La llegada de Cristóbal Colón a América, con la cruz, la espada y despliegue de estandartes. Los aborígenes expectantes

 


Contraportada


 


© Primitivo Martínez, 2013

ISBN:1-881716-01-9

Editor digital: Miguel del Valle Campelo


 

ÍNDICE


 

PRELUDIO

CAPÍTULO I

EL ALMIRANTE CRISTÓBAL COLÓN

TEORÍA DEL PRENAUTA O PILOTO ANÓNIMO

EL IMPERIO ESPAÑOL Y LA FIEBRE DEL ORO

LA LEYENDA-MITO DEL RETORNO DEL DIOS BLANCO,

CAPÍTULO II

LOS INDIOS TAÍNOS DE BORIKÉN, BORIQUÉN O BORINQUEN

ORGANIZACIÓN SOCIAL PIRAMIDAL TAÍNA

LA MITOLOGÍA TAÍNA

LOS AREYTOS O AREITOS

LA COHOBA

JUEGO DE PELOTA O BATÚ

CURIOSIDADES TAÍNAS

LA COLONIZACIÓN

LA REBELIÓN TAÍNA, 1511

EL TRASLADO DE LA CAPITAL Y LA EPIDEMIA DE LA VIRUELA

CAPÍTULO III

LA PRODUCCIÓN DE AZÚCAR

LA MEMORIA DE MELGAREJO, 1582

EL SITUADO MEXICANO, 1584-1809

ATAQUES INGLESES DEL SIR FRANCIS DRAKE Y JOHN HAWKINS, 1595, Y EL DE JORGE CLIFFORD, CONDE DE CUMBERLAND, 1598

EL ASALTO HOLANDÉS, 1625

CAPÍTULO IV

SISTEMAS DE FLOTAS Y GALEONES DESDE FELIPE II

SAN JUAN, CIUDAD MURADA, 1634-1638

DAMIÁN LÓPEZ DE HARO, OBISPO, Y DIEGO DE TORRES Y VARGAS, CANÓNIGO

EL MARISCAL DE CAMPO ALEJANDRO O’REILLY, 1765

FRAY IÑIGO ABBAD Y LA SIERRA, 1771-1778 (en la Isla)

JOSÉ CAMPECHE Y JORDÁN, 1751-1809

LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA LIBERACIÓN DE LOS ESCLAVOS EN HAITÍ Y SUS REPERCUSIONES EN PUERTO RICO, 1789-1804 99

EL ATAQUE INGLÉS HARVEY/ ABERCROMBY, 1797

CAPÍTULO V

HITOS HISTÓRICOS PUERTORRIQUEÑOS EN EL SIGLO XIX

RAMÓN POWER Y GIRALT, PRIMER CONSTITUYENTE, 1775 - 1813

REFORMAS DE LA CÉDULA DE GRACIAS, 1815

LA CONSPIRACIÓN DE CURAZAO, 1821- 1822

EL AZÚCAR, PRODUCTO ESTRELLA

EL RÉGIMEN DE LA LIBRETA, 1849

LA EDUCACIÓN EN EL SIGLO XIX PUERTORRIQUEÑO

CAPÍTULO VI

LA PRENSA

EL GRITO DE LARES, 1868

LAS VÍAS DE COMUNICACIÓN

LA LITERATURA PUERTORRIQUEÑA

INDEPENDENCIA, AUTONOMÍA Y ANEXIÓN

EPÍLOGO

IMPACTO CULTURAL DE LOS EXILIADOS REPUBLICANOS EN PUERTO RICO. P.

BIBLIOGRAFÍA

 


 

ILUSTRACIONES


El caney, vivienda del cacique, según Gonzalo Fernández de Oviedo

La esclavitud negrera.

La esclavitud taína

Colón dialogando con los taínos en su yucayeque

El yucayeque (poblado) de los taínos

El duho, asiento ceremonial reservado al cacique

Escultura del cacique Mabodamaca en Isabela

Cemí o trigonolito de Puerto Rico

Idolillo de hueso con incrustación de oro en los ojos

Areyto celebrado el 25 de Julio de 2011, en Guatu-Ma-Cu, Puerto Rico

Inhalando el alucinógeno

Provocando el vómito

Batú, juego de la pelota

Grito de Coayuco

Fortaleza de San Felipe del Morro en San Juan

San Juan, ciudad murada

Ingenio azucarero del siglo XVI

Campeche centró su obra en los retratos

Bohío o vivienda del jíbaro

El "Fortín de San Jerónimo del Boquerón", al este de la isleta de San Juan

"El salvamento de Ramón Power" de José Campeche

Central "El Ejemplo" en Humacao

Hacienda cafetalera

Ferrocarril urbano, llamado tranvía, de San Juan a Río Piedras, a través de Santurce

Locomotora y vagones de la línea férrea del Oeste, tren de Bayamón a Cataño

Plaza de Colón, San Juan, Porto Rico

 

 


 

PRELUDIO.

"Muy soberano Señor, la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación, y muerte, del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias, y así las llaman Nuevo Mundo", le dice Francisco López de Gomara en el primer párrafo de su obra: La Historia General de las Indias, 1552, a DON CARLOS, Emperador de Romanos, Rey de España, Señor de las Indias y Nuevo Mundo. Para pronto añadir:

"Nunca nación alguna extendió tanto como la Española sus costumbres, su lenguaje, y armas; ni caminó tan lejos por mar y tierra las armas a cuestas".

La complejidad de los 390 años de España en Puerto Rico nos invita, al mismo tiempo que nos reta, al estudio, aunque sólo sea somero, de las pinceladas maestras del cuadro, a veces, surrealista, a veces, de realismo mágico, de vez en cuando interpuestas y la mayoría de las veces en simbiótica interactividad. Cuando un puñado de castellanos, cansados de un pesado y agobiante milenio medieval y, dentro de él, de muchos siglos de feudalismo servil, y otro puñado de andaluces recién recuperados del Al Ándalus, andariegos y trotamundos, se atrevieron a adentrarse en el ignoto océano Atlántico en búsqueda de las Indias de Marco Polo por la derrota (ruta) de occidente, para abrir nuevas rutas comerciales a Europa con Asia en la búsqueda de sedas, especias, porcelanas y también de oro, en su camino de singladuras en la mar se  encontraron, de bruces y sin saberlo, con un Nuevo Mundo.

 Los aborígenes, gente pacífica, bondadosa, hospitalaria y sumamente religiosa, al verlos, los creyeron seres semi divinos, enviados por los dioses en cumplimiento de la profecía del retorno del Dios blanco, benefactor de la Humanidad como el Prometeo griego, que en su despedida había prometido su retorno. Los indígenas, deslumbrados por la inesperada visita de tan distinguidos huéspedes, los obsequiaron, además de darles calurosa bienvenida, con todo lo mejor que tenían y todo les parecería poco. Este primer encuentro, histórico hito, quedaría reflejado en el Diario de Colón.

Pronto, muy pronto, con los africanos venidos muy en contra de su voluntad del África profunda, cuna de la Humanidad, serían tres las etnias y tres las culturas mitológicas con sus respectivos valores enraizados en lo mítico. En total correspondencia con tres colores: cobrizo, que iría decreciendo, pero nunca se extinguiría; blanco, que seguiría alimentándose con nuevos aluviones venidos por la mar de diversas regiones de la España recién unida y de otros países; y negro, de gente traída en especiales embarcaciones con el pasar de los siglos, de diversas naciones, etnias y culturas africanas, pero que terminamos de unificar. Los tres colores en mestizaje, cual río vital de aguas diversas y de muy distintas culturas, pero que en simbiosis entrelazadas terminarían formando un solo río, una sola identidad con el devenir de los tiempos, la puertorriqueña del siglo XXI.

 

El caney, vivienda del cacique, según Gonzalo Fernández de Oviedo

 

Castilla, que recién había terminado la cruzada de la Reconquista contra los árabes con la toma de Granada por los Reyes Católicos (1492), Isabel y Fernando, y que se había extendido por un largo período de de ocho siglos, empezaría otra cruzada, esta vez en las Indias o Nuevo Mundo, allende el mar.

Todo comenzaría con la caída de Constantinopla en 1453, capital del imperio romano de Oriente, situada en el Cuerno de oro, punto estratégico de unión y tránsito de Europa con Asia y, por tanto, encrucijada del mundo por los nexos comerciales de Europa con la India, China y Cipango (Japón). Constantinopla era el baluarte del cristianismo ortodoxo independiente de Roma, además de la legítima heredera de la cultura griega y de la romana, sin dejar de ser la ciudad más grande y rica del mundo durante la Edad Media.

Y como los tesoros siempre han sido por todos codiciados, incluso por los cristianos católicos que, en la cuarta cruzada (1202-1204), se salen de la misión original, que era la recuperación de los Santos lugares, para terminar conquistando y saqueando la ciudad guardiana del Bósforo durante dos mil años, Constantinopla, y derrocando, a su vez, su propio gobierno e imponiéndoles otro espurio a sus intereses por casi sesenta años, de funestas consecuencias para la ciudad. Sería después, como el resto de Europa, victima de la Peste Bubónica, también conocida como Muerte Negra (1346-1361).

Para la creencia popular, la Peste era un castigo divino por los pecados de los humanos, cuando la realidad es que se debía a una pandemia propia de los roedores y que se transmitía por las pulgas que picaban las ratas infectadas, trasmitiendo el bacilo a las personas y produciendo una altísima tasa de mortandad, un sesenta por ciento de la población de promedio. En Constantinopla llegó a ser tal que a los cadáveres no se les podía dar la adecuada sepultura.

Por eso, cuando a mediados del siglo XV los turcos otomanos deciden tomar la ciudad, su población era de unos cincuenta mil habitantes, cuando había llegado a tener medio millón y su ejército no llegaba a los diez mil soldados contra los cien mil de los turcos otomanos, provistos de cañones especiales para abrir brechas en las hasta entonces inexpugnables dobles murallas con un foso, uno de los mayores y mejores sistemas defensivos jamás construidos, con la honrosa excepción de la muralla china, sin posible parangón en lo que a longitud se refiere; no obstante la pólvora las haría poco fiables por vulnerables.

Lo que nadie podía pensar y menos vislumbrar es que de este hecho histórico surgirían dos acontecimientos trascendentales para la Historia:

Primero. La toma de Constantinopla por los turcos otomanos supuso el cierre de las rutas terrestres de Europa por el Bósforo hacia la India, China y Cipango (Japón) en busca de la seda, de las especias para conservar y sazonar los alimentos como la pimienta negra, en busca del oro y otros productos de Oriente como la porcelana. Al mismo tiempo tales rutas servían para poder exportar los mejores productos europeos. Los portugueses buscarán la nueva ruta por las costas de África, que lograrán circunvalar hasta llegar a Etiopía, Arabia, Persia y, con Vasco de Gama, a la India (1497-1498).

Castilla buscaría la India por la derrota (ruta) de occidente, por la mar océana atlántica, donde precisamente, cerrándole el paso, se encontraría con el Nuevo Mundo que confundiría con las Indias.

Segundo. La caída de Constantinopla, reserva cultural del pensamiento griego y latino, hace que los sabios de ambas culturas tengan que emigrar a Italia, donde, primero, harán germinar y luego florecer el Renacimiento que, al revivir el esplendoroso pasado clásico Greco-romano, coloca al ser humano en el centro de la vida – antropocentrismo-. Con ello se busca la libertad de pensamiento, el culto a la vida, al amor y a la naturaleza y las fuentes de inspiración serán el equilibrio y la serenidad, lo que constituye el humanismo renacentista. De ahí que se considere la toma de Constantinopla como el fin de la Edad Media y el inicio del Renacimiento.

 

 


 

CAPÍTULO I

EL ALMIRANTE CRISTÓBAL COLÓN.

Décadas más tarde, en la Castilla aún medieval, hace su aparición un oscuro navegante, Cristóbal Colón. Alto, de ojos azules y de nariz curva o aguileña, típica de los judíos.

 

A CRISTOFORO COLOMBO, Cristóbal Colón, Génova

 

Oscuro, porque hasta su origen se desconoce; incluso su hijo Hernando lo oculta en la obra biográfica, Historia del almirante don Cristóbal Colón, quizás para disimular su procedencia de judío sefardí, tesis del historiador Salvador de Madariaga, muy mal visto en aquella época inquisitorial. Bartolomé de las Casas en su obra Historia de las Indias cita al historiador portugués Joao (Juan) de Barros para informarnos de que en su obra, que llamó Asia (Décadas de Asia), dice: “…según todos afirman (en Portugal) este Cristóbal Colón era genovés de nación”. Su nombre, al parecer, era Cristoforo, 1451, Savona, República de Génova, como consta en el monumento A CRISTOFORO COLOMBO, en Génova, y el de sus padres, Doménico Colombo y Susana Fontanarrosa.

Pues bien, este aventurero, soñador, ambicioso y muy cristiano, se apoyó en Toscanelli que defendía la posibilidad de alcanzar Asia por el ignoto Atlántico y así se lo había comunicado al rey de Portugal, Juan II, sin que fuera creído y sí descartado. Gracias a esto, una gran parte de América habla castellano y no portugués hoy día, excepto Brasil. También Colón se apoyó en Marco Polo y otros científicos de la época, como en el cardenal francés Pierre D’Ailly, que en su obra la Imago Mundi (la Imagen del Mundo), también defiende la posible ‘vía’ oceánica para llegar a Asia.

 

 

TEORÍA DEL PRENAUTA O PILOTO ANÓNIMO

Ahora bien, el auténtico informador y alma del proyecto descubridor sería el prenauta o piloto anónimo. Ya en 1535, Gonzalo Fernández de Oviedo acusa a Colón de haber recibido la información maestra sobre el viaje de otro navegante -teoría del prenauta o piloto anónimo-. Y lo hace en Sevilla en su obra Historia General y Natural de las Indias, donde pone por escrito lo que corría de boca en boca. Después lo secundarían López de Gomara, Bartolomé de las Casas y el inca Garcilaso de la Vega.

Una carabela mercante y cargada, hacia 1476, cuando navegaba por el Golfo de Guinea rumbo a Europa, se vio sorprendida por una tormenta, que la arrastró hasta las Antillas. También ellos pensaron que habían llegado a algún punto de las Indias, donde los marineros permanecerían unos dos años, visitando diversos lugares que anotaban y recordaban. En su regreso a Europa, 1478 o 1479, pasan por las islas portuguesas de Madeira y Porto Santo. En esta isla vivía, muy joven aún, Cristóbal Colón, casado con la hija del gobernador Bartolomé Perestrello, Felipa Moniz. El prenauta, antes de morir en la casa de los suegros de Colón, le suministra información y hasta, parece ser, le obsequia muestras del oro que habían recogido en el Cibao. Los navegantes llegaban enfermos, debido a que, al parecer, habían contraído la sífilis en las Antillas y, al desconocerse en Europa, ya que sería introducida en 1493 por los marineros y conquistadores contagiados en la Española y entre ellos Martín Alonso Pinzón, les afectaba mucho más que a los taínos que podían convivir con ella. Los cuerpos, en la segunda fase de la enfermedad, se cubren de pústulas (erupción sifilítica), acompañado el proceso de fiebre por intensos dolores, postración general y, a veces, la muerte. Las "bubas", muy antiguas en el Nuevo Mundo, terminaron con la vida de miles de navegantes anónimos.

El prenauta le recomienda que no navegue directamente hacia el oeste, sino que ponga proa hacia el sur, donde se encontrará con los vientos y corrientes propicias, los que se conocen como alisios. Por eso el Almirante desciende hasta las Canarias y se sitúa ente los paralelos 27 y 28 rumbo a las Indias, no sin antes cambiar la forma de las velas de alguna carabela, por recomendación del marino. El regreso no podrá seguir la misma ruta, se tendrá que subir al norte y después al este con vientos propicios del oeste.

Y esto es exactamente lo que Colón, sin dudarlo, hace. Ya en la Española busca oro, su fija obsesión, en la silueta de un monte en Monte Christi, con una pequeña montaña asomada al mar de inconfundible perfil, de la que el prenauta le había informado y que él reconoce en el valle del Cibao. Sus compañeros de navegación quedan absortos y deslumbrados por los conocimientos de adivino del almirante. Lo mismo sucedería en Jamaica y en Venezuela, donde unos ríos que descienden de las montañas desembocan en un lago y al encontrarse en cascada con el agua del mar producen gran estrépito; además, antes de verlo, predice que es tierra firme, no isla. Los castellanos y andaluces quedan sin aliento; no podían explicarlo.

El Almirante guardaba el secreto, presumiblemente compartido con algún franciscano de la Rábida, tal vez con fray Antonio de Marchena o con fray Juan Pérez, sus intercesores ante la Reina. Sin duda también lo compartió con la misma reina Isabel. Y ya en el Atlántico, el 9 de octubre, cuando la marinería ve que sólo le quedan justas las provisiones para el viaje de regreso y, al no encontrar tierra, intenta rebelarse, acude entonces a Martín Alonso Pinzón, el marino más prestigioso de la expedición, a quien tiene que revelar su secreto para convencerlo y poder seguir la travesía. Sólo tres días más le conceden, los suficientes para que el grumete Rodrigo de Triana gritase desde el palo mayor: ¡Tierra a la vista!  Era Guanahaní o San Salvador, en la Bahamas, pero el premio prometido al que primero la descubriese lo cobró el propio Almirante, al afirmar que él ya la había visto la noche anterior.

Todo parece indicar que el prenauta o piloto anónimo existió, porque además, las 2,400 millas marinas que el Almirante barajaba para sus propuestas ante las Coronas de Portugal y de Castilla también eran del piloto anónimo. A las verdaderas Indias, desde Canarias, la distancia es de unas 10,700 millas náuticas, precisamente por eso tanto los científicos portugueses como castellanos y el Real Consejo presidido por Hernando de Talavera, reunidos en la Universidad de Salamanca, determinaron que la viabilidad del proyecto era totalmente imposible. No obstante, la Reina, Isabel I de Castilla (1451-1504) y después también de Aragón, acepta el préstamo de 1,140,000 (un millón ciento cuarenta mil) maravedís del prestamista judío Luis de Santángel para financiar la expedición -dinero que le fue devuelto según consta en los archivos de Simancas- y procede a firmar con Cristóbal Colón las Capitulaciones de Santa Fe, una vez concluida la conquista de Granada. Colón sabía con toda certeza, y así actuó, que se podía ir y regresar, sin antes haber ido. Quizá el problema esté en que se lo atribuyó como mérito propio, cuando realmente no lo era; por eso se le acusa de plagio. La verdad , como sabemos, es que era bastante desconocedor en cuestiones de la mar. Muchos marinos, conquistadores e historiadores ocultaron la tesis del prenauta o piloto anónimo para no eclipsar el brillo de Colón.

En Bayfront, Miami, se encuentra una estatua de Cristóbal Colón con la siguiente inscripción:

CHRISTOPHER COLUMBUS…………………CRISTÓBAL COLÓN.

AUDACES FORTUNA JUVAT (latín)………….LA SUERTE AYUDA A LOS AUDACES.

HE DREAMED GREATLY; …………………….ÉL SOÑABA CON GRANDES HAZAÑAS;

HE DARED COURAGEOUSLY; ……………… ÉL DESAFIABA CON VALENTÍA;

HE ACHIEVED MIGHTILY; ………….………. Y LO LOGRÓ A LO GRANDE;

GUIDED BY THE HAND OF GOD; ……………GUIADO POR LA MANO DE DIOS;

HE GAVE US A NEW WORLD- ……………… ÉL NOS DIO UN NUEVO MUNDO:

AMERICA. ……………………………………… AMÉRICA.

DEDICATED. OCTOBER 12, 1953 AD. …………DEDICADO, 12 DE OCTUBRE, 1953, D.C.

Muchos historiadores, al estudiar el proceso de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, se formulan preguntas retrospectivas desde el hoy del siglo XXI, no con ánimo de justificar lo injustificable, sino de comprender aquel devenir y ver los resultados de aquel laberíntico proceso de mestizaje, tanto de razas, de etnias, como de culturas, a través de los siglos, para concluir que este NUEVO MUNDO, AMÉRICA, se debe a aquel proceso que ya hemos considerado como surrealista y de realismo mágico, en simbiótica interconectividad.

No cabe la menor duda de que aquel Encuentro entre los tres continentes tiene luces y sombras, que deben de ser consideradas dentro de los cuadros de referencia de aquellas épocas convulsas por la pobreza y amasadas en la ignorancia del pueblo, que fácilmente se prestaba a formar parte de las cruzadas religiosas para liberar los santos lugares y que luchaba en terribles guerras para defender su religión o para apoyar a un determinado rey que los gobernase en las guerras de sucesión.

Eran muy normales, no solo las Reconquistas, sino también las conquistas, empleando todos los medios al alcance. Al enemigo derrotado sólo le quedaban dos alternativas: la muerte o la servidumbre. Y la esclavitud, esa ignominiosa lacra histórica, por suerte, tan denostada y deshonrada hoy día, tuvo vigencia en la Grecia de Pericles, con Sócrates, Platón y Aristóteles, en el Imperio romano, en la Edad Media europea y, hasta el siglo XIX, en América y en otras partes del mundo.

Incluso con las bulas y bendiciones papales se autoriza a los portugueses, prontos merodeadores de las costas africanas, para que esclavicen a los africanos. Así el papa Eugenio IV (1436) justifica la esclavitud africana porque son enemigos de Dios, ya que los africanos son paganos y sarracenos (musulmanes) y Nicolás V concede a los reyes portugueses en su bula Romanus Pontifex (1455) "Facultad plena para invadirlos (a los africanos), conquistarlos, combatirlos, vencerlos y reducirlos a servidumbre perpetua". Surrealismo y realismo mágico interpuestos.

Quizá por esto, los padres dominicos de la Española no incluyen en sus denuncias a los esclavos negros. Estaba cercana la Navidad de aquel 1511, cuando fray Antonio de Montesinos, portavoz de la comunidad dominica, predica ante el gobernador Diego Colón y ante los oficiales reales y demás colonizadores asistentes. Desde el púlpito, empieza su sermón con el texto bíblico: "yo, voz que clama en el desierto". Está muy seguro de sí mismo porque lo ha preparado con los demás dominicos y es consciente del valor profético de su mensaje, pero al mismo tiempo siente temor de las posibles consecuencias por las probables reacciones adversas de sus compatriotas a los que muy duramente va a fustigar. Y con todos los registros de voz activados, comienza la introducción, con voz grave y pausada, para pronto desgranar las terribles preguntas que iba a formular:

"Para daros a conocer los pecados que cometéis contra los indígenas, me he subido aquí, yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla…Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?, ¿con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?... ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?..."

 

La esclavitud negrera.

 

Este provocador sermón, de denuncia típica de los profetas, comenzó la llamada lucha por la justicia en América. Pero molestó sobremanera a los españoles asistentes que, después de la misa, se concentraron delante de la casa del gobernador Diego Colón para manifestar su protesta contra aquella declaración que, según ellos, cuestionaba la autoridad de los monarcas españoles.

 

La esclavitud taína

 

La reacción española no se hizo esperar. El provincial de los dominicos en España, fray Alonso, condenó muy duramente la actitud de los dominicos en la Española y amenazó con excomulgarlos si seguían manteniendo esa actitud. Por otra parte, el rey Fernando -la reina Isabel ya había muerto en 1504- escribió a Diego Colón, ordenándole que persuadiera a Montesinos para que se retractase, al mismo tiempo que defendía como lícitos los repartimientos y las encomiendas de los taínos, según el derecho humano y el divino.

La actitud de denuncia profética en pro de los taínos fue el detonante para que se planteara en términos filosóficos y teológicos el problema de la servidumbre de los taínos. Se reunió la Junta en Burgos de la que saldrían la leyes de Burgos, 1512, defensoras de los taínos, pero los padres dominicos no las consideraron suficientes. Por eso Bartolomé de las Casas escribiría durante toda su vida en defensa de los aborígenes taínos. La protesta surge en el Nuevo Mundo y las denuncias las hacen los dominicos españoles. Son las luces y sombras a las que hace muy poco nos referíamos.

EL IMPERIO ESPAÑOL Y LA FIEBRE DEL ORO.

España y Portugal, dedicadas durante muchos siglos a la Reconquista con los árabes, eran considerados en Europa como anodinos e irrelevantes, pero después de sus descubrimientos geográficos, pasarían a ser naciones de primer orden y de gran magnitud, no sólo en Europa sino también en el mundo casi durante dos siglos. De España se llegó a decir que: "En sus dominios no se pone el sol". Y fue cierto en los reinados de Felipe II, 1556 – 1598, de Felipe III, 1598 – 1621, de Felipe IV, 1621 – 1665, de Carlos II, 1665 - 1700, y lo seguiría siendo hasta el siglo XIX.

El imperio colonial español alcanzaría los 20 millones de kilómetros cuadrados y España sería la primera potencia mundial durante los siglos XVI y XVII; un auténtico imperio global. Incluso España anexionaría a Portugal, pero respetando su propia autonomía, durante sesenta años, desde 1580 hasta el 1640.

La empresa Americana es un hecho renacentista, pero cargado de esencias morales medievales. Castilla pasa a América su cruzada de Reconquista. El Nuevo Mundo, al ser encontrado, es interpretado desde los ideales utópicos de Europa. Hernán Pérez de Oliva escribe la Historia de la invención de las Indias, 1528, y se refiere a la construcción mental del Nuevo Continente.

Los aborígenes continentales, o pueblos originarios y nativos que formaban las culturas precolombinas, no aceptaban ni ser llamados indios, porque conlleva exclusión e inferioridad, ni que llamasen América o Nuevo Mundo a su Abya Yala, nombre dado a su continente por el pueblo Kuna de Panamá y de Colombia y que significa "tierra en plena madurez". Y hoy día lo siguen defendiendo los aborígenes supervivientes de Abya Yala.

Desde su óptica, Europa juega a inventar el mundo de las utopías en América: cristianizar y civilizar son intenciones simultáneas y paralelas, un ideal utópico que entraña dos frentes: hacer llegar a las nuevas tierras la religión cristiana -que se pretende universalizar- y hacerles llegar la cultura (aspecto formal) y la civilización (faceta material) occidentales.

