenó en vergonzoso acto público, como condenó su doctrina: "el quietismo", que así fue llamado despectivamente "el molinosismo" de Miguel de Molino. Hoy sería muy difícil encontrar una herejía en su doctrina, -comenta Alcalá.

La Inquisición puso en marcha un sistema de control en la cultura, constituyéndose en supervisora y controladora, primero de la literatura, después de los escritos en torno al Iluminismo y Quietismo, y siempre buscando las huellas de la Reforma en todo tipo de libros, incluso en los de Ciencias. Nadie, absolutamente nadie, se escapaba de su control. Incluso Lope de Vega apareció en el Índice, pero un siglo después de su muerte.

Además de estos ataques abiertos y evidentes contra la libertad del pensamiento, hubo otros más difíciles de detectar y de cualificar, que fueron los perjuicios ocultos, como es la ya citada autocensura que debieron imponerse los autores para evitar el terrible encontronazo con la terrible Inquisición. Los escritores se ven obligados a usar un lenguaje codificado con palabras de doble sentido, como Don Quijote cuando dice: "con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho", frase que no tuvo el sentido abierto y peyorativo que hoy le atribuimos con toda justicia, aunque parece que quiso dárselo. Historiadores, como Kamen, critican que la Inquisición haya creado y practicado un régimen de control del pensamiento y así haya fosilizado la cultura académica durante trescientos años.

Se ha defendido que el Renacimiento literario ha sido excelente a pesar de la Inquisición, pero nunca sabremos lo que podría haber pasado si hubiera existido la libertad para escoger temas, que no girasen obligatoriamente en torno a la concebida ortodoxia católica. Una cosa es la forma, el estilo, la métrica y otra muy distinta es la riqueza temática y de ideas que regasen y diesen frutos en las Ciencias Humanas, Políticas, Económicas y Técnicas.

La Inquisición, como institución de la Iglesia, marcó los caminos, instaló los rieles, amenazó y castigó a los que caminasen fuera de sus vías y osasen vislumbrar más allá de los horizontes previamente establecidos por ella. Si no eliminó totalmente la libertad de investigación y de publicación fue porque no pudo hacerlo. Lo cierto es que condicionó y limitó la libertad académica y de investigación científica y atrasó el desarrollo en todos los campos del saber en cientos de años. Al mismo tiempo humilló la razón y la inteligencia, al someterlas al juicio y criterio de la fe de frailes ignorantes y fanáticos religiosos, integrantes del Santo Oficio, y carentes del derecho fiscalizador sobre las demás ciencias que no fueran su teología y sus ciencias eclesiales. La Iglesia desperdició, durante muchos siglos, grandes talentos que dedicó a supuestas Ciencias, que no se pueden verificar, y sometió todas las demás Ciencias y Artes a los prejuicios ancestrales que las religiones originaron. No sólo fue una pérdida de talentos sino un gran perjuicio para el resto del saber humano, al lesionar el derecho natural a pensar libremente y a investigar en favor del pueblo y no al servicio de ideas religiosas preconcebidas. La Iglesia fue un verdadero lastre para la Cultura y para la Ciencia. Los Índices, con sus doscientos cincuenta años de existencia, lo proclaman a los cuatro vientos.

Está claro que los intelectuales ingleses y holandeses se habían convertido en pioneros de la investigación Científica y Médica. Y como eran protestantes, sus obras, que caían automáticamente en la esfera de prohibidas, "auctor damnatus", no estaban al alcance de los intelectuales católicos europeos. Kamen nos ofrece las quejas del joven médico, Juan de Cabriada, que, a este respecto y haciéndose eco de su generación, 1687, dice: Que es lastimosa y aún vergonzosa cosa que, como si fuéramos indios, hayamos de ser los últimos en recibir las noticias y luces públicas que ya están esparcidas por Europa. El Santo Oficio seguiría bloqueando la difusión del nuevo saber, lo que, además de muy perjudicial para la salud intelectual y física de los cristianos, no dejaba de ser una tiranía.

No cabe la menor duda del impacto negativo de la censura inquisitorial en la dinámica de la ciencia. Obras de gran valor científico eran condenadas porque su autor era protestante, aunque no se tocase temática religiosa alguna. La censura creó insuperables fronteras entre los pueblos, originó recelos en el espíritu de la libre investigación y una sorda oposición a los nuevos métodos de la ciencia que, al surgir en los países protestantes, se consideraron sinónimos de protestantismo y de herejía, lo que desanimaba a los intelectuales a seguir esos derroteros, prefiriendo, para evitar problemas inquisitoriales, seguir por los caminos trillados de las humanidades. La producción editorial en los países católicos fue mucho más pobre que en la de los protestantes.

En el caso concreto de España, Ángel Alcalá, en su libro Literatura y Ciencia ante la Inquisición Española, entre otras cosas, escribe:

Esto significa que el punto de mira, la perspectiva desde la que los inquisidores censuraban obras científicas no era científica, es decir, no prohibían la ciencia por serlo y en cuanto tal, sino en cuanto opinaban que presentaban datos, hipótesis o tendencias que no les cuadraban en su interpretación de lo que creían dogma u opinión teológica común. Ahora bien, el mecanismo censor inquisitorial no sólo era desesperadamente lento, con el consiguiente detrimento de estudiosos y libreros, sino a priori lastrado de prejuicios cuyo mantenimiento a lo largo de dos largos siglos acarreó gravísimas consecuencias indirectas para la actividad científica en España.

Varios son los elementos que contribuyen a esta conclusión inapelable. Más de la mitad de esas obras científicas, 349, fueron publicadas por autores protestantes entre 1560 y 1630, etapa clave de la trascendental revolución científica que hizo posible el desarrollo técnico y económico de Europa. Por ser protestantes y mayoritariamente alemanes, suizos, flamencos o ingleses (respectivamente, 191, 32, 25 y 20,), cada uno de sus autores era automáticamente calificado como" auctor damnatus". Esto significaba que la Inquisición adoptaba hacia su obra una actitud de prohibición preventiva en conformidad con la primera Regla básica del control que practicaba:

En la primera [clase] no se ponen tanto los libros quanto los escritores y autores que fueron herejes o sospechosos de herejía, para que se entienda que están prohibidas todas sus obras, no sólo las que hasta ahora han escrito i divulgado, mas también las que adelante escrivieren i publicaren salvo aquellas que en la misma primera clase se declara ser permitidas, sin expurgación o con ella [...].

Con ellas (las Reglas) el Santo Oficio se erigía en policía de todo libro que entrara en España, aunque no versara sobre temas religiosos (de ahí su continua vigilancia de fronteras, navíos, librerías y bibliotecas) y en garante de la total ortodoxia, sacrificando cuanto hiciera falta, mermar la libertad de estudios e investigación: sólo se permitirían "sin expurgación o con ella" los libros cuya circulación el Santo Oficio estimara útiles, como se dice en esta otra norma del Índice de 1640:

Los libros que se prohíben es, o porque no han llegado a nuestras manos, o porque no consta de la utilidad y, aunque también conste, no es bien permitirlos a todos los sujetos; y por observar el estilo de la Iglesia que, en pena de su delito, no permite que corran y se lean aun aquellos que no contienen herejías.

El impacto de la censura inquisitorial en la marcha de la ciencia española fue inmenso. Directo en algunos casos y, sobre todo, indirecto. Por prohibir en principio cualquier libro sólo por la adscripción religiosa del autor y por su incapacidad para examinar científicamente y permitir las obras científicas que, en teoría, había prohibido por la mera confesión religiosa de sus autores. Luego, a veces docenas de años después, en los no numerosos casos en que se permitían, bastaba adjuntar la nota damnatus para alejar o atemorizar al estudioso.

El aparato de censura inquisitorial originó un gravísimo perjuicio que obstaculizó, aún más que las propias prohibiciones reales por razones ideológicas, la normal circulación de los libros europeos en territorio hispánico... sin hacer de ello su objetivo esencial, el Santo Oficio dificultó extraordinariamente la libre circulación de la obra impresa de estos científicos y la comunicación entre los cultivadores hispanos y los de la Europa protestante [...] Si a ello añadimos una innegable desconfianza hacia las ideas, novedades o "curiosidades" venidas desde fuera de las fronteras peninsulares, comprenderemos mejor las verdaderas proporciones del impacto que la censura inquisitorial pudo tener para la comunicación científica de España con el resto de Europa.

Lo malo es que, además de esa actitud de purga preventiva, oficialmente la Inquisición fue infundiendo cierto recelo al espíritu de libre investigación; y ese ambiente opresivo, padre del miedo, junto con muchos otros factores sociales, cuyo detalle concreto rebasa el espíritu de estas páginas, agostó la iniciativa de creación científica, que pudo germinar y dar mejores frutos en países donde prosperaba lo que, por boca del morisco Ricote, Cervantes llamaba "libertad de conciencia". [106]

"Actualmente, el único vestigio de la desaparecida Inquisición lo constituye la Congregación del Santo Oficio, establecida por Paulo III, en 1542, para combatir la Reforma. En 1965, tras el Concilio Vaticano II, pasó a denominarse Congregación para la Doctrina de la Fe, teniendo por objeto tutelar la doctrina sobre la fe y las costumbres. Perdido ya su carácter represivo e inquisitorial, adquirió un tono de promoción positiva a favor de la doctrina católica", Joseph M. Walker.

Joseph Ratzinger, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es el actual Papa Benedicto XVI.

 

 


 

BAJO LA MIRADA DE BRUNO, COPÉRNICO Y GALILEO

  

Giordano Bruno

 Expertos reconstruyeron el rostro de quien, supuestamente, es Copérnico.

 

 Galileo

 

Hoy día, los conocimientos de la astrofísica y el estudio de los planetas confirman las teorías de Copérnico, de Giordano Bruno y de Galileo. Sabemos que cortinas de materia oscura nos impiden observar una parte muy importante de los más de trescientos mil millones de estrellas que pueblan nuestra galaxia, la Vía Láctea. Sabemos que la Tierra no es el centro, como se creía en la Edad Media, y que tampoco lo es el sistema solar, que no está en el centro de nuestra galaxia, que es un millón de veces más grande que el sistema solar. Sabemos que el Sol, junto con el resto de cuerpos que forman el sistema solar, se formó en uno de los brazos espirales más externos de la Vía Láctea, y que está situado a unos veintisiete mil años luz del halo o centro galáctico, en torno al que gira alrededor, y que se tardan doscientos treinta millones de años en completar un año galáctico. Sabemos que para recorrer la distancia de nuestra galaxia, de un extremo a otro, necesitamos cien mil años luz, a la velocidad de la luz, trescientos mil kilómetros por segundo, y que hay más de cincuenta mil millones de galaxias de parecidas dimensiones.

Aquí la mente se turba y las cifras escapan a la normal comprensión humana. La omnipresencia de Dios sería más fácil de entender en la astrología de Tolomeo y de Aristóteles y los cielos son más fáciles de visualizar en las esferas concéntricas del medioevo que en estas dimensiones galácticas fuera de aparente proporción y de aprehensión. Todas las creencias se vienen abajo. Ya no podemos asirnos a las explicaciones mítico-religiosas para contestar nuestros interrogantes y alimentar nuestras fantasías y esperanzas.

En este contexto tropezamos con uno de los principios básicos de la armazón teológica de la Iglesia, fuente inagotable de inspiración para los inquisidores. Es el dogma de la creación divina, difícil de mantener en la interpretación bíblica sustentada por los teólogos clásicos. Algo queda en pie, que “somos polvo y en polvo nos convertiremos’.

 La astrofísica nos dice que somos polvo de las estrellas. De ellas, de la explosión de las supernovas, se origina el carbono y el oxígeno, base de nuestra constitución, el calcio que forma nuestros huesos, el hierro de nuestros glóbulos rojos... Los elementos de la tabla periódica nacen de las estrellas muertas, que nos dan la vida. El helio (He) y el hidrógeno (H) eran los elementos constitutivos del primitivo universo, que se generaron en lo que se llama núcleo-síntesis primordial. Las primitivas galaxias eran inmensas nubes de hidrógeno y helio que, sometidas a la gravedad, fueron comprimiéndose hasta formar millones de estrellas. Las explosiones de las supernovas y sus reacciones en cadena produjeron los otros elementos, como el oxígeno, que sirvió para formar las aguas y de ellas salir la vida humana ya en nuestro planeta.

 Se desvanece el mito de la creación, del paraíso y de la primera pareja, con su pecado incluido, el de desobediencia para ellos y el pecado original para nosotros: somos hijos de las estrellas.Todos aquellos sencillos mitos de creación, pecado, culpa, premio, castigo... de las religiones antiguas, quedan a años luz.

 


EL Papa JUAN PABLO II Y GALILEO

 

 

 

 

 

 

Lunes 16 de febrero de 2009
El Vaticano dedica una Misa a Galileo por primera vez en 445 años

 

 


 

APARTADO II DEL DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II SOBRE EL CASO GALILEO

Ver texto íntegro.

 


En 1992, 31 de octubre, el Papa Juan Pablo II, con motivo del 350 aniversario de la muerte de Galileo, en un discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, dijo que se trataba de "un reconocimiento leal de los errores de cualquier parte que éstos procedieran". El caso Galileo, "¿no es un caso archivado desde hace tiempo y no han sido todavía reconocidos los errores que se cometieron? Ciertamente, esto es verdad", afirma el Papa.

La verdad es que el caso Galileo no está cerrado ni nunca lo estará. El Papa, político y cortés, habla a la defensiva, cediendo sin conceder del todo y llevando el agua a su molino. El discurso, con impecable y pulido estilo, reconoce los errores "de cualquier parte que éstos procedieran" y destaca los puntos relevantes del caso Galileo, aunque no con la imparcialidad esperada.

En el apartado 9 se afirma:

Si la cultura contemporánea está marcada por una tendencia al cientificismo, el horizonte cultural de la época de Galileo era unitario y llevaba la impronta de una formación filosófica particular. Este carácter unitario de la cultura, que es en sí positivo y deseable todavía hoy, fue una de las causas de la condena de Galileo.

Se encierran contradicciones obvias en el texto. Leemos que la cultura unitaria de aquel momento " fue una de las causas", pero la verdad es que la causa de la condena de Galileo fue sólo una: la filosofía aristotélico tomista y su teocracia. En eso consistía la cultura unitaria de aquel momento.

Lo del carácter unitario de la cultura, positivo y deseable todavía hoy, suena a añoranza del poder teocrático perdido. La cultura única constituye la esencia del fundamentalismo religioso que es, también por esencia, oscurantista y anticientífico. Y fue el causante del caso Galileo. Es por eso que vemos contradicciones entre pedir disculpas por el caso Galileo y, al mismo tiempo, desear como óptima la circunstancia que lo produjo, "el carácter unitario de la cultura", típico de la cultura medieval.

En el mismo apartado 9, leemos:

En realidad, como ha recordado el Cardenal Poupard, Roberto Belarmino, que había captado lo que verdaderamente estaba en juego en el debate, defendía por su parte que, ante unas eventuales pruebas científicas de la órbita de la Tierra en torno al Sol, había que "andar con mucha consideración en explicar las Escrituras que parecían contrarias a la movilidad de la Tierra y más bien decir que no las entendemos, que decir que sea falso aquello que se demuestra" (Carta al Padre A. Foscarini, 12 de abril 1615, cfr. Op.cit. vol. XII, p. 172).