La lengua castellana y la religión católica son los dos instrumentos de la colonización española para cohesionar, uniformar y someter las culturas amerindias precolombinas. La lengua es el medio ineludible para preservar y transmitir la cultura como instrumento de identidad y de diferenciación. En el lenguaje se refleja la cultura, ya que constituye su medio simbólico primordial. La religión católica constituirá, con su Teología, Moral y Ética, la ideología dominante, generadora de los valores y cosmovisiones imperantes en el Nuevo Mundo hasta las independencias. E incluso, después de ellas, ya que el Enciclopedismo, la Ilustración, los principios de la Revolución francesa y del laicismo todavía tardarían un tiempo en llegar y nunca del todo.

Ahora bien, la lengua, la religión y las ideologías dominantes convivieron y se interrelacionaron, en simbiosis, con las lenguas y religiones aborígenes, lo que dio lugar a nuevas modalidades dialectales, a renovadas cosmovisiones, a algunos cambios en los valores y a estrenos en las idiosincrasias. Todo relacionado con el lugar geográfico y el momento histórico, siempre en evolución. A veces las lenguas y religiones aborígenes se vieron obligadas a continuar como subculturas para poder subsistir.

La integración de las culturas amerindias en las europeas no se consideraría en absoluto. Es imperativa una explicación. Los actuales antropólogos diferencian la cultura material de la formal. La material equivale a la civilización, a las tecnologías y avances científicos y ésta es comparable. Europa tenía una civilización más avanzada que la de los taínos, por ejemplo, que vivían en el equivalente al neolítico. Otra cosa muy diferente es la cultura formal, que es la cosmovisión de la vida que cada pueblo tiene, sus mitologías y sus valores, costumbres y tradiciones… Ésta no se puede comparar. Cada pueblo, como cada individuo, tiene pleno derecho a su propia personalidad, a su propia cultura, a su peculiar forma de ser, de ver la vida y las cosas, a su cosmovisión; derecho a sus ideologías, a sus creencias, a sus tradiciones y a sus costumbres, lo que no es mejor ni peor, sólo diferente. Esto no estaba claro en aquella época, porque si lo estuviera, se hubiesen al menos respetado sus culturas y sus creencias, las indígenas, en una ética de respeto. Para aquella época de absolutismos y de dogmatismos, hablar de respeto era pedir demasiado.

El mismo Hernán Pérez de Oliva nos dice que Colón "partió de España a mezclar el mundo y a dar a aquellas tierras ‘estrañas’ forma de las nuestras". Sin duda, en el Nuevo Mundo se logró el mestizaje, pero no del todo lo de "dar forma de la nuestra". También los castellanos y andaluces empezaron a sufrir cambios en su mentalidad, era inevitable, y así pudieron entrar en el Renacimiento primero y después en el Barroco, como estudia John H. Elliot en su obra, España, Europa y el mundo de ultramar (1500- 1800), 2010.

"España asumió - dice Elliot- su lugar en un proceso histórico y divino, el movimiento hacia poniente del imperio que ahora alcanzaba su señal final con la conquista y colonización castellana de las nuevas tierras, más allá de los mares. Desde el momento que Colón puso el pie, por primera vez, en las Antillas y tomó posesión en nombre de los reyes Fernando e Isabel, la empresa de las Indias había sido interpretada como parte de los designios providenciales del Señor". Y añade dos citas: "En un famoso pasaje del relato de su cuarto y ultimo viaje en 1501-1504, Colón escribía: < El oro es excelentísimo, del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo>".

"No da aquella tierra- citando a Pérez de Oliva- pan, no da vino, mas oro da mucho en que el Señorío consiste".

Francisco de Quevedo, en esta fina sátira en que personifica al dinero, dice: "Poderoso caballero es don Dinero".

Madre, yo al oro me humillo…

Nace en las Indias honrado,

Donde el mundo le acompaña;

Viene a morir a España,

Y es en Génova enterrado.

A los productivos países europeos iría a parar mucha riqueza traída de América para comprar sus productos y sufragar los excesivos gastos de la Corona en su propio mantenimiento y de la corte, en sus campañas militares inútiles a veces o en las guerras de religión contra el protestantismo y para pagar los préstamos a los banqueros genoveses - de ahí: "Y es en Génova enterrado"- y también a los banqueros alemanes y castellanos, con intereses de hasta un 43%, entre otros. Con razón se llegó a decir que España se había convertido en las Indias de Europa.

Según Hamilton, estudioso del tema, entre 1521 y 1600, fueron ‘legalmente’ traídas del Nuevo Mundo a España por las flotas de Indias 17,000 (diecisiete mil) toneladas de plata y 181 toneladas de oro. Carlos I (1516-1556) utilizó gran parte del 1/5 del oro y de la plata, que le correspondía a la Corona y que recibió durante su reinado, en sus excesivos gastos como emperador, en empresas bélicas y como avales con los banqueros alemanes, como los Fugger (llamados Fúcar), Wesler y los Ehinger. Su hijo, Felipe II, el Prudente, seguiría sus huellas, produciendo varias quiebras al tesoro español. Felipe III, llamado el Piadoso, rey de España y Portugal, aficionado al teatro, a la pintura y a la caza sobretodo.

Aficionado a todo menos a gobernar, función que delega en su valido, el duque de Lerma y éste, a su vez, en el suyo, Rodrigo Calderón. Felipe IV, también rey de España y de Portugal hasta 1640, delegará la función gubernativa en el valido Conde Duque de Olivares, al igual que el último rey de la Casa de Austria, Carlos II, apodado el Hechizado. Para explicar su lamentable estado tanto físico como mental, acuden a la brujería e influencias diabólicas, cuando eran producto genético de la consanguinidad de sus padres. Débil de cuerpo y más de mente y sin voluntad alguna, al no tener hijos, se termina el reinado de los Austrias. El Tratado de Utrecht (1713), en Holanda, en el que perdimos las posesiones europeas y la caída de Menorca y Gibraltar en manos de Inglaterra, constituye el lógico colofón del reinado de los tres últimos reyes austrias españoles y de la consecuente Guerra de Sucesión Española (1712-1714).

Inglaterra lograría también romper el monopolio comercial de España con sus colonias con la concesión por parte de España del navío de permiso y el derecho de asiento. El navío de permiso permitía a Inglaterra enviar, una vez al año, un buque de 500 toneladas a las colonias españolas para comerciar con ellas. El derecho de asiento autorizaba a Inglaterra, durante treinta años, un lugar en el Río de la Plata (Argentina) para "guardar y refrescar" a los esclavos negros antes de venderlos.

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) vive en los inicios de la decadencia del imperio español, fines del siglo XVI e inicios del siglo XVII. Los abundantes metales traídos de América favorecieron el absolutismo del Estado, donde Rey y Estado se unían. Aquello de: "L’Etat, c’est moi", "El Estado soy yo", del rey Sol francés, Luís XIV, le dieron gran riqueza e importancia a España, sin la menor duda.

A principios de siglo XVI surge el mercantilismo o capital mercantil, caracterizado por una fuerte intervención estatal y coincidente con el Absolutismo monárquico y con el incremento de la oferta monetaria que requería del oro y de la plata, que terminarían siendo patrones monetarios, y para cuya obtención hasta se llegaba a vender mercancías para su obtención, de ahí el término mercantilismo. El oro y la plata equivalían al capital y la riqueza consistía en la abundancia de estos preciosos metales. Ahí, quizá, podría estar la explicación de la ‘cobdicia’ (codicia) de los españoles por el oro y que los taínos en absoluto entenderían.

La riqueza y el poder del Estado se medía por la cantidad de oro y plata que poseyera - establecía el mercantilismo-, lo que no deja de ser muy cuestionable, como veremos. Hasta Luís de Góngora, en Soledades, los tildó con fundamento de ‘metales suicidas’.

"Durante mucho tiempo- dice Elliott- había sido una fuente de asombro para los ingleses que España, con toda su riqueza de las Indias a su disposición, siguiera siendo un país estéril, empobrecido". La obsesión por las minas de oro y de plata terminaría siendo una trampa para la economía española, porque les haría descuidar, en gran medida, el cultivo de la tierra y la producción de mercancías derivadas, así como su comercialización y la promoción de artesanías e industrias, auténticos pilares del poder y de la prosperidad de una nación.

El espíritu de conquista debería dejar camino y paso - analiza Elliott- a las utilidades del comercio y de la industria, de lo que tanto carecería España como el Nuevo Mundo, y afirma que debería ser la productividad, en lugar de los metales preciosos, la fuente de la verdadera riqueza con cultura de empresa.Pero en aquel momento serían las minas de las Indias Occidentales las que suministrasen combustible al inmenso y ambicioso deseo de monarquía universal que padecía España y también Portugal. Se decía, por ejemplo, del rey portugués, Manuel I, que era "señor de las conquistas, navegación y comercio de Etiopía, Arabia, Persia e India".

La industrialización, la gran revolución industrial del siglo XVIII, apenas rozaría a España, como fruto y consecuencia del mercantilismo, de la fiebre por el oro y la plata, y que duró hasta el siglo XIX y que, entre otras cosas, terminaría arruinando a España, porque nos impidió la productividad agrícola y su comercialización, así como la producción industrial, la que verdaderamente enriqueció y creó fuentes de trabajo en otros países europeos, con Inglaterra de modelo. Con la honrosa excepción de la producción del azúcar, café, tabaco, pieles y jengibre en Puerto Rico, pronto agotado el oro y por falta del comercio de los productos agrícolas, textiles y otros necesarios para la cotidiana vida, nunca se pudo librar del contrabando, por todos permitido y tolerado como un mal necesario.

 

 

LA LEYENDA-MITO DEL RETORNO DEL DIOS BLANCO.

En casi todas las tribus indias americanas, taínos incluidos, existió la leyenda- mito del retorno del Dios blanco, una especie de Prometeo que roba el fuego, todo un símbolo de la civilización, a los dioses para dárselo a los humanos. Pero entre los amerindios el Dios blanco desciende del cielo para defender a los humanos que eran subyugados por los demás dioses; es por eso que toma la condición humana, una especie de encarnación en la teología católica, para compartir con los humanos los conocimientos y artes que las deidades conocen y usan, pero que no quieren compartir con los dolientes y abandonados seres humanos.

El origen de la leyenda- dicen- podría ser algún vikingo que llegó a sus tierras y les enseñó las ciencias que conocía de su pueblo, también las artes para organizarse y vivir en comunidad y mejor adaptarse al medio ambiente, así como la fabricación y uso de la tecnología necesaria para la supervivencia. El personaje legendario era alto, blanco y con barbas. No olvidemos que los amerindios eran lampiños, sin barba, y que su color era cobrizo, aunque hay autores que cuestionan lo del color cobrizo.

Los aztecas en México representan a Quetzalcóatl como un hombre blanco, alto y barbado, que, emborrachado por su hermano con ‘pulque’, por envidia, en su ebriedad tuvo relaciones con una sacerdotisa, rompiendo así su celibato (que no se ha casado o también que tiene voto de castidad). Avergonzado por lo que hizo, se fue en una barca por mar, prometiendo que un año regresaría, fecha que coincidía -según los aztecas- con la llegada de los españoles en 1519 y además por la misma costa donde el sol nace y desapareció Quetzalcóatl.

Cuando los aztecas los ven llegar están plenamente convencidos de que son los enviados del Dios blanco que cumple su promesa de retorno y como tales son recibidos, con todos los honores y admiración que les corresponde a los seres semidivinos, ‘teúles’. Bernal Díaz del Castillo, que luchó con Cortés en México, y que ya en Guatemala conoce la obra de Francisco López de Gomara, Historia General de las Indias, 1542, en la que toda la gloria se le atribuye a Cortés, escribe su obra Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, 1575 (manuscrito), 1632 (publicada). En ella reivindica la gloria para el colectivo de capitanes y soldados participantes en la gesta y en ella nos narra: "Del grande y solemne recibimiento que nos hizo el gran Montezuma (Moctezuma)". Los caciques precedían al gran Montezuma en la calzada que conducía a la gran ciudad de Tenustitlán ( Tenochtitlán), México (Nueva España), "… y así como llegaban ante Cortés decían en su lengua que fuésemos bienvenidos". Llegado Montezuma, se apea de las ricas andas y camina debajo de un palio ‘muy riquísimo a maravilla’. Cortés se apeó del caballo y fue a su encuentro. "Montezuma le dio el bien venido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina (Malinalli Tenépalt, 1502-1529, la amante de Cortés y su intérprete, conocida como la Malinche) que él fuese muy bien estado". Montezuma "le dijo que holgaba su corazón en haber visto un tan gran príncipe". "Y mandó a sus dos sobrinos que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos en unas grandes casas donde había aposentos para todos nosotros, pertenecientes a el padre del gran Montezuma; éramos unos cuatrocientos soldados".

"Nos llevaron a aposentar a aquella casa porque, como nos llamaban teúles (semidioses o enviados) y por tales nos tenían, estuviésemos entre sus ídolos"… "Como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma a nuestro capitán, que allí le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala a donde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza. Tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Montezuma se lo echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron que mirar sus capitanes del gran favor que les dio". Cortés le dio las gracias y Montezuma le respondió: "Malinche (amo de Malinalli), en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos. Descansad".

Luego se fue a sus palacios que no estaban lejos. "En posterior visita a los apartamentos donde residían los españoles, el gran Montezuma manifestaba sentirse holgado de tener en su casa y reino unos caballeros tan esforzados como era el capitán Cortés y todos nosotros". "… y que verdaderamente debe de ser cierto que somos los que sus antecesores, muchos tiempos pasados, habían dicho que vendrían hombres de donde sale el sol a señorear estas tierras" (ennegrecido nuestro). Más claro imposible. Montezuma (Moctezuma) considera a Cortés y sus soldados como el cumplimiento de una profecía predicha por sus antepasados que así lo habían prescrito y que él debe aceptar y cumplir; lo que conllevaría su encarcelamiento y su muerte, estando aún prisionero de los españoles.

Él mismo, Díaz del Castillo, le dice a Cortés: "…y que no tuviese confianza de la buena voluntad y amor que Montezuma nos muestra". Montezuma les dijo: "… y que pues sus dioses les habían cumplido sus buenos deseos, y ya estábamos en su casa, las cuales se pueden llamar nuestras, que holgásemos y tuviésemos descanso, que allí seríamos servidos. Que si algunas veces nos enviaba a decir que no entrásemos en su ciudad, que no era de su voluntad, sino porque sus vasallos tenían temor, que les decían que echábamos rayos y relámpagos (los arcabuces), y con los caballos matábamos muchos indios, y que éramos teúles bravos y otras cosas de niñería". Realismo mágico.

Algo parecido sucede en el Perú, con la prisión y muerte del jefe inca Atabaliba (Atahualpa) por Francisco Pizarro, cuando temerariamente lo entrampan en el Tambo Caxamalca (Cajamarca), en el año de 1533. López de Gomara, en su obra Historia General de las Indias, nos cuenta el encuentro de Atabaliba con el fraile Vicente que intenta adoctrinarlo en los dogmas de la religión católica, la creación, la formación del hombre de la tierra, la existencia de Adán y Eva y de la encarnación y muerte de Jesús en la cruz. Y le exige que sea amigo y tributario del rey de España y que obedezca al Papa, si no le declararán la guerra. Es aquí donde entra en acción el agudo pensador que era Atabaliba, el jefe inca:

"Respondió Atabaliba muy enojado que no quería tributar siendo libre, ni oír que hubiese otro señor mayor que él, empero, que holgaría de ser amigo del emperador y conocerle, ca (porque) debía de ser gran príncipe, pues enviaba tantos ejércitos como decían por el mundo; que no obedecería al papa, porque daba lo ajeno y por no dejar a quien nunca vio el reino de su padre. Y en cuanto a la religión, dijo que muy buena era la suya, y que bien se hallaba en ella, y que no quería ni menos debía poner en disputa cosa tan antigua y aprobada; y que Cristo murió y que el sol y la luna nunca morían, y que ¿cómo sabía el fraile que su Dios de los cristianos criara el mundo? Fray Vicente respondió que lo decía aquel libro, y diole su breviario. Atabaliba lo abrió, miró (otras versiones dicen que lo llevó a su oído e hizo vibrar para escucharlo), y diciendo que a él no le decía nada de aquéllo, lo arrojó en el suelo"... "Los evangelios en tierra, le grita el fraile a Pizarro; venganza cristianos".

"Pizarro, entonces, mandó sacar el pendón y jugar (disparar) la artillería, pensando que los indios arremeterían". Atacó la caballería con toda la furia; los lanceros entraron en acción con los de a pie que hicieron gran riza (estragos) en los indios con las espadas y a estocadas.… "No hubo indio que pelease - dice Gomara- aunque todos tenían armas, cosa bien notable contra sus fieros y costumbres de guerra. No pelearon porque no les fue mandado…"

¿Por qué el jefe inca no da la orden de ataque a sus miles de aborígenes que lo acompañaban, cuando sabía que estaba en juego su libertad y hasta su vida, y los soldados de Pizarro eran muy pocos? La respuesta no pude ser otra que la leyenda mitológica del retorno del Dios blanco que ellos llamaban Viracocha; los aztecas y toltecas lo llamaban Quetzalcóatl y los mayas Kukulkán. La estructura de la leyenda es la misma- estructuralismo de Lévi Strauss-, aunque existen pequeñas variaciones en el contenido. Los mitos llegan a tener un poder casi infinito en el creyente y afectan lo más íntimo del sentimiento de las personas a las que inhabilitan en la toma de adecuadas decisiones mientras el mito persiste. No existe otra explicación plausible para la absoluta indefensión de aquellos aguerridos guerreros incas que no sea el mito del retorno del dios blanco. Ningún español murió ni resultó herido, mientras mataban a cientos de indígenas armados que se comportaban como corderos llevados al matadero.

Que los españoles, con menos de 700 soldados, 18 cañones y 83 caballos, lograsen conquistar dos inmensos imperios, el azteca y el inca, con muchos millones de habitantes y decenas de miles de aguerridos soldados, no sólo se puede explicar por el efecto sorpresa de espadas y armaduras, cañones y caballos, además de utilizar a las tribus rivales como amigas en la conquista. El mito del retorno del Dios blanco y de sus emisarios (teúles), en los primeros y decisivos momentos en que paraliza para la defensa a Moctezuma y a Atahualpa, con sus prendimientos y muertes, tuvo un valor trascendental e inmensurable para los conquistadores españoles, pues la conquista, sin el mito, sería impensable por imposible. Totalmente imposible.

El jefe inca sería apresado y luego muerto. Surrealismo.

Colón en su Diario dice que el 6 de noviembre de 1492 mandó a un grupo de exploradores a internarse en la Española donde se encuentran con algunos indígenas taínos que los reciben como a seres enviados por los dioses. Los hospedaron en sus mejores viviendas, los cargaron a hombros; les besaron las manos y les decían que ya sabían que eran enviados por los dioses y que unos cincuenta, entre hombres y mujeres, les manifestaron su deseo de volver con ellos al cielo de los dioses eternos.

El personaje legendario de piel blanca, barbudo, envuelto en un halo de misterio, maestro de las ciencias y de las artes necesarias para la vida, de la organización social y política, del misterio y de la magia, y que además esgrime terribles armas mortíferas y que había llegado en el tiempo del caos para restaurar la civilización y la paz, subyuga a todos los amerindios. Y los españoles, gratuitamente encarnados en la leyenda-mito, supieron - quizá sin ser del todo conscientes de ello- rentabilizarla para ganar tiempo psicológico y estratégico en la conquista y colonización de los amerindios, porque el mito nunca desaparece, imprime carácter, deja huellas y secuelas muy difíciles de borrar, ya que afecta al sentimiento, tálamo e hipotálamo, y posee casi infinita virtualidad, ya que incluso crea a los dioses de las mitologías. Por los mitos se mata, es el caso de los inquisidores, y también se muere, como ocurrió con los mártires cátaros a manera de ejemplo.

Quizás algún día los historiadores de América tengan más en cuenta, en sus estudios históricos, el estudio de esta leyenda-mito, este factor mitológico. Aunque no sea fácil el medir su impacto, al tratarse del pensamiento simbólico donde encajan los mitos que se tejen con símbolos, al menos no se puede ignorar, ni pasar por alto, pues la historia de la conquista quedará incompleta y no será del todo comprensible sin el estudio de esta variable.

 

 


 

CAPÍTULO II

LOS INDIOS TAÍNOS DE BORIKÉN, BORIQUÉN O BORINQUEN.

‘Muy mala tiene que ser la tierra de esos cristianos, porque la abandonan para posesionarse de la nuestra’, se dice que esto comentaban los taínos de Borikén entre ellos.

 

Colón dialogando con los taínos en su yucayeque

 

Los taínos de Borikén, informados de las aventuras de los españoles en la vecina Española, no las tenían todas consigo. Se sorprendían, al mismo tiempo que temían, por su actual estado, tan solaz. Realizarían, sin duda, areytos de alegría y, al mismo tiempo, cohobas, muchas, para saber qué les tenían destinado sus deidades, a las que imploraban su providente protección y amparo. Y así durante inciertos largos años, con intranquilo y duermevela pernoctar y con muchas pesadillas que soñar. De repente, y despejando dudas, se presenta Juan Ponce de León con sus huestes en carabelas que, sin hacer ruido, surcaban la mar, cuando aún no se habían recobrado del susto del infructuosos intento de Vicente Yáñez Pinzón, nombre que nunca supieron pronunciar, pero nunca olvidarían el del terrible Salazar, que sólo el pronunciarlo les producía malestar. Nos cuenta Gomara: "…solían decir aquellos isleños al español que les amenazaba: No te temo, ca (porque) no eres Salazar", el más destacado en la conquista de Boriquén, según el cronista.

Los recibieron desconcertados, porque también creían que eran los emisarios del Dios blanco y como a tales los recibieron con derroche de ‘guaitiaos’; ‘guaitiao’ equivale a amigo, según Cayetano Coll y Toste en Prehistoria de Puerto Rico (1897).

Taíno, en arauco o arahuaco (arawak), significa bueno y noble, que es lo que realmente los taínos eran. Y su lenguaje, según Colón, "era apacible, el más dulce del mundo, siempre con una risa". Borikén o Boriquén significa "tierra del altivo señor". ‘Imaginad el Edén, llamado Borikén’,-esto, sin duda, lo era para ellos-. Este Edén fue la misma tierra descubierta por el almirante Colón en su segundo viaje, el 19 de noviembre de 1493, y que bautizó, con todas las connotaciones cristianas, con el nombre de San Juan Bautista, pero su conquista y colonización no se inicia hasta el 1508, con Juan Ponce de León.

No sólo consideraron a los conquistadores como emisarios de los dioses, sino que incluso los tuvieron por inmortales, hasta que logran demostrar lo contrario con el ahogamiento del soldado Diego de Salcedo en el río Guaorabo, en el cacicazgo de Urayoán. Su muerte fue planificada por el cacique, que participaría también, una vez comprobada la mortalidad, en la revuelta contra los españoles en su cacicazgo de Yagüecax (Mayagüez). Como tales emisarios les dieron la bienvenida e incluso Agüeybaná, cacique de Guanía (Guánica), fue el principal cacique que practicó el ‘guaitiao’, viejo ritual taíno de la amistad, con Ponce de León y lo acompañó en viajes de exploración por la isla e incluso a la Española, además de darle a su hermana como compañera.

Los taínos constituían un pueblo sedentario, agrícola y alfarero; eran desconocedores de la escritura, salvo los dibujos petroglifos, del uso de la rueda, del hierro, cobre y bronce, pero poseían, lo que sorprendió mucho a los españoles, un significativo grado de complejidad cultural y organización social, como lo manifiestan en su mitología y estructura social piramidal, en la elaboración y uso de herramientas y utensilios de piedra, concha y madera, que usaban en la agricultura, caza y pesca; para la guerra usaban arcos, flechas (sin yerba, sin veneno) y macanas, todo de madera dura. También eran expertos en la fabricación de canoas, hechas de gigantescos troncos de árboles, troncos que ahuecaban con herramientas y con fuego y que utilizaban para pescar y en sus desplazamientos por mar. El tejido de las ‘hamacas’ para descansar y dormir lo fabricaban las mujeres taínas con el algodón que producían en sus conucos, montículos de tierra orgánica de aproximadamente un metro de alto y tres metros de diámetro.

Su forma de vida se fundamentó en la producción agrícola en sus ‘conucos’, con la ayuda de una vara larga de madera, endurecida al fuego para hacer los hoyos y que denominaban la ‘coa’, en los que sembraban y cosechaban la yuca que rallaban o ‘guayaban’ para obtener la harina que tostaban sobre el ‘burén’ y así conseguir su alimento básico y principal de su dieta, el ‘casabe’ o ‘cazabe’. También cosechaban la calabaza, el mamey, la papaya, el lerén, la yautía, el maní, el ají, el maíz, el cacao, el tabaco, el algodón y otros. Obtenían además frutos tropicales, como el jobo, la piña y la guanábana. Usaban el regadío y sus técnicas agrícolas eran avanzadas para su época. Curiosamente las taínas no obtenían harina del maíz como en México, pero sí bebidas embriagantes. Colón llevaría a España el ají (pimiento), del que se obtendría el pimentón; también el maíz y el cacao para obtener el chocolate, y el tabaco. Más tarde, del Perú, llegaría la papa (patata) para alimentar a toda Europa.

Para pescar usaban un veneno para aturdir a los peces, pero que no era nocivo para ellos, y además usaban trampas en los ríos en las que los peces podían entrar pero no salir, como las nasas o redes y los corrales que les hacían las mujeres para tal fin. Cazaban pájaros, loros, jutías, iguanas y culebras, que solían cocinar a la ‘barbacoa’, término indígena que utilizamos tanto en español como en inglés hoy día.

Las taínas, como dato curioso, enterraban ‘cemíes’ en sus conucos en la creencia de que de esta forma obtendrían mejores cosechas.

Ahora bien, en esta sociedad matriarcal, según unos y patriarcal para otros, el trabajo más duro era realizado por las mujeres que hasta ayudaban a los naborías en la construcción de los bohíos y los caneyes. La mujer taína es agro alfarera, elabora los utensilios de barro, ricamente adornados en sus asas, con fines culinarios, además destaca en el conocimiento de las técnicas agrícolas y de las lunas para la siembra y cosecha. Ella se encarga de la crianza de los niños y del cuido de los ancianos, además de la elaboración de los alimentos. Con el algodón que obtenían, tejían las ‘naguas’ (enaguas), faldas que llegaban hasta la rodilla y que sólo usaban las mujeres casadas, ya que las solteras y los hombres andaban totalmente desnudos y todos caminaban descalzos. También eran las taínas las que confeccionaban las hamacas para descansar y dormir. El trabajo de pulir y tallar la madera y la piedra era también tarea de la mujer taína, quizás ayudadas por los naborías. Todo en el interior del yucayeque estaba al cuido de la mujer taína. También hubo taínas cacicas, como Anacaona y Canoabo en la Española y Yuísa en Boriquén.