En este párrafo parece que se pretende apoyar la clarividencia de la iglesia, en la persona del cardenal Belarmino. De su carta a Foscarini, Pablo II extrae esa sabia y prudente frase: "andar con mucha consideración en explicar las Escrituras que parecen contrarias a la movilidad de la Tierra y más bien decir que no las entendemos, que decir que sea falso aquello que se demuestra." Pero se omite la continuación inmediata: "Yo no creeré que exista tal demostración, hasta que no me sea mostrada." Esta frase también sería prudente y sabia, si no fuera por la serie de afirmaciones gratuitas que rellenan las quince líneas siguientes: que Salomón ("sapientísimo y doctísimo en las ciencias humanas") lo dijo; que las apariencias engañan al creer, desde la nave, que se aleja el  litoral inmóvil, pero no engañan viendo al sol nacer y ponerse, etc.

La clarividencia de Belarmino no es cierta. Su carta insiste ciegamente en que, caso de duda, la verdad únicamente está bien entendida por Salomón y los Santos Padres. No se trata de una tenue apertura sino de una cerrazón clamorosa. La carta puede leerse más arriba en  su integridad. Juzguen ustedes mismos el contenido que sigue a la cita del Papa:

 Pero yo no creeré que exista tal demostración, hasta que no me sea mostrada: ni es lo mismo demostrar que supuesto que el sol esté en el centro y la tierra en el cielo; porque la primera demostración creo que pueda existir, pero de la segunda tengo grandísima duda y en caso de duda no se debe dejar la Escritura Santa, expuesta por los Santos Padres. Añado que aquél que escribió: Oritur sol et occidit, et ad locum suum revertitur etc. [Ecltés 1, 5] fue Salomón, el cual no sólo habló inspirado por Dios, sino fue hombre sobre todos los otros sapientísimo y doctísimo en las ciencias humanas y en el conocimiento de las cosas creadas, toda esta sabiduría la tuvo Dios; de donde no es verosímil que afirmase una cosa que fuera contraria a la verdad demostrada o que se pudiese demostrar. Y si me dijere que Salomón habla, según la apariencia, pareciendo a nosotros que el sol gire, mientras la tierra gira, como a quien se aleja del litoral le parece que el litoral se aleja de la nave, responderé que quien se aleja del litoral, si bien le parece que el litoral se aleja de él, no obstante conoce que esto es error y lo corrige, viendo claramente que la nave se mueve y no el litoral; pero en cuanto al sol y a la tierra, ningún sabio hay que tenga necesidad de corregir el error, porque claramente experimenta que la tierra está parada y que el ojo no se engaña cuando juzga que el sol se mueve, como tampoco se engaña cuando juzga que la luna y las estrellas se mueven. Y esto baste por ahora.

Con que saludo cordialmente a Vuestra Paternidad y le ruego de Dios todo contento

 

En el apartado número 10:

A partir del siglo de las luces hasta nuestros días el caso Galileo ha constituido una especie de mito, en el cual la imagen de los acontecimientos que se construyó era bastante alejada de la realidad. En tal perspectiva, el caso Galileo era el símbolo del pretendido rechazo por parte de la Iglesia del progreso científico, o incluso del oscurantismo ‘dogmático’ opuesto a la libre investigación de la verdad.

Este mito ha desempeñado un papel cultural considerable; este mito ha contribuido a fijar en muchos científicos de buena fe la idea de que habría una incompatibilidad entre el espíritu de la ciencia y su ética de investigación, por un lado, y la fe cristiana, por el otro. Una trágica recíproca incomprensión ha sido interpretada como el reflejo de una oposición constitutiva entre ciencia y fe. Las clarificaciones aportadas por los recientes estudios históricos nos permiten afirmar que este doloroso malentendido pertenece ya al pasado.

De una especie de mito, primer párrafo, se pasa a mito, en el segundo. Lo curioso es que el caso Galileo y sus secuelas no son mitos, sino realidades histórico- sociológicas verificadas y contrastadas.

Existe una oposición constitutiva entre ciencia y fe. La fe se apoya en mitos: la divinidad, la creación, la revelación, el pecado, la redención, el alma, la inmortalidad, la existencia de cielos e infiernos. Su método es especulativo y deductivo. Sus bloques son las creencias y los dogmas. Sus cimientos lo constituyen la Revelación, la autoridad del revelador y la de los puentes intermediarios. Se cree en virtud de una autoridad: Dios, el Concilio, el Papa; se trata de un simple asentimiento. Su pensamiento es simbólico, metafísico, mítico...; porque la realidad de la fe es mítica, metafísica, simbólica...

La ciencia se apoya en datos verificables y contrastables. El método científico parte de hipótesis amparadas por teorías científicas, que, con la recolección de datos verificados y contrastados, método empírico, se convierten en nuevas teorías. El conjunto de teorías constituye la ciencia. El método empieza siendo inductivo empírico y, una vez establecida la teoría, puede ser también deductivo. Las nuevas evidencias hacen cambiar las anteriores teorías; la ciencia nunca es dogmática. El método de investigación, que inicia Galileo y que fue condenado, se compone de tres fases: observación, hipótesis y verificación. Sus bloques son las ideas. Sus cimientos, la evidencia que la investigación arroja. Su pensamiento, racional. La metodología de la duda cartesiana, aceptada por la ciencia, también fue condenada por la Iglesia. La escuela de la sospecha de Paul Ricoeur tampoco tendría cabida en el campo de la fe.

La fe utiliza los universales para sus absolutos en los dogmas y en la moral, que trascienden épocas y se adaptan a cualquier tipo de sociedad. No acepta ni el historicismo ni la moral de situación, que condicionan la verdad y la moralidad a situaciones sociales y momentos históricos y personales concretos, y al cambio de postulados: relativismo cultural. La fe sólo sabe de absolutos, que no existen. En cambio en la ciencia todo es relativo: principio de la relatividad.

De lo anterior se deduce que la fe y la ciencia son constitutivamente opuestas.

El malentendido, al que hace referencia el Papa, nunca pertenecerá al pasado. Comprendemos el deseo de que así sea, pero ésa no es la realidad. El malentendido, sustantivado en Galileo, es la espina clavada en el corazón de la Iglesia y, aunque sueñe con disimularlo, pertenece a la memoria histórica.

Tarde, muy tarde, una disculpa y un reconocimiento de error no pasa de ser un gesto simbólico, arte en el que la Iglesia es indiscutible maestra ya que toda su liturgia se compone de gestos simbólicos, pero que no puede corregir ni subsanar los daños infligidos a las personas, a los pueblos, a la ciencia. Las vidas, los sufrimientos, las humillaciones, son irrecuperables, como lo es el daño social, económico, científico que afectó a toda la sociedad. El caso Galileo constituye para la Iglesia, lo que fue el caso Servet para las iglesias reformadas con Calvino a la cabeza: una trampa mortal. La Iglesia perdió su prestigio científico y con él sus argumentos asentados en la Biblia y en los Santos Padres. Si al caso Galileo, le sumamos los muchos miles de casos que la Inquisición fabricó en su deplorable historia, el resultado no puede ser más desolador.

Acogemos con respeto el afán de Juan Pablo II en querer restañar esa herida histórica. Acaso algún día la Iglesia vaya más allá y reconozca todas las miserias del pasado. Sólo así, con nuevas exégesis del pastoreo del rebaño católico a través de los siglos y con nuevas exégesis de la Biblia, al margen de los dogmas nacidos de mentes inmersas en un mundo de oscuridad, podrá renacer una nueva institución, con un papel creíble en la sociedad actual.

 



 

DOCUMENTOS DE APOYO

 

Presentación del libro en la Universidad de Puerto Rico, a cargo del Dr. Antonio Mansilla Triviño

El Gran Inquisidor

Orden De Arresto De Los Templarios, 14 De Septiembre De 1307

Defensa De La Fe Ortodoxa Contra los Errores de Servet. (Escrito De Calvino, refutado por Castellio)

Discurso De Juan Pablo II Sobre El Caso Galileo

Fragmentos del Malleus Maleficarum

Leyendas de Brujas

Técnicas para la tortura

Auto De Fe En La Plaza Mayor De Madrid, 30 De Junio De 1680.

Problema De Identidad Del Pueblo Judío

Nuevo Tribunal. Razones Reyes Católicos Para Su Creación.

Ad Perpetuam Rei Memoriam

Arzobispo Carranza

Proceso De Giordano Bruno

 

 

 


 


Defensa de la fe ortodoxa contra los prodigiosos errores de Miguel Servet. (Escrito de Calvino, refutado por Castellio)

 

 

 

 

 

 

 

 

La Hoguera de Miguel Servet

 

 

 

 

 

 

A la vez que Calvino redactaba su apología, que se acaba de resumir, el grupo que con acierto ha sido llamado "círculo de Basilea", reunía bajo la dirección de Sebastian Castellio una serie de textos desde los propios y de Lactancio, Agustín, Crisóstomo y Jerónimo hasta Erasmo y un buen número de reformadores (Brenz, Seb. Franck, Hedio, Schenk, Brunfels, Pellikan, Curio y otros) para demostrar que muy otro que ese inquisitorial debe ser el trato que se ha de dar a los herejes.

Se imprimió pocos meses después que el del reformador de Ginebra y constituye el primer monumento antológico del renacimiento de la libertad cristiana de conciencia. Gozó de gran divulgación en los ambientes norte europeos, a pesar de que no contiene una respuesta directa a los argumentos de las iglesias instituidas a favor de la intolerancia.

Tal respuesta -concretamente y punto por punto a la apología de Calvino- llegó de la pluma de Castellio en la trascendental discusión entre ambos en forma de diálogo que lamentablemente no vio la luz hasta 1612, mucho después de la muerte de su autor: Contra el libelo de Calvino que intenta mostrar que los herejes deben ser exterminados según derecho.

La inmensa riqueza teórica de este importantísimo libro no se puede resumir en unas líneas, ni en unas páginas. Habrá que resignarse aquí a entresacar unos pocos puntos, los más significativos a nuestro propósito, a los que el mismo Castellio, al extractarlos del folleto de Calvino, pone un número para mejor darles una digna respuesta, que encabeza bajo el paradójico seudónimo de Vaticanus.

Calvino. Defensa de la fe ortodoxa sobre la Trinidad contra los prodigiosos errores del español Miguel Servet.

Vaticanus. Calvino define la herejía en términos de error, como si dijera: voy a escribir contra los errores de Servet y a mostrar que los que yerran, o sea, los herejes, deben ser condenados a muerte, como Servet, que erró, fue condenado a muerte. Vamos a ver qué tal es la mente de Calvino [...]. Si tal cosa se hiciera, todos los que se llaman cristianos tendrían que morir, excepto Calvino mismo.

Calvino. 17. ¿Qué absurda humanidad es ésta, os pregunto yo, que encubre en silencio el crimen de un hombre y prostituye a un millar de almas con sus trampas satánicas?

Vat. Si los errores de Servet son trampas, entonces tú prostituyes a un millar de almas con las mañas del diablo hurgando en ello [...]. Ya ves lo que pasa cuando se pretende estar preocupado por la salud de las almas hasta el punto de quemar los cuerpos.

Calvino. 21. ¿Deben los jueces cristianos castigar a los herejes?

Vat. Lectores: os ruego que prestéis atento oído a lo que sigue. Lo que intento demostrar es que Calvino no puede invocar ni una sola razón, ni una sola autoridad sólida a este respecto y lo único que hace sostener lo que sostiene es su deseo de dominar, su sed inextinguible de sangre. Si no pruebo esto con total evidencia, estoy dispuesto a incurrir en condena general.

Calvino. 27. Servet, tan buen intérprete, prefiere destruir la fe en los corazones de los hombres que castigar a los que la trasmutan.

Vat. No la destruye en los corazones quien quiere que el castigo de los herejes sea distinto hasta la vuelta del Juez, a no ser que me muestres que es Cristo mismo quien acusa, cuando él manda dejar la cizaña hasta el tiempo de siega. Tampoco rechaza toda idea de castigo quien propone que los herejes sean castigados por Dios cuando él decida y no prematuramente por los hombres.

Calvino. 28. ¿Qué va a ser de la religión? ¿Por qué señales va poder ser reconocida la verdadera Iglesia? ¿Qué va a ser de Cristo mismo si la doctrina religiosa es incierta y equivoca?

Vat. La religión debe basarse en creer con seguridad las cosas que se esperan, no en las que se conocen: como Abrahán, que fue llamado para salir y obedeció "sin saber adónde iba" (Heb. 11,8). Pero su fe era cierta, porque Dios era fiel a sus promesas. La Iglesia verdadera debe reconocerse por el amor que procede de esa fe, cuyos preceptos son ciertos. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros". La doctrina religiosa consiste en amar a tus enemigos, bendecir a quienes te maldicen, tener hambre y sed de justicia y aguantar ser perseguido por causa de ella.

Estas cuestiones y otras semejantes son bien claras, por muy oscuras que sean las que conciernen a la Trinidad, la predestinación, la elección, etc., por las cuales algunos son tenidos por herejes. Muchos santos no sabían nada de ellas [...]. Y entonces ¿nada es cierto? Al contrario, es cierto todo lo que se necesita para la salvación, para la obediencia, para el deber. Toda la Escritura es cierta. Pero somos negligentes en sus preceptos: amar a Dios y a los enemigos, ser paciente y otros deberes de este tipo. Disputamos demasiado de cuestiones que se nos escapan despreciando lo que está a nuestro alcance. De ahí nacen disputas interminables. Y derramamos la sangre de los desgraciados y débiles que no comparten nuestras opiniones.

Una de las penetrantes observaciones de Castellio se refiere a que el uso de la fuerza en discusiones intelectuales es siempre muestra de debilidad: "Consciente de la debilidad de la palabra, recurre a la fuerza armada". Pero hay una diferencia esencial entre la posición de Calvino y de la Iglesia católica. Castellio ataca a Calvino por estar éste convencido de que sólo su opinión, su propia interpretación de la Escritura, siempre oscura en sí, es clara y segura. La cuestión se plantea, pues, en un terreno de competición personal. En la Iglesia no se trata sólo de opinión personal: le respalda el paso de toda una tradición, de lecturas de la Biblia que –superando el protagonismo de toda personalidad-comparte toda la sociedad cristiana.

Calvino. 41. El hecho de que la espada se haya usado para perseguir no impide que los magistrados piadosos usen su poder para defender a la Iglesia afligida, ni las cruces de los mártires impiden la justa ayuda de las leyes para que los fieles den culto a Dios en paz.

Vat. Si Servet te hubiera atacado con armas, razón habrías tenido para ser defendido por los magistrados, pero como él se te opuso con escritos, ¿por qué le respondiste a hierro y fuego? ¿A esto lo llamas defensa de magistrados piadosos? ¿Y aún osas reprochar a los papistas? Menciona un solo caso en que los papistas hayan arrastrado a un luterano o a un calvinista de la misa a la cárcel como de un sermón fuera sacado Servet por vosotros.

Calvino. 44a. Un verdadero y legítimo servidor de Dios combatirá por defender su fe tanto como su vocación le empuje.

Vat. Sin duda, un servidor de Dios combatirá, pero con sus armas: la justicia, la fe, la paciencia y otras virtudes que Pablo atribuye al cristiano. Pero el arma de Calvino es el hierro.

Calvino. 46 y b. Si el celo intempestivo es vicioso efecto de la ignorancia, ¿cómo no va a ser laudable el celo que a los hijos de Dios los inflama en el deseo de afirmar y testimoniar su fe?

Vat. Afirmar tu fe no es quemar a un hombre, sino quemarse en ella. ¿Persiguiendo? No: sufriendo. Tal es la verdadera afirmación de la fe y Calvino no la conoce.

Calvino. 63. Cristo envió a los apóstoles como corderos entre lobos y no les equipó con poderes terrenos. El Señor nunca les mandó castigar robos, rapiñas, adulterios y envenenamientos. Entonces, ¿esos crímenes deben quedar impunes?

Vat. Los robos, rapiña, adulterios y homicidios se castigan no para establecer el reino de Cristo, otorgar justicia o salvar a los hombres, o engendrar una nueva criatura, sino para proteger los cuerpos y la posesión de las propiedades.