El hombre taíno se encargaba de lo exterior del yucayeque, de la caza, pesca, construcción de las canoas, de los arcos, flechas y macanas para sus cacerías y como armas para la defensa. El trabajo para el varón taíno nunca fue opresivo; en lo que no le ayudaba la plácida y generosa naturaleza tropical, se lo suplía la mujer con su generoso esfuerzo.

ORGANIZACIÓN SOCIAL PIRAMIDAL TAÍNA.

Su organización social, política y religiosa era piramidal, estratificada en los cacicazgos, en cuyo vértice estaba el cacique, la máxima autoridad tanto en lo político como en lo social, ya que la suprema autoridad territorial era el cacicazgo, integrado por varios poblados o ‘yucayeques’.

 

El yucayeque (poblado) de los taínos

 

Había en Borikén diez y ocho cacicazgos a la llegada de los españoles, posición que se heredaba por línea matrilineal: el hijo de la hermana mayor sería el cacique heredero. Llamaban ‘bohíos’ a sus viviendas y ‘caney’ a la vivienda del cacique. Estaban construidas con postes que fijaban en tierra cada dos o tres pasos, en forma oval o cuadrilátera, y sobre dichos troncos formaban el piso de varas o de cañas. Utilizaban vigas de troncos fuertes para la techumbre, capaces de soportar fuertes vientos y las paredes eran de cañas y hojas de palma, tejidas y atadas a los postes con bejucos; la techumbre estaba formada por ‘yaguas’ entretejidas y atadas a las vigas, y con barro, a veces, para evitar las filtraciones de agua. Los ‘bohíos’ no disponían de ventanas, sólo de una puerta de entrada. El ‘caney’ del cacique era rectangular y más amplio y sí tenía ventanas, además de un pequeño pórtico frente al ‘batey’ o plazoleta.

El ‘guanín’ es un disco de oro, en forma de lámina, que cuelga del cuello del cacique como signo distintivo de autoridad y el ‘duho’ o ‘dujo’ era un banco ceremonial.

El cacique poseía la máxima autoridad en el cacicazgo. Era el que tomaba las decisiones más importantes: declarar la guerra (guasábara), la celebración de los areytos, de las cohobas con el behíque y del ‘batú’. Era polígamo, como los demás aborígenes, pero podía tener más mujeres que los demás y, cuando moría, su mujer preferida era enterrada viva con él para que fuera su compañera de viaje al "Coaybay", la morada de reposo de los difuntos. Enterraban además comida y bebida con sus objetos preferidos y armas para el viaje. La tumba del cacique era especial, más elaborada con ramas y bejucos y todos eran enterrados en cuclillas o estado fetal, evitando siempre que la tierra tocase el cadáver.

 

El duho, asiento ceremonial reservado al cacique

 

Los caciques tenían, a su vez, sus jefes, los caciques más distinguidos entre ellos, que en tiempo de los primeros españoles eran Agüeybaná y Guaybaná (Guánica), a quienes los demás, en asuntos importantes, debían obediencia. GUA en el léxico taíno es sinónimo de mujer. Y a veces algunos cacicazgos pagaban tributos a otros, siempre en especie naturalmente.

Los behíques o bohíques, chamanes o sacerdotes-curanderos, son además los historiadores de su cacicazgo que instruyen a los jóvenes en la historia de sus pueblos de forma mística y poética en los areytos, ya que es él quien representan el poder mágico-religioso en el yucayeque. El behíque era el médico mágico - religioso y naturista al mismo tiempo - y el responsable de la curación o de la muerte del enfermo.

Los nitaynos (o nitaínos) eran un tipo de casta militar y administrativa, compuesta por los ancianos, los nobles, los guerreros y los artesanos. Se consideraba que tenían mejor sangre que los demás y desempeñaban el papel de ayudantes o lugartenientes del cacique.

Y en la base estaban los naborías (o naborí) que eran los siervos u obreros, los que realizaban los trabajos serviles, pero no eran esclavos, sí la clase más baja. Pescaban, cazaban, ayudaban a las mujeres en los ‘conucos’ y colaboraban en la construcción de los ‘bohíos’ y de los ‘caneyes’ y en otras muchas tareas según las necesidades.

 

Escultura del cacique Mabodamaca en Isabela, en la carretera # 2.

 

 

LA MITOLOGÍA TAÍNA.

El taíno era animista, creía que el espíritu estaba inserto en toda la Naturaleza y que todo fenómeno natural era una manifestación divina. Se ha dicho incluso que para cultivar la tierra nunca hubiesen podido usar un arado con reja de hierro, porque éste hubiese herido la Tierra, como también pensaban los indios norteamericanos; tal era su ligazón con todo lo natural. Eran politeístas, creían en varios dioses, también totémicos y fetichistas.

Su deidad principal era Yúcahu Bagua Maórocoti: Yúcahu (señor de la yuca), Bagua (mar), Maórocoti (sin antecesor masculino). Su madre era Atabex o Atabey. Guabancex era la diosa de las aguas, de los vientos y de las tormentas. Juracán, era el dios maligno que provocaba las tormentas dañinas y los huracanes. Cemí, concepto taíno que designa igual a las deidades como a ciertos objetos que alojan a dichos espíritus. Rendían culto a los muertos, creyendo que al morir se convertían en espíritus protectores, llamados cemís (cemíes) o trigonolitos.

 

Cemí o trigonolito de Puerto Rico

Museo Nacional, Washington, D. C.

 

Creían en la inmortalidad, en la vida del más allá, sin hablar de almas claramente, pero sí de espíritus, de los dioses y del muerto que se transformaba en cuerpo (‘operito’). Después de muertos iban a un lugar sagrado que llamaban ‘Coaybay’ (casa o habitación de los muertos), que según Pané está en el extremo de la isla la Española y es llamado Soraya Yúcahu, donde el espíritu de los muertos, llamados ‘opías’, permanecían recluidos durante el día en un umbroso y fresco valle y de noche salían a comer del fruto dulce de la ‘yuayaba’ (guayaba), a compartir con los vivos y visitar a los parientes. También salían para hacer fiestas bailando sus areytos a la luz de la luna y acostarse con sus prójimos en las hamacas y gozar del dulce deleite del amor sensual. Pero no tenían ombligo y por eso les llamaban ‘operitos’, para indicar que estaban muertos. Ningún taíno, por miedo a los ‘opías’ o espíritu de los muertos, transformados en ‘operitos’, caminaba solo de noche.

 

Idolillo de hueso con incrustación de oro en los ojos

 

Su mitología les explicaba el origen del reino animal, vegetal y mineral, así como el del ser humano. En su pasado mítico los hombres se confunden con los animales y éstos participan en la formación del género humano, mitos de aparición más que de creación. Yaya y Yayael dan origen al mar. Sus mitos aclaran sus principales dudas y dan sentido a sus vidas, al mismo tiempo que les ofrecían un orden sin caos y les facilitan su estabilidad y permanencia en el tiempo.

La información sobre la mitología taína proviene de fray Ramón Pané, de origen catalán, que acompañó a Colón en su segundo viaje. Le encargó el almirante que fuera a vivir entre los naturales, aprendiera su lengua e indagara sus creencias y sus ritos y así poderles predicar el cristianismo. Estuvo primero en el cacicazgo de Macorix, 1494, donde descubrió que hablaban una lengua diferente a la general, por eso, ya en la primavera 1495, pasó al cacicazgo de Guarionex. En 1498 le entrega a Colón el manuscrito que tituló: Relación acerca de las antigüedades de los indios y que Colón llevaría a Sevilla, donde sería utilizado por Bartolomé de las Casas y Mártir de Anglería, para después, misteriosamente, desaparecer y reaparecer traducido al italiano en Italia, de cuya lengua debió de ser traducido al castellano, complicando más aún la terminología taína, muy complicada de por sí, al no existir la escritura, y el catalán fray Pané no dominaba bien el castellano. No obstante, constituye el único relato de lo que creyeron y soñaron aquellos taínos, de su mitología, y también es considerado como el primer estudio antropológico o etnográfico de una cultura amerindia.

 

 

LOS AREYTOS O AREITOS.

Eran ceremonias religiosas de gran valor y significado para los taínos y que tenían lugar en el ‘batey’ o plaza de los ‘yucayeques’, o poblados, y que podían durar un día o más. La iniciaba el cacique y la dirigía el behíque, acompañados de cantos y bailes al ritmo de tambores de madera (magüey), güiros y maracas (vacías higüeras rellenas de pequeñas piedras), fotutos o trompetas de caracol y flautas de caña o de hueso. Mientras tanto el behíque explicaba el sentido y significado de la actividad, que podría versar sobre cualquier acontecimiento importante, como la muerte de un cacique, un nacimiento significativo, bodas de importantes, declaraciones de guerras o celebraciones de victoria. Antes del levantamiento contra los españoles celebraron areytos con tal motivo.

 

Areyto celebrado el 25 de Julio de 2011, en Guatu-Ma-Cu, Puerto Rico

 

Los ‘areytos,’ además de expresar la unidad tribal, servían como escuela para educar a niños y jóvenes en las costumbres y tradiciones de la tribu.

A esta ceremonia acudían hombres y mujeres, con pinturas rojas, blancas y negras sobres sus cuerpos ‘embijados’ y adornados con sartas de semillas y de caracoles, especie de sonajas, que emitían sonidos rítmicos mientras bailaban.

A veces participaban los hombres solos, otras veces, las mujeres solas, pero la mayoría de las veces, como norma, hombres y mujeres cantaban y bailaban sueltos o cogidos por el brazo, al ritmo de la música. Mientras los encargados de la bebida, que solían obtener del maíz, la repartían abundantemente entre los danzantes, hasta que muchos terminaban ebrios, debiendo de ser reemplazados por otros, ya que la borrachera estaba permitida socialmente en ambos sexos, al considerarse como algo normal, natural y no censurable. Podían ser más de un yucayeque los que celebrasen juntos el areyto, cuando se trataba de asuntos afines, como el que realizó Agüeybaná "el Bravo" con los caciques principales para celebrar el levantamiento contra los españoles.

El areyto es considerado como la ceremonia más importante dentro de la cultura taína.

LA COHOBA.

Era la ‘cohoba’ un ritual mágico religioso para consultar e invocar al cemí o a alguna otra deidad sobre un tema importante. La ceremonia era precedida de varios días de ayuno y, antes de entrar a la ceremonia, por un vómito purificador, con la ayuda de una espátula vomitiva, para que los productos tóxicos de los alucinógenos no les hiciesen daño.

La ceremonia se solía celebrar en el ‘caney’ o residencia del cacique, pero podía ser también en otros lugares, escogidos según la ocasión. El polvo ceremonial lo obtenían pulverizando las semillas del cohoba, potente alucinógeno, que mezclaban con tabaco y con conchas de caracol quemadas y trituradas.

 

            Inhalando el alucinógeno                          Provocando el vómito

 

Dentro del caney, los asistentes permanecían en cuclillas, con las manos sobre las rodillas alrededor del cemí, que está en el centro. El cacique destacaba sentado sobre su ‘duho’ y sobre la cabeza del cemí reposaba una bandeja de madera con los polvos ceremoniales. El cacique y el behíque, provistos de un canuto en forma de Y, o de dos cañas huecas paralelas, lo introducían en ambas fosas nasales, aspiraban los polvos hasta ponerse en trance y así comunicarse con las deidades. Después vendría una especie de rezos con contestaciones de todos los asistentes participantes, con cierto parecido al amén cristiano. Luego, todo quedaba en silencio. Creían recibir las respuestas de los cemíes consultados que después comunicaban a los asistentes, no antes de ciertos gestos rituales. Y si el behíque o el cacique se equivocaba en las predicciones, sería el cemí el que había cambiado de decisión o de opinión y así se aceptaba, sin mayor trascendencia. En otras ocasiones también participaban de la cohoba los nitaynos.

"Igual ceremonia solían practicar juntos bohíque, cacique y nitaynos cuando había que resolver, en consejo de jefes, alguna cuestión ardua, como sus guerrillas, que eran muy frecuentes por motivos de los límites de sus cacicazgos", Cayetano Coll y Toste en Prehistoria de Puerto Rico (1897). Eso demuestra -sigue diciendo- que no es cierto lo comentado por Mártir de Anglería, de que los indo-antillanos no conocían lo mío y lo tuyo. Aunque en el yucayeque la propiedad territorial era comunal, existía la propiedad privada de pequeñas cosas personales al dividirse los productos comunes y la de los muy escasos utensilios hogareños de su propio bohío. De lo contrario no tendría sentido el tipificar el robo ni aplicar el castigo, como era uso y costumbre entre ellos.

Se dice que en los meses finales de 1510, antes de la revuelta contra los españoles, celebraron ‘cohobas’ para preguntar a sus deidades sobre el particular, pero ignoramos la respuesta que recibieron de los cemíes.

JUEGO DE PELOTA O BATÚ.

Otro evento especial de los taínos lo constituye el juego de pelota, a la que llaman ‘batú’. Era un deporte con sentido religioso. Se jugaba en el ‘batey’, en una cancha grande de forma rectangular, cuyos lindes o límites estaban demarcados por una hilera de piedras, algunas con petroglifos y cemíes. El piso o suelo del batey era de barro apisonado, casi tan duro como el cemento. Participaban hombres y mujeres en indeterminado número, pero solía ser de 10 a 30 jugadores, del mismo o de ambos sexos, pero siempre con el mismo número de jugadores en cada equipo. La pelota era de raíces, hierbas y goma que, mezcladas y hervidas, formaban una pasta a la que le darían la adecuada forma para el juego con buen rebote. A los españoles les sorprendió sobremanera, ya que en Europa no existían pelotas de goma que rebotasen de esa manera.

 

  Batú

 

Los dos equipos se colocaban a ambos lados del batey e iniciaba el juego uno de los jugadores que lanzaba la pelota (batú) al equipo contrario. El juego consistía en mantener la pelota en el aire sin que tocase el suelo ni se saliese del área de juego, usando para ello las caderas, los codos, los hombros, la cabeza o cualquier parte del cuerpo que no fuesen las manos y los pies, por lo que los jugadores necesitaban mucha destreza para devolver la pelota al campo contrario. Perdía el que más veces dejase caer el ‘batú’ o pelota al suelo, o la tirase fuera del área marcada de juego, lo que se consideraba como falta (punto). Ganaba el que menos faltas cometía hasta que uno de lo dos equipos alcanzase el número de faltas previamente establecido.

En puestos preferenciales, en sus duhos, estaban el cacique, el bohíque, los nitaynos y asistía el pueblo en general. A veces eran los yucayeques los que jugaban entre sí. Se podían hacer apuestas por los equipos que se pagaban en especie al finalizar el partido. Y un dato muy interesante, con el juego del batú se podían solucionar disputas entre los yucayeques sin tener que acudir a la pelea, de ahí su función, a veces judicial, además de la deportiva.

En el cacicazgo de Aymaco, a finales de 1510, se celebró un batú para que el vencedor matase al prisionero Juan Suárez, pero por suerte sería rescatado a tiempo por el capitán Diego de Salazar, el temible entre los taínos.

CURIOSIDADES TAÍNAS.

Los taínos eran muy generosos y hospitalarios. Colón afirmó: "Los taínos muestran tanto amor, que darían los corazones". Y tienen en gran respeto a los ancianos a los que escuchan con reverencia y cumplen sus deseos. Se dice que Agüeybaná escuchó e hizo caso de los consejos que su madre, convertida al cristianismo, le dio acerca de cómo tratar a los españoles recién venidos de la vecina Española.

En esta sociedad comunal, el matriarcado es atípico. A pesar del papel preponderante que ejerce la mujer en dicha sociedad, ella debe siempre obedecer y someterse al marido, porque -dicen- los maridos son sus dueños absolutos e incluso, en caso de infidelidad, la podrían matar, sin mayores consecuencias. Sin embargo los varones practicaban la poligamia.

Consideran la venganza como buena y un acto de justicia. Por eso si el behíque o curandero no sana al enfermo y éste se muere, en algunos casos sus familiares lo castigaban hasta con grave daño físico por inepto y hechicero.

Entre los taínos, el no tener hijos era un deshonor.

En torno al suicidio. Cuando su vida era infeliz o estaba llena de sufrimientos, algunos se suicidaban, bien por ahorcamiento o estrangulamiento, independientemente de la edad que tuviesen, ya que al morir creían que iban al ‘Coaybay’, especie de aposento de los muertos, donde gozaban placeres solaces. También practicaban el suicidio colectivo para evitar ser vasallos o esclavos, como hubo casos en los primeros años de la colonización. El derecho a morir es lícito y bueno, piensan. Pensamiento que no comparten los caribes que prefieren el presente a la incertidumbre del futuro de ultratumba, del que dudan mucho, o que sencillamente no creen en él.

No roban; al ladrón le cortan la mano o lo empalan para que muera lentamente y sin posible intercesión de nadie. Por eso, cuando su bohío estaba revuelto o algo faltaba, decían: ‘por aquí anduvo algún cristiano’.

Los taínos enterraban a sus difuntos en posición fetal o en cuclillas, en cuevas o en sepulturas abiertas. Para su viaje al más allá, en el que creían, les ponían alimentos y ofrendas con las pertenencias más apreciadas y armas. Sobre el cadáver colocaban ramas o palmas para evitar el contacto con la tierra.

El incesto estaba prohibido como tabú; al incestuoso le vendría alguna enfermedad, principalmente en la piel o de cualquier otro tipo, pero le vendría, incluso la muerte.

Usaban como mascotas loros domesticados y pequeños perros mudos, ya extintos, y que llamaban ‘josibi’. El fuego (guatú) lo obtenían por frotamiento con maderas apropiadas.

Los taínos eran polígamos, tenían las mujeres que podían, según sus deseos y posibilidades. A veces usaban como dote collares de cuentas marmóreas que llamaban ‘colesibí’ y que las taínas valoraban y estimaban mucho. Cuando se trataba de la hija del cacique o de nitaynos, la dote solía ser un ‘guanín’. El matrimonio no tenía carácter religioso, era más bien un contrato de compra que el varón hacía.

Los taínos eran limpios y aseados. Solían bañarse, al levantarse, en el río o en la quebrada y usar abluciones durante el día. Después, ayudados por las taínas, se hacían el ‘embijamiento’ de la piel con achiote y con la ‘bija’ que, molidos y mezclados con aceites vegetales, extendían por todo el cuerpo para protegerse tanto de las inclemencias del tiempo como de los fastidiosos mosquitos.

Se llegó a afirmar que los taínos se habían extinguido hacia 1550, pero no ha sido así, como lo demuestra el estudio reciente hecho en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Mayagüez, por el biólogo, egresado de Harvard, Juan Carlos Martínez Cruzado que, con sus alumnos, investigó el ADN mitocondrial taíno, que se transmite de la madre a sus hijos/as, con una muestra de 800 personas participantes en el estudio, entre el 1999-2000, y cuyos resultados son realmente sorprendentes: el 61% de los puertorriqueños de la muestra tenía ADN mitocondrial indígena, el 27% africano subsahariano y el 12% euroasiático occidental. Según la revista "Nature" (19 oct. 2011), el 15% del ADN total de los puertorriqueños es de origen taíno. Juan José Ortiz Aguilú, antropólogo, afirma que los puertorriqueños: "no somos indios, no somos negros, ni somos blancos europeos…, somos boricuas, con una multiplicidad de características biológicas".

Los taínos no sólo están presentes en el ADN puertorriqueño de hoy día, sino que también están vigentes en el ámbito alimentario: yuca, yautía, ají, papaya, achiote, calabaza, batata…, e incluso en el vocabulario y habla puertorriqueña, ya que, según los estudiosos, más de 500 palabras del español de Puerto Rico tienen origen arauco o arahuaco insular: cacique, canoa, barbacoa, cazabe o casabe, hamaca, maíz, tabaco, tiburón, caribe, huracán, burén… También heredamos múltiples características culturales, como el tomarse las cosas con calma, vivir el presente y que el trabajo no nos ajore (apremie), término puertorriqueño, el valorar más el ocio y el descanso que la acumulación de bienes, el gusto por los juegos y los bailes, el sentimentalismo y la profunda religiosidad, la hospitalidad, la bondad y la generosidad y otras muchas.

LA COLONIZACIÓN.

Caparra fue el primer asentamiento español, 1508, fundada por Juan Ponce de León que llega con la misión de conquistar y colonizar Boriquén como primer Gobernador, enviado por fray Nicolás de Ovando y Cáceres, Gobernador de las Indias en la Española. El noble de alta alcurnia castellana, Critóbal de Sotomayor, crea la villa que lleva su nombre en el litoral occidental. Un año más tarde se erige San Germán en la desembocadura del río grande de Añasco, que, debido a los diversos ataques de corsarios franceses en 1528 y 1538 y de los indios caribes, se trasladó a las Lomas de Santa Marta en 1574 y que sería, junto con la capital Puerto Rico, las dos ciudades importantes durante 250 años desde su inicial fundación en la isla bautizada con el nombre de San Juan Bautista.

Para cristianizar a Borikén, el papa Alejandro VI autoriza al rey Fernando que decrete el cobro del diezmo y de las primicias para que sean recibidos por los funcionarios gubernamentales, a cambio de que la Corona se encargue del sostenimiento material del clero. El Papa autoriza además la fundación de tres obispados en las Antillas, dos en la Española y una en San Juan en el 1511. El rey Fernando, 1512, procede a nombrar al canónigo Alonso Manso obispo de San Juan Bautista, siendo el primer obispo en funciones de América y que llega a Caparra en mayo de 1513.

El obispo se encontró con una diócesis inaccesible por sus caminos fangosos, con unos diocesanos que no podían cubrir sus necesidades básicas, sin tiempo y sin voluntad para dedicarse a las prácticas devotas, nos dice Salvador Brau. El obispo sufre muchos aprietos y escasez, a pesar de que le habían dado 150 taínos para que le sirvieran en encomienda, no pudo ni construir la iglesia ni pagar los salarios de los pocos religiosos, porque reclamó los diezmos a los funcionarios que no pudieron dárselos. La encomienda es un derecho concedido por el Rey a ciertos conquistadores, por el que un grupo de familias indígenas estaban al servicio de dicho señor, beneficiándose el señor del trabajo y de sus vidas a cambio de protección e instrucción religiosa; se trataba de trabajos forzosos institucionalizados.

Disgustado y molesto, regresó a España tres años después de su llegada, donde estaría otros tres sin regresar, pero volvió con carta y título de Inquisidor de la isla de San Juan Bautista, buen arma para someter a los funcionarios, pero muy triste función, la de ser el primer Inquisidor de las Indias, además de primer obispo.

Ovando debe de ceder, por voluntad del rey, la autoridad a Diego de Colón en la Española, quien decide en 1511 enviar a Juan Cerón a la isla de San Juan como alcalde mayor y a Miguel Díaz como alguacil mayor, a quienes acompaña el aristócrata Cristóbal de Sotomayor, provistos de las debidas cédulas reales para el repartimiento y encomiendas de los taínos, como del organigrama del Gobierno según el modelo de Castilla. Juan Ponce de León se ve obligado a renunciar a la Gobernación, pero después de la rebelión taína en el oeste. Las incipientes villas serían regidas por un cabildo o corporación que rige un municipio.

LA REBELIÓN TAÍNA, 1511.

Los taínos en los inicios de la llegada de los españoles, siguiendo al cacique sobresaliente Agüeybaná, recibieron hospitalariamente y en paz a los visitantes, pero el cacique amigo pronto moriría, en el 1510. Su sucesor sería su hermano, otros dicen que su sobrino, Agüeybaná "el Bravo" quien, en las reparticiones, ya fundada la villa Sotomayor, donde hoy está Aguada, le toca precisamente ahí servir con sus indios en calidad de siervo de Sotomayor que, por noble y por voluntad del rey, elige el cacicazgo más importantes para su servicio. Es entonces cuando de la resistencia pasiva de los primeros años y debido a la dureza de la servidumbre y de los trabajos forzados en la recolección de oro en los ríos sirviéndose de las "bateas", a las intensas labores en la agricultura y en la construcción de los poblados, los taínos deciden declarar la lucha abierta a los españoles en 1511.

Muchos taínos se refugian en el interior boscoso de la Isla, otros, los que pueden, deciden emigrar a las pequeñas islas de barlovento (este), como Ay-ay (Santa Cruz). No obstante se repartieron miles de taínos entre los conquistadores, que los dedicaron principalmente a la minería, ya que la economía se estructuró en la obtención del oro, producción aurífera. En el sector agrario fueron destinados a producir los alimentos básicos para subsistir, a cultivar el tabaco que España demandaba y responder a la incipiente industria de la caña de azúcar que Europa reclamaba.

Agüeybaná "el Bravo" convoca un concejo con los caciques principales y deciden unánimemente levantarse y pelear contra los españoles. El día 3 de enero de 1511 se inicia la rebelión que se conoce como el Grito de Coayuco, en el actual Yauco. Agüeybaná "el Bravo"organiza un planificado levantamiento contra la villa Sotomayor en el oeste, donde él servía con sus indios. Los taínos atacan el poblado, que queman, y matan a Sotomayor y a la mayoría de los españoles que en él residían. En represalia y desde Caparra, Ponce de León prepara una expedición de cincuenta hombres que apresan a algunos caciques rebeldes, pero Agüeybaná "el Bravo" logró huir. Toman sesenta y cuatro esclavos que venderían en subasta pública, además de producirles muchas muertes. También Caparra sería convertida en cenizas por los taínos rebeldes más de una vez.