En respuesta al párrafo de Calvino Numero 77, "Ahora se ve que los ministros del evangelio deben estar preparados para sobrellevar la cruz y el odio y cuanto quiera el mundo y que Dios sólo les ha equipado con el don de la paciencia. No obstante, a los reyes se les manda que protejan la doctrina religiosa con su apoyo", estampa Castellio la frase inmortal que se ha convertido en lema supremo de la condena de toda intolerancia y por ende de toda actividad inquisitorial: "Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos mataron a Servet no defendieron una doctrina; mataron a un hombre. Defender doctrina no es competencia del juez, sino del maestro. ¿Qué tiene que ver la violencia con las ideas?".

Las invectivas de Castellio tras la huella de Servet, perfectamente razonadas en la más pura sazón teológica y bíblica, se suceden así a lo largo de esta obra que debería circular en las escuelas e iglesias como manual de la convivencia inter-religiosa. "Propio del lobo es devorar carne cruda. No son lobos, pues, quienes son matados, sino quienes matan", responde al dicho de Jesús "os envío en medio de lobos". ¿Tendrá que ser destrozado todo el cuerpo de Cristo para que un miembro podrido quede intacto?, interroga Calvino 94. E insiste de nuevo Castellio: "Matar a un hombre no es amputar un miembro. Cuando se mata a un hombre, no se le amputa del cuerpo de Cristo, sino de la vida del cuerpo. De lo contrario, si la muerte del cuerpo fuera aún amputación, todos los que mueren serían amputados de la Iglesia".

Una de las secuencias más interesantes contradice la interpretación tomista e inquisitorial de la parábola de la cizaña, que Castellio, por supuesto, explica en sentido paulino: "Cristo manda dejarlos hasta la siega, no sea que con ellos se arranquen los buenos, porque mejor es que los malos vivan hasta el juicio que el que un solo bueno se pierda por destruir a los malos". ¿Hay alguien que crea que su propia religión es falsa? Los judíos erraron al perseguir a Cristo y a los apóstoles. El Papa yerra al perseguir a luteranos y zwinglianos. Enrique de Inglaterra yerra al perseguir a papistas, luteranos, zwinglianos y anabaptistas. Lutero yerra al llamar demonios a los zwinglianos y condenarlos al infierno. ¿Sólo los zwinglianos y los calvinistas van a estar libres de error? ¿Sólo ellos se van a sentar en el tribunal de Cristo, juzgar a los herejes y condenarlos a muerte?

Aún insistió Castellio en su lucha dialéctica contra la teología de la intolerancia en otro libro singular, que a causa de la dominante mentalidad represiva incluso en los países protestantes predestinadamente liberados sólo recientemente ha visto la luz. Théodore Beza, sucesor de Calvino al frente de la congregación ginebrina y del calvinismo, se encargó de contestar a la antología De haereticis dirigida por Castellio, reafirmando el derecho de las iglesias a reprimir violentamente las herejías. Castellio, campeón indiscutible de la contienda intelectual por el derecho a la libertad de conciencia, escribió una larga y detallada contestación, muy sistemática y claramente escrita: De haereticis a civili magistratu non puniendis, "De que los herejes no deben ser castigados por el magistrado civil". Por otro incomprensible antojo nefasto de la historia, estuvo perdido hasta el año 1938. Ese año el egregio investigador Bruno Becker, 1885-1968, lo halló en la biblioteca de la Iglesia Remontrante de Ámsterdam. Lo fue preparando para impresión y enriqueciendo con numerosas y eruditas notas.

Es exhaustivo en todas estas obras el repaso que Castellio hace de las presuntas razones teológicas y bíblicas de la intolerancia con las que desde el siglo IV pretendieron justificar la actividad represiva todas las iglesias. Las muestras que de sólo una de esas obras se han entresacado son ya excesivas y más que suficientes para fácilmente comprobar las conclusiones a las que hemos podido llegar. Como antes se apuntó, ni siquiera la Reforma se atrevió a criticarlas y a dar el paso decisivo que asestara el golpe mortal a la inveterada intolerancia de las jerarquías cristianas. Fue necesario el sacrificio de Miguel Servet y la profunda reflexión teológica que en su brillante obra llamó Williams "reforma radical" -anabaptistas, antitrinitarios, espiritualistas- para que se iniciara el movimiento de defensa del derecho natural a la libertad de conciencia que hoy disfrutamos en los países democráticos y que las iglesias han aceptado al fin. Si con pleno convencimiento o no, sólo podrá decirlo la historia futura.

 

 


 

DISCURSO DE JUAN PABLO II SOBRE EL CASO GALILEO

 

APARTADO II DEL DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Con motivo de la presentación de las conclusiones de la comisión pontificia de estudio de la controversia ptolomeo-copernicana en los siglos XVI-XVII: (Roma, CdV, 31-10-1992)

 


4. Era movido por semejantes preocupaciones, el día 10 de noviembre de 1979, con motivo de la celebración del primer centenario del nacimiento de Albert Einstein, cuando expresé ante esta misma Academia el deseo de que teólogos, científicos e historiadores, animados por un espíritu de sincera colaboración, profundizaran en el examen del caso Galileo, en un reconocimiento leal de los errores de cualquier parte que éstos procedieran, hicieran desaparecer la desconfianza que este caso todavía sigue planteando, en muchos espíritus, respecto a una fructífera concordia entre ciencia y fe (AAS 71, 1979, pp. 1464-1465). Una comisión de estudio se constituyó para tal fin el 3 de julio de 1981. Y ahora, en el mismo año en que se celebra el 350 aniversario de la muerte de Galileo, la comisión presenta, como conclusión de sus trabajos, un conjunto de publicaciones que vivamente aprecio. Deseo expresar mi sincero reconocimiento al cardenal Poupard, encargado de coordinar las investigaciones de la Comisión en la fase conclusiva. A todos los expertos que han participado de diversas maneras en los trabajos de los cuatro grupos que han llevado a cabo este estudio pluridisciplinar les expreso mi profunda satisfacción y mi viva gratitud. El trabajo desarrollado durante más de diez años responde a una orientación sugerida por el Concilio Vaticano II y permite iluminar mejor varios puntos importantes de la cuestión. En el futuro ya no se podrá prescindir de las conclusiones de esa Comisión.

Acaso alguien se sorprenda de que al término de una semana de estudios de la Academia sobre el tema de la emergencia de la complejidad en las diversas ciencias yo vuelva sobre el caso Galileo. ¿No es un caso archivado desde hace tiempo y no han sido ya reconocidos los errores que se cometieron?  Ciertamente, esto es verdad. Sin embargo, los problemas subyacentes a ese caso afectan tanto a la naturaleza de la ciencia como a la del mensaje de la fe. No hay que excluir, pues, que nos hallemos un día ante una situación análoga, que exigirá a unos y a otros una conciencia consciente del campo acotado y de los límites de las respectivas competencias. La aproximación al tema de la complejidad podría aportar un ejemplo ilustrativo.

5. Una doble cuestión está en el corazón del debate cuyo centro fue Galileo Galilei.

La primera es de orden epistemológico y concierne a la hermenéutica bíblica. A este respecto, hay que subrayar dos puntos: Ante todo, como la mayor parte de sus adversarios, Galileo no distingue entre lo que es análisis científico de los fenómenos naturales y la reflexión sobre la naturaleza, de carácter filosófico, que ello reclama. Por eso rechazó absolutamente la sugerencia que se le hizo de presentar como una hipótesis el sistema de Copérnico, en tanto que no fuera confirmado por unas pruebas irrefutables. Era ésta, por otra parte, una exigencia del método experimental del cual él mismo fue genial iniciador.

Además, la representación geocéntrica del mundo era comúnmente aceptada en la cultura del tiempo como plenamente concorde con las enseñanzas de la Biblia, en la cual algunas expresiones, tomadas al pie de la letra, parecían ser afirmaciones de geocentrismo. El problema que por tanto se plantearon los teólogos de la época era el de la compatibilidad del heliocentrismo y de la Sagrada Escritura.

De este modo, la ciencia nueva, con sus métodos y la libertad de investigación que suponen, obligaba a los teólogos a interrogarse sobre sus criterios de interpretación de la Escritura. La mayor parte de ellos no supo hacerlo.

Paradójicamente, Galileo, sincero creyente, se mostró sobre este punto más perspicaz que sus adversarios teólogos. "Si bien la Escritura no puede errar -escribe a Benedetto Castelli-, podría, no obstante, errar tal vez alguno de sus intérpretes y expositores, de diversas maneras" (Carta del 21 de diciembre de 1613, en Edizione nazionale delle Opere di Galileo Galilei, dir. A. FAVORO, reedición de 1968, vol. V, p. 282). Se conoce también su carta a Cristina de Lorena (1615), que es como un pequeño tratado de hermenéutica bíblica (ibidem, pp. 307-348).

6. Podemos ya en este lugar formular una primera conclusión. La irrupción de una nueva manera de estudiar los fenómenos naturales impone una clarificación del conjunto de las disciplinas del saber. Esa irrupción les obliga a delimitar mejor su campo propio, su ángulo de aproximación, sus métodos, así como el exacto alcance de sus conclusiones. En otros términos, esta novedad obliga a cada una de las disciplinas a asumir una conciencia más rigurosa de su propia naturaleza.

El vuelco provocado por el sistema de Copérnico ha exigido, por ello, un esfuerzo de reflexión epistemológica sobre las ciencias bíblicas, esfuerzo que más adelante debía traer frutos abundantes en los trabajos exegéticos modernos y que ha encontrado en la constitución conciliar Dei Verbum una consagración y un nuevo impulso.

7. La crisis que apenas he evocado no es el único factor que tuvo repercusiones sobre la interpretación de la Biblia. Tocamos aquí el segundo aspecto del problema, el aspecto pastoral.

En virtud de la misión que le es propia, la Iglesia tiene el deber de estar atenta a las incidencias pastorales de su palabra. Quede claro, ante todo, que esa palabra debe corresponder a la verdad. Pero se trata de saber cómo hay que tomar en consideración un dato científico nuevo cuando éste parece contradecir verdades de fe. El juicio pastoral que exigía la teoría copernicana era difícil de expresar en la medida en que el geocentrismo parecía formar parte de la misma enseñanza de la Escritura. Habría sido necesario en aquellas circunstancias sobreponerse a los hábitos del pensamiento e inventar una pedagogía capaz de iluminar al pueblo de Dios. Digamos, de manera general, que el pastor ha de mostrarse dispuesto a una auténtica audacia, evitando el doble escollo de la actitud insegura y del juicio apresurado, pudiendo uno y otro hacer mucho daño.

8. Puede ser evocada aquí una crisis análoga a aquélla de la cual estamos hablando. En el siglo pasado y en los comienzos del nuestro, el progreso de las ciencias históricas permitió adquirir nuevos conocimientos sobre la Biblia y sobre el ambiente bíblico. El contexto racionalista en el cual, por lo general, dichas adquisiciones eran presentadas pudo hacerlas aparecer como ruinosas para la fe cristiana. Algunos, preocupados por defender la fe, pensaron que se debían rechazar unas conclusiones históricas seriamente fundadas. Aquella fue una decisión apresurada y desgraciada. La obra de un pionero como el Padre Lagrange supo realizar los discernimientos necesarios sobre la base de unos criterios seguros.

Es necesario repetir aquí lo dicho más arriba. Constituye un deber para los teólogos estar informados con regularidad sobre los progresos científicos para examinar, en cada caso, hasta qué punto resulta necesario tenerlos en cuenta en su reflexión o realizar revisiones en su enseñanza.

9. Si la cultura contemporánea está marcada por una tendencia al cientificismo, el horizonte cultural de la época de Galileo era unitario y llevaba la impronta de una formación filosófica particular. Este carácter unitario de la cultura, que es en sí positivo y deseable todavía hoy, fue una de las causas de la condena de Galileo. La mayoría de los teólogos no percibía la distinción formal entre la Sagrada Escritura y su interpretación, lo que les condujo a trasponer indebidamente al campo de la doctrina de la fe una cuestión que de hecho pertenecía a la investigación científica.

En realidad, como ha recordado el Cardenal Poupard, Roberto Belarmino, que había captado lo que verdaderamente estaba en juego en el debate, defendía por su parte que, ante unas eventuales pruebas científicas de la órbita de la Tierra en torno al Sol, había que "andar con mucha consideración en explicar las Escrituras que parecían contrarias a la movilidad de la Tierra y más bien decir que no las entendemos, que decir que sea falso aquello que se demuestra" (Carta al Padre A. Foscarini, 12 de abril 1615, cfr. Op.cit. vol. XII, p. 172). [Véase Apéndice I] Antes que él, la misma sabiduría y el mismo respeto a la Palabra divina habían conducido a San Agustín a escribir: "Si a una razón evidentísima y segura se intentara contraponer la autoridad de las Sagradas Escrituras, quien hace esto no comprende y opone a la verdad no el sentido genuino de las Escrituras, que no ha conseguido penetrar, sino el propio pensamiento, o sea, no lo que ha encontrado en las Escrituras, sino lo que ha encontrado en sí mismo, como si estuviera en ellas." (Epístola 143, n. 7; PL 33, col. 588) Hace un siglo, el Papa León XIII se hacía eco de este pensamiento en su encíclica Providentissimus Deus: "Dado que lo verdadero o puede en manera alguna contradecir a lo verdadero se puede estar seguro de que un error se ha introducido o en la interpretación de las Palabras Sagradas, o en otro lugar de la discusión" (Leonis XIII Pont. Max. Acta, volumen XVIII, 1894, p, 361)

El cardenal Poupard nos ha recordado también que la sentencia de 1633 no era irreformable y que el debate, que no había cesado de desarrollarse, fue cerrado en 1820 con el imprimatur concedido a la obra del canónigo Setteke (cf. PONTIFICIA ACADEMIA SCIENTIARUM, Copérnico, Galilei e la Chiesa. Fine de la controversia (1820). Gli atti del Sant’Uffizio, a cura di W. Brandmuller e E. J. Greipl, Firenze, Olschki, 1992)

10. A partir del siglo de las luces hasta nuestros días, el caso Galileo ha constituido una especie de mito, en el cual la imagen de los acontecimientos que se construyó era bastante alejada de la realidad. En tal perspectiva, el caso Galileo era el símbolo del pretendido rechazo por parte de la Iglesia del progreso científico, o incluso del oscurantismo "dogmático" opuesto a la libre investigación de la verdad.

Este mito ha desempeñado un papel cultural considerable; este mito ha contribuido a fijar en muchos científicos de buena fe la idea de que habría una incompatibilidad entre el espíritu de la ciencia y su ética de investigación, por un lado y la fe cristiana, por el otro. Una trágica recíproca incomprensión ha sido interpretada como el reflejo de una oposición constitutiva entre ciencia y fe. Las clarificaciones aportadas por los recientes estudios históricos nos permiten afirmar que este doloroso malentendido pertenece ya al pasado.

11. Del caso Galileo puede sacarse una enseñanza que sigue siendo de actualidad en relación con situaciones análogas que se presentan hoy; en tiempos de Galileo era inconcebible imaginarse un mundo que estuviera desprovisto de un punto de referencia físico absoluto. Y dado que el cosmos entonces conocido, por decirlo así, estaba contenido sólo en el sistema solar, no se podía situar este punto de referencia más que en la Tierra o en el Sol. Hoy, después de Einstein y en la perspectiva de la cosmología contemporánea, ninguno de estos puntos de referencia reviste la importancia que entonces tenía. Esta observación como es obvio, no concierne a la validez de la posición de Galileo en el debate; pretende más bien indicar que frecuentemente, más allá de dos visiones parciales y contrastantes, existe una visión más amplia que incluye a ambas y las supera.

12. Otra enseñanza que cabe deducir es el hecho de que las distintas disciplinas del saber exigen una diversidad de métodos. Galileo, que prácticamente inventó el método experimental, había comprendido, gracias a su intuición de físico genial y apoyándose en diversos argumentos, por qué razón sólo el Sol podía tener la función de centro del mundo, tal como entonces era conocido, es decir como sistema planetario. El error de los teólogos del tiempo, al sostener la centralidad de la Tierra, fue pensar que nuestro conocimiento de la estructura del mundo físico era, en cierto modo, impuesta por el sentido literal de la Escritura. Pero resulta obligado recordar la célebre sentencia atribuida a Baronio: "Spiritui Sancto mentem fuisse nos docere quomodo ad coelum eatur, nom quomodo coelum graditur" (El propósito del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo el cielo está estructurado). En realidad, la Escritura no se ocupa de los detalles del mundo físico, cuyo conocimiento es confiado a la experiencia y a los razonamientos humanos.

Existen dos campos del saber, el que tiene su fuente en la Revelación y el que la razón puede descubrir con solas sus fuerzas. A este último pertenecen las ciencias experimentales y la filosofía. La distinción entre ambos campos del saber no ha de ser entendida como una oposición. Los dos sectores no son del todo extraños el uno al otro, sino que tienen puntos de encuentro. Las metodologías propias de cada uno permiten poner en evidencia aspectos diversos de la realidad. [107]

 

 


 

 

Fragmentos del Malleus Maleficarum

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¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores! Por lo tanto, si es un pecado divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar una lucha cotidiana.

En su segundo libro de La retórica, Cicerón dice: "Los muchos apetitos de los hombres los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia". Y Séneca dice en sus Tragedias: "Una mujer ama u odia; no hay tercera alternativa. Y las lágrimas de una mujer son un engaño pues pueden brotar de una pena verdadera, o ser una trampa. Cuando una mujer piensa a solas, piensa mal".

En cuanto a la primera pregunta, por qué hay una gran cantidad de brujos en el frágil sexo femenino, en mayor proporción que entre los hombres, se trata en verdad de un hecho que resultaría ocioso contradecir ya que lo confirma la experiencia, aparte del testimonio verbal de testigos dignos de confianza [...].

Pues algunos hombres sabios proponen esta razón: que hay tres cosas en la naturaleza: la Lengua, un Eclesiástico y una Mujer, que no saben de moderación en la bondad o el vicio y, cuando superan los límites de su condición, llegan a las más grandes alturas y a las simas más profundas de bondad y vicio [...].

Y de la maldad de las mujeres se habla en Ecclesiasticus, XXV: "No hay cabeza superior a la de una serpiente y no hay ira superior a la de una mujer. Prefiero vivir con un león y un dragón que con una mujer malévola". Y en entre otras muchas cosas, concluye: "Todas las malignidades son poca cosa en comparación con la de una mujer". "He encontrado que la mujer es más amarga que la muerte y buena mujer está sometida al apetito carnal".

Otros han propuesto otras razones de que existan más mujeres supersticiosas que hombres. Y la primera es que son más crédulas; y como el principal objetivo del demonio es corromper la fe, prefiere atacarlas a ellas. Véase Ecclesiasticus, XIX: "Quien es rápido en su credulidad, es de mente débil y será disminuido". La segunda razón es que, por naturaleza, las mujeres son más impresionables y más prontas a recibir la influencia de un espíritu desencarnado; y que cuando usan bien esta cualidad, son muy malas. La tercera razón es que tienen una lengua móvil y son incapaces de ocultar a sus congéneres las cosas que conocen por malas artes y, como son débiles, encuentran una manera fácil y secreta de reivindicarse por medio de la brujería. Véase Ecclesiasticus, tal como se cita más arriba: "Prefiero vivir con un león y un dragón, que habitar con una mujer malvada".

"Que como son más débiles de mente y de cuerpo, no es de extrañar que caigan en mayor medida bajo el hechizo de la brujería". San Jerónimo, en sus Contra Loniniann, dice: "Este Sócrates tenía dos esposas a quienes soportó con mucha paciencia, pero no pudo liberarse de sus contumelias y sus clamorosas vituperaciones. De modo que un día, cuando se quejaban de él, salió de la casa para huir de su acoso y se sentó delante de ella y entonces las mujeres le arrojaban aguas hervidas. Pero el filósofo no se molestó con ello y dijo: "Ya sabía que después del trueno vendrá la lluvia".

Y también existe la historia de un hombre cuya esposa se ahogó en un río, quien cuando buscaba el cadáver para sacarlo del agua, caminó corriente arriba. Y cuando se le preguntó por qué ya que los cuerpos pesados no se elevan, sino que descienden y el buscaba contra la corriente del rió, respondió: "Cuando esta mujer vivía, siempre tanto en palabras como en los hechos, contradijo mis órdenes; por lo tanto busco en la dirección contraria, por si ahora, inclusive muerta, conserva su disposición contradictoria".

Si investigamos, vemos que casi todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres. Troya, que era un reino próspero, fue destruido por la violación de una mujer, Helena y muertos muchos miles de griegos. El reino de los judíos sufrió grandes desdichas y destrucción a causa de la maldita Jezabel y su hija Ataliah, reina de Judea, quien hizo que los hijos de su hijo fuesen muertos, para que a la muerte de ellos pudiese ella llegar a reinar; pero cada una de ellas fue muerta.

El reino de los romanos soportó muchos males debido a Cleopatra, reina de Egipto, la peor de las mujeres. Y así con otras. Por lo tanto, no es extraño que el mundo sufra ahora por la malicia de las mujeres. Y examinemos en seguida los deseos carnales del cuerpo mismo, de los cuales han surgido innumerables daños para la vida humana. Con justicia podremos decir, con Catón de Útica: "Si el mundo pudiera liberarse de las mujeres, no careceríamos de Dios en nuestras relaciones".

Pues en verdad, sin la malignidad de las mujeres, para no hablar de la brujería, el mundo seguiría existiendo a prueba de innumerables peligros. Oígase lo que dijo Valerio a Rufino: "No sabes que la mujer es la Quimera, pero es bueno que lo sepas, pues ese monstruo tenía tres formas; su rostro era el de un radiante y noble león; tenía el asqueroso vientre de una cabra y estaba armado de la cola virulenta de una víbora".

Quiere decir que una mujer es hermosa de apariencia, contamina el tacto y es mortífero vivir con ella. Más amarga que la muerte, es decir, que el demonio: Apocalipsis, VI, 8: "Tenía por nombre Muerte".

Pues, aunque el demonio tentó a Eva al pecado, Eva sedujo a Adán. Y como el pecado de Eva no había llevado muerte a nuestra alma y cuerpo, a menos de que el pecado pasara después a Adán, el cual fue tentado por Eva y no por el demonio, entonces ella es más amarga que la muerte. Y más amarga que la muerte, además, porque ésta es natural y destruye sólo el cuerpo; pero el pecado que nació de la mujer destruye el alma al despojarla de la gracia y entrega el cuerpo al castigo por el pecado. Y más amarga que la muerte porque la muerte del cuerpo es un enemigo franco y terrible, pero la mujer es un enemigo quejumbroso y secreto. Y el hecho de que sea más peligrosa que una trampa no habla de las trampas de los cazadores, sino de los demonios.

Pues los hombres son atrapados, no sólo por sus deseos carnales, cuando ven y oyen a las mujeres, porque San Bernardo dice: La matriz estéril. Por lo cual, para satisfacer sus apetitos, se unen inclusive a los demonios. Muchas más razones deberían presentarse, pero para el entendimiento está claro que no es de extrañar que existan más mujeres que hombres infectadas por la herejía de la brujería. Y a consecuencia de ello, es mejor llamarla herejía de las brujas que de los brujos ya que el nombre deriva del grupo más poderoso. Y bendito sea el Altísimo, quien hasta hoy protegió al sexo masculino de tan gran delito; pues él se mostró dispuesto a nacer y sufrir por nosotros y por lo tanto concedió ese privilegio a los hombres.[48]

 

 


 

Leyendas de Brujas

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Milán, 1384. Las mujeres Sibilla y Pierina confiesan haber participado en un lúgubre juego: el juego de Diana (o de Herodíades) que presidía una tal Madonna Oriente, que confiaba a las participantes los misterios del futuro. Delante de esta Oriente no se podía pronunciar el nombre de Dios. Además Oriente enseña a curar enfermedades, encontrar cosas robadas y deshacer maleficios. Las dos mujeres fueron condenadas a muerte en 1390.

Sión, 1420. El diablo se le aparece a un grupo sectario en forma de oso o de carnero; los adeptos a la secta masacran hombres, niños y animales. Las indagaciones llevan a descubrir que unos 700 hombres componen el grupo. Cien de ellos son quemados vivos después de haber hecho una confesión total bajo tortura.

Ruán, 1430. El 18 de marzo es condenada a muerte Juana de Arco. La acusación es a la vez de herejía y brujería. El proceso es evidentemente político.

Arras, 1459. Robinet de Vaulx, ermitaño, es juzgado por el delito de brujería. Antes de morir denuncia a una prostituta, Demiselle, y a un pintor, Jean Lavite: una vez más dos personas marginales. Interrogados y torturados, queman a los dos en la hoguera en 1460. A su vez han confesado y denunciado a otros cómplices: la cadena de la Inquisición puede continuar su trabajo purificador.

Fié, 1506. Una mujer, Anna Jobstin, bajo tortura confiesa que es la responsable del granizo que ha destruido los campos de los vecinos. Finalmente su mente se nubla: se acusa de todos los desastres que últimamente afectaron a todo el Tirol.

Derneburg (Rheinstein), 1555. Se trata nuevamente de dos mujeres: Groebesche y Gisserlche que confiesan haber tenido relaciones sexuales con el demonio; Groebesche confiesa que estas prácticas duraron 11 años. La relación demoníaca es, pues, extremadamente fuerte: cuando la llevan a la hoguera, Satán se materializa frente al pueblo reunido bajo el patíbulo y rapta en un vuelo a ambas condenadas; es el 1 de octubre. Dos días después, Gisserlsche aparece en la casa del marido, que muere de espanto en el momento; el episodio lo testimonia un vecino que afirma haberla visto bailar alrededor del muerto, como en una nube de fuego. El 12 de octubre es arrestado el marido de Groebesche, acusado de haber copulado con la hermana de la mujer. La investigación inquisitorial continúa y el 14 del mismo mes, una tercera mujer, llamada Serckschen es encarcelada con la acusación de producir parálisis a los vecinos, enterrando sapos a la entrada de sus casas. Sin ningún socorro demoníaco es quemada pocos días después.

Paris, 1565-1640. En setenta y cinco años se enjuicia a 1119 personas; el número testimonia el trabajo insensato de los inquisidores. Cientos de estas personas encontrarán la muerte al final de los procesos. A diferencia de otros casos, aquí se trata casi siempre de hombres y mujeres de cierta categoría social, culpables de prácticas mágicas.

Lucerna, 1517. Una comadrona confiesa haber matado a varios niños durante el parto, atravesándolos con un alfiler. Al prolongarse la espera para la hoguera, con la esperanza de poder arrancarle otras confesiones, sucede que los carceleros no la encuentran en la celda: en su lugar, sólo su piel, hinchada como una pústula. El rumor popular afirma que el diablo la desolló para llevársela.

Genf, 1571. Una horrenda carnicería de mujeres: queman veintiuna durante el mes de mayo.

Zurich, 1571. Una mujer que vive en la miseria, Varena Keretzin, que necesita cosas fundamentales como comida y vestidos, ve acercándose a un gentilhombre que se le presenta como uno de los más ricos y poderosos de la toda la tierra. La mujer escucha espantada la propuesta que le hace: si te unes carnalmente a mí, te colmaré de bienes, serás fuerte y respetada. La mente de la mujer vacila, mientras no sabe qué contestar, aunque interiormente esté muy tentada a responder de manera afirmativa. El hombre no espera más y sella el pacto mordiéndole el brazo y luego copula con ella. Desde ese momento Varena siente que nada más debe temer; una nueva fuerza se apodera de ella. Armada con un bastón empieza a vagar por los campos, donde persigue vacas y cerdos hasta matarlos. Produce enfermedades en los hombres que en el pasado no quisieron darle protección o limosna; hace granizar hasta destruir las cosechas de toda la zona. Finalmente la capturan. El 10 de septiembre es condenada a la hoguera.

Lorena, 1576-1606. El juez Nicolás Remy se jacta de haber enviado a la hoguera, en este lapso de tiempo, de dos a tres mil brujas.

Burdeos, 1577. El inquisidor Pierre de L ’Ancre en un informe sobre lo realizado en los procedimientos jurídicos, dice que la Corte soberana de Burdeos ha enviado a la muerte a cuatrocientas brujas.

Val Mesolcina, 1593. Ni aún los pastores más famosos se sustraen al rito de la condena de las brujas: el cardenal Carlo Borromeo aporta su contribución a la caza favoreciendo la condena boca abajo de varias mujeres; los testimonios dicen que murieron probablemente reconciliadas ya que muchos las escucharon invocar, entre las llamas, "el santísimo nombre".

Pitoia, 1593. Algunas meretrices, entre ellas Fiore di Francesco da Crispoli, evitan la hoguera exiliándose.

Bazuel (Cambrésis), 1599-1627. Una anciana viuda, Reine Percheval, termina en la hoguera, después de confesar prácticas de brujerías con las que habría conseguido la muerte de la nieta, afectar con una grave enfermedad a un notable, producir nacimientos con deformidades en las vacas. Antes de la hoguera, se repite un rito desdichado: Reine se venga de sus acusadoras señalándolas como cómplices de sus propios crímenes. Una de estas, Aldegonde de Rue, la seguirá en la muerte violenta después de un proceso que duró dos años y terminó encontrando en su cuerpo puntos insensibles al dolor, lo que testimoniaba su trato diabólico. Otras tres mujeres sufrieron el mismo fin.

Jura, 1600. Rolanda di Vernois y Claudia confiesan al juez, Henri Boguet, haber provocado el granizo, mezclando su orina con ramas verdes. El demonio las defiende en la hoguera, haciendo llover varias veces, lo que apaga las llamas. Finalmente, el rito de la muerte se cumple el 7 de septiembre.

Aix-en-Provence, 1609. Esta vez se trata de una monja: después del rito del exorcismo que se le aplicó, porque era evidente que estaba endemoniada, la mujer acusa al cura de Marsella, dom Gaufridy, de haberla embrujado. El cura, sometido a tortura, resiste durante dos años antes de confesar las prácticas sabbáticas y una violencia sexual en la monja. Muere quemado el 30 de abril de 1611.

Zugarramurdi (País Vasco), 1614. Después de un interrogatorio que afecta a 300 personas y dura cuatro años, se reconocen culpables 12 brujas. Siete son condenadas a la hoguera; de las otras cinco, muertas durante el procedimiento, se queman imágenes que las representan.

Paderborn, 1631. Lisa Tutke, arrestada con la acusación de brujería, confiesa bajo tortura que su padre (muerto a su vez por la violencia de los jueces en un proceso anterior) le ha enseñado a hacer maleficios desde que era pequeña, entregándola a un hombre que abusó sexualmente de ella: que el hombre podía ser el demonio queda testimoniado por el hecho que, durante la relación, Lisa no sintió calor sino frío. Lisa denunció a otras seis personas.

Oppenau, 1631-1632. Un proceso que marca un récord; llevó a la hoguera al 8 por ciento de la población.

Palermo, 1640. El Santo Oficio condena a Caterina Buní "que salía con las mujeres de noche y que prometía llevar a la gente con ella y que les quería hacer cabalgar en un macho cabrío, como lo hacía ella".