 

Grito de Coayuco

 

En la batalla de Aymaco (río Culebrinas), el cacique Mabodamaca, al frente de 600 guerreros taínos, espera en posiciones de vanguardia la llegada de los españoles para entablar batalla con ellos. Caída la noche y en su descanso, son sorprendidos y atacados por la columna del capitán Diego de Salazar, en la que, según los cronistas, murieron 150 indios y, entre ellos, el cacique Mabodamaca, a quien, al percatarse, le disparó el arcabucero al que llevaba el guanín. Al igual que sucedería con Agüeybaná "el Bravo", muerto el cacique, los taínos cesan de combatir, lo recogen para darle sepultura y se dispersan. Salazar los sorprendió y atacó durante la noche, cuando los indios no acostumbran a luchar, por eso no murió ningún español. Su rostro está esculpido en piedra al lado de la carretera principal en Isabela, en honor y como recuerdo de su coraje y valentía.

Serían incontables las escaramuzas y guerra de guerrillas que los indios harían a los españoles en toda la isla y que les costaría muchos muertos, una vez comenzada la rebelión de los taínos y que duraría hasta su fin, el de los taínos.

Agüeybaná "el Bravo", en otro enfrentamiento con los españoles en la ‘guazábara’ o ‘guasábara’ (pelea o escaramuza) de Yagüeza (Yagüeca, según otros), también murió de un disparo del arcabucero Juan de León que lo distinguió por el ‘guanín’ que le colgaba del cuello. Los cronistas, como Fernández de Oviedo, hablan de la muerte de un importante indio, sin especificar su nombre, al que los taínos retiraron del combate entre gritos y alaridos de dolor, alejándose del campo de combate; oportunidad que aprovechó Ponce de León para, con los suyos, regresar a Caparra, ya que ellos eran unos doscientos contra diez u once mil taínos; cifras aproximadas y quizá exageradas. Muerto el cacique líder, la rebelión pierde cohesión y dinamismo, aunque continuará en toda la isla en guerra de guerrillas y también en Bieque (Vieques).

La lucha era muy desigual: macanas y flechas taínas (sin veneno) contra arcabuces, ballestas, espadas, perros como el becerrillo de Boriquén, que menciona Gomara ("bermejo, bocinegro y mediano, que ganaba sueldo y parte como ballestero y medio") y referido por los muchos estragos que producía a los indios. Además, caballos. El pecho desnudo del taíno contra las armaduras de acero castellanas. El neolítico aborigen contra el renacimiento europeo. Y por si fuera poco, a esto se le añaden las preconcepciones mágico - religiosas de los taínos que les impedían concebir la posibilidad de la victoria, porque pensaban que luchaban contra seres superiores o misteriosos enviados, creencia que les perseguía como sombra y que no podrían soslayar. La ‘guazábara’ o ‘guasábara’ (pelea) para ellos era religiosa, no era militar, y no peleaban durante la noche. Al sentirse acorralados, van a la lucha a la desesperada, sabiendo que podían morir en su huida hacia adelante en el intento de recuperar la libertad perdida.

Los ‘requerimientos’ a la sumisión, las ‘cabalgadas’ o ‘entradas’, rápidas arremetidas a los poblados de los caciques que seguían en rebeldía para saquearlos e infundir terror fue la respuesta de los colonizadores a la rebelión taína.

EL TRASLADO DE LA CAPITAL Y LA EPIDEMIA DE LA VIRUELA, 1519-1521.

En el 1519 suceden dos hechos: La epidemia de viruelas, seguida del sarampión y de las gripes traídas por los conquistadores, y la decisión de trasladar la ciudad de Puerto Rico desde Caparra a la isleta, donde hoy se encuentra, y que se realizaría dos años más tarde, en 1521.

Los aborígenes taínos, desprovistos de inmunidad biológica (anticuerpos) contra las enfermedades de los conquistadores, fueron sus víctimas desde el inicio de la conquista. Al obispo Manso, de sus 150 encomendados, se le murieron 50. Se calcula que murió un tercio de la población taína.

Ponce de León, decepcionado por la obligada renuncia y por el traslado de la ciudad desde Caparra a la isleta, desde San Germán, donde se encontraba, parte a explorar la Florida, la que sería su última expedición, ya que moriría en la Florida a consecuencia de las heridas de flechas indias en las Bahamas.

Ya en la isleta, en la década de los treinta, los colonizadores comprueban con incredulidad y tristeza la disminución de taínos que realizasen las duras tareas y la disminución del oro que en apenas veinte años se agotaba en sus ríos y en sus minas. Como consecuencia toman dos importantes decisiones:

El establecimiento de la agricultura, con más firmeza, con la crianza de ganado. Y la importación de esclavos africanos.

Es ante esta situación, cuando se oye pedir: "Dios me lleve al Perú", conquistado en el 1531 por Francisco Pizarro, por Diego de Almagro y Hernando Luque, con fama de tener mucho oro y más plata.

Cristóbal de Guzmán y otros españoles con taínos y africanos explotaban una mina de oro en la hacienda de Daguao (Naguabo), cuando son atacados por los indios caribes que matan a Cristóbal y a los españoles que con él estaban, a algunos indios y a africanos, a los perros bravos y sus caballos; y quemaron la hacienda, según Francisco A. Scarano, Puerto Rico. Cinco siglos de historia, 2008.

Los historiadores consideran muy probable que existiera una conspiración entre los taínos exiliados y los indios caribes para combatir a los conquistadores de Boriquén, o que eran los mismos taínos huidos los que regresaban a luchar, como defiende Jalil Sued. Conscientes del peligro, los conquistadores deciden empezar la creación de fortalezas con fines defensivos. En el 1533 se inicia la de Santa Catalina, donde se encuentra actualmente la residencia de los gobernadores, y la de la entrada a la bahía, San Felipe del Morro.

En 1530, según el gobernador Francisco Manuel de Lando, citado por Scarano, "mientras la población de propietarios españoles era de 333 personas (el ocho por ciento del total), la indígena sumaba 1,553 (el treinta y siete por ciento) y la africana 2,284 (el cincuenta y cinco por ciento)". Con el tiempo, los españoles y criollos aumentarían en mucho el porcentaje de la población.

 


 

CAPÍTULO III

LA PRODUCCIÓN DE AZÚCAR.

Tomás Castellón, comerciante genovés, con otro socio, Blas de Villasante, tesorero real, fundaron un ingenio en el área del hoy día Añasco. Los ingenios necesitaban máquinas importadas desde Europa muy costosas y requerían personal diestro en la química de fabricar azúcar. A pesar del apoyo económico del emperador Carlos V, no pudieron superar las dificultades para pagar las deudas contraídas y se vieron obligados a cerrar operaciones, 1527.

No obstante, en vista del éxito económico que la producción de azúcar tenía en la Española, surge el proyecto de facilitar préstamos para crear nuevos ingenios, ya que significarían más ingresos para los colonos de la Isla. La Corona aprobaría, con el dinero público, nuevos préstamos.

Rodrigo Franquez, que con sus hijos había empezado un ingenio al lado del río Loíza, solicitó al cabildo de la ciudad Puerto Rico un préstamo del tesoro isleño. En vista de que llevaban dos años sembrando cañaverales y preparando la creación de un ingenio con una máquina para la molienda, que sería movida por esclavos o bien por caballos, el cabildo, después de comprobarlo y estudiar la viabilidad, aprobó el préstamo, (1540).

La concesión del préstamo y la laboriosidad de Rodrigo Franquez y familia, ejemplo a seguir, produjeron una gran fiebre azucarera entre 1540-1550. Se crearon en la década diez ingenios azucareros, tres de ellos movidos por agua, con mayor producción y mucho más rápidos. En los ríos Bayamón, Toa y el Río Grande de Loíza habría chimeneas humeantes de negro humo, con incrementos en la producción de azúcar que, con altos y bajos, seguiría hasta muy avanzado el siglo XIX. Europa demandaba azúcar y las islas caribeñas la producirían.

El azúcar sustituiría al agotado oro y los ingenios se multiplicarían por toda la isla. Surge el comercio a gran escala con Sevilla, donde los Reyes Católicos habían fundado, en el 1503, la Casa de Contratación para regular todo tráfico con las Indias de metales preciosos, azúcares, cueros, jengibre… La primera edad dorada del azúcar duró unos cuarenta años, mientras el cuero se mantuvo y el jengibre incrementó su exportación. El jengibre es una raíz aromática, de fácil producción, que se usaba en la cocina como especia, parecida a la pimienta, de sabor fuerte y punzante para condimentar alimentos; posee, además, propiedades medicinales múltiples, como antitusivo para resfriados y la gripe; y en siglo XVIII se utilizaría como infusión: té de jengibre, llegando a reemplazar al café por algún tiempo.

Mientras que Carlos V, 1543, ordena que todos los indios fueran tan libres como los españoles, ya demasiado tarde, los esclavos negros no tendrían esa misma suerte hasta la Primera República española, 1873, cuando serán liberados. La producción de azúcar y la esclavitud serían en todo el Caribe las dos caras de la misma moneda durante largos siglos.

Es en 1513 cuando se autoriza la entrada de esclavos negros a las Antillas. Al principio serían destinados a las minas de oro y después se utilizarían en la caña de azúcar que había sido introducida en el 1505 por Aquilón desde las Islas Canarias.

Debemos de recordar que en la Península Ibérica había esclavos a los que llamaban ladinos, que eran los nacidos o criados en España y Portugal. A los venidos directamente de África se les conocía como bozales y los venidos del territorio situado entre el Senegal y Gambia se denominaban mandingas. De donde viene el dicho: "El que no tiene dinga tiene mandinga". Dinga es la deformación fonética de la palabra ‘inca’, que significa indígena. En Perú se dice: "El que no tiene de Inga tiene de Mandinga". Inga equivale a inca, que quiere decir: "El que no tiene de indio lo tiene de negro", y su aplicación práctica depende del contexto en que se use el dicho. Los jelofes o gelofes vendrían de las márgenes del río Senegal a quienes los españoles consideraban rebeldes y peligrosos. Los fula, procedían de Senegambia. Los gangá, también llamados cangá, de Sierra Leona. Según Álvarez Nazario, ‘hablar en cangá’ es despectivo y se refiere al habla africana en general.

Es sorprendente que Bartolomé de las Casas, 1517, pidiese a Carlos V que sustituyese a los indios por los negros en el trabajo servil de los indios, pero de las Casas también terminaría defendiendo a los esclavos negros. Dato curioso, se decía que los negros producían tres veces más que los aborígenes taínos, pero se debía, sin duda, a la huelga de brazos caídos de los taínos, a su resistencia pasiva.

Al siguiente año, Carlos V autoriza a Lorenzo de Garrevod a pasar 4000 negros a América. Y John Hawkins, compañero de Francis Drake,  murió en el intento fallido de robar el tesoro acumulado en Santa Catalina. Este ilustre marino, John Hawkins, se dedicó, bajo bandera inglesa, a mercadear e introducir miles y miles de esclavos negros en América. Era un negocio muy rentable y por eso casi toda Europa estuvo envuelta en él con la ayuda de los mismos africanos mercaderes, los cuales, con mayor oprobio si cabe, desde dentro se encargaban de hacerlos prisioneros y de transportarlos a la costa, donde los ‘almacenaban’ para su posterior venta.

Para marcarlos e indicar que se había pagado por ellos el impuesto, evitar su contrabando y a qué amo pertenecían, usaban el ‘carimbo’, hierro candente que se les aplicaba sobre su piel como un carácter indeleble. Cuando eran huidos, se les llamaba ‘cimarrones’, y los amos solían utilizar armas y perros para cazarlos. En Puerto Rico no hubo levantamientos generales de los esclavos; sí locales y aislados, en 1843 en Ponce, Toa Baja, Guayama y Bayamón; los cabecillas fueron fusilados y los demás castigados severamente.

En esos momentos el Caribe estaba muy revuelto; algunas colonias, como Haití, habían conseguido la liberación de los esclavos y otras estaban a punto de conseguirlo. En este ambiente de miedo y de terror, se publica en Puerto Rico un bando llamado Código Negro, que establece que todo delito cometido por un negro contra un blanco será juzgado por un consejo de guerra sin posible intervención del tribunal civil y, por supuesto, las penas eran muy fuertes. Por suerte, sólo duró seis meses. Existían Reglamentos para establecer la forma de vida de los esclavos negros. Me sorprendió el horario en la época de la zafra de la caña: diez y seis horas de trabajo, dos de descanso y seis para dormir.

Conservaron sus creencias religiosas aun dentro del cristianismo. Creían en Shangó (Changó), popular Orisha (espíritu o divinidad) del panteón yoruba, dios de los rayos, los truenos, la danza y el fuego. Llegaron a considerar cierto parecido con Santiago matamoros y patrón de España; pues bien, en la celebración del santo, el 25 de julio, en Loíza Aldea, ellos celebran, bajo la advocación de Santiago, disimulado, a Shangó, su divinidad yoruba de Nigeria. Y así en otros diversos ritos católicos, como en los rosarios cantados. En los baquinés o velatorios de los niños se rezaban los rosarios mendés y los cuentos mendeses que cantaban y bailaban, como el juego de la canción del florón, todos eran de los esclavos negros. También mantuvieron el uso de las máscaras con múltiples finalidades, como las de Loíza..

Hemos visto que su ADN mitocondrial presenta en la raza puertorriqueña un 27%, producto del mestizaje. Sus excepcionales cualidades para el deporte, son reconocidas, como para la música en la bomba y en la plena. Los tambores, que servían como instrumentos de comunicación en las lejanías y que eran utilizados como instrumentos musicales, son de herencia africana.

Han enriquecido también el vocabulario del español puertorriqueño: chango, ñoco, bembón, guarapo, candungo, mambo, baquiné, marimba, mafafo, dengue, ñangotao, bembé, neñeñe, revolú, chévere, mogolla, mongo, mogolla, malanga, bomba, guinea, mondongo, funche, guateque, jurutungo, mofongo, ñeñe, pachanga, bongó, malanga, chumbo, ñame, merengue o gandinga entre otras palabras.

"La cuenca del Caribe se suele considerar como el depósito más grande de cultura y lenguaje de la diáspora africana en el hemisferio occidental", afirma John M. Lipski, en su obra "La africanía del español caribeño". Es común leer en los historiadores boricuas que la raíz africana es parte esencial de la cultura puertorriqueña, por sus aportaciones en las comidas, en la música, en el lenguaje, en la religión y en las costumbres. Y existen muchos estudios que lo confirman.

Hablábamos, al principio, de la ignominiosa lacra histórica que fue la esclavitud, que existió en todo el mundo y en todos los tiempos, y que hoy, por suerte, la vituperamos y sentimos que nos deshonra, aunque sigue existiendo de mil formas y maneras.

LA MEMORIA DE MELGAREJO, 1582.

Con motivo de que Felipe II enviase un cuestionario de 50 preguntas a todas las provincias de la Indias, el gobernador interino de Puerto Rico, Juan de Melgarejo, encarga su redacción para que le fuese enviado al Rey. Este importante documento es necesario para conocer la isla desde adentro, porque nos informa de detalles muy interesantes:

La ciudad de Puerto Rico, que ya empiezan a llamar San Juan, carece de agua de manantial, porque está en una isleta. Por eso se bebe agua de aljibes, ‘que hay en las más de las casas’. Existe una fuente que mana de arenales y sale junto al mar y que llaman la Fuente de Aguilar, pero está en isla grande, a media legua de la ciudad (2,786 metros).

La isla, dice, "es muy áspera y montosa y doblada y de muchos ríos y arroyos de agua".

De los naturales no queda ninguno, "salvo unos poquitos que proceden de los indios de Tierra Firme traídos aquí, que serán como doce o quince, y apocáronse por enfermedades que les dio de sarampión, romadizo y viruelas, y por otros malos tratamientos se pasaron a otras islas con caribes…". No informa de los descendientes mestizos, hijos de españoles e indias, lo que sería un dato muy interesante.

La ciudad de Puerto Rico, ‘la cabeza de esta isla’, es poco más de un villorrio de 170 vecinos (tal vez unos 900 españoles y criollos). Tampoco informa del número de negros esclavos ni de mulatos.

Los vecinos de San Juan construyen sus casas de tapicería y ladrillo, o de maderas del país, con techos de tejas, al estilo español.

Hay una iglesia catedral en la Ciudad que opera como parroquia. La presencia del Monasterio de los dominicos completan el cuadro eclesial. Y en San Germán hay una modesta iglesia parroquial. Aunque no habla de las casas de San Germán, Francisco A.Scarano, en Puerto Rico…, dice que se sabe por otras fuentes que eran de madera y paja y que la Villa es reciente, debido al cambio de lugar, y que sus vecinos son muy pobres.

El peor mal que sufren sus vecinos es el tétano o mocezuelo, sobre todo en los niños, y para curarlo hacen un brebaje con un zumo nicotínico del tabaco.

La ciudad depende mucho del río Bayamón, que desemboca en la bahía. Las lanchas suben por él "a traer leña, yerba para los caballos y frutas de naranxas, limas, plátanos y sidra y otras cosas". En su fértil ribera hay cuatro ingenios de hacer azúcar, muchos conucos y platanales, y hatos donde pastan los caballos de servicio de los ingenios. En el río Toa (la Plata), hay tres ingenios azucareros, uno movido por agua. Y el material para construir la catedral se ha traído de la cantera blanca que allí hay. Más allá del Toa, la civilización ha ido en retirada. Donde antes había labranzas y minas de oro, ahora sólo hay hatos ganaderos. En las riberas del Arecibo, "en la boca (del río) están congregados ciertos vezinos como hasta diez, gente prove, tienen un tyniente puesto por el gobernador desta isla; allí los roban franceses que llegan con lanchas a la costa…" Al núcleo poblado de Ponce, "aunque están lejos de la mar, los han robado caribes…".

San Blas Illescas de Coamo, recién empieza su vida con apenas veinte vecinos. "Ay en sus dehesas muchos hatos de ganados que encomienzan a criar, porque los pastos y dehesas son los mejores que se hallan en esta isla, a causa de que por aquella costa del Sur no se multiplica tanto el maldito guayabo…". Maldito guayabo porque se multiplica sin límite en el norte y mata la yerba del ganado, que no crece bajo su sombra. Desde Coamo a la capital el viaje es largo y harto difícil. Y en el río Guayama, "donde hubo grandes haciendas y se despoblaron por razón de los dichos yndios que los robaron, matavan y cautivavan…" Lo mismo dice de Yabucoa, Humacao, Naguabo, Fajardo y Río Grande, todos despoblados de españoles, por el legendario acoso de los indios caribes barloventeños; los españoles buscarían lugares cercanos a la ciudad, como Loíza y Canóvanas, donde hay tres ingenios de azúcar, uno de ellos movido por agua.

Y el centro está casi vacío de población humana, pero sí hay, y en abundancia, cerdos, vacas, caballos y perros mostrencos. Los isleños hacían ‘monterías’ para cazarlos.

Los bosques abundan en maderas recias, el ausubo, la maga y el guayacán. Hay frutas autóctonas, como la pitahaya, el anón, la piña…e importadas, como limones, toronjas, chinas… Y muchas yerbas medicinales, cuyo uso se lo habían enseñado los indios taínos a los conquistadores, el zumo de higuillo, la yerba de Santa María…

Este cuestionario, elaborado por el Consejo de Indias, Felipe II lo manda enviar a sus oficiales en las Indias para mejor conocerlas y procurar su desarrollo y mejoramiento. La Memoria sería redactada por Juan Ponce de León, nieto del conquistador y colonizador, y por el bachiller Antonio de Santa Clara; y se considera como el punto de arranque de la historiografía puertorriqueña, a pesar de sus limitaciones. El panorama que presenta tiene matices desoladores: "…y el día de hoy no hay de los naturales ninguno…", aunque sí criollos, hijos de indias y españoles; los ataques exteriores diezman los poblados; la población y mano de obra es poca, debido a la emigración y a la geografía accidentada; Se alude a la carencia de vías de comunicación, infraestructura requerida para su poblamiento y explotación.

 

EL SITUADO MEXICANO, 1584-1809.

 

Fortaleza de San Felipe del Morro en San Juan.

 

Felipe IV, al hablar de la isla de San Juan Bautista, dice: "Frente y vanguardia de todas mis indias occidentales y respecto de sus consecuencias la más importante de ellas y codiciada de los enemigos". A la isla, con todas las consecuencias que esto le acarrearía, se le asigna ser un bastión defensivo avanzado del Imperio español. Al Gobernador se le otorga el nombramiento de Capitán General, que prevalecerá, salvo el trienio constitucional (1820-23), hasta el final del dominio español en Puerto Rico. La empobrecida isla no podrá ni pagar los salarios de los soldados y mucho menos los gastos de construcción de las fortalezas defensivas. México, país rico, sería el encargado de aportar los fondos necesarios durante los doscientos veinticinco años de duración del Situado, hasta el inicio de la lucha por la independencia de la Nueva España.

El Situado Mexicano se establece en virtud de una Real Cédula de 18 de septiembre de 1584. Puerto Rico empezaría a recibir la ayuda dos años después. Según el Real documento, los pagos de los presidios (defensas) de la Habana, Santo Domingo, Puerto Rico y la Florida se harían de las Reales Cajas de México, cuyas remesas se enviarían a la Habana para su posterior redistribución con el fin de pagar los salarios de la guarnición, así como la construcción y mantenimiento de las fortalezas. Indirectamente el Situado fomenta la agricultura y alimenta el comercio existente, al mismo tiempo que ayuda a pagar las importaciones. Pero nos hizo dependientes del dinero foráneo, ahogando en parte la productividad y la laboriosidad de los residentes capitalinos, que terminarían viviendo del Situado y vinculado su destino a lo militar.

Los historiadores y economistas puertorriqueños que estudian las cantidades aportadas por el Situado y el impacto en la economía de la Isla concluyen:

El Situado Mexicano logró su principal objetivo: crear y mantener en San Juan un sistema defensivo de primera magnitud y el poder pagar los salarios de la guarnición, con maravedíes primero; después reales y pesos más tarde.

El Situado aportaba un promedio aproximado de 2/3, el 66,66%, y en épocas aún más, de los ingresos de la Real Hacienda de Puerto Rico, pero creaba una situación artificial y nociva, ya que esa respetable cantidad de dinero debería de ser utilizada para comprar las mercaderías necesarias para el consumo de los habitantes, y que no se producían aquí porque había dinero, a comerciantes del exterior o a los contrabandistas siempre presentes. El dinero se iba de la isla y no creaba riqueza en ella, no se invertía para crear puestos de trabajo y los productos necesarios. El Situado tuvo, por lo tanto, un efecto negativo en el desarrollo económico de la Isla, favoreciendo quizá a la capital, pero descuidando y perjudicando al resto de la Isla.

ATAQUES INGLESES DEL SIR FRANCIS DRAKE Y JOHN HAWKINS, 1595, Y EL DE JORGE CLIFFORD, CONDE DE CUMBERLAND, 1598.

Felipe II era el máximo líder católico que luchó contra el protestantismo, como también lo había hecho su padre, Carlos I de España y V de Alemania, ganándose la enemistad de la Inglaterra protestante, al mismo tiempo que la envidia por las inmensas riquezas que España obtenía de las Indias, transportadas en barcos que codiciaban e intentaban de ellos apropiarse los corsarios ingleses con el apoyo de la Corona inglesa; intentarían, además, conquistar las islas y territorios ya ocupados por europeos. Las obras defensivas de San Felipe del Morro estaban casi concluidas.

Los ingleses se habían enterado de que en la fortaleza de Santa Catalina había un tesoro de oro y de plata, valorado en dos millones de pesos, en espera de ser enviados a España. Informada la reina inglesa Isabel, autorizó a Drake para conseguirlo, con el apoyo de su dinero y el de ocho ricos comerciantes ingleses.

Drake estaba acompañado por John Hawkins y ayudado por tres mil hombres en 26 buques. Durante la noche, protegidos por la oscuridad, entran en la Bahía de veinte a treinta lanchas de ataque y asaltan e incendian barcos de la flota de Pedro Tello de Guzmán, anclada en el puerto. Tras una feroz batalla, los ingleses se dan a la fuga con prisioneros, pero sin el codiciado botín. John Hawkins perdería la vida en la lluvia de balas que llovían desde el Morro.

Tres años más tarde, 1598, le tocaría el turno del ataque a Jorge Clifford, conde de Cumberland, con el objetivo de capturar toda la Isla de San Juan, empezando por la capital, Puerto Rico. Clifford había aprendido la lección: no era recomendable la entrada a la bahía por el efecto mortífero de los cañones de San Felipe. Por eso estudió cuál sería su talón de Aquiles. Su escuadra se componía de 18 barcos, pero uno de ellos, el Malice Scourge, era de 600 toneladas, un gigante de los mares. Decidió desembarcar en las playas del este, por Cangrejos, mientras sus cañones los protegían en el desembarco.

Los españoles, en respuesta y previsión, volaron el puente del Caño de San Antonio para impedir el acceso a la ciudad y, realizada la misión, se apertrecharon en el fortín del Boquerón; bastión que los ingleses, desde el mar y por la espalda, bombardearon con constancia, tenacidad y ensañamiento.

Derrotada la resistencia, los ingleses entraron en la ciudad capital, gobernada por Antonio Mosquera y eran sólo cuatrocientos los componentes de su ejército. En búsqueda de mayor seguridad, soldados y habitantes entran en la fortaleza del Morro, pero sin suficientes alimentos ni bastante agua para soportar un asedio de muchos días; además de que los barcos ingleses los bombardean desde el mar sin tregua ni respiro. Trece días después, Mosquera no tuvo otra alternativa que aceptar la rendición; no había otra salida. La escuadra de Cumberland entró entonces triunfante en la Bahía, y la Isla, de hecho, era inglesa.

Todo parecía perdido, hasta que una enfermedad, contra todo pronóstico, los salvaría. La armada inglesa, también los soldados españoles y habitantes de la ciudad capital, sufrirían una espantosa epidemia de disentería, con diarreas, flujos de sangre, calenturas intermitentes y con debilidad general que llegaba a producir la muerte. Habían entrado el 16 de junio y a primeros de julio ya habían muerto más de doscientos soldados ingleses, debido a la enfermedad, y más del doble estaban enfermos sin esperanzas de recobrar la salud. Es entonces cuando Cumberland decide abandonar la ciudad, no sin antes saquearla, pero sólo encontraría azúcar, cueros y jengibre almacenado para ser exportados y alguna que otra joya, dinero y bienes de la catedral y del convento.

El 24 de agosto de 1598, Cumberland parte rumbo a las Azores, mientras la capital, Puerto Rico, volvía a ser española, y la Isla también.