Auch, 1644. Régine, mujer del pueblo, es apresada y arrojada al rió Gers con una piedra colgada al cuello. Los justicieros, esta vez sin proceso, son soldados que, por instigación de las personas de la ciudad, la acusan de prácticas maléficas.

Monthéliard, 1646. Treinta y dos testimonios acusan a una viuda, Adrienne d’Heur, de haber hecho morir a un niño ofreciéndole pan; de haber hecho perder la vista a un hombre, una mujer y dos niños; de haber estropeado la leche de una vaca; de haber provocado la muerte de un caballo; de haber intentado raptar a un niño; de haber amenazado a muchos otros; de haberse introducido de noche en las casas sin necesidad de abrir las puertas; de haberse trasformado en gato, irritando al gato de la casa. Igual que Percheval, es pinchada en todo el cuerpo: la aguja penetra entre los huesos y allí se queda, sin producir dolor y sin que fluya la sangre, durante un cuarto de hora. Adrienne, sin embargo, niega todo y es colgada de la cuerda. En ese momento confiesa: sabbat, coito con el diablo, maleficios, transformaciones. La queman el 11 de septiembre.

Juergensburg, 1692. Un hombre de ochenta años, Thiess, confiesa ser un hombre lobo, pero de los buenos, los que persiguen y luchan contra diablos y brujas. Los jueces lo condenan a diez latigazos.

 

 


 

Técnicas para la Tortura

El potro. Consistía en una estrecha y larga mesa de madera sobre la que se ataba con cuerdas al reo por las muñecas y tobillos. Las cuerdas de las muñecas estaban fijas a la mesa y las de las piernas se iban enrollando a una rueda giratoria. Cada desplazamiento de la rueda suponía una distensión de los miembros. El dolor producido al distender los músculos y estirar la estructura ósea era muy profundo e insufrible, que aumentaba con el girar de la rueda, lo que podía producir desmembramiento. Se detenía, a la mitad del tormento, para conminar al reo que dijese la verdad; si no lo hacía, el tormento seguía.

Cordeles y garrotes. Eran los cordeles y garrotes, cuya aplicación era de tres maneras: la vuelta de trampa, la mancuerda y tender al acusado en el potro. Se le preparaba para el tormento poniéndole un cinturón con el cual era balanceado desde el suelo; los dos brazos se le amarraban al pecho y se los sujetaban con cuerdas a anillas en la pared. Para la trampa o trampazo, la escalera del potro tenía uno de sus peldaños suprimidos a fin de permitir que las piernas pasasen por él; había otra barra de un agudo filo debajo de él y a través de esta estrecha apertura eran forzadas las piernas por una cuerda apretada alrededor de los dedos con una vuelta sobre el tobillo. Cada vuelta o giro dado a la cuerda representaba unos siete centímetros y medio; tres eran la práctica ordinaria, incluso con los más robustos. Dejándolo estirado en esta posición, el paso siguiente era la mancuerda: se pasaba una cuerda alrededor de los brazos y el verdugo, tras atárselos alrededor del cuerpo, se echaba atrás, volcando todo su peso y presionando con el pie contra el potro. La cuerda llegaba entonces a cortar la piel y los músculos hasta los huesos, mientras que el cuerpo del paciente era estirado como en un potro, entre éste y las cuerdas de los pies. El cinturón, al estar sometido a tales fuerzas alternativas, se movía también adelante y atrás, con lo cual el sufrimiento era mayor. Esto se repetía seis y ocho veces con la mancuerda, en diversas partes de los brazos y los pacientes solían desmayarse, especialmente las mujeres.

Después de esto entraba en juego el potro. Se libraba al paciente de la trampa y mancuerda y se le ponía sobre los once afilados peldaños del potro, con los tobillos atados a los lados y su cabeza en una depresión donde la inmovilizaba una cuerda que cruzaba la frente. Se le aflojaba el cinturón para que pudiera girar, se le pasaban tres cuerdas alrededor de cada brazo, atándose los extremos en anillas o a los costados del potro utilizando garrotes para mantenerlos tensos; otras dos semejantes se le ponían alrededor sobre cada muslo y una en cada pantorrilla, resultando en total doce. Los extremos se ataban a un garrote maestro, con el cual el torturador podía controlar todas a la vez. Éstos funcionaban no sólo por compresión, sino también deslizándose sobre los miembros, en los que arrancaban piel y carne. Cada medio giro se consideraba una vuelta, siendo el máximo seis o siete, pero generalmente no se pasaba de cinco ni aun con hombres fuertes. En los primeros tiempos se hacía lo mismo con la cuerda alrededor de la frente, pero se abandonó la práctica al ver que podía expeler los ojos de sus órbitas. Todo ello, concluye el tribunal de Córdoba, es muy violento, pero es menos peligroso que los métodos ya abandonados.

La garrucha. Se amarraba al acusado por las muñecas vueltas hacia la espalda y desde cierta altura se le dejaba caer. La longitud de la cuerda estaba medida para que no se golpeara con el suelo, pero la sacudida le dejaba descoyuntado.[33]

La primera, conocida en Italia como el strappato, consistía en amarrarle los brazos al paciente detrás de la espalda y luego, con una cuerda alrededor de las muñecas, alzarlo desde el suelo, con o sin pesas a sus pies, manteniéndolo suspendido durante el tiempo que se desease y dejándolo caer ocasionalmente un corto trecho de un tirón. Hacia 1620, un autor recomienda que el movimiento de elevación sea lento, pues, si es rápido, el dolor no dura bastante; el paciente debe ser mantenido algún tiempo sobre las puntas de los pies, de modo que éstos apenas toquen el suelo; al ser elevado, debe quedar así el rato que se tarda en repetir lentamente y por tres veces en silencio el salmo Miserere, mientras se le ha de amonestar reiteradamente que diga la verdad. Si esto no da resultado, se le bajará, se le atará de las pesas a los pies y será alzado por el tiempo de dos Misereres (oración oportuna si las hay), repitiéndose la operación con pesas cada vez mayores tan repetida y largamente como se considere conveniente.[34]

El brasero. Se colgaba al acusado por los brazos de una cuerda sujeta por una argolla. Se le elevaba, se le engrasaban los pies y se le ponía debajo un brasero. Algunos jueces acercaban brasas al cuerpo del reo.

El tormento del agua. Se sujetaba a la persona acostada y se le colocaba una pieza de hierro para que no pudiera cerrar la boca. Se le introducía una tira de lino por la boca hasta el interior de la garganta y con una jarra se iba echando el agua a través de la tira de tela, lentamente. El torturado jadeaba y se ahogaba. Se medía el tormento por el número de jarras de agua que se le introducían.

Otra versión del tormento del agua. Se debía colocar al paciente en una escalera o potro, una especie de caballete con peldaños puntiagudos, al través, como en una escalera inclinada, de modo que la cabeza quedaba más baja que los pies; en el punto más bajo había una depresión en la cual se metía la cabeza, mientras que un fleje de hierro alrededor de la frente o la garganta la mantenía inmóvil. Los cordeles, que penetraban en la carne, sujetaban los brazos y las piernas a los lados del potro y otros, conocidos como garrotes, por los palos introducidos en ellos y retorcidos como un torniquete hasta que las cuerdas iban entrando profundamente en la carne, eran atados a los brazos y antebrazos, a los muslos y a las pantorrillas. Un bostezo, o punta de hierro, distendía la boca y una toca, o venda de lino, se le introducía por la garganta para meterle el agua que fluía lentamente de una jarra, que generalmente contenía poco más de un litro. El paciente emitía sonidos entrecortados y, a intervalos, retirada la toca, se le conjuraba que dijese la verdad. La severidad del castigo se medía por el número de jarras consumido, que a veces llegaba a seis u ocho. [35]

Las tablillas. En cada pie y en cada mano se ponía una tabla con cinco agujeros estrechos, en los que se introducían los dedos a la fuerza.

La doncella de hierro. Consistía en un sarcófago de hierro cuyo interior estaba cubierto de pinchos. Hubo pocos sarcófagos de este tipo (el más famoso era el Nuremberg) y en realidad era un elemento más pensado para producir terror. Cualquiera de las torturas precedentes, aunque de apariencia más modesta, permitía una aplicación de intensidad variable, según las necesidades, mientras que la doncella no permitía graduaciones.

El cepo. El reo permanecía largo tiempo con los pies (y a veces también las manos) sujetos a una tabla con varios agujeros de diversa sección para distintos tamaños de tobillos o muñecas.

El aplasta pulgares. Era un instrumento que, girando un tornillo, servía para apretar los dedos de las manos o de los pies. Había variantes mayores para otras junturas del cuerpo: codos, rodillas etc.

El pie de amigo. Otro instrumento de castigo era el pie de amigo, una horquilla de hierro fijada a la barbilla y asegurada por una venda al cuello o a la cintura, a fin de mantener la cabeza levantada y rígidamente fija. Su uso ordinario era con reos azotados por las calles o a los que se hacía desfilar en vergüenza. [36]

 

 

 


 

 

 

Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, 30 de junio de 1680.

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[...]Al cabo de un mes de haber sido hecha la proclamación del Auto de Fe, se inició la ceremonia con una procesión [que tuvo lugar la víspera, el 29 de junio] en la iglesia de Santa María, con el orden siguiente: la marcha era precedida por cien carboneros, todos armados con picas y mosquetes ya que ellos proporcionaban la leña con que eran quemados los criminales. Eran seguidos por dominicos, precedidos por una cruz blanca. Luego venía el Duque de Medinaceli, llevando el estandarte de la Inquisición. Después venía una gran cruz cubierta de crespón negro, seguida de varios grandes y otras personas de calidad que eran familiares de la Inquisición. La marcha era cerrada por 50 guardias de la Inquisición, vestidos de negro y blanco y mandados por el Marqués de Pova, Protector hereditario de la Inquisición. Habiendo marchado la procesión por este orden ante Palacio, se dirigió luego hacia la Plaza, donde el estandarte y la Cruz Verde fueron colocados en la tribuna, donde sólo quedaron los dominicos, retirándose los demás. Estos frailes se pasaron parte de la noche cantando salmos y se celebraron varias misas ante el altar desde el amanecer hasta las seis de la mañana. Una hora más tarde aparecieron en los balcones los Reyes de España, la Reina Madre y muchas damas de calidad.

A las ocho empezó la procesión, siguiendo el mismo orden del día anterior, con la Compañía de Carboneros, que se colocó a la izquierda del balcón del Rey y formando los guardias a su derecha (el resto de los balcones estaban ocupados por los embajadores, la nobleza y los caballeros). Después vinieron 30 hombres, portando imágenes de cartón de tamaño natural. Algunas de éstas representaban a los que habían muerto en prisión, cuyos huesos eran asimismo traídos en baúles, en los que había pintadas llamas; y el resto de las figuras representaban a los que habían escapado a las manos de la Inquisición y que eran proscritos. Estas figuras fueron colocadas a un extremo del anfiteatro.

Tras ellos vinieron doce hombres y mujeres, con cuerdas alrededor de sus cuellos y velas en las manos, con caperuzas de cartón de tres pies de altura, en las cuales se habían escrito sus delitos, o representados de diversas maneras. Iban seguidos por otros 50, que también llevaban velas en sus manos, vestidos con un sambenito amarillo o una casaca verde sin mangas, con una gran cruz roja de San Andrés delante y otra detrás. Éstos eran delincuentes, quienes (por haber sido ésta la primera vez que eran encarcelados), se habían arrepentido de sus delitos; son condenados generalmente a algunos años de cárcel o a llevar el sambenito, al que se tiene como la desgracia mayor que puede caer sobre una familia. Cada uno de estos delincuentes era llevado por dos familiares de la Inquisición. Seguidamente, venían veinte delincuentes más, de ambos sexos, que habían reincidido tres veces en sus anteriores errores y que eran condenados a las llamas. Los que habían dado algunas muestras de arrepentimiento serían estrangulados antes de ser quemados; los restantes, por haber persistido obstinadamente en sus errores, iban a ser quemados vivos. Estos llevaban sambenitos de tela, en los que había pintados demonios y llamas, así como en sus caperuzas. Cinco o seis de ellos, que eran más obstinados que el resto, iban amordazados para impedir que profirieran frases de doctrinas blasfemas. Los condenados a morir iban rodeados, además de los dos familiares (miembros de la Inquisición), de cuatro o cinco frailes, que los preparaban para la muerte conforme iban andando.

Pasaron estos delincuentes en el orden arriba mencionado, bajo el balcón del Rey, y, tras dar la vuelta a la tribuna, fueron colocados en el anfiteatro de la izquierda, rodeado cada uno de ellos por los familiares y frailes que los atendían. Algunos de los Grandes, que eran familiares, se sentaron en dos bancos que estaban preparados para ellos en la parte inferior del otro anfiteatro. Los funcionarios del Consejo supremo de la Inquisición, los inquisidores, los funcionarios de todos los otros consejos y varios otros personajes distinguidos, tanto del clero regular como del clero secular, todos ellos a caballo, llegaron luego con gran solemnidad y se colocaron en el anfiteatro hacia el lado derecho, a ambos lados del rostrum en que había de sentarse el Gran Inquisidor. Éste fue el último en llegar, vestido de púrpura, acompañado por el presidente del Consejo de Castilla y, una vez que se hubo sentado, el presidente se retiró. Entonces comenzó la celebración de la misa...

Hacia las doce comenzaron a leer la sentencia a los delincuentes condenados. Primero se leyó la de los que murieron en prisión o estaban proscritos. Sus figuras de cartón fueron subidas a una pequeña tribuna y metidas en pequeñas jaulas hechas con ese propósito. Luego prosiguieron leyendo la sentencia a cada delincuente, quienes, seguidamente, eran metidos uno a uno en dichas jaulas para que todos los conocieran. La ceremonia duró hasta las nueve de la noche y, cuando hubo acabado la celebración de la misa, el Rey se remitió y los delincuentes que habían sido condenados a ser quemados fueron entregados al brazo secular y, siendo montados sobre asnos, fueron sacados por la puerta llamada Foncaral y, cerca de este lugar a medianoche, fueron todos ejecutados.

 

 

 

 


PROBLEMA DE IDENTIDAD DEL PUEBLO JUDÍO

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En la sociedad medieval, cada grupo (cada etnia, cada estamento dentro de una etnia, cada una de las múltiples y más fluidas subdivisiones dentro del estamento; cada sexo, por supuesto) poseía su propio valor de signo y a esta función semiótica debía el individuo su propia realidad social; fuera del grupo, su existencia era meramente física. Los judeoconversos vivieron siempre una existencia angustiada, precisamente porque no se hallaban integrados ni en el grupo que habían abandonado ni en el nuevo grupo que habían elegido. Queriendo liberarse del cautiverio de sus progenitores, caían en una inquietante e insospechada servidumbre. Ya en Las Partidas, de Alfonso X, podemos leer el terrible destino que persiguió siempre a los judíos:

"Et la razón porque la Eglesia, et los Emperadores, et los reyes et los otros príncipes sufrieron a los judíos vivir entre los cristianos es ésta: porque ellos viviesen como en cautiverio para siempre, et fuese remembranza a los homes que ellos vienen del linage de aquéllos que crucificaron a nuestro señor Jesucristo".

Las persecuciones de 1391, con la creación repentina de un nuevo y conflictivo grupo social nominalmente cristiano, el de los "cristianos nuevos", convertidos por fuerza o por conveniencia calculada, abren una etapa nueva, la del "problema converso".Más que en 1391, estas conversiones en masa se producirán en los tiempos que preceden a la expulsión en 1492. Con anterioridad a estas nuevas etapas infortunadas, la existencia del "converso" (algunos de conversión sincera) era también culturalmente fronteriza, al combinarse, en un solo sujeto, viejos y nuevos parámetros de definición étnica y su dificultad para encontrar un nuevo lugar social, una nueva entidad. El judeoconverso de la Edad Media, habiendo dejado, de forma postiza en la mayoría de los casos, la religión de sus padres y no habiéndose integrado totalmente en la nueva fe cristiana, vivía separado de los grupos sociales constituidos y al margen de la función que estos grupos desempeñaban. Su caminar era incierto y angustiosa su existencia. Su vida y hacienda en constante peligro y su actitud religiosa puesta siempre en duda por unos y por otros. Ante la sociedad cristiana era un neófito impostor e hipócrita y ante sus antiguos hermanos de sangre era un apóstata despreciable. Muchos de ellos, para expulsar de su interior vestigios culpables, para provocar un olvido de lo antes vivido y una total ruptura con el pasado heredado, tenían que reprimir ciertos recuerdos (olvido motivado, como dice José Luis Pinillos) para que su acceso a la memoria no les provocara grandes conflictos. El drama humano del judeoconverso era un drama esencialmente moral. El hombre vive fundamentalmente bajo el signo de la culpa. Ante el fracaso moral, el desconcertado converso buscaba una exculpación y es bien sabido que el sentimiento de frustración, de culpabilidad, se transforma en lucha contra uno mismo, contra los demás o contra la vida. Aunque algunos poderosos dirigentes y ciertas casas nobles intentaron protegerlos, el odio del pueblo llano se había agudizado de tal forma que provocó diversas persecuciones. Esta hostilidad frente al converso enriquecido, y algunas veces encumbrado, cristalizó en escenas de violencia, tanto en Toledo (1449 y 1467) como en otras ciudades.

Los conversos, al recibir una nueva religión, tuvieron necesidad de ahondar en ella. Todos tuvieron que hacerse "un poco teólogos". Esta búsqueda, el intento de penetrar en los misterios y en los rituales, hizo que su mundo espiritual se poblara de dudas e inquietudes religiosas profundas, de anhelos de paz interna y de arrepentimientos... Estas inquietudes religiosas eran, sin duda, más intensas que las de aquellos cristianos viejos que habían heredado los rituales de sus mayores y que difícilmente se planteaban el origen de estas ceremonias externas.

Frente a la preocupación intelectual de los descendientes de sangre hebrea, los cristianos viejos hacían gala de un "vivir con descuido", basando sus obsesivas preocupaciones en motivos de honra y fama, que iban unidas al sentimiento de honor, de la opinión y de la pureza de sangre. La sociedad dominante de cristianos viejos opuso una actitud de desprecio por las ciencias. Lo verdaderamente importante para el cristiano viejo era la hidalguía, que se adquiría cuando no se tenía mancha hebrea ni mora, por eso Sancho le dice al hidalgo Don Quijote:

-"Sea por Dios, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me basta.

-Y aun te sobra, dijo Don Quijote y cuando no lo fueras, no hacía nada el caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la compres ni me sirvas con nada".

Y por eso, en El alcalde de Zalamea, Pedro Crespo le recuerda a su hijo la casta a que pertenece, el limpio linaje:

-"En tanto que se acomoda

el señor don Lope, hijo,

ante tu prima y tu hermana

escucha lo que te digo.

Por la gracia de Dios, Juan,

eres de linaje limpio

más que el sol, pero villano"...

El agravio se lavaba con sangre, "porque un hombre bien nacido, / si está agraviado, no vive", dice Clotaldo en La Vida es Sueño; por eso le ofrece la espada (símbolo) a Rosaura (vestida de hombre) para que pueda limpiar su honor:

Toma el acero bruñido

que trajiste; que yo sé

que él baste, en sangre teñido

de tu enemigo, a vengarte;

porque acero que fue mío

sabrá vengarte".

El enfrentamiento entre la Iglesia y la Sinagoga se remontaba a tiempos lejanos de la Edad Media. Desde hacía siglos, se había pronosticado que el Anticristo sería un judío de la tribu de Dan y esta idea se había propagado tanto en la Edad Media, que hasta fue aceptada por escolásticos de cierto prestigio. Al igual que el Anticristo, se pensaba que los judíos eran demonios de destrucción, cuyo único objetivo era acabar con los cristianos y con la Cristiandad... [55]


 

 NUEVO TRIBUNAL. RAZONES REYES CATÓLICOS PARA SU CREACIÓN.

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... Dada la antigüedad del antisemitismo en España, no tendría objeto -en cierto modo, al menos- la sustitución de una inquisición por otra para solucionar única y exclusivamente el problema de los judeo-conversos; por otra parte, cuando entre 1391 y 1420 se produjeron conversiones masivas, la nueva inquisición debería haberse establecido entonces y no tantos años después: Por tanto, el factor religioso -el problema judío concretamente- no parece decisorio, concluye García Cárcel, para el establecimiento de la Inquisición moderna.

De estas y otras consideraciones parece desprenderse que la diferencia fundamental entre ambas inquisiciones fue la función política, por parte de la Corona. La Inquisición moderna tuvo esta función política que no tuvo la medieval, por lo demás ya un tanto desacreditada por su ineficacia. Su utilización como instrumento político por parte de la monarquía, especialmente entre los siglos XVI y XVII, es indiscutible (llegó a perseguir delitos monetarios), al tratarse del único órgano de la administración estatal que permitía a los monarcas saltarse las barreras jurisdiccionales de los fueros de la Corona de Aragón. Si el rey tuvo la capacidad de nombrar a los inquisidores generales, de controlar los recursos del Santo Oficio y el poder decidir acerca de los pleitos jurisdiccionales, el Papa, por su parte, fue el depositario de la legitimidad final del mismo y siempre reivindicó la base espiritual de su poder.

Curiosamente, en Francia - gobernaba por una monarquía absoluta- jamás existió la Inquisición moderna, correspondiendo al Parlamento incoar los procesos contra los herejes. Portugal no la tuvo hasta 1533. En Italia no existieron tribunales similares hasta finales del siglo XVI y en Roma, Paulo III, iniciador de la Contrarreforma, creó en 1542 un tribunal propio, que con el nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe ha sobrevivido hasta la actualidad. Por su parte, los países donde arraigó el protestantismo tuvieron también sus propias inquisiciones.

Tenía este Tribunal muy poco en común con el modelo aragonés o el europeo ya que era, en realidad, un órgano más de la Corona, aunque eclesiástico, al servicio de los soberanos. Se lograba, de esta forma, extender el poder real hasta el último rincón de los reinos de España, reinos que hasta entonces, en virtud de sus derechos forales, escapaban a la acción de la Corona. Debido a este poder de jurisdicción territorial, los monarcas no se sustrajeron a la tentación de recurrir a éste cuando los demás medios coercitivos fallaban.

Los escritores antisemitas de la época afirmaban que los conversos seguían siendo judíos en secreto. El dominico Alonso de Hojeda los tachaba de apóstatas y decía que estaban en punto de predicar la ley de Moisés y no podían encubrir el ser judíos, lo que no era cierto, apoyándose para tal aseveración en el apego que éstos seguían demostrando hacía las costumbres y tradiciones de sus antepasados, como si fuera posible cambiar en unos pocos años los hábitos adquiridos y conservados durante siglos. En este punto radica, pues, una de las causas de la creación de la Inquisición, tan solicitada desde determinados sectores sociales no tanto por un sentimiento limpio y religioso como por el deseo de los cristianos viejos, con intereses en la Administración y la Iglesia, de evitar tener que compartir el poder con hombres de sangre mezclada que, además, tenían mayor éxito que ellos en la vida pública y mercantil.

En tanto que tribunal eclesiástico, el Santo Oficio dependía directamente de la Santa Sede, aunque, de hecho, era la Corona la auténtica directora de la institución. Quizá, para entender esta aparente paradoja convendría recordar ciertos detalles de la historia europea y española en el momento de su creación, cuando el Pontificado no pasaba precisamente por su mejor coyuntura. No podía, por tanto, un Estado naciente y fuerte, como lo era el español, permitir que su hegemonía fuera puesta en duda y por eso se hizo con su control desde su fundación. [56]


 

 AD PERPETUAM REI MEMORIAM

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Bula de Sixto IV (31 Mayo 1484)
Esta bula solemne ad perpetuam rei memoriam, que conceptúo inédita, encierra grande interés histórico y jurídico por lo tocante á los hebreos y á los mudejares españoles.

Este documento, lleva el número 27 en el tomo primero de los Breves y bulas Apostólicas originales, que perteneció al Consejo Supremo de la Inquisición y hoy se halla en el Archivo Histórico Nacional.

 

Sixtus episcopus, servus servorum dei, ad perpetuam rei memoriam.

Intenta semper salutis operibus apostolice sedis circunspecta providentia, indulta sibi desuper potestatis plenitudine nonnunquam per eam concessa, suadentibus rationabilibus causis, revocat et immutat, prout negociorum personarum locorum et temporum qualitate pensata id in domino, presertim pro auimarum salute et fidei catholice conservanda puritate, conspicit salubriter expedire. Sane, sicut non sine displicentia accepimus, in Ispaniarum Regnis, et presertim in provincia Vandalie, Judei et Sarraceni insimul permixti cum christianis habitare et indistinctum a christianis habitum deferre, servos et servitores christianos ac pro eorum pueris Nutrices christianas eis cohabitantes habere, et qui ex eis Medici sunt christianis mederi, ac qui Aromatarie exercitio insistunt ordinatas a Medico hebreo medelas componere et christianis exhibere, fructus redditus et proventus etiam ecclesiasticorum beneficiorum arrendara et locationem recipere, mercimonia quecunque cum christianis facere passim et indifferenter permittuntur, et preponuntur persepe exactioni publicarum functionum, nec possunt ut asseruut ne id faciant quomodolibet impediri, obstantibus super hiis concessis etiam a sede apostolica privilegiis quibus etiam asserunt se munitos, non sine domini nominis offensa, fidei catholice obprobrio et grandi detrimento ac periculo animarum simplicium christifidelium, qui ex huiusmodi mutua conversatione nonnunquam in illorum prolabantur errores.

Nos igitur volentes super hiis et aliis, que eis utriusque iuris censura prohibita sunt, ne pretextu quorumvis privilegiorum fiant, oportunum adhibere remedium, motu proprio non ad alicuius nobis super hoc oblate petitionis insiantiam, sed de nostra mera deliberatione omnia et singula privilegia super hiis per sedem prefatam vel alias quomodolibet hactenus concessa, que hic etiam si de eis eorumque toto tenore specialis et speciffca seu quevis alia expressio habenda esset volumus pro expressis haberi, auctoritate apostolica tenore presentium revocamus cassamus et annullamus, ac volumus pro infectis et non concessis haberi, locorum Ordinariis Regnorum predictorum et temporale dominium ipsorum Regnorum obtinentibus, cuiuscunque status et conditionis existant, districte precipiendo mandantes ut in premissis omnibus et aliis eosdem Judeos et Sarracenos concernentibus faciant sanctorum patrum decreta et canonicas sanctiones, ac quatenus illis non contrariantur sacratissimas leges inviolabiliter observari, christianos et Judeos ac alios infideles ut a premissis et aliis que eis de iure comuni permissa non sunt prorsus abstineant, iuris remediis oportunis compescentes, et non permittentes eosdem in premissis uti privilegiis quibuscunque, que eis nolumus ut prefertur suffragari. Et quia difficile foret presentes litteras ad singula loca deferre quibus expediens fuerit, volumus quod earum Transumpto, sigillo alicuius Prelati ecclesiastici et publici Notarii subscriptione munito, eadem prorsus fides adhibeatur in indicio et extra, que ipsis presentibus originalibus litteris adhiberetur, si forent exhibite vel ostense.

Nulli ergo omnino hominum liceat hanc paginam nostre voluntatis revocationis cassationis anuullationis et mandati infringere, vel ei ausu temerario contraire. Siquis autem hoc attemptare presumpserit indignationem omnipotentis dei ac beatorum Petri et Pauli Apostolorum eius se noverit incursurum.

 

 


Arzobispo Carranza

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El nuevo arzobispo-escribe Kamen-tenía evidentemente enemigos. Sólo les faltaba el arma para el ataque. Y ésta se la proporcionó el propio Carranza con sus Comentarios sobre el catecismo cristiano, publicado en 1558, en Amberes.

 

Los Comentarios eran considerados completamente ortodoxos en doctrina. El Concilio de Trento examinó y aprobó la obra y otros numerosos y distinguidos teólogos de España estuvieron de acuerdo con esta decisión. Pero, al parecer, Carranza era un teólogo poco cuidadoso. Críticos hostiles, especialmente Cano, cayeron sobre algunas frases de su obra, que fueron denunciadas como heréticas.

El arzobispo de Granada calificó los Comentarios de obra "segura, verdadera, pía y católica"; el obispo de Almería dijo que el libro "no contenía herejía ninguna sino mucha e muy buena doctrina". No obstante, Melchor Cano aseguraba que la obra "contiene muchas proposiciones escandalosas, temerarias, malsonantes; otras que saben a herejías, otras que son erróneas y aun tales hay de ellas que son heréticas, en el sentido que hacen".

Guiada por Valdés, la Inquisición aceptó la opinión de Cano. No hay que maravillarse de que Pío V exclamara: "¡Los teólogos de España se han empeñado en hacerle hereje, aunque no lo sea!". Si de verdad Carranza no había incurrido en herejías, ¿por qué era mirado con sospecha por sus enemigos? La enemistad personal influyó mucho, pues tanto Valdés como Cano detestaban a Carranza.

Otros enemigos mortales eran Pedro de Castro, obispo de Cuenca, quien había alimentado esperanzas de ocupar la sede de Toledo y su hermano Rodrigo. Ambos, hijos del conde de Lemos, eran aristócratas resentidos porque un hombre de humilde nacimiento hubiera ascendido a posiciones de influencia, y habrían de desempeñar un papel clave en la detención y encarcelamiento final del arzobispo. [69]

El inquisidor Valdés, consciente de la alta jerarquía del Primado de Toledo, no cesaba de maquinar contra Carranza y busca la autorización del Papa para la obtención de un Breve que autorizase el enjuiciamiento de un Primado. Para ello envió a Roma a su sobrino, con el secreto más absoluto y consigue del Papa Pablo IV el Cum Sicuti Nuper, 7 de enero de 1558, que empieza su justificación así: "Como recientemente, no sin amargura del alma, hayamos sabido que en los reinos de España, a incitación del enemigo del género humano, hayan comenzado a pulular la luterana y otras herejías nacidas en este siglo y parezcan penetrar más extensamente, de suerte que puede también sospecharse verosímilmente de algunos prelados.."

El enemigo del género humano del que habla el Papa es Satán, no cabe duda. El Papa cree en el poder del diablo para hacer daño a la Iglesia. Prelados son los obispos, pero Carranza sospecha y cuestiona que se trata de un solo obispo, él mismo, fue un traje hecho a su medida por "Satanás", pero un satanás humano. He aquí algunas frases entresacadas de la carta o Breve Papal: "Por dos años, durante un bienio, el consejo de los queridos hijos del Consejo Supremo de la Inquisición… pueden a los tales detener o arrestar... ya sean obispos, arzobispos, patriarcas, primados... Para todo ello se le concede plena y libre autoridad al Consejo Supremo de la Inquisición…"

El proceso inquisitorial se justifica jurídicamente por una facultad delegada del Papa a los inquisidores. Nunca se pudo imaginar que la Inquisición, creada para atacar a los cátaros, a los judíos, a los musulmanes y a los herejes en general, además de ser arma política en manos de los Reyes, pudiese estar sobre la jurisdicción de los obispos, arzobispos y primados de esta manera, y que, además, éstos cayesen directamente bajo su tribunal para ser juzgados por él.