EL ASALTO HOLANDÉS, 1625.

Ahora serían los holandeses, propugnadores y defensores de que los mares fuesen libres para todos, en contraposición a los españoles y portugueses que defendían los ‘mares cerrados para los poseedores de las colonias’, los que iniciarían el ataque. Por eso atacan desde el Caribe y como consecuencia de la guerra entre España y Holanda en 1621.

Al mando del general Balduino Enrico, la escuadra holandesa, con 17 navíos, entra en la bahía de la capital, bajo el fuego de los cañones del Morro y sin apenas bajas.

Juan de Haro, el gobernador, se acuartela con sus soldados y la mayoría de los habitantes en la fortaleza de san Felipe del Morro, mientras otros vecinos, temerosos, huyen isla adentro en búsqueda de protección. Los holandeses se adueñan de la ciudad que saquean, mientras Enrico, muy tranquilamente, disfruta de la mansión del Gobernador, la Fortaleza de Santa Catalina. En esta ocasión, lección aprendida, El Morro estaba pertrecho de alimentos y agua de los que se seguirían abasteciendo, a través del Cañuelo, de las estancias del río Bayamón, sirviéndose de canoas que atravesaban la boca de la bahía.

Mientras, desde el Morro hicieron alguna escaramuza de contraataque, matando a algún holandés y capturando sus armas; lo que les inyectó ánimos.

Enrico pidió la rendición del Morro, pero Haro, consciente del papel que la Corona había asignado a Puerto Rico de defensor del Caribe, se niega. Enrico lo amenaza con la quema de la ciudad si no se rinde. Haro le contesta que la queme, "que tenemos suficiente madera para rehacerla".

Enrico sabía que con sus fuerzas no podía tomar el Morro, cuya construcción defensiva ya había sido muy bien completada. Y temiendo la posible llegada de refuerzos que los sorprendieran en la bahía y sin posible salida, decidió abandonar la misión, no sin antes cumplir su promesa de prenderle fuego a la ciudad que ardía, mientras sus moradores estaban encerrados en el Morro a cal y canto. Sucedió el 22 de octubre de 1625. La ciudad capital sufrió el peor desastre de su historia, al quedar en ruinas por el saqueo, primero, y luego por las voraces llamas.

Pero los holandeses tendrían que salir por donde entraron y esta vez no les resultó tan fácil. La primera nave encalló al intentar esquivar el fuego de la artillería, entorpeciendo la salida del resto. Ahora sí los cañones del Morro hicieron blanco en las naves holandesas, produciéndoles muchas bajas y destrozos. Huyeron, se dijo, "en desastrosa procesión de flota derrotada".

 

 


 

CAPÍTULO IV

SISTEMAS DE FLOTAS Y GALEONES DESDE FELIPE II.

La Casa de Contratación (1503) y el Consejo de Indias (1523) coordinaban, con carácter de monopolio, todo el comercio de España con América a través de Sevilla y después de Cádiz, prohibiendo a las colonias que negociasen entre sí. Que las flotas llevasen de la Metrópoli a las colonias los productos de consumo necesarios y que las colonias no poseían era vital, como lo era que cargasen los productos de exportación que las Indias producían y los transportasen a la Metrópoli.

Dadas las constantes amenazas de ingleses, franceses y holandeses, cada vez más poderosos, contra las colonias españolas y su tráfico marítimo, España se vio obligada a reforzar lo que se llamaba "la carrera de las Indias", y a establecer la ruta de flotas y galeones, barcos bien artillados para acompañar y proteger los barcos mercantes. Lo normal eran dos viajes al año y que atracasen en dos puertos: Veracruz (México), para el mercado del norte y del centro americano, donde también embarcarían la mercadería traída de Asia a través del Pacífico y atravesando México - cumpliéndose así la realización de la ‘vía’ asiática, originaria pretensión de Colón - y Portobelo (Panamá), para los mercados del sur de América. Lo que originó desabastecimiento y gran escasez de los productos necesarios para la vida cotidiana de los ciudadanos e incremento de los precios de los productos importados, altos, altísimos, por las distancias e intermediarios, además propició que la práctica del contrabando se constituyese en la norma de todos los mercados americanos.

Desde que comenzó el sistema de flotas con Felipe II, lo mismo Puerto Rico que Santo Domingo, al no estar en la ruta de las Indias, lucharon por obtener ‘navíos de permisión’, barcos con licencia para separarse de la flota y en solitario acercarse a Puerto Rico, o a Santo Domingo, para entregar y recoger mercancías: azúcar, pieles jengibre…, pero Sevilla no favoreció estos servicios por los riesgos que los ataques piratas suponían y los costes que conllevaban. De ahí que podían pasar años sin que un barco español entrase a puerto. Por eso la entrada de un navío producía gran alegría y algarabía en la capital, como todo un gran acontecimiento, y que diese pie a la frase, "eso es lo que trajo el barco", para significar que no hay nada más.

Puerto Rico empezaría a almacenar azúcar, pieles y jengibre sin poder venderlos por falta de barcos, como no podría tampoco recibir, dadas las leyes de monopolio vigentes, las manufacturas, textiles, bebidas, medicinas y algunos alimentos que necesitaban y que sólo podía recibir de España. De ahí el "tráfico de balandra", comercio intensivo de contrabando, que, utilizando pequeños barcos de vela, con la anuencia de las autoridades locales, por la imperativa necesidad existente, se mantenía con los mercaderes ingleses, franceses y holandeses de las próximas islas.

 

SAN JUAN, CIUDAD MURADA, 1634-1638.

 

 

Los ataques ingleses y holandeses mostraron a los capitalinos que El Morro era insuficiente, porque los holandeses también los atacaron por tierra, donde eran muy vulnerables. El gobernador Enrique Enríquez de Sotomayor con el ingeniero Juan Bautista trazan el plan para levantar las muralla con dinero de la Corona y una asignación especial del situado, también con los impuestos sobre el vino que se importaba y del jengibre que se exportaba y la aportación de los ciudadanos residentes. Para el trabajo, al no haber suficientes esclavos, se emplearon peones criollos a jornal.

Enriqueta Vila Vilar, en Historia de Puerto Rico (1600-1650), 1974, nos informa: "En poco más de cuatro años se había logrado construir toda una línea de murallas de piedra y argamasa, de siete metros de altura y seis de espesor, provista de troneras, señoreada por varios baluartes y flanqueadas por tres puertas principales -San Juan, San Justo y Santiago-.Todo un récord".

El proyecto tomó en consideración el futuro crecimiento de San Juan, y también tener pastos para el ganado, fundamentalmente vacuno, de leche y de carne, pensando en posibles asedios de los enemigos y en la capacidad de autoabastecerse.

Puerto Rico está destinado a ser "vanguardia y llave de todas la Indias", la defensora militar a la entrada de las Antillas, la ciudad como centro militar. Más que el desarrollo global e integral de toda la Isla, que tendría lugar en el siglo XIX, lo que prevalece ahora, y por mucho tiempo, es la estrategia defensiva de San Juan, ciudad amurallada, donde se encierran los funcionarios reales, los eclesiásticos, los soldados y los capitalinos habitantes, con una subcultura especial de ensimismamiento con pompas religiosas y ceremonias militares y gubernamentales, mientras los cuatrocientos soldados gastaban la paga del Situado en los pocos comercios de la ciudad y en atender a las muchas mujeres que excedían en gran cantidad a los varones, porque muchos habían emigrado. Fuera y esparcidos, los agricultores, los ganaderos en sus hatos y los hacendados alrededor de los ingenios, con otro estilo de vida más informal y más relajado, donde se iría forjando la personalidad campesina del jíbaro.

DAMIÁN LÓPEZ DE HARO, OBISPO, Y DIEGO DE TORRES Y VARGAS, CANÓNIGO.

El obispo Damián, asignado a la isla de San Juan Bautista – peninsular-, dato importante, se había autosugestionado, parece ser, de que venía a Puerto Rico ciudad a vivir en una especie de edén, pero de bruces se encontró con que ésa no era la realidad y se apresura a contar en una carta, conocida como Carta- relación (1644), a Juan Díez de la Calle, funcionario de la Secretaría de la Nueva España en el Consejo de Indias en Madrid. En ella se basa la obra, Carta-Relación a Juan Díez de la Calle, edición de Pío Medrano Herrero, 2005.

Veamos algo de lo que el Obispo le escribió a Juan Díez (o Díaz) en la Carta- relación:

"También me dijeron en esa corte, preguntando si había médico y botica, que no se trataba de eso, porque todos estaban sanos y se morían de viejos, con que yo juzgué que venía al paraíso. Pero el mes pasado enterramos más de cincuenta, y ha habido muchos enfermos, y estoy persuadido a que no se han muerto tanto de mal curados como de mal comidos, porque el sustento de los miserables es la vaca y el carey. Esto ha faltado muchos días y nos tememos que ha de faltar en los que viene. Los animales de cerda, de que tanto abundaba esta isla, con la tempestad del año 1642 murieron los más, y se retiraron a la espesura del monte en tanto grado que, habiéndose buscado para mí, en tres meses no se ha podido descubrir. El vino, el vinagre, el aceite, el pan, con todo lo que es necesario para vestirse, viene por el mar, de Castilla o de la Nueva España. Y aquí estamos tan sitiados de enemigos, que no se atreven a salir a pescar en un barco porque luego los coge el holandés".

"De ahí - nos dice Eugenio Fernández Méndez- surgió la frase tan descriptiva del siglo XVII: los puertorriqueños no se atreven a salir al mar por miedo a que los coja el holandés".

Hace una relación de las pocas casas que había en la ciudad capital, como doscientas cincuenta, de teja, obra y cantería. Y cien bohíos cubiertos de paja. La vecindad del lugar no llega a doscientos vecinos, pero hay quien dice que mujeres, con negras y mulatas, hay más de cuatro mil. Los soldados unos trescientos.

Visión de la ciudad- capital, según Diego de Torres y Vargas, en su obra, Descripción de la Isla y Ciudad de Puerto Rico, y de su Vecindad y poblaciones, presidio, Gobernadores y Obispos: Frutos y Minerales.

"La ciudad tiene cuatrocientas casas de piedra y alguna de tablas, y es la casería muy buena, y en extremo es la ciudad alegre y bien asombrada, desde la mar o la tierra que se mira, porque está muy bien murada y luego la ciñe una cinta de plata del mar que casi todas las partes la ciñe y rodea; su asiento está superior al mar y la disposición de las calles es a lo moderno, todas iguales. Los vecinos son quinientos, porque desde que Beduino Enrico tomó la ciudad (1,625) algunos a quien quemó sus casa, se agregaron a vivir con sus dueños". Diego de Torres, Descripción de la Isla y Ciudad de Puerto-Rico

Y acerca de las mujeres:

"Las mujeres son las más hermosas de todas las Indias, honestas, virtuosas y muy trabajadoras, y de tan lindo juicio que los gobernadores don Enrique y don Iñigo decían que todos los hombres prudentes se habían de venir a casar a Puerto Rico, y era su ordinario decir: para casarse, en Puerto rico", Diego de Torres, ídem.

"Pero, cuidado -afirma Arturo Morales Carrión- ni don Enrique ni don Iñigo llevan la galantería hasta el extremo de contraer matrimonio con las guapas chicas de la localidad. El licenciado Torres Vargas, escrupuloso y discreto, afirma que ni a uno ni a otro caballero se les conocieron aventuras amorosas".

Diego de Torres y Vargas es un intelectual criollo de la ciudad capital. Hijo de un sargento español manchego que trabajaba en el Morro y que fue herido en el ataque holandés y falleció poco después a consecuencia de las heridas; la madre era puertorriqueña. Estudió Cánones Eclesiásticos en Salamanca; se ordenó sacerdote y fue canónigo de la catedral, siendo su obispo Damián López de Haro.

El destinatario de su obra era Gil González Dávila, historiador español, interesado en las Indias, que estaba escribiendo, Teatro Eclesiástico de las Primitivas Iglesias de las Islas Occidentales (1649). Y como buen hijo, y desde su óptica católica y providencialista, presenta lo mejor de su país a la persona que va a escribir sobre Puerto Rico.

También hay cosas buenas, sin duda y no pocas, le toca ahora el turno al señor Obispo: " Y antes de entrar en la relación, porque no se entienda que es llorar lástimas lo que dijere, quede asentado que, con la bondad del clima, yo lo paso muy bien y con salud, a Dios gracias; que, como a pájaro bobo, no me aporreo en la jaula; y aunque hay algunos trabajos que para otros fueran intolerables, yo los ofrezco a nuestro Señor y los llevo con buen aliento y paciencia…, alguna ave y dulces, que hay en abundancia…La ciudad está muy pobre…porque hace siete años que falta el situado de Su Majestad; y uno que traían ahora ( hace) dos años, de sesenta mil pesos, lo cogió el enemigo…Por cuenta (para pagar) del diezmo me dan cazabe cada semana para que coma la familia y los pobres, que es el pan de esta tierra, que la necesidad les ha enseñado a comerlo, pero a mí no me entra de los dientes adentro, aunque lo hacen de diferentes modos, ponen a la mesa uno que es el más florido, llamado jaujao", Damián López de Haro, Carta- Relación.

En pocas líneas sugiere, además de contar, realidades múltiples y relevantes. Pero esto no es todo. Un soneto, bajo anonimato, pero del que el obispo López de Haro es el autor, dirigido a una dama de la Española, creó, y sigue creando, mucha marejada en la historiografía puertorriqueña, dada la gran carga de profundidad que sus cuartetos y tercetos contienen. Helo aquí.

"Esta es, señora, una pequeña islilla

falta de bastimentos y dineros;

andan los negros, como en ésa, en cueros,

y hay más gente en la cárcel de Sevilla.

.

Aquí están los blasones de Castilla,

en pocas casas muchos caballeros,

todos tratantes en jengibre y cueros:

los Mendozas, Guzmanes y el Padilla.

Hay agua en los aljibes si ha llovido,

iglesia catedral, clérigos pocos,

hermosas damas faltas de donaire.

La ambición y la envidia aquí han nacido,

mucho calor y sombra de los cocos;

y es lo mejor de todo un poco de aire".

‘Islilla’, se refiere sólo al lugar donde está situada la ciudad capital; y el resto del soneto queda a la libre interpretación.

No sin razón fueron muchas las sensibilidades heridas, y lo siguen siendo, desde el descubrimiento de la Carta - relación de López de Haro. Sabía, sin duda, que iba a herir muchos sentimientos de sus diocesanos, y por eso se oculta en el anonimato. Fue, sin duda, muy desafortunado al escribirlo.

En el envés está un intelectual criollo, profundamente enamorado de su tierra y que como tal la manifiesta en Descripción de la Isla y Ciudad de Puerto Rico…, Diego de Torres y Vargas.

Era común pensar que el canónigo contesta en su escrito, Descripción de la Isla…, al del obispo, Carta - relación; lo que presupone que lo conocía; luego la única forma de conocerlo- se piensa- es que haya sido su secretario; hipótesis aceptada por todos en Puerto Rico, desde Salvador Brau, 1904. Esto lo desmiente Pío Medrano Herrero, su apologista bien documentado, en su libro Don Damián López de Haro y don Diego de Torres y Vargas, dos figuras del Puerto Rico barroco, 1999. Medrano demuestra, sin lugar a dudas, que el secretario del obispo fue Sebastián de Avellaneda, también trinitario como el obispo, y no Torres y Vargas.

También niega Medrano que se trate de una diatriba, un debate, polémica o disputa entre ambos religiosos: López de Haro, el obispo peninsular, concebido por la mayoría de los literatos e historiadores puertorriqueños como ofensor de la naciente personalidad criolla, y Torres y Vargas, puertorriqueño, como lírico defensor de su país, cuando ambos hablan de la cultura y de la realidad puertorriqueña de mitad del siglo XVII, como se ha querido interpretar. Pero ninguno de los dos conocía el escrito del otro, afirma Pío Medrano. Imposible, pues, que haya habido un debate entre los dos, el peninsular y el criollo, el obispo y el canónigo.

La verdad es que no sabemos si conocían o no el respectivo escrito del contrario y si es verdad que hubo contrario, porque no nos consta. Como también ignoramos que en realidad haya habido esa diatriba, debate, polémica o disputa. Los obispos tenían mucha autoridad y Torres y Vargas ascendió en el escalafón eclesial, canónigo, chantre, deán y hasta vicario general, y, ‘sede vacante’ (sin obispo), fue sustituto del obispo. Tales ascensos no serían nada fáciles, por no decir imposibles, si el obispo estuviese encontrado con el canónigo.

Lo que sí sabemos es que la misma realidad es percibida de dos maneras muy distintas, porque los cuadros de referencia, los parámetros y las expectativas de cada uno son muy diferentes. Es una constante histórica que al llegar a un país, que no es el tuyo, al menos inicialmente, lo percibes desde tu perspectiva, desde tu cultura, y así lo valoras; visión que no es objetiva y perspectiva que está sometida a prejuicios.

Es obvio que el obispo se equivocó con el soneto, como huésped visitante y como pastor de su grey y que el enfado de los intelectuales boricuas está justificado, con diatriba o sin ella. Personalmente también creo que sin ella.

 

 

EL MARISCAL DE CAMPO ALEJANDRO O’REILLY, 1765.

Carlos III, llamado el mejor alcalde de Madrid, preocupado por las Indias, envía a altos oficiales para que le informen acerca del estado de las colonias y para que le hagan las correspondientes recomendaciones para mejorarlas. Cuba y Puerto Rico le tocó al mariscal irlandés, educado en España, Alejandro O’Reilly. Después de hacer su trabajo en Cuba, viene a Puerto Rico donde pasaría dos meses y como resultado de su investigación escribe la Memoria. He aquí algunos de sus descubrimientos:

Se encuentra con la paradoja de que siendo la Isla tan extensa, de buenos suelos, buenos recursos y con otras riquezas naturales, haya sido una carga para el tesoro español.

Se maravilla de que la renta real anual de la Isla sea de 10,804 pesos, cuando del situado, de las cajas reales de México, llegaban más de 80,000.

Entre las causas de este deterioro está la falta de un adecuado Reglamento político, conducente a lograr mejoras; "haberse poblado con algunos soldados sobradamente acostumbrados á las armas para reducirse al trabajo del campo; agregáronse á estos un número de Polizontes, Grumetes y Marineros que desertaban de cada embarcación que allí tocaba: esta gente por sí muy desidiosa, y sin sujeción alguna por parte del gobierno, se estendió por aquellos campos y bosques, en que fabricaron unas malísimas chozas: con cuatro plátanos que sembraban, las frutas que hallaban silvestres, y las vacas de que abundaron muy luego los montes, tenían leche, verduras, frutas y alguna carne; con esto vivían y aun viven", (tomado de Scarano, Puerto Rico…).

Sorprendentemente acepta el contrabando en la Isla como un instrumento de progreso en los últimos años. "… de modo que este trato ilícito que en las demás partes de América es tan perjudicial a los intereses del Rey y del comercio de España, ha sido útil aquí", ídem. Ahora bien, recomienda que sea suprimido, no sin antes reconocer que los criollos se beneficiaban mucho más con el contrabando que comprando a España, porque los precios de contrabando eran mucho más baratos y la obtención de los productos más fácil y rápida. Recomienda también la entrada libre de barcos de naciones amigas para comerciar.

Que en toda la Isla -dice- sólo hay dos escuelas de niños (no de niñas), en Puerto Rico (ciudad) y en San Germán, y que fuera de esta dos ciudades, pocos saben leer y que cuando están en el campo caminan descalzos; que los blancos no tienen repugnancia en mezclarse con los pardos; que las personas distinguidas de la Isla son pocas; la única diferencia es tener un poco más de caudal o un mayor grado en la milicia.

Con el repartimiento de tierras a quienes no las tenían, y al no favorecer el mercado interno, porque todos cosechan lo mismo, lo que se ha hecho es dispersar más el vecindario. No obstante, recomienda repartir tierras con títulos de propiedad.

Sugiere la simplificación de las estructuras del Gobierno en la toma de decisiones.

El modelo a seguir para O’Reilly - según Scarano- era el azucarero, que necesitaba muchos esclavos, y el paradigma lo era la isla danesa de Santa Cruz, y para ello recomienda la importación de esclavos.

El mariscal encontró tanto a las tropas como a las milicias en pésimas condiciones de disciplina, liderazgo y entrenamiento; y recomienda que se corrijan y se fortalezcan; como también se deben corregir las deficiencias en las fortalezas defensivas, San Felipe del Morro y San Cristóbal en el este de la ciudad, que se estaban deteriorando y que se deberían de convertir en las fortalezas más poderosas de toda América.

El rey autorizó dinero adicional del situado y en gran cantidad para mejorar las fortalezas; y para hacer los trabajos contarían con reos de España y otros lugares, con esclavos alquilados, jornaleros, milicianos y con miembros del ejército.

También autorizó que Puerto Rico, además de comerciar con Cádiz y Sevilla, podría tener relaciones comerciales con otros siete puertos españoles en barcos con bandera de España. (El objetivo era acabar con el contrabando; pero nunca lo lograrían porque el contrabando llegó a ser consustancial en la dinámica comercial de la Isla, que estaba muy alejada de la Península y fuera de la ruta oficial de la flota con sus galeones, lo que acarreaba constante y creciente escasez de los bienes necesarios para la ciudadanía y a precios comparativos mucho más elevados que los del contrabando).

Como tuvo mucho éxito en el Caribe, se extendió a todo el imperio el poder comercializar con los nueve puertos españoles.

Las construcciones, además de ingentes cantidades de dinero, trajeron trabajo e hicieron que los barcos frecuentasen la entrada en la bahía para gran regocijo de todos y que el comercio floreciese con toda clase de bienes y productos agrícolas.

Thomas O’Daly, 1784, ingeniero militar irlandés al servicio de la Corona española, comienza el empedrado o adoquinado de las arenosas calles de San Juan. Los adoquines se formaban con la escoria del hierro obtenido en los hornos de fundición y que los barcos, entre otros productos, usaban como lastre para lograr estabilidad y equilibrio, al mantener en un nivel constante la línea de flotación en sus venidas para recoger el azúcar, el café, las pieles y el jengibre, y que almacenaban en el muelle los adoquines. Pues bien, O’Daly tuvo la brillante idea de recomendar los adoquines para pavimentar las típicas y vistosas calles sanjuaneras.

FRAY IÑIGO ABBAD Y LA SIERRA.

Primer historiador moderno en Puerto Rico, que destaca por su rigor histórico, por la riqueza de sus detalles y por la sensibilidad de sus comentarios en su obra, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista, escrita en 1782 y publicada en Madrid en 1788. En ella estudia el clima de la Isla, su economía y población, geografía e historia natural. Más que la zona montañosa, que le impresiona por sus boscosos paisajes, prefiere el litoral, más llano, habitable y productivo y es el que conoce. Prodiga las referencias a la abundante naturaleza puertorriqueña, que le embarga. Descubre bosques centenarios con las recién siembras en los litorales. En el sur le sorprende el recién cultivo del café que crece vertiginosamente; pero en otras partes, en muchas, echa en falta la producción agrícola, debido a la desidia o a la falta de pobladores, piensa.

A la ciudad capital la percibe con aspecto rústico, pero agradable. Las calles aún no estaban empedradas; muchas eran sólo de arena; el adoquinado empezaría dos años más tarde, en 1784, como terminamos de ver. A las casas, dice, les falta el lujo de la ebanistería, tapicería y adornos que todavía no habían entrado en Puerto Rico. Las construcciones militares eran lo más soberbio que había en la ciudad. Y el diverso tipo de vivienda refleja la casta o clase a la que pertenecen los que en ellas habitan: "Las de españoles y ciudadanos acomodados están hechas de cal y canto, cubiertas de teja, algunas tienen el techo de azotea." "…Las casas que habitan los mulatos y gente de color son de tablas y vigas." "…Los negros y gente pobre forman sus casas a esta misma idea, aunque más grosera (tosca) y reducida".

Estas diferencias no las encuentra en el resto de la Isla, donde, al hablar de los campesinos, dice que son vivaces y apasionados, acostumbrados a la soledad y muy apasionados, defensores de su dignidad y honor, por eso hábiles para ser soldados, pero también afirma que los habitantes de la isla eran "indolentes y desidiosos" ( perezosos y negligentes o descuidados). Todo esto lo explica fray Iñigo por la mezcla de razas y por la influencia del clima, lo que Francisco Scarano, en su citada obra, Puerto Rico…, encuentra insuficiente y dice: "Los estudiosos de hoy día opinan, en cambio, que para determinar los efectos del clima en la cultura, hay que analizar conjuntamente otros factores biológicos, ecológicos, socioeconómicos e históricos"; como tampoco acepta los adjetivos de "indolentes y desidiosos", porque los jíbaros estaban ajenos al capitalismo y su finalidad en la vida no consistía en acumular riqueza, sino en vivirla de la mejor forma y con economía de esfuerzos.

Los criollos, sigue fray Iñigo, por ejemplo habían adquirido de los indios su "indolencia, frugalidad, desinterés, hospitalidad y otras circunstancias… Y el clima bondadoso les brindaba el ganarse el sustento básico fácilmente y con poco esfuerzo y trabajo".

A los españoles americanos (que vivían en Puerto Rico) o criollos les envanecía poseer esclavos.

 

Ingenio azucarero del siglo XVI.

 

Otra cosa eran los esclavos, muy difíciles para él de definir ya que procedían de distintas ‘provincias’ de África y afirma: "No hay cosa más afrentosa en esta isla que el ser negro o descendiente de ellos". Afirmación muy dura. Según el historiador puertorriqueño, Benjamín Rivera Belardo, citado por Scarano, sólo los blancos eran los que podían integrar los cabildos seculares, los que, por lo tanto, poseían la autoridad y el poder. En todo el siglo XVIII - afirma- no hubo una sola persona de color que ocupara alguna posición ni en el cabildo de San Juan ni en el de San Germán.

Ahora bien, los mulatos y negros libres ejercían oficios muy necesarios: albañiles, carpinteros, zapateros, plateros y otros oficios artesanales. Vivían muy modestamente, como vestían con gran sencillez; siempre descalzos, sin medias ni zapatos; usaban unos calzoncillos de lienzo pintado que les llegaba hasta los tobillos; una camisa, un sombrero y un sable que llevaban debajo del brazo, con pañuelo atado a la cabeza o sombrero, según nos lo cuenta fray Iñigo y como el pintor español, Luís Paret y Alcázar, nos lo presenta en su autorretrato con un racimo de plátanos: jíbaro de la Isla de Puerto Rico.