Con ello el Papa y el Rey fortalecen su poder absoluto y omnímodo. Pero, una vez inventada la guillotina, ni los Reyes no se escaparon del filo de su cuchilla. La invención de la Inquisición empezó para defender la ortodoxia y terminó siendo muy lesiva para los derechos de los obispos, a quienes siempre se les restó jurisdicción y poder, a pesar de algunas explicaciones contrarias de los Papas. Pero los hechos hablan por sí solos, más que el discurso y que los escritos Papales. Después habría otro Motu Proprio dirigido a Felipe II.

El fiscal de la Inquisición redacta la pertinente orden de arresto: "por haber predicado, escrito y dogmatizado muchas herejías de Lutero". Melchor Cano afirmaba que su obra contenía numerosas proposiciones: "que saben a herejía, otras que son erróneas y aun tales hay de ellas que son heréticas, en el sentido que hacen". El Rey dio su conformidad para la detención. El arzobispo fue requerido para que se presentase en Valladolid el día 6 de agosto.

Temiendo el significado de esta citación, Carranza se puso en camino, aunque viajando lo más despacio posible. El 16 de agosto le salió al encuentro un colega dominico y amigo de Alcalá, quien le advirtió de que la Inquisición lo estaba buscando para detenerle. Conmovido por esta noticia, el arzobispo continuó su viaje hasta que cuatro días después llegó sano y salvo a Torrelaguna, pueblo al norte de Madrid, donde se encontró con su amigo Fray Pedro de Soto, que había venido desde Valladolid para advertirle. Pero ya era demasiado tarde.

Carranza ignoraba que cuatro días antes de su llegada, los funcionarios de la Inquisición habían establecido su residencia en Torrelaguna y le estaban esperando. Carranza llegó al pueblo el domingo 20 de agosto. A primeras horas de la mañana del martes 22 de agosto, el inquisidor Diego Ramírez y Rodrigo Castro (un miembro de la Suprema), junto con unos diez familiares armados, se abrieron paso hasta el dormitorio de Carranza y demandaron:

- "¡Abrid al Santo Oficio!".

Se permitió la entrada a los intrusos y un funcionario se dirigió al arzobispo diciéndole:

-"Señor Iltmo. yo soy mandado: sea preso Vs. Rma. por el Santo Oficio".

Carranza contestó tranquilamente:

-"¿Vos tenéis mandamiento bastante para eso?". El funcionario leyó entonces la orden firmada por la Suprema.

Carranza protestó:

-"¿Y no saben esos señores que no pueden ser mis jueces, estando yo por mi dignidad y consagración sujeto inmediatamente al Papa y no a otro ninguno?".

Éste fue el momento para exhibir la carta del triunfo. Ramírez declaró:

-"Para eso se dará a Vs. Rma. entera satisfacción" y le mostró el breve Papal.

Aquel día el arzobispo fue mantenido bajo arresto domiciliario y al anochecer se impuso el toque de queda en el pueblo. [70]

Fue encerrado en los calabozos del Santo Oficio vallisoletano y, según Lea, "desapareció de la vista de los humanos tan completamente como si hubiera sido tragado por la tierra". Allí permaneció más de siete años, privado de misas y de sacramentos, según las normas de la Inquisición española y también de la romana, ya que el hereje caía en excomunión. Se rebuscaba en todos sus escritos y se interpretaba según el censor que los leyese. Dice Tellechea: " Si ensalzaba la fe se deducía que negaba los propios (méritos u obras). Si hablaba de seguridad y confianza, se suponía que negaba el temor de Dios. Si exigía la fe viva y operante, se le acusaba de negar la llamada fe muerta". Se le buscaban las "cosquillas" luteranas en sus escritos.

En términos generales, Carranza termina su brillante y laureada carrera y como elemento humano se constituye en una mera ficha o pelota de juego entre los poderes en disputa por la preciada presa, en un drama teatral de envidias y rencores eclesiales, y de pugnas entre la Monarquía, el Papado y la Inquisición.

El Papa Pío IV envió a Madrid una delegación especial, de la que formaban parte tres obispos que serían más tarde Papas, para negociar, y uno de ellos escribió a Roma:

Nadie se atreve a hablar a favor de Carranza por miedo a la Inquisición. Ningún español se atrevería a absolver al arzobispo, por muy inocente que le creyera, pues esto equivaldría a oponerse a la Inquisición. La autoridad de ésta no podría consentir que se declare haber preso injustamente a Carranza. Los más ardientes defensores de la justicia opinan aquí que vale más condenar a un inocente que no el que sufra mengua alguna la Inquisición. [71]

Esta fue la causa que convocó a más ilustres personas: reyes, Papas, cardenales, obispos, aristócratas... y la más larga de la Inquisición española: su proceso duró 16 años. También fue el más notorio de la época, no sólo por la calidad y rango del acusado, sino también por el exagerado interés que los inquisidores mostraron en todo momento. Todo valía para arremeter contra el Primado Arzobispo de Toledo, cuyo arresto y prisión fue una gran injusticia, al mismo tiempo que un gran escándalo, y una muestra más del fanatismo ideológico y prepotencia del Santo Oficio.

Tuvo Carranza valientes y osados defensores, por lo mucho que ponían en juego en su defensa, y algunos llegaron incluso hasta el Papa. Martín de Azpilicueta, llamado el doctor Navarro, asumió su defensa sacrificando su brillante carrera con ello.

La esperanza para Carranza nació con el ascenso al trono Papal de Pío V, al que, a escondidas y en clave, le mandó este mensaje: Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas.

Eso es lo que el Papa hizo, ordenó a las autoridades españolas que le enviaran al preso con toda la documentación a Roma, bajo pena de excomunión. Ya anciano, llegó Carranza a Roma y fue confinado en el castillo de Sant’ Ángelo, donde estuvo encarcelado nueve años. Pío V falleció en 1572 sin haber tomado una decisión sobre el caso. Gregorio XIII, su sucesor, dictó finalmente la sentencia en abril de 1576, confeccionada para no herir a España.

La sentencia -dice Kamen- satisfizo al rey Felipe y a la Inquisición, para la que la absolución hubiese sido un grave revés; también satisfizo a Roma que venía reivindicando su autoridad exclusiva sobre los Obispos. Y Carranza, a pesar de la condena de los Comentarios, no había sido acusado de ninguna herejía. La justicia había sido sustituida por un compromiso político.

Los Comentarios fueron prohibidos y condenados y Carranza hubo de abjurar de una lista de errores y se le ordenó retirarse a un monasterio en Orvieto. El Papado administraría la rica sede de Toledo.

Bartolomé de Carranza y Miranda, dieciocho días después de que le leyeran el veredicto, contrajo una enfermedad de la que falleció el 2 de mayo de 1576.

 



 

PROCESO DE GIORDANO BRUNO

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Celestino de Verona dijo que deponía contra Giordano, porque se sospechaba que él había sido calumniosamente denunciado por el mismo y presentó todas las acusaciones contra Giordano en un texto escrito (Dixit se deponere contra Iordanum, quia suspicatur se calumniose delatum fuisse ab ipso, et detulit omnia contra Iordanum in scriptis.). (Detulit dixisse:) Afirmó que Giordano había dicho:

Que Cristo pecó mortalmente en la oración en el huerto, al recusar la voluntad del Padre, mientras dijo: "Padre, aparta de mí este cáliz".

Que no pusieron a Cristo en la cruz, sino que fue colgado de dos maderas colocadas perpendicularmente, como se hacia entonces y que se llamaba horca.

Que Cristo era un perro, un maldito perro: decía que quien gobernaba este mundo era un traidor, porque no lo sabía gobernar bien y alzando las manos hacía un corte de mangas al cielo.

No hay infierno y nadie está condenado a la pena eterna, sino que con el tiempo todos se salvan según el profeta: Nunquid in aeternum Deus irascetur ("La cólera de Dios no dura siempre").

Que hay más mundos, que todas las estrellas son mundos y que creer que existe sólo este mundo denota gran ignorancia.

Que, muertos los cuerpos, las almas trasmigran de un cuerpo al otro.

Que Moisés fue un mago muy astuto... y fingió haber hablado con Dios en el monte Sinaí y que la ley que dio al pueblo hebreo la imaginó y era falsa.

Que todos los profetas fueron hombres astutos, falsos y mentirosos...

Que recomendarse a los santos es ridículo y no debe hacerse.

Que Caín fue un hombre de bien y que mató merecidamente a su hermano Abel, que era un carnicero de animales.

Que si se ve forzado a volver a ser hermano de Santo Domingo, hará volar el monasterio donde se encuentre y, hecho esto, quiere volver enseguida a Alemania o Inglaterra entre herejes para vivir más cómodamente a su manera...

Que el que ha hecho el breviario, o lo ha ordenado, es un perro estúpido, desvergonzado...

Que de lo que cree la Iglesia nada se puede probar.

Las acusaciones son muy graves, porque además Fray Celestino apela a otros tres encarcelados por la Inquisición veneciana para confirmarlas. El nuevo aparato de acusaciones, en su mayoría nuevas respecto a las de Mocenigo, tiene el efecto de reanudar el proceso, justo en el momento en que, después de su fuerte y teatralmente eficaz gesto de contrición de Venecia, son más fuertes las esperanzas de Bruno en una solución relativamente indolora. Toda su estrategia precedente y las ventajas adquiridas quedan anuladas de golpe.

Pero lo más grave es otra cosa: se derrumba el pilar de la defensa de Bruno, que hasta entonces había consistido en el hecho de que existiera un único testigo: Mocenigo. La posición se vuelve desesperada cuando los tres testigos a los que apeló Fray Celestino confirman, al menos en parte, las acusaciones: se trata de Fray Giulio da Salò, del carpintero napolitano Francesco Vaia y de Mateo de Silvestris. Vaia implica a otro posible testigo, Francesco Graziano, a quien los inquisidores escuchan en los últimos meses de 1593. Estamos frente a una de esas típicas cadenas de testimonios e implicaciones sucesivas que los tribunales de la Inquisición eran tan hábiles de armar en sus largas y pacientes indagaciones. [85]

Algunas de las acusaciones son graves. La posición se vuelve desesperada. El Tribunal interroga a Bruno durante ocho sesiones. Giordano rechaza con vehemencia las acusaciones más ofensivas e irreverentes; otras, que los dijo en broma, y otras, sin intenciones sacrílegas o blasfemas.

Pero Bruno se hunde, se siente acosado por todos los frentes, jueces, testigos; su situación es más que desesperada. Sabe que dos testimonios concordantes producen una acusación inobjetable, aunque el acusado lo niegue. Tiene que presentar sus últimas defensas escritas y argumentar contra lo que surge de la fase repetitiva del proceso.

La teoría de Bruno de la infinitud del universo y la afirmación de la eternidad del mundo contradicen la creación del mundo por Dios, según las Escrituras, y la teoría de la doble verdad de Averroes ya había sido condenada por la Iglesia en el siglo XIII.

Bruno en los interrogatorios podía admitir la caducidad del mundo en tanto que compuesto y agregado de estructuras determinadas, lo que no significa admitir la caducidad de la materia constituyente, pues, aunque los mundos nacen y mueren, existe una sustancia cósmica inmutable. Sin embargo, este argumento no logrará convencer al Tribunal, según Eduardo Vinetea.

De nuevo Mocenigo al ataque, 1594. Lo denuncia por mofarse del soberano pontífice ya que en el Cantus Circeus la figura del cerdo representa al Papa, al igual que con la bestia triunfante simboliza a Sixto V, pero destronado. A Bruno no le queda otro remedio, lo rechaza rotundamente.

Al finalizar el 1594, acabado el procedimiento ordinario, se pedía considerar el proceso instruido y sólo quedaría dictar la sentencia. Pero el comisario llama la atención, hace saber que los libros que están en manos del Santo Oficio son pocos y que la mayoría no son conocidos por los censores y que es necesario conseguirlos. Este giro del proceso será mortal para Bruno.

El soberano Pontífice en persona pide la lista de los libros que faltan para que pasen a manos del Tribunal. Conseguida la lista de la nueva documentación (De predicamenti Dio, Cantus Circaeus, De mínimo, De Monade, De la Causa), se suspende la sentencia en espera de los nuevos libros y de la doctrina en ellos expuesta, lo que se lleva a cabo entre 1595-1597. El dominico Paolo Isaresi della Mirandola, consultor del Santo Oficio, es el que decide que los libros de Bruno sean examinados por teólogos con la finalidad de extraer proposiciones sospechosas y someterlas a censura.

La segunda censura a la que Schoppe hace alusión, se refiere a la adhesión de Bruno a la creencia preadamítica, en la que los hebreos únicamente descienden de Adán y Eva, mientras que los otros hombres descenderían de dos ancestros creados por Dios, Hénok y Leviatán. Esto parece que fue tomado de una tradición rabínica que tuvo eco en las páginas de Juliano el Apóstata.

De estas diez acusaciones, hasta este momento, sólo estaban confirmadas la quinta, relativa a la eternidad y la infinidad del mundo (censura b y d) y, de una manera indirecta, la sexta sobre la doctrina del alma (censura e). Estas censuras muestran claramente que el punctum dolens (punto doloroso) del proceso se centraba de ahora en adelante en la doctrina de la animación universal, tanto por la cuestión del anima mundi (alma del mundo) que era identificado con el Espíritu Santo, como por la definición del alma individual. En todo caso, la defensa de Bruno había demostrado que podía hacer confesiones evidentemente forzadas y oportunistas (como la negación de la eternidad del mundo, o la concesión de una inmortalidad futura del alma humana) al lado de argumentaciones artificiosas sobre el alma racional del hombre y del globo terrestre.

Probablemente los interrogatorios relativos a las censuras y el examen de las respuestas del acusado ocuparon todo el año 1597. Es a partir de ese momento, es decir, de 1598, cuando se ordena la compilación de un sumario recapitulativo sistemático y que fue declarado absolutum (absoluto). Poseemos una de las copias destinadas al señor Marcello Filonardi, asesor del Santo Oficio, que se ha identificado con el Sommario (sumario) encontrado por Mercati. Este sumario, solamente útil para los consultores, es poco detallado si se compara con el texto integral de los documentos venecianos. Es algo así como un resumen de las acusaciones, de gran valor práctico para el tribunal, y que, gracias a su publicación por Mercati en 1942, ha permitido conocer el núcleo del proceso romano, ya que los documentos del mismo fueron sustraídos de los Archivos Vaticanos por Napoleón y perdidos para siempre.

Un nuevo impedimento surge en 1598, el viaje que emprende Clemente VIII para el Concilio de Ferrara y que incluía en el séquito a Bellarmino. Este hecho paraliza la actividad del Santo Oficio hasta el 19 de diciembre, fecha de regreso del Papa a Roma. Es enero de 1599, ochenta meses más tarde desde el inicio, cuando el proceso entra en la recta final. Los cargos de la acusación se agrupan en tres grupos principales.

Entre marzo de 1596 y diciembre de 1597 se produce la censura de los libros y es Paolo Isaresi della Mirandola, dominico y consultor del Santo Oficio, el que decide que los libros de Bruno sean examinados por teólogos con el fin de extraer proposiciones y someterlas a censura. Ha llegado el momento de acabar con las ambigüedades de Bruno y quizás para ello sea necesaria la tortura, confirmando o desmintiendo las acusaciones. Las respuestas de Bruno en torno a dicha censura fueron las siguientes:

  1. La primera censura era acerca de la generación de las cosas y la eternidad del mundo expuesta en De Minimo. En su declaración afirma dos principios reales y eternos a partir de los cuales nacen todas las cosas y que son el alma del mundo y la "materia prima".

  2. La segunda censura toca otro aspecto de la misma acusación: la doctrina del universo infinito. Partiendo de la absoluta libertad y omnipotencia de Dios se deduce, como en De Infinito, que el Ser primero debía proceder a una creación infinita, pues una causa infinita debe tener un efecto infinito. También estaba la necesidad de la existencia de mundos innumerables, conteniendo cosas parecidas en género y especie a las que vemos en el nuestro.

  3. La siguiente versa sobre el alma humana y la individualidad. El alma individual se deduce del principio universal, es decir, del anima mundi, con lo cual el alma no preexiste al individuo, ésta sólo existe con su vida y después de la muerte. Aquí Bruno reconoce mediante una concesión al tribunal y por razones de prudencia la existencia individualizada post mortem (después de la muerte) del alma humana personal, excluyendo, por tanto, al alma humana de su retorno al alma universal para una nueva animación. Ya en la Cábala del Caballo de Pegaso, había resuelto el problema de la relación entre las almas individuales y el alma universal negando que las almas tuvieran una individualidad absoluta.

  4. La cuarta, contenida en De causa, se refiere a la información de Bruno respecto a la sustancia en el mundo: nada se engendra ni nada se corrompe, es decir nihil sub sole novum (nada nuevo bajo el sol), divisa inspirada en Salomón o Pitágoras. Por otro lado las especies primeras de las cosas, espíritu y luz, agua y tierra, son incorruptibles y sin mutación sustancial; solamente los seres compuestos están sujetos a corrupción, según la unión, el temperamento y la complexión.

  5. La censura siguiente era acerca del movimiento de la tierra y su adhesión entusiasta a la hipótesis de Copérnico expuesta en La Cena de las Cenizas y De Infinito. Afirma haber demostrado el modo y la causa del movimiento de la tierra y de la inmovilidad del firmamento, con razones y autoridades ciertas que no conllevan perjuicio para la autoridad de las divinas Escrituras. Una buena inteligencia sería capaz de admitir la verdad de una y otra.

  6. La sexta censura, en relación con la anterior, es relativa a la extraña afirmación según la cual los astros son también ángeles, cuerpos animados y racionales, pues en el cielo ellos revelan la gloria y el poder de Dios. Los ángeles son mensajeros e intérpretes de la voz divina. Esta afirmación la desarrolla en La cena de las cenizas y en De infinito.

  7. Más grave era en la Cena, la atribución a la tierra de un alma no solamente sensitiva, sino intelectiva como la nuestra. La tierra debe ser considerada como un gran animal racional que da muestras de su inteligencia en el movimiento alrededor del sol y en torno al eje de sus polos.

  8. La octava y última censura, relacionada con las tesis De causa, afirma que el alma reside en el cuerpo como el piloto en la nave, oponiéndose a la definición adoptada en el Concilio de Viena en 1312. Afirma que según su manera de filosofar no entiende que el alma sea una forma, sino un espíritu que está en un cuerpo, como un habitante en su casa o un cautivo en su prisión. Ningún pasaje de la Escrituras llama al alma forma, en tanto que los Padres y la Biblia dicen que se une al cuerpo de muchas otras formas diferentes a la que entiende Aristóteles.

  9.  Se conocen otras dos censuras por la famosa carta de Caspar Schoppe, joven Luterano convertido al cristianismo, que escribe desde Roma a Conrad Rittershausen, su antiguo profesor de Derecho, el 17 de febrero de 1600, después de haber asistido en persona el 8 y el 16 del mismo mes a la condena pública y a la ejecución pública.

  10.  La afirmación que identifica el anima mundi y el Espíritu Santo ya había sido discutida, pero esta vez se apoya en las palabras de Moisés, que había dicho que el intelecto eficiente, llamado por él espíritu, cubría las aguas. [86]

Final de marzo de 1597. Bruno sabe que le queda una prueba que superar, lo sabe tal vez desde que empezó el proceso. Han pasado pocos días desde el último interrogatorio. El acta de la sesión dice: Interrogetur stricte (que se interrogue estrictamente), que significa: aplíquesele el tormento. Llegó la hora del terror paralizante, de la profunda angustia, del dolor extremo. Ya hace horas que la penumbra llena su calabozo, oye golpes en su puerta que se abre, voces que le ordenan que los siga por corredores largos y oscuros que desembocan en una escalera que los conduce hacia la secreta cámara de los tormentos, donde abundan las máquinas del dolor.

El caso del Nolano es uno de los más intrincados con los que se encontró la Inquisición, por la preparación amplia y profunda del reo, que se les escapa de las sutiles redes inquisitoriales con la habilidad de una anguila.

El 12 de enero de 1599, el cardenal Bellarmino, joven y docto teólogo, que pocos años más tarde también será el gran protagonista en el asunto de Galileo, tiene la sugerente idea de extraer de las actas y del Sommario un conjunto de proposiciones heréticas sobre las que invitará a Bruno a que se pronuncie y que abjure de las mismas. Se trata de hacerle pasar por un camino estrecho y que termine con el juego de las sutiles distinciones y de las respuestas evasivas. Los cargos de la acusación se agrupan en dos grupos principales.

El primer grupo y más abundante contiene toda la serie de afirmaciones libertinas, palabras y gestos irreverentes, infracciones disciplinarias y todo lo relacionado con la acción subversiva en el terreno político-religioso.

El segundo grupo de acusaciones concierne a las novedades especulativas del sistema de Bruno: las doctrinas del universo infinito y eterno, el movimiento y la circulación de las almas. La doctrina del anima mundi y el alma humana como piloto del navío, es decir, los fundamentos metafísicos de la filosofía nolana.

Ocho proposiciones heréticas extraídas del proceso y de los libros de Bruno por Tragagliolo y Bellarmino fueron leídas en el seno de la congregación. Las respuestas que dé Bruno tendrán un valor decisivo para resolver los equívocos. Pero el texto integral de las ocho proposiciones se ha perdido, lo que ha llevado a crear una leyenda en torno a la intervención del cardenal Belarmino, pese a incorporarse al proceso ocho años más tarde de su inicio.

En contra de algunas opiniones, Bruno y Bellarmino no se conocían ni habían discutido cuestiones teológicas en Alemania. Era, por tanto su primer encuentro y no tenia por qué existir animadversión entre ambos.

El 18 de enero de 1599, Bruno fue conducido ante la Congregación que leyó la lista de las ocho proposiciones con la indicación formal de darle un plazo de seis días para decidirse por la abjuración. Bruno está dispuesto a abjurar, y presenta una memoria. Una vez oído y reunida la Congregación el 4 de febrero, se decide que Beccaria, general de los dominicos, Belarmino y Tragagliolo, declaren que las ocho proposiciones sean heréticas y contrarias a la fe, no en virtud de una definición reciente, sino en virtud del acuerdo de los Padres de la Iglesia y reprobadas y condenadas por la Iglesia. [87]

Bruno intuye con claridad: sabe que aceptar la abjuración le garantizará la vida, podrá recibir una larga condena o ser relegado a un convento de su orden. Sabe que no es relapsus, o sea, es la primera vez que sufre una condena. Si, por el contrario, no abjura, sin duda sabe que lo condenarán a muerte como impenitente.

Se decide a abjurar con la condición de que sus errores sean considerados sólo ex nunc (desde ahora), desde ahora implica que la Iglesia no había expresado con anterioridad una opinión clara sobre los temas en cuestión. Bajo esta premisa, su caso sería mucho más leve y sus consecuencias menos perjudiciales para él, porque se trataría de temas de los que la Iglesia hablaría por vez primera, lo que equivale a que su posición doctrinal no fue contra la Iglesia, pero sí lo sería a partir de ahora.

Pero no le sirve esta sutileza. Los jueces insisten en que todos los errores y afirmaciones heréticas son tales desde siempre para la doctrina católica. No olvidemos que la Iglesia cree en los universales platónicos, que son meta-históricos y trascendentales; el historicismo no entra dentro de sus categorías doctrinales. La iglesia no entiende que el bien y el mal puedan definirse socio-históricamente, no admite la verdad y la moral de situación, ni del momento histórico de cada sociedad; para ella la relatividad cultural es una blasfemia. La Iglesia solamente conjuga absolutos; absolutos que no existen.

Bruno es llamado ante los jueces y le invitan a abjurar, o aceptar como erróneas las ocho proposiciones que le presentó Bellarmino. Después de mucho pensar, analizar y reflexionar, Giordano decide abjurar; su vida está en juego. Se rinde, admite su derrota.

"Y dices ahora reconocer dichas ocho proposiciones como heréticas y estar dispuesto a detestarlas y abjurarlas en lugar y tiempo que plazcan al Santo Oficio y no sólo esas ocho proposiciones, sino que también estás preparado a obedecer sobre las otras que te son reprochadas."

Recuerda la mirada fría y triunfante del Cardenal Bellarmino. Torbellinos y vendavales pasan por su mente; sí, se ha salvado de morir, pero como pensador, actor y guía de la reforma espiritual y política, tan soñada por él, terminaba de morir con su abjuración. Su salvación conlleva la perdición de toda su vida como librepensador; he ahí el dilema que le quema tanto como los cordeles de la tortura.

El cinco de abril entrega un escrito en el que manifiesta sus reservas a dos de las ocho proposiciones. Nueva pausa procesal. El 24 de agosto, en presencia del Papa Clemente VIII, se vuelven a discutir las dos proposiciones. La lectura de los actos muestra las dudas de los inquisidores y, para salir de la crisis, todos los presentes proponen el uso de la tortura, también graviter y reiterada, para obtener una admisión de culpabilidad. Si Bruno, en la segunda tortura graviter, la más terrible, no confiesa, deberá ser considerado inocente.

El Papa ordena finalmente que sea invitado a abjurar nuevas proposiciones y le otorga cuarenta días. Seis días después, se muestra humildemente dispuesto a reconocer sus errores y dar curso a una completa abjuración. Entrega, al mismo tiempo, un memorial dirigido a Clemente VIII, en el que vuelve a argumentar a favor de algunas de sus tesis. Todos, Papa y jueces, se sienten profundamente irritados por la obstinación de Giordano Bruno. Le dan otros 40 días para la abjuración total y sin reservas. Los inquisidores, después de ocho años de presiones, interrogatorios y torturas, destinados a derrumbar las torres más altas y más sólidas, se niegan a aceptar que Bruno, solo e indefenso, siga impertérrito defendiendo su derecho a pensar libremente, guiado por la luz natural de la inteligencia.

Sabedores los inquisidores de su prestigio internacional, de su capacidad intelectual, de sus vastos conocimientos, del escándalo internacional que se les avecina, se reúnen por vigésima segunda vez con Bruno, le invitan de nuevo a arrepentirse e invitan a dos importantes miembros de la Orden de Santo Domingo para que lo convenzan. Pero Bruno, ahora ya está decidido: no hay nada de que retractarse, las acusaciones no son más que el resultado de los malos entendidos de los jueces del Tribunal.

El 20 de enero de 1600, Clemente VIII, al saber el fracaso de estas dos últimas tentativas, ordena que se emita la sentencia de muerte y que el detenido sea entregado a la justicia secular (tradatur Curiae seculari) como hereje pertinaz e impenitente. El 8 de febrero, Bruno sale por primera vez del palacio del Santo Oficio y es llevado a la casa del cardenal Madruzzi, en la plaza Navona, al lado de la Iglesia de Santa Inés, para escuchar la sentencia de condena a muerte. Hay una gran multitud tanto dentro como fuera y el murmullo ensordecedor de los presentes se detiene sólo cuando se lee el texto de la condena:

"[...] hemos llegado a la infrascripta sentencia. Invocado el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su muy gloriosa Madre siempre virgen María, en la presente causa y causas llegadas a este Santo Oficio y que oponen al reverendo Giulio Monterentii, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio, por una parte y a ti hermano Bruno, reo interrogado, procesado, hallado culpable, impenitente, obstinado y pertinaz por la otra: por esto nuestra definitiva sentencia, según consejo y parecer de los reverendos padres maestros de sacra teología y doctores de una y otra ley, nuestros consultores, proferimos en estos escritos, decimos, pronunciamos, sentimos y declaramos que tú, hermano Giordano Bruno, eres hereje impenitente, pertinaz y obstinado [...] debes ser entregado a la Corte secular y por eso te entregamos a la Corte de vos monseñor Gobernador de Roma aquí presente, para castigarte con las debidas penas, rogándole eficazmente que quiera mitigar el rigor de la ley en la pena de tu persona, que sea sin peligro de muerte o mutilación de miembro".

Bruno escucha en silencio, arrodillado delante de sus jueces. Pequeño, flaco, descarnado, con la barba oscura y descuidada, agotado por casi 2.800 días de prisión, por las privaciones, la tortura, por una inquietud que duró siete años y nunca compartida con alguien, por nadie confortado, Bruno se yergue, la mirada orgullosa y llameante. Luego se alza, mirando en derredor con una mirada torva y amenazadora, colmada de un desprecio incontenible, y pronuncia las últimas palabras de las que se tiene testimonio seguro. Son palabras ásperas, duras, que surgen de un espíritu que domina al de los jueces y de los presentes, que está más allá de la muerte ya inminente. Son palabras proféticas que, sin que nadie las comprenda, anuncian el futuro de la Iglesia y tal vez, de la humanidad. Tal vez tenéis más temor vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al recibirla.

En una página de la "Expulsión de la bestia triunfante", Bruno, el héroe de un Renacimiento derrotado por el oscurantismo de la Contrarreforma, con profética intuición ya parecía haber intuido qué mundo lo había condenado; es una de sus páginas más hermosas y, a la vez, más amargamente verdaderas:

Las tinieblas se preferirán a la luz, la muerte será juzgada mas útil que la vida, nadie alzará los ojos al cielo, el religioso será considerado insano, el impío será juzgado prudente, el furioso fuerte, el pésimo bueno. Y creedme que se decidirá la pena capital para aquel que se dedique a la religión de la mente; porque se encontrarán nuevas justicias, nuevas leyes, nada se encontrará santo, nada religioso: no se escuchará cosa digna del cielo o de lo celestial. Sólo quedarán ángeles perniciosos que, mezclados con los hombres, forzarán a los míseros a la audacia de todos los males, como si fuese justicia; darán materias para guerras, rapiñas, fraudes y todas las otras cosas contrarias al alma y justicia natural: y ésta será la vejez, el desorden y la irreligión del mundo. [88]

Y fue entregado al brazo secular. Miguel Ángel Granada reproduce la descripción de un testigo sobre la ejecución, el día 17 de febrero de 1600, en la plaza de Campo dei Fiori donde: “despojado de sus ropas y desnudado y atado a un palo... con la lengua...aferrada en una prensa de madera para que no pudiese hablar... fue quemado vivo”...

 

 


 

 

 NOTAS DE REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

 

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75-ángel Alcalá, Literatura y ciencia ante la Inquisición española, Ediciones del Laberinto, Madrid, 2001, p. 25.

76-Natale Benazzi y Matteo D’Amico, El libro negro de la Inquisición, Ediciones Robinbook, Barcelona, 2000, pp. 184-185.

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78-José Antonio Escudero, editor, Intolerancia e Inquisición, José A. Ferrer Benimeli, "Calvino y Servet: otra forma de inquisición", Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Madrid, 2005, tomo I, pp. 78-79.

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80-Agustín Celis Sánchez, Herejes y Malditos en la Historia, Alba Editores, Madrid, 2006, p. 91.

81-Agustín Celis Sánchez, Herejes y Malditos en la Historia, Alba Editores, Madrid, 2006, pp.92-100.

82-José Antonio Escudero, editor, "Calvino y Servet: otra forma de inquisición", José A. Ferrer Benimeli Intolerancia e Inquisición, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Madrid, 2005, tomo I, pp. 66-68.

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88-Natale Benazzi y Matteo D’Amico, El libro negro de la Inquisición, Ediciones Robinbook, Barcelona, 2000, p. 140.

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