Ahora bien, -sigue fray Iñigo-, en los bailes, juegos y fiestas no eran comedidos. Bailaban hasta el amanecer; bebían sin límite y podían apostarlo todo en una jugada de gallos; además les gustaba correr a caballo en las Pascuas, en la festividad de San Juan, Santiago y San Mateo.

Los caballos, además de usarse en carreras de competición, desde la capilla del Cristo hasta el Convento de los dominicos, con la leyenda del Cristo que evitó que muriese el caballero del desbocado caballo que cayó al precipicio con su jinete, por detrás de la capilla, ante los atónitos espectadores que le suplicaron un milagro; también eran indispensables como instrumentos de trabajo en los hatos y muy necesarios como medios de transporte.

La religiosidad del puertorriqueño estaba formada por un sincretismo de creencias y ritos cristianos, africanos e indígenas; de ahí las creencias y ritos espiritistas, manifestaciones criollas de religiosidad popular que llegan hasta nuestros días. La moral católica era muy poco observada. Se violaban abiertamente sus reglas de ética y moral, sencillamente porque no se adaptaba a su mentalidad e idiosincrasia, añadimos nosotros. Los jíbaros, desparramados por los campos, apartados de las iglesias fueron creando su propia religiosidad que en poco se parecería a la oficial de curas y obispos e incluso hacían sus propios altares con sus propios ritos en sus campos, ya que eran profundamente animistas y creyentes, pero a su estilo, producto de todas las mezclas culturales y religiosas que vivían.

Fray Iñigo añade que "eran expeditos (expeditivos, diligentes) para discurrir y obrar; se han distinguido (también) en todos los tiempos por sus acciones y son ambiciosos de honor", recordemos el soneto de López de Haro "Aquí están los blasones de Castilla…"; y Scarano acota: "Suena en esta frase un referencia indirecta a Miguel Henríquez, el corsario y hombre de negocios por excelencia del siglo XVIII puertorriqueño".

Vivían con muchas privaciones los puertorriqueños pobres; dormían en las hamacas generalmente y algunos, los menos, en unas camas que llamaban ‘barbacoas’, en humildes casas con muy poco mobiliario, algún asiento sin elaborar de madera, una cazuela de barro y una olla para cocinar sus alimentos. De higüera hacían los platos, cucharas y vasos y demás utensilios, de cocos obtenían las tazas para el café, la leche u otras bebidas. Comían plátanos y bebían leche a diario, la carne de vez en cuando; también era parte de su dieta el arroz, ñame, batata, maíz, carne de cangrejo y pescado, miel de caña, y bebían ron y café. Y comían sentados en el suelo.

La educación en el Puerto Rico rústico de fines del siglo XVIII era muy deficiente, apenas había lugares para aprender; las escuelas que había estaban en San Juan y en San Germán y mayormente sólo asistían los hijos de las familias mejor acomodadas. La mayoría de la población era analfabeta, no sabía leer y menos escribir. La imprenta no había llegado a Puerto Rico; los pocos libros y periódicos que entraban en Puerto Rico venían del exterior y antes deberían de pasar la censura y visto bueno de la jerarquía eclesiástica.

Esto no fue obstáculo para que los jíbaros, a través de la tradición oral- nos comenta Scarano- crearan, a través de los siglos, una rica cultura popular. "Transmitieron de generación en generación sus coplas, décimas y cuentos y, de igual manera, sus seis chorreaos, aguinaldos, villancicos y bombas, que invariablemente acompañaban al compás de música de raíz criolla o africana". Los elementos hispánicos-sigue Scarano- predominan en esta tradición oral, aunque adaptados al ambiente y experiencia de la Isla. Los cuentos de Juan Bobo son de esta tradición, cual espejo de la realidad psicológica del campesino; he ahí su valor histórico. La bobería de Juan Bobo sería la ‘jaibería’, especie de disfraz que usa el jíbaro para desorientar y despistar, ocultando sus verdaderos sentimientos y pensamientos, al que se le acerca sin claras intenciones. Y se piensa que la jaibería de Juan Bobo es una característica generalizada y típica de todos los habitantes rurales de la época.

Los africanos se manifestaban con su mitología espiritista y con sus cantos y bailes de origen africano, a través de la bomba y de la plena. En una hacienda azucarera y cafetalera a las orillas del río Grande de Loíza, 1797, nos comenta el científico francés Ledrú a través de Scarano: "La reunión estaba compuesta de cuarenta a cincuenta criollos de los alrededores, de uno y otro sexo…La mezcla de blancos, mulatos y negros libres formaba un grupo muy original… (;) ejecutaron sucesivamente bailes africanos y criollos al son de guitarra y del tamboril llamado vulgarmente bomba". Las tres etnias formando un solo pueblo, lo que implica unidad en la cultura, en el devenir de los tiempos. Puerto Rico es un colectivo que se construye articulando, tejiendo y entrelazando una red inacabable y que genera unidad desde la diversidad cultural.

 

 

 

 

JOSÉ CAMPECHE Y JORDÁN, 1751-1809.

"Y antes que la literatura fue la pintura", diría Edgardo Rodríguez Juliá. Y apareció José Campeche, el pintor más importante de la América española del siglo XVIII; hijo de un esclavo liberto criollo y de madre canaria, María Jordán y Marqués. Estudió en el Convento de los Dominicos de San Juan. Tuvo además la inmensa suerte de que uno de los mejores pintores españoles del siglo XVIII, Luís Paret y Alcázar, sin olvidar al insuperable Goya, estuviese desterrado en la Isla entre 1775-78, debido a que su mecenas, el infante don Luís, hijo del rey Carlos III, era proclive a los lances amorosos, siendo el famoso pintor su inseparable compañero de juergas y desvaríos, precisamente por eso el Rey lo envió castigado a Puerto Rico. Al ver las grandes cualidades de Campeche, Paret lo tomó como discípulo y le enseñó todo lo que pudo de su arte durante toda su estancia.

 

“La Dama a Caballo” de José Campeche

 

Campeche centró su obra en los retratos y en temática religiosa. Sus clientes fueron los Gobernadores, los Obispos y la gente acaudalada. Miguel de Ustáriz y Ramón de Castro, gobernadores; Felipe José de Trespalacios y Juan Alejo Arizmendi, obispos; Valentín Martínez, rico criollo. Muy religioso, Campeche pintó a varias vírgenes, del Rosario, de la Merced, de Belén y otros cuadros religiosos.

Otro importante cuadro suyo es el "Salvamento de don Ramón Power", ca.1790, en el que pinta la escena del joven Ramón, de doce o trece años, que se dirigía a Bilbao a bordo de la fragata "La Esperanza" y les sorprende una fuerte tempestad. Los tripulantes, para acercarse al puerto, deben de pasar a unas lanchas más pequeñas, y en el intento Power se cae al mar y la tripulación logra rescatarlo de las embravecidas aguas del Cantábrico. Su padre, Joaquín, lo considera un milagro y le encarga a José Campeche el cuadro como un exvoto que donó al Convento de Santo Domingo en San Juan y ahora pertenece a la colección del Arzobispado de San Juan.

Y su famoso retrato, petición del obispo Arizmendi, del niño Juan Pantaleón Avilés de Luna Alvarado, 1808, que había nacido sin brazos y al irse a confirmar genera mucha curiosidad entre la gente.

Pero no pintó al pueblo, sólo el ‘establishment’ político, según Rodríguez Juliá, salvo el cuadro anterior, aunque su pintura se considera muy puertorriqueña. Ahora bien, en alguno de sus retratos aparecen calles sanjuaneras y paisajes capitalinos, como en el cuadro del ataque inglés a San Juan de 1797.

"La Dama a caballo" es uno de sus cuadros más famosos. No empece, además de un artista que trasciende fronteras es todo un rutilante símbolo de superación social. Campeche fue sin duda el pintor-retratista más importante del siglo XVIII americano, según lo expertos.

LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA LIBERACIÓN DE LOS ESCLAVOS EN HAITÍ Y SUS REPERCUSIONES EN PUERTO RICO.

La Ilustración produjo sus frutos, los Enciclopedistas, el Liberalismo y la Revolución francesa que terminaría conmocionando el mundo; y su lema de liberté (libertad), égalité (igualdad), fraternité (fraternidad), sería el oficial de la República francesa y de la República de Haití, al mismo tiempo que el eterno sueño de la Humanidad y grito de los republicanos y de los favorecedores de la democracia. Se pretendía divulgar el saber, erradicar la superstición y la ignorancia, combatir el feudalismo y el absolutismo. De suyo, la Revolución jacobina derrocó el Antiguo Régimen en Francia.

 

Bohío o vivienda del jíbaro, construido con pencas de palma, bejucos, tablas de coco, ausubo o yagrumo; sobre zocos.

 

Muy pronto las ideas liberales de la bella París pasaron al Saint Domingue (Haití) esclavista, y al resto de América como pólvora lista para recibir la chispa incendiaria, originando la gran rebelión general de los esclavos, 1791. Haití, bajo el liderazgo de Toussaint L’Ouverture, encendió la revolución de los esclavos en la que mataron a gran cantidad de blancos y de mulatos y obligaron, los que pudieron hacerlo, a emigrar a las islas vecinas de Cuba y Puerto Rico. Los esclavos destruyeron las plantaciones de azúcar, privándola de su principal producto y que constituía su riqueza. La revolución culminó en la independencia de la segunda nación en el Nuevo Mundo, la primera sería Estados Unidos, con la creación de la República de Haití, 1804.

Puerto Rico se benefició de las muy cualificadas personas francesas, expertas en las técnicas de obtención del azúcar, entre otras, como también ayudarían a repeler el ataque inglés de 1797. Otro dato importante, uno de los inmigrantes de Haití introdujo la imprenta en Puerto Rico en 1806, lo que ayudaría a transformar el siglo XIX puertorriqueño.

Haití se hundió en la pobreza, pues, a pesar de haber sido, en el siglo XVIII, el primer productor del mundo en azúcar y café y el país más rico del Caribe, los esclavos africanos lo primero que hicieron durante su revolución fue quemar las plantaciones de azúcar, los cañaverales, que eran todo un símbolo ignominioso de su esclavitud, aunque también era su mayor riqueza. A esto se añadió el impuesto -excesivo y prácticamente impagable- que Francia impuso a Haití por la compra de su libertad. Y por si todo esto fuera poco y para completar las pinceladas surrealistas haitianas, los países compradores de sus productos agrícolas le declaran un boicot económico como castigo y advertencia, porque un país libre como Haití no era un buen ejemplo a seguir para sus vecinos. Todo ello provoca que el precio del azúcar se ponga por las nubes, lo que a Cuba, gran productor de azúcar, le ocasionará ‘la danza de millones’ y que a Puerto Rico también beneficiará en menor grado, por el incremento de los precios y de la demanda, tanto de Europa como de Estados Unidos. España, aunque luego la recuperaría, en el tratado de paz de Basilea, 1795, había tenido que ceder la soberanía de la parte española de Santo Domingo a Francia.

Puerto Rico, temeroso del contagio revolucionario, se atrincheró en su baluarte de la causa monárquica y contrarrevolucionaria, según el historiador Morales Carrión. Cierra las fronteras a las peligrosas ideas liberales francesas con todos lo medios disponibles, tanto policiales como militares, con la siempre dispuesta ayuda de la jerarquía eclesiástica y de sus sacerdotes y religiosos. Ahora bien, España, muy consciente del papel de Puerto Rico en el Caribe, después de la Revolución francesa y de su impacto en América, empieza a suavizar, y mucho, el estado colonial de la Isla, al mismo tiempo que se reorienta su papel económico, originando cambios sociales importantes que desembocaron en la creación de una conciencia puertorriqueña en la burguesía criolla.

España autoriza la apertura al comercio exterior de los puertos de Ponce, Mayagüez, Cabo Rojo, Aguadilla y Fajardo, decisión que anula el monopolio del puerto de San Juan sobre la isla, vigente desde Ponce de León. El monopolio español sobre el comercio antillano se volvería añicos, a partir de ahora.

EL ATAQUE INGLÉS HARVEY/ ABERCROMBY, 1797.

Los ingleses, de nuevo, trasladan sus problemas europeos al Caribe. Planifican crear un triángulo que debería de estar formado por Jamaica, que ya era suya, por Trinidad, que muy pronto tomarían a los españoles, sin ningún problema, y por Puerto Rico, que juzgaron fácil presa para su flota de primera magnitud, con sus 60 barcos aproximados, porque los historiadores no se ponen de acuerdo, provistos de unos seiscientos cañones, con unos seis mil soldados y hasta catorce mil personas con los de apoyo, tampoco coinciden los historiadores en las cantidades; pero es una temible escuadra, admiten todos.

 

El "Fortín de San Jerónimo del Boquerón", al este de la isleta de San Juan.

 

Por su parte, el Gobernador y Capitán General, Ramón de Castro, entre soldados, milicianos, y el destacamento de franceses y criollos emigrados de Haití, no llegaba a los cinco mil, pero sus defensas, treinta años atrás mejoradas por O’Reilly y O’Daly, eran de primera clase, como lo era el entrenamiento de los milicianos, que desempeñaron un papel decisivo en el combate del puente de Martín Peña, donde murió Pepe Díaz, y en Río Piedras y en Loíza, donde con sus ataques de guerra de guerrillas ganaron tiempo y permitieron la llegada de refuerzos milicianos desde toda la Isla.

Los ingleses siguieron el plan de ataque que, dos siglos antes, había realizado Cumberland: penetrar por el flanco oriental de la ciudad. Desembarcan en Punto de Cangrejos (Balneario de Isla Verde), el 17 de abril, donde los milicianos tratan de impedirlo infructuosamente y bloquean, con sus naves, la entrada a la bahía, pero fuera del alcance de la artillería del Morro, al que disparan desde sus navíos y fragatas. Los cañones del Morro les impide la entrada a la Bahía, con lo que hubieran tomado la ciudad y la isla. San Felipe del Morro resultó impenetrable. Los ingleses envían una embarcación con bandera blanca hasta el puerto para solicitar la rendición de la ciudad y de la Isla.

Recibida la negativa por respuesta, se inicia el ataque en profundidad. Por tierra avanzan hasta el poblado de San Mateo de Cangrejos (Santurce), y establecen sus cuarteles en la Loma del Olimpo (Miramar), con la intención de sitiar la ciudad también por tierra. Para acercarse a la ciudad capital tienen que hacerlo por el puente de San Antonio, protegido por el fuerte San Antonio y el de San Jerónimo, donde los artilleros franceses ayudan a los españoles a cerrarles el paso a los ingleses. Allí, durante dos semanas, serán duramente castigados por los cañones ingleses que contra ellos enfilan su metralla; y el fortín de San Jerónimo también resistió dos semanas los bombardeos ingleses, gracias a las murallas que les impedían avanzar por tierra y acercarse a la ciudad murada.

En el ‘impasse’, punto muerto, los ingleses deciden establecer un nuevo punto de ataque desde la retaguardia en la isla de Miraflores (Isla Grande), el 25 de abril, con trescientos soldados y varias piezas de artillería para atacar la ciudad e interrumpir la vía de comunicación- la única disponible- entre San Juan y Palo Seco.

Aunque los defensores les respondían desde la Puntilla, los cañones ingleses hacían mucho daño a la ciudad. Por eso deciden sacarlos del lugar con un grupo de 70 milicianos de color al mando del sargento Francisco Díaz, que sable en mano y en piraguas, cubiertos por la oscuridad de la noche, se acercan a Miraflores, donde entablan feroz lucha con los ingleses que piden refuerzos y Díaz ordena el regreso sin la misión cumplida, con catorce bajas, pero con presos ingleses y muertos en el campo de la refriega.

En el puerto se montaron dos cañones en dos pontones y se armaron 12 lanchas cañoneras al mando del capitán de fragata Francisco de Paula Castro. Y los dos barcos corsarios franceses, que estaban en la Bahía, ofrecieron sus servicios para la defensa del puerto. Mientras, los barcos ingleses enfilan sus cañones contra las fortalezas de la ciudad y éstas les responden en mutuo e incesante intercambio.

Al parecer no hay buen entendimiento entre el almirante Henry Harvey y el general Ralph Abercromby, porque uno de los barcos atacantes se aleja mucho de la entrada para evitar encallar, aparentemente. Y al parecer se precipitaron en el ataque, sin prepararlo bien, minusvalorando la calidad defensiva de San Juan, para nuestra suerte; porque se trataba de un poderosísimo enemigo.

El día 29 de abril el ejército defensor decide un ataque frontal contra las posiciones inglesas. Abercromby decide retirarse el 1 de mayo, embarca el 1 y el 2 precipitadamente y abandona a algunos soldados dispersos, piezas de artillería que, una vez fundidas, sirvieron para crear la estatua de Ponce de León del viejo San Juan y elaborar municiones.

El balance de parte de los defensores se calcula en 42 muertos, 156 heridos y 2 desaparecidos.

De los ingleses atacantes, más de 200 muertos, 9 oficiales prisioneros, 286 soldados prisioneros y 400 desertores de las islas del Caribe.

El triunfo mereció que la Corona le otorgase a San Juan el título de Muy Noble y Muy Leal, frase que adorna el escudo de armas de la capital: Por su constancia, amor y fidelidad es muy noble y muy leal esta ciudad.

Puerto Rico, por tercera vez, se vio libre del dominio inglés y ya quedaría en paz hasta la invasión norteamericana en 1898.


 

 

CAPÍTULO V

HITOS HISTÓRICOS PUERTORRIQUEÑOS EN EL SIGLO XIX.

La población de Puerto Rico había crecido en la segunda mitad del siglo XVIII como nunca antes lo había hecho. Decenas de pueblos se fundaron entre 1,750 y 1,800. De los 45,000 habitantes de mitad de siglo se pasaría a los 155,000, en 1,800.

El siglo XIX puertorriqueño, después de la depresión económica que acarreó la eliminación del situado, producido por la rebelión de México con el Grito de Dolores, a cuya cabeza estuvo el cura Miguel Hidalgo y que fue uno de los primeros conatos independentistas en Hispanoamérica, 1810, fue de expansión y crecimiento en todos los niveles: sociales, económicos, demográficos, urbanísticos, culturales y políticos.

Puerto Rico, después de la Cédula de Gracias del 10 de agosto de 1815, conseguiría grandes logros económicos con el azúcar y el café.

Establecida la imprenta, la publicación de periódicos y libros dieron origen a la literatura puertorriqueña. La abolición de la esclavitud tuvo lugar durante la primera República. En política, el origen de los partidos, la vigencia de ideas liberales y el que Puerto Rico, por períodos de tiempo, fuese considerado como una provincia más de España con todos lo derechos. Todo esto, con la Autonomía, sería la culminación de los logros económicos, políticos y sociales. Es el siglo de oro puertorriqueño.

Mientras, España vive una de las peores crisis de su historia con la invasión de Napoleón Bonaparte, que había solicitado permiso de paso al rey Carlos IV para tomar Portugal, porque era amiga y aliada de Inglaterra, su enemiga. Pero una vez conseguido su objetivo, y ya en el corazón de España, manifiesta sus claras, pero hasta ahora ocultas intenciones: la conquista de toda la Península.

Napoleón obliga al rey Carlos IV a que abdique en su hijo, el Príncipe de Asturias, Fernando VII, y ordena que ambos sean llevados a Francia, donde le exige a Fernando VII que abdique en su persona para que él, a su vez, transfiera el reino de España a su hermano José, conocido por el vulgo como Pepe Botella. El surrealimo como el realismo mágico no son exclusivos de América.

Los fusilamientos en la montaña del príncipe Pío en Madrid del 3 de mayo, inmortalizados por Francisco de Goya, muestran visualmente el rechazo del pueblo a tal vil engaño, atropello y desvarío. La guerra de la Independencia contra Napoleón había comenzado. Toda América, consternada e incrédula en un principio, ni se lo puede imaginar, que la Gran Metrópoli esté en manos del Emperador Napoleón. ¿Seremos a partir de ahora franceses? -se preguntan-. Otros criollos, deseosos de nacionalidades autonómicas, acariciadas y soñadas desde mucho tiempo atrás, ven el momento como la oportunidad de oro. Se levantan Caracas, Buenos Aires y México, pero el intento es sofocado por el ejército y los líderes revolucionarios son duramente castigados. Pero el incendio ya había comenzado y los rescoldos seguirían en ascuas sin ser posible ya apagarlos del todo.

Esto induce a que el Consejo de Regencia, representante de Fernando VII, conceda a los Gobernadores o Capitanes Generales de Puerto Rico ‘facultades omnímodas’, absolutas, por encima de la ley, para detener, juzgar y sancionar, según su propio juicio y criterio. Contra esto luchará Ramón Power y logrará su abolición en las Cortes de Cádiz.

 

RAMÓN POWER Y GIRALT, PRIMER CONSTITUYENTE, (1775 - 1813).

Puerto Rico, siendo su gobernador Toribio Montes y su primer y único obispo criollo, Juan Alejo de Arizmendi, recibió al enviado de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, julio de 1808, que recababa apoyo y donativos para la causa del pueblo español en favor del rey Fernando VII, y Puerto Rico decidió dárselos. De nuevo, Puerto Rico fiel a España.

La Junta, en 1809, declara a la Isla provincia de España, con la misma ciudadanía que el resto de los españoles y con pleno derecho a voz y voto en la Junta. Convocadas las provincias a una reunión constituyente, el electo para representar a Puerto Rico sería Ramón Power y Giralt, hijo de un inmigrante bilbaíno, Joaquín Power Morgan, de origen irlandés y de María Josefa Giralt Santaella, nacida en Barcelona, España. Su padre llegó a la Isla al servicio de la Compañía de Asiento de Negros, encargada de la regulación del comercio de esclavos en Puerto Rico.

De adolescente se fue a cursar estudios de bachillerato (high school) a Bilbao, en el Real Seminario de Vergara e ingresaría en la Marina de Guerra española en Cádiz, en la que alcanzó el grado de teniente de fragata y, finalizada la carrera, solicitó la admisión a la Marina Real española. Fue admitido por su brillante récord académico y empezó en el Ferrol como marino. Después de muchos periplos, llegó a comandar la escuadra naval que bloqueó y conquistó a los franceses la isla de Santo Domingo para España, 11 de julio de 1809.

Los pueblos con ayuntamiento, cabildo o municipio, en ese momento eran: San Juan, San Germán, Aguada, Arecibo y Coamo.

En una ceremonia en honor al diputado electo, celebrada en la iglesia catedral de San Juan, el obispo criollo Arizmendi, en un gesto impregnado de simbología, le entrega su anillo episcopal a Power para que no se olvide de su deber de "proteger y sostener los justos derechos de sus compatriotas".

Con las instrucciones que le dieron los cinco ayuntamientos parte para España, pero antes de llegar se disuelve la Junta para crear el Consejo de Regencia y regresa a Puerto Rico.

Convocadas las Cortes, es electo nuevamente y se dirige a Cádiz. En la apertura de las Cortes es elegido primer vicepresidente. Y desde el primer momento se destacó en ser un defensor a ultranza tanto de lo americano como de lo puertorriqueño. Denunció el gobierno despótico del gobernador Salvador Meléndez Bruna, capitán general, y logró que se aboliera la Real Orden que otorgaba a los Gobernadores facultades omnímodas.

Se reúnen los constituyentes en plena guerra de la Independencia, en un vacío de poder, para crear un muy necesario nuevo estamento legal, condición indispensable para el nuevo y revolucionario estamento político, anclado en el principio fundamental de que la Soberanía nacional está en el pueblo a través de sus representantes en las Cortes: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”, dice uno de sus postulados, el mayor logro jurídico-político jamás conseguido en España. De un plumazo se liquida, a nivel teórico, el Antiguo Régimen, defensor a ultranza de sus estamentos privilegiados: La Iglesia, con gran prestigio e influencia por su ideología e inconmensurable riqueza, que hoy día sigue exenta de pagar cualquier tipo de impuestos, ni por sus ingresos, ni por sus tesoros artísticos, ni por sus propiedades inmuebles, templos, edificios y tierras. La Nobleza, propietaria de extensiones análogas a las de la Iglesia y cobradora de tributos a los campesinos que vivían en sus tierras y que sólo en ciertas ocasiones pagaba impuestos al rey.

El tercer Estado, compuesto por los burgueses, que disfrutaban de algunos privilegios, pero que pagan impuestos; y por los obreros y campesinos, sin ningún privilegio y con todas las cargas, ya que pagaban el diezmo y servicios a la Iglesia; los derechos feudales al Noble y los impuestos al Rey, totalizando dichos gravámenes las 4/5 partes del fruto de su trabajo, de sus ingresos.

Después de Cádiz se instaura el Nuevo Régimen, con la triple división de poderes que antes estaban todos en manos del rey: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial.

El parlamento se constituye en defensor de la igualdad de todos ante la ley; de la libertad de expresión, de prensa y del sufragio universal masculino indirecto. Aparece en la Constitución la idea de una sola nación española, compuesta por el conjunto de todos los ciudadanos, sin distinción entre los españoles de los dos hemisferios, España y América.

 

Según el historiador puertorriqueño, Lidio Cruz Monclova, Ramón es uno de los primeros nacidos en Puerto Rico que se autocalifica como puertorriqueño y que lucha por la igualdad de representación de Puerto Rico en el Parlamento español. Pensamiento compartido también por Aida R.Caro Costas y Ángeles Castro Arroyo, estudiosas historiadoras del primer constituyente, quienes afirman que Power defendía una autonomía económico - administrativa para Puerto Rico con iguales derechos que los peninsulares. El decreto (15 oct. 1810), en el que él mismo colaboró, dice: "los dominios españoles en ambos hemisferios forman una sola y misma monarquía, una misma y sola nación, y una sola familia y que por lo mismo los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son iguales en derechos a los de esta península…". También Power ayudaría a redactar el decreto primero que proclama que la soberanía nacional de las Españas reside en las Cortes, por lo que la monarquía tiene que ser constitucional, que el rey para serlo antes debe de jurar la Constitución. Fernando VII estaba en Francia secuestrado y había un vacío de poder sólo aparente, porque el poder soberano está en las Cortes, la mayor revolución política española decretada en unas Cortes. Pero como los representantes son electos por el Pueblo, la soberanía reside en el Pueblo, lógica conclusión. Fernando VII juraría la Constitución, pero por poco tiempo porque con el apoyo de los militares, de la Iglesia y de las monarquías europeas prescindiría de la Constitución y regresaría al absolutismo y Puerto Rico también regresaría al estadio previo a Power hasta el trienio constitucional: 1920-1923, en el que los liberales obligaron al rey a aceptarla de nuevo.

Las Cortes aprobaron el 28 de noviembre de 1811 lo que se conoce como la Ley Power, una serie de reformas muy beneficiosas para Puerto Rico:

Se creó la Intendencia de Hacienda como organismo separado del Gobernador; siendo su primer intendente Alejandro Ramírez.

Se abrieron los puertos de Aguadilla, Fajardo, Mayagüez y Ponce, además del hasta ahora exclusivo de San Juan.

Se concede la libre importación de harinas y exportación de ganado vacuno y caballar.

Se elimina el abasto forzoso de carnes, lo que se conocía como la ‘pesa ganadera’ o ‘impuesto ganadero’, a la ciudad capital.

Se estableció la Sociedad Económica de Amigos del País, ya existente en la Península, que velaría por la educación de los jóvenes y por la divulgación de las ideas para el fomento económico y que sería aprobada en 1814.

Propuso, sin éxito, la liberación de la esclavitud, posición antagónica con el trabajo de su padre que tenía que ver con el mercado de negros. Cuba, dada su gran industria azucarera con necesidad de esclavos, se opuso.

Power era un hombre de ideas reformistas y liberales y con él el reformismo insular lograba su primera victoria. Su vida había tomado nuevas singladuras: de marino a parlamentario.

La última carta de Power dirigida al cabildo capitalino: "El 20 de mayo (1813) Power escribió la que pudo haber sido su últimas carta al Ilustre Ayuntamiento de San Juan para exponerle la penosa situación por la que atravesaba: <Enfermo y sin recursos en un Pays extraño>, abandonado por los concejales a < la más triste suerte> por no contar ni con las dietas que le correspondían como Diputado de la Isla a pesar del < zelo que he manifestado y los disgustos a que me ha dado ocasión la defensa de los derechos de un Pueblo leal y generoso>. Finalizó la carta con el ruego de que le respondieran y auxiliasen, según lo exigía <su propio honor>, y señalando <la situación lastimosa a la que se me ha reducido>. Aunque no lo expresó, debió sentir en su alma el dolor de no poder reunirse con sus hijos menores, María Mercedes y Pablo Ramón", de Delfina Fernández Pascua; prólogo y edición de Eduardo Garrigues (actual cónsul de España en San Juan), en Ramón Power y Giralt y las Cortes de Cádiz, 2012.

Sin duda que su situación de penuria en la que murió tuvo que ver con la denuncia que hizo ante las Cortes contra las facultades omnímodas y gobierno despótico del gobernador y capitán general, Salvador Meléndez Bruna, quien le retuvo las dietas.

Power muere de la epidemia de la fiebre amarilla en Cádiz, siendo aún diputado, el 13 de junio de 1813, y fue enterrado en el Cementerio Municipal de Cádiz, con exequias solemnes de "Capitán de Fragata de la Armada Nacional". Sus restos serían exhumados para ser trasladados a la iglesia de San Felipe de Neri, el 28 de mayo de 1931, donde se habían celebrado las sesiones parlamentarias.

 

"El salvamento de Ramón Power" de José Campeche

 

Ramón Power y Giralt quizá sea la figura política puertorriqueña que alcanzó mayor esplendor, mayor altura, durante la dominación española, concluyen los citados historiadores.

El intendente Ramírez pronto entraría en acción. Sin el dinero del situado mexicano desde la revuelta del cura Hidalgo de 1810, el Gobierno de Puerto Rico, incapaz de pagar las deudas por falta de fondos, decide emitir papel moneda con promesa de pago en plata para cuando la hubiese; y como el imprimir resultó fácil, se imprimieron tantos billetes que llegarían a carecer de valor. El comercio se paralizó y la agricultura se enfermó. Es aquí donde entra en acción Ramírez. Introduce como moneda la plata macuquina, de corte irregular y de poco contenido en plata, como la de Venezuela. Funda la lotería para que el Estado pueda allegar fondos. Autoriza la actualización de un agente comercial de Estados Unidos en la Isla. Fomenta y promueve los trabajos de la Sociedad Económica de Amigos del País y publica el periódico, "Diario Económico de Puerto Rico", en el que él mismo escribe, y que versa sobre asuntos comerciales, agrícolas y temas de interés general.

La crisis empieza a remitir, pero había que ofrecer estímulos a la agricultura y al comercio para poder cobrar más impuestos y así incrementar las rentas del tesoro. Para ello era necesario conceder mayores libertades económicas. Los funcionarios gubernamentales le proponen al rey Fernando VII la aprobación de medidas adicionales que los ayuden a salir del atolladero en que se encuentra la Isla, y que ellos mismos le presentan.

Fernando VII, muy consciente de los vientos libertarios que azotan a toda América, da su visto bueno y surge la Cédula de Gracias o Cédula del 10 de agosto de 1815.

  • El periódico El Nuevo Día (7 de abril 2013) titula: “Histórica llegada de Power y Giralt. Sus restos descansan ya en suelo borincano tras una ceremonia en la que el ayuntamiento de Cádiz hizo entrega del osario al pueblo puertorriqueño”.

    La periodista Gloria Ruiz Kuilan comenta lo que sigue: “Los 21 cañonazos retumbaron en el Viejo San Juan cerca de las 8:10 de la mañana (6 de abril). El anuncio quedó claro: llegaba el buque escuela Juan Sebastián de Elcano con los restos de Ramón Power y Giralt… El arzobispo de San Juan (Roberto González Nieves) fue el primero en hablar. ‘Demos gracias a Dios por la llegada de los restos del amadísimo Power Giralt a su patria’, dijo.

    A nombre del ayuntamiento de Cádiz, el cónsul de España en Puerto Rico, Eduardo Garrigues, entregó al Gobierno de Puerto Rico los restos de quien fuera el primer representante del país en las cortes españolas.

    ‘Tanto en España como en Puerto Rico estamos orgullosos de compartir la memoria de este prócer’, dijo Garrigues.

    …‘La hija del mar y del sol le reciben. La hija de ese mar que hace más de 200 años él cursó para representarnos en las Cortes de Cádiz, para regresar a la patria que le confió ese destino’, sostuvo García Padilla (Gobernador), quien recordó que el Gobierno de España pagó el traslado de los restos.

    …Aseguró que la llegada de Power y Giralt es un reto para ‘producir tiempos nuevos’,”.

 

 

REFORMAS DE LA CÉDULA DE GRACIAS

Apertura de todos los puertos isleños para comerciar con todas la naciones amigas por 15 años, con impuestos a las mercancías.

Permite la inmigración de extranjeros si son católicos y de países amigos, con la promesa de concederles tierras baldías o sin dueño legal y la ciudadanía.

Admite la importación, libre de impuestos, de maquinarias, utensilios y aperos de labranza.

Concede permiso para obtener esclavos de las colonias vecinas extranjeras.

Elimina el impuesto de la alcabala - que gravaba la venta de los bienes-, y los diezmos eclesiásticos, también por 15 años; pero en su lugar se impuso una nueva contribución que llamaron subsidio y que resultó ser equivalente e incluso mayor a lo abolido.

La intención era, al mismo tiempo, incrementar la población y la mano de obra, además del capital que los foráneos podían traer para invertir. Se lograron los objetivos; los economistas afirman que la Cédula fue el motor de la economía puertorriqueña por más de dos décadas. El comercio con otras naciones, especialmente con Estados Unidos, alcanzó altas cotas. Muchos inmigrantes, de muy diversos países, no dejaron pasar la oportunidad de obtener terrenos y ciudadanía para crecer comercialmente, contemplando el trabajo agrícola azucarero como un gran objetivo, al poder tener más esclavos y disfrutar de las nuevas libertades económicas.

Pero Hispanoamérica alimentaba más y más sus ideales de independencia ya que los acontecimientos europeos les ofrecen alas a sus sueños, como lo fue el motín de Cádiz, iniciado por los soldados que precisamente iban rumbo a América en 1820. Triunfa la oposición liberal que obliga a Fernando VII a declarar vigente, por segunda vez, la Constitución; y ésta vez por tres años, 1820-1823, trienio constitucional. En la Isla todo se reanuda como en el 1812, la Diputación Provincial, los ayuntamientos constitucionales, el diputado electo como representante en las Cortes, las libertades civiles, la libre discusión de ideas y la formación de asociaciones y de clubes de carácter político, y la ciudadanía española.

LA CONSPIRACIÓN DE CURAZAO, 1821- 1822.

Mientras Venezuela, con Simón Bolívar, avanzaba con éxitos militares que obligaron a muchos ‘realistas’, leales a España, a refugiarse en Puerto Rico, en Santo Domingo, los separatistas logran la independencia nacional. Y ambos países, Venezuela y Santo Domingo, se fijan en Puerto Rico para que, entre 1821 y 1822, en Curazao un grupo de conspiradores atraiga a su causa a un ex general de Bolívar, Guillermo Lafayette, para dirigir una expedición en contra del régimen español en Puerto Rico.

Se desconocen los integrantes; se especula que había puertorriqueños y extranjeros radicados en la Isla, además de venezolanos y dominicanos. Pretendían, parece ser, crear en la Isla la República de Boricua, una vez conquistada. Pensaban que los esclavos residentes en la Isla los apoyarían masivamente, una vez que pisasen la Isla. Los conspiradores formaban un ejército armado de unos seis mil hombres, con varios barcos y pertrechos; no se trataba de un infantil juego. Ya que de los 230,622 habitantes que tenía Puerto Rico en 1820, eran blancos 91,211; esclavos 21,730 y el resto eran mulatos y negros libres; los esclavos, negros libres y mulatos eran los que constituían la mayoría de la población puertorriqueña.

Enterado el Gobierno de la Isla del complot de Curazao, le pide al Gobierno holandés que aborte la expedición ya a punto de salir. Los holandeses arrestan a Lafayette y al resto de oficiales y embargan todos sus bienes.

Ante los hechos que amenazaban la soberanía española en Puerto Rico, la clase dirigente entra en pánico, se refuerza el ejército y se dan poderes omnímodos a los Gobernadores militares, como al general Miguel de la Torre, 1825, año que también marca el fin de las guerras de independencia hispanoamericanas. Todas las colonias hispanoamericanas, excepto Cuba y Puerto Rico, habían dejado de ser españolas.

En el año 1820, y como dato curioso, el gobernador Juan Vasco y Pascual instaló el alumbrado público de la Capital con faroles alimentados por aceite de oliva.

 

 

 

EL AZÚCAR, PRODUCTO ESTRELLA.

El producto azucarero, que es milenario en la India y Guinea y conocido en Egipto, fue introducido en España por los árabes y desde el principio de la colonización fue traído al Nuevo Mundo desde las islas Canarias. En Puerto Rico, el azúcar- producto mitad agrícola, mitad industrial- había sido la columna vertebral de la economía puertorriqueña durante los tres pasado siglos. En la primera mitad del siglo XIX, mientras la producción del café se estanca, la del azúcar vuelve a crecer vertiginosamente.

 

Central "El Ejemplo" en Humacao.

 

Recordemos que el primer productor mundial tanto del azúcar como del café era Haití, la colonia más rica del siglo XVIII, que había quemado sus plantaciones con motivo de su guerra de independencia, 1804, además de sufrir el boicot, por ser un mal ejemplo a seguir, de los países compradores como los Estados Unidos y los europeos y que queda hundido en la miseria.

Al decrecer la producción aumenta la demanda relativa y los precios también se incrementan. Con el azúcar iba el melao y el ron que se usaban en el contrabando como moneda de cambio o de trueque. En la década de 1840, el azúcar llegó a reportar a la economía insular entre cinco y siete millones de dólares estadounidenses, según afirma Scarano; mientras el ingreso del café oscilaba entre uno y dos millones.

Las haciendas (antes llamadas ingenios y centrales) que movían los trapiches de la molienda con fuerza animal, ‘haciendas de bueyes’, algunas se transformaron con la incorporación de las novedosas máquinas a vapor, ‘haciendas de vapor’; mientas otras lo hacían con energía eólica, ‘haciendas de viento’. En el sur, Guayama y Ponce, y en el oeste, Mayagüez, se multiplicaron las haciendas y la producción de azúcar.

Ya para el 1850 había 789 haciendas en Puerto Rico que llegaron a producir el 5% de la producción mundial y a ser el segundo abastecedor, después de Cuba, de Estados Unidos, al que dedicaba el 60% de su producción. El trabajo esclavo era imprescindible en la industria del azúcar. En el 1851 se llegaría a alcanzar el tope máximo de esclavos en la Isla, 51,256, ya que la Revolución industrial en la Isla era aún incipiente. La Trata Negrera, a partir del 1815, sería condenada internacionalmente. Inglaterra y España acordaron abolirla y en vez de comprar los esclavos en África, se comprarían en Estados Unidos y las islas del Caribe. La Iglesia, 1839, se une a la condena de la Trata Negrera, pero nadie condena la esclavitud de los negros en sí. La prohibición de la Trata Negrera se extendería a Puerto Rico en 1845.

Otros datos importantes para entender el comercio del azúcar es que en Puerto Rico no había bancos prestamistas; eran los ricos comerciantes los que desempeñaban el papel en la concesión de préstamos a los hacendados que tenían que avalarlos con las cosechas y hasta con sus bienes inmuebles y cuyos intereses oscilaban entre un 12 y un 36%. El primer banco comercial aparecería en 1877, la Sociedad Anónima de Crédito Mercantil, cuando la industria azucarera ya estaba en graves problemas y cuyo colapso, para no volver a levantarse en tiempos de España, sería en el 1880. Los precios del azúcar no se fijaban en la Isla, dependían de un mercado internacional incontrolable y de los precios que se establecían en la bolsa de Londres. La combinación de todos estos factores produjo la crisis de la Economía de las Haciendas Azucareras.

El café tendría en los veintidós últimos años de España en la Isla, en las montañas, su época dorada, ya que al sustituir al azúcar se constituye en su principal fuente de riqueza.

 

EL RÉGIMEN DE LA LIBRETA, 1849.

Para mediados del siglo XIX, ya casi la población de la Isla llegaba a 450,000 habitantes, pero eran muchos los agregados y pocos los trabajadores dispuestos a laborar por poco salario y lo hacen sólo cuando necesitaban dinero para pagar algún servicio de la Iglesia, bautizos, casamientos, entierros o cuando se trataba de pagar algún tributo al Gobierno. Por tal motivo, el gobernador Juan de la Pezuela decretó el Reglamento de los Jornaleros, popularmente conocido como el Régimen de la Libreta, por las libretas que se les repartían para asegurar el cumplimiento de la ley que estaría vigente hasta el 1873, fecha de la primera República española, en la que también se aboliría la esclavitud. Estuvo, pues, vigente durante 24 años. La Libreta intentaba obligar a los jíbaros independientes a trabajar asalariados para facilitar la transición del trabajo esclavo al asalariado en los campos de caña y en el resto de las faenas agrícolas, al mismo tiempo evitar que la gente estuviese ociosa, jugando a los gallos, o sin hacer nada, lo mismo hombres que mujeres, pues se aplicaba a ambo sexos.

La ley disponía:

Se declara jornalero a toda persona entre las edades de 16 a 60 años que no tuviera industria u oficio conocido.

Los jornaleros tenían la obligación de estar empleados en todo momento.

Los jornaleros debían de cargar en todo momento una libreta, expedida por las autoridades.

Se prohibía el agrego, a partir de una año después de ponerse en vigencia el reglamento.

Los violadores podrían ser enviados a la Puntilla en San Juan a las obras de relleno de un manglar que allí había, o a hacer trabajos en carreteras u otros servicios públicos. Y a los violadores habituales se les encarcelaba. Los patrones apuntaban en la libreta los días trabajados, su salario, su comportamiento, y los jornaleros tenían que presentarse a las autoridades municipales un domingo al mes para la revisión de sus libretas. El pueblo, obviamente, manifestó repudio a la susodicha libreta.

Encima, las enfermedades se cebaron en la población jíbara trabajadora a mitad de siglo, el paludismo transmitido por los mosquitos, la anemia tropical o uncinariasis, el cólera y la viruela. La epidemia del cólera morbo, entre 1855-1856, cobró unas 21,000 vidas, de las cuales 5,500 eran esclavos.

 

LA EDUCACIÓN EN EL SIGLO XIX PUERTORRIQUEÑO.

Francisco Oller lo enaltece con su cuadro, "el maestro Rafael Cordero", dando clase en su escuela hogar, tabaquero y zapatero de profesión y maestro por vocación, ejemplo de abnegación y altruismo, que enseña sin recibir ninguna remuneración tanto a negros, mulatos, como a blancos; entre sus alumnos figuran José Julián Acosta y Ramón Baldorioty de Castro. La Sociedad Económica del País reconoció públicamente su labor con la concesión de 100 pesos de plata, que se negó a recibir en principio, pero que debió de aceptar; los que repartió entre sus alumnos más pobres y entre otros necesitados.

Otro ejemplo modélico lo brindó el padre Rufo Manuel Fernández, culto sacerdote proveniente de Galicia, catedrático universitario de Física en Galicia, y que le obligaron a abandonar su tierra. Ya en Puerto Rico, y con el apoyo de la Sociedad Económica de Amigos del País, enseñó Física y Química en la capital con el uso de laboratorios, algo totalmente innovador. Promovió que alumnos destacados, como Baldorioty y Acosta, becados o pensionados, fueran a estudiar a España. Propuso, además, la fundación de un Colegio Central o universidad en San Juan que, por motivos varios, no logró, pero siguió luchando por la creación de una universidad puertorriqueña, lo que lo constituye en precursor de los estudios universitarios en la Isla.

El obispado de San Juan concedió decenas de licencias para Maestros de Primeras Letras, que se instalaban en ciudades y pueblos de la Isla y eran maestros ‘caseros’, utilizaban las viviendas para enseñar; o ‘maestros ambulantes’, que daban igual clases en los domicilios que en las escuelas municipales.

Rosa Rodríguez Meléndez en su obra, La educación en Puerto Rico (1503-1900), 2005, nos habla de la educación puertorriqueña en el siglo XIX y he aquí sus rasgos fundamentales:

Las escuelas de San Juan, 1812, admiten estudiantes negros por primera vez en la Isla. Y se abrieron escuelas para niñas. (Recordemos que es el año de la Constitución de Cádiz a la que asistía Ramón Power).

El gobernador Gonzalo Aróstegui impulsa muy en serio la enseñanza en toda la Isla.

En 1832 se funda el Seminario Conciliar, y aunque era para formar sacerdotes, muchos estudiaban en él y se salían, como es el caso de Tapia, Acosta y Baldorioty. A mediados del siglo se hacen cargo de él los padres jesuitas.

En 1842 había en San Juan cinco escuelas primarias; dos de las cuales eran públicas, sostenidas por el Ayuntamiento, teniendo los estudiantes que comprar los libros.

En 1851, Juan de la Pezuela fundó la Real Academia de Bellas Artes que tuvo vida hasta el 1865. Su principal función era preparar maestros de primaria para la ciudad y para la ruralía. (En 1860, una Junta de Damas fundó el Colegio de San Ildefonso para mujeres, algunas de procedencia obrera que eran becadas).

En 1865, el gobernador Félix María Messina ordenó la reorganización, mediante el Decreto Orgánico, de todo el sistema educativo. Se divide la primera enseñanza en elemental y superior, y se hizo obligatoria la elemental hasta los nueve años, según la Ley de la Península de 1841, con multas para los padres que no la cumpliesen. Los pobres tendrían la educación elemental gratuita.

En 1876 se funda el Ateneo Puertorriqueño que también ofrecía educación secundaria; siendo su director José Julián Acosta. (El Ateneo fue fundado por un grupo de intelectuales y escritores, encabezados por Manuel de Elzaburu; fue un lugar de encuentro de intelectuales y artistas que, entre otras preocupaciones, buscaban la identidad puertorriqueña, la puertorriqueñidad, a través de la promoción de la cultura y del arte).

El gobernador, General Eugenio Despujol y Dussay completó, en 1880, el Plan de Instrucción Primaria, según el cual se crearon once escuelas secundarias para ambos sexos, 204 escuelas elementales y 231 para muchachos en áreas rurales, juntamente con otras 26 instituciones privadas.

En 1880 se crea el Colegio de las Madres del Sagrado Corazón que contaba con internado y que sería el lugar idóneo para los niños de familias acomodadas.

También en 1880 se estableció la Asociación de Damas para la Instrucción de la Mujer, con la finalidad de formar maestras. (La primera escuela rural para niñas se fundó en 1880)

En 1882 se inaugura el Instituto Provincial de segunda enseñanza.

En 1888 el profesor Jaime Comas y Montaner crea la Institución Libre de Enseñanza Popular con la finalidad de proporcionar instrucción gratuita a la clase trabajadora.

En 1890 se crearon dos escuelas normales, una para mujeres y otra para hombres, en las que se concedían títulos de maestros y maestras de enseñanza básica.

Coll y Toste opina que ya para el 1897 "la instrucción pública estaba organizada en toda la isla". Y que entre San Juan y el resto de los pueblos, con sus barrios y poblados, identificó a más de 500 centros escolares de primera y de segunda enseñanza.

A pesar de todo, concluye la profesora Rosa Rodríguez, existe una estadística en 1898 que muestra que el 80% de la población era analfabeta, a pesar de las 518 escuelas elementales, 380 de niños y 138 de niñas, y 26 escuelas de enseñanza secundaria y una para adultos, pero a las que sólo asiste el 16% de la población estudiantil.


 

CAPÍTULO VI

LA PRENSA.

Entre 1823-1850 se publicaron "La Gaceta de Puerto Rico", órgano oficial del Gobierno, y el "Boletín Mercantil" (1839) que informaba sobre las cosechas; los precios; tasas de interés y descuento, para defender los intereses de los comerciantes y agricultores; pero también incluía aportaciones literarias, poemas, cuentos.

En Mayagüez apareció el "Imparcial" (1848) y en Ponce, "El Ponceño" (1852) que en 1854 publicó el poema ‘Agüeybaná el Bravo’ que motivó el destierro del autor, Daniel Rivera, y la confiscación de la imprenta, propiedad del español Felipe Conde, por interpretarlo como una defensa de la rebelión taína. Y el "Fénix" (1855).

Manuel Fernández Juncos, asturiano que vivió en San Juan desde los doce años, periodista y ensayista, fundó en 1877 el periódico "El buscapié", todo un gran periódico.

En San Juan se fundó "La Correspondencia de Puerto Rico" (1890), inicio de la prensa comercial.

Con la llegada a la isla del líder obrero español, Santiago Iglesias Pantín, proveniente de Cuba (diciembre de 1896), uno de los primeros organizadores de la clase obrera puertorriqueña, se publica el semanario "Ensayo Obrero" (1897), con la finalidad de formar una organización de trabajadores que cambiase la sociedad y cuyo lema era: "Sin más patria que el taller y sin más religión que el trabajo". Ya en el 1892, antes de la llegada de Pantín, existía el semanario "El Eco Proletario", que motivó la fundación de organizaciones obreras y defendió el uso de la huelga como instrumento reivindicativo.

 

EL GRITO DE LARES, 1868.

España, en la década del sesenta, intentó recuperar a Santo Domingo, ya independiente, desde Puerto Rico con hombres y dinero puertorriqueños, así lo veían los intelectuales liberales el doctor Ramón Emeterio Betances que, después de su largo destierro, regresaba a Puerto Rico, y Segundo Ruiz Belvis, que también se oponían de forma radical a la esclavitud de los africanos y los dos se profesaban una profunda amistad. Ambos rechazaban que se utilizase sangre y dinero boricua en tal empresa contra los dominicanos.

Madrid, a través del Ministerio de Ultramar, había convocado a los delegados de Cuba y de Puerto Rico para discutir, junto con representantes españoles, los problemas de las colonias; posibles reformas e incluso cumplir con la promesa de las Leyes Especiales, hecha treinta años atrás. Cuatro fueron los delegados de Puerto Rico: el conservador Manuel Zeno Correa y los liberales Segundo Ruiz Belvis, José Julián Acosta y Francisco Mariano Quiñones.

La Junta Informativa de Ultramar se reunió a finales de 1866 e inicio del ‘67. El primer pedido de los tres delegados liberales puertorriqueños fue la abolición inmediata de la esclavitud, con o sin indemnización. La mayoría de los delegados cubanos se opusieron. La mayoría de la Junta no aprobó la moción. Los delegados liberales presentaron algunos problemas económicos y fiscales y exigían nuevos estilos de relaciones entre el Gobierno peninsular y el insular con más autonomía para buscar las adecuadas soluciones. Y regresaron con la promesa de la redacción de las esperadas y añoradas Leyes Especiales para encontrarse en Puerto Rico, a su regreso, con un ambiente muy tenso, debido a rumores de conspiraciones, y al Gobierno en estado de alerta y que decide subir los impuestos para colmo de males.

El gobernador Marchesi, temeroso, desterró a algunos separatistas y a algunos reformistas más activos, entre ellos estaban Belvis y Betances y les ordenó que se presentaran ante las autoridades en España, pero los dos huyeron a Santomas.

Con el destierro, la revolución puertorriqueña ya era un hecho. Betances y Ruiz Belvis se dirigen desde Santomas a Santo Domingo y después de unos meses continúan hacia Nueva York, donde se reunirán con revolucionarios antillanos para reclamarles ayuda. Regresan a Santo Domingo, donde fundan el Comité Revolucionario de Puerto Rico y pasan de nuevo a Santomas para reunirse con puertorriqueños, ya liberales, ya reformistas o revolucionarios. Ruiz Belvis va a Chile en busca de la ayuda prometida por el chileno Vicuña Mackenna en Nueva York; pero a los pocos días de su llegada a Valparaíso aparece muerto en la habitación de su hotel. A pesar del gran contratiempo, la conspiración sigue su marcha en Santo Domingo. Y en Puerto Rico se crearon células secretas que estaban activas. Se sabe de cinco al menos que, bajo nombres ficticios, estaban en Camuy, Mayagüez, San Sebastián del Pepino y en Lares.

¿Por qué se levantaron los de Lares, Pepino, Utuado y otros municipios de la montaña? Eran criollos, con inspiraciones liberales y democráticas, que vivían unas condiciones sociales y económicas que no les aprovechaban. Los trabajadores del café eran criollos que dependían de comerciantes para sus créditos y financiar sus cosechas; comerciantes que eran además los compradores y vendedores del café y de los alimentos, y solían ser mallorquines y catalanes. A veces para conseguir el préstamo les exigían hipotecar sus casas y sus fincas, además de la cosecha, como avales.

La vigencia de La Libreta que, además de trabajos indeseados, les aportaba, a veces, castigos y cárceles. Por eso los rebeldes quemaron los libros de deudas de los comerciantes y las libretas que cayeron en sus manos. Y si era poco, el huracán San Narciso en octubre de 1867 destrozó cosechas y viviendas. Hasta un terremoto, el más fuerte que vivió la Isla, que produjo muchas muertes y desastres. Más el incremento de las contribuciones de Marchesi decretadas meses atrás y que tenían que pagar.

La insurrección se había planificado para ser realizada en Camuy el 29 de septiembre, pero por una indiscreción de uno de las células, las autoridades fueron alertadas y, conocedores del hecho, los revolucionarios acordaron dar el golpe en Lares y adelantar el día al 23 de septiembre.

Seis cientos o hasta mil se reunieron en la hacienda de Manuel Rojas en el barrio Pezuela de Lares. Rojas les exhortó a quemar sus libretas de jornaleros y a luchar por la independencia. Y se dirigieron a Lares, dirigidos por Rojas y Juan de Mata Torreforte, uno de los cerebros militares de la conspiración. Lo primero que hicieron fue dirigirse a las tiendas y almacenes de los comerciantes peninsulares, que saquearon y apresaron a sus dueños.

Después se dirigen a la alcaldía, arrían la bandera española e izan la de la República, roja y blanca, bordada por Mariana Bracetti. Al día siguiente se declara la República. Su presidente era Francisco Ramírez que se apresura a emitir decretos: obligación de todos los puertorriqueños a unirse a las filas rebeldes; liberación de todos los esclavos que tomarán las armas; se declara nula el régimen de la Libreta… Mientras el grueso del ejército se dirige a Pepino, donde los esperaban los milicianos criollos en la plaza del pueblo y fueron recibidos a tiros, muriendo cuatro de los insurgentes.

Desconcertados, Manuel Rojas ordena la retirada. Ahí perdieron la batalla. La ayuda prometida por Betances nunca llegó, porque el Gobierno dominicano no les autorizó la salida. Y el Gobierno danés de Santomas había confiscado un barco de ayuda para los conspiradores. Los rebeldes no pudieron contar con el auxilio de otros pueblos, porque no tuvieron tiempo para levantarlos a su causa.

Mientras el gobernador, sucesor de Marchesi, Julián Pavía, movilizó las tropas de la isla que llegaron a Lares por los cuatro costados; los líderes, Manuel Rojas, Francisco Ramírez y Clemente Millán, y cientos de revolucionarios fueron apresados; otros, como Matías Bruckman, serían asesinados en el lugar de su captura. Un tribunal militar procesó con rapidez a siete de los líderes, condenándolos a muerte, pero el gobernador Pavía conmutó las penas por diez años de prisión en España a cada uno. Y en enero de 1869 se les concedió amnistía general a todos los acusados o condenados por la insurrección.

LAS VÍAS DE COMUNICACIÓN.

Los pueblos de la Isla de finales del siglo XIX no tenían ni parecido con los del inicio de siglo, salvo San Juan y San Germán, en realidad los dos únicos pueblos durante casi tres siglos. El florecimiento de la vida urbana era palpable. Al cerrarse el siglo, había en Puerto Rico 71 pueblos con personalidad urbana bien definida que el auge económico los había convertido en puntos vitales de enlace entre productores y consumidores.

"Los ciudadanos y las autoridades civiles y eclesiásticas- afirma Scarano- se habían esforzado, además, por dotarlos de un buen trazado de las calles, vías públicas pavimentadas, acueductos y sistemas sanitarios adecuados, bellas plazas de recreo, sólidas iglesia, hospitales y otros edificios necesarios para el ornato del lugar y el bienestar de la ciudadanía". Ponce, por ejemplo, la ‘ciudad señorial’, de esquinas achaflanadas, diseño inspirado en Madrid y en Barcelona.

San Juan, la ‘capital política’, y Ponce, la ‘capital económica’, se comunicaban a través de la carretera militar que, con enormes esfuerzos, se acababa de construir en la década de 1880, con 133 kilómetros de longitud, bien empedrada y segura para el tránsito de personas, caballos, coches de caballos y carretas que transportaban mercancías y personas entre ambas ciudades.

 

Hacienda cafetalera.

El auge cafetalero exigió carreteras entre Ponce Playa y Adjuntas; entre Aguadilla y San Sebastián por Moca. Cayey, a través de un ramal de la carretera militar, se comunicaba con Guayama.

 

 

Ferrocarril urbano, llamado tranvía, de San Juan a Río Piedras, a través de Santurce.

También vendrían los caminos de hierro, los ferrocarriles. Se planificó, en un principio, construir un ferrocarril de circunvalación. Se empezaría comunicando la capital con Camuy; se interrumpía entre Camuy y Aguadilla que conectaba con Hormigueros, atravesando Mayagüez; se volvía a interrumpir entre Hormigueros y Yauco que conectaría con Ponce, donde terminaría por el momento; sólo existía la conexión entre Carolina y San Juan. El proyecto ferroviario de circunvalación era de unos 480 kilómetros (300 millas) y se habían construido la mitad para 1898.

Había líneas más cortas, como la de San Juan – Río Piedras, por Cangrejos (Santurce), que era un tranvía a vapor o trolley y que fue fundada por el Conde de Santurce, Pablo Ubarri, industrial rico de la capital; originándose las ‘paradas’ que todavía hoy día se utilizan como punto de ubicación; la parada 15, a manera de ejemplo.

 

Locomotora y vagones de la línea férrea del Oeste, tren de Bayamón a Cataño.

Otra forma de comunicación era a través de barcos de vela entre San Juan, Mayagüez y Ponce; pero además de lenta, resultaba cara.

Y el gran milagro tecnológico, el telégrafo, que había llegado a Puerto Rico en 1858, de la mano del propio Samuel Morse, su inventor, que lo instaló entre Arroyo y el puerto, para que sus hacendados amigos pudieran efectuar la comunicación. En Puerto Rico se inauguró en 1869, con dos líneas, San Juan – Río Piedras y San Juan – Arecibo. Después se extendería a la mayoría de los pueblos costeros e incluso a algunos del interior montañoso. Puerto Rico, a través de cables submarinos, estaba conectado con ciudades de América del Sur, del Caribe, de Estados Unidos y de Europa. Los avances tecnológicos terminaban de hacer su aparición en la segunda mitad del siglo XIX puertorriqueño.

 

 

LA LITERATURA PUERTORRIQUEÑA.

El Ateneo Puertorriqueño, 1876, se constituiría en el puerto de salida y de llegada de los intelectuales, literatos y artistas puertorriqueños.

Se dice que el origen de la literatura puertorriqueña tuvo lugar en España, donde estudiaban jóvenes puertorriqueños en las universidades y que publicaron cuatro recopilaciones de cuentos, poesías y ensayos, Aguinaldo puertorriqueño (1843), Álbum puertorriqueño (1844), nuevamente Aguinaldo puertorriqueño (1846) y Cancionero de Borinquen (1846). Entre los escritores están, José Julián Acosta, Carlos Cabrera, Manuel Alonso, Alejandrina Benítez, Francisco Vasallo, Juan M. Echeverría, Eduardo González Pedroso, Santiago Vidarte, entre otros. Estas obras pioneras abrirían los surcos para otras obras criollas y románticas, ya que estamos en el siglo del Romanticismo, en el que la imaginación y el sentimiento priman sobre la razón. Por eso el romántico es subjetivo, emotivo y rebelde.

Manuel Alonso escribe El gíbaro (El jíbaro), (1849), cuadro de costumbres de la Isla de Puerto Rico y que, según José Luis González, constituye "la piedra angular de nuestra historia literaria" o punto de partida de la literatura puertorriqueña.

Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882), gran polígrafo, cubre diversos géneros literarios: La satiníada, poema épico; Bernardo de Palissy, teatro; Póstumo el transmigrado y La palma del cacique, novela; Biblioteca histórica de Puerto Rico (1854), historia y colección de documentos del siglo XVI-XVIII de gran valor histórico.

El poeta lírico sería Gautier Benítez, que falleció con sólo treinta años, y su obra Canto a Puerto Rico. También en poesía es inmortal Lola Rodríguez de Tió, simpatizante de la independencia de Puerto Rico, por eso vivió en Venezuela, Nueva York y Cuba; autora del himno revolucionario, entonado en el grito de Lares: "¡Despierta borinqueño/ que han dado la señal!" y de aquellas estrofas: "Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas"; poetisa que siempre bebió en las fuentes, en los veneros de su pueblo para hacer su poesía.

Manuel Fernández Juncos, español por nacimiento y puertorriqueño por adopción. Entre sus obras, Tipos y caracteres (1882), Costumbres y tradiciones (1883) y Cuentos y narraciones (1907). Como periodista, político y cultural, usa la burla, a veces, otras la sátira para describir a sus personajes y las situaciones reales.

Manuel Zeno Gandía, el mejor novelista, en las que refleja con maestría los males que aquejan a la sociedad puertorriqueña de su tiempo; por eso bajo el expresivo título general las sitúa, Crónicas de un mundo enfermo: Garduña (1896), La Charca (1894), El negocio (1922) y Redentores (1925); sobre la vida rural versan las dos primeras y sobre el ambiente urbano las dos segundas. La Charca retrata la explotación del mundo cafetalero, al recrear tanto el ambiente natural como el social y económico de los trabajadores de altura del café.

José Julián Acosta, periodista y editor. En su imprenta en San Juan publicó diverso libros como el de fray Iñigo Abbad, Historia geográfica…, con notas, corrigiendo y actualizando el texto. También publicó alguna suya, El sistema prohibitivo y la libertad de comercio en América (1879).

Salvador Brau, autodidacta y destacado investigador histórico que pasó largas temporadas en archivos y bibliotecas españolas en la búsqueda de datos e informes sobre Puerto Rico. Fruto de su trabajo investigador son, Puerto Rico y su historia (1882), Historia de Puerto Rico (1904) y La colonización de Puerto Rico (1907). Entre sus ensayos sociales están, Las clases jornaleras de Puerto Rico (1882), La campesina (1886) y La caña de azúcar (1904).

Eugenio María de Hostos, de Mayagüez, de padre dominicano y de madre puertorriqueña, defensor de la independencia de las Antillas y de su confederación; crítico literario, sociólogo y pedagogo; conocido y reconocido en toda América latina; "ciudadano de América", donde pasó la mayor parte de su vida entre Puerto Rico, República Dominicana y Chile que lo recuerda con veneración. Su obra es muy amplia. Los temas centrales de obra son el progreso, la educación, la libertad, la independencia, la industrialización y es gran defensor del panamericanismo, América unida, adelantándose a los signos políticos de los tiempos. Su obra, Moral social, sociológica; Hamlet, crítica literaria; Diario; La peregrinación de Bayoán (1863), relato de un viaje por las Antillas y por España, novela.

 

 

 

INDEPENDENCIA, AUTONOMÍA Y ANEXIÓN.

José Francisco Basora y Ramón Emeterio Betances decían que España no le podía dar a América lo que ella misma no tenía, democracia, libertad, justicia y que la solución no era otra que la independencia. Eugenio María de Hostos creyó en un principio que los liberales españoles podían tratar con cierta dignidad a la Antillas, por eso favoreció la asimilación; pero la indiferencia hacia la Antillas de los revolucionarios españoles de 1868 le hizo cambiar de opinión. En un viaje a Nueva York, donde se reunió con Betances, Basora y otros revolucionarios, todos concluyeron al unísono que la independencia era el único camino digno para todos los puertorriqueños; ahora bien, para la mayoría de los liberales puertorriqueños la independencia no tenía futuro, por eso su balanza se inclinaba por la asimilación, después de 1868, de Puerto Rico como provincia de España con todos los derechos y con todas las obligaciones iguales al resto de los ciudadanos españoles peninsulares.

También en Cuba existía el Partido Liberal Autonomista que pedía para Cuba una autonomía administrativa y económica. Incluso Inglaterra había implantado la autonomía en sus posesiones de Canadá, Australia y Nueva Zelandia; la autonomía canadiense sería el modelo a seguir para algunos puertorriqueños, entre ellos, Baldorioty, que exigían no sólo la descentralización administrativa y económica, sino también la autonomía política que, más o menos, equivaldría a que Puerto Rico fuera un estado federado de España. Conscientes de lo mucho que pedían, sabían que sólo un gobierno republicano lo podría conceder. El modelo cubano de autonomía era más ‘light’, ya que no incluía la autonomía política. Recordemos que ya Ramón Power había reivindicado para Puerto Rico la autonomía económico-administrativa con iguales derechos que los peninsulares. La autonomía sería pues el común denominador del siglo XIX puertorriqueño.

Los liberales puertorriqueños estaban divididos en el modelo; los de San Juan defendían el modelo cubano, mientras que los de Ponce simpatizaban con el canadiense.

Otros liberales reformistas seguían aferrados a que Puerto Rico fuera asimilado por España, entre ellos, Manuel Fernández Juncos, Julián Blanco Sosa, José Julián Acosta, Manuel Corchado Juarbe y José Celis Aguilera, a principios de la década de 1980.

Los autonomista influyeron en todos los políticos a través de sus periódicos, como "El País" (Mayagüez), la "Revista de Puerto Rico" (San Juan) del español Francisco Cepeda Tiborcias, y "El Clamor del País" (San Juan), dirigida por Salvador Brau.

Surge el Plan de Ponce de 1886, que en estos momentos pedía: "la autonomía provincial y municipal con la mayor suma de poder político y administrativo, pero siempre dentro de la unidad nacional". Es lo que la Isla ya había tenido con Power, pero que después les fue quitado y lo que ahora deseaban era: la autonomía como principio regulador entre la Isla y la Metrópoli. Unos 300 delegados se reunirían en el Teatro la Perla, en marzo de 1887, para discutir la reorganización del Partido Liberal Reformista.

Se debatieron los dos conceptos de autonomía, el cubano y el canadiense; la mayoría defendió el modelo cubano y Baldorioty, desde la presidencia, aceptó la voluntad de la mayoría. A partir de ahora se llamaría Partido Autonomista Puertorriqueño que defendería un autonomismo moderado, pero con un grado mayor de gobierno propio. Baldorioty fallecería en 1889, originando profundas divisiones en el partido. Un grupo, dirigido por Francisco Cepeda Tiborcias y a la sombra de su periódico, "La Revista de Puerto Rico", propone alianzas con partidos republicanos antimonárquicos porque eran republicanos tanto como autonomistas y rechazaban pactar con los partidos monárquicos, de ahí su calificativo de ‘anti pactistas’.

El otro grupo, bajo la dirección de Luis Muñoz Rivera y su nuevo periódico, "La Democracia", rechaza el pactar con los republicanos porque están divididos, sin posibilidades de triunfar; había que pactar con los partidos que tuvieran posibilidades de triunfar en las elecciones y que prometiesen y asegurasen la autonomía para Puerto Rico; visión muy pragmática y plausible. Muñoz Rivera propuso pactar con el Partido Liberal Fusionista, dirigido por Práxedes Mateo Sagasta. Criticaron a Muñoz de ‘posibilista’; él mismo la calificó de ‘oportunista’ y defendía que el conseguir la ansiada autonomía lo justificaba y se les llamó ‘pactistas’. La lucha entre anti pactistas y pactistas estaba servida. Cepeda, en 1892, abandonó la isla para no regresar; otros siguieron a Muñoz Rivera.

Manuel Fernández Juncos y José Celso Barbosa, médico que había estudiado en Estados Unidos, conocedor de la democracia de la república del Norte, a la que profundamente admira; era liberal antimonárquico y desde su periódico "El País", y con Fernández Juncos como aliado, defienden la postura de Cepeda Tiborcias frente a la ola creciente del pactismo muñocista y terminarían fundando el Partido Autonomista Ortodoxo.

La tesis muñocista se terminaría imponiendo y se aprobó el envío de una comisión a España para conseguir pactos autonómicos. La Comisión Autonomista estaba formada por el doctor José Gómez Brioso, Rosendo Matienzo Cintrón, Federico Degetau González y Luis Muñoz Rivera. Embarcaron para España, donde estuvieron los meses finales de 1896 y primeros de 1897.

La persona de contacto era el delegado ‘cunero’ (españoles que representaban distritos puertorriqueños en las Cortes), Rafael María de Labra, líder abolicionista y autonomista, diputado a las Cortes por el distrito de Sabana Grande y que se ocupó y preocupó por los asuntos de la Isla y a quien los autonomistas reconocían como su ‘jefe’ o líder en Madrid y que presidiría la Comisión. Los comisionados se reunieron con varios jefes de partidos, incluyendo a Sagasta, del Partido Liberal Fusionista, que les prometió gestionar la autonomía cuando llegara al poder, pero con la condición de que los autonomistas puertorriqueños se incorporaran al partido Liberal Fusionista, como un ala del partido, y por lo tanto que el Partido Autonomista Puertorriqueño dejaría de existir.

Se llegaron a acuerdos y los comisionados firmaron con Sagasta el comprometedor Pacto Sagastino. Por su parte, Sagasta se comprometía, una vez formado su gobierno, hecho muy probable, a conceder la Autonomía a Puerto Rico.

La Comisión regresó a la Isla en febrero de 1897 y en agosto de 1898 sucedería lo tan deseado como inesperado, se decretó la Autonomía, con un gobierno parcialmente autonómico, pero sería por pocos meses, realismo mágico con muchos matices surrealistas. En medio de una guerra muy desigual entre Estados Unidos y España, por Cuba y Puerto Rico, "de un pájaro las dos alas" de Tió, en el Tratado de Paz, firmado París en diciembre de 1898, España cede la soberanía de Puerto Rico a Estados Unidos.

En aquel momento, a pesar de las Cortes de Cádiz y de la Revolución francesa, se seguía pensando que la soberanía pertenecía al Rey o al Estado. Hoy día tenemos muy claro que el único soberano y sujeto de la soberanía es sólo y exclusivamente el pueblo; el pueblo es el soberano. Tesis política que tardó muchos siglos en ser reconocida y que constituye el fundamento de la democracia (demos: pueblo y cratos: poder); el poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, de Abraham Lincoln.

En la primera y única elección bajo la Carta Autonómica, Muñoz Rivera y el Partido Liberal obtuvieron la gran mayoría, 82,267 votos; los ortodoxos, 16,068; y los incondicionales, 2,144.

 

Los miembros del Gobierno Autonómico fueron: Luis Muñoz Rivera, Francisco Mariano Quiñones, Manuel Fernández Juncos, Juan Hernández López, José Severo Quiñones y Manuel F. Rossy.

El el 1899, el huracán San Ciriaco fue devastador; se cobró unas 3,400 vidas y destrozó las plantas del café, la principal riqueza en esos momentos; muchas haciendas se arruinaron; muchos puertorriqueños fueron empujados al abismo de la miseria. Para Estados Unidos, desde el primer momento, Puerto Rico era una realidad extraña y ajena. Pero no debemos alejarnos de nuestro tema.


 

EPÍLOGO

IMPACTO CULTURAL DE LOS EXILIADOS REPUBLICANOS EN PUERTO RICO.

Los españoles, una gran mayoría, siguieron en la Isla bajo la bandera norteamericana, trabajando y produciendo. Aún quedaban cientos de familias prósperas e incluso ricas y algunas sumas de dinero fueron repatriadas a España en el proceso de cambio. Seguirían trabajando en la industria del azúcar, que empezaría a coger nuevo impulso muy acelerado, y en el café, en el que había mucho trabajo que hacer después de San Ciriaco y que también, además de a Estados Unidos, exportarían a Europa.

En el 1903 sería fundada la Universidad de Puerto Rico (UPR) como ‘Escuela Normal’ o institución para preparar maestros. Pronto se convertiría como centro de estudios superiores al servicio de la Isla, hasta llegar a ser el centro de estudios avanzados más importante del país y es precisamente en esta Institución donde un selecto grupo de profesores españoles de primerísima línea dinamizará la vida cultural y social puertorriqueña. Para ello nos dejaremos conducir por el libro de Consuelo Naranjo Orovio, María Dolores Luque y Matilde Albert Robatto, El eterno retorno: exiliados republicanos en Puerto Rico, 2011.

Desde el 1940, con la designación de Jaime Benítez como Rector, la Institución inaugura una nueva era. Además de reconceptualizar varias facultades, apoyó la creación de la escuela de Medicina, de Arquitectura y el Jardín Botánico.

"Para Benítez, la Casa de Estudios tenía que ser un lugar distinto al país para que de sus aulas surgieran líderes cultos y comprometidos con Puerto Rico. La alta cultura universitaria como la concebía Benítez, requería de una memoria artística, un legado de obras que contemplar, teatro, libros y viajes culturales. Con esto en mente, Benítez transformó el concepto de museo existente en la Universidad de galería a museo de investigación y gestionó la fundación del Museo de Historia, Antropología en la Universidad, con la ayuda y el ingenio del antropólogo Ricardo Alegría. Este museo posee parte importante del patrimonio arqueológico de Puerto Rico, así como un importante acervo de obras de arte muchas de las cuales estuvieron en manos de coleccionistas privados y no estaban disponibles para el público en general. Tras la gestión de Benítez, estas obras comenzaron a exhibirse, a generar investigaciones y a conformar el patrimonio de la Universidad", Consuelo Naranjo Orovio…, obra citada.

"Y en ánimo de acoger a <escritores en desgracia>, abrió las puertas de la Universidad a intelectuales, educadores y científicos de otras nacionalidades, entre ellos, a los perseguidos por sus ideas en Europa y América", ídem. Así llegaron de España, finalizada la Guerra Civil, figuras de renombre como Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura, Jorge Guillén, Américo Castro, Segundo Serrano Poncela, María Zambrano, Alfredo Matilla y Cipriano Rivas Cheriff, entre otros. Y los artistas Francisco Vázquez Díaz (Compostela), Carlos Marichal, Cristóbal Ruiz y otros, que educarían a varias generaciones de intelectuales, dándole a la Universidad de Puerto Rico mayor prestigio internacional.

Jaime Benítez, <El exilio español en Puerto Rico> (El Nuevo Día, 5 de noviembre de 1989)-citado por Consuelo Naranjo/Miguel Ángel Puig - Samper, dice: "Al igual que la mayor parte de la intelectualidad puertorriqueña, me sentía en profundad solidaridad con aquellos españoles del éxodo y del llanto (…). Luego de ser nombrado rector, invitamos a formar parte del claustro de nuestra universidad a los profesores Alfredo y Aurelio Matilla, Javier Malagón, Segundo Serrano Poncela, Vicente Herrero, Eugenio Granell, el escultor Compostela y Vicente Lloréns, entonces en Santo Domingo. A este grupo inicial de españoles habría de sumarse más adelante María Zambrano, María y Mercedes Rodrigo, Fernando de los Ríos, Francisco Ayala, Juan Ramón Jiménez, Enrique Tierno Galván, Francisco García Lorca, José Medina Echeverría, José Ferrater Mora, Manuel García Pelayo, Pedro Salinas, Cristóbal Ruiz, José Gallego Díaz, Carlos y Juan Marichal, Luis Santillana, Jorge Guillén, el pintor Vicente y tantos otros. Desde México vinieron a dictar cursos cortos y conferencias José Gaos, León Felipe y Max Aub, entre otros".

Benítez creó nuevas disciplina, laboratorios y programas de investigación en los Recintos de Río Piedras y de Mayagüez. La ingente labor desarrollada por Jaime Benítez forma parte de la memoria colectiva y de la historia educativa de Puerto Rico. La aportación española, sólo basta con evocar algunas de sus figuras con proyección internacional, resultaría indispensable, como inenarrables e incuantificables sus logros académicos que educaron a varias generaciones de puertorriqueños.

"La pequeña comunidad de científicos y médicos españoles en Puerto Rico mantuvo una interesante trayectoria dentro de las instituciones del país. Su quehacer, en la Universidad y en distintos hospitales, contribuyó no sólo al avance de la investigación, sino también a la renovación de los estudios de medicina y psiquiatría", ídem. Exponer sus valiosos logros, supera nuestro propósito.

"La amistad y colaboración cultural entre Federico de Onís y Tomás Navarro se concentra en el Centro de Estudios Históricos, bajo la dirección del maestro Ramón Menéndez Pidal", Matilde Albert, obra citada.

Después llegaría (1955) el reputado músico y compositor Pablo Casals, fundador del famoso Festival Casals (1956); la Orquesta Sinfónica (1958) y el Conservatorio de Música de Puerto Rico (1959).

Pintores, como Cristóbal Ruiz, cuyo ‘Autorretrato’ está en el Museo de Historia en la Universidad de Puerto Rico. Y otros. Los españoles han seguido impartiendo cátedra en todas la Universidades y en todos los tiempos desde la aparición de las universidades hasta el día de hoy.


 

 

Utilizamos de colofón lo que los autores de El eterno retorno usan en el prólogo, un texto de Francisco Ayala en sus Recuerdos y olvidos:

“En modo alguno esperaba yo cuando me incorporé a la UPR, encontrar en ella un foco tan encendido, entusiasta y estimulante como el que allí ardía. Por supuesto, parte sustancial de ella era la presencia más o menos permanente de los notables <extranjeros> reclutados por Benítez para enseñar en las aulas, pero su actuación no hubiera tenido el efecto que tuvo de no haber existido en la isla un ambiente propicio, un interés despierto y, en suma, una minoría culta y muy distinguida, de cuya calidad bastarán unos cuantos nombres para dar fe”.

“Menciona Ayala a figuras culturales como Luis Palés Matos, Margot Arce de Vázquez, Gustavo Agrait, Emilio Belaval, Julia de Burgos, Francisco Matos Paoli y Nilita Vientós Gastón”.

 

 


 

 

